Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 9 de septiembre de 2013

CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO (Parte 3/4) - Isholda


          Isholda abrió la puerta y se detuvo en seco en el umbral, los labios entreabiertos, las cejas alzadas, los ojos desorbitados por el asombro. Parpadeó y, con un jadeo tembloroso, exhaló el aire que llevaba unos instantes reteniendo en los pulmones, sin ser apenas consciente de ello. Lanzó una fugaz mirada por encima del hombro a Thriz, que la observaba de hito en hito desde su escritorio y se humedeció los labios, dudó sobre si decir algo o no y volvió a cerrar la puerta a su espalda, con tan sólo un tranquilizador gesto de la mano hacia su amiga. El crujido de la madera al golpear la jamba se le antojó demasiado fuerte en el pesado silencio que pendía, casi como una mortaja, sobre la habitación. Ahora no le parecía que fuera el momento adecuado para decir nada. ¡Tyrsha bendita! ¡Si apenas se veía capaz de articular un sólo pensamiento coherente! Pero luego ya habría tiempo de hablar con ella sobre el extraño visitante del viejo maestro. No, más que extraño, increíble, sobrecogedor, impresionante…

          Los ojos del desconocido, negros, oscuros siguieron cada uno de sus movimientos al entrar en la habitación, bebiendo, al parecer, de ella. Tenía el cabello blanco, corto, refulgiendo con la luz del sol que cruzaba la ventana, las mejillas también perladas de blanco con una fina sombra de barba de varios días. Pero no era viejo, aunque tampoco fuera joven… ni mucho menos un elfo negro. Sin embargo, era el hombre más atractivo que hubiera visto nunca, si bien era cierto que no había visto muchos recluida en el Santuario. Sus pensamientos vacilaron al borde de un precipicio, danzando, a punto de caer. No, atractivo no… hermoso. Era hermoso. Como la luna sobre un lago sin fondo. Blanco brillante sobre verde oscuro, sobre negro… Y, durante unos segundos, sintió que otros ojos la contemplaban también a través de aquellos ojos, pero infinitamente más viejos, infinitamente más sabios, infinitamente más reverentes y esperanzados. Con un ansia y una sed que sólo ella parecía ser capaz de aplacar, de satisfacer.
          Fascinada, la muchacha tragó saliva, la garganta seca, rasposa, y avanzó un par de pasitos hacia el gigantesco hombre que estaba sentado a la diestra de Adryll, en una silla demasiado pequeña para él. ¡En nombre de Tyrsha! ¡Toda aquella habitación parecía demasiado pequeña para él! Él sentado y ella de pie y apenas creía poder llegarle al hombro. El bajito maestro, a su lado, parecía aún más diminuto que de costumbre. Pero la sensación de grandeza que transmitía no parecía ser sólo fruto de la diferencia de alturas. De aquel desconocido emanaba tal aura de poder, que bastaba para llenar la sala. Lo hubiera podido percibir allí sentado hasta con los ojos cerrados. Llenaba también sus sentidos, su misma alma.
          «No… no es mi alma lo que llena —pensó, sobrecogida—. Es algo más, algo dentro de mí que no… que no sabía que estuviera siquiera vacío.»
          La sola presencia del hombre hacía que le entraran unas inexplicables ganas de llorar. No de tristeza, ni de miedo, sino de… algo… que no lograba precisar. Algo que la conmovía más allá de todo pensamiento, más allá de toda idea racional. Parpadeó y volvió a exhalar, en un intento de controlarse, de evitar que las lágrimas inundaran sus ojos y resbalaran por sus mejillas.
          Entonces, el anciano mago carraspeó delicadamente, rompiendo el hechizo, y la atracción que el desconocido ejercía sobre ella se quebró como la primera escarcha del invierno sobre la hierba. Ambos, el extraño y ella, se volvieron para mirar al hombrecito, que sonreía, al parecer satisfecho, entre su poblaba barba blanca.
          —Isholda, permíteme que te presente a Tulë, del pueblo de los gigantes de las Tierras Prohibidas del Gran Norte —Adryll señaló con un leve gesto de la mano al hombre de cabello blanco—. Tulë, creo que, en vuestro caso, la presentación no será necesaria, pero ella es Isholda, una de las sacerdotisas de Tyrsha de este Santuario.
          La muchacha contempló fascinada a aquel hombre que parecía querer hacerse muy pequeño y desaparecer. Instantes antes la miraba como si ella fuera toda su vida, toda su alma, ahora, en cambio, parecía azorado, casi tímido.
          «De modo que por eso es tan alto y grande. Por eso el color de pelo tan raro en alguien tan joven. Es un gigante.»
          Había escuchado sobre ellos, en los mitos, en las leyendas. En los cuentos de los viajeros y comerciantes que, a veces, pernoctaban en el Templo. Un pueblo esquivo que vivía aislado en las lejanas planicies del Norn. De vez en cuando, se decía, las hermosas obras de artesanía en hueso de ballena de su raza llegaban a los mercados de Bakán. Según contaban los mercaderes eran estas piezas tan apreciadas que alcanzaban unos precios sumamente elevados en el mercado. Tanto que sólo la casa real podía permitirse pagarlos. Pero poco más se sabía de ellos. Y ahora, allí, ante ella, había un hombre de su pueblo.
          —Pueblas mis sueños —le oyó mascullar con una profunda voz de barítono, aún sentado en su silla, con aquellos ojos oscuros clavados en los suyos. Isholda se estremeció cuando un dedo de hielo pareció deslizarse por su espalda—. Moras en ellos. He sido guiado a tu presencia, para llevarte a un lugar seguro.
          El leve toque helado se convirtió de pronto en una fría garra que hizo presa en su columna, robándole el calor y el aliento y, aquella parte de su mente que últimamente quería gritar y gritar de frustración, enmudeció. El súbito silencio la dejó desconcertada durante unos instantes, casi incapaz de sostenerse sobre las rodillas. Vacilante, con un apenas perceptible temblor en las manos, Isholda se volvió hacia Adryll. Se sentía mareada, cómo si el suelo hubiera desaparecido de pronto bajo sus pies. Tenía frío, tenía calor, todo al mismo tiempo. ¿Libre? ¿Iba a ser libre? ¿Por qué? ¿Por qué ahora? Después de tanto tiempo… ahora…
          Las palabras se formaron en silencio en sus labios, pero en voz alta sólo acertó a balbucir:
          —¿Maestro?
          El pequeño mago cerró los ojos en un mudo asentimiento y, descendiendo a continuación de la alta silla, se acercó a ella. Asió sus manos entre las suyas, blancas y de largos dedos, en contraste con las de él, pequeñas, arrugadas y manchadas por la edad, y se las llevó a la frente, otorgándole su bendición. La bendición de la Diosa.
          —Ha llegado el momento de que dejes el Santuario, mi pequeña —musitó, la voz conmovida y quebrada—. Ya te he retenido demasiado tiempo entre estos muros, por miedo, por cobardía, por ignorancia —alzó el rostro para encontrar sus ojos y tiró de los brazos de ella hacia abajo, con suavidad, para que se agachara y así poder besarla en la frente. A la muchacha le fallaron entonces las piernas y cayó de rodillas frente al anciano mago—. Ahora partirás con mi bendición, si la aceptas de este viejo que, tal vez, siempre ha tenido demasiado miedo.
          Isholda se apresuró a asentir, aún aturdida por todo lo que estaba pasando a su alrededor y por el dolor que rezumaban las palabras de anciano y que la corroía por dentro, arremolinándose junto con la felicidad que la inundaba —y la culpa que le causaba sentirse feliz— en la boca de su estómago. ¡Por fin saldría al exterior! ¡Por fin vería el mundo de más allá de las blancas murallas del Templo! ¡Todo gracias a aquel gigantesco hombre del Norn! Le lanzó una rutilante mirada y le sonrió, rebosante de ilusión, sin embargo la sonrisa vaciló en sus labios, tembló y se acabó extinguiendo según la felicidad se escurría de entre sus manos, como el agua, como la arena, sustituida por la culpa y por la tristeza. Dejar el Templo. Iba a dejar el Templo. Su hogar, su único hogar, el único lugar que conocía en el mundo. Y su viejo maestro sufría por ello.
          —Pero… no lo entiendo, Adryll ¿por qué ahora? —sus dedos fríos se tensaron sobre los del hombrecito—. ¿Por qué tan de repente? No sé por qué está pasando ahora. Después de todos estos años… sabes que he llorado, sabes que casi me vuelvo loca aquí dentro… Nunca me has —Isholda titubeó— querido contar por qué no puedo salir… Yo…
          Su voz murió antes de que pudiera acabar la frase, en un quedo suspiro.
          El mago desvió fugazmente los ojos hacia Tulë, que observaba aquel intercambio en silencio. El hombre del Norn asintió un par de veces ante la muda petición de apoyo de Adryll. Isholda observó cómo el anciano se volvía una vez más hacia ella e inhalaba hondo, como si ese simple acto le ayudara a reunir el valor necesario en el interior de su rechoncho y pequeño cuerpo.
          —Porque hay algo que debes hacer más allá de estos muros, Isholda, mi niña querida. Porque grandes cosas se requieren de ti, grandes logros —expiró con tristeza y soltó una de las manos de la joven para frotarse la barbada mejilla—. Los otros magos y yo lo discutimos durante mucho tiempo y nunca llegamos a una conclusión satisfactoria, nunca hallamos la respuesta a nuestras preguntas. Ahora sólo quedo yo, los demás han muerto durante estas últimas semanas, dejándome sólo. He… —vaciló— he perdido a mis amigos y me siento viejo y cansado, Isholda. Y no sé si llegamos a arañar siquiera lo que está por venir. Desconozco si sus muertes, si sus vidas, si el trabajo de siglos habrá servido para algo…
          La muchacha lo miraba sin comprender, los ojos llenos de dudas, arrodillada frente a él. El anciano sacudió la cabeza con pesadumbre.
          —Farfullo como el viejo que soy, Isholda. Intentaré explicarme mejor, pequeña. Hay algo que requiere ser hecho, algo profetizado mucho tiempo atrás, por una hermana de este mismo Santuario —puntualizó con una agria sonrisa—. Los elfos negros tratarán de impedirlo, llevan siglos intentándolo, luchando contra del destino. Por eso te hemos protegido desde que naciste. Te buscan, para matarte. Saben quién eres, siempre lo han sabido, saben dónde estás. Los otros magos y yo no podíamos permitir… no podíamos dejar que eso pasara. Aquí estabas a salvo, aquí la Diosa te podía proteger —Adryll sacudió la cabeza de lado a lado, la mirada gacha ante la estupefacción que reflejaban las facciones de la joven sacerdotisa—. Sa… sabemos lo que se espera de ti y de otros como tú. Porque debes saber que no estás sola. No estás sola —la voz del anciano se quebró de pronto y tuvo que parar de hablar unos segundos para tomar aire—. Lo que no sabemos es cómo… cómo lo haréis. Todos fuimos unos ignorantes que intentamos hacer las cosas lo mejor que pudimos.
          Adryll volvió a enmudecer, alzó el rostro de nuevo y miró a la joven a los ojos, verdes como la hierba en primavera. Estaba temblando, estremecida por fuertes escalofríos. Se le rompió el corazón.
          —El secreto, mi querida Isholda, que tan torpemente intento desvelarte, es que estas marcada —la mano de Adryll se posó sobre el pecho de la joven, justo bajo el hombro, leve como una pluma, intentando aplacar sus temblores, donde sabía que su piel mostraba una marca de nacimiento, cuya forma recordaba a la cabeza de un dragón— aquí, por un destino más grande que todos nosotros. Y creo que Tulë está aquí para ayudarte a cumplirlo.
          El silencio inundó la habitación. Fuera un pájaro comenzó a cantar, trinando levemente en el alfeizar de la ventana. La joven tenía ganas de abrazarse a sí misma, de salir corriendo, de llorar. ¿Matarla? ¿A ella? ¿Los elfos negros? ¿Marcada? Con un temblor, se llevó una mano a los labios y luego la posó sobre la del anciano, encima de la marca de nacimiento. ¿Un destino? ¿Una profecía? Sacudiendo la cabeza, Isholda se incorporó, se alejó de ambos hombres y se acercó a la ventana. Sus dedos se posaron sobe el frío cristal y sus ojos se clavaron en la nada. Necesitaba pensar, necesitaba… tiempo… Pero no parecía que fuera a tenerlo. Tragó saliva y se humedeció los labios. No, tiempo era precisamente lo que no parecía que fuera a tener.
          Últimamente le había parecido que la Diosa quería decirle algo, ahora podía empezar a comprenderlo, a entender la extraña inquietud que la había comenzado a asolar de nuevo, después de tantos años. Un viaje. Tenía que emprender un viaje. Debía cumplir con su destino y no un destino cualquiera, no, sino con un destino profetizado. Con una inhalación, Isholda irguió la espalda todo lo que pudo y se giró para contemplar largamente al gigante sentado cerca de la ventana, casi a su lado. Había una expresión extraña en sus ojos oscuros, desconcertada, tensa, y tenía cerrada con fuerza la mano derecha sobre el antebrazo izquierdo, aflojando y apretando los dedos de modo apenas consciente. Tomó una decisión.
          —¿Qué es lo que debo hacer, maestro? —acabó inquiriendo con el ceño delicadamente fruncido, volviendo su atención hacia Adryll—. Más allá de estas murallas, entiendo, pero ¿dónde?
          Adryll negó con la cabeza.
          —No me atrevo a decir más. Pero —añadió tras una breve pausa— puede que salves el futuro para todos nosotros y para los que están por venir. ¿Dónde? —Adryll se encogió de hombros—. Los Dioses bien saben que Sryll, Flyll, Clartyll y yo rezamos por descubrirlo. En algún lugar, en algún momento. Ese es todo el consuelo que te puedo dar. Lo lamento. Lamento lo mucho que te he hecho sufrir, teniéndote encerrada todos estos…
          Isholda asintió, desviando la mirada.
          —Lo… entiendo. Aunque no sé… no sé si puedo perdonarte que no me lo contaras —su tono se endureció de pronto, sorprendiéndola a ella también, y la hizo enmudecer, mordiéndose los labios. Tomó aire, cerró los ojos un instante y siguió hablando, más calmada—. Ojalá me lo hubieras explicado antes, hubiera ayudado a comprenderlo, a entender el porqué. Me hubiera permitido estar preparada, maestro.
          —Sólo puedo decirte que lo siento. Obramos lo mejor que pudimos, hicimos lo que creímos correcto. Os protegimos a todos…
          —¿Hay… más como yo? —le interrumpió Isholda, recordando de pronto—. ¡Has dicho antes que no estoy sola! —los labios entreabiertos y los ojos esmeralda refulgiendo de esperanza, se acercó con un par de rápidos pasos al anciano mago—. ¿Más gente que puede proyectar? ¿Otra gente con esta marca?
          —No sé si pueden proyectar o no…
          —No, no lo pueden hacer —interrumpió de pronto Tulë, la voz suave y calmada, la vista perdida en algún punto más allá de las paredes del despacho de Adryll.
          —Pero sí tienen la misma marca —acotó el mago con expresión pensativa, mirando de reojo al gigante—. Son otros cinco, eso sí lo sabemos…
          —Ellos vienen. Están cada vez más cerca. Tomarán… —su voz se apagó y sus ojos enfocaron de nuevo con un parpadeo—. Sólo sé que vienen. Desconozco cómo lo sé, por qué lo sé, pero vendrán a nuestro encuentro.
          Isholda se frotó las sienes y asintió con un cabeceo.
          —Bien —inhaló con determinación. Aquellas parecían todas las respuestas que iba a obtener por hoy… aunque tampoco creía que fuera capaz de soportar más revelaciones ese día. Necesitaba descansar, pensar en todo con más calma. Había cosas que no entendía y cosas que Adryll aún le ocultaba. En cualquier caso, servir a la Diosa le había enseñado al menos aquello: que algunas preguntas nunca encuentran respuesta—. ¿Cuánto equipaje tengo que llevar? ¿Vamos muy lejos?
          Tulë rebulló incómodo en su silla, que crujió de forma harto alarmante.
          —Hoy hasta donde nos deje el crepúsculo —respondió—. Mañana… ya veremos. Pero nos encaminaremos dirección Eorn. Allí hay un lugar que todavía es seguro… No —sus labios se fruncieron como si masticara algo desagradable—, no sé muchas cosas… o más bien desconozco cómo las sé. Es raro, puedo comprenderlo, pero…
          El gigante se levantó por vez primera, de la silla, desplegándose como una montaña y un poco encorvado para no golpearse la cabeza con el techo. Dio un par de pasos cortos, arrastrando los pies, para, a continuación, postrarse ante Isholda. Pese a todo, su cabeza se alzaba sobre la de la chica casi como la copa de un árbol. Sus ojos se clavaron en los de ella.
          —Confía en mí, Isholda de Orn. Por mi sangre, que derramaré por la tuya; por mi alma, que sacrificaré por la tuya; por mi vida, que daré por la tuya; por mi muerte, que abrazaré para evitar la tuya. Así lo sello con mi juramento y mi palabra y mi alma y mi sangre, aquí y ahora. Mi arma, tu arma; mi espalda, tu espalda; mi vida, tu vida; hasta el momento de mi muerte.
          La muchacha casi pudo sentir las puertas del destino cerrándose sobre esas palabras, retumbando contra su propia alma, contra su propia sangre. Sin saber muy bien la razón, colocó su mano sobre la cabeza de Tulë, que se había agachado hasta tocar el suelo con la frente. Las palabras acudieron a ella de lo más profundo de su ser, desde ese lugar donde, podía sentirlo, miraba la Diosa.
          —Yo, Isholda de Orn, tomo tu juramento como propio. Te vinculo así a mí, como protector, para que guíes mis pasos y mi espíritu hasta mi destino. Aquí y ahora, yo lo sello con mi juramento y mi palabra y mi alma y mi sangre… —su mano tembló y su voz se quebró— hasta que la muerte te libere.
          Con una sacudida, como si acabara de quemarse, se apartó del gigante, los ojos desorbitados, la espalda empapada de sudor, las manos temblando. Una imagen, una sola imagen había azotado su mente con aquellas últimas palabras: unos ojos aguamarina, del color del hielo y pupila vertical, fríos como las tormentas del invierno, y un estallido de horrible dolor, casi como si la desgarraran por dentro; luego oscuridad. Se pasó, todavía temblando, el dorso de la mano por los labios y retrocedió hasta la puerta, mirando a Adryll. Los ojos del anciano estaban también muy abiertos por el asombro.
          —Yo… maestro… voy a… hacer mi equipaje. Esperadme en el pórtico de la entrada.
          Y, sin decir nada más, la muchacha salió prácticamente a la carrera de la habitación, que ahora amenazaba son ahogarla, sofocante como una mortaja. Escuchó a medias cómo Thriz se levantaba tras ella e intentaba decirle algo… pero no se detuvo, siguió corriendo escaleras abajo, sin parar a respirar siquiera hasta que hubo llegado a sus aposentos y cerrado la puerta a su espalda. Se dejó caer pesadamente contra la madera y se miró la mano sin verla. Aún podía sentir el fino cabello de Tulë bajo sus dedos… y cómo su enorme cuerpo se estremecía por los sollozos cuando ella hubo aceptado su juramento.


          Las manos enlazadas a la espalda, Thrizealynn ar Ghênn a su lado, Adryll contempló, preocupado, cómo Isholda y Tulë se alejaban del Santuario por el camino empedrado, hacia los bosques de Yshaunn. Su aliento se condensaba y empañaba los cristales de la ventana de la biblioteca, desde donde ambos observaban a las dos figuras empequeñecer en la distancia.
          —Maestro —empezó la joven pelirroja, con tono inseguro—. ¿Estará Isholda bien? Ella nunca… nunca ha salido del Templo ¿crees que…?
          —Eso espero, joven Thriz. Lo deseo con toda la fuerza de mi alma —una pausa—. Ahora ve. Prepara mis cosas y prepara las tuyas. Nosotros también nos vamos, esta noche, con el crepúsculo. Al Norn, a la guerra. Nos uniremos a Trión. Mi magia será necesaria allí —el anciano fue bajando más y más la voz al hablar, hasta que no fue más que un susurro débil, como la brisa sobre la hierba—. Y aquí ya a no me queda nada que proteger.
          Con una leve inclinación de cabeza, fingiendo no haber oído la última frase, la muchacha se alejó para cumplir las órdenes, dejándolo sólo con sus pensamientos, ora esperanzados, ora confusos y perdidos. Miedo, luz y sombras. Aún resonaban en su mente las últimas palabras de Tulë antes de alejarse con Isholda. Las había susurrado en su oído, quedas, confusas, los ojos vidriados, como cada vez que aquel hombre parecía profetizar.
          «Sólo quedan cinco por despertar. Ha comenzado.»




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