Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 23 de septiembre de 2013

CAPÍTULO DECIMOCTAVO (Parte 3/4) - Al borde del abismo


          La puerta de la habitación se cerró con un suave chasquido, en medio de la penumbra, cuando el sanador abandonó la estancia, dejándolo a solas con su silencio. Las sombras danzaron lentamente en los cristales de la balconada según el sol se ponía sobre los negros edificios de Nardis y, poco a poco, oscuros cedazos de tinieblas engulleron las últimas luces del patio interior, extendiendo sus etéreos dedos hacia sus aposentos. En el suelo, frente a la ventana, aún yacía abandonada la camisa manchada de sudor y sangre que había lanzado con todas sus fuerzas en esa dirección en cuando volvió a sus dependencias. Desde donde estaba sentado, en el mullido sillón, podía ver la mancha roja que había quedado impresa sobre el vidrio. La sangre manchaba también todavía sus albos cabellos; los podía sentir apelmazados sobre su cabeza, cerca de la sien izquierda. Intentó serenarse, calmar el turbulento caudal de ira que amenazaba con engullirlo y ahogarlo. Se centró en respirar, aunque no pareció servirle de nada. Los puntos del hombro le tiraban y dolían con cada abrir y cerrar de las manos, pero no quería olvidarse del dolor, de la humillación, de la estúpida herida que había recibido en las llanuras de Nardis. Con cada crispado movimiento, cuando las uñas se le clavaban en la blanda carne de las palmas y los músculos y tendones de sus brazos se tensaban como cuerdas, recordaba. Los gritos, el fragor del combate. El fugaz momento de distracción por culpa de aquel gusano bastardo de Londar. La advertencia aullada en el último instante por una de las guerreras del clan Shays-ru.

          Reda alzó la diestra y se acarició los sucios cabellos del lado izquierdo, tironeando de uno de los albos mechones. La espada había pasado cerca de su cabeza y había caído sobre su hombro. Un golpe de refilón que, pese a todo, le había infligido un profundo corte. Por suerte, no lo bastante como para inutilizarle el brazo. Aunque tendría que llevarlo en cabestrillo por un tiempo, eso sí. Al menos aquel ataque no le había abierto el cráneo, loada fuera Hurd. Pero eso no quitaba que había estado a punto de morir.
          El elfo negro volvió a cerrar la mano en un puño y la descargó con furia sobre el brazo del sillón, el rostro crispado por la rabia, los ojos rojos llameantes y los dientes tan apretados que le dolía. Por una vez, por una maldita vez, deseo que su habitación se encontrara a más altura sobre Nardis, para poder ver desde ella el crepúsculo que teñía en esos momentos el cielo de sangre y fuego. Esos colores eran más acordes con su estado de ánimo actual que las sombras de su habitación, que aquella suave penumbra desplazada tan sólo por la única lámpara de aceite que colgaba a su espalda de la pared
          Escupiendo un exabrupto, Reda se puso en pie, se acercó a la banqueta donde había estado sentado el sanador que le había atendido, y la pateó con fuerza, lanzándola contra la pared. Una, dos, tres veces. Gruñó en medio del silencio. ¡No era suficiente! ¡Aquello no era suficiente!
          —¡¡AAAAHHHHHH!!
          Con un bramido colérico, apenas articulado, se agachó y, aferrando la banqueta por una de sus patas, las estrelló contra el escritorio con todas sus fuerzas. Ruido de cerámica rota, agua en su rostro y el súbito latigazo de dolor extendiéndose desde su hombro a su espalda y pulmones, haciéndole resollar, conteniendo un gemido. La sangre pareció pulsar en su cabeza, en la herida recién cosida, detrás de sus ojos. Apretó fuertemente los párpados y aguardó a que el malestar pasara, soltando una maldición tras otra entre dientes. Quería matar, necesitaba matar. Descuartizar a ese maldito bastardo y cobarde de Londar. Arrancarle los dedos de uno en uno, arrancarle la lengua, sacarle los ojos, los dientes. Escuchar sus gritos de dolor, suplicando piedad, rogando por su vida. Despellejarlo.
          —Matarlo… tengo que matarlo… acabar con él…
          Abriendo y cerrando los puños de forma espasmódica, el aire siseando al escapar de entre sus labios, encaminó sus pasos hacia a la entrada de sus aposentos.
          —Voy a matar a ese bastardo de… lo voy a…
          La puerta se abrió de pronto y su hermano apareció en el vano, su silueta perfilada por el fulgor de las lámparas encendidas del pasillo, ataviado con una pulcra túnica azul, del color del mar en la tormenta, y pantalones algo más oscuros. Tenía el ceño fruncido de preocupación y una herida en el labio.
          —¿Reda, te encuentras bien? He oído golpes mientras… —sus ojos violeta se desviaron hacia el desordenado escritorio: la jofaina de agua rota, cerámica y agua salpicando el suelo, y la banqueta, con una de las patas casi partida, en medio de aquel desastre—. No… ya veo que no estás bien.
          Suspirando, Sadreg se adentró en el cuarto y cerró la puerta a sus espaldas.
          —¿Cómo está tu hombro? Nader me ha dicho que, aunque no es demasiado grave, no convenía que hicieras esfuerzos innecesarios —el helfshard entrecerró los ojos, deteniéndose junto al escritorio, y volvió a recorrer con la vista el desorden reinante. Cogió un trocito de cerámica, lo miró unos segundos y lo volvió a soltar sobre la mesa. Se secó el agua de los dedos en la túnica. Sacudió la cabeza y suspiró de nuevo—. Ya veo el caso que le haces.
          Reda, que había seguido todo el trayecto de su hermano por la habitación con el ceño fruncido, desconcertado, paralizado por la sorpresa, se aclaró la garganta y enderezó la espalda.
          —¿Está vivo?
          —¿Quién? —inquirió Sadreg, ausente, mientras contemplaba la camisa manchada de sangre del suelo, luego pareció volver en sí—. Ah… ¿Te refieres a Londar? Sí, lo está. Tiene un buen tajo en la cadera y alguna costilla rota, pero sigue vivo y los sanadores dicen que no morirá. Arlen, esa mujer que es como un palo, su subalterna, creo, ha ido a informar a Zaryll del éxito de la misión.
          Reda resopló incrédulo y boqueó como un pez, en un vano intento de articular algo coherente en medio de la furia.
          —¿E… éxito? ¿Qué… éxito? —la rabia le estranguló la voz—. ¡En nombre de Hurd! ¿De qué éxito estamos hablando, hermano?
          De un par de pasos furiosos, gesticulando exasperado, Reda se plantó detrás de Sadreg, lo asió con fuerza del hombro y le hizo girarse con violencia para encararlo con expresión furibunda en el rostro.
          —¿Qué maldito éxito, Sadreg? ¿Es esto un éxito? —gritando, el guerrero elfo señaló su hombro herido—. ¿Crees que ESTO es un éxito? ¡Ese malnacido! ¡Esa maldita niña humana, esa puta rata, casi hace que me MATEN! ¡A mí! ¡A MÍ! ¡Casi me rebanan la cabeza por culpa de ese bastardo!
          Sadreg miró imperturbable la mano de su hermano sobre su hombro, y su expresión se tornó glacial.
          —Quítame las manos de encima, Reda, y cálmate de una vez.
          —¿Que me calme? ¿¡Que me calme!? —sus dedos se clavaron con más fuerza sobre el hombro del helfshard y, tirando con rabia de él, acercó sus rostros hasta que sus narices casi se tocaron—. No era tu vida la que estaba en juego ahí fuera, Sadreg. Por cierto —Reda frunció de pronto los labios, los ojos convertidos en meras rendijas—, bonito corte, éste de aquí —soltó la mano del hombro y apretó en su lugar la herida en la boca de su hermano hasta hacerla sangrar—. ¡Qué! ¿Alguien no ha podido seguir soportando tus tonterías, hermanito, y te ha partido la cara? ¿Te han dado la paliza que mereces?
          El helfshard se debatió con furia, apartando la mano de Reda de su rostro y, de un fuerte empellón, lo alejó de sí.
          —No te atrevas a volver a tocarme, Reda. No estoy de humor para tus memeces. Cállate y escucha.
         —Así que la mascota de Zaryll no está hoy de humor… lástima —Reda rio con acritud y amargura—. ¿Pero sabes qué? Tienes razón, meterme contigo no es la solución a mis problemas. Sintiéndolo mucho, voy a dejarte aquí y, cuando vuelva, ya me contarás la mierda que sea que me tengas que contar. Tengo cosas más importantes que hacer que soportarte. Tengo que matar a alguien.
          Dando la espalda a su hermano, el joven elfo negro se encaminó con paso firme hacia la puerta. Tras un momento de estupefacción, Sadreg se arrojó sobre él. Le agarró del brazo herido y apretó con fuerza, para obligarle a encararlo a base de dolor.
          —¿¡Qué estás…!? —Reda torció el gesto, jadeando por las punzadas que se extendieron desde su hombro hasta su muñeca y sus pulmones.
          —No estarás pensando en ir a matar a Londar, ¿verdad?
          El elfo de ojos rojos fulminó a Sadreg con la mirada, lleno de odio, y apretó los dientes.
          —¿Y qué si así es?
          —Madre Noidha, ni se te ocurra hacerlo —Sadreg respiraba de forma entrecortada por la tensión, por el miedo, Reda casi podía olerlo en él—. No puedes matar a otro de los generales y, menos aún, a uno de los hombres de Zaryll.
          El rostro de Reda se oscureció por el rencor.
          —Por lo que a mí respecta, Zaryll puede irse al abismo de Hurd. ¡Ese inútil casi me mata, hermano! —se golpeó con fuerza el pecho con la diestra, la voz cargada de ira, desasiéndose violentamente—. ¡Casi…!
          —¡No voy a permitir que lo hagas! —Sadreg alzó la voz y volvió a agarrarle por el brazo herido—. ¡No voy a permitir que arruines nuestros planes! ¡Maldita… SEA! Tu egoísmo podría destruirlo todo. ¡Todo! ¡Todo por lo que…!
          Con un fuerte tirón, el guerrero elfo se soltó de la presa y se acercó a su hermano para asirlo por la pechera con ambas manos y hacerle retroceder, pese al dolor, pese a los puntos que sintió se le soltaban en el hombro.
          —¿Tú y quién más? —siseó—. No eres más que un cobarde, un petimetre, un… —bajando la voz, Reda luchó por encontrar las palabras que reflejaran su creciente cólera y, en ese momento, algo se quebró en su interior. Gritó—. ¡Siempre te he odiado! ¡Siempre con esos aires, con esa… esa… suficiencia —escupió la palabra, salpicando de saliva la mejilla de su hermano—. ¡Mirándome por encima del hombro! ¡Como si yo no fuera nada! ¡Nada! ¡Como si fuera menos que tú! ¡¡Como si fuera una mierda!! ¡Maldito…! —su voz tembló y le mostró los dientes en una mueca de asco, llena de desprecio—. Y ahora te sometes a los humanos. A esas… esas…
          Sadreg entrecerró los ojos y su torva expresión se ensombreció aún más, como si nubes de tormenta cubrieran sus claros iris. Como el océano antes de la tempestad.
          —¡Te he dicho que me quites las manos de encima, Reda! ¡Quítamelas! —alzó las propias y trató de soltar los agarrotados dedos del otro elfo—. ¡Tú qué sabrás de NADA! ¿Servir a los humanos? ¡No tienes idea de lo que…!
          —¡Eso he dicho! ¡Servirlos! Puta escoria traidora. No eres más que la mascota de Zaryll, su perrito faldero, ¡su zorra personal! ¿Quieres que te suelte? ¿De verdad quieres que te suelte?
          El rostro congestionado por el rencor, Reda dio un empellón a su hermano, que trastabilló y cayó desmadejado al suelo. Lo contempló ahí, a sus pies, mirándolo con esos ojos violeta cargados de odio y, de pronto, todo se nubló en rojo.
          La primera patada fue por probar.
          La segunda la lanzó con más saña, contra las costillas.
          Luego llegó la tercera. Y la cuarta y la quinta... Gritando, aullando, golpeando.
          —¡Nada! ¡Nadie va a impedirme! ¡Matar a Londar! ¡Lo voy a matar! ¡Lo voy a matar! ¡Lo voy a matar! ¡LO VOY A MATAAAR!
          Siguió pateando el cuerpo acurrucado en el suelo, ignorando sus gritos y sus gemidos. Cada vez con más y más fuerza, jadeando, gruñendo. Todo se llenó de sombras negras y rojas a su alrededor, profundas, espesas, como el humo, como la brea de los pantanos, sofocándolo. Siguió golpeando hasta que un destello blanco-plateado se abrió paso a través de la bruma escarlata y azabache de sus pensamientos, aclarando de pronto su vista. Su hermano Sadreg yacía en el suelo, encogido sobre sí mismo, cubriéndose la cabeza con el brazo izquierdo, esa mano extendida y la diestra aferrada con fuerza al colgante de cristal que colgaba de su cuello. Un débil fulgor se filtraba por entre sus dedos y destellaba también en la palma abierta de su zurda.
          Reda se quedó petrificado a media patada y tragó saliva, los ojos desorbitados, el aliento resollando en su garganta, la sangre latiéndole dolorosamente en el cuello. Tembló.
          Ambos elfos se observaron durante largos segundos, a través de un abismo de distancia. Al final, los puños de Reda se relajaron, aflojando los dedos entumecidos, y la luz de las manos de su hermano mermó hasta morir. Reda volvió a temblar, retrocedió dos pasos, se dio media vuelta y, tras luchar unos instantes con el picaporte, lo hizo girar y abandonó la estancia. Con un suave chasquido, la puerta se cerró a sus espaldas. Una vez fuera, volvió a estremecerse de modo incontrolable y, con dos inseguros pasos más, alcanzó la pared del otro lado del pasillo. Se dejó caer desmadejado contra ella, la espalda apoyada en la fría roca, y luego se deslizó hasta quedar sentado en el suelo. Un fino reguero de sangre, apenas visible contra la negra piedra de Nardis, pintó la pared.
          Abrazándose las rodillas, las manos sacudidas por espasmos, ocultó la cabeza entre los brazos. El horror terminó entonces de abrirse paso a través de la niebla de su mente y sintió el picor de las lágrimas en la nariz y en los ojos, pero no llegó a aflorar ninguna.
          «Sagrada Hurd. He estado a punto de matar a mi hermano.»
          Y Sadreg había estado a punto de matarlo a él, también.
          Reda cerró los ojos y deseó con toda su alma que la oscuridad lo engullese para siempre. Cuando, al cabo de un rato, sintió abrirse la puerta de sus aposentos y escuchó los pasos de Sadreg detenerse ante él, no alzó el rostro ni abrió los ojos. Tras unos instantes de vacilación, su hermano se alejó cojeando pasillo adelante, dejándolo sumido, una vez más, en el silencio.




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