Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 16 de septiembre de 2013

CAPÍTULO DECIMOCTAVO (Parte 1/4) - Al borde del abismo


          El ejército recorría lentamente las últimas rampas de roca que conducían a las Puertas de los Dragones de Nardis. El constante rumor de las voces, los suaves chasquidos de los arreos y el metálico roce de las armas en sus vainas, acompañado del repicar los cascos de los caballos, resonaban contra las paredes del interior de la fortaleza, llenando las altas estancias de ecos. Ecos que mecían su mente al ritmo de los pasos de su montura, según el ejército descendía. En otro momento eso la habría tranquilizado, pero hoy no, ahora no. Lady Arlen deslizó suavemente la diestra por el cuello de su caballo, en un vano intento de serenarse, y se removió inquieta sobre la silla de montar.

          La mujer clavó los ojos en la mano en que sostenía las riendas, tenía los nudillos blancos de la tensión con que las aferraba, el cuero clavándosele en la encallecida carne de la palma. Se obligó a sí misma a aflojar los dedos con una profunda inhalación, llenándose los pulmones del olor a sudor, a caballo y a metal, a cuero engrasado, que llenaba el aire; un aroma fuerte, picante y acre que estuvo a punto de hacerla estornudar. El animal que montaba, un hermoso ruano, percibía su nerviosismo con claridad y sacudía la cabeza de arriba abajo cada poco tiempo, resoplando y coceando el suelo con un casco, como si quisiera escarbar la negra roca. Estaba inquieto, casi a punto de ponerse a caracolear.
          «Y mis nervios sólo empeoran los suyos —reflexionó, palmeándole el cuello de nuevo.»
          Sin embargo, por mucho que lo quisiera, no podía evitar cómo se sentía. No le gustaba un ápice la situación a la que la había avocado lord Londar y, cuanto más pensaba en ello, más la atenazaba la ansiedad. Su vida misma estaba en juego y no sólo debido a la batalla que se avecinaba. Arlen alzó la vista de las crines de su montura y contempló, con expresión ausente, las pulidas paredes de roca jalonadas de gemas de luz mágica. Sus juegos de luces y sombras se reflejaban, fríos y carentes de vida, en los arreos y las armaduras de cuero tachonado, en el pulido acero de las empuñaduras de las espadas y en los refuerzos metálicos de los arcos. También parecía arder, con un fuego sin llama, en los blancos cabellos de los elfos negros y refulgir, como ébano bajo la luz de la luna, sobre la oscura piel de aquellas criaturas de ojos como el hielo y expresión salvaje. La mayoría no llevaba armadura y muchos tampoco montaban a caballo.
          «Feroces y aterradores, pero, pese a todo, hermosos. Algunos dicen que son mortalmente rápidos en combate, que las flechas no pueden alcanzarlos… Yo lo dudo. Los he visto entrenar y no parecían más veloces que Londar o yo.»
          Se sintió temblar por dentro, y la invadió la ya familiar opresión de la náusea en la boca del estómago. Si las cosas iban mal, lord Londar la mataría por ello. Apretó los dientes hasta hacerlos rechinar y tragó la bilis, amarga y acre, que le subió a la garganta. La sintió descender ardiente y fría, quemando sus entrañas y helándolas al mismo tiempo. El reciente recuerdo la asaltó de pronto como el golpe de un mazo: aún estaba fresco en su mente el dolor lacerante entre sus muslos, el cuchillo clavándose en su espalda y de nuevo la profanación, la humillación, la vergüenza. El bronco resollar del aliento de él contra su oído, contra su boca, en su cuello, húmedo, cálido y repugnante. Los jadeos y los espasmos finales sobre ella, mientras lloraba y el dolor la abrasaba por dentro.
          Se abrazó a sí misma y trató de alejar esos horribles recuerdos, pero acudieron, una vez más, a ella en oleadas imparables, abrumadoramente intensas.
          Había sido instruida en uno de los Templos de Tyrsha al Sorn del reino —antes de tener que abandonar sus estudios tras la muerte de su padre— y, sin embargo, nada había podido hacer para resistirse a la mayor fuerza del heredero de la casa Nur y su deseo. Había intentado luchar, claro que lo había intentado, llegar a su daga, clavársela entre las costillas o en el hueco de la axila… pero no había sido lo suficientemente rápida. Y luego él había usado aquella misma daga para marcarla, como si ella no fuera sino un caballo de monta que señalar como de su propiedad. Una vulgar yegua. Después, había pateado, mordido, arañado, gritado, aullado, rogado piedad y suplicado por ayuda al final. Sin obtenerla. Recordaba la sangre, resbalando cálida entre sus piernas, el dolor en el estómago y la quemazón dentro de ella, las lágrimas resbalando por su rostro, mojándole la piel e introduciéndose en sus oídos mientras yacía bajo él, indefensa y agotada, rezando porque todo acabara pronto. Y las horribles embestidas, una y otra y otra vez…
          Cerró los ojos con fuerza, conteniendo las arcadas y las ganas de gritar, de llorar. Ahora ya no tenía ni la fuerza ni la confianza de antes, ahora ya no podía creer en lo mismo que antes. Había vinculado su destino y el de su casa al de la familiar Nur, no había marcha atrás. Había traicionado a Trión y había seguido a Londar a la guerra, haciendo honor a la lealtad que su difunto padre había profesado a la casa del búho, tan sólo para descubrir que el hombre del que éste tanto hablaba, con orgullo y devoción, no existía… y que, tal vez, jamás había existido.
          Tras la muerte del viejo lord Nur, como hombre de armas que había sido a su servicio, su padre había volcado toda la lealtad que a éste le profesaba en el hijo; y cuando el rey Trión había nombrado general de su ejército al joven Lynaitha en lugar de a Londar, se había alzado en rebelión contra el monarca… y había sido ejecutado por ello. El dolor del día en que había llegado al Templo la noticia del ajusticiamiento de su padre aún estaba presente en su memoria, fresco como si hubiera ocurrido el día anterior, la semana anterior. Si se concentraba, podía ver todavía la carta enviada por su alcaide. ¡Cómo le habían temblado las manos, según sus ojos recorrían línea tras línea del pergamino, y el significado de las palabras allí escritas se abría paso en su mente! Al final, la florida misiva cristalizaba en una aterradora sentencia: “como hija única y primogénita, ahora vos sois la señora de esta casa, la heredera de las tierras de vuestro padre, según su última voluntad, aunque muchos habrá que no os considerarán ni digna, ni apta, para desempeñar dicha labor.”
          Esa misma semana, había abandonado el Templo y vuelto a las tierras de su familia, donde una numerosa colección de primos aguardaba su llegada como buitres, a la espera de que renunciara al cargo y nombrara heredero a alguno de ellos; o bien que contrajera matrimonio con alguno de ellos. Pero, para sorpresa de todos, y pese a la evidente desconfianza inicial en que una mujer soltera y joven pudiera dirigir un clan, había luchado por ello, se había partido la espalda y había acabado por demostrar, no sólo que podía hacerlo, sino que podía hacerlo mejor que su padre. Sin embargo, al igual que su padre, había depositado su lealtad y las tierras de su familia a los pies de quien no lo merecía.
          Los diarios de lord Geullen hablaban de un heredero de la casa Nur que había llenado su entonces joven mente de ideas de gloria y grandeza. Ahora, sin embargo, la falsa gloria que había vislumbrado en aquellas páginas yacía junto al resto de los ideales de su vida: enterrados, podridos y convertidos en cenizas, muertos, fríos y olvidados.
          Abrió los ojos y miró, sin ver, cómo el enorme rastrillo de las Puertas de los Dragones comenzaba a alzarse con un estruendo metálico. Desconocía dónde había quedado esa mujer que había abandonado el Templo llena de esperanzas, fuerza e ilusión; cuándo había muerto la mujer que había luchado por sus derechos de nacimiento, la fuerte, tenaz y segura de sí misma Arlen. Hacía ya tiempo que era incapaz de reconciliar la mujer consumida y ojerosa que veía en el espejo con el recuerdo que guardaba de la persona que había sido. Tal vez, se dijo entonces, ante las puertas que se abrían para conducirla a la guerra, aquella mujer, al igual que el hombre del que hablaba su padre en sus diarios, jamás había existido y nunca había sido nada más que una ilusión. Una efímera y frágil ilusión, como el reflejo de la luna en la niebla.
          Ahora iba a combatir, se acercaba el momento de la batalla. Iba a poner su vida en juego, al servicio de unos ideales en los que ya no creía, de un modo como nunca lo había hecho antes, debido al capricho injusto de Londar ar Nur. Quizá debiera dejarse morir, no volver a Nardis salvo para ser enterrada —si es que no abandonaban su cadáver a los cuervos a los pies de la fortaleza—, en vez de volver al horror de su vida bajo las órdenes del rubio general de Zaryll. O quizá debiera desertar, unirse a las fuerzas del rey Trión. Pero no tenía allí ningún lugar al que volver. Seguramente sería juzgada y ejecutada, a igual que había ocurrido con su padre. No había nadie a quien recurrir, ningún antiguo amigo de la familia al que suplicar clemencia o por un favor. Eso sin contar con lo que les ocurriría a los hombres que la habían servido bien y que dejaría atrás…
          «Hombres que no te han brindado protección alguna frente a lord Nur, Arlen, hombres que seguro saben lo que pasó en esos aposentos, hombres que… ¡CALLATE! —sacudió la cabeza con violencia, silenciando aquella insidiosa voz de su interior, centrándose en los sonidos que la rodeaban: el crujir de las puertas, las voces de sus tropas, los relinchos de los caballos—. No… no puedo hacerlo. Si no es por mí, que sea por ellos. Soy su señora, y si ellos me han ofrecido su lealtad y me han seguido hasta aquí, yo no puedo ser menos al ofrecerles mi protección. Si yo misma no soy capaz de enfrentarme a lord Londar, menos aún lo son ellos. No soy tan cobarde. Aún no.»
          Tragó saliva en un intento de aplacar las crecientes náuseas que le agarrotaban el estómago y sus manos tensaron involuntariamente las riendas, haciendo que su caballo corcoveara nervioso. No, no era tan cobarde y sin embargo…
          Las puertas giraron más en sus goznes, crujiendo y chirriando según los tornos que había tras las paredes, accionados por mulas, hacían su trabajo. La luz se filtró a través de la creciente grieta, fluyendo hacia ella, bañándola en su resplandor, puro y limpio, arrastrando lejos sus dudas, su pena y autocompasión, sosteniéndola, al menos por el momento. Se aferró a ello y a la luz y, con un leve atisbo de esperanza, pensó que tal vez se encontrara de nuevo a sí misma en la batalla, sobreviviendo a ella, luchando por su vida. Por cumplir con su imposible misión.
          Con un firme asentimiento, lady Arlen soltó de la cinturilla del tabardo los guantes de combate de cuero que allí llevaba, se los embutió en las manos con decisión, cerró los ojos e inspiró. Estaba lista para luchar.




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