Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 5 de septiembre de 2013

CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO (Parte 2/4) - Isholda


          La joven sacerdotisa entrecerró los ojos verde esmeralda y comenzó a separar lentamente las manos. Una diminuta arruga de concentración apareció entre sus cejas. A medida que el espacio entre sus palmas crecía, un pequeño puntito brillante fue aumentando de tamaño entre sus dedos, hasta convertirse en una esfera de luz blanca. Poco a poco, la esfera cambió, tornándose translúcida, con dibujos de trazos luminosos, como un delicado encaje, cubriendo su superficie y dejando el centro vacío. La chica comenzó a respirar de forma entrecortada y una fina película de sudor perló su frente. Casi lo tenía… casi lo tenía…
          Hizo girar lentamente una mano, volviendo la palma hacia el cielo, y la delicada esfera de luz flotó en el aire ante sus ojos, brillando y destellando toda ella al sol, como una joya. No. Una suave sonrisa se dibujó entonces en los labios de la muchacha, entre melancólica y amarga. Una de las facetas no brillaba, no había ningún diseño de hilos entrelazados allí, sólo un feo hueco. La esfera no era perfecta. Inhaló hondo y contó hasta tres. Entrecerró los ojos y volvió a concentrarse.

          La luz del sol, cálida aún pese a lo avanzado del año, caía sobre ella reconfortándola con su tibieza y reflejándose en sus cortos cabellos de color rubio ceniza. Por primera vez en varias semanas, disponía de un poco de tiempo libre para trabajar en sus proyecciones y, por primera vez en días, no llovía, de modo que podía estar allí, al aire libre en los patios y jardines del Santuario. Eso la hacía sentirse bien, en paz consigo misma y con el mundo. No soportaba estar encerrada, lloviera o nevara, con sol o sin él en el cielo, prefería trabajar en el exterior, pero le era imposible concentrarse en proyecciones complicadas cuando hacía mal tiempo. No lograba hacer nada más allá de cuchillos, haces de luz o abanicos. Nada como aquello que flotaba ahora en el aire ante ella. Con la esfera al fin completa, refulgiendo tenue en la mañana, paseó la mirada por el verde campo de hierba húmeda de rocío donde estaba sentada. Sus ojos descendieron hasta la orilla del lago y, de ésta, a la isla en su centro y al pequeño templete de blancas columnas que brillaba en su cima.
          La expresión risueña que bailaba en su rostro se ensombreció levemente ante las vistas, e inhaló el fresco aroma de la hierba, del agua y los bosques que rodeaban el Santuario, intentando recobrar la calma. Aquel era su hogar; siempre había sido el único que podía recordar y se sentía, sin duda, en paz en él ¿verdad? Era un hogar en el que había sido feliz, no podía decir lo contrario. Eso nunca. Sin embargo… sin embargo, últimamente tenía la sensación de que la Diosa Tyrsha quería comunicarle algo. Hacía ya semanas que la acuciaba la ansiedad. Una ansiedad creciente e incómoda, que cada día que pasaba se volvía más intensa y descorazonadora. Como había ocurrido hacía cinco años, en esos espantosos momentos de su vida en que había gritado, aullado y pataleado por que la dejaran salir del Santuario. Luego había rogado, había llorado, había suplicado, arrodillada en el suelo, hasta quedarse ronca. Cuando ni eso funcionó, pasó muchas semanas sin articular palabra, encerrada en sí misma, en su miseria, en un hosco silencio. Al final, se había resignado, sintiéndose casi muerta por dentro, y había centrado todos sus esfuerzos en su entrenamiento en combate, en ser una buena sacerdotisa, en las clases y en convertirse en una maestra de la espada. Un entrenamiento que en aquellos momentos le parecía, ridículo, inútil, estúpido y estéril para una sacerdotisa de la guerra que tenía prohibido abandonar el Templo.
          Ahora, como entonces, volvía a apoderarse de ella esa extraña inquietud a la que no lograba poner nombre. Un ansia indescriptible de salir al exterior, de libertad, de rebelarse, una vez más, contra todo y todos. Había días en que creía que iba a ahogarse, que el corazón se le iba a detener y que, con su muerte, alcanzaría al fin la tan ansiada libertad. Nunca había abandonado el Santuario y empezaba a creer que jamás lo haría. Durante aquellos años de su adolescencia, se había sentido a punto de enloquecer de dolor, de soledad —pese a las decenas de compañeras sacerdotisas con quienes compartía habitación y entrenamiento— de frustración… Pero lo que sentía ahora era diferente, algo estaba cambiando en su interior, creciendo, haciéndose más grande con cada día que pasaba. Gritaba en silencio, en el interior de su mente, no se atrevía a exteriorizar su ira contenida, mantenía sus nervios bajo control, aunque pareciera a punto de desgarrarse por dentro. Y gritaba, gritaba, gritaba con voz inaudible, muchas veces al borde de las lágrimas. Empezaba a pensar que se estaba volviendo loca… o que se volvería loca si no la dejaban salir de aquellos terrenos. La sonrisa se borró del todo de sus labios y suspiró. Ya ni siquiera ejercitar sus proyecciones servía para calmarla.
          —¡Isholda! ¡Isholda!
          Cerrando la mano con fuerza, hizo desaparecer la proyección y se volvió hacia la voz. Thriz descendía por la suave pendiente con rapidez, sus cabellos rojos como el fuego fluyendo libres sobre sus hombros, despeinados en la familiar maraña de rizos. El buen humor volvió a ella como el sol asomando entre las nubes. La joven tropezó y a punto estuvo de caer, emitió un gritito y luego se echó a reír mientras se detenía a su lado y recobraba el aliento.
          —¿Estás bien, Thrizealynn? —inquirió Isholda mientras se levantaba y se sacudía la humedad y las briznas de hierba de los pantalones azules.
          La otra chica pareció a punto de escupir, arrugó los labios, la miró con el ceño fruncido, resopló, en un vano intento de apartarse el pelo de la cara, y acabó por poner los ojos en blanco con hastío.
          —Sabes que odio que me llamen así. ¿La humedad del culo se te ha subido a la cabeza? Sólo mi hermana me llama así y lo hace para fastidiar. Ahora que se ha ido a la guerra y me ha dejado en paz —añadió con un mohín y voz lastimera— no empieces tú.
          Isholda no pudo evitar reír, alzando las manos en un gesto pacificador.
          —¡Vale! ¡Vale! Es la humedad ¿de acuerdo? Sólo era una broma. ¿A qué viene tanta prisa?
          Thriz le sacó la lengua.
          —El maestro desea verte, dice que es urgente.
          Enarcó, inquisitiva, una ceja, pero Isholda se limitó a encogerse de hombros, a sacudir la cabeza de un lado a otro, indicando que ella tampoco tenía ni idea, y a caminar a su lado de vuelta al Templo, no sin antes suspirar con frustración.
          —Sé lo mismo que tú. Hoy era mi día libre, o mi medio día libre. Sin entrenamientos, sin clases que dar, sin turno de limpieza ni nada.
          Con un segundo resoplido y una risita por parte de Thriz, ambas muchachas subieron la pendiente de los jardines en dirección al Santuario. A aquella hora, los patios de entrenamiento estaban desiertos, dado que las clases de las jóvenes aprendizas tenían lugar intramuros: ética, religión o historia, seguro, se dijo Isholda. Un completo aburrimiento. Dejando pronto atrás los terrenos ajardinados, se adentraron en la galería acolumnada desde la que se podían contemplar los patios de lucha y las gradas, con sus hombres de paja y monigotes giratorios. La muchacha se entretuvo, reacia a entrar, arrancando un tallito de una de las enredaderas y glicinias, que cubrían las blancas columnas. En esta época del año estaban verdes y desprovistas de flores sin embargo, cuando llegara la primavera, se perlarían de densos racimos color malva y de blancas campanas y el aire olería dulce y embriagador. Isholda contempló el palito entre sus dedos y lo dejó caer al suelo, a sus pies.
          Unas voces juveniles llenaron de pronto el aire cuando una sacerdotisa, ya entrada en años, condujo al exterior, proveniente del Santuario, a un grupo de niñas pequeñas y risueñas, que no dejaban de parlotear, animadas como pajarillos al atardecer. La mujer les sonrió al pasar y las niñas inclinaron levemente la cabeza en un respetuoso saludo, los ojos abiertos de admiración.
          Thriz se cubrió los labios con una mano y contuvo la risa, mientras las estudiantes desaparecían en los patios de entrenamiento.
          —¡Pensar que nosotras también fuimos tan enanas! Seguro que también mirábamos así a las mayores.
La chica pelirroja abrió mucho sus, ya de por sí, enormes ojos verdes y separó los labios en una perfecta imitación de la mueca de sorpresa de las pequeñas que se alejaban correteando. Isholda contuvo también la risa y golpeó el brazo de su amiga con el puño de modo cariñoso.
          —¡Déjalo! No te rías de ellas, pobres, es su primer año.
          —Pues tú también te estás riendo, Isholda.
          —¿Yo? Qué va —la joven desvió la vista, en un tardío intento de ocultar su diversión, pero Thriz giró a su alrededor, ladina como un gato, hasta que consiguió verle la cara.
          —¿Ves? ¡Te estás riendo!
          —Ya, ya, vale, tú ganas —con una carcajada, se llevó la mano a los labios, en un vano intento por contenerse—. Es que… esa cara… era idéntica…
          Con un guiño de ojo y otra mueca desquiciada, intentando mirarse la punta de la nariz, Thriz acabó por hacerla estallar en carcajadas. Ambas jóvenes corrieron entonces escaleras arriba y franquearon las puertas que conducían al patio interior, donde las altas ventanas partidas dejaban entrar la luz del día a raudales, brillando en el aire, reverberando, cálida, sobre el suelo de mármol y arrancando destellos verdes de las pareces. Por encima de ellas, podía verse un retazo azul de cielo, rasgado por las altas torres que se elevaban, trepando hacia el firmamento, sobre el Santuario.
          A la derecha se erguía el edificio de los aposentos de las sacerdotisas, a esas horas vacío salvo por alguna que otra mujer que se pudiera sentir indispuesta, o las guerreras más ancianas, que necesitaran algo de reposo o, simplemente, soledad. Justo en frente, una alta escalera y unos arcos enclaustrados conducían al resto del Santuario, las cocinas, el refectorio, la biblioteca y las salas de estudio. Las dos muchachas giraron a la izquierda y entraron en los aposentos de las estudiantes, donde, en el último piso, vivía Adryll.
          —Por cierto —comentó Thriz mientras subían a paso rápido las escaleras laterales—, el maestro tiene un invitado. No lo he visto llegar, pero Mey dice que es un hombre enorme, que casi no entraba por la puerta.
          Isholda enarcó las cejas y miró de reojo a su hermana de armas, la luz del sol que entraba por las ventanas reflejándose en los cabellos de ambas según ascendían.
          —¿Un hombre? ¿Estás segura? No suelen venir muchos de visita.
          —Lo he escuchado en el despacho —asintió con vehemencia—. Tiene voz de hombre, desde luego. Pero no lo he podido ver cuando Adryll ha salido para pedirme que te fuera a buscar. Su voz es profunda y bonita, tal vez sea atractivo.
          Thriz la miraba de reojo, así que Isholda bufó.
          —Sí, claro. ¿Y cómo lo sabrás? No es que veamos muchos hombres por aquí. No tenemos con qué comparar. Es como cuando pensábamos que el chico aquel que venía de vez en cuando a herrar los caballos era guapo…
          Isholda hizo una mueca, puso los ojos en blanco y se apoyó un momento en la pared, ya cerca del último piso. La otra sacerdotisa se detuvo a su lado, con un brillo travieso en los ojos.
          —Sí, me acuerdo de eso. Luego apareció el hombre al que llamaron para arreglar los tejados y vimos que el chico era flaco y feúcho. Nos volvimos todas locas por él. Pero entonces éramos unas crías…
          Riendo de nuevo, siguieron subiendo a paso rápido hasta llegar al despacho donde Thriz trabajaba, ayudando a Adryll con los libros de cuentas del templo. La joven pelirroja se detuvo en lo alto de las escaleras y se apartó el ensortijado cabello de los ojos. No le llegaba para hacerse una trenza, a diferencia de lo que pasaba con el de su hermana Llewlynn, largo y sedoso… y, de todos modos, según sabía Isholda, tampoco es que su amiga quisiera parecerse a la estirada de su hermana mayor. Aunque era poco probable que lo lograra nunca, con aquel rostro cuajado de pecas y aquellas caderas anchas.
          Isholda suspiró, ojalá ella tuviera unas caderas así. Había veces en que, al mirarse al espejo, deseaba tener una figura más maternal y no aquel cuerpo delgado y fibroso, sin apenas curvas. Pero era estúpido desear lo que no podías tener, como ser capaz algún día de abandonar el Templo, de viajar más allá de aquellos blancos muros.
          Con paso mesurado, Thriz se acercó a su escritorio y se sentó de nuevo tras él, volviendo a sus quehaceres diarios tras la pequeña excursión. La otra chica, apoyó la cadera en una esquina del mismo y suspiró, cruzándose de brazos. Una nube cubrió el sol, sumiendo la estancia en una suave penumbra, antes de que el viento la alejara de nuevo y la luz volviera a refulgir a través de los cristales, que había tras la mesa de madera. El cambio de luces y sombras atrajo su atención e Isholda miró fugazmente el paisaje que se extendía tras la ventana: los jardines de roca, la verja del Templo y, más allá, los bosques de Yshaunn, brillando en múltiples tonos verdes y ocres al sol, mecidos por la brisa. Aquella verja había marcado durante veinte años los límites de su mundo. Más aún, aquella verja había marcado un límite que ni siquiera podía alcanzar. Su mundo, toda su vida, se había limitado a los patios de armas, a los jardines interiores y a las albas paredes de aquel Santuario. El ansia indescriptible que roía sus entrañas la azotó de nuevo ahora. ¿Qué había más allá? ¿Qué vería más allá? Las ganas de gritar volvieron a crecer en su interior e inhaló hondo.
          —¿Isholda?
          Tragó saliva con esfuerzo. Le dolía el cuello, las venas le palpitaban con fuerza allí. Las palmas de las manos le picaban y se las frotó contra los pantalones. El pulso se le aceleró de pronto y el dolor de la sangre en sus venas aumentó hasta casi hacerla llorar. Sus ojos vagaron de la ventana a la puerta cerrada del despacho de Adryll, madera oscura sobre piedra blanca, y de vuelta a la ventana una vez más. ¿Quién habría llegado al Templo? Se le estaba revolviendo el estómago. Un hombre, un viajero. Adryll, el pequeño mago que era como un padre para ella, la había mandado llamar. ¿Por qué?
          —¡Isholda!
          Parpadeó y volvió en sí con un leve estremecimiento. Tenía la espalda empapada de frío sudor y no se sentía demasiado bien.
          —Ah… lo siento, Thriz, yo… ¿qué me decías?
          —Que te estarán esperando. Por mucho que me guste tu compañía y que te sientes en mi mesa —sonrío la joven, ahuyentándola con un gesto de la mano, como quien espanta a un gato—, no me apetece que la vieja Mey me riña por no hacer mi trabajo y que el maestro me frunza el ceño desde las rodillas para tratar de intimidarme.
          Isholda resopló y tosió, la ansiedad disipándose, en un intento de camuflar la incipiente e inapropiada risa que empezaba a brotar desde su estómago.
          —Algún día esa lengua te meterá en problemas.
          —O me sacará de ellos —la muchacha le guiñó un ojo, con una pícara sonrisa en los labios, y volvió a azuzarla hacia la puerta del despacho del viejo maestro del Templo.
          —Vamos allá…
          La joven de rubios cabellos tomó aire, hasta que los pulmones le dolieron, se separó del escritorio con una palmada sobre los muslos y, tras un par de pasos, abrió la puerta con decisión.


          Se sentía enorme, torpe, fuera de lugar en aquella habitación, sentado en aquella ridículamente pequeña silla. Se removió incómodo, las manos en las rodillas que casi le llegaban a la barbilla, acuclillado, sintiéndose cada vez más y más violento. Al hacerlo, la silla crujió de modo amenazador bajo su peso y se quedó inmóvil, paralizado, el aliento contenido en el pecho. Pero la madera resistió, no cedió. Era demasiado alto, demasiado grande, para ese lugar. Sus ojos se desviaron nerviosos hacia su hacha, que descansaba al alcance de su mano, contra la pared, cerca de la ventana. No es que se sintiera amenazado... no es que se sintiera en peligro, sin embargo… Sin embargo tenía miedo.
          Esa misma mañana había alcanzado su destino. Lo supo en el preciso instante en que abandonó los boques de Yshaunn y vio el Santuario frente a él, refulgiendo blanco y gris al sol que asomaba sobre los árboles, brillando dorado, como una joya, contra el azul pálido del cielo al amanecer. El viento susurraba entre los árboles, teñidos de ocre, que se alzaban a su espalda, alzando remolinos de hojas secas en torno a sus pies, jugando con las sombras. Allí estaba, por fin, el lugar al que había de dirigirse, el lugar y el tiempo al que había encaminado sus pasos tantos meses atrás… tantos siglos atrás. Lo supo en ese momento con la misma certeza con que sabía que la luna saldría por el Eorn a la noche. Con la misma certeza con que sabía su propio nombre: Tulë… Lei…
          Recordaba haber fruncido el ceño. Otro nombre, otra época, otro cuerpo… y haber sabido también, en aquel instante, el nombre de la chica de cabello rubio y ojos verdes que poblaba sus sueños: Isholda. El nombre había venido a él, aflorando a sus labios, llenando su mente. Lo había pronunciado en voz alta en el silencio de la mañana, con el olor a hierba húmeda, a humus y a tierra llenando el aire, saturando sus sentidos. Buscaba ponerla a salvo antes de que las sombras se cernieran sobre ellos, antes de que los perseguidores vinieran, negro sobre blanco, blanco sobre negro. Entonces ambos aguardarían hasta que los otros llegaran. Porque los otros también habían empezado a poblar sus sueños el día antes. Marcas, escamas, colores, ojos ámbar, ojos grises como las nubes de tormenta, ojos negros como el carbón, como la noche. Acudirían, pues estaban cada día más cerca, ellos también, de su propio destino y del dolor.
          Su destino. Acuciado una vez más por él, tomando aire, Tulë había avanzado hacia el Santuario de Tyrsha. Con la firme intención de preguntar por Isholda y por el último siervo que aún vivía. Por Adryll.
          Retrayéndose de los recuerdos, sus ojos se separaron del arma apoyada en la pared y vagaron por la sala hasta centrarse en el, a sus ojos, diminuto hombrecito sentado en una alta silla, tras un escritorio de madera oscura, a su izquierda. Tenía una barba pulcra y blanca, que le llegaba a la cintura, y vivarachos ojos azul claro. Ahora no lo miraban a él, pero recordaba cómo le habían contemplado con reverencia, asombro y miedo, cuando le había recibido a las puertas del Santuario.
          «La señal.» Le había oído musitar entre dientes, antes de conducirlo al interior del Templo y a la habitación en que se encontraban ahora. Apenas habían hablado, no al menos el pequeño y rechoncho mago. Y a él las palabras tampoco se le daban bien. Así que no había habido mucho que decir. La conversación había sido breve y escueta. Sí, venía a buscar a Isholda; sí, había llegado el momento; sí, la mantendría a salvo, cuidaría de ella. Lo había prometido, lo había jurado por su alma y su sangre, por su vida y su muerte. El viejo juramento de su pueblo, de su gente. El anciano se había limitado a asentir.
          Tulë carraspeó y se frotó las sudadas palmas de las manos contra las perneras de los pantalones. El miedo le seguía atenazando las entrañas, su espalda estaba también húmeda y fría de sudor. Se estremeció, volvió a carraspear y tragó saliva.
          —A… Adryll —hasta su voz sonaba demasiado bronca y fuerte en ese lugar, bajo el tono todo lo que pudo, pero siguió sonándole como un alud en las montañas—. Yo… eh… creéis… creéis que ella… —vaciló y tomó aire con fuerza—. No sentirá miedo de mí ¿verdad? Yo—movió ambas manos a ambos lados del cuerpo, señalándose de los pies a la cabeza— soy el que soy, soy lo que soy. Temo… temo asustarla.
          El anciano se volvió hacia él, dejando de escribir y limpiando la pluma que tenía entre los dedos con un paño blanco ya manchado de tinta. Sonreía. En nombre del buen Osthar, sonreía.
          —Es una muchacha valiente y tozuda, Tyrsha bien lo sabe —cloqueó, balanceando sus cortas piernas en el aire—. ¿Estáis seguro de que deseáis llevárosla? Os dará buenos quebraderos de cabeza —su voz se apagó, según la sonrisa se borraba de sus labios y la oscuridad inundaba sus ojos, no era momento para bromear—. Es valiente, y temeraria también, pero inteligente. No comprenderá por qué debe irse. Puede que tenga miedo, pero no de vos, sino de… —su mirada se perdió del otro lado de la estancia, a espaldas de Tulë, y señaló con la barbilla el paisaje que se veía más allá de la ventana—. Nunca se le ha permitido salir de aquí, por su seguridad y protección.
          El lugar que había sido seguro, pero que pronto dejaría de serlo. Aquel pensamiento volvió a aflorar de nuevo a su mente con una intensidad tal como no lo había hecho en días. De nuevo sintió la acuciante necesidad de salvar a la muchacha, de sacarla del Santuario, de llevarla lejos.
          —… arrasada… por el fuego de la muerte… —masculló en el silencio, los ojos vidriosos, intentando respirar pese a la creciente opresión en su pecho.
          Cerró con fuerza los párpados y tragó saliva de forma convulsa. Cuando los volvió a abrir, Adryll le observaba pensativo, el rostro sombrío.
          —Corren malos tiempos, Tulë. Isholda irá con vos. Pero habremos de decirle… —el anciano vaciló—. No… no sé qué podríamos decirle, la verdad.
          La puerta se abrió de pronto con un enérgico bandazo y ella entró en la estancia.

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Esta entrada está especialmente dedicada a Beatriz Ceballos. El personaje de Thrizealynn ar Ghênn, hermana de Llewlyn, ha sido creado y nombrado en su honor, debido a su participación en la actividad de Facebook de descifrar la profecía de Rielle. Felicidades.




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1 comentario:

  1. Hola,
    Me ha gustado mucho esta parte. Los sentimientos de Isholda son muy vívidos, sus ansias de escapar, su resignación a su destino... Si no fuese porque tengo que madrugar, seguiría leyendo para ver como sigue su historia jeje
    Además, me ha gustado el personaje de Trhiz. Pelirroja y con carácter siempre es un acierto!

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