Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 1 de julio de 2013

CAPÍTULO DECIMOSEXTO (Parte 4b/4b) - Sangre de traición


          Diedrith posó alternativamente sus ojos de color miel en su hermano, en Derlan y vuelta a su hermano.
          —No podéis hablar en serio.
          Frodrith asintió con un encogimiento de hombros y miró de reojo a Derlan.
          —Parece que sí.
          —¿La misma? ¿De verdad que es la misma? —la muchacha se acarició incrédula el brazo, allí donde un delicado brazalete de cuero cubría su propia marca de nacimiento.

          —Sí —Derlan imitó el gesto del otro mellizo—. La mía está en el hombro. La de Oso, casi en el mismo sitio que la vuestra.
          Diedrith desvió la mirada hacia la hoguera que acababa de preparar y luego pugnó unos segundos por levantarse. Sin embargo, el dolor de la pierna le hizo desistir con una entrecortada maldición y un suspiro hastiado. Reprimió las ganas de ponerse en pie a caminar de un lado a otro del claro donde habían acampado, un poco apartados del camino, y, en su lugar, se puso a juguetear con las cadenas de plata que colgaban de sus muñecas, haciendo circular sus finos eslabones, uno a uno, entre sus dedos. El esfuerzo extra que le había supuesto bañarse había hecho que la herida, aún fresca, casi se le abriera y ahora le palpitaba dolorosamente a cada movimiento. Apenas lo había notado en el río, pues el frío intenso del agua había enmascarado el dolor. Sin embargo, al volver y entrar en calor, se había dado cuenta de que no podría moverse en lo que quedaba de tarde. Sacudiendo la cabeza, volvió a alzar al rostro.
          Su hermano estaba vuelto hacia Derlan. A ella todavía le resultaba extraño que su hermano hubiera confiado en el eorniano casi al instante y que, ahora, tras tan sólo tres escasos días de viaje juntos, pareciera considerarlo prácticamente un hermano mayor. O, tal vez, no fuera tan extraño después de todo, cuando ella misma empezaba a verlo así. Con su sonrisa franca, su constante buen humor y ese encantador acento de cerca de la frontera Velsiana. La forma en que se preocupaba por ellos, pero no tratándolos como niños y tampoco de modo paternal. No como recordaba que hacía su padre, o como había sido Shorae con ellos, sino como… como un hermano de verdad. Como un amigo. Alguien a quien se le podía confiar la vida.
          Diedrith inhaló hondo y suspiró.
          —Es incre… —vaciló, las cejas delicadamente fruncidas, apartando de su rostro una de las colas en que llevaba recogido el largo cabello cobrizo, las cadenas tintineando con notas argénteas—. No, increíble no, sorprendente… y ¿me estás diciendo que los cuatro, incluyendo a ese amigo tuyo de Eshainne, tenemos una marca de nacimiento idéntica? ¿En el mismo brazo? ¿Y que a vosotros también os educó un mago? Por cierto —añadió de pronto, cambiando de tema, cayendo de pronto en la cuenta— ¿sabéis cuantos hay en Bakán? Magos, quiero decir. Nunca habíamos sabido de ningún mago además de Hilda y Clartyll…
          —No tengo ni idea, aunque no pueden ser muchos, si no, Zaryll no resultaría un problema ¿verdad? Pero todo esto, Di, es raro, muy raro —acotó su hermano—. Tú… no te acuerdas tampoco mucho de Clartyll ¿verdad?
          La chica resopló y puso los ojos en blanco.
          —Me acuerdo lo mismo que de padre. De Hilda igual. Pelo blanco, largo, un broche dorado recogiéndolo en la nuca. Me gustaba cómo brillaba. Sus ojos… no sé si eran grises o azules —apoyó un codo en la rodilla y dejó descansar la mejilla sobre la palma de la mano—. Clartyll era delgado ¿no? Como una rama seca.
          Frodrith se dejó caer a su lado, las piernas cruzadas, y se rascó la mejilla, donde, durante los últimos días, la pelusilla que empezaba salirle a modo de barba, estaba espesando. Derlan se sentó un poco más alejado y atizó el fuego con una rama seca.
          —Recuerdo que todas esas túnicas que se ponían les quedaban enormes a los dos. Parecían unos espantapájaros huesudos —añadió con una risa—. Pero nada más. Sólo el brazalete antes de irnos de casa.
          —Eso también lo recuerdo yo —convino Diedrith—. Y lo que dijo de que si te veía sin el brazalete te hiciera tragar las cadenas —la muchacha le guiñó un ojo y paró a tiempo el cariñoso golpe que su gemelo lanzó contra su brazo.
          —Pues yo no recuerdo que dijera eso, hermanita —replicó el joven con torno agrio—. Más bien…
          La risa de Derlan los hizo detener en seco la ya familiar cascada de bromas y comentarios sarcásticos y sonrojarse ligeramente… bueno, algo más que ligeramente en su caso. Diedrith pudo sentir cómo le ardían las mejillas.
          —No, tranquilos, por mí podéis seguir —replicó el eorniano, con tono jocoso, ambas manos alzadas a modo de disculpa—. El pobre Harrow —sus ojos se desviaron fugazmente al caballo, que mordisqueaba un manojo de hierba en el linde del bosque— me ha hecho toda la compañía que ha podido durante semanas, pero no me podía hacer reír. Me alegra ver que ya estás mejor, Diedrith. El primer día siempre parecías triste todo el tiempo, y dolorida. Ahora ya empiezas a sonreír.
          La joven notó cómo el rubor de sus mejillas se incrementaba, abrasándole en los pómulos. Sentía hasta las manos calientes y se las frotó contra los pantalones.
          —¡Uuuhhh! Parece que Derlan te está cortejando, hermanita… —Frodrith tuvo que echarse para atrás para esquivar un puñetazo de Diedrith dirigido contra su hombro y el eorniano rio a carcajadas—. Pero es cierto que ahora pareces más contenta.
          Sofocada aún por la vergüenza, los fulminó a ambos con la mirada y, asiendo la cuchilla de sus cadenas mágicas en la diestra, los amenazó de modo amistoso.
          —¿Queréis dejar de burlaros los dos de mí? Un comentario gracioso más y os tragáis las cadenas. Los dos.
          —¡Derlan te gust…! —comenzó Frodrith, pero se tragó las palabras a media frase, cuando su hermana alzó más la afilada cuchilla, las cejas enarcadas—. Vale, vale… ya paro.
          —No diré que tu hermana no sea guapa, Frodrith —añadió Derlan, conteniendo la risa y retrocediendo poco a poco, para interponer el fuego entre él y los dos jóvenes—. ¡Pero no me gustan las niñas…!
          Diedrith se volvió como una serpiente, lo atravesó de parte a parte con una mirada cargada de fingida indignación, abrió la boca para protestar, la volvió a cerrar, la abrió de nuevo y dejó escapar un exabrupto que había escuchado escupir a Shorae en más de una ocasión.
          —¿Pero queréis dejar de comportaros como… como… —se aturulló con las palabras y alzó los brazos exasperada, con un tintineo de plata— como niños? ¡Dioses! No sé qué habré hecho para ganarme otro hermano, pero por favor ¡quitádmelo!
          Riendo a carcajadas, Derlan le lanzó una ramita desde el otro lado de la hoguera y Frodrith le imitó desde más cerca.
          —¡Basta! ¡Basta! A ver, en serio, volvamos a lo de la marca. Estábamos hablando de eso ¿recordáis?
          Las risas cesaron de pronto a su alrededor y Diedrith sintió una fugaz punzada de arrepentimiento. La risa les había hecho bien. Llevaban demasiados días ceñudos y lóbregos, como el lluvioso tiempo que los había acompañado.
          —Yo nunca había oído de más magos que Flyll hasta que Frodrith me ha hablado de los que tenéis en el Sorn —explicó Derlan, carraspeando para volver al hilo de la conversación anterior.
          —Nosotros tampoco hemos visto nunca ningún otro desde que dejamos nuestro hogar, hace años —corroboró el muchacho, mientras Diedrith confirmaba sus palabras con una inclinación de cabeza—. Hemos viajado bastante y jamás nos hemos encontrado con otro mago. Tampoco hemos escuchado de ninguno salvo Zaryll… y ya sabemos quién es y dónde está —Frodrith arrugó los labios—. Así que no, no puede haber muchos. Como he dicho antes, si los hubiera, Zaryll no sería un problema.
          —Y de pronto, ahora, nos encontramos los tres con la misma marca de nacimiento —intervino Diedrith— y dices que en tu aldea hay alguien más que también la tiene —Derlan asintió en silencio y ella suspiró—. Cuatro. Ese mago vuestro…
          —Flyll.
          —Sí, Flyll… ¿nunca os dijo nada de porqué la teníais?
          —¿A parte de la tontería de que nuestras madres tuvieron antojo de sopa en el embarazo? No, nunca nada. ¡Sólo parecía un antojo de nacimiento normal y corriente! Ahora me arrepiento de no haberle vuelto a preguntar desde que tenía diez años —el arquero eorniano se encogió de hombros—. No sé… supongo realmente llegué a pensar que era algo normal. Pero ahora, al ver la de tu hermano y saber que tú también la tienes… Las cosas cambian. O me parece que cambian.
          Derlan sacudió la cabeza de lado a lado.
          —Yo también lo creo, pero no sé qué puede significar —añadió Frodrith.
          —Ojalá pudiera volver a casa para preguntarle, y ojalá Oso estuviera aquí —suspiró Derlan—. Él siempre ha sido mejor que yo para pensar. De niños, Flyll podía enseñarle a hacer cosas con los números que a mí hacía que me dolieran los ojos. Recuerdo que jugábamos a que éramos hermanos de sangre de dragón… —bajó la vista y removió el fuego—. Le echo de menos.
          —¿Erais muy amigos? —intervino la muchacha con tono quedo.
          —Los mejores. Y lo somos. Aunque él esté en casa y yo aquí. Cuando vuelva de la guerra tendré muchas historias que contarle, la verdad. El Espectro, los pintones, las ruinas de Gringa…
Tras un momento de silencio, Diedrith se pasó la lengua por los labios, se miró las manos sobre el regazo y, finalmente, inhaló reuniendo valor para preguntar lo que le rondaba la cabeza.
          —Cuando acabe la guerra ¿te importaría que volviéramos contigo? ¿O nos acompañarías tú al Sorn? Así podremos preguntarles a los magos qué saben de nuestras marcas —una sonrisa maligna afloró a sus labios—. Creo que me encantará ver la cara que ponen.
          Frodrith sonrió a su vez e intercambió una mirada con Derlan que también parecía divertido.
          —¿Qué nos dices, Derlan? —levantó el mentón, señalándolo con él.
          —Que si yo voy a vuestra casa, vosotros vendréis a la mía. ¿Es una promesa?
          —Es una promesa —replicaron los gemelos al unísono y luego se echaron a reír.


          Mientras los últimos rayos del sol, que asomaba levemente entre las nubes, se ponían sobre los bosques y las montañas, y el cielo se teñía de oro y sangre, Derlan, Frodrith y Diedrith cenaron entre bromas y promesas; pero antes de que terminara de oscurecer y la noche avanzara sobre ellos con su negrura, la muchacha aferró con decisión una de las dagas de su hermano y cortó el largo cabello de Derlan hasta que cayó desgreñado sobre su cuello y orejas. El eorniano sintió como aquel simple gesto lo liberaba de un peso que ni siquiera había sido consciente de portar sobre los hombros. Ahora tenía nuevos amigos, nuevos compañeros de más allá de las fronteras del que había sido su estrecho mundo, allá en Eshainne. No lo había comprendido hasta entonces, pero en ese momento, alzando el rostro hacia el cielo para contemplar el crepúsculo entre las nudosas ramas de los árboles, se dio cuenta de que el joven que había partido de Eshainne, semanas atrás, había dejado de existir. Su mundo era ahora más grande, más vasto, lleno de preguntas sin respuesta, pero también de promesas y esperanzas.


          Las últimas luces del día se abrieron finalmente paso a través del grueso manto de nubes, orlándolas de rojo y naranja, de negro y malva, cortando como haces de fuego el cielo y tiñendo de ocre, oro y cobre fundido el bosque que se extendía sobre las estribaciones Norn de las montañas Nyuhe. Profundos valles sumidos en sombras, quebradas oscuras y desfiladeros angostos, salpicaban de negro, gris y verde oscuro el paisaje, allí donde la menguante luz del sol no alcanzaba a derramarse. Pese a todo, el bosque entero parecía arder ante él, incandescente, meciéndose con el viento, ondeando como un mar de fuego, susurrando quedamente en el crepúsculo, las hojas ocres de los árboles poblando aún sus ramas. Pero muy pronto, en cuestión de semanas, tal vez de días, las hojas rojas del otoño cederían finalmente y terminarían de caer, despojando a los árboles de su actual belleza y sumiéndolo todo en los grises y negros del invierno. Entonces, las colinas que ahora contemplaba, se transformarían en una uniforme extensión de ramas desnudas de color ceniza, con el ocasional verde del tejo asomando entre ellas. De hecho, en algún que otro lugar, ya se apreciaban manchas opacas, carentes de brillo, allí donde las hayas habían perdido su atuendo otoñal.
          Lhars se protegió los ojos del viento del Norn y oteó el lejano valle que se extendía más allá de las faldas de la montaña. Desde el paso en que se encontraba, la hierba aleteando en sus tobillos, apenas podía ver el brazo oriental de un lago, un pequeño paso entre riscos y parte de las llanuras. Según el mapa, aquella masa de agua ponía fin a la Región de los Mil Lagos. Más allá, se alzaban las laderas Sorn de las montañas Lalse en afiladas y abruptas pendientes de roca oscura, sus cimas coronadas de nubes que brillaban ahora como encaje de oro a la luz del sol poniente. Desde aquella distancia le resultaba difícil apreciar los detalles, incluso con el conjuro de visión ampliada que usaba en ese momento —un pequeño y secreto truco mágico que ni siquiera había revelado a sus compañeros helfshard. Pero lo que alcanzaba a ver bastaba a sus propósitos.
          Las últimas lluvias habían hecho que el lago desbordara, anegando la tierra circundante y dificultando el paso hacia Ossián. En aquellas condiciones, muy pocos viajeros se arriesgarían a cruzar el estrecho valle que tenía ahora ante sí. Los cenagales podían ser traicioneros y peligrosos aún en las mejores circunstancias, tanto más con el lluvioso otoño que estaban teniendo. Lhars continuó escrutando las orillas y los campos encharcados, ignorando los impacientes susurros provenientes del grupo de humanos que aguardaba a su espalda. Buscaba…
          —Ah… —musitó, más un suspiro que cualquier otra cosa—. Ahí está… Bien, Org, te he encontrado. Así me gusta, chico, que seas bien visible para mí. Eso es, corre por el valle… o vuela mientras tus siervos corren. ¿Sigues a tu presa? ¿Sí? ¿No? Por cómo avanzáis diría que sí; nada salvo la promesa de sangre hace trotar así a un pintón. Y ¿dónde estará ese crío aburrido de Lhure? —los ojos del elfo vagaron hacia la oscuridad creciente del Eorn, pero las cada vez más densas sombras y el manto de los bosques imposibilitaban su escrutinio mágico—. Sin duda lejos aún ¿verdad? He hecho bien en venir, y tanto que sí…
Era más que probable que lo consideraran un insubordinado en cuanto se enterasen, en Nardis, de que había desobedecido las órdenes con que lo habían enviado al Sorn. Más que eso, dirían que era tozudo, cabezota y rebelde. Eso, sin duda, se lo llamarían también. Esperaba que lo de traidor —hecho que podía ocurrir dependiendo del humor de lady Seindra— no se mencionara en exceso si tenía éxito. De lo que sin duda no le podrían acusar era de falta de dedicación al deber.
          No había protestado cuando lord Sadreg le comunicó que lady Seindra quería que se encargara de la búsqueda de los Guerreros del Sorn. En lugar de eso, ensilló su montura alada y voló hacia su destino. Había tardado poco más de media semana en llegar a Silga. Tampoco había protestado al ver lo que se cocía allí. Todo era un desastre, el asedio había resultado ser un completo espanto. Sólo había hecho falta un poco de su magia y poner a trabajar a aquellos perezosos trolls, para que las murallas cediesen. ¡Ni siquiera había tenido que esforzarse! Y, obviamente, allí no había encontrado nada. Se había aburrido de mirar cadáveres. Ni una sola marca que recordara, ni siquiera remotamente, a un dragón. Había visto marcas interesantes, no podía negarlo, como aquella con forma de caracol en el culo de aquel posadero. O el antojo rojo-amoratado que le cubría media cara a aquella joven mujer. Por no mencionar, la impresionante colección de tatuajes llegados a Silga procedentes de las ciudades costeras. Un lugarteniente de Nargor había sido tan amable como para explicarle qué era todo aquel dispendio de colores e imágenes —muchas de ellas obscenas— que adornaban los cuerpos de los muertos. Le había parecido de lo más interesante.
          Nada de todo aquello le había acercado más al final de su misión, aunque sí le había hecho pensar. Pensar y acordarse del estrecho valle que había visto al volar hacia allí. Le había parecido un paso estratégico entre las tierras salvajes del Eorn y el más civilizado centro del reino. Un buen lugar para establecer un puesto de vigilancia que ayudara a localizar a aquellos escurridizos Guerreros de las Profecías de Rielle. De modo que, no sintiéndose en lo más mínimo culpable por desobedecer órdenes, había reclutado al puñado de hombres que tenía ahora consigo —incluyendo a aquel eficaz lugarteniente de Nargor— y los había puesto a todos de camino a las montañas.
          En honor a la verdad, no se había molestado siquiera en instruirles sobre qué estaban buscando, lo bastaba con que siguieran sus órdenes. Precisamente por eso no había reclutado a los más inteligentes, sino a los más anchos de hombros, brutales y leales al joven Thalsen. Algunos de ellos procedían de las Islas prisión de Setianne, por lo que, además, estaban agradecidos por la nueva libertad de que gozaban ahora. Les diría que buscaban a un fugitivo, un desertor, un ladrón… ya se inventaría algo llegado el momento.
          El viento estaba arreciando y muy pronto sería de noche, tenían que ponerse en marcha o, mejor aún, acampar y esperar al amanecer. Con una sonrisa satisfecha en los labios, sacudiéndose imaginarias motas de polvo de la túnica verde y los pantalones ocres, se volvió hacia el grupito de humanos que le aguardaba. Durante unos instantes se quedó inmóvil, desconcertado por el enorme bigote que tenía ante sí, con pelos del tamaño de ramas, hasta que se acordó de anular el conjuro que afectaba a su visión.
          —Ah… mejor, sí, mucho mejor. Bien, sí. Todo bien —carraspeó—. Lord Thalsen, mis estimados amigos —inclinó respetuosamente la cabeza ante cada uno de ellos—, ya estamos en el buen camino. Sólo nos queda descender al valle y podremos comenzar con nuestra misión. Es probable que, en nuestro viaje, encontremos refuerzos. Nos vendrán bien si las cosas se tuercen. Y pueden torcerse. No he reclutado a los mejores hombres que he podido encontrar en Silga —añadió, sin dejar de sonreír— para dar un mero paseo por el monte. Necesito vuestra fuerza y habilidad —hizo una estudiada pausa— ¿Quién de vosotros es el mejor rastreador?
          Uno de los hombres, un sujeto malcarado, bajo y robusto como un perro de presa, casi sin cuello, se adelantó un par de pasos. Tenía una fea cicatriz en el pómulo y una barba rubia, hirsuta y abundante, a juego con el largo cabello rizado.
          —Yo era trampero, lord Lhars, antes de que me pillaran de furtivo en las tierras de los Lynaitha y me metieran en las islas por matar a uno de sus hombres —su voz era bronca, profunda como el trueno. Una sonrisa divertida bailó en sus labios y se atusó el cabello color arena—. Era bueno, mi señor, muy bueno. Lo sigo siendo. Puedo perseguir a un ciervo en el bosque aunque llueva. La mierda huele menos, pero el pelo mojado huele más —se tocó el lateral de la nariz con un grueso dedo un par de veces y rio—. Podéis confiar en mí. Vos también, lord Thalsen. Nunca he tenido nada en contra de la casa Saharey. Son buena gente y…
          Lhars sacudió una mano, restándole importancia, para hacerle callar antes de que siguiera balbuciendo. Los humanos podían ser tan cansinos con sus disputas internas…
          —Muy bien, entonces, descansaremos aquí mismo por esta noche. Oscurece y no quisiera que le pasara nada a nadie por apresurarnos demasiado.
          Con una fuerte palmada, puso en marcha a los hombres y se quedó contemplando cómo montaban rápidamente el campamento. Mientras uno de ellos almohazaba a los caballos, los demás se repartieron las tareas de encender el fuego, buscar leña y preparar la cena. Eran buenos trabajando juntos, eran eficientes. Con un suspiro satisfecho, frotándose las manos que comenzaban a quedársele frías, volvió al saliente desde el que se podía ver el lejano valle. Por el rabillo del ojo observó cómo Thalsen se unía a él, las manos enlazadas a la espalda.
          —Lamento molestaros, lord Lhars —comentó, tras un rato de silencio, mientras el viento mecía sus ropas, la hierba y las copas de los árboles—, pero ¿qué estamos buscando exactamente? Me pedisteis un buen rastreador para el grupo y lo hemos traído con nosotros —vaciló—. ¿A quién —remarcó la palabra con fuerza, girándose para mirarlo con atención— estamos buscando?
          Sin apartar los ojos del valle, los últimos rayos del sol perdiéndose en el horizonte, la negrura avanzando sobre ellos, Lhars contestó con voz queda.
          —A alguien peligroso, lord Thalsen, a alguien muy peligroso.


          Ésta era la cuarta noche que Ledren las veía a su espalda. Las hogueras que alguien encendía ya muy entrada la noche y que brillaban, como diminutas estrellas, cada vez más cerca, cada día que pasaba. Todo había comenzado poco después de dejar atrás Cahir ar Lunn. Al principio no le había parecido extraño. No más que un viajero como él que alargaba la jornada de viaje, más allá de la puesta de sol. Pero el segundo día todo había empezado a cambiar. Una vaga sensación de alarma, de incomodidad, de alerta, había hecho que algo le cosquilleara en la nuca. Ese día se había desbordado el lago cerca del que pasaba. Las lluvias habían empapado tanto la tierra que el camino que seguía apenas le había resultado transitable a él a la luz del sol. Mucho menos iba a serlo de noche, con apenas un gajo de luna en el cielo, que, además, no asomaba sobre el horizonte hasta altas horas. Pese a todo, las hogueras habían vuelto a aparecer a su espalda, cuando las tendría que haber dejado atrás.
          La tercera noche el picor de su nuca se había hecho casi insoportable. Quienquiera que fuera había acortado distancias, estaba mucho más cerca que antes y había vuelto a viajar por las tierras inundadas hasta mucho después del crepúsculo. Pero lo peor no era eso, lo peor y más preocupante era la velocidad. Él iba a caballo, forzando la marcha en un intento de encontrar a Derlan, si es que se encontraba vivo todavía. Los que encendían todas las noches aquellas hogueras iban más rápido que él, bastante más. A caballo, probablemente al galope. Como sí…  como si quisieran alcanzarle.
          Aquella idea le había hecho estremecer, acordarse de lo que había ocurrido con su gente, de las muertes, de las palabras de Flyll. Cada vez estaba más seguro de que el anciano mago había sacrificado a toda su aldea para encubrir su salida; su huida, como ahora empezaba a verla. Le había obligado a ir por los pasos montañosos del Sorn y los elfos negros habían llegado a Eshainne por el camino principal del Orn. También había tenido que prometerle que no volvería a la aldea e iría tras Derlan. Luego todos habían muerto, asesinados. Ahora, de pronto, parecía que alguien le seguía el rastro, arriesgándose a cabalgar de noche, sin luna, cruzando una peligrosa región inundada. Lo que eso parecía implicar no le gustaba nada. Hoy era la cuarta noche consecutiva que las veía, más cerca que nunca, a un día de distancia, tal vez algo menos, tal vez algo más.
          Arrebujado en su capa, lo más cerca que podía de su propio fuego moribundo, no podía sino alegrarse de que aquel terreno elevado le hubiera permitido acampar oculto tras un saliente de roca. Las llamas de su hoguera no serían visibles para sus posibles perseguidores. Lástima no poder decir lo mismo del humo que se elevaba de la húmeda madera hacia el cielo. La verdad es que tenía miedo. Miedo de que fueran los elfos negros, miedo de que, al igual que él, hubieran descubierto el subterfugio de Flyll y le estuvieran persiguiendo. Para matarlo, para hacer con él lo que no habían logrado hacer en Eshainne. Sabía por las leyendas y los relatos de las comadres lo que los elfos negros hacían a sus prisioneros. Cosas horribles, cosas espantosas llenas de sangre y dolor. Además, veían en la oscuridad.
          Sacudiendo la cabeza, en un intento de aplacar un poco siquiera su creciente angustia, volcó sus pensamientos en la otra hoguera que llevaba avistando dos noches y cuyas cenizas encontraba cada día en la vera del camino. Siempre había bostas de caballo a su alrededor y, hoy mismo, huellas de cascos de un solo corcel. Los rastros sugerían dos viajeros, tal vez tres. La primera vez que había encontrado los restos del campamento había pensado que sería el de Derlan, a quien tal vez estuviera alcanzando finalmente. Sin embargo, la decepción había llegado muy pronto, amarga como las cenizas, con las migas de pan mojado y el largo mechón pelo cobrizo enganchado en una rama baja. Había también huellas de más de una persona en torno al campamento. Imposible que fuera Derlan. Derlan viajaba sólo y su cabello no era de aquel color.
Rascándose la barba de semanas, se levantó con un gruñido de su lugar frente al fuego, llevándose el hacha consigo, y se asomó al otro lado de la arboleda que cerraba su campamento por el Orn. Era noche cerrada, el cielo estaba encapotado y ni la luna ni las estrellas aportaban luz alguna. Pero sí, allí estaba. La oscuridad hacía que fuera más fácil de localizar: un suave resplandor centelleante entre los árboles del valle al que descendería al día siguiente. Apenas un puntito dorado en medio de la negrura. No tenía idea de quienes podían ser y no sabía si la decisión que había tomado esa noche les afectaría de algún modo. De una forma u otra, era él el que no tenía otra opción. Estaba demasiado asustado, tenía demasiado miedo como para plantearse siquiera alguna otra salida posible. Esta sería su última noche al calor de una hoguera, el último día que avanzaría por el camino. Tenía una promesa que cumplir y pensaba aferrarse a ella como si fuera su única luz en medio de la oscuridad. Como si su vida dependiera de ella o, si no su vida, sí al menos su cordura. Se sentía cansado, exhausto, y a veces lo asaltaban ganas de rendirse, de dejarse morir, pero no podía detenerse, tenía que encontrar a Derlan, tenía que llegar a Lecig y buscarle allí, tenía que seguir con vida para que el sacrificio al que Flyll le había obligado no fuera en vano. Era lo único que le quedaba.
          Se ciñó más aún la capa, los dedos fuertemente cerrados en torno al mango del hacha y, apretando los dientes, volvió al campamento. De un par de patadas, apagó los restos de la hoguera y se tumbó en el suelo para intentar dormir, con el frío y húmedo suelo mordiéndole los huesos.




 

2 comentarios:

  1. Hola,
    Este capítulo me ha gustado mucho, la verdad. Tengo la sensación de que se avanza mucho en la historia, tanto por el asedio (que parece inminente) como por el descubrimiento de las marcas. Además, he encontrado muy interesante los diferentes puntos de vista en la narración, explicando más sobre Reda (que siempre me gusta, más cuando se pone estratega), Zaryll y Nargor.
    Por otra parte, buenos diálogos entre Derlan y Frodrith... Me han hecho sonreír imaginándomelo jeje

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    1. Pues, una vez más, muchísimas gracias. Mis lectores beta me han comentado lo mismo, así que vamos por buen camino. Finalmente la historia avanza, me ha costado llevarla hasta este punto, pero a partir de ahora empieza a precipitarse todo un poco. En el capítulo siguiente se verá más (en septiembre), con la aparición de la gente de Ossián y el bebe abandonado en el Templo en el prólogo y también desvelo quién es el viajero misterioso que va saliendo a ratos en la narración

      Gracias por los diálogos de Derlan y tal. Me costó mucho parir esa escena. No tenía muy claro cómo contar ni qué contar en ella. Me alegra ver que al final ha funcionado. :D

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