Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 24 de junio de 2013

CAPÍTULO DECIMOSEXTO (Parte 3/4) - Sangre de traición


          —Hay dos colinas al Eorn, las tomarán ambas, fortificarán la posición. Se harán también con el control del regato que fluye desde las montañas, el que cruza el valle para luego perderse en el Sorn, por la Garganta Gris —Nargor palmeó el mapa con suavidad y continuó hablando, pero no sin dirigir una fugaz mirada a lord Londar, sentado a su diestra—. Lord Eiander ar Daranelle ar Lynaitha —tal y como esperaba, la mera mención de aquel nombre bastó para que su compañero se tensara— ha sugerido empezar a construir una empalizada siguiendo la arboleda alargada de mitad del valle, la que flanquea el río y se extiende de Norn a Sorn. Desbrozarán y cortarán la vegetación de toda la zona. Es una posición fácil de defender. El río no es muy profundo, pero bloqueará casi por completo cualquier carga que intentemos realizar contra sus filas. El terreno que lo rodea es, además, blando y cenagoso en muchas zonas, casi un pantano cuanto más al Sorn nos desplazamos, donde embalsa en un lago antes de caer por la cascada de la Garganta. No podremos atacar por allí hasta que no lleguen las primeras nieves y el suelo se hiele.

          Nargor terminó de hablar y alzó el rostro para mirar a Zaryll a los ojos. El mago permanecía en pie frente a él, las cartas y el pergamino en una mano y recorriendo con un dedo de la otra los hitos del mapa según él los mencionaba. La espada permanecía apoyada en la mesa, a su lado, sin reflejar luz alguna sobre su negra superficie. El mago parecía satisfecho, así que el trabajo bien hecho debiera haberle alegrado a él también, mas no fue así. Podía oler las cabezas cortadas debajo de su silla. El tufo dulzón de la putrefacción, la sangre derramada. Podía oler en todo ello la traición que sus actos representaban. Por eso había cargado todo el camino de retorno a Nardis con aquel macabro trofeo. Como recordatorio de sus actos, como recuerdo del camino que había decidido tomar, como recuerdo del pacto que había decidido sellar con el hombre que tenía ante sí.
          «No habrá marcha atrás después de esto.» Le decía aquel olor, le decía el peso de las cabezas en aquella bolsa. «No hay marcha atrás.» La sangre de la traición manchaba ahora sus manos y no era algo que pudiera lavar.
          —Es en verdad un buen trabajo, lord Nargor —Zaryll sonreía y asentía, ajeno a sus pensamientos—. Un gran trabajo.
          Con una risa queda, Zaryll se alejó de vuelta a su trono, se sentó, se recostó hasta que el dosel de seda sumió su figura en sombras y los miró a todos largo rato, pensando.
          —Lord Reda —anunció finalmente—, sé que acabáis de llegar a Nardis, pero tengo una misión para vos. Estoy seguro de que os va a gustar.
          —Lord Zaryll, ya sabéis que cualquier misión que me encomendéis será de mi agrado, mi señor.
          La voz de Reda destilaba veneno en todas y cada una de sus palabras pero, al menos, había terminado ya de comer. Lo que no dejaba de ser un alivio. El elfo negro no le caía especialmente bien, pero tampoco le profesaba la inquina de Londar. El odio y la furia, la rabia sin control, no conducían a ninguna parte, bien lo sabía él. Pero había de reconocer que el guerrero elfo se esforzaba en resultar insoportable, en que le odiasen… y en que le temieran. El problema radicaba en que, con Zaryll, no iba a lograr ni lo uno ni lo otro.
          «Bueno, quizá enfurecerlo sí. Lo bastante para que lo mate, tal vez —reflexionó al percibir el ceño fruncido del mago negro bajo el dosel de seda—. Y ya hemos visto todos que lord Zaryll furioso puede ser alguien muy peligroso —añadió para sí al recordar el malhadado destino de Herald, el polvo sobre la mesa, la oscuridad fluyendo de la espada de Zaryll.»
          Sospechaba que aquél día había habido algo más que furia en la sala del trono, algo que no alcanzaba a comprender y en lo que había decido no pensar demasiado. Sin embargo, la imagen de Herald consumiéndose no dejaba de volver esporádicamente a su memoria.
          —No lo pongo en duda, lord Reda —continuó el mago—, no lo pongo en duda. Espero, sinceramente, que sea de vuestro agrado —las palabras de Zaryll parecieron congelarse en la sala, frías, cristalinas, afiladas como cuchillos—. Lord Londar os acompañará en esta ocasión y estoy seguro de que ambos disfrutaréis de la mutua compañía.
          Sadreg cerró de pronto las manos con fuerza sobre los hombros de su hermano y le obligó a permanecer sentado. Se había levantado de su silla en cuanto Zaryll comenzara a hablar y se había situado sigilosamente a espaldas de Reda, aguardando, sin duda, aquel momento. Pálido, lívido por el esfuerzo, los nudillos casi blancos, aferraba los hombros del guerrero elfo con una mueca congelada en sus apuestas facciones.
          —En cuanto la avanzadilla de Trión se haya asentado en el valle —siguió diciendo Zaryll, con tono seco, sin prestar atención a lo que el helfshard estaba haciendo—, atacaréis su posición. No quiero altercados, ni riñas entre vosotros. Quiero que envenenéis sus suministros de agua y de comida, que destrocéis, en la medida de lo posible, la infraestructura de su campamento, que matéis a sus sanadores y, en resumen, que causéis tantos daños como podáis. Debilitadlos, desmoralizadlos. También quiero algún prisionero, si fuera posible.


          Reda permanecía clavado en su asiento, con el rostro tan ceniciento como el de Sadreg, sus manos aferrando la mesa como si quisiera partirla en dos y sus ojos refulgiendo de cólera contenida. El helfshard podía sentir los músculos en tensión de los hombros de su hermano bajo sus dedos agarrotados. Se inclinó sobre él y le susurró al oído.
          —Te lo mereces, hermanito, por patear el avispero. Y ahora escúchame bien y te soltaré. Esto no tiene nada que ver contigo. Es con Londar con quien hay problemas. Es a él al que Zaryll está poniendo a prueba —clavó sus dedos aún más en la carne de Reda—. Tú eres de fiar, él no. Por eso te hizo volver a Nardis en cuanto se enteró de la existencia de esa avanzadilla. Así que no hagas ninguna tontería ¿me has entendido?
          Tan pronto como Reda asintió con lentitud, sin apartar sus incandescentes ojos de lord Londar, Sadreg le soltó y volvió a su asiento.
          —Sí, mi señor —masculló con tono helado, tragándose la cólera, el guerrero elfo—. Se hará como vos deseáis. Lord Londar y yo nos encargaremos de todo. Será un placer trabajar juntos.
          El mago negro los volvió a recorrer a todos con la mirada y asintió para sí. Tapeó el brazo del trono con una mano y volvió a asentir.
          —Entonces esto es todo por hoy. Retiraos. Vos no, lord Nargor —añadió en el instante en que éste recogía sus armas, el mapa y comenzaba a ponerse en pie—. Quiero discutir unos asuntos más con vos, sobre las noticias que me habéis traído. ¡Lord Londar! —llamó en con un leve regocijo en la voz y un gesto de la mano—. Llevaos con vos las cabezas que ha traído lord Nargor, apestan. Tiradlas donde no molesten.
Mientras los elfos negros abandonaban la sala en grupo, con lady Seindra a la cabeza, Londar retrocedió don desgana, fulminó a Nargor con la mirada y recogió el petate, antes de dejar a los otros dos hombres a solas.


          En el exterior, las nubes habían cubierto el sol por completo, encapotando el firmamento. Un trueno resonó en la lejanía, sobre las montañas, anunciando una tormenta. La luz menguó en la sala del trono y las sombras aumentaron. El silbante viento sacudió su túnica negra y los cedazos de seda del dosel del trono de huesos. El aire se tornó más frío y el olor a humedad hizo que el olor a putrefacción y sangre se terminara de desvanecer de la sala. Zaryll se estremeció y contuvo el impulso de frotarse las manos para hacerlas entrar en calor. Muy pronto habría terminado con su labor allí y podría regresar a sus cálidos aposentos, con la chimenea encendida y un buen vaso de vino tibio. Pero, por desgracia, no en compañía de lady Seindra.
          La mujer llevaba eludiéndole varios días, desde la creación de las Sombras. Ninguna explicación, ningún intercambio de más de dos palabras en los pasillos de Nardis, ni una sola mirada. Había pensado que en la reunión de hoy, tal vez, podría atraer su atención, hacerle llegar un gesto para que le esperara en la sala de detrás del trono… Sin embargo, la elfa no había apartado siquiera la vista de la nada hacia la que miraba, salvo cuando Nargor había sacado su macabro trofeo de debajo de la mesa. Pero no lo había mirado a él. Casi se atrevería a jurar que lo había evitado de forma minuciosamente calculada.
          Por otro lado, la actuación de Nargor había sido un buen golpe de efecto, eso tenía que reconocerlo. Londar se había comportado como se esperaba de él y Reda había estado hasta ocurrente y gracioso, pero a él no le había quedado más remedio que contener la furtiva sonrisa que había estado a punto de aflorar a sus labios y tratar de mantener la disciplina. Sin embargo, lo que no le había gustado nada era el jueguecito que, le parecía, se traían entre manos el elfo y su hermano. Y esa era, precisamente, la razón que lo conducía al momento presente.
          En un intento de entrar en calor, se levantó del trono y caminó con paso resuelto hasta el lugar donde Nargor aguardaba, paciente y silencioso, como siempre. Con un leve chasquido, dejó a Easheyrt, la Negra, reposando con suavidad a su lado contra la piedra de la mesa y apoyó una cadera en el borde de la misma, mirando al joven y ciego general a los ojos… o más bien al espacio bajo la venda blanca donde estos debieran estar.
          —Hay algo que quisiera comentar con vos, lord Nargor, algo importante. Un asunto que no debe salir de esta habitación —el mago se cruzó de brazos y sacudió la cabeza, apartando el cabello que le cosquilleaba en los ojos—. Necesito que hagáis algo por mí.
          —¿De qué se trata, lord Zaryll? No hablaré con lord Londar del tema, si eso es lo que os preocupa —añadió con tono frío y sereno, casi carente de emoción alguna.
          —No es precisamente lord Londar quien me preocupa, sino los elfos negros —matizó y guardó silencio unos instantes, mientras cambiaba de postura, la túnica crujiendo levemente, hasta casi sentarse en la mesa, y ordenaba sus ideas—. Tengo… sospechas respecto a su lealtad. Más que sospechas, de hecho. Parecen creer que soy algún tipo de idiota de pueblo a quien pueden manejar a su antojo —Zaryll resopló—. La verdad es que puede que yo mismo les haya inducido a pensar eso sin ser demasiado consciente de ello. Da igual —continuó, negando con la cabeza—. Lo importante es lo que piensan y lo que creen ahora.
          »Mirad, Nargor. No son leales. No como vos… o incluso como Londar. Ni siquiera como lo era Herald. Se rigen por sus propias reglas sociales, sus propias castas —Zaryll extendió las manos ante sí, las palmas abiertas hacia el techo—, a las que son fanáticamente leales. Sé que ningún elfo en Nardis mueve siquiera un dedo sin que lady Seindra lo ordene. Cuando se unieron a mí me asignaron a ese lameculos de Sadreg como consejero e intermediario. Pero ese elfo ni siquiera respira sin el consentimiento de su señora —el mago negro suspiró, cruzó los brazos de nuevo, y tapeó nerviosamente la manga de su túnica con la diestra—. Todos estos meses han sido un constante caminar al borde del abismo, a la espera de que se decidieran a rematarme de una vez, después de que lograran su objetivo de entrar en Bakán. Pero no lo han hecho. De verdad que lo esperaba en cuanto alcé la Prohibición.
          Zaryll entrecerró los ojos y su mirada se perdió un momento en alguna ensoñación del pasado, pero luego continuó con tono firme.
          —La cuestión, lord Nargor, es que parecen leales. Cumplen mis órdenes, siguen mis reglas, parecen bailar a mí son… aunque sé que son conscientes de que no me termino de creer del todo su servilismo. Pero no puedo quitarme la sensación de que hay algo más, algo que se me está escapando —el hechicero humano cerró la diestra en un puño y golpeó con fuerza la mesa, haciendo que Nargor diera un respingo—. Lady Seindra tiene últimamente un comportamiento extraño, al igual que Sadreg. Puede que esté imaginando cosas, pero puede que no. Hasta ahora nuestros intereses siempre han coincidido, sin embargo, creo que pronto podrían dejar de hacerlo. Es posible que, llegado ese punto, intenten algo.
          Nargor frunció el ceño, las manos cruzadas sobre la mesa, inmóviles, mirando de medio lado a Zaryll.
          —¿Queréis que los espíe para vos? —acabó preguntando.
          —Eso es precisamente lo que quiero de vos, lord Nargor. Sé que conocéis Nardis mejor que cualquier otro de mis hombres, que estáis acostumbrado al silencio, a escuchar. Sé que también sabéis un poco de élfico, a diferencia de Londar —una mueca de asco asomó a su rostro—. Sé que podéis ver de formas que los demás son incapaces de imaginar —Zaryll inhaló e hizo una pausa; una larga, muy larga pausa—. Sé que sois leal y que nunca más volveréis a dejaros llevar por la ira, el orgullo o la…
          —Haré lo que me pedís, lord Zaryll —el general lo interrumpió con tono cortante y frío como el acero, los hombros súbitamente tensos—. No es necesario que digáis nada más.
          Lord Nargor se puso en pie sin esperar permiso alguno, recogió sus armas y el mapa del valle de Nardis, que aún reposaba sobre la mesa, y abandonó casi a la carrera la sala del trono.
          Una vez a solas, Zaryll sonrió abiertamente, divertido, en parte, por la reacción del cabeza de familia del clan Saharey. Había ocasiones en que era hasta demasiado sencillo lograr que la gente hiciera lo que uno deseaba. Sólo hacía falta saber qué parte del alma presionar. Y el alma de Nargor tenía muchas sombras y muchas luces entre las que elegir: orgullo, arrogancia, amor, lealtad y traición. También había sangre y oscuridad, sangre vertida por amor y sangre vertida por honor. Sangre vertida por odio y por dolor. Oscuros hechos de un pasado que ya habían aflorado una vez y que, sin duda, volverían a hacerlo en el futuro.




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