Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 27 de junio de 2013

CAPÍTULO DECIMOSEXTO (Parte 4a/4b) - Sangre de traición

 

          Derlan contuvo un castañeo de dientes y un estremecimiento al adentrarse en la poza, donde embalsaba el río que descendía desde las abruptas estribaciones de las montañas Lalse. Unas altas paredes de roca se elevaban sobre él, cauce arriba, coronadas de maleza que goteaba perlas de humedad, haciendo que el rumor de las aguas de la pequeña cascada resonara a su alrededor, envolviéndolo con sus ecos. La luz del sol de la tarde, tamizada por la cúpula de ramas que se cernía sobre su cabeza, producía reflejos de plata y ocre sobre el agua; destellos resplandecientes, casi cegadores, que bailaban en sus ojos, sobre los troncos de los árboles y en las sombras más densas que las rocas proyectaban sobre la refulgente superficie de la poza. El agua se le antojaba helada en contacto con la piel, sí, pero resultaba agradable poder bañarse después de aquellas largas semanas de viaje, bajo la lluvia, chapoteando en el fango, con la ropa manchada de sangre y barro. Sonriendo pese a los temblores, se volvió hacia Frodrith, que maldecía bajito mientras avanzaba a su lado, adentrándose en la corriente. El joven pelirrojo tenía la vista clavada en el lecho del río, atento a donde pisaba para no resbalar en el limo que cubría las piedras.

          —F… fría ¿eh? —logró balbucear entre escalofríos.
          Frodrith alzó el rostro y le devolvió la sonrisa, asintiendo, los hombros estremecidos y los labios algo amoratados.
          —He… he… helada… ¡Dioses! ¡Se me encoge todo!
          Derlan rio, vadeando las aguas para adentrarse donde cubría algo más, el agua trepando por sus caderas, punzante como el hielo, hasta su vientre. Jadeó y paró de reír en seco.
          —¡Uh…! ¡Moses! ¡Co… como si tuvieras mu… mucho que encoger!
          La voz le brotó en un agudo murmullo apenas inteligible, en medio del entrechocar de sus dientes. Reír dolía, hasta pensar dolía, pero hablar hacía que el frío fuera menos intenso. Bromear sobre él también. Apenas si podía respirar con normalidad.
          —Mira… mi… mira… —Frodrith temblaba, pero se las arregló para llegar a su lado sin resbalar, el agua casi hasta el pecho, abriendo los brazos para mantener el equilibrio— Mira quién habla, la tuya es… es… más pequeña que… que mi dedo.
          Haciendo un gesto obsceno, que hizo reír a Derlan, y mostrando los dientes en una espasmódica sonrisa, el joven mercenario inhaló hondo y se sumergió de golpe en el río. No tardó en emerger, gritando, la voz aguzada como la de una niña, boqueando en busca de aire, el agua escurriendo de sus empapados cabellos y chorreando de su rostro en argénteas cintas brillantes. El eorniano tomó entonces aire y también se hundió en la poza. El súbito helor le robó el aliento de golpe, haciendo que la sangre le latiera dolorosamente en las sienes y perforando sus ojos como agujas de hierro candente. El silencio lo envolvió casi por completo, el agua amortiguando los sonidos del exterior, sólo el suave susurro del agua acariciando su piel y los latidos de su corazón en su interior. El joven contuvo la respiración todo el tiempo que pudo pero, el frío cada vez más intenso y el acelerado tronar de la sangre en sus oídos, le obligaron a salir a la superficie, jadeando y apretándose la cabeza con las manos, tratando de aliviar las punzadas de hiriente dolor que la atravesaron de parte a parte, obligándole a apretar los dientes con fuerza. Durante unos segundos apenas si pudo moverse, hablar o pensar siquiera. Se concentró en respirar, en inhalar, en hacer que el ardor de su cabeza se desvaneciera.
          Poco a poco, el calor del sol sobre sus hombros mitigó las oleadas de dolor hasta hacerlas casi desaparecer, su respiración volvió a la normalidad y pudo abrir finalmente los ojos. Parpadeó y, escurriendo el agua de su rostro y de sus largos y enmarañados cabellos, miró a su alrededor en busca de Frodrith. El muchacho chapoteaba ahora cerca de la orilla, frotándose enérgicamente el cuerpo y el cabello con un trozo de jabón de hierbas, canturreaba algo por lo bajo con voz queda y desafinada. Derlan suspiró, sacudiendo la cabeza para ahuyentar los últimos restos de dolor, y se acercó el también en busca del jabón. Al menos el sumergirse en las heladas aguas del arroyo había servido para que ya no sintiera tanto el frío en el resto del cuerpo, lo tenía todo concentrado entre los ojos.
          —Cuando acabes con él, déjame el jabón, Frodrith.
          El otro joven le miró de reojo y asintió, la espuma resbalando por sus manos y orejas.
          —Ya pensaba que no ibas a salir nunca de ahí abajo —paró para escupir jabón y continuó con sorna— y que tendría que llamar a mi hermana para que me ayudara sacarte en pelotas y mojado como una rata y reanimarte. ¡Oh, Dioses! —exclamó de pronto, estremeciéndose, cuando una ráfaga de viento sacudió las ramas de los árboles y sopló sobre su piel desnuda—. Esta agua está mucho más fría que la del Sorn.
          Derlan rio con ganas.
          —Eso es porque los sornianos sois unas niñas sin suficiente pelo en el pecho, no como nosotros, los chicos del Eorn. Allí en invierno nos bañamos desnudos en ríos que bajan con hielo flotando de las montañas. Y hacemos competiciones para ver quién aguanta más bajo el agua y a quién se le encoge menos.
          Sin poder evitarlo, Frodrith estalló en espasmódicas carcajadas que resonaron contra el farallón de roca, amortiguadas en parte por el resonar de la cascada.
          —Y… y luego me imagino —replicó el chico, tratando de contener la risa, sin demasiado éxito—, que también os peleáis por quién ha pillado el resfriado más grande.
          —Aha… y por quién tiene los mocos más amarillos. Veo que empiezas a entenderlo, sorniano —con un guiño, Derlan le tendió la mano, que temblaba ligeramente—. Ahora pásame el jabón, lavémonos rápido y salgamos de aquí antes de que se nos congelen a ambos las pelotas.
          Frodrith le tiró la pastilla en un pequeño arco y Derlan la cogió al vuelo apañándoselas para que no se le resbalara de entre las manos. Tener que buscarla entre las piedras hubiera sido un problema, eso por no mencionar lo que Diedrith les hubiera hecho a ambos si llegan a perderla en la corriente.
          Mientras se restregaba el cuerpo y el pelo con el jabón, Derlan se dio cuenta de que encontrar a los mellizos en el camino había resultado ser providencial. Su compañía, sus risas, la amistad y la confianza que le habían brindado en los días que llevaban viajando juntos, le había hecho ver lo cerca que había estado de volverse loco en su solitario periplo camino a Lecig, bordeando las estribaciones surorientales de las Montañas Lalse. Sobre todo desde que había dejado Gringa atrás. Sí, Harrow había sido, hasta ese momento, una buena compañía, no podía negarlo, mas a su fiel corcel le era imposible compensar lo que para él suponía la compañía de otros seres humanos. Entre sus muchas virtudes, no se encontraba el poder hablar. Recordaba claramente el silencio, las noches oscuras bajo la lluvia, el lacerante dolor en el hombro, en sus manos llenas de yagas. El día que temió que aquellas heridas se iban a infectar cuando las ampollas estallaron y supuraron toda una tarde debido al roce constante de las riendas… Con un suspiro, se las miró ahora, llenas de agua jabonosa, la pastilla entre los dedos, casi curadas, al igual que la del hombro, cuya piel aún le tiraba un poco cuando tensaba el arco.
          —Tendrás que hacer algo con eso —la voz de Frodrith le sacó de sus ensoñaciones y se volvió a mirarle con un parpadeo.
          —¿Qué?
          —El pelo —señaló con la zurda—. Lo sigues teniendo enredado, aunque ahora, al menos, ya no tienes ni hojas, ni ramas, ni barro —Frodrith enarcó una ceja—. ¿Quieres que te lo corte mi hermana? Tiene buena mano con mis dagas para eso.
          Derlan agarró un mechón y se lo puso delante de los ojos. Durante el primer día de viaje, cuando dejó de llover, había intentado usar el cepillo que Diedrith le había prestado para desenredarlo, sin éxito alguno. Los nudos que se le habían formado, tras tantos días de camino, eran demasiado densos. Así que había esperado a poder lavarlo para ver si así podía salvar su melena… pero ahora veía que le iba a ser imposible. Se encogió de hombros con un resoplido. Al menos había podido afeitarse.
          —Tendré que hacerlo, qué remedio. No me lo corto desde que era pequeño —añadió con una sonrisa de medio lado—. Tal vez ya sea hora de cambiar, después de todo. Si nos vamos a presentar ante el príncipe Selam en Ossián, más nos vale no parecer unos mendigos zarrapastrosos ¿verdad?
          —Habla por ti —el joven mercenario le guiñó un ojo mientras se aclaraba, sumergiéndose parcialmente en la poza de nuevo. Hundió la cabeza en el agua y frotó de modo enérgico sus cobrizos cabellos hasta que dejó de salir espuma. Cuando la sacó, tiritaba ligeramente—. Eso es lo que parecías cuando nos encontramos. Tenías un aspecto espantoso. Me diste un susto de muerte.
          Tras escurrirse el agua de los ojos, Frodrith estiró la espalda, los brazos alzados por encima de la cabeza, desentumeciendo los músculos agarrotados.
          —El vuestro no era mucho mejor…
          Derlan enmudeció de golpe, porque allí, sobre la blanca piel del brazo izquierdo del joven mercenario, un poco por debajo del hombro, había una marca que recordaba vagamente a la cabeza de un dragón. Exactamente igual que la que él mismo tenía en el hombro, debajo de la quemadura del Espectro. E idéntica, también, a la que tenía…
          —Esa… esa marca —acertó a balbucir—. ¿Cómo…? ¿Tú…?
          El joven mercenario se volvió inquisitivo hacia él y siguió la dirección de su mirada hasta su brazo. Hasta la marca de nacimiento que tanto él como su hermana tenían allí. Su rostro palideció de pronto y sus ojos buscaron, desesperados, el brazalete de cuero bellamente trabajado que había dejado junto a sus ropas en la orilla.
          —¡Oh, Dioses…! Mier… —masculló en un furioso susurro, mientras se cubría con la diestra el brazo en un vano intento de ocultar el llamativo antojo. Clavó sus ojos color miel en el joven eorniano—. Maldita se…
          —Frodrith… no, no… Es sólo que… —Derlan intentó excusarse, la mano extendida, en un intento explicarse y de calmar la ligera angustia que rezumaba de la voz del joven— que… yo tengo una marca igual que esa. Aquí —añadió a la desesperada y se volvió entonces de medio lado mostrando su hombro herido—. Debajo de la quemadura. No se debe ver muy bien ahora, la herida, ya sabes, pero es igual que esa. Desde que nací.
          El viento sopló acerado procedente del Orn, rizando la superficie del agua y helándola sobre la piel de ambos jóvenes.
          —Tú… —Frodrith tragó saliva y se humedeció los labios entreabiertos. Finalmente, carraspeó y, con voz débil, preguntó—. ¿Tú también tienes esta marca? ¿Cómo mi hermana? ¿Cómo yo?
          Derlan asintió incrédulo también, haciéndose eco de la sorpresa del pelirrojo. ¿Cómo era posible qué los tres… no, que los cuatro…? Era absurdo, ridículo. ¡Una cabeza de dragón exactamente igual! Sin embargo…
          —No sólo yo —continuó en un susurro—. Un amigo de Eshainne también la tiene. Los dos nacimos con ella. Él la tiene en el hombro izquierdo, prácticamente en el mismo sitio que tú —Derlan frunció el ceño y entrecerró los ojos—. Todos en el izquierdo… Todos tenemos esa marca en el lado izquierdo. Flyll… Cuando éramos pequeños Flyll decía que él y yo la teníamos porque nuestras madres habían tenido antojo de sopa de dragón durante el embarazo —una risa seca, confusa, brotó de sus labios amoratados por el frío—. Pero esto… —señaló al joven sorniando y luego a sí mismo y sacudió lentamente la cabeza, desconcertado—. No sé… Ojalá estuviera aquí… y no en casa. Él sabría…
          Tras frotarse los ojos y las sienes, un suave gemido a punto de escapársele de los labios, Frodrith se encaramó a la orilla de la poza, para salir del agua y luego sus ropas, tiritando.
          —Ese… ese Flyll… ¿es también un mago?
          El eorniano asintió, los ojos entrecerrados. Un escalofrío recorrió su columna vertebral y se apresuró a aclararse para salir él también del agua. Habían estado demasiado tiempo en el río —apenas podía sentir los dedos de los pies y las manos— y el viento que comenzaba a levantarse, arrastrando densas nubes desde el Orn, le mordía la carne haciendo que se le pusiera la piel de gallina. Con un estremecimiento, una vez fuera, se sentó con las piernas cruzadas en la hierba y clavó los ojos en el vació.
          —Sí, Flyll es mago —respondió mientras Frodrith se vestía con premura. Él prefería secarse un poco, aunque pasara frío, antes de ponerse la muda de ropa menos sucia que tenía—. ¿Cómo lo has sabido? Aunque, la verdad, es que no usa mucho su magia —enarcó una ceja—, pero lo suficiente para ayudarnos en casa, con la represa del río, en la forja, cuando no llueve lo suficiente para que los cultivos crezcan o cuando llueve demasiado… creo que le hace algo a la tierra para que las plantas no se mueran —hizo una pausa y sonrió—. También se encarga de la escuela, de enseñar a los niños a leer y a escribir, y algo de números y de comercio.
          Frunciendo el ceño, arrancó una brizna de hierba y la contempló largo rato, dándole vueltas entre los dedos, hasta casi desmenuzarla.
          —¿Vosotros también teníais un mago en casa?
          —Sí, no, bueno, dos —replicó el joven, de pie a su lado, frotándose los brazos para entrar en calor, el brazalete que solía llevar por debajo de la ropa olvidado ahora a la orilla del río—. Clartyll y su hermana Hilda. El mago es él, ella es algo así como una bruja. Vivimos en la casa de al lado de Hilda hasta que nos fuimos de allí. Clartyll vive en Nalis, apenas le conocemos —añadió, y se dejó caer a su lado para mirar la herida del hombro del otro hombre desde cerca—. Sí que se parece a la mía, la verdad. La forma parece casi igual, pero con la costra…
          Derlan asintió con un medio estornudo y, alargando una mano hacia su túnica, se la pasó por la cabeza y sacudió el enredado y empapado cabello fuera.
          —No sé qué pensar, Fro, pero es… muy extraño. Somos cuatro. Cuatro con la misma marca, casi en el mismo sitio. La mía en la espalda, de acuerdo… pero, por lo demás, es idéntica, te lo puedo jurar.
          El pelirrojo negó con desconcierto.
          —No, no hace falta, te creo, de verdad —añadió mirándole a los ojos—, es sólo que Hilda… Hilda nos dijo a mi hermana y a mí que lleváramos el brazalete siempre puesto —bajó la voz, hasta que no fue sino un susurro—. Aunque fuera por debajo de la ropa, aunque fuera para dormir —cogió una ramita y la lanzó a las rizadas aguas de la poza, luego hizo lo mismo con un guijarro—. Hoy… no sé ni por qué me lo he quitado hoy para el baño. Cuando has visto la marca… me he quedado helado de miedo durante un momento. Ni siquiera tengo muy claro por qué.
          El silencio se extendió entre ambos como un manto, envolviéndolos, arropándolos… tal vez amenazando con ahogarlos, cómodo y aterrador al mismo tiempo. Ellos guardaban silencio, pero el bosque estaba vivo a su alrededor, palpitando, con el susurro del viento entre los árboles, el rumor de la cascada y el suave canto de los pájaros llenando el aire. Y más débil aún les llegaba la voz de Diedrith, melodiosa, leve como una pluma, mientras la joven tarareaba algo en el campamento. Las nubes cubrieron finalmente el sol, sumiendo el bosque en leves sombras. Empezaba a refrescar, así que Derlan se puso en pie y terminó de vestirse, pero luego volvió a sentarse al lado del muchacho.
          —Es lo más extraño que había oído nunca. Cuatro personas con la misma marca de nacimiento y… —se volvió para mirar a Frodrith— con magos que nos han conocido de niños, que nos han enseñado, que nos han… algo… No lo sé. A vosotros os dijeron que os taparais la marca. A nosotros nada. Lo que daría ahora por estar en casa o que Flyll estuviera aquí y preguntarle por ella.
          Frodrith asintió, las cejas enarcadas.
          —Yo también. Entonces Di y yo éramos unos críos y no preguntamos nada. Fueron ellos… —entrecerró los ojos y miró de medio lado a Derlan—. Ahora que lo pienso fueron ellos los que nos dijeron que saliéramos de casa, los que nos convencieron… apoyaron, más bien, para que nos fuéramos de casa cuando padre y madre se pusieron en contra. Mi hermana y yo siempre habíamos querido aprender a luchar —Frodrith se encogió de hombros y expulsó el aire en un divertido e incrédulo resoplido—. Ya ves… Hilda y Clartyll nos apoyaron en eso. Nos dieron los brazaletes, nos dijeron que fuéramos al Sorn —hizo una pausa muy, muy breve—. No entiendo qué está pasando, Derlan.
          —Yo tampoco —convino el eorniano, con un atisbo de sonrisa aflorando a sus labios—. Pero es raro ¿verdad?
          —Y tanto que lo es. ¿Por qué lo harían? Lo de los brazaletes, quiero decir. Incitarnos a mantener oculta la marca. Siempre he pensado que sería algo importante, algo grave. No sé, una maldición, algo supersticioso. Ahora…
          —Te entiendo —bufó Derlan—. Si era algo grave… ¿por qué a nosotros, en Eshainne, no nos dijo Flyll los mismo? Pero, sea como sea, no vamos a descubrir nada aquí sentados, helándonos el culo.
          Derlan se palmeó las rodillas, se puso en pie y apoyando la espalda en el tronco de un árbol se puso los calcetines y luego las botas. Frodrith le imitó y luego se detuvo en la vera del río mirando el brazalete de cuero que había en el suelo. Tras un instante de vacilación, se agachó y lo recogió.
          —No sé qué hacer con él ahora —sus ojos recorrieron la oscura superficie repujada con dibujos de plantas y animales—, pero tampoco quiero dejarlo aquí. No es una tontería ¿verdad?
          —No, no lo es. Creo… —inhaló y dejó escapara el aire de sus pulmones lentamente—, creo que será mejor que se lo contemos también a tu hermana.
          Frodrith asintió.
          —Es posible que ella recuerde algo que yo no —dejó escapar una risita—. Su memoria es mucho mejor que la mía.




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