Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 10 de junio de 2013

CAPÍTULO DECIMOQUINTO (Parte 3/4) - Sombras élficas


          Llewlyn extendió ambas manos ante sí para parar el golpe contra el suelo y ahogó un grito de dolor cuando uno de los afilados eslabones de acero se le clavó en la palma de la mando derecha, cortando la blanda carne. Unas gotas de sangre resbalaron por su muñeca hasta caer sobre las negras losas de la sala. Antes de que pudiera reaccionar, alguien a quien no pudo ver, debido a las densas tinieblas que olían como el interior de un túmulo antiguo, la levantó de malos modos y la arrojó contra el resto de sus compañeros. El hombre que la agarró se tambaleó por el impacto, pero no llegó a caer. La ayudó a tenerse en pie y la miró a los ojos intentando infundirle ánimos con una temblorosa mueca, que quería ser una sonrisa.
          —Gracias —logró articular, tragando saliva.
          El hombre tenía que estar forzosamente tan aterrado como ella, pero la sostuvo pese a todo, la sonrió pese a todo. Ella sólo ansiaba tirarse al suelo y rogar a Tyrsha porque le fuera otorgado el valor suficiente para luchar, para morir, intentando huir de allí. Sin embargo, el valor parecía esfumarse por momentos, tenía frío, temblaba de miedo y frío. Esperaba que sus captores sólo percibieran su frío. Por eso mantenía la cabeza alta, por eso miraba a los ojos a aquella furcia elfa. No quería darles la satisfacción de que la vieran flaquear.
          Los candelabros de la sala se encendieron de pronto, con un fogonazo amarillo, haciéndole dar un respingo. Llewlyn giró a medias sobre sí misma, parpadeando cegada por el resplandor, los ojos cubiertos parcialmente por el antebrazo. La herida de la mano le dolía y no dejaba de sangrar. El elfo alto, el que llevaba un cristal blanco colgado del cuello, estaba muy cerca, con la mirada perdida en algo que sólo él parecía poder ver. La mujer se descubrió con unas increíbles ganas de escupirle en la cara, golpearle con fuerza la entrepierna y, una vez en el suelo, patearle la cabeza hasta que los sesos le salieran por las orejas. Le recordaba, era el bastardo que la había señalado en las prisiones, acompañado por aquella bruja de túnica gris. La que, con aquellas putillas suyas que reían entre dientes, le había hecho algo al viejo Soren hasta convertirlo en una masa convulsa y llorosa.
          «¡Así Yshaunn les calcine los huesos hasta el mismísimo tuétano!»
          Aún podía oír los gritos de Soren martilleándole los oídos. Se había orinado encima, había suplicado, había rogado que dejaran de hacerle lo que fuera le estaban haciendo. Luego había gritado durante horas seguidas, alaridos cada vez más fuertes hasta que dejó de poder hacerlo, hasta que su garganta pareció quedarse en carne viva y enronqueció. Hasta que un brillo de locura vidrió sus ojos. Hasta que pareció dejar de ver lo que tenía delante. Las tres serpientes elfas ni lo habían tocado, eso era lo que más la aterraba. Ni tan siquiera le habían puesto un dedo encima, salvo para atarle a aquellos dos postes metálicos de las prisiones. Sólo lo habían mirado, durante horas. Una incluso se había llegado a masturbar delante de todos mientras Soren aullaba. Había sido aterrador, había sido repugnante. Llewlyn se estremeció.
          Entonces apareció él, Zaryll, el mago negro. Se detuvo unos instantes junto al bastardo elfo, intercambió algún comentario con él y luego se adentró en la sala, aferrando aquella monstruosa espada azabache.
          —¡Hijo de puta! —el corazón le dio un vuelco al ver cómo el hombre que antes la sostuviera, un soldado de cabello pajizo, empezaba a cargar de pronto, como un loco, contra el recién llegado—. ¡Bastardo!
          Uno de los soldados le golpeó fuertemente con la empuñadura de su espada en la cara, lanzándolo al suelo. Al caer, gimiendo de dolor, la arrastró consigo, al igual que al hombre corpulento que tenía al otro lado. Temblando de la impresión se puso en pie y ayudó al otro soldado a hacer lo mismo. Aunque le sangraba profusamente la nariz, parecía dispuesto a volver a cargar. Lo agarró con fuerza del brazo.
          —¿Quieres que te maten? —susurró en su oído.
          El hombre la miro, había terror en su mirada, parecía haber perdido de pronto todo el aplomo y seguridad con que antes la sonriera.
          —Es lo que van a hacer, maldita sea, es lo que van a hacer de todos modos —balbuceó, la saliva y la sangre resbalando por su mandíbula—. ¿Es que no ves cómo nos miran?
          Llewlyn miró de reojo, entre el revuelto cabello, a Zaryll; y la forma en que este los observaba le produjo, en efecto, náuseas de terror.
          —Colocadlos en círculo y soltadlos —escuchó cómo ordenaba con voz fría, carente de emoción, como si no fueran seres humanos, como si no fueran más que ganado.
          «Al fin y al cabo, seguramente, eso es lo que parecemos aquí desnudos, malolientes y encadenados. Animales.»
          Tirando violentamente de las cadenas, los obligaron a rodear el extraño símbolo grabado en el suelo de mármol negro. Uno de los guardias le colocó una daga en la base del cuello y otro le quitó los grilletes de los brazos. Durante unos instantes pensó en forcejear con el soldado que tenía a su espalda, clavarle el codo en la ingle, arrebatarle la daga y tratar de salir corriendo. Pero no había lugar al que huir, antes mejor emplear aquella daga contra sí misma. Antes de que la apresaran de nuevo, antes de que la devolvieran a las prisiones con aquellas elfas de ojos fríos. Además, la furcia elfa estaba allí, observándola, con aquella media sonrisa en los labios.
          «Y qué importa nada. Me van a matar de todos modos ¿no? Por eso nos han traído aquí. Sería mejor morir luchando, preferiría que me mataran intentando escapar.»
          Sobreponiéndose al miedo, tensó los músculos, dispuesta a saltar en el mismo instante en que los soldados elfos se alejaron… y se encontró incapaz de moverse. El elfo de los ojos violeta estaba canturreando en voz baja. Llewlyn quiso gritar, pero un nudo en la garganta, un nudo de lágrimas de odio e impotencia amenazaba con asfixiarla. Un conjuro. ¡Sólo podía ser un maldito conjuro!
          «Tyrsha, ayúdame. Por favor, oh Dioses… ¡Oh Tyrsha! Ayúdame —un gemido brotó de lo más profundo de su estómago, un sollozo quedo y gutural—. Tyrsha, mi camino, mi luz, arrópame…»
          Abrió mucho los ojos, intentando contener la oleada de pánico que comenzó a ahogarla. No encontraba allí ningún indicio de la presencia de la Diosa. Estaba sola. ¡Por primera vez en veinte años estaba sola! Ella siempre había estado allí, desde que se convirtiera en sacerdotisa, en una esquinita de su consciencia, una presencia cálida, fortalecedora. Sin embargo ahora… ahora no había nada. No había nadie allí.
          Con un ruido de cadenas, los seis soldados abandonaron la oscura sala llevándoselas consigo. La esfera de luz que brillaba en el exterior, fuera de su vista, se apagó con un leve parpadeo. La puerta se cerró con un seco chasquido sin que nadie interviniera, incrementando las sombras de la sala. Llewlyn sintió que se asfixiaba. La falta de luz, de aire, el frío, las tinieblas, los gruesos y blancos cirios en sus candelabros de plata que ardían sin consumirse, le robaban el aire de los pulmones, el calor del cuerpo. Los músculos le dolían; las heridas del rostro y los cortes de las muñecas le escocían como si hubieran echado sal sobre ellos. Un sudor frío le bañaba los costados, la espalda y las palmas de las manos. El miedo, el pánico la estaba devorando, poco a poco, arrebatándole cada brizna de quién era. Su Diosa no estaba allí, su Diosa no estaba con ella. Jadeó intentando recuperar el aliento.
          Zaryll sorteó entonces el círculo de prisioneros y se colocó en el centro del símbolo grabado en las negras piedras del suelo. Giró sobre sí mismo, recorriéndolos a todos ellos con ojos fríos y sin apenas fijarse en ellos. Cuando los ojos del traidor se cruzaron fugazmente con los suyos, tan sólo encontró un vacío abismo negro y rojo sucio, que hizo que el estómago se le agarrotara. Su mirada se desvió al amasijo de oscuridad que portaba en las manos y que se retorcía como un nido de culebras empapadas en sangre.
          Gritó.
          El mago negro sumergió sus manos en el amasijo de serpientes ensangrentadas y lo alzó hacia el techo. La sangre comenzó a manar allí donde las áspides mordían su carne una y otra y otra vez. Resbaló por sus manos hasta las muñecas y de ahí cayó al suelo en cintas húmedas, relucientes.
          —Rets nouru ut salan-men, non aram ther-a-lhon. Rets atheo a shin dheo u ligh…
          La espada, las serpientes, brillaron en la oscuridad. Un destello. Se apagó. Un nuevo destello de rubí. La sangre empapaba ya el bajo de la túnica de Zaryll, manchaba sus amplias mangas, sus antebrazos eran de color rojo plateado. No podía apartar los ojos de la sangre. ¡Tyrsha sagrada! Los labios le temblaron en una muda plegaria.
          —…In dherg, min cala no lhon-in-shey. Righ farath shoura-re …
          Soltó el arma ante ellos, en medio del círculo. Llewlyn la observó cambiar de forma, flotar, absorber oscuridad, absorber la sangre del suelo. Palpitar como un corazón. Lento pero fuerte. Las serpientes se habían ido, ahora sólo queda la sangre y la hoja negra que latía como un corazón. Como un corazón enorme y lento.
          —…rou len, Noidha, in deru-far, shein alan-mei mai-si lan theru allendhar…
          Un fuerte dolor convulsionó su cuerpo, partiendo de sus entrañas. Un dolor como el que nunca había sentido, en el bajo vientre, en el abdomen, trepando por su columna. Contuvo las ganas de gritar con los dientes apretados.
          La espada palpitó de nuevo…
          El joven de cabello pajizo gritó a su derecha, alzando las manos para arañarse la garganta, intentando arrancársela con las uñas. La sangre comenzó a brotar. Un ramalazo de dolor la sacudió de nuevo, proveniente del vientre. Esta vez, su alarido se confundió con el del resto de prisioneros. Aun con los ojos llenos de lágrimas pudo ver cómo la sangre del suelo se tornaba azabache con el siguiente latido de la espada.
          La inmovilidad que la atenazaba se esfumó de pronto. Incapaz de sostenerse en pie, Llewlyn cayó al suelo de rodillas, rodeándose el estómago con los brazos. Le dolía como si le estuvieran retorciendo un montón de hierros al rojo en el interior. Algo le golpeó las entrañas… desde dentro. Sintió náuseas.
          La espada palpitó…
          Doblándose sobre sí misma, vomitó en violentas arcadas, lágrimas en sus ojos, dolor en su vientre. Su mano derecha se crispó en torno a su cintura y apoyó la izquierda en el suelo, para no caer sobre su propio vómito. Era sangre, sólo estaba vomitando sangre, cantidades ingentes de sangre que se unieron a la que ya había sobre el suelo. Los músculos se le acalambraron. Tenía ganas de llorar, de gritar, pero, había tanta sangre en su garganta, que si no la echaba iba a ahogarse.
          La espada palpitó…
          Una nueva arcada, más fuerte que las anteriores. El estómago le dolía más y más y más. El brazo le falló cayó de bruces al suelo, sobre la sangre. Pero no olía como sangre, tenía un olor acre, pegajoso, dulzón, que la hizo vomitar de nuevo.
          La espada palpitó y ahogó cualquier otro sonido en su mente que no fuera la de aquel gigantesco corazón latiendo con lentitud…
          Un dolor agudo laceró todos y cada uno de sus músculos. Horrorizada, entre las lágrimas, contempló cómo su mano perdía movilidad y la piel se retorcía como llena de gusanos.
          La espada latió…
          Los huesos le ardieron, parecían fundirse en su interior. Parpadeó. Sólo veía sangre ahora, por todas partes, en sus manos, en el suelo, en el aire…
          La espada comenzó a latir a mayor velocidad, al ritmo de su corazón, podía sentirlo, podía sentirla la tiendo a su alrededor, dentro de ella. Pu-pum… pu-pum… pu-pum…
          El dolor que sentía se incrementó, una violenta punzada en su antebrazo, como si se lo estuvieran arrancando. Intentó gritar pero no pudo. Un líquido cálido y dulzón le llenaba la boca, resbalaba por su garganta y barbilla en finos regueros. Se estaba atragantando, tosió confusa, escupiendo sangre. Su visión se aclaró. Había algo delante de ella, algo blancuzco entre la roja sangre. Algo que había escupido al toser… Un trozo de carne. Horrorizada sus ojos se clavaron en su brazo… justo en el punto donde un faltaba un gran pedazo de carne que… ella…
          Aulló aterrada; gritó una y otra y otra vez, la sangre en su boca, la carne en su boca, su propio brazo… Tan dulce…
          La espada latió…
          No podía dejar de gritar y al mismo tiempo no brotaba sonido alguno de su garganta. Sus ojos vagaron de un lado a otro febriles, nublados de nuevo por una inmensidad roja y negra. Un fuego frío y, al mismo tiempo, ardiente la desgarraba por dentro, el brazo le dolía cada vez más. Sangre de nuevo en su boca, también algo sólido. Masticó, tragó también el líquido, cálido, con sabor a hierro. Se sintió mejor.
          La espada palpitó con un halo de negrura…
          Su vista se aclaró y, con un último atisbo de lucidez, contempló la carne de su brazo desgarrado hasta el codo. No veía ningún hueso, todo estaba lleno de sangre, sangre verdosa y roja. Quería más, le aterró descubrir que quería más, quería seguir comiendo, devorándose a sí misma…
          La espada latió… una… dos veces…
          Su aullido de terror, de ansia, de hambre, se elevó por encima de las sombras de la sala, inhumano, bañado de sangre y dolor.
          —Igh, Noidha! Iero mai-si cala.
          La espada cayó al suelo con estruendo.


          Seindra tragó saliva de forma convulsa, pasándose una temblorosa mano por la frente brillante de sudor. Tenía la garganta agarrotada y al tragar unas punzadas le recorrieron el pecho. Su piel había adquirido un tono gris ceniciento, más blanco en las mejillas, perfilando las oscuras cuencas de sus ojos muy abiertos. Con todo el peso de su cuerpo cargado contra la pared, contuvo las ganas de salir corriendo de allí. Había sido su decisión y no pensaba dar la impresión de lamentarlo ahora… no más de la cuenta al menos. Ver sucumbir a la sacerdotisa no le había reportado el placer esperado. Observar cómo se había devorado a sí misma… Bajando la vista hacia el suelo con un gran esfuerzo, respiró hondo en un intento de contener las náuseas. Pero el olor a sangre, a muerte, llenó su garganta y la bilis subió desde su estómago. Tragó. Se obligó a tragar. Notaba un entumecimiento frío en la parte de atrás de los brazos y en los hombros. Los dientes comenzaron a castañearle de forma descontrolada.
          Algo aleteó al borde de su visión y no pudo evitar alzar el rostro de nuevo y mirar. Se arrepintió en el acto.
          No estaban allí y sin embargo sí lo estaban. Meras Sombras. Más nítidas siempre y cuando se las mirara por el rabillo del ojo. Siluetas que recordaban a figuras humanas, quizá translúcidas, quizá no. Miembros negros, enjutos, demasiado sólidos para tratarse de sombras, mas sin llegar a serlo del todo en ningún momento. Casi parecían flotar a unos palmos sobre el suelo, o tal vez enterraran sus pies en la negra roca… La oscuridad en que consistían sus cuerpos cambió de pronto de forma, volviéndose más densa, prácticamente visible sin la necesidad de entrecerrar los ojos. No emitían sonido alguno, cambiaban constantemente de aspecto, ora más altas, ora más delgadas, casi hasta extremos imposibles. Tampoco se movían del lugar donde habían sido creadas, tan sólo miraban a Zaryll que, arrodillado en el centro de la estrella de cinco puntas grabada en el suelo, intentaba ponerse en pie.
          La joven elfa negra contuvo el aliento y apartó la vista, buscando a Sadreg. El mago estaba al otro lado de la puerta, a la derecha, tratando de ocultar el ligero temblor de sus manos. No parecía afectado más allá de eso, pero era una señal.
          «Después de todo —se dijo Seindra abrazándose con un horrorizado estremecimiento—, él es un helfshard y esto sólo ha sido magia. La magia más horrorosa que he contemplado nunca, pero él habrá tenido que ver y hacer lo mismo en muchas otras ocasiones. Pese a todo… no parece que sea fácil para él. Para nadie.»
          Zaryll había logrado levantarse con ayuda de la espada. Apoyado en ella, con las manos cerradas con tanta fuerza en torno a la cruz que tenía los nudillos blancos, se tambaleaba de manera apenas perceptible.
          Al darse cuenta de que llevaba un rato sin respirar, boqueó alarmada con un ardor en los pulmones. Las náuseas reaparecieron con mayor intensidad, el aire tenía un fuerte tufo dulzón, acre y amargo, empalagoso, hedía a vómitos, a sangre, a sudor rancio, a cera caliente… Tenía que salir de allí, tenía que alejarse de aquella sala…
          —Sadreg —la voz del mago humano sonó ronca y apagada—, abrid la puerta.
          En cuanto la puerta se abrió, el frío y cortante aire de la noche entró a raudales en la sala, portando consigo un dulce olor a humedad y a pino. Seindra lo aspiró hondo, como si se fuera a acabar, como no hubiera respirado algo tan maravilloso en toda su vida y se precipitó al exterior con un aleteo de su manto gris. El viento le agitó los largos cabellos que se habían soltado de la trenza y enfrió el sudor de su rostro, haciendo que sus náuseas remitiesen. Hacía frío, sí, pero ya no la rodeaba aquella opresiva oscuridad de la Sala de Invocaciones. El aire olía a limpio. Con un suspiro aliviado, se recostó contra la pared mientras la brisa nocturna resbalaba por su cuerpo y su garganta, llenando su pecho y llevándose consigo el pegajoso sabor dulce y metálico que tenía incrustado en la boca. Alejando también el olor que impregnaba sus ropas. Hasta la oscuridad era allí más limpia, menos malsana; las estrellas titilaban entre las nubes más allá de la ventana. La luna aun tardaría en salir.
          Zaryll salió tambaleándose tras ella, los huesos marcados bajo la pálida y tensa piel. Había sombras azuladas en torno a sus labios y sus ojos. Tenía los negros cabellos empapados de sudor y le caían, lacios, sobre los hombros encorvados. Estaba agotado, exhausto. Arrastraba la espada.
          Sintiéndose algo culpable, Seindra no pudo evitar alegrarse. Un día más de margen, un día ganado antes de tener que dar explicaciones. Antes de afrontar las consecuencias de su decisión. Observó, en silencio, cómo el mago se encaminaba con paso inseguro hacia la puerta que conducía a la escaleras, dejando un húmedo y reluciente rastro de sangre tras de sí, allí donde el bajo de su túnica rozaba el suelo.
          —Lim… limpiadlo —le escuchó balbucear, dio un traspiés y estuvo a punto de caer al suelo, su hombro chocó violentamente contra el vano de la puerta—. Vos, Sadreg… —casi sin resuello, se giró hacia el helfshard con un brillo febril en la Mirada.
          «¡Sagrada Noidha! —Seindra se llevó una mano al vientre, espeluznada, conteniendo un jadeo—. Ni siquiera parece verle.»
          —Encar… —Zaryll cerró los ojos, la voz se le quebró—. Encargaos de eso. Man… Sombras… los… lagos. Al Eorn…
          Sus manos lucharon con el pomo de acero. La puerta se abrió con un bandazo y volvió a cerrarse a espaldas del mago, dejándolos a Sadreg y a ella solos en la habitación… con las Sombras.
          —Lady Seindra —comenzó Sadreg en voz baja—. Vos retiraos si así lo deseáis. Como ha dicho Zaryll, será mejor que yo me encargue de esto. Vos… vos… no tenéis buen aspecto, mi señora.
          La joven se apartó de la pared y se retiró el cabello que le caía sobre los ojos. Asintió. Intentaba por todos los medios no mirar a su espalda, donde aguardaban las Sombras.
          —Las… —carraspeó, tenía la garganta seca—. Las Sombras irán mayormente al Templo de Tyrsha y al Norn, tal y como acordamos. Envía también unas pocas a la Región de los Mil Lagos.
          —Por supuesto, mi señora —convino con una sonrisa mordaz, haciendo una reverencia—. Se hará como ordenáis.


          Poco tiempo después, como si de un silencioso ejército se tratara, las Sombras se arrastraron a lo largo de la fría y lisa fachada norte de la alta torre de mármol, en dirección a la ciudad que dormía debajo, arropada por la oscuridad. Se deslizaron por entre los altos edificios, buscando los lugares donde las sombras eran más densas, empujadas, siempre, por un voraz deseo que nunca podrían saciar. Muy por encima de ellas, una parpadeante luz brillaba en una ventana en la cara norte del pináculo de piedra. Recortada en su resplandor, una figura de blancos cabellos contemplaba las estrellas.




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2 comentarios:

  1. Me han gustado mucho las descripciones de la magia. Que mal rollo... Realmente pone los pelos de punta. Pobre sacerdotisa, había salido poco pero me caía bien.

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    1. No sabes cuanto me alegro de que esta escena te haya gustado. Es una que tenía en mente desde mucho antes de escribirla, desde que se me ocurrió cómo sería el ritual de creación de Sombras. Tenía que ser asquerosito, fuerte y que diera muy mal rollo. Asi que me alegra mucho haber conseguido el objetivo.

      Siendo sincera, Llewlyn es un personaje que fue diseñado única y exclusivamente para poder narrar el ritual desde su punto de vista. No quería narrarlo, como suele ser habitual, desde el punto de vista del mago o algún espectador, quería contarlo desde el punto de vista de la víctima, mientras se convierte en Sombra. Ahora un consejo... ve al apartado de traducciones de la Biblioteca, el hechizo está traducido ahí :P (Todos los hechizos tienen significado)

      Eso sí, la inspiracion para las Sombras de sangre... me vino del OVA de Tokyo Babylon (hará mucho años) de un perro de sangre invocado durante el mismo. Me gustó la idea.

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