Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 30 de septiembre de 2013

CAPÍTULO DECIMOCTAVO (Parte 4/4) - Al borde del abismo


         Sadreg cerró la puerta de sus dependencias y se recostó unos segundos contra la oscura madera. Inhaló, reuniendo fuerzas, y caminó con paso cansado, tambaleante, hasta el sillón que había entre la cama y la ventana. Se dejó caer exhausto en él y enterró la cabeza en el respaldo, los ojos cerrados. La mano izquierda todavía le temblaba un poco. Alzando los párpados, levantó la diestra contra la luz del crepúsculo, que se derramaba a través de la ventana, y la contempló largo rato. Aún eran claramente visibles en la palma las marcas rojas de las aristas del cristal que había apretado hasta casi hacerse sangrar. Podía sentir, incluso ahora, la magia cosquilleando en su piel, la frialdad en el estómago, el sabor dulce y metálico de la sangre en su boca y el punzante dolor de sus costillas y de la articulación de la rodilla. Un violento estremecimiento sacudió su brazo y se vio obligado a bajarlo. Juntó ambas manos en el regazo y las apretó para que dejaran de temblar.

          Había estado a punto de matar a su hermano, de desencadenar la magia de su interior contra él. De derribarlo allí mismo. No hubiera sido un simple ataque para dejarlo inconsciente… lo habría matado. La lanza de luz que estaba conjurando lo habría destrozado por dentro, atravesándolo de parte a parte, convirtiendo todos sus órganos en pulpa. Pero entonces todo había cesado, todo había parecido detenerse —los golpes, el dolor, su propia desesperación—, cristalizando en aquella mirada de atroz comprensión en el rostro de Reda, ribeteada de miedo y de agonía. Si cerraba los ojos, aún podía verle temblar, encumbrado sobre él, el brillo asesino borrado por completo de sus rojas pupilas.
          Nunca antes había visto a su hermano tan rabioso, tan fuera de sí. Perdiendo totalmente el control. Había sido testigo de su ira en otras ocasiones, pero jamás de algo como aquello. Incluso enfadado, su hermano menor siempre parecía dueño de sí mismo, enfocado, centrado; hasta cuando causaba dolor, hasta cuando mataba. Pero, mientras discutían, por primera vez en su vida Sadreg había tenido miedo de él, de la locura que había brillado, durante una fracción de segundo, en sus ojos rojos como la sangre. Luego habían llegado las patadas, los golpes y él también había querido matarlo. Matarlo en defensa propia… pero matarlo.
          Con un suspiro, Sadreg Shays-shu, volvió el rostro hacia las últimas luces del ocaso y contempló, en silencio, cómo el cielo ardía: púrpura y negro y rojo sobre nubes orladas de oro y fuego. Poco a poco, la oscuridad fue avanzando, tomando el control de sus aposentos, agrandando las sombras. Recordó la sangre de su hermano contra la pared, en la blanca camisa, en los cristales de su ventana y tocó con dedos trémulos su propia herida en el labio, abierta de nuevo en la reciente pelea. Dolía, al igual que la ceja partida y el ojo derecho. Puede que se le hinchara incluso. Mañana lo sabría. Pero al menos no creía tener ninguna costilla rota. Ni la rodilla. Tampoco había muerto.
          El dolor del labio le hizo reflexionar, recordar lo acontecido esa misma mañana con lady Seindra. Los gritos airados, su propia pérdida de control, tan parecida a la de Reda y, sin embargo, tan diferente. Su hermano no había tenido un buen día, eso era todo. Y podía afirmar, sin dudarlo, que hoy tampoco había sido un buen día para él, así que, pensó, tal vez pudiera disculpar a su hermano. Errores, a veces todos ellos cometían errores: él, Reda… incluso lady Seindra.
          «Sí. Incluso ella. Primero discuto con ella y luego con el loco, idiota, de mi hermano. ¿Qué me está pasando? —una suave risa brotó de su interior, carente de humor. Se esfumó casi tan pronto como apareció—. Dos veces. He perdido los estribos dos veces. Tal vez merezco los golpes que me han llovido, después de todo.»
          Sonrió, irónico, en la creciente oscuridad. Inhaló hondo y bufó.
          —Todos cometemos errores —le susurró a la nada—. Muy bien, lady Seindra, llevaréis vuestro embarazo como gustéis. Vuestra madre no sabrá por mis labios de ello. En cuanto a mi hermano… —la sonrisa se tornó algo agria y torcida—, dejaré que mañana me traiga el desayuno a la habitación.
          Al fin y al cabo, cuando finalmente se había sentido con fuerzas suficientes como para levantarse del frío suelo y caminar sin que las rodillas le fallaran, Reda le había parecido aún más desdichado y destrozado que él. Acurrucado en el pasillo, estremeciéndose, la herida de su hombro abierta y sangrando, empapándole la ropa, y, estaba seguro, sangrando también por dentro.


          Lady Arlen, acodada en la balconada de piedra de sus aposentos, contemplaba ponerse el sol. Un viento frío, cortante, procedente del Norn, soplaba a fuertes rachas sacudiendo sus negros cabellos y arrebolando sus mejillas. La copa de vino pendía de su mano, vacía y olvidada, y la pequeña jarra de cristal que había subido a sus habitaciones, también vacía, descansaba a sus pies.
          Había sobrevivido a la batalla, a las intrigas de lord Londar y, durante unos breves momentos de euforia, había pensado que también le sobreviviría a él. Por desgracia, lord Nur seguía vivo; sus heridas no habían resultado, al final, tan graves como pareciera en un principio —cuando entró al galope en la fortaleza, el costado izquierdo empapado en sangre, respirando con dificultad, el rostro lívido y perlado de sudor. Se había desvanecido mientras sus hombres de confianza le ayudaban a desmontar y aquel elfo, Reda, aullaba que lo descuartizaría lentamente hasta matarlo. Allí abajo, tras el rastrillo y las puertas cerradas de Nardis, en la antesala de las rampas y escaleras que conducían a la cima de la ciudadela, había estado a punto de tener lugar otra matanza. Reda estaba exaltado, algunos de sus compañeros intentaban detenerle, pero otros clamaban venganza por algo que no alcanzó a entender en medio de la algarabía y el clamor de las voces. Su propio bando, exhausto como estaba, había empezado entonces a desenvainar las armas, en respuesta a la provocación de los elfos negros.
          Aún se preguntaba qué era lo que la había llevado a interponerse entre ambos grupos, manchada de hollín y sangre como estaba. A extender los brazos y gritar que ya bastaba de tonterías. Que habían completado con éxito su misión y que eso era todo lo que debiera importarles, que las riñas personales podían esperar… y que, si no podían, tal vez lord Zaryll tuviera algo que decir al respecto.
          Seguía sin comprender cómo habían podido surtir efecto aquellas palabras vacías, pero los ánimos se habían serenado lo suficiente como para que el camino de vuelta fuera, si no amistoso, sí al menos sin derramamiento de sangre. Tal vez, aquello que la había impulsado a intervenir había sido el deseo de morir, de ser la primera víctima de la trifulca, en lugar de aguardar a que lord Londar tomara represalias por ello más tarde… si sobrevivía a sus heridas. Morir de forma digna, o rápida, antes que torturada y violada de nuevo por el cabeza de familia del clan Nur.
          La mujer se apartó el aleteante cabello de la cara y miró con cierta añoranza la copa vacía de su mano. Pero no quedaba ni una gota. Tampoco en la jarra. Suspiró. No le apetecía volver a bajar a los comedores a por más vino. Tampoco quería emborracharse… o tal vez sí. Sea como fuere, no lo deseaba lo suficiente como para abandonar sus habitaciones para ir a por más.
          Suspiró una vez más mientras el cielo pasaba del dorado y rojo al índigo y negro. Estaba viva. Eso era todo lo que le importaba ahora. Viva para luchar otro día, viva para… para seguir adelante. Aquello ya era mucho más de lo que se podía decir de una quinta parte de los hombres que habían partido de Nardis ese día. La misión había sido un éxito, sí, mas a un alto coste. La carga a través del río, contra la improvisada fuerza de arqueros del ejército del rey, había sido dura. Muchos habían muerto en el vado, en las aguas manchadas de sangre y las orillas enfangadas. Se estremeció al recordar la visión de los cadáveres de los hombres y caballos que se amontonaban allí cuando volvieron al galope hacia la fortaleza.
Miró de nuevo la copa de vino vacía, levemente frustrada. Tal vez sí que le apeteciera lo suficiente emborracharse como para bajar a los comedores, después de todo. Se humedeció los labios y resopló, sacudiendo la cabeza. Se agachó y dejó la copa al lado de la jarra, en el suelo, a sus pies, y volvió a acodarse en el pretil.
          Con una mueca de dolor, la mano de Arlen se alzó de la fría piedra y tocó la herida vendada de su brazo izquierdo, donde una flecha la había rozado mientras cruzaba el río. Ella misma había estado a punto de convertirse en uno de aquellos cadáveres, pero había sido afortunada. Sólo se había tratado de un corte poco profundo que ni tan siquiera había requerido puntos. Otros no habían tenido tanta suerte. Un nuevo recuerdo afloró a su mente. La sangre salpicándola, cuando uno de sus hombres había sido derribado por el impacto de una flecha en pleno rostro. Había caído entre los cascos del caballo de le seguía. Ella estaba justo a su lado en ese momento. Aquella flecha bien podía haberla atravesado a ella. Al volver, había buscado con la vista su cadáver entre los caídos en el río. No lo había encontrado.
          Se abrazó a sí misma con un estremecimiento. Sí, después de todo, sí que le apetecía emborracharse.
          Porque, aun así, la misión había sido un éxito. Habían incendiado las tiendas de curación y matado a un buen número de clérigos de Elysis. Los caballos se habían desbandado e internado en los fangales del Sorn. La comida de los animales había sido envenenada por los elfos, tal y como se les había encargado. Las carretas con las provisiones estaban ahora parcialmente destruidas y una de ellas incendiada. También habían envenenado el agua río arriba. Incluso habían logrado tomar algunos prisioneros, aunque pocos. Cinco, creía recordar.
          Zaryll sonreía al terminar ella de presentar el informe. Parecía satisfecho y la había despachado de su presencia con un gesto de la mano y un asentimiento. Sin embargo, sus ojos no habían sonreído. Sus ojos habían permanecido fríos, con un extraño brillo en las pupilas. Un brillo que le había llegado a parecer rojo durante apenas un instante, hasta que había parpadeado. Nunca, hasta ese momento, había estado tan cerca del mago negro, y la experiencia no le había gustado nada. Escalofriante, esa era la palabra. Por no mencionar la espada azabache de su regazo. Esa arma le había revuelto el estómago. Afortunadamente, la entrevista había sido rápida.
          Lady Arlen alzó el rostro para contemplar cómo despuntaban las primeras estrellas en la bóveda del firmamento y deseó ser una de ellas, para alejarse de allí, de lord Zaryll, de lord Londar y de aquel demente elfo de ojos rojos. Para volver a ser libre, para volver al Templo de Tyrsha, para dejar atrás su vida actual y empezar de nuevo. Mas desearlo no iba a servirle de nada.
          «Emborracharme tampoco, pero al menos será más gratificante que desear algo sin alcohol —sonrió irónicamente en la oscuridad, sin apartar la vista de las fulgurantes estrellas.»
          Sacudió la cabeza. Luchar. Luchar sí que le serviría de algo. Por sus hombres, por seguir con vida, porque aquella guerra acabara para poder volver a casa. Porque Zaryll fuera rey. Porque esa era la única opción de sobrevivir que le quedaba, más allá de aquellos negros muros encumbrados sobre el mundo. Porque ya conocía la misericordia de Trión para con los traidores, y era aquel un vino que ella no deseaba probar.

2 comentarios:

  1. Hola,
    Un capítulo interesante, narrado desde el punto de vista de los "malos" de la historia. Me ha gustado el retrato de Londar, ya que aunque has dejado claro qué clase de persona es (estoy esperando su muerte ya... cuento con ella, vamos! ;) ), se muestra decidido en batalla e incluso un soldado capaz, aunque demasiado pasional. La frase que me ha gustado mucho y que creo define su personalidad es cuando piensa en matar a Reda de una puñalada por la espalda. Letal, traicionero y con una nota de cobardía/realismo.
    De lady Arlen no puedo decir mucho, su historia suena tristemente realista, que no es poco.
    Me ha sorprendido el estallido de locura de Reda; realmente no me lo esperaba. Quizás me ha parecido un poco fuera del personaje y todo, pero supongo que es que detrás de toda esa imagen de que-pasa-de-todo está mucho más a punto de perder el control de lo que él mismo quiere aceptar.

    Y como pregunta/medio crítica, ¿por qué en la carga de caballería, sabiendo que se enfrentan a arqueros, no llevan escudos? Me ha llamado la atención

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    1. Muy buenas :)
      Respondiendo primero a la crítica. Totalmente justificada. Tuve bastantes problemas para narrar esta batalla. Bastantes. Era la primera vez que iba a narrar una batalla a caballo, con carga incluída y con duelo a caballo; te sorprendería las pocas, poquísimas, referencias que hay por ahí. Todo son combates mano a mano. Busque por youtube en canales de reconstrucción histórica y ví que a aquello había que darle más vidilla o aburriría a las piedras (duelos a caballo, me refiero, no a una carga). Así que acabé narrándola como lo ves y ni me planteé los escudos. Para nada. Así que es un muy buen punto que tendré en cuenta de cara a la corrección final antes de convertirlo en ebook. Lo que no tengo claro, es si era muy factible usar escudos mientras cargabas. Me informaré con un par de revistas de historia que tengo por ahí.

      Muchas gracias por ese comentario.

      Sobre lo demás, me alegra saber que Londar es insufrible. Eso es que voy por buen camino, era el único malo que pretendía que se atravesara de verdad. Pero es eso, es jodidamente bueno combatiendo, aunque muy impulsivo cuando se trata de los Lynaitha. Es mucho mejor luchador que Shordish, que conste en acta para la posteridad. Y Trión eligió a Lynaitha en lugar de a él, que conste también en acta :D

      Me alegra que te guste lady Arlen, proximamente pienso hablar de ella y de Llewlynn en una entrada en facebook/blog y de personajes que creas con un objetivo específico y luego acabas usando para enriquecer la historia.

      Reda... esto tiene su miga. Yo tuve exactemente la misma duda que me planteas sobre si debía hacer la escena tan intensa o no. ¿Cuadraba con el personaje? ¿fuera de lugar, tal vez? ¿Me estaré pasando? Pero luego pensé, desde que he creado a Reda siempre ha sido un poco histriónico, mucho de lo que hace es fachada... pero... no olvidemos que Reda está loco. Lo digo prácticamente desde el inicio, en pensamientos de Sadreg. Reda no está bien de la cabeza, Reda nunca ha estado bien de la cabeza. Reda es temperamental, pasota, dispuesto ha hacer lo que sea para llegar alto y que se fijen en él, desde cortarle el pelo a su hermano a traición para llamar la atención, hasta matar. Normalmente mata a sangre fría, con muchísima premeditación... pero... ¿y si están a punto de matarlo a él? ¿Y si, por una vez, es su vida la que está en juego y está a punto de perderla... no por fallo propio, sino por culpa de un humano, de Londar?

      Y ahí es donde encontré el detonador para mostrar a ese Reda que yo tenía en mente. El Reda loco, el Reda peligroso y sin control. No el Reda que aparece casi siempre, dueño de sí mismo, con todo calculado. Ni siquiera Sadreg tiene que esperárselo. No me podía olvidar de que Reda es muy peligroso precisamente por eso, porque puede perder el control.

      Asi que me arriesgué. Si queda un poco forzado me plantearé rebajarlo o introducir algo más antes para que no quede tan forzado al llegar a este punto. Se agrade el comentario. :D

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