Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 20 de junio de 2013

CAPÍTULO DECIMOSEXTO (Parte 2/4) - Sangre de traición


          Tres golpes en la puerta. Reda gruñó por lo bajo, cambió de postura en la cama e intentó seguir durmiendo. Tres golpes más, rápidos y apremiantes. El joven elfo se cubrió la cabeza con las mantas y se hundió más en el lecho. Los golpes volvieron a repetirse con insistencia y, esta vez, no fueron sólo tres.
          —¡No estoy! —farfulló con voz apagada, encogiéndose sobre sí mismo y tapándose las orejas.
          Quien quiera que estuviera en la entrada de sus aposentos no parecía dispuesto a rendirse y siguió aporreando la puerta.

          —¡Levántate, Reda! —La voz de su hermano le perforó los oídos—. ¡Nargor ha vuelto y Zaryll ha convocado una reunión! ¡Sal de la cama de una vez! Ya has dormido bastante.
          A juzgar por su tono, Sadreg parecía estar disfrutando enormemente de la situación, parecía feliz. Le odió por ello. Podía sentir la risa en su voz. A él no le hacía gracia nada en aquellos momentos, no después de las escasas horas de sueño de que había disfrutado. Zaryll se podía… Más y más golpes en la puerta.
          Reda gruñó y abrió los hinchados ojos en la penumbra de su habitación, donde la luz se filtraba, tenue, bajo los gruesos cortinajes que cubrían la salida al balcón perfilando la cómoda a los pies del lecho, el acogedor sillón de orejas al lado de la ventana y el escritorio junto a él. El armario del otro lado quedaba sumido en sombras, tan sólo sus pomos metálicos reflejando levemente el resplandor del sol en la oscuridad. Se sentó en la cama e, ignorando la frialdad del suelo en sus pies descalzos, se acercó al sillón, agarró de malos modos la túnica de la noche anterior y se la pasó por la cabeza cubriendo su desnudez. Luego cruzó a grandes trancos la habitación en sombras y abrió la puerta de golpe.
          El fulgor del sol, deslizándose a través de las ventanas que tenía justo frente a sus aposentos, le dio de lleno en la cara empeorando su humor. Con los ojos convertidos en meras rendijas rojizas, intentó enfocar el rostro de su hermano. Sadreg con el puño detenido en seco en el aire, más o menos a la altura de su cabeza, le miró indiferente de arriba abajo.
          —Zaryll puede meterse la reunión por el culo —barbotó en un bronco susurro—. O, mejor aún, Sadreg, se la puedes meter tú mismo y decirle de paso que me he muerto y que resucitaré para esta tarde.
          Cerró la puerta de un portazo… o al menos lo intentó. Sus ojos se desviaron hacia el suelo. Su hermano había logrado meter a tiempo su bota entre ésta y la jamba. Durante unos instantes, valoró la increíblemente tentadora idea de pisar a su hermano hasta que retirara su pie. Pero iba descalzo y de poco le iba a servir.
          —Deja de hacer el idiota y vístete —resopló Sadreg—. Hay mucho que hacer. Trión está cada vez más cerca de Nardis. El prófugo de Eshainne ha exterminado al Espectro de Gringa y Org no termina de encontrarle en la Región de los Mil Lagos. Hemos tenido que enviar a Lhars al Sorn y sigue sin haber rastro alguno de los Guerreros que protegían los magos de allí. Silga fue arrasada hace varios días sin éxito. Lhure se dirige a la Región de los Mil Lagos para ayudar a Org y ayer a la noche Seindra envió Sombras al Santuario y al Norn. Parece que eso es lo único que podemos hacer —su hermano se detuvo a recobrar el aliento—. Así que, como ves, no tengo ni tiempo ni ganas de aguantar tus tonterías. Ponte algo y ven a la sala del trono ahora mismo.
          Reda miró al helfshard en silencio durante unos segundos, intentando asimilar, en medio de la bruma del sueño, lo que su hermano acababa de decir. Se humedeció los labios y finalmente asintió.
          —Tráeme algo de desayunar —le espetó y, sin molestarse en cerrar la puerta, volvió a adentrarse en su habitación.
          —No soy tu sirviente, Reda —contestó el otro elfo.
          —Entonces haz que alguien me lo traiga.
          Aún de mal humor, descorrió las cortinas de malos modos, lanzó la túnica sucia bajo la cama y se lavó un poco en la jofaina de la mesita.
          —Y no te quedes ahí plantado como el helfshard idiota que eres —masculló escupiendo agua—. Dile a quien sea que traiga algo de comer y ven a desayunar con tu querido hermano.
          Tras secarse con un trapo de lino, se puso ropa limpia, blanca, como no, que sacó del armario. Observó por el rabillo del ojo, divertido, cómo Sadreg rezongaba por lo bajo, pero llamaba a un guardia apostado en el pasillo para pedirle que trajera algo de comer de las cocinas. A continuación, entró en la habitación, cerró la puerta, y se sentó en el sillón, después orientarlo hacia la ventana. Reda, ya más despejado, desplazó el escritorio, lo colocó delante de su hermano y él se dejó caer a horcajadas en la silla, los brazos apoyados sobre el respaldo.
          —Tenemos que hablar, Sadreg —comenzó con tono serio.
          Una cosa era burlarse de su hermano, reírse de él siempre que tuviera una oportunidad y otra muy diferente perder la guerra. Ese desayuno fraternal parecía la excusa perfecta para conversar lejos de oídos indiscretos.
          —Gerath, Erish, las tropas de Lhure, incluso Org. Hay que hacerlos volver a todos —empezó, pasándose ambas manos por el cabello, intentarlo adecentarlo y quitárselo de los ojos—. Anoche vi las hogueras en el paso y, aunque parecía más bien una avanzadilla, tú mismo has dicho que Trión se acerca. El ejército, hermano, está demasiado desperdigado. No servirá de nada matar a los Guerreros de la Profecía y perdemos la guerra aquí, en Nardis.
          Rebulló inquieto en la silla, su hermano le miraba en silencio, el rostro muy serio; no asentía, pero tampoco negaba. Eso indicaba que estaba preocupado. Le conocía bien, podía leer en aquellos ojos de color violeta con facilidad, en la forma en que se entrecerraban, formando pequeñas arrugas, y en la tensión de sus apretados labios. Y que su hermano estuviera preocupado no podía ser una buena señal.
          —Erish y Gerath llegarán a Ossián más o menos en una semana —continuó—. No sé cuánto tardarán en tomar la capital, pero eso les permitirá situarse en la retaguardia del rey humano. Org también estará en buena posición y, si las tropas de Lhure avanzan a marchas forzadas, podrán unirse a ellos en unas semanas.
Sadreg alzó la mano pidiéndole silencio.
          —Hace días que Seindra dio esa orden. Ahora avanzan hacia la Región de los Mil Lagos y esperamos que se encuentren con Org en breve. Aunque, por ahora, tienen órdenes de encontrar al prófugo de Eshainne —el helfshard enmudeció y pareció rumiar con desagrado sus siguientes palabras largo rato—. ¿Tan mala piensas que es la situación, Reda? Estratégicamente hablando.
          Sabiendo lo que le había costado a su hermano escupir aquello, el otro elfo no pudo evitar sonreír con suficiencia y hasta se le escapó una risa seca.
          —¿Mala? Me dices, nada más levantarme, que uno de los Espectros está muerto o destruido o lo que sea les pase a esas cosas, me da igual —añadió rápidamente, al ver que Sadreg iba a objetar algo—. ¿Y me preguntas si pienso que las cosas están mal? ¡Claro que están mal! ¡Vamos, Sadreg! —resopló, levantándose de la silla y volviéndose para mirar por la ventana—. Sé que no podemos descuidar la búsqueda de los Guerreros, pero ver al ejército de Trión tan cerca me ha hecho pensar. Pensar en delegar. En las Sombras, en grupos pequeños de rastreadores. El resto de las tropas deberían volver. Atrapar al ejército del rey humano en una pinza es la mejor opción que tenemos.
          Durante un largo rato permanecieron en silencio. Él observando los edificios de la ciudad que se extendían más allá de las ventanas, negros y plateados a la luz del sol. A diferencia de los aposentos de Seindra o los de su hermano, los suyos no estaban a demasiada altitud —una tercera planta no era mucho en Nardis. Pero eso le ayudaba a pensar con más claridad, a tener los pies en el suelo. Les gustaba tener los pies en el suelo. No era que tuviera nada en contra de las alturas, le encantaba pasear por las zonas más altas de la fortaleza y observar el mundo desde arriba. Sin embargo, para su vida diaria, prefería un sitio al que no tuviera que trepar cada noche para irse a dormir. Sin poder evitarlo, se echó a reír. Era ridículo, lo sabía, sobre todo si se tenía en cuenta que aquello era Nardis, una fortaleza a cientos de ahs por encima del valle. El “suelo” real se encontraba muy, muy por debajo de ellos.
          Sus habitaciones tampoco daban al Norn, no lo había querido así. No deseaba tener en su mente la constante sombra de la lejana ciudad donde había nacido, el constante recordatorio de quién era y de lo que podía o no podía hacer. Así que daban al Sorn, a la nueva tierra, al nuevo mundo en que residiría.
          Se dio la vuelta con un suspiro, sin dejar de reír entre dientes, para encarar de nuevo a su hermano, y se encontró con que el soldado que había reclutado Sadreg había vuelto ya. Colocaba, con rostro agrio, una bandeja con platos de pan, queso y frutos secos sobre la mesa. Se retiró enseguida, con una parca inclinación de cabeza, y volvieron a estar solos.
          —Me he planeado, incluso, la estrategia de la tierra quemada —continuó—. Que Lhure, Org y Lhars… ¿Ha llegado ya al Sorn? —Sadreg asintió—. Ya sé que nunca hemos sido partidarios de hacer eso, pero bueno, he estado pensando en que si quemamos los cultivos y matamos al ganado, los humanos no podrán cosechar más este otoño. Todo lo que no hayan recogido se perderá. También podemos incendiar los graneros y dejarlos sin provisiones de cara al invierno. Las llanuras de Lládhany, las tierras del Sorn y la Región de los Mil Lagos, son el granero y las mayores zonas ganaderas de Bakán. Si pierden esas tierras, Trión tendrá que replantearse su campaña, no podrá afrontar un asedio, no durante el invierno. Eso cortará por completo todas sus líneas de suministros, más que tomar Ossián —Reda volvió a tomar asiento y, alargando un brazo por encima del respaldo de la silla, se sirvió un trozo de queso—. Pensará en volver, sobre todo si hacemos que las noticias le lleguen pronto, infiltrando a alguien, por ejemplo. Ellos no tienen espejos, así que la información les tardaría demasiado en llegar y, en esta ocasión, lo que nos interesaría es que lo supiera cuanto antes. Podría ser un buen golpe, Sadreg. Tal vez piense incluso en retirarse. Retroceder hacia las posiciones ocupadas por las tropas de Gerath, Erish, Lhure y Org.
          Masticando distraído un trozo de pan, no pudo evitar fijarse en el brillo de desconfianza que asomaba a los ojos de su hermano.
          —Vamos, hermanito. Habla con Nargor si no me crees —comentó mientras cogía una avellana pelada y se la metía en la boca—. ¡Ah, no! ¡Espera! —rio— ¡Que es humano y no podemos hablar de esto con él! Él es el más inteligente de los generales de Zaryll, lo habrá visto tan claro como yo. No es como el imbécil de Londar. Si proponemos hacer volver las tropas dispersas, en la reunión de hoy, él nos apoyará, aunque no con lo de la tierra quemada, claro. Pero no es algo que vayamos a hacer ¿verdad, hermano?
          Sadreg tenía un trozo de pan en la mano, apenas había probado bocado, y lo contemplaba meditabundo mientras masticaba. No parecía hacerle gracia la idea, pero parecía, al menos, un poco menos reacio que antes.
          —No —acabó murmurando con un suspiro—. Pero sí hablaré con lady Seindra. Le comentaré lo que has dicho. No te soporta y… está… de mal humor —el ceño de Sadreg se acentuó y volvió a caer en un preocupado silencio. Sacudió la cabeza y dejó el trozo de pan en la mesa—. Pero entenderá la necesidad. Te respeta —una mueca asomó a sus labios— como estratega. Lo sabes. Zaryll seguirá al margen. Creerá que seguimos tras los Elegidos y no mentiremos al respecto, al menos no del todo —una sonrisa sin humor despuntó en su rostro—. Pero reunificaremos al ejército.
          El helfshard se levantó y caminó con paso firme hacia la puerta de la habitación. Se detuvo con la mano sobre el pomo y lanzó una mirada irónica por encima del hombro al otro elfo.
          —¿Sombras? ¿Algunos rastreadores? Veremos si tu plan funciona, Reda. Haré una lista de los hombres de que disponemos ahí fuera. Espero que te sirva para seleccionar a los mejores y organizarlos en grupos de búsqueda. Más Sombras tendrán que esperar.
          Abrió la puerta y dio un paso, pero luego se quedó inmóvil en el umbral, mirando, al parecer, a la nada.
          —Coge lo que sea que quieras comer y mueve tu culo a la sala del trono antes de que Zaryll se impaciente.
          Reda resopló molesto, pero se metió un puñado de frutos secos en el bolsillo, agarró un trozo de pan, se ciñó el cinturón de la espada mientras sostenía la comida entre los dientes y corrió tras su hermano. Rio mientras le daba alcance, pero hasta a él le sonó vacua a los oídos. Necesitaba algo con lo que alegrarse el día, alguien a quien irritar, no que le fastidiaran a él con pocas horas de sueño, reuniones estúpidas y molestas consultas sobre la guerra.
          —Ya sabes lo poco que me importa lo que piense Zaryll, adorado hermano mayor —tuvo la fugaz satisfacción de ver cómo Sadreg ponía los ojos en blanco y resoplaba. Si no podía encontrar pronto a alguien con quien meterse, siempre le quedaba su hermano—. Para eso está la familia, ¿verdad, Sadreg? —añadió en voz alta, sin venir a cuento, riendo entre dientes—. Así que sólo por ti, sólo por hacerte un favor, iré a esa estúpida reunión y me portaré como un niño bueno.
          Al ver la mueca amarga en el rostro del helfshard, su ceño fruncido y su hosca expresión, le dio un juguetón empujón en el brazo, haciéndole dar un traspié. Tendría que sacarlo de quicio, si no, no iba a ser divertido.
          —Alegra esa cara, Sadreg. Sonríe. Nada está tan mal aún como para que parezca que te ha meado un…
          —No te va a gustar —le cortó en tono seco el otro elfo, frotándose el brazo allí dónde su hermano le había golpeado— la misión que Zaryll tiene para ti. Así que harías bien, hermano, en cerrar la boca y portarte, de verdad, como un niño bueno. Vas a necesitar toda la paciencia que puedas reunir.


          Y la paciencia que su hermano podía reunir, no parecía precisamente mucha.
          La mesa de la sala del trono de Zaryll estaba casi llena por vez primera en muchos meses. Londar estaba allí, amargado y circunspecto; Nargor estaba allí, recién llegado de su misión, con las ropas sucias de polvo y barro; lady Seindra estaba allí también, con Reda a su lado y un ceño tan profundo que se podría haber navegado por él de ser un río. Reda sonreía, disfrutando como un crío con juguete nuevo, de la incomodidad de todos los presentes, salvo de la del siempre inexpresivo Nargor. Comía de una en una, intercalando ruiditos de satisfacción, los frutos secos que antes cogiera de su desayuno y que había depositado sobre la vieja mesa de madera ante él.
          Sadreg resistió el impulso de cubrirse los ojos con las manos y suspirar. También se contuvo para no levantarse de su lugar a la mesa, al otro lado de su señora, y darle un palmetazo en el cogote a su hermano. Zaryll empezaba a fruncir los labios con desagrado cada vez que Reda se metía una avellana en la boca y comenzaba con su retahíla de ruiditos o a masticar con la boca abierta. Apenas había comenzado la reunión. No quería ni pensar en lo que pasaría cuando Zaryll le explicara a su hermano la misión que le aguardaba.
          —Bien, lord Nargor —Zaryll tapeó nervioso la espada de su regazo con la diestra y acarició con la otra mano el brazo de hueso del trono—. ¿Qué noticias traéis?
          El joven ciego se inclinó hacia adelante, sobre la mesa, y depositó sobre ella un rollo de pergamino, que extrajo de un bolsillo interior de la capa. Junto a él dejó dos sobres, en los que aún podían apreciarse los restos del lacre roto de los sellos. A continuación, extendió un mapa del valle de Nardis y lo sostuvo abierto usando el pomo de su espada y una daga. Zaryll no tuvo más remedio que levantarse del trono y acercarse a él, portando a Easheyrt entre los brazos y la túnica crujiendo a cada movimiento. Sus pasos levantaron ecos en la amplia estancia.
          —Este pergamino —Nargor alzó el objeto y se lo tendió al mago negro— contiene las órdenes emitidas por Trión hará algo más de una semana. Interceptamos a los mensajeros en el camino y los asesinamos —con gesto frío y contenido, rebuscó debajo de la mesa y colocó lo más lejos de sí que pudo una bolsa impermeable que emitió un ruido húmedo al caer contra la madera—. Si alguien quiere las cabezas para comprobar si miento, las puede encontrar ahí dentro.
          Ar Saharey aflojó las cintas que mantenían la bolsa cerrada y la sacudió un poco hasta que una mata de pelo asomó de su interior. Londar, contemplado la bolsa entreabierta con ojos espantados, ahogó una exclamación y se cubrió la boca con la mano, como si contuviera una arcada. Ahora que el petate se había movido, el dulzón y nauseabundo olor de la carne en descomposición inundó, como un repugnante miasma, la sala del trono. Afortunadamente, el frío viento que soplaba a través de la abierta balconada consiguió aliviar un poco el hedor. Sadreg frunció la nariz con desagrado y Seindra se la cubrió con una mano, los ojos achicados.
          —¿Alguien quiere una avellana? —Reda, con tono jocoso, aprovechó el momento para alzar un puñado de frutos secos—. ¿No? Vaya, es una auténtica lástima, he oído que son buenas para el estómago. De verdad. ¿No queréis una, lord Londar? Tenéis mal aspecto y…
          —¡Silencio! —restalló la voz de Zaryll y fulminó tanto al elfo como al general de largos cabellos rubios, cuya frente estaba empapada de sudor—. Continuad, lord Nargor, pero haced el favor de bajar esas cabezas de mi mesa.
          Con un encogimiento de hombros, el ciego volvió a cerrar las cintas y a dejar la bolsa bajo su asiento. Siguió hablando como si nada hubiera pasado.
          —Los cuerpos los tiramos por una brecha en los pasos, lejos de donde los matamos. Uno de mis hombres, el que más se parecía a uno de los mensajeros, se cambió de ropas y se hizo pasar por él cuando alcanzamos de nuevo a la avanzadilla. Entregó el mensaje y se… —sonrió sin humor y se rascó distraídamente debajo de la venda que le cubría los ojos— quedó por allí hasta que se enteró de en qué consistían las órdenes. Le entregaron estos dos sobres sellados —recogió, primero uno y luego otro, y se los tendió a Zaryll para que también los leyera— para que volviera con el rey Trión, llevándole la respuesta. Después de robar el primer pergamino de la tienda del general esa misma noche, volvió con nosotros.
          El mago negro sonreía al leer, y la suya era una sonrisa fea y desagradable. Las antorchas chisporrotearon en el silencio y su aleteante luz dorada desplazó las sombras de un lado a otro, compitiendo con la mortecina luz del sol.
          —¿Y los planes son…? —Zaryll se inclinó sobre el mapa que Nargor había desplegado en la mesa.
          —El hombre que me leyó las cartas y el pergamino dice que la avanzadilla de Trión acampará al este del valle. No quieren dar la espalda al  Norn, de donde saben podríamos recibir refuerzos, ni bloquear el Sorn por donde llegará, en una semana, el resto del ejército.
          Sadreg no pudo evitar fijarse en que el general de negros cabellos no señalaba nada en el mapa, ni siquiera parecía prestarle atención. Y ¿qué acababa de decir? ¿Qué le habían leído las cartas? Sabía desde hacía tiempo que lord Nargor era ciego y que, pese a todo, parecía poder ver… o que, al menos, poseía algo similar a la visión. Pero ¿podría no ser capaz de leer? ¿De ver un mapa? El elfo tomo nota mental de aquel detalle y siguió escuchando.




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