Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 19 de septiembre de 2013

CAPÍTULO DECIMOCTAVO (Parte 2/4) - Al borde del abismo


          Lord Londar abrió los ojos e inspiró con inquietud el aire que olía a caballo, aceite de engrasar armaduras y al sudor nervioso de los soldados antes de la batalla. A su alrededor, en medio de la negrura que había tras sus párpados, el rumor de las respiraciones, de las palabras entrecortadas por la ansiedad, de las oraciones susurradas, el tintineo de los arreos, el crujir del cuero y el resollar de los animales, fue engullido por el estruendo del rastrillo al alzarse y por el gemido de las puertas al abrirse. El enrarecido aire interior refrescó de pronto y Londar volvió a inhalar llenando sus pulmones del frío y reconfortante aroma de los bosques de pinos y abetos que cubrían las laderas de las altas montañas que rodeaban Nardis. Sin poder evitarlo, frunció los labios en una mueca de asco. Odiaba aquello, odiaba el ambiente cargado que precede un combate, el hedor de los cuerpos sudorosos por el miedo y la anticipación. Miedos y nervios que a él le producían arcadas. Hoy más que nunca. Las palabras de lord Zaryll, gravadas a fuego en su mente, provocaban en él sudores fríos y lo hacían estremecer cada vez que pensaba en ellas. Aún recordaba también el olor de sus vómitos, el dolor de su vientre y el sabor de la sangre en sus labios. La fría garra del miedo volvió a asir sus entrañas y las retorció con fuerza, obligándolo a encorvarse sobre el cuello de su caballo.
          Cuando volvió a incorporarse, sus ojos se desviaron fugazmente a su diestra, donde las tropas élficas formaban tras Reda. El elfo pareció percibirlo y se giró hacia él sobre su propia montura, sonriendo con suficiencia y con un brillo de desprecio en sus ojos rojos. Movió en silencio los labios y su sonrisa se amplió hasta que pareció a punto de echarse a reír.
          «Nena inútil.»
          Londar pudo leer claramente el mensaje y sintió cómo la sangre se le inflamaba de rabia, cómo la ira burbujeaba en su interior, como agua hirviendo. Apartó furioso la vista, rojo de cólera. Su mano soltó las riendas y sus dedos se cerraron sobre la empuñadura de la espada, temblando. Y con un enorme esfuerzo, se obligó a calmarse, a soltar el arma, los dientes chirriando, la voz de Zaryll resonando en su interior. Tendría que tragarse la humillación y ya estaba harto de tragarse las humillaciones de aquel elfo bastardo.
          «Algún día, algún día… —se prometió a sí mismo—, algún día lo mataré. Borraré esa sonrisa insolente de su cara. Lo apuñalaré por la espalda y le cortaré el cuello.»
          No pudo evitar fijarse en que Reda reía bajito, divertido por su estupidez de llevar la mano a la espada para luego acobardarse. Estaba seguro de ello. Seguro de que se estaba riendo entre dientes. Enfocando toda su rabia en el inminente combate, alzó el brazo y gritó. Las puertas ya estaban abiertas.
          —¡Adelante! —bramó, alzando la voz por encima del caos que reinaba a su alrededor—. Las divisiones tres y cuatro abriréis camino, cruzaréis el río y os dirigiréis hacia el Norn. Allí destruiréis las tiendas de curación. ¡Matad a tantos clérigos de Elysis como os sea posible! Las divisiones uno y dos nos dirigiremos hacia el Sorn. Espantad a los caballos para que huyan hacia los pantanos. ¡Quiero que sea rápido, que no se lo esperen! Que no nos vean llegar hasta que sea demasiado tarde y nos abalancemos sobre ellos. ¡Galopad, mis soldados! ¡Galopad!
          Con un alarido, Londar ar Nur espoleó a su caballo y se lanzó al galope más allá de las puertas de Nardis, hacia la claridad del día y las cercanas montañas que se perfilaban verdes y grises contra el intenso azul del cielo, en el límite Eorn del valle. Los cascos de los corceles tronaron a su alrededor, arrancando terrones del húmedo suelo, y, por el rabillo del ojo, vio cómo lady Arlen se adelantaba al frente de sus hombres, en dirección Norn, el rostro serio y adusto, tensa pero llena de resolución. La odió por ello con todas sus fuerzas y deseó que sobreviviera para tener la oportunidad de volverla a humillar en sus aposentos, destruir su seguridad, quebrar su voluntad y volverla a ver suplicar bajo él, gemir y llorar. La muy putilla seguro que había disfrutado, pese a las lágrimas. Estaba convencido de que a aquella mujer le gustaba que la dominaran y poseyeran porque, de no ser así, ya habría hecho algo al respecto y, sin embargo, no le había contado a nadie lo ocurrido, no lo había denunciado ante Zaryll, ni ante el mojigato de Nargor, ni ante ninguno de los hombres que la seguían. Además, había sido entrenada en un Templo, estaba claro que, de haberlo querido, habría podido defenderse y, sin embargo, sólo había fingido hacerlo. La muy zorra.
          Con otro grito de rabia, Londar guio a sus propios hombres hacia el Sorn, la sangre rugiendo en sus oídos, el largo cabello rubio aleteando en una cola de caballo a su espalda. Los elfos negros quedaron muy pronto atrás, a la espera de las órdenes de Reda. Ellos serían los encargados de envenenar el curso del río, de contaminar la comida de las caballerizas y de adentrarse a continuación en el campamento enemigo para, en medio de la confusión, incendiar los almacenes de víveres que se encontraban en retaguardia. Se encargarían también de hacer prisioneros, esa estúpida y ridícula demanda de Zaryll.
          El heredero del clan Nur entrecerró los ojos ante el embate del aire en su rostro y desenvainó la espada con un reconfortante chirrido metálico. La alzó sobre su cabeza y escuchó a sus hombres aullar inflamados a su espalda. La luz del sol cayó entonces sobre él, derramándose por entre las nubes como cortinas de plata y oro, hendiendo el suelo y refulgiendo en el cauce del río hacia el que se dirigían. El viento hizo hondear la rala hierba y las nubes cubrieron el sol de nuevo, desplazando fulgurantes manchas de luz y sombras sobre el valle.
          Del otro lado del arroyo, las tropas de la avanzadilla de Trión comenzaron a moverse y a organizarse ante el inminente ataque, alertados por los ecos de los gritos contra las altas montañas. Las llamadas a las armas resonarían, seguro, entre sus filas en aquellos momentos, los hombres correrían a por sus armaduras, a por sus caballos… Sin embargo, en medio del retumbar de los cascos de sus propias monturas, que castigaban el suelo golpeándolo como un enorme tambor, y de los enardecidos alaridos de sus propios hombres, a él sólo le parecían diminutas figuras correteando en silencio como hormigas enloquecidas. Su propio corazón latía desbocado, ahogando cualquier otro pensamiento que no fuera el de seguir adelante, cruzar el río, seguir cabalgando. La carga no funcionaría, ya lo sabía, tendrían que reducir el paso a un mero trote al llegar al cauce y cruzarlo con lentitud. Pero si servía para intimidar, para hacer que los corazones de sus enemigos vacilaran y que sus almas se estremecieran… bien estaría. Pero si no bastaba, estarían en graves apuros.
          Las filas de hombres del otro lado del río se agruparon en pequeñas unidades de arqueros y Londar sintió como las entrañas de le congelaban. Resollando por el miedo, observó, incapaz de variar el rumbo de la carga de su propio caballo, cómo aquellos arqueros tomaban rápidamente posiciones a los pies de las colinas, formando dos filas, la primera rodilla en tierra y la segunda tensando sus arcos sobre ellos. Quiso tragar saliva, pero tenía la garganta demasiado seca, así que gritó.
          —¡Seguid! ¡Seguid, sin cuartel! ¡Ya estamos en el río! ¡Ya estamos en el río!
          No llegó a oír las órdenes que recibían sus enemigos, voceadas, estaba convencido, en medio del creciente caos, pero sí que pudo ver el resultado. Los soldados contra los que cargaban alzaron los arcos como un solo hombre, llevándose las emplumadas astas a la base de la barbilla, las puntas de las flechas reluciendo a la luz del sol durante un breve instante. Soltaron las cuerdas. Tañeron en el aire. Silbaron en la mañana. El siseo de su paso, imaginario o no, llenó sus oídos y, durante lo que le pareció una eternidad, sintió los músculos de su caballo moviéndose bajo sus piernas, contrayéndose y estirándose; una, dos veces, tres veces... Cerró los ojos, el aliento retenido en la garganta, el terror y el pánico impidiéndole respirar, abrumado por la inminente amenaza de la muerte.
          Golpes sordos a su alrededor, relinchos enloquecidos, alaridos de dolor enmascarados por el retumbar de los cascos de los corceles. Ningún dolor.
          Abrió los ojos. No había sido alcanzado, su caballo seguía galopando hacia el río, blanca espuma en los ijares y en los flancos. Con la segunda salva de flechas podría no tener tanta suerte.
          La primera fila de arqueros se alzó mientras la segunda bajaba a recargar, las cuerdas volvieron a tensarse… Al aire se oscureció, el sol desapareció tras una nube. Su montura redujo el paso y saltó por encima de un caballo muerto que apresaba a su sollozante jinete contra el suelo. Durante un fugaz instante vio su rostro contraído de dolor. Lo dejó rápidamente atrás y se adentró en el río.
          El chasquido de los arcos llenó de nuevo el aire. Más gritos, un caballo trastabilló a su diestra y, tanto éste como su jinete, cayeron a las aguas, que ya comenzaban a teñirse de rojo. Brillantes gotas salpicaron su cara, los flancos de su propia montura. Esquivó por poco las coces del otro animal, cuando trataba de levantarse, he hizo trepar a su caballo por la ladera de la otra orilla. Algo cálido resbaló por su mejilla y el entrechocar del acero contra el acero perforó sus oídos. Un rostro demudado por el pánico apareció en su flanco, los ojos muy abiertos, las pupilas dilatadas hasta convertir sus iris en meras cuñas verdes en un mar blanco. El hombre trastabillaba para no caer, con un arco en la mano izquierda, cortada casi de cuajo a la altura de la muñeca.
          Con un alarido, Londar alzó el brazo y descargó la espada en medio de aquellas facciones desconocidas. Sangre manando a borbotones de la herida, roja, brillante, salpicando sus calzas, manchando su mano. Crujir de huesos y fragmentos de cerebro rezumando entre los restos destrozados de aquella cara, resbalando por la hoja de su arma. Los ojos desaparecieron, el rostro desapareció y fue sustituido por otro que se le antojó igual que el anterior. De nuevo blandió su hoja y de nuevo lo salpicó la sangre. Y volvió a hacerlo una y otra y otra vez, mientras su caballo se abría paso a través de la muralla de cuerpos sin forma, de caras desconocidas, de bocas abiertas en muchos gritos, que pese a todo resonaban en su cabeza. Dolor en un costado, como de fuego, calor en sus mejillas, el tacto viscoso a través del guante, la mano pesada, los músculos del brazo en tensión, ardiéndole hasta el hombro. Se volvió hacia ese lado y alzó una vez más la espada para atravesar con ella al jinete que acababa de golpearle de refilón en las costillas. Su espada se hundió en la juntura de la armadura de cuero con el muslo y cortó, segándole la vida. La roja sangre lo salpicó todo a su alrededor: jinete, caballo, sus propias ropas y rostros. Los ojos del otro hombre se abrieron desmesuradamente mientras se desangraba con rapidez y resbalaba de la silla de montar, la incredulidad congelada en su semblante. Su corcel chocó contra el otro, flanco contra flanco, apartándolo de su camino y arrollando al soldado enemigo que yacía en el suelo, mirando con ojos ciegos el firmamento.
          El caballo siguió adelante, corcoveando, empapado de sudor. Ahora apenas podía respirar, le ardía el pecho, con cada aliento le palpitaba el costado con punzadas de fuego. La armadura había parado el grueso del golpe, pero no lo suficiente, la hoja enemiga había cortado el cuero y mordido su carne. Notaba la pernera del pantalón empapada y pegajosa hasta la rodilla, cálida y fría por la sangre que brotaba de la herida. Pero aún no había llegado el dolor de verdad, ese llegaría cuando dejara de combatir, cuando parase, cuando se detuviera.
          «No mires, no flaquees, no te rindas. Sólo sigue adelante, tan sólo sigue.»
          Apretando los dientes y ensanchando los labios en una mueca de furia, clavó los tacones en las ijadas de su montura y lo espoleó hacia adelante, a la derecha. Hacia el Sorn. Acababa de flanquear la primera línea de combate.
          «Espantar los caballos, espantar los caballos. Adelante, adelante.»
          —¡A mi mis hombres! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Repeled el ataque! ¡Repeled el ataque! ¡Por Trión! ¡Por Bakán!
          Aquellos estentóreos gritos resonaron en medio de la ensoñación en la que estaba sumido, desplazando las nieblas de su mente, descorriendo el velo de sangre de su vista… El oso azur destellaba ante él, rampante en su campo de oro, brillando a la luz del sol, que logró atravesar en ese instante las ligeras nubes. Un hombre alto, corpulento, de tupida barba negra y enmarañado cabello de color de ala de cuervo, se alzaba sobre los estribos de su montura, la espada en alto, acompañado por una, cada vez más reducida, guardia de hombres que se batían desesperados. A su lado, un joven paje, la mirada rebosante de pánico pero las manos firmes, mantenía alzado el estandarte sobre el pequeño grupo de soldados rodeados por una numerosa tropa de elfos. Los hombres luchaban, los hombres morían, los hombres sangraban y, sin embargo, no se rendían… Los elfos negros parecían cada vez más cerca de la victoria. Reda sonreía salvaje en medio de todos ellos, su albas ropas y la armadura de cuero teñidas de sangre, atacando, sajando y fintando como un torbellino de brillante acero y muerte. En algún momento debían de haberlo descabalgado porque ahora combatía a pie al lado de los suyos, grácil, con movimientos felinos, casi como si danzara entre sus enemigos.
          Londar se olvidó durante un instante de que aquel hombre asediado, a punto de sucumbir, era Eiander ar Daranelle ar Lynaitha y contempló cómo Reda luchaba.
          El elfo negro paró un ataque, retorció su propia arma con un quiebro de muñeca y abrió la guardia del hombre que tenía frente a él. Se agachó para esquivar el revés que le siguió y, destrabando al mismo tiempo su espada, hendió el aire con su arma, sesgando el brazo izquierdo de su contrincante a la altura del codo. Reda bailaba. Siguiendo una música que sólo él parecía ser capaz de escuchar, un canto de muerte, de sangre, de horror, pero que a él le hacía sonreír. El hombre retrocedió, pero Reda dio dos elegantes pasos hacia el frente y, de un segundo golpe, lo remató cortándole el cuello. El humano se derrumbó gorgoteando. El baile continuó, leve como el viento, como la lluvia de primavera. Un paso a la derecha y una estocada lateral, para alejar a otro soldado enemigo, le sirvieron a Reda para situarse justo bajo el caballo de Eiander…
          El baile terminó. La música se extinguió de sus oídos.
          —¡Ese hombre es mío, maldito elfo bastardo!
          Antes de darse cuenta siquiera de que estaba gritando, Londar se lanzó hacia el frente como un demente, enarbolando la espada sobre su cabeza y pisoteando los cuerpos caídos bajo los cascos de su montura. Elfo y humano se volvieron hacia él, sobresaltados, durante apenas una fracción de segundo.
          Eiander se recobró antes de la sorpresa y, sonriendo bajo la barba, blandió su arma por encima del cuello de su alazán en un arco descendente. Reda se apartó trastabillando en el último instante y la hoja cayó sobre su hombro, justo al borde de la coraza, haciéndole un profundo corte pero no matándolo. La sangre manó roja sobre la tela blanca de la manga y el marrón de la coraza, salpicándole el albo cabello y la mejilla. Aturdido, el elfo negro no pareció tener siquiera tiempo de maldecir, antes de que el caballo de Londar se abriera paso entre ambos, separándolo del soldado humano.
          —¡Él es mío, sucio elfo de mierda! ¡Es mío! ¡Mío!
          El general de los ejércitos de Nardis trabó su arma con Eiander mientras la marea del combate alejaba a Reda de las inmediaciones, una mano sobre el hombro herido taponando el corte, la mirada llena de odio y habiendo perdido su propia espada.


          Por primera vez en meses, Londar sonrió en su interior, mientras los caballos danzaban en círculos, el corazón latiendo desbocado en su pecho, el aliento quemándole en los pulmones, áspero y seco. No era aquel el lado bueno para el combate —tendrían que atacarse ambos por encima de sus monturas—, pero le daba igual, le proporcionaba un oportunidad de matar, una oportunidad de acercarse a su venganza. Desnudando los dientes en una sonrisa, espoleó a su caballo contra el de ar Daranelle, en un intento de hacerle retroceder, de abrir su guardia, para poder clavarle la espada en las entrañas. Eiander, sin embargo, se mantuvo firme, guiando con las rodillas a su corcel, presionando, tratando de hacerle apartar el arma. Ambos animales, nerviosos por el olor a sangre y el estruendo de la batalla que se libraba a su alrededor, giraron y corcovearon y acabaron por separar a sus jinetes.
          En torno a ellos, los soldados de Trión resistían el embate de los elfos y de aquellos hombres que habían seguido a Londar en su loca carga hacia las reducidas fuerzas de ar Daranelle ar Lynaitha. Resistían, sí, pero cada vez más débiles, cada vez en menor número. Cercados y desesperados. A pocos pasos de distancia, el muchacho del estandarte gorgoteó sobre su caballo, degollado, cuando una elfa saltó a su espalda sobre la grupa del animal, enarbolando un cuchillo. Su menudo cuerpo fue arrojado sin miramientos sobre la tierra encharcada de sangre y la elfa negra arreó al corcel capturado contra las cada vez más dispersas tropas humanas.
          Un alarido resonó en el valle y el general de los ejércitos de Zaryll tardó en darse cuenta de que provenía de su propia garganta. La puta elfa se abalanzaba sobre su presa, que se había alejado de él en medio del creciente caos.
          Resollando entre dientes, con una maldición contenida en los labios, Londar espoleó a su propio caballo de nuevo hacia adelante. La mano le dolía, el brazo le ardía a cada movimiento y la herida del costado se le empezaba a entumecer, pero no permitiría que nadie, nadie, le quitara lo que le pertenecía por derecho. De un fuerte mandoble por la espalda, derribó a la desprevenida elfa y cargó contra Eiander que lo observó con incredulidad. El otro hombre era más corpulento, más fuerte, más robusto que él. Y no estaba herido. Tenía que acabar con aquel combate cuanto antes, derrotarlo, matarlo, hacerle morder el polvo…           Mientras se abalanzaba sobre él, gritando, Eiander ar Daranelle ar Lynaitha, cambió de pronto de postura sobre la silla de montar, aferrando la espada a dos manos, cubriendo su torso con la hoja de su arma, las manos bajas a la altura de la cadera. Las riendas cayeron a ambos lados del cuello del animal, con un susurro de cuero que no logró oír. Aquel hombre era suyo. Le estaba esperando a él y sólo a él. Para combatir, para batirse en duelo hasta la muerte. Más cerca, más cerca, ya casi estaba sobre él. Lo tenía, lo iba a… El hombre de los ejércitos de Trión fintó en el último momento haciendo girar a su corcel, valiéndose sólo de las rodillas, y le asestó un fuerte mandoble en pleno pecho, aprovechando su guardia abierta. Londar se dio cuenta, demasiado tarde, de que había cometido un error.
          La armadura de cuero, reforzada con placas de acero, paró lo peor del golpe. La afilada hoja no logró abrirse paso a su través, pero pudo escuchar el crujir del hueso, un chasquido en su interior, una lacerante punzada de dolor que le arrebató el aire de los pulmones. Boqueando, el general de los ejércitos de Zaryll se encogió sobre sí mismo con un grito de agonía, los ojos llenos de lágrimas, incapaz de moverse. Manteniéndose a duras penas sobre la grupa de su caballo, trató de inhalar de forma espasmódica, pero todo se volvió negro y nebuloso a su alrededor. Los sonidos le llegaban velados por el crepitante y áspero ruido de sus desesperados intentos por respirar, amortiguados por el tronar de la sangre en sus oídos. Una violenta arcada sacudió su cuerpo al mismo tiempo que intentaba inhalar y el aire no pasó más allá de su garganta constreñida. Una nueva arcada convulsionó su cuerpo y las lágrimas resbalaron por su nariz, cayendo sobre el cuello de su caballo. Se estaba asfixiando. No lograba… no lograba… todo estaba oscuro, oscuro, oscuro como la noche, como la muerte, chispas brillantes en su visión, o detrás de sus ojos, no podría decirlo. Se estaba mareando. Volvió a luchar por respirar y, finalmente, algo cedió en su interior y el dulce aire llenó sus pulmones. Inhaló profundamente y tosió de forma espasmódica. Las costillas le punzaban, la sangre parecía hervir en sus venas. Su vista se aclaró poco a poco y alzó el lívido y sudoroso rostro, manchado de lágrimas y saliva, para ver, en medio de su aturdimiento y dolor, cómo Eiander ar Daranelle ar Lynaitha se alejaba al galope hacia las cercanas colinas.
          «Retirada. Huye… maldito cobar…»
          Sobresaltado, miró en torno a sí, acuciado de pronto por el miedo. Había perdido la espada, la había soltado en medio del dolor, estaba desarmado y a merced de sus enemigos, pero a su lado no había nadie contra quien combatir. El suelo estaba lleno de cadáveres, incluido el del joven portaestandartes de Eiander. El blasón de la casa Lynaitha yacía en el barro, pisoteado, roto, la tela desgarrada, manchada de sangre y heces y lodo, su astil aún aferrado con fuerza por el cuerpo del muchacho muerto. Todo parecía en calma en las cercanías, pero sí que se oían ecos de combates más lejos, hacia el Norn. En torno a él veía sólo jinetes y soldados de a pie, ataviados con las negras ropas de Nardis, manchados de sangre. Algunos estaban heridos de gravedad, gimiendo tanto en el suelo como sobre sus monturas, o ya moribundos y sin esperanza, los ojos vidriados, aferrando miembros seccionados o sus propias entrañas con espanto. Otros, los afortunados, apenas tenían algún corte en el cuerpo, pero todos ellos poseían la misma expresión aturdida y agotada en el semblante.
          «La misión…»
          Los ojos de Londar vagaron sobre el campo de batalla, incapaces casi de enfocar, el sudor perlando su frente. Ah, sí. Allí. Los caballos que habían acudido a espantar se podían ver hacia el Sorn, muchos de ellos enfangados en las tierras anegadas del cenagal que asomaba más allá del bosquecillo meridional. En la dirección opuesta, hacia el Norn, el aire se teñía por momentos de negro humo que se alzaba en viscosas columnas hacia el cielo. Todo había terminado. Todo había acabado. Seguía con vida. El olor a sangre, a carne quemada, a muerte, le golpeó entonces como un mazo, saturando sus sentidos y haciéndole sentirse mareado.
          Unos pasos resonaron a su lado y Londar bajó la vista, sobresaltado, mientras intentaba recordar cómo hacer que su caballo se apartara. Pero quien se acercaba no era sino uno de sus hombres, un veterano que había servido a su padre, de rostro ancho, nariz aguileña y cabello color ceniza. Tenía una herida en la frente y las ropas sucias de bostas de caballo, de barro y sangre.
          —Lord Londar, tenemos que retirarnos, mi señor. Hemos de darnos prisa, antes de que las tropas de Trión se reorganicen y… —vaciló y se frotó los ojos con el dorso de la enguantada mano, dejando sobre ellos una mancha marrón— los elfos ya están corriendo de vuelta a Nardis y las divisiones al mando de lady Arlen también han emprendido la retirada. Aquí sólo quedamos nosotros, mi señor. Esperamos vuestras órdenes.
          Lívido y sudoroso, con el rostro demudado por el dolor, aún con problemas para respirar, Londar ar Nur asintió e hizo que su montura volviera grupas hacia Nardis, hacia la negra fortaleza de roca que se alzaba sobre ellos, hacia el Orn, cortando el cielo como una hoja azabache de sombras.


          La agónica cabalgada de regreso, acosados por las tropas de la avanzadilla de Trión, estuvo a punto de hacerle perder el conocimiento, pero, de algún modo, logró mantenerse firme sobre la silla de montar. Sin embargo, cuando primero el rastrillo y luego las enormes Puertas de los Dragones se cerraron tras los últimos hombres, la oscuridad lo envolvió al fin y se sintió caer, resbalar hacia el olvido; mientras una voz gritaba y gritaba que lo descuartizaría lentamente hasta matarlo.




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