Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

¿Eres nuevo? ¡Bienvenido! Empieza a leer "Sueños de Dragón" AQUÍ

¿Tines problemas para recordar quién es quién? ¡He aquí la solución! Mira el GLOSARIO

Y si tienes más problemas aquí están el MAPA y las TRADUCCIONES

Ya a la venta en papel y ebook "Sueños Rotos", relato corto de ciencia ficción: AQUÍ


jueves, 13 de junio de 2013

CAPÍTULO DECIMOQUINTO (Parte4/4) - Sombras élficas

 

          El terreno caía en una empinada ladera a la izquierda del camino, hacia una profunda garganta cubierta de árboles. Más adelante la ancha senda, que serpenteaba a lo largo del flanco derecho de las montañas, desaparecía tras un mellado pico de roca gris. La sucia nieve se extendía en un sinuoso dedo helado hasta la rocosa vera del pico, cubriendo parcialmente una brecha de bordes afilados que pronto dejarían atrás. En la cara norte de los grandes bloques de piedra que jalonaban la pendiente también podía verse, de vez en cuando, un montoncito blanco y frío con la parte superior ennegrecida. Del otro lado de la garganta, las desnudas cumbres se elevaban hacia el encapotado cielo como el desgastado filo de una espada que hubiera visto muchos combates: lleno de muescas y estrechas quebradas por las que, en ocasiones, saltaban brillantes torrenteras hacia el fondo del valle. El aire era seco y frío, punzante, cortaba el aliento en albos girones y hacía que fuese doloroso respirar.

          Areshienne se frotó las enguantadas manos, intentando calentarlas aunque sólo fuera un poco; pero la tibieza escapaba de ellas en cuanto las volvía a colocar en el regazo o se agarraba a las abrazaderas de acero de su lado del pescante. El carro se sacudía de forma horrible de vez en cuando, obligándola a un permanente estado de alerta. Nunca se atrevía a soltarse durante demasiado rato, ni siquiera para hacer circular la sangre por sus helados dedos. Por encima del traqueteo metálico de las ruedas, podía oír el de los cascos de los caballos del ejército contra las piedras del camino y los gritos de los hombres a su alrededor. Cada cierto tiempo, un corcel con un fuerte olor a metal y aceite, pasaba a su lado, por la cara interna del abrupto sendero, y la saludaba cortésmente. En ocasiones, era su propio esposo el que inspeccionaba las tropas. Entonces, se detenía un rato y cabalgaba a su lado un corto trecho.
          La joven reina se estremeció y se ciñó más la gruesa capa con reborde de piel, ocultando los brazos bajo la prenda. Una de las ruedas del carro rebotó por encima de una piedra de gran tamaño. Areshienne perdió el equilibrio, se tambaleó hacia atrás y manoteó, asustada, en busca del asidero del pescante. Una mano fuerte y firme la agarró del brazo, ayudándola a sostenerse y guio su mano hasta la agarradera de metal.
          —Un poco más abajo… Eso es, majestad —el conductor del carro la soltó con suavidad y el látigo chasqueó en el aire por encima de los caballos—. ¿Os encontráis bien, mi reina?
          Areshienne sacudió afirmativamente la cabeza, incapaz de emitir sonido alguno. El corazón le latía con violencia en el pecho y tenía los nudillos blancos por la tensión con que se aferraba al pescante, estaba segura. Por fortuna, sólo había sido un susto. Eso sí, de ahora en adelante pasaría frío, pero no volvería a soltarse del pescante. Poco a poco, aflojó los dedos agarrotados, intentando controlar de nuevo su acelerada respiración. Con movimientos lentos, aun temblorosos, se alisó con la mano libre la falda del raído vestido con nerviosismo. No los veía, pero podía sentir la tela desgarrada bajo sus dedos, aun con los guantes puestos, algunos de ellos le llegaban casi hasta las rodillas. Por suerte, las sucesivas capas de tela que le habían puesto sus doncellas por debajo del vestido la protegían parcialmente del intenso frío. Esta mañana Trión había logrado convencerla, finalmente, de que se pusiera unos pantalones debajo de todas ellas. No podía decir que lo lamentara.
          Haciendo crujir los guijarros bajo su paso, un caballo se aproximaba proveniente de la retaguardia del enorme ejército. La mujer inclinó la cabeza a un lado, agarrándose al asiento, cuando el carro la zarandeó otra vez al cruzar una hondonada. Sonrió cuando llegó hasta ella un suave olor a aceite de pulir armaduras, mezclado con otro olor menos intenso pero que ella conocía muy bien.
          —¿Trión? —sus ojos ciegos vagaron hacia ambos lados en busca de su esposo.
          Un dedo envuelto en tela rozó por un segundo su mejilla, antes de apartarse de nuevo con un vaivén del carro y volver a acariciarla con ternura instantes después.
          —Estoy aquí —respondió una voz, un poco por encima de su cabeza.
          La sonrisa de Areshienne se ensanchó al tiempo que dirigía sus ojos hacia el punto del que provenía la grave voz del rey de Bakán.
          —¿Va todo bien?
          —Majestad —saludó el hombre que conducía el carro a su lado y luego gritó, azuzando al tiro cuesta arriba. Los caballos relincharon, elevando blancas nubes de vapor sobre sus cuerpos, arrastrando el pesado vehículo cargado de provisiones.
          Trión ar Erentyll le devolvió el gesto y aflojó las riendas de su corcel de pelo oscuro para ponerlo a la par que el carro.
          —Podrían ir mucho mejor, querida —comentó luego—. No he recibido noticias de la avanzadilla, ninguna desde hace una semana —añadió en un gruñido. La joven reina intuyó que se estaría frotando la barbilla con preocupación, siempre lo hacía—. Y eso no me gusta. Hace ya dos días que tendrían que haber vuelto los mensajeros que envié y no ha sido así. Eso me gusta menos aún. No me gusta nada —repitió, sumiéndose a continuación en el silencio.
          Areshienne se mordió el labio con angustia. Había notado a Trión taciturno anoche y más aún esta mañana. Realmente no parecían buenas noticias. Respiró hondo e intentó sonreír pese a la preocupación y al cansancio que le agarrotaba los músculos de viajar en aquel incómodo pescante. Si él la veía animada se quitaría un peso de encima. Sabía de sobra que, aun cuando no lo demostrara, esa era otra de sus constantes preocupaciones.
          Él había insistido en que debía quedarse en Ossián, era ella la que no había querido hacerlo, atenazada por una horrenda premonición. Al final, Trión había cedido a sus demandas; el precio a pagar había sido su constante preocupación por ella. Pero ella no estaba mal, si bien él se resistiera a creerlo. Bueno, un poco dolorida sí, lo reconocía, pero eso era normal cuando viajabas desde el amanecer hasta el anochecer en el pescante de un carro que no deja de bambolearse y saltar con cada piedra del camino. Trión tenía que comprender que no podía estar pendiente de su bienestar, a todas horas, cuando había importantes asuntos de estado de los que ocuparse. Tenía que entender que podía valerse por sí misma y que, en caso de necesitarla, cualquier miembro del ejército estaría más que dispuesto a proporcionarle su ayuda. Además, también estaban sus doncellas, valientes sacerdotisas de Tyrsha que se habían ofrecido a realizar esa labor ahora que estaban lejos de la corte. Él era el rey y, aunque la conmovieran profundamente sus muestras de afecto y preocupación, su principal labor era la de conducir un ejército a la guerra, a Nardis, y no el cuidar de ella. Ya tenía suficientes problemas. Pero ¿cómo hacérselo entender? ¿Cómo hacerle entender a aquel cabeza dura que existían cosas más importantes de las que encargarse? Suspiró.
          —Y vos, mi reina ¿estáis bien?
          ¡Helo ahí! Estuvo a punto de echarse a reír.
          —Sí, Trión, no os preocupéis —respondió con una sonrisa—. Maese Kester cuida de mí y lo hace muy bien, por cierto.
          A su espalda, el conductor del carro tosió intentando ocultar su turbación. Podría jurar que hasta se había puesto rojo.
          —¿Qué creéis que puede haber pasado con lo de la avanzadilla? —continuó Areshienne, cambiando de tema con la mayor naturalidad que pudo.
          —No lo sé —respondió Trión con un suspiro, tal y cómo esperaba aquello lo distrajo de su persona—. ¡Nada! ¡Todo! Estoy pensando en enviar más mensajeros al norte. Por si los otros chicos han tenido un accidente, una avalancha de rocas, un caballo cojo, lo que sea.
          El carro dio otro bandazo y se vio obligada a tensar los brazos, sacudida de un lado a otro, para permanecer sobre el asiento. Uno de los mechones de su cabello dorado se soltó de la trenza, que se bamboleaba a su espalda, y le rozó la mejilla enrojecida por el frío.
          —Lo que más temo es una emboscada —acabó confesando Trión—. Ninguno de los exploradores que patrullan a diario ha informado aun de ningún avistamiento de tropas enemigas. Ni en los pasos, ni en los bosques, ni en los vados de los ríos. Pero eso no quiere decir que los caminos sean seguros. Dos hombres solos… —vaciló—. No lo sé, Areshienne. ¡Y por Moses que eso me molesta!
          —Bueno —intervino ella—. Pensad al menos en que, si le hubiera pasado algo realmente grave a la avanzadilla, hubiéramos encontrado señales de lucha en el camino. Vos mismo me habéis repetido muchas veces que tras una batalla siempre quedan restos. Es más, hasta ahora hemos visto, de vez en cuando, las hogueras de sus campamentos montaña arriba. Tal vez, la ausencia de noticias no sean malas noticias.
Trión rio bajito, pero su voz se tornó repentinamente seria.
          —Pese a todo, Areshienne, tendría que haberme llegado alguna noticia, alguna confirmación de las órdenes que envié. Eso no es normal y estoy preocupado. Además, los exploradores no han visto últimamente, ni un sólo soldado de Nardis, ni uno sólo. Y eso es más raro aún teniendo en cuenta dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos.
          Escuchó cómo el hombre suspiraba. Parecía estar muy cansado hoy. El caballo avanzaba a su lado, podía oír su respiración, oler el aroma almizclado de su pelaje.
          —De quien sí hay noticias es de Selam —añadió entonces su esposo, haciendo que su corazón se encogiera—. Su último mensaje ha llegado hoy, hace apenas unas horas. Saldrá de Ossián antes de la luna nueva, el día antes, con toda probabilidad. Aseguraba que todo iba bien.
          La reina de Bakán asintió aliviada. Al menos algo que sí salía según lo previsto. La cálida mano de Trión se posó sobre la suya unos instantes, tranquilizadora.
          —Ahora he de irme. Tengo asuntos que atender, volveré en cuanto pueda.
          Inclinándose peligrosamente sobre el lomo del corcel, se agarró a la abrazadera del pescante con dificultad y depositó un suave beso en sus labios.
          —Cuidaos, Trión —musitó la joven en su oído.
          Espoleando al animal con una seca voz, se alejó camino adelante, todavía preocupado, podía sentirlo. Sacudió la cabeza con pesar y, alzando el rostro hacia el cielo, rogó a los Dioses porque los dos mensajeros que había enviado su esposo estuvieran bien. El carro siguió sacudiéndose pendiente arriba, cada vez más cerca del pico gris coronado de nieve.


          El suelo estaba enfangado por las constantes lluvias y las huellas, o al menos la mayor parte de ellas, habían desaparecido bajo una capa de viscoso lodo marrón. Las turbias aguas del lago alcanzaban casi el pedregoso borde del camino, anegando los campos de rala hierba verde circundantes. Raquíticos árboles moribundos, de húmeda y brillante corteza, y desnudas ramas retorcidas, que pendían sobre la opaca y ondulante superficie, asomaban del agua oscura. Patéticos, tenebrosos, como extrañas figuras humanoides tratando de salvarse de morir ahogadas, intentando, en vano, alcanzar la enfangada orilla.
          Una de sus ajadas botas se hundió profundamente en uno de los charcos tapizados de limo que había en mitad de la calzada. Arrugó sus finos labios en una mueca de repugnancia, mostrando más aún los grandes colmillos amarillentos, y gruño. Los pintones que venían tras él retrocedieron un paso. Arrodillándose sobre las embarradas piedras resquebrajadas, acercó su chato rostro al camino, para mirar de cerca lo que parecía ser una pequeña depresión en el barro con un charquito en su centro. Org frunció el ceño, la mano derecha descansando en uno de sus muslos; las largas cuchillas atadas al dorso brillando mortecinas a la luz del día. Sus ojos se alzaron de nuevo y recorrieron, escrutadores, el horizonte difuminado en la neblina, luego volvió a bajar la vista con otro gruñido. Se rascó con furia uno de los orificios de la bulbosa nariz, con un dedo mugriento, y escupió a un lado.
          —Morgarich —llamó, poniéndose en pie.
          Con unos chasquidos sibilantes, el wyrm, que bebía ávidamente en la enlodada orilla, se tambaleó hacia él caminando de forma insegura sobre los cuartos traseros, el grácil cuello inclinando en un arco hacia adelante. La larga cola, acabada en un afilado espolón, se agitó a su espalda como un látigo, alzando chispas de agua al golpear el empapado suelo. La criatura chirrió una vez más, chasqueó su mortífero pico un par de veces y batió las alas entreabiertas a ambos lados del cuerpo para mantener el equilibrio al caminar.
          Org se acercó a su montura y trepó a la silla atada en su cruz, justo en el nacimiento de las alas.
          —Vorgsorgtros sregid el cragmino —ordenó, señalando el neblinoso horizonte. A continuación palmeó el cuello de la criatura y la bestia batió las alas con fuerza, elevándose hacia el cielo con un poderoso salto.
          El pintón maldijo con un gruñido. El humano del arco se les había escurrido como una maldita sabandija de entre las manos. Había sobrevivido al Espectro de Gringa, había vuelto hacia el Sorn, había retomado el camino que cruzaba la Región de los Mil Lagos. Ni siquiera el veneno de sus flechas lo había matado. Y ahora Sadreg y lord Zaryll estaban furiosos, furiosos con él. Pero no iba a volver a escapar. Antes de que las lluvias las borraran, las huellas habían guiado sus pasos hacia la región de los Mil Lagos. Las habían perdido a las afueras de Gringa, de acuerdo, pero las habían vuelto a encontrar en la vía principal que cruzaba la zona de los lagos. Las habían perdido y encontrado intermitentemente durante varios días desde entonces. Pero ahora la lluvia hacía casi imposible saber hacia dónde se dirigía el rastro, si continuaba hacia el Orn o bien se desviaba hacia el Sorn. Esperaba poder ver algo desde arriba. Lo que sí tenía claro era que, ahora que habían dejado atrás el Cahir ar Lunn, ya no cabía preocuparse por ningún ataque armado sobre sus tropas. Ese peligro estaba superado, al menos.
          Sus garras se clavaron con demasiada fuerza sobre la coriácea piel del wyrm y este chilló, dando un furioso bandazo en el aire. Combó luego las alas sobre una corriente de aire descendente y se dejó caer de lado a través de una translúcida seda de nubes. El viento silbó en sus oídos, picándole en el rostro y obligándole a entrecerrar los ojos. Los girones de sus harapientas ropas chasquearon con violencia a un lado. Tras un desequilibrado vaivén, la bestia alada planeó a gran velocidad, recta como una flecha, hacia el Orn. Bajo el cuerpo de la criatura, la pálida calzada describía una amplia curva hacia el Sorn, bordeando el brazo más occidental del lago desbordado. Una estrecha franja de cenagosas aguas cruzaba de lado a lado las grandes piedras del camino para, a continuación, derramarse pendiente a bajo en dirección a los lejanos bosques. La mortecina luz solar arrancaba pequeños destellos plateados de la corriente, allá a lo lejos. Entonces, una mancha oscura de reducido tamaño los ocultó durante unos instantes y, a continuación, siguió moviéndose en dirección oeste con paso lento. Ahí estaba. Un solitario jinete en medio de aquella desolación. No muy lejos. No lo suficientemente lejos, al menos.
          Una suave risa gorgoteante, que pareció brotar de las profundidades de su garganta, sacudió los hombros de Org con unos espasmos entrecortados. ¡Ahí estaba por fin! De forma precipitada hizo que Morgarich diera media vuelta y descendiera con rapidez al encuentro de sus tropas. Trazando espirales, cada vez más cerradas, en el cielo, el wyrm perdió altura. El aire era más cálido y húmedo allí abajo. La horda de pintones corría con cierta dificultad sobre aquel resbaladizo suelo cubierto de fino barro. Sus filadas y curvas garras, que normalmente se clavaban un poco en la tierra ayudándoles a caminar, no encontraban ahora asidero en aquella enlodada y dura calzada. Sobre aquel terreno no podían correr, no podían cazar. Tendrían que ser pacientes.




 

No hay comentarios:

Publicar un comentario