Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 6 de junio de 2013

CAPÍTULO DECIMOQUINTO (Parte 2/4) - Sombras élficas

 

          El viento ululaba a lo largo de los patios de las prisiones, con mayor fuerza aún, si cabe, que en las dependencias de lady Seindra. Un fino polvo de roca se elevaba en finas nubes de las enormes losas de piedra negra, haciendo que viera borrosos los bajos edificios que se alzaban al fondo de las terrazas escalonadas, obligándole a cubrirse la boca con la capa. En comparación con el resto de Nardis, alta, esbelta, tratando de alcanzar los cielos, aquellos anchos barracones de dos pisos de altura y planta cuadrada, resultaban toscos y carentes de atractivo. Parecía como si se avergonzaran de su aspecto y quisieran ocultarse de la vista agrupándose en aquella desierta zona, pugnando por esconderse unos detrás de otros.


          Sadreg se detuvo al inicio de las escaleras, contemplando, con los ojos entrecerrados, aquella desolación. Muy pronto llegarían las primeras nieves, convirtiendo aquella zona en una de las más inhóspitas de Nardis. El elfo se preguntó, una vez más, qué era lo que le ocurría a lady Seindra. Su conversación con ella había sido… extraña, cuando menos. No parecía la misma mujer segura de sí misma de siempre, dura, firme. Pese al estallido, le había parecido más frágil de lo normal, como una delicada talla de cristal a punto de romperse. Es más, había bordeado durante unos segundos la histeria. Seindra siempre había tenido un temperamento vivo, siempre había sido de cólera fácil; pero nunca, nunca, la había visto perder los estribos de aquella forma, estar a punto de llorar. Tomó aire y descendió los peldaños en un ligero trote, para luego cruzar los expuestos patios con paso rápido y firme. Ya tendría tiempo de pesar más tarde en lo que preocupaba a su señora, ya intentaría más adelante sonsacar al sanador que la iba a atender. Ahora lo primero era lo primero, tenía que elegir a los prisioneros adecuados para la ceremonia de esta noche.
          Un súbito cambio en la dirección del viento estuvo a punto de hacerle caer, trastabilló, se ciñó más la capucha y aceleró el paso. Después de caminar entre los altos muros que había dejado atrás, la amplia extensión de vacío que le rodeaba ahora le hacía sentir un profundo desasosiego. Se sentía demasiado expuesto, demasiado frágil. El viento siguió soplando con fuerza, enredándole la capa en las piernas, dificultando su paso, y, aun cuando no era tan intenso como el que solía azotar con frecuencia Yshierd-dan, bastaba para que se sintiera deseoso de volver al calor de sus aposentos.
          Ahora que se encontraba más cerca del mayor de los edificios, podía ver con claridad las grandes ventanas enrejadas que mantenían perfectamente iluminado el interior de la prisión. La verdad era que no parecía una prisión. Sadreg había tenido acceso a libros humanos que relataban cómo eran éstas en las ciudades humanas: pequeñas, oscuras, húmedas, con olor a heces y a sudor, a sangre y a vómitos. Celdas sombrías y calabozos llenos de humedad. Aquella era diferente, luminosa, no demasiado fría, siempre meticulosamente limpia. Cuando los prisioneros eran usados para algo más que para torturarlos en busca de información, no interesaba que murieran demasiado rápido una vez encerrados allí, de infecciones, enfermedades o cualquier otra complicación. Para crear las Sombras los necesitaban en relativo buen estado de salud.
          Sadreg saludó a los dos soldados elfos que montaban guardia resguardados en el portal. El mayor de ellos, el oscuro rostro surcado de arrugas atestiguando su longevidad, se inclinó ante él y le franqueo el paso abriendo las puertas con diligencia. Los ecos del crujir de los goznes y el chasquido de la cerradura, resonaron en el interior del edificio. Sin más dilación, el helfshard de adentró en el edificio en busca de cobijo del frío viento.
          Las celdas estaban dispuestas en dos pisos a lo largo de las paredes laterales del enorme barracón; como separación entre ellas no había más que una doble hilera de barrotes. La parte frontal de las celdas seguían exactamente el mismo diseño, nada de madera, nada de paredes de roca. No había intimidad alguna para los prisioneros y, además, se les podía controlar fácilmente desde cualquier punto de la prisión. Cualquier cosa que quisieran hacer, desde aliviar sus necesidades más básicas, hasta dormir, lo tendrían que hacer a la vista de cualquiera con ojos para mirar. Las puertas de las celdas del primer piso se abrían a nivel de suelo, mientras que las del segundo daban a una serie de puentes metálicos que desembocaban en una pasarela de madera central, suspendida por cadenas del techo. Unas escaleras de caracol en el centro de la estancia conducían al piso de arriba. Todas y cada una de las celdas tenían acceso a las grandes ventanas que jalonaban el edificio, tenían acceso a la luz, a todas horas del día, pero no a la libertad. A la noche, grandes lámparas de aceite se encendían a lo largo del pabellón, manteniendo la prisión constantemente iluminada.
          Allí nunca dejaba de haber luz. No se les permitía ni privacidad, ni oscuridad. Tortura psicológica constante… y para rematar… Sus ojos se detuvieron en los dos pilares metálicos que había aproximadamente en el centro del edificio, a la vista de prácticamente todas las celdas. ¡Ah! Allí estaban. Hubiera sido raro que las sacerdotisas de Noidha no los hubieran instalado aquí también. Ahí era donde ejercían sus particulares ritos de tortura, con todos los demás prisioneros como testigos. Ni siquiera durante esos periodos de vejación poseerían sus víctimas intimidad. Todas las humillaciones públicas, todas las confesiones públicas, todas las traiciones públicas. Todas las muertes públicas.
          De pronto, de una puerta al fondo de la sala, surgió una figura alta y enjuta ataviada de gris ceniza. Llevaba las manos enlazadas en el regazo, una dentro de la manga de la otra. Su blanco cabello le rozaba levemente los finos hombros en una melena perfecta y regular, de la que asomaban las puntiagudas orejas. Tenía los ojos de un pálido tono dorado-verdoso.
          —Guardiana —la saludó con una seca inclinación de cabeza.
          La elfa sonrió rígidamente antes de postrar una rodilla en el suelo durante apenas unos segundos, la espalda muy recta.
          —Lord Sadreg —respondió ella en voz muy baja.
          El mago elfo le devolvió la sonrisa sin que ésta se reflejara en sus ojos. El mero hecho de estar cerca de una mujer con sus capacidades, de una lysreain*, le hacía sentirse profundamente incómodo. Paseando la vista por las celdas, contempló a los diversos prisioneros que había reunido lady Seindra. Algunos se aferraban aun desafiantes a los barrotes de sus celdas, sin bajar la vista ante su escrutinio; otros estaban sentados en sus camastros con aire abatido. Todos ellos estaban desnudos. Ninguno hablaba.
          —Ya veo que habéis empezado con vuestro trabajo —comentó con casual frialdad, pero lanzando una intencionada mirada a los pilares de hierro.
          La mujer entrecerró los ojos en una mueca cargada de ironía. Sus finos labios se distendieron en una sonrisa mucho menos rígida que la anterior.
          —Aún no, me temo. No queríamos dañar la mercancía antes de esta noche. Sólo estamos estableciendo… los preliminares —adujo cediéndole el paso con un gentil gesto de la mano—. Venid por aquí, por favor. Han sobrevivido veintiuno en total, nueve de ellos mujeres.
          Sadreg comenzó a caminar delante de ella, a lo largo de las celdas del piso inferior. Los rostros humanos le miraban con desprecio y odio, al menos aquellos que aún conservaban el suficiente valor y entereza para permanecer de pie. El helfshard ignoró aquellas miradas para centrarse tan sólo en los indicios que los señalaban como aptos para el ritual. La entereza tenía que ver, por supuesto, el valor también, pero sobre todo y ante todo… el deseo de vivir, bajo cualquier circunstancia, costara lo que costara. Eso era lo más importante.
          El elfo se detuvo en la celda que estaba prácticamente en frente de los pilares de metal. El hombre que había en su interior se encontraba acurrucado lo más lejos posible de la puerta, aferrado a la pata del camastro con si en ello le fuera la vida, tembloroso como un perrito asustado, su musculoso cuerpo bañado en sudor. Sollozaba de forma entrecortada sin que apenas se le oyera. Sadreg frunció el ceño y su voz se endureció.
          —¿No decías que no habíais empezado todavía, Guardiana?
          La mujer avanzó hasta los barrotes y acarició uno con suavidad, de modo casi erótico, con un brillo excitado en la mirada. Miró a Sadreg por el rabillo del ojo y sonrió.
          —Esto no es empezar, esto es sólo… un pequeño divertimento. Una pequeña distracción. Estamos muy solas aquí, lord Sadreg. Muy, muy solas —la lysreain se volvió hacia él, perezosa como un gato—. Y él era el más débil, su mente se quebró por completo en cuanto lo tocamos.
          Al escuchar su voz, el humano se encogió con un balbuceo gemebundo, como si lo hubieran golpeado con una barra de acero en los riñones, e intentó esconderse debajo del camastro.
          Unas risitas contenidas a su espalda hicieron que Sadreg se volviera con rapidez. Sólo entonces se fijó en las dos jovencísimas sacerdotisas que estaban sentadas en el suelo, prácticamente a sus pies. Ambas iban vestidas con las mismas túnicas grises que la Guardiana y estaba seguro de que llevaban allí, al lado de los pilares, todo ese tiempo. ¡Maldito fuera su don de permanecer inmóviles hasta el punto de pasar desapercibidas!
          —Lord Sadreg —se levantaron y repitieron el gesto de tocar la rodilla con el suelo que había hecho la Guardiana.
          Siervas de Noidha, diosa de la Oscuridad y la Noche, habían sido tocadas por el don de las sombras. Aunque supuestamente el también sirviera a Noidha, en cierto sentido, por supuesto, los magos elfos y las lysreain nunca se habían llevado demasiado bien. Al menos no él, por mucho “respeto” que le mostraran.
          —Son mis aprendices —señaló la mujer mayor, sin alzar la voz un ápice, en el mismo tono bajo que llevaba  empleando desde que entrara—. Son ellas las que han estado entreteniéndose con el prisionero. Necesitan aprender, mis pobres, dulces, chicas. Y lo han hecho muy, muy bien, la verdad. La próxima vez que le preguntemos algo, ese hombre nos dirá todo lo que queramos saber.
          —¿Les has permitido hacerlo aunque eso implique dañar una posible mercancía de modo irremediable? —Sadreg enarcó las cejas y sonrió con cinismo.
          Aquello cortó de raíz la hilaridad de las dos muchachas y hasta borró la sonrisa lánguida y sensual de la Guardiana. Ocultó de nuevo sus manos entre los pliegues de las mangas y retrocedió.
          —Espero que el resto de los prisioneros sean de vuestro agrado, lord Sadreg, pero dejadnos a este. Mis niñas necesitan perfeccionar sus técnicas. Ya está dañado, ya no os sirve para nada.
          Sadreg asintió a regañadientes y continuó paseando de celda en celda, a solas ahora. En ningún momento dejó de sentir los ojos fríos y despiadados de aquella mujer en su nuca.
          Un destello rojo sucio en una de las celdas captó su atención. Dejando a medio investigar la fila que estaba recorriendo, cruzó al otro lado del pabellón a grandes trancos, sus enérgicos pasos levantando ecos contra el alto techo. Había una mujer de rizado cabello cobrizo sentada al borde del lecho. Tenía el pelo sucio y pringoso, manchado de sangre seca y con pegotes de barro. Uno de sus ojos era azul y el otro estaba hinchado y amoratado. Las comisuras de sus labios presentaban unos feos cortes a medio cicatrizar. Le miraba con desprecio y arrogancia pese a su desnudez. Le gustó su orgullo, la cabeza erguida, la expresión llena de odio de sus facciones. No era una vulgar noble adiestrada en el templo de Tyrsha, era una sacerdotisa consagrada. Seindra tenía razón, serviría.
          —Guardiana —llamó y tuvo que tragarse un exabrupto cuando la mujer pareció materializarse a su lado sin que la oyera llegar, ni moverse, ni caminar hacia él—. Ella. La quiero a ella.
          La lysreain sonrió servicial.
          —Como gustéis, lord Sadreg —la mujer clavó los ojos en el rostro de la otra mujer y suspiró—. Pero es una lástima que os la llevéis, hubiera sido tremendamente satisfactorio quebrar a ésta, todo un reto.
          La prisionera tragó saliva y apartó la vista con un estremecimiento. Sin duda había presenciado lo que habían hecho con el otro hombre. Sin duda se le había quedado grabado a fuego en la mente. Sadreg se mesó los cabellos blancos y siguió recorriendo la prisión. Eligió a otros dieciséis. Un buen número teniendo en cuenta el escaso material de partida.
          Antes de abandonar el edificio, su vista se desvió hacia aquella celda donde yacía el hombre que habían destrozado aquellas mujeres y se estremeció. Las dos más jóvenes estaban aferradas a la puerta, sonriendo ansiosas, con una leve mueca demente en los labios.
          «Eso es lo que ocurre cuando obtienes placer del dolor de los demás. Mi hermano no estará muy cuerdo, pero él al menos… al menos… no es como ellas.»


          Zaryll se detuvo en medio de la oscuridad, acuciado por una súbita duda. Apoyó la espada en la pared, con ambas manos posadas en la empuñadura y clavó los ojos castaños en la hoja azabache. Respiró hondo varias veces, dejando escapar el aire de sus pulmones poco a poco.
          —Hay poder… —masculló—. Tiene que haberlo ¿no? Dentro. Aunque sea un rescoldo. Lo necesito. Sólo eso, no más que un rescoldo.
          El mago negro sofocó una leve sonrisa, cuando un fulgor rojo sangre inundó el estrecho hueco de las escaleras de caracol. Las sombras se desplazaron en torno a él, tan sólo para hacerse más intensas en otros lugares. Más allá de la curva de la escalera, las tinieblas permanecieron inalterables. Aquella luz proyectó reflejos del color de la sangre en sus lisos cabellos y sobre su túnica negra, e hizo refulgir sus ojos castaños con un resplandor rojizo.
          —Sí, ahí está…
          Cogiendo de nuevo la espada entre los brazos, ahora reluciendo tenuemente, continuó descendiendo hacia la sala de invocaciones. Todo era ahora muy diferente respecto a la última vez que bajó. El frío intenso y la escarcha habían desaparecido. No quedaba ya el más mínimo rastro de poder en las paredes de roca que le rodeaban. No había… vida a su alrededor, salvo la siempre acuciante presencia de la espada, por supuesto.
          A medio camino algo nubló momentáneamente su vista, haciéndole perder el paso y casi soltar la espada para aferrarse a la pared. Parpadeó y las manchas que bailaban ante sus ojos se esfumaron. Se los frotó con el dorso de una mano. La verdad era que le dolía un poco la cabeza. Tenía que ser el aire, que se encontraba bastante viciado ahí dentro. De modo que apuró el paso hasta llegar abajo y abrir la puerta.
          Las ventanas, que había justo en frente, estaban abiertas de par en par, reflejando en sus cristales las últimas luces del día en suaves tonos azules. El cielo que se veía más allá, era de color índigo sobre los lejanos picos de las montañas. Seindra estaba apoyada de costado en la pared de la derecha, contemplando el crepúsculo con expresión ausente. Al oírle entrar se limitó a mirarle de reojo y a sonreír, pero la sonrisa no pasó de sus labios.
          —Lady Seindra. Vos aquí, no os esperaba —comentó mientras cerraba la puerta tras de sí.
          La joven se volvió entonces muy despacio hacia él, con el que quizá fuera el último rayo de sol brillándole en los ojos dorados. Parpadeó y el resplandor se extinguió como si nunca hubiera existido. Lucía sobre los hombros un manto gris perla sostenido por una larga fíbula y se había recogido el blanco cabello en una gruesa trenza.
          —He venido a ver el ritual —anunció, apartándose de la ventana, su esbelta silueta envuelta en sombras cada vez más densas, a medida que la claridad del cielo se desvanecía.
          Era tan hermosa. Zaryll aspiró el delicado aroma a ámbar gris que la rodeaba, como una nube, cada vez que se movía. Apoyó la punta de la espada en el suelo con un ligero chasquido y cargó su peso sobre ella.
          —Si es lo que deseáis… —respondió, dirigiendo una sonrisa a las suaves facciones de la elfa. Pero no encontró en ellas el eco que esperaba. Seindra parecía encerrada en sí misma, hermética.
          —Es lo que deseo —se limitó a confirmar ella. Ni un atisbo de sonrisa en sus labios, en su rostro, en sus ojos.
          Zaryll frunció el ceño, desconcertado. ¿Qué le pasaba hoy a Seindra?
          El agudo repiqueteo de cadenas y armas resonó en las escaleras. Sadreg abrió la puerta y se hizo a un lado, para permitir el paso de un nutrido grupo de soldados armados, que empujaron a los prisioneros engrilletados al interior de la estancia.
          La oscuridad se hacía más intensa a cada momento que pasaba, impidiéndole ya distinguir los rostros de aquellos hombres y mujeres con claridad. Rodeados por los elfos armados, se agruparon en un rincón con las cabezas gachas, formando un patético amasijo de cuerpos desnudos.
          —Lord Zaryll, lady Seindra —saludó el helfshard, inclinándose ante ellos—. Ya está todo listo, podemos comenzar cuando gustéis, mi señor.
          Zaryll asintió en silencio, apartándose un mechón de cabello negro de delante del rostro. Sadreg era el mayor hipócrita con que se había encontrado nunca, pero al menos era también eficiente.
          —Lady Seindra, colocaos en el lateral izquierdo de la puerta, es el lugar más seguro de toda la sala —añadió, intentando atraer, aunque fuera levemente, los ojos de la elfa a los suyos.
          —Como gustéis, lord Zaryll —convino la elfa, sin mirarle siquiera y caminando en dirección a la Sala de Invocaciones aún sellada—. Sadreg, enciende una luz por favor, esto está ya muy oscuro.
          Murmurando una orden en un quedo tono susurrante, el mago elfo materializó una esfera luminosa por encima de su cabeza. La súbita luz hizo que los humanos se encogieran con suaves gemidos, apretándose los unos contra los otros, cubriéndose los ojos con los brazos. Desde donde se encontraba, Seindra los recorrió con suma atención con la vista hasta dar con una enmarañada cabellera cobriza.
          —Bien hecho, Sadreg —comentó en voz lo suficientemente alta como para que la mujer la escuchara.
          Pudo observar cómo alzaba el rostro, amoratado e hinchado y clavaba en ella unos ojos rebosantes de odio y desprecio. La elfa se limitó a devolverle una diminuta inclinación de cabeza.
          Zaryll enarcó una ceja, divertido. De modo que era por eso que ella había acudido. Por eso se comportaba con tanta frialdad con él. Asuntos personales con otra mujer. Como una gata furiosa. El mago humano ocultó una diminuta sonrisa cubriéndose la boca para carraspear.
          —¿Cuántos son, Sadreg?
          —Diecisiete, mi señor. ¿Abro ya la puerta?
          Zaryll asintió, cargando de nuevo la espada entre los brazos y se aproximó a donde Seindra aguardaba. Sadreg se llevó la mano al alto cuello de la túnica y sacó, tirando con un dedo de la cadena, el cristal lechoso símbolo de quién era.
          El hechicero elfo colocó la piedra facetada en el hueco de sus manos, inspiró y los músculos de su cuerpo de distendieron. La esfera de luz que refulgía cerca del techo parpadeó, pero no llegó a apagarse. Una suave luz blanquecina rodeó a Sadreg y la puerta chasqueó al abrirse.


          Seindra se arropó en el manto de terciopelo, el aliento empezando a condensarse en torno a su rostro en nubes de vapor, pero, por mucho que bajara la temperatura, no podían cerrar las ventanas, dado que las Sombras saldrían por allí. Lo peor de todo era el frío viento que, tras entrar en la habitación, se abría paso a través de sus cabellos y cosquilleaba en su nuca, helándola hasta la médula. Echándose un poco a un lado, en busca de un lugar donde no hubiera corriente de aire, volvió a observar al grupo de prisioneros vigilado por media docena de soldados. La sacerdotisa la miraba con fijeza, altiva pese a su desnudez, asustada pese a su orgullo, temblando por el frío.
          —Traedlos —ordenó Zaryll con un gesto de la mano.
          Seindra volvió su atención hacia el mago humano. Aquel era otro problema que, tarde o temprano, tendría que afrontar. Desconocía cuánto más podría permanecer sin dar explicaciones a Zaryll, pero ahora no tenía tiempo ni ganas de pensar en ello.
          Sadreg se encontraba ya al otro lado de la puerta, ahora abierta de par en par hacia la opresiva oscuridad de la Sala de Invocaciones. Cuando uno de los soldados increpados por Zaryll dirigió una mirada de reojo al mago elfo, este se limitó a asentir de manera casi imperceptible, con un parpadeo. De inmediato, los seis elfos negros empujaron con violencia al desarrapado grupo de humanos hacia el interior de la sala. Algunos se resistieron, debatiéndose contra las cadenas, gritando, los ojos llenos de pánico, pálidos sus semblantes, pero varios pinchazos y golpes propinados por las armas élficas los obligaron a entrar.
          Seindra no pudo evitar arruga la nariz con repugnancia al percibir el olor a heces, sudor, orines y sangre que acompañó a aquellos desgraciados. También podía oler su miedo, acre, punzante. La última en pasar a su lado fue la sacerdotisa de Tyrsha. Sin poder evitarlo, la agarró del brazo y tiró de ella sacándola unos instantes de la fila de prisioneros. La mujer se debatió, intentando desasirse, y la elfa le clavó las uñas en la carne con más fuerza aún.
          —Pronto verás el destino que te aguarda, shoura a-Tyrsha —le susurró al oído, rozándole el ensortijado y sucio cabello con los labios. Luego la empujó de nuevo hacia la habitación con un fuerte ruido de cadenas.



* Término élfico que designa a una mujer dedicada a servir a la diosa Noidha. La traducción más fiel al bakanés sería “sacerdotisa”.




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