Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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domingo, 1 de septiembre de 2013

CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO (Parte 1/4) - Isholda

 

          Naudrun ar Enamayn deslizó con suavidad y ternura los largos dedos por el rostro de su esposa, arrebolado por el frío, y depositó un leve beso en sus labios. Los tenía helados y secos. Después, con una sonrisa de orgullo y satisfacción, revolvió los cortos cabellos negros de su pequeño hijo que, en brazos de su madre, los ojos oscuros muy abiertos, le contemplaba con infantil fascinación, un dedo metido en la boca.
          —Te portarás como un hombrecito ¿verdad? —le preguntó con tono serio—. Ahora eres el hombre de la casa y tienes que cuidar de tu madre ¿me has entendido?
          El niño asintió con entusiasmo, se sacó el dedo de la boca con un ruido húmedo y aferró un mechón de los largos cabellos de Eluanne.
          —Hombe de la caza —balbuceó sonriéndole de oreja a oreja y riendo luego alborozado—. Regalo, papá, regalo.

          —¿Un regalo? ¿Quieres un regalo? —Naudrun no pudo evitar reír también e intercambió un guiño con su mujer—. Claro que sí. Papá te traerá un regalo, una espada elfa muuuuy grande —abrió mucho los brazos, de modo teatral, y su hijo volvió a reír.
          —Si le traéis una espada, Naudrun, dormiréis en los establos —señaló Eluanne, en tono serio, los labios firmes y apretados, pero con un brillo divertido en sus ojos verdes. Se acomodó al pequeño Geren en los brazos de nuevo, luchando porque soltara su mechón de pelo—. Como si no tuviera suficientes espadas en casa con las que jugar. Dejémosle, de momento, trastear con las de madera, que ya habrá tiempo para que crezca y empuñe una de verdad —la mujer enmudeció un instante, la vista clavada más allá de su esposo, calle abajo, donde el ejército estaba comenzando a reunirse, en la plaza que había ante las puertas de la muralla interior—. Creo que es la hora.
          Naudrun miró por encima del hombro y frunció los labios. Los caballos piafaban, sus cascos resonando en el claro y frío aire de la mañana. El tintineo de las armas y arneses llegaba hasta él con claridad, en una entremezclada cacofonía con las atareadas voces de los hombres y el estruendo de las ruedas de las carretas, crujiendo contra el suelo empedrado. El sol brillaba aún bajo en el cielo azul y despejado, apenas llegando a asomar por encima de las murallas. Soplaba una brisa tan ligera que no alcanzaba a mover los estandartes que pendían flácidos en sus astas. Podía distinguir el lobo de plata del príncipe, el campo sinople de Ilger y el oso de azur de Shordish. Trush llegaría tarde, eso lo sabían todos. Las noticias de la muerte de su padre le habían afectado bastante más de lo que quería dejar entrever. Decía que estaba bien, pero no había aparecido en días por la cantina de la Academia. Tan sólo le habían visto en las reuniones militares para planificar aquel viaje. Pero no era sólo su estado de ánimo el que le impulsaba a mantenerse alejado de ellos, también tenía mucho papeleo que completar, cartas que firmar, mensajeros que despachar a Gulsea y que informarían a su madre y a sus hermanos de la muerte de Lenh ar Hearay-rha.
          El príncipe Selam en persona, había acudido a entregar la misiva del rey a la mansión familiar de los Hearay-rha en Ossián. Luego los había convocado a todos a palacio. Había sido difícil de asimilar para todos ellos. Lenh muerto y ni su mujer ni sus hijos iban a poder enterrar el cuerpo en la capilla familiar, ni rendirle los apropiados honores. Así lo había decidido su majestad, el rey Trión. Nada por lo que culparle, realmente, aunque en el fondo… Selam les había contado que Trush se había enfurecido, si bien no había dicho nada en voz alta. Propio de él. Si Naudrun no lo conocía mal, tan sólo habría asentido y habría mirado fijamente a Selam tras leer la carta. Pero sus ojos… oh, sí, sus ojos. Sus ojos le habrían delatado, acusadores, furiosos, las pupilas muy dilatadas. Eso y el tic en la mejilla del tatuaje. Al menos, le quedaba el consuelo de no tener que enfrentarse a su madre cara a cara. Pero, por desgracia, eso también implicaba que no podría consolar a sus hermanos.
          Naudrun suspiró. Dolor y furia, furia y dolor. Esperaba que entre todos pudieran ayudar a Trush, una vez estuvieran camino a Nardis, a mitigar el dolor y a aplacar la furia. Esperaba que los preparativos para el combate, la perspectiva de la guerra y el mismo viaje le ayudaran a superarlo. Necesitaban que el ejército estuviera todo lo unido posible, sobre todo tras la traición de Nargor, Londar y Herald. El joven general frunció el ceño y abrió y cerró los dedos sobre la empuñadura de la espada. Los informes llegados del Sorn no eran nada halagüeños. Revueltas, ciudades arrasadas y más y más nobles de bajo rango sumándose cada día a las filas de Zaryll, ya fuera por miedo, por interés o por mera ambición. Debido a ello, no podrían acudir con todas las fuerzas previstas al encuentro del rey y, si no tenían cuidado y terminaban pronto en el Norn, podrían encontrarse en invierno con una guerra civil abierta en dos frentes.
          «Al menos —reconoció, sin poder evitar entrecerrar los ojos y apretar los labios en un gesto preocupado, mientras contemplaba al ejército agrupándose en la plaza—, hemos conseguido reunir más armas y recoger gran parte de las cosechas de otoño que había pendientes. Trión agradecerá el suministro extra de grano y fruta que llevamos en esas carretas.»
             —Sí —comentó en cambio en voz alta—. Es hora de partir.
       Sus propios hombres —que no eran sino una pequeña escolta completada por su joven portaestandarte—, aguardaban, un poco apartados, a que terminara de despedirse de su familia. Ellos habían hecho ya lo propio ese mismo amanecer, estaba seguro. Ahora le tocaba a él. Eluanne aguardaba, el pequeño Geren aguardaba, ambos mirándole, los rostros sonrojados por el frío y el aliento condensándose en nubes blancas frente a ellos. Trató de sonreír, sin embargo, partía a la guerra y no podía evitar pensar que le podía ocurrir lo mismo que a Lenh.
          —¿Estaréis bien? —le preguntó a su esposa, aflojando el rígido cuello de la casaca con un dedo y recolocando, súbitamente nervioso, el tabardo de su espada en su cadera.
          Eluanne sonrió de medio lado, con aquellos labios gruesos y siempre prestos a la ironía, y eso aplacó su corazón. Siempre había sido una mujer fuerte, con sus largos cabellos rubios y sus ojos verdes como la hierba en primavera. Caderas anchas y pechos maternales, no como las muchachas escuálidas que se estaban poniendo de moda en la corte últimamente. Tenía una voz potente, apta para el mando, como la de su viejo padre, que aún podía hacer cuadrarse a toda una generación de bisoños alumnos de la Academia con sólo toser. Naudrun, ahora general de los ejércitos de Trión, no pudo evitar recordar, con cierta diversión, cuando él era uno de aquellos jovencitos atolondrados aterrado por la mera presencia del padre de Eluanne.
          —Claro que estaremos bien, Naudrun —chistando suavemente, trató de desasir de nuevo la manita de Geren de su pelo—. He hablado con Elemaine y alguna de las otras mujeres. Partiremos dentro de unos días hacia Cahir ar Almenein, para asegurar que las cosechas de las Llanuras terminan de recogerse según lo previsto y, ya que estamos, para presionar un poco más a los reinos enanos y que sigan enviando armas y hierro a Ossián. Geren vendrá conmigo y Naurean no abandonará el Cahir en todo el invierno. Allí estará a salvo.
          —¿Ya habéis hablado con Laugan?
          El ruido proveniente de las murallas se hacía cada vez más intenso, más y más caballos, soldados y carretas llegaban para unirse al ejército que pronto partiría. Por el rabillo del ojo vio llegar el estandarte del cisne de Trush, no él en persona, de eso estaba seguro, pero sí un delegado.
       —Sí, aunque ya sabéis cómo es —Eluanne resopló—. Lo que sea por las bellezas más resplandecientes de Ossián y sus honorables esposos —citó, engolando la voz y poniendo los ojos en blanco—. Lo que necesita es que su padre le encuentre una buena esposa bakanesa y pronto. Esa sangre…
          Los dedos de su esposo sobre sus labios la silenciaron de golpe.
          —No refunfuñéis, por favor, al fin y al cabo os ha dejado a cargo de sus tierras. Y creo, además, que lord Lauden dio por perdido un matrimonio concertado para su hijo hará ya mucho tiempo —abrió las manos en un gesto de impotencia y resignación—. Selam seguro lo sabe mejor que yo, pero también he oído algo al respecto. Laugan… —vaciló antes de continuar, frunció los labios y una arruga apareció sobre su frente— siempre ha sido alguien difícil. Ah… —inhaló profundamente y luego dejó escapar, poco a poco, el frío aire de sus pulmones—. Bueno. Tengo que marchar. Se van a impacientar si no me uno a ellos pronto.
          El rostro de Eluanne se tornó serio de pronto, haciendo de lado la expresión exasperada que asomaba siempre a sus facciones cuando hablaba del heredero de la casa Almenein.
          —Tened… Volved vivo, Naudrun. Tenéis dos hijos que os aman… y a mí —añadió, la voz tensa, la garganta constreñida.
          El general de los ejércitos de Trión, cabeza de familia del clan Enamayn, asintió con seriedad y apretó una vez más la mano de su esposa, antes de darle la espalda y avanzar al encuentro de sus hombres. Podía sentir claramente sus ojos verdes posados en su espalda, en sus hombros, su fortaleza sosteniéndolo, apoyándole desde la distancia, incluso en aquellos duros momentos. No permitiéndose a sí misma flaquear, aun cuando su esposo partiera a la guerra y pudiera no regresar jamás. Aunque aquellos hombros pudieran ser lo último que viera de él. Naudrun, inhaló hondo y se cuadró, irguiéndose en toda su formidable estatura. Él tampoco flaquearía. Se lo debía a ella.
          Un oficial de mediana edad, con el cabello oscuro rizado veteado de gris y brazos como toneles, le tendió las riendas de su alazán. Con una leve inclinación de cabeza hacia él, montó y alzó la mano para indicar a su escolta que podían partir. Los cascos de los caballos resonaron en la calzada y, con el movimiento, el estandarte de su casa se desplegó con un seco chasquido por encima de sus cabezas, haciendo volar en la mañana el cuervo bicéfalo de sable sobre el campo de oro.

          Eluanne lo observó partir, la mirada triste, los ojos velados por lágrimas que no se permitiría verter. El pequeño Geren se aferraba a ella con fuerza, hasta casi hacerle daño de lo fuerte que tiraba de sus largos cabellos color miel, hipando quedamente, a punto de echarse llorar. Cuando las lágrimas se acumularon en sus propias pestañas y comenzaron a resbalar por sus suaves mejillas, Eluanne ar Enamayn dio la espalda a los hombres que se alejaban y se adentró en la mansión a la vera de la calle. No tenía tiempo de llorar, no tenía tiempo de lamentarse, había mucho que hacer, no era el momento de ser débil.
          «Mas, a veces, el dolor es demasiado hondo. Y profundo, profundo como el mar del Norn.»


          Selam alzó el rostro de los papeles que le acababan de entregar y saludó, con una sonrisa y una inclinación de cabeza, a Naudrun, mientras éste desmontaba y entregaba las riendas de su montura a un joven palafrenero.
          —¿Va todo bien con la familia? —inquirió pasándose los papeles a la zurda y estrechando el antebrazo del otro hombre.
          —Sí, alteza —Selam hizo una mueca ante aquel trato excesivamente formal, pero lo dejó pasar—. Eluanne es una mujer fuerte, lo hará bien sin mí. El pequeño Geren estará con ella todo el tiempo y, en cuanto a Naurean, permanecerá en el Cahir mientras dure la guerra, allí no le ocurrirá nada. Es un buen chico, ha salido a su madre —sonrió orgulloso—. Es fuerte y además tiene a Edaeron, mi alcaide, allí con él.
Selam no pudo sino asentir. Proteger al primogénito o, de no poder, al siguiente en la línea de sucesión. No poner todos los huevos en la misma cesta, que decía su padre. El joven príncipe suspiró, sin duda el rey también hubiera hecho lo mismo de tener más de un hijo. Aquel pensamiento le hizo mirar de reojo a Shordish, que, en aquellos momentos, hablaba en voz baja con uno de sus hombres, señalando insistentemente algo sobre un mapa plegado a medias que tenía en la mano. Su anciano y enfermo padre no podía estar en modo alguno tranquilo, allá en el Sorn. Las tierras familiares estaban siendo asediadas y era allí, en el Cahir familiar, donde se encontraban tanto su hijo menor como su esposa. Su hijo mayor y heredero se dirigía, de mientras, a la guerra del Norn. No, no podía estar nada tranquilo.
          —¿Y vuestras tropas, lord Naudrun? ¿Están ya listas? —preguntó, volviendo a la realidad y reordenando los papeles.
          —Llegaron anoche, alteza, están acampadas extramuros. No consideré oportuno saturar los barracones más de lo que ya estaban. Los hombres de Ilger —realizó una seca inclinación de cabeza hacia el joven de corto cabello castaño rizado que aguardaba a unos pocos pasos inquieto y pálido. Naudrun entrecerró los ojos, súbitamente preocupado— ya se habían instalado el día anterior en la Academia y no quedaba mucho más espacio en la ciudadela —el joven se encogió de hombros—. Se unirán a nosotros en cuanto partamos.
          Selam se palmeó la pierna con los papeles.
          —Bien. Ilger —se volvió hacia el general de cabello rizado—. ¿Y el resto de vuestras tropas? ¿Han logrado llegar? Las lluvias de los últimos días habrán inundado la Región de los Mil Lagos, como todos los años, pero espero que eso no haya supuesto demasiado problema.
          Ilger se rascó detrás de la cabeza e hizo una mueca, luego chasqueó los labios.
          —Sobre eso… no traigo buenas noticias, Selam. Finalmente —vaciló— he decidido no desplegar las tropas del Cahir. Hace unos días, recordaréis, llegó una paloma. Un viajero aseguraba haber sido atacado por elfos negros en la frontera Eorn…
          —Sí, lo recuerdo —interrumpió el príncipe, entrecerrando los ojos—. Acordamos que seguramente no eran sino supersticiones de los campesinos locales, no es posible que haya elfos negros tan al Eorn…
Ar Lunn alzó la mano, aún a riesgo de ser descortés.
          —Y así lo hice. Ordené la movilización de las tropas. Pero hará dos días llegó una paloma al Cahir procedente de Venlaru —su rostro se ensombreció y apartó la mirada unos instantes, antes de volver a dirigirse a Selam—. Vieron fuego al Norn durante dos noches y columnas de humo negro durante el día. Dejaron de llegar barcos y noticias de los puertos de más al Norn de la bahía. Fue entonces cuando enviaron ellos uno para ver qué había ocurrido…
          Selam sintió que las entrañas se le congelaban en un nudo frío y oscuro y se forzó a tragar saliva. Ilger no parecía capaz de continuar hablando, estaba blanco como el papel, la mirada huidiza y angustiada. Observó por el rabillo del ojo cómo Shordish se aproximaba a ellos y se detenía a menos de un brazo de distancia, escuchando también con atención.
          —Seguid, Ilger.
          —Alteza… la noticias… acaban de entregármelas… —se humedeció los labios y tomo aire con un estremecimiento—. Aluir ha sido arrasado. Todos los barcos han ardido. Toda… toda la población… asesinada.
          En ese instante, el príncipe deseó no estar a punto de partir. Con tanta gente a su alrededor, los murmullos comenzaron a expandirse como un incendio. Las noticias pasaron de boca en boca, de hombre a hombre… Exclamaciones de sorpresa, susurros asustados, incrédulos…
          —¿Vélsagar? —logró preguntar, alzando el tono por encima de la vorágine de voces.
          —No, alteza —Ilger sacudió la cabeza, los cortos rizos danzando de un lado a otro—. Elfos. Elfos negros. Los hombres de Venlaru atracaron en el puerto de Aluir y buscaron supervivientes. Lo que encontraron fue… —la voz se le quebró y tomó aire de nuevo mientras tendía la pequeña nota que tenía entre los dedos a Selam, la misma que había estado leyendo hacía apenas unos instantes—. Había cadáveres de elfos negros, parece que sólo uno o dos. Pero encontraron a una joven escondida en un sótano… confirmó el ataque, confirmó que habían sido los elfos negros. No saben cuántos puede haber en estos momentos cerca de la frontera Eorn, Selam. La muchacha hablaba de miles, pero…
          El joven príncipe abrió y cerró la boca un par de veces, en un vano intento de encontrar las palabras adecuadas en medio de la conmoción.
          —¿Y las tropas de Cahir ar Lunn? —acertó finalmente a articular, con voz queda, apenas audible. Noticias malas, funestas, casi las peores…
          —Mi castellano tuvo el buen tino de enviar un mensajero para hacerlas volver, aún sin mi autorización —señaló con la barbilla el pergamino que Selam sostenía ahora—. No llegarán más efectivos de mi Cahir, alteza. No puedo dejarlo desguarnecido. No con quién sabe cuántas tropas enemigas situándose en nuestra retaguardia.
          Selam ar Erentyll cerró los ojos unos instantes. Necesitaba pensar, necesitaba tomar una decisión. Las noticias del Eorn bien podrían cambiarlo todo. Las voces subían y bajaban, gritos de consternación elevándose aquí y allí. La noticia se estaba extendiendo rápidamente entre las tropas allí presentes y no tardaría en llegar al pueblo. Muy pronto todo Ossián lo sabría y el futuro de mucha gente dependía de la decisión que él tomara allí y ahora. De lo que ordenara. Había tanto en juego… ¡Dioses! ¿Cuántos días podía hacer de aquello?
          «No mucho más de una semana —se dijo, abriendo los ojos y clavándolos en el empedrado del suelo—. La Región de los Mil Lagos está anegada. No será fácil de cruzar para un ejército, tanto menos cuanto más numeroso sea. Las carretas se atascarán, los caballos no podrán ganar mucho terreno al galope. Las marchas tendrán que ser forzadas, largas y desagradables, la moral se verá afectada…»
          —Una luna —musitó en voz alta—. Esas tropas tardarán como mínimo una luna en llegar a Ossián, aún en las mejores circunstancias, forzando el paso. Seguramente tardarán más debido a las inundaciones. Lord Ilger.
          —¿Mi señor?
          —¿Creéis que Cahir ar Lunn resistirá?
          Tras unos instantes de silencio, el joven de ojos verdes asintió de medio lado.
          —Es posible, enviaré instrucciones, haré que salgan patrullas por la Región para averiguar su número exacto. Ahora mismo estamos ciegos.
          —Podrían no ser más que una fuerza de reducido tamaño, después de todo. Guerra de guerrillas. Aluir no es una población demasiado grande y el testimonio de una superviviente aterrada… —Selam sacudió dubitativo la cabeza, tenía que separar esperanzas de realidad—. Sea como sea, no podemos permanecer en Ossián, mi padre depende de nosotros. Lo que no me explico —añadió con expresión pensativa— es cómo han podido llegar elfos negros al Eorn. ¡Sodmeth bendito! ¿Cómo lo han hecho? Han pasado por delante mismo de nuestras narices y no los hemos visto siquiera. ¿Cómo lo ha hecho Zaryll?
          Nadie supo qué responder, tampoco era que lo esperara. Además, era posible que las malas noticias no se hubieran terminado aún, Shordish tampoco tenía buen aspecto.
          —¿Alguna noticia del Sorn, Lynaitha? —inquirió fatigado, frotándose el rostro, y eso que aún no habían partido siquiera.
          Shordish negó con el semblante serio, luego asintió… vaciló y acabó por encogerse de hombros.
          —Nada que no imagináramos ya —empezó, acariciando distraído el extremo de la larga trenza rubia en que se recogía los cabellos—. Silga ha caído, al igual que Nalis. Volvieron a usar trolls y a los traidores de las Setianne. Pero el Cahir aún resiste. Los rumores que me hace llegar mi madre dicen que hay un helfshard en la zona, pero no sé si creerlo o no —su único ojo gris pálido tenía un brillo de desconcierto—. Hasta hace un instante no le hubiera dado el más mínimo crédito, pero ahora no sé qué pensar. Sea como sea, Selam, esas tropas no se desplazarán hacia Ossián, no mientras mi Cahir resista. Mi madre ha invocado los viejos tratados comerciales —añadió con una tensa sonrisa— y ha solicitado ayuda, en nombre del rey, de las flotas de los reinos del Sorn. Aún no ha habido respuesta.
          Selam se las arregló para curvar los labios en una agria sonrisa.
          —Yo también espero que respeten los tratados firmados con mi padre —el príncipe se frotó los ojos con la mano libre, los cerró y los volvió a abrir con decisión—. ¿Y Laugan? ¿No ha llegado aún? Trush tampoco ¿verdad?
          —Trush tardará, alteza —intervino Naudrun—. Si no le conozco mal, se reunirá con nosotros a las puertas de Ossián, no antes. Ha enviado su estandarte, eso sí —señaló el cisne rampante que colgaba cerca de ellos—. Creo que quiere estar sólo. En cuanto a Laugan…
          Shordish puso los ojos en blanco e Ilger bufó por lo bajo.
          —Sí, sí, ya lo sé. No sé ni por qué lo pregunto. Lo mismo de siempre. Vendrá cuando quiera. A veces pienso que lo hace a propósito —masculló para sí y sacudió la cabeza, el resignado susurro brotando más como una maldición entre sus dientes que otra cosa—. Sea como sea…
          —¡Buenos días, Su Alteza Real! —el grito resonó en la plaza por encima incluso del ruido de los caballos, las armas al ser preparadas y el murmullo incesante de las voces—. ¡Buenos días, lord Naudrun! Tan ceñudo como siempre, por lo que veo.
          Un alto alazán, con el heredero de la casa Almenein sobre la grupa, se abría camino entre las tropas concentradas en la plaza. El joven sonreía de oreja a oreja.
          —¡Buenos días, Shordish! Vos tan atractivo como siempre, con esa cicatriz… el terror de las doncellas —enarcó las cejas y abrió mucho los ojos con picardía— ¡Y buenos días, lord Ilger! ¿Vos también ceñudo? ¡Dioses! Parece una epidemia. En nombre de Nhynmayen ¿qué os ocurre a todos?
          Inquirió una vez a su lado, desmontando prácticamente de un salto y recorriendo a todos con sus profundos ojos negros. Llevaba el cabello cobrizo alborotado y el uniforme de su casa arrugado, como si hubiera dormido con él puesto.
          —¿Me he perdido algo? —la sonrisa se borró de sus labios en cuando hubo dado un par de pasos y estrechado un par de brazos—. ¿Qué ocurre, Selam?
          —Llegáis tarde, Laugan.
          —Sí, ya, lo de siempre, ya me conocéis —añadió con tono ausente, quitándole importancia con un gesto de la mano—. No encontraba el uniforme limpio y al final me he tenido que poner el del lavad… —se interrumpió en seco y sacudió la cabeza, podía oír a Shordish reír entre dientes e Ilger tenía los ojos achicados y se cubría los labios con una mano, Naudrun, en cambio, le miraba reprobatorio y el príncipe, una ceja enarcada, con paciencia infinita; como siempre—. Da lo mismo —rectificó con rapidez—. ¿Qué ocurre aquí? No os veía con unas caras tan largas desde lo de Lenh. No habremos…
          —No —le atajó Selam—, pero son malas noticias, del Eorn.
          El resumen fue parco y seco, e hizo que su rostro también se ensombreciera. Resopló y enarcó las cejas.
          —Malas noticias, sí. Vaya —frunció el ceño, se apartó el largo cabello de los ojos y volvió a resoplar—. Muy malas. ¿Seguimos partiendo hacia Nardis o hay cambio de planes?
El joven recorrió con la vista el ajetreado ejército de hombres que les rodeaba, las carretas que estaban siendo cargadas con los últimos petates y las ya llenas que se unían a ellos provenientes de las calles laterales.
          —Tan sólo os estábamos esperando, Laugan —respondió Selam—. A vos y a vuestras tropas. Pero partir, partimos según lo previsto. Trush se unirá a nosotros a las puertas de Ossián, según lord Naudrun. ¿Están ya aquí todos vuestros hombres, Laugan? No parecen muchos —Selam entregó los papeles a un joven escudero que tenía detrás y añadió: notificad a los capitanes de que formen para partir.
          —Sí, alteza.
          El chico sonrió halagado y se alejó al trote, pronto se perdió entre los soldados.
          —Por desgracia no son todas, Selam. Estas son las tropas que mi padre dejó en Ossián —Laugan se acomodó el cinturón de la espada sobre la arrugada camisa del uniforme y se rascó la mejilla—. El resto se unirá a nosotros, provenientes del Cahir, en un par de días. Os ruego me disculpéis, pero las movilicé tarde. No quise dar la orden hasta no estar seguro de si serían requeridas en el Sorn. Mis tierras son las más cercanas, después de todo —se encogió de hombros, con una sonrisa culpable.
          Selam asintió, desenredó la capa de la vaina de la espada y se acercó al palafrenero que sostenía su caballo, no muy lejos de allí. Antes de montar, se volvió hacia sus generales y los observó uno a uno. Naudrun, impecable en su uniforme, severo y serio. Shordish, aparentemente más relajado, pero con una profunda arruga de preocupación en el ceño, que hacía destacar, más de lo normal, la cicatriz que le cruzaba la parte derecha del rostro y que le había privado de un ojo varios años atrás. Ilger, sumido en sus propios pensamientos, la mirada sombría, repasando el estado de sus tropas, resignado a partir, mas con un poso de temor en su interior. Y finalmente Laugan que, bajo su aparente desenfado y aquella chispa constante de insubordinación, estaba tan afectado por las noticias como el resto de ellos. Pero, pese a todo, sonreía. Y sonreiría durante toda aquella oscura partida de Ossián. Ese era su escudo y el soporte que les brindaba a todos ellos. Como lo era el de Naudrun su aparente falta de sentido del humor y su férrea disciplina. Asintiendo para sí, Selam inhaló el fresco aire de la mañana y se llenó los pulmones del olor a heno, a caballos y a acero y cuero encerado. Había llegado el momento.
          —¡Partimos! —anunció con voz potente mientras montaba—. ¡Transmitid las órdenes! ¡Nos ponemos en marcha! ¡Almenein, Lynaitha, flanco derecho! ¡Lunn, Enamayn, flanco izquierdo! ¡Erentyll, a mi espalda! ¡Cuándo Hearay-rha se nos una, se situará en la retaguardia! ¡Adelante! ¡Adelante!
          La columna de hombres a caballo, carretas cargadas de suministros, tiradas por bueyes, y soldados de infantería, formaron poco a poco y se desplegaron a lo largo de la ancha avenida que conducía, primero a las puertas de la muralla interior y después, a atravesando la blanca ciudad de Ossián, a la alta muralla exterior y al camino que les conduciría al lejano Norn. El ejército marchaba hacia la guerra.


          Shavae ar Canndas tomó el estandarte de manos de un escudero de su casa, que aguardaba junto al caballo, y, tras trabar el astil en el estribo, lo sacudió para desplegar en el calmo aire de la mañana el emblema de la familia Lunn: la nutria de sable en campo sinople. Había escuchado, sobrecogido, las palabras de lord Ilger, había oído también la respuesta de Su Alteza Real, en medio de un aturdimiento emocional del que aún no se había recuperado. Elfos negros en Eorn. Inexplicable, ridículo, una completa locura… mas innegablemente cierto. El mensaje llegado en paloma así lo atestiguaba, de forma clara, concisa. Aluir destruido. Testigos de Venlaru confirmando aquellos estúpidos rumores llevados a Cahir ar Lunn por un solitario viajero. Las tropas de Zaryll estaban arrasando las tierras de Eorn.
          El pánico le oprimía el estómago con sólo pensar en ello, impidiéndole tragar, impidiéndole casi respirar, formando un nudo doloroso en su garganta. Había estado una vez en Venlaru, de niño. Había visto entonces el mar, por primera y única vez en su vida —nunca había creído que las excursiones familiares al mar de Setianne o al mar de Fiord, aquellas dos lenguas que rodeaban las tierras de los Lynaitha, contaran— y no había sido capaz de olvidar aquella experiencia. La inmensidad azul y plata refulgiendo al sol, hasta donde alcanzaba la vista, brillando, deslumbrándolo con su eterno movimiento… Aquella experiencia había dejado una profunda huella en su alma. Pensar ahora en los gráciles barcos incendiados, en la gente muerta por las calles de una población similar, le hacía estremecer. De ira, de miedo, de odio, de dolor.
          Espoleando a su montura con la mandíbula firmemente encajada, las palmas de las manos empapadas de frío sudor, rezó a Yshaunn por su familia. Necesitaba creer que su esposa e hijos estarían a salvo en Cahir ar Lunn. A salvo de todo mal, a salvo de los elfos negros surgidos de las leyendas más oscuras y sombrías de Bakán. Necesitaba creerlo con desesperación, necesitaba creerlo para ser fuerte, para poder combatir como mano derecha de Ilger ar Lunn por la defensa de todo aquello en lo que creía. Para portar su estandarte en la batalla y que su familia sirviera ahora al clan Lunn como lo había hecho durante todos los años de paz. No cuestionaba las órdenes de Su Alteza, el príncipe Selam ar Erentyll. Ir al Norn era prioritario, era necesario, ahora más que nunca, reforzar el ejército del reino. Si perdían en el Norn, perderían la guerra. Pero el miedo, la preocupación por el destino de sus seres queridos, era un asunto que no podía sacarse fácilmente de la cabeza. Por eso mismo, necesitaba ser fuerte, precisaba creer que todo iría bien. No flaquearía. No podía permitirse hacerlo. Nadie de aquel ejército podía.
          Así que, Shavae rezó, rezó con toda la fuerza de su alma, mientras cabalgaba a pocos pasos del joven cabeza de familia del clan Lunn, con el estandarte asido firme en su mano derecha, hasta el punto del dolor.

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Esta entrada está especialmente dedicada a Petardet (Xavi Canudas). El personaje de Shavae ar Canndas, ha sido creado y nombrado en su honor, debido a su participación en la actividad de Facebook de descifrar la profecía de Rielle. Felicidades.




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