Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 17 de junio de 2013

CAPÍTULO DECIMOSEXTO (Parte 1/4) - Sangre de traición


          Tiró de las riendas y el caballo se detuvo con un resoplido en medio del camino recubierto de piedras sueltas, que crujieron bajo sus cascos. Ahora las podía ver claramente, cuando antes no habían sido sino meras insinuaciones doradas entre los afilados picos de la montañas y los escarpados valles y pasos por los que descendía. Ahora podía ver cómo las hogueras punteaban como flores de fuego el oscuro y estrecho valle que conducía a Nardis, brillantes, cálidas, refulgiendo suavemente en la negrura. Desde allí no parecían ser demasiadas tropas; más aún, se le antojaban frágiles, débiles en la distancia, pero la oscuridad bien podía estar enmascarando el número real de efectivos de Trión. Aún no habían llegado a Nardis, pero no podían tardar mucho en hacerlo.

          Suspiró, el aliento condensándose en frías nubes ante su rostro, etéreas como cedazos de gasa, y entrecerró los ojos, reflexivo. No, aquellas tropas no podían ser el grueso del ejército del rey humano, parecían realmente demasiado escasas, por mucho que la oscuridad reinante pudiera inducirle a subestimar su número. Lo único que tenía sentido era que se tratara de una avanzadilla. Una avanzadilla que, al día siguiente, seguramente estaría acampada justo a los pies de Nardis, disponiéndose a iniciar, tal vez, el asedio. A juzgar por el número de hogueras visibles, no serían suficientes para rodear la fortaleza, pero sí para cavar fosos y establecer un campamento a la espera de la llegada del resto del ejército. No eran buenas noticias, no con su ejército tan disperso como estaba en ese momento. El difunto Herald, finalmente, había acabado teniendo razón. En las actuales circunstancias, aquellas tropas representaban una indeseada complicación. Lhure en Eorn, Erish y Gerath a punto de llegar a Ossián… Sin embargo, en su momento todo aquello había tenido sentido, ir a la caza de los Guerreros, encontrarlos, buscarlos, matarlos antes de que fuera demasiado tarde. Ahora en cambio…
          Reda resopló, tal vez debieran hacer volver a todos aquellos hombres con rapidez. La búsqueda de los seis Guerreros de la Profecía era importante, sí, pero no serviría de nada si perdían allí la guerra, en el valle de Nardis. Chasqueó los labios. Lo más lógico sería intentar atrapar al ejército de Trión en una pinza a los pies de la fortaleza. Por un lado, los elfos negros que estaban con Gerath y los que Seindra había dejado a las órdenes de Lhure... y por el otro, las tropas que había allí mismo en Nardis. Asintió para sí. Hablaría con su hermano al respecto. Llevaba demasiados días de viaje e ignoraba las últimas noticias relativas a la cacería. Su adorado hermano no se había molestado siquiera en comunicarse con él en más de una semana, desde que le transmitiera las órdenes de volver. Muchas cosas podían haber cambiado durante ese tiempo. Necesitaba saberlo antes de tomar alguna decisión.
          También necesitaba dormir. Comenzaba a sentirse exhausto, las piernas y rodilla doloridas por las horas pasadas sobre su montura, la espalda pinzada. Lo único bueno eran las vistas del firmamento. Reda alzó el rostro hacia el cielo estrellado, brillante, sin nubes por, al menos, una noche y, levantando una mano, trató de aferrar aquellas joyas, desparramadas sobre el negro manto de Noidha. Vaciló un instante y sonrío en medio de la oscuridad cuando sus dedos se cerraron sobre el vacío. Las estrellas titilaban frías, carentes de emoción, carentes de sentimientos en aquella negrura aterciopelada. Brillaban lejos, muy lejos, llenando la bóveda del cielo. Los bakaneses pensaban que eran las almas de los muertos, que ascendían a morar entre los dioses tras fallecer. Su raza creía, en cambio, que eran las lágrimas de Noidha, vertidas en su horas de mayor sufrimiento, debido a las vejaciones sufridas a manos de Sodmeth y que llevaba engarzadas en su capa, a modo de recordatorio constante de su dolor.
          —Nuestra Diosa sufre a manos de su Dios y nuestra raza sufre a manos de sus reyes…
          Apartando la vista de las estrellas, el ánimo ensombrecido, espoleó de nuevo a su montura, adentrándose quebrada abajo hacia Nardis. La quebrada por estaba sumida en sombras aún más densas que las de la noche, flanqueada por altos acantilados de roca recubierta de humedad, hasta convertir el cielo estrellado en una tenue franja muy por encima de su cabeza, así que muy pronto tendría que desmontar y conducir de las riendas al caballo. De hecho, mejor que lo hiciera ahora mismo; el animal bien podía romperse una pata y fastidiarlo el resto del camino.
          «Yo al menos veo en la oscuridad —reflexionó mientras desmontaba y palmeaba el cuello de su corcel.»
          No podía entender cómo se las habían arreglado los humanos para sobrevivir tanto tiempo sin ser capaces de ver en la noche. Eran una raza débil, mediocre y frágil… Pero se reproducían como alimañas, eso tenía que reconocerlo. Por muchos que murieran, siempre llegarían más. Había oído de familias que tenían hasta cuatro o cinco hijos, ocho incluso. ¿Cómo podía una humana parir tantísimas veces? Aquello era más propio de animales: perros, gatos, conejos… ratas…
          «Sin embargo, es por eso que ellos son muchos y nosotros pocos —reflexionó, mientras se acercaba al fondo del valle, con una mueca amarga en los labios—. Mi hermano y yo somos una excepción, un milagro, algo fuera de lo común.»
          Reda contuvo entonces una carcajada. ¡Siempre había sabido que él era algo fuera de lo común! ¡Hasta podía considerarse que él, como hijo menor de su madre, era un milagro, alguien especial! ¡OH! Lo que había supuesto el nacimiento de sus dos hijos a Lierha. Había sido bendecida por Noidha con dos vástagos. Y no dos vástagos cualesquiera, no, sino con un mago y con el que llegaría a ser el mejor guerrero de su clan. Lo orgullosa que se había sentido su madre de él, de él y sólo de él. Del pequeño Reda, que había seguido sus propios pasos en el arte de la espada. No de Sadreg, no de su cretino y pagado de sí mismo hermano mayor. Bueno, aquello no era del todo justo, había de reconocerlo. Su madre había estado muy orgullosa también de su hermano, claro que sí. Pero es difícil amar a un hijo que sabes siempre estará por encima de ti; un hijo ante el cual te tendrás que inclinar y arrodillar. Un hijo a cuya voluntad, tarde o temprano, te tendrás que someter.
          Había sido más sencillo con él, mucho más sencillo. Por muy lejos que Reda llegara, jamás sería superior a ella. Nunca. Aunque pudiera derrotarla en combate con una mano atada a la espalda y a la pata coja. Aunque pudiera vencer con facilidad a todas aquellas mujeres guerreras de su propio clan. Aunque lo hubiera demostrado en más de una ocasión ante su madre, ante su abuela, ante Seindra, ante la mismísima reina… He ahí el punto en el que se encontraba su límite, la máxima posición social a la que un varón no mago como él podía aspirar. El límite que jamás lograría superar. Un límite que jamás le dejarían rebasar. Así eran las cosas, así lo habían sido toda su vida y así lo seguirían siendo. Durante años, se había sentido atrapado, encerrado, estancado. Ahora, tiempo después, había aprendido a lidiar con ello, a hacer las cosas a su manera. A jugar la partida de la vida con las cartas que los Dioses le habían proporcionado. Había usado a su hermano, había usado a Seindra, había usado todo lo que había caído en sus manos y, en el proceso, se había procurado incontables horas de diversión.
          El elfo negro dejó escapar una risita y alzó la vista de nuevo hacia el cielo, en un vano intento de contemplar la cima de la montaña de roca que se alzaba ahora ante él. Allí arriba, en algún lugar, Seindra aguardaba su regreso. Estaba completamente seguro de que lo hacía, aunque no fuera sino para evitar encontrarse con él en la fortaleza. ¡Oh, sí! Su ya extinta relación con la futura helfdam de los Shays-shu, no había hecho sino suministrarle horas y horas de diversión. Cuando se cruzaban, podía ver el odio en las pupilas de oro líquido de ella, casi podía beber de él. Odio donde antes hubiera pasión y deseo. Sonrió en la oscuridad de la noche. Odio, cólera, furia, rabia… sí, mejor eso que la indiferencia. La sonrisa de regocijo se resquebrajó en sus labios y desapareció junto con el brillo irónico de sus ojos rojos. Jamás había soportado la indiferencia.
          «Que me odien, que me teman, que me admiren, que me desprecien… Lo que sea, pero que sientan algo. Que sean conscientes de cada instante que pasan a mi lado.»
          Un dolor antiguo y familiar oprimió su pecho durante unos instantes. Un dolor viejo que hacía ya mucho tiempo que no sentía y que creía muerto y enterrado. Frunció el ceño y apretó los dientes, sintiendo casi ganas de echarse a reír.
          «Con que olvidado ¿eh? Enterrado ¿eh? Claro que sí.»
          Sus hombros se sacudieron levemente con el anticipo de una risa, pero sacudió la cabeza e inhaló hondo en su lugar. Estaba cansado, no pensaba ya con claridad, necesitaba una buena noche de sueño. Llevaba días viajando, casi sin descanso, para volver a Nardis en el menor tiempo posible. Pero todo se había torcido en el camino. Las últimas lluvias habían hecho prácticamente intransitable uno de los pasos subterráneos de las montañas y había tenido que aguardar a que las aguas bajaran. Luego, un desprendimiento cerca de una torrentera, le había obligado a desviarse por rutas secundarias más largas pero menos peligrosas. Durante el último día no había dormido siquiera y ahora, finalmente, las puertas de la gran fortaleza del Norn se alzaban ante él y, en lo alto, le aguardaba una cama caliente, su confortable habitación y una más que probable y aburrida charla con su hermano. Pero aquello podía esperar hasta el amanecer, o hasta media mañana, o puede que hasta después de comer.
          «Sí, más bien hasta después de comer —concluyó, ahogando un bostezo.»
La única duda que tenía era sobre si hacerle una visita sorpresa a Seindra antes o después de hablar con Sadreg. Ya lo decidiría al despertar. Lo ideal hubiera sido hacerla ahora mismo, nada más llegar, despertarla en medio de la noche y regodearse en su cara de furia, pero se encontraba demasiado agotado para ser ocurrente.
          Riendo quedamente, hizo sonar la enorme aldaba de las Puertas de los Dragones de Nardis y sacudió los dedos de la diestra, en un desenfadado saludo, cuando el vigilante nocturno abrió el postigo y le dirigió una mirada calculadora y malcarada desde el iluminado interior. Reda le guiñó un ojo.
          —Muy buenas noches, soy Reda y vuelvo a Nardis —el humano no abrió la puerta y siguió mirándolo fijamente, el ceño cada vez más fruncido—. Si deseas comprobar mi identidad, puedes despertar a mi hermano Sadreg y decirle que he vuelto, aunque no estoy muy seguro de que te lo vaya a agradecer —añadió con sorna—. Tengo el pelo blanco, la piel oscura y los ojos rojos. No soy ningún soldado disfrazado del ejército de Trión. Te dejo tirarme de las orejas, si quieres.
          Reda amplió su sonrisa y puso la cara de perfil, acercando la mejilla al postigo abierto.
          —Vamos, tira, en serio. Pero, a lo mejor, me da por agarrarte la mano y cortarte los dedos uno a uno para usarlos como cena —escupió con furia, volviendo el rostro hacia el vigilante y enseñándole los dientes.
          El hombre gruñó algo ininteligible, cerró el postigo y no tardó en abrir el portillo para flanquearle el paso. La madera crujió y los goznes chirriaron en el silencio de la noche.
          La súbita luz que se derramó en la oscuridad le hizo parpadear. Cuando sus ojos se acostumbraron, pudo ver el amplio pasillo que se abría tras la puerta, coronado por una bóveda cruzada profusamente iluminada por gemas mágicas suministradas por Zaryll. En un principio, habían intentado emplear antorchas, luego las más caras lámparas de aceite, pero la entrada a la fortaleza carecía de conductos de ventilación funcionales. Los había tenido, sin duda alguna aquella era precisamente lo que habían sido las pequeñas aspilleras del techo, pero, por desgracia, hacía ya mucho que los conductos parecían haberse embozado y colapsado. Ahora el humo tendía a acumularse allí si no se empleaban gemas de luz, haciendo el ambiente irrespirable y sofocante al cabo del tiempo. No sólo eso, sino que, además, entorpecía la visibilidad de los arqueros apostados en las estrechas galerías que había tras las paredes del pasillo. Las saeteras que jalonaban la estancia estaban ahora cerradas por pequeños postigos de madera y los pasillos de detrás desiertos. Sin embargo, ante cualquier ataque, los soldados que hacían guardia allí abajo acudirían con celeridad a sus puestos y las portillas se abrirían, convirtiendo aquel corredor en un lugar de sangre y muerte.
          «Aunque las gigantescas puertas de Nardis no serán fáciles de derribar —reflexionó Reda.»
          Pese a todo, le tranquilizaba saber que había algo como aquello tras las paredes. Por no hablar de las cámaras para fuego líquido que se abrían sobre el techo. Ese sistema de defensa era nuevo, importado del Sorn gracias a un libro de estrategia militar que Nargor había traído consigo. Habían tenido que cavar durante semanas la dura roca de la fortaleza para habilitar las salas del aceite, como las llamaban ahora, pero había merecido la pena. Cuando el pasillo de entrada a tu fortaleza permite el paso de tropas en filas de a veinte, las saeteras de las paredes resultaban del todo insuficientes contra el grueso del asalto. Ahora el acceso a Nardis estaba mejor protegido, era más seguro.
          Asintiendo para sí, Reda recorrió con la vista las tallas de las bóvedas, donde habían tenido que destruir el trabajo de olvidados artesanos para abrir los huecos por los que se vertería el aceite: árboles, hojas entrelazadas, enredaderas que se retorcían en intricados y delicados diseños arropando las tracerías cruzadas… Algunos se habían conservado, otros habían sido irremediablemente dañados y otros destruidos. El elfo negro contuvo un suspiro. Toda Nardis parecía estar esculpida siguiendo los mismos patrones vegetales. La luz de las gemas creaba extrañas sombras entre las tallas, realzando unas y oscureciendo otras. Las había visto los primeros días, iluminadas por la oscilante luz de las antorchas. En aquel entonces, el bosque de piedra había parecido casi vivo, sacudido por el viento, acariciado por la lluvia… Ahora parecía muerto, congelado en un eterno instante de belleza, pero sin vida. Cuando todo acabara, cuando la guerra hubiera terminado, Nardis sería suya. Se la había pedido a su hermano, esa era la única recompensa que había solicitado, enamorado de la belleza de sus tallas, de sus rocas negras, de sus luces y sombras, desde el primer día que las viera. Entonces, tal vez, habilitaría las viejas galerías de ventilación, colocaría antorchas en las abrazaderas de las paredes y bajaría allí todos los días para tan sólo tumbarse en el suelo y contemplar los relieves de la roca mecidos por la luz.
          —¿Te vas a quedar ahí toda la noche, elfo? —Le espetó el soldado que le había abierto la puerta—. Pasa de una vez y déjame cerrar. Estamos en guerra ¿sabes?
          Reda le sonrió con frialdad.
          —Es mejor que no me provoques, escoria —contestó con tono helado, conteniendo las ganas de golpearlo—, estoy demasiado cansado hasta para matarte. Además, mancharme hoy de sangre me agriaría el buen humor, pero mañana… mañana puede que ya me encuentre mejor.
          Tirando de las riendas de su montura, condujo al corcel hacia el fondo del corredor, donde comenzaban las grandes rampas y escaleras que le llevarían a lo alto de la fortaleza. Riendo entre dientes ante la inquieta expresión que había aflorado a los ojos del humano, se dio cuenta de pronto de que, pese a todo, sentía que había vuelto a casa. No Yshierd-dhan en el lejano Norn… No. Aquella fortaleza encumbrada sobre el mundo, Nardis, se había convertido en su hogar.




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