Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

¿Eres nuevo? ¡Bienvenido! Empieza a leer "Sueños de Dragón" AQUÍ

¿Tines problemas para recordar quién es quién? ¡He aquí la solución! Mira el GLOSARIO

Y si tienes más problemas aquí están el MAPA y las TRADUCCIONES

Ya a la venta en papel y ebook "Sueños Rotos", relato corto de ciencia ficción: AQUÍ


lunes, 3 de junio de 2013

CAPÍTULO DECIMOQUINTO (Parte 1/4) - Sombras élficas


          El frío viento agitó sus sueltos cabellos en torno a su rostro color azabache claro. Protegiéndose los ojos dorados del aire cortante con el antebrazo, recorrió lentamente aquella zona de Nardis con la vista. La pequeña balconada semicircular que pendía sobre el vacío, daba a los bajos edificios del sureste, con sus tejados de grandes losas de pizarra brillando en dos largas aguas bajo el cielo plomizo. A su derecha, más allá de las ventanas que eran el resto de sus aposentos, se podía ver una torreta anexionada al edificio con un matacán de madera colgando de ella. Aquella estructura era una de las pocas cosas de madera que aún quedaban en la ciudadela, a excepción, claro está, de las puertas, duras como la piedra, y los marcos de las ventanas. Pero estos últimos eran un añadido reciente a Nardis, destinado a mejorar la habitabilidad de la fortaleza para el ejército de Zaryll. Sin embargo, aquel matacán de aquella torre era antiguo, muy, muy antiguo, y Seindra tenía la secreta certeza de que los magos, que habían habitado Nardis en los últimos siglos, habían tenido algo que ver en la excepcionalmente buena conservación de la ciudadela. Más allá de la torre, se podía ver el borde mismo de la atalaya de roca y, más allá aún, el gris azulado del cielo y el verde oscuro de las altísimas montañas, ya coronadas de nieve, que rodeaban el valle en forma de cuenco en cuyo centro se asentaba Nardis.

          Seindra pasó los dedos por encima del suave manto de terciopelo que había dejado sobre el murete labrado que hacía las veces de barandilla. Era de un inusual color gris perla con bordados en seda negra. Al menos eso era lo que le había dicho Sadreg, un extraño tejido fabricado al sur de las fronteras de Bakán, como la seda a la que ella tanto se había aficionado. Muy, muy caro, también. Como la seda. Ignoraba de dónde lo había sacado Reda, pero la mancha marrón oscuro que había en una de las esquinas cuando se lo entregó no dejaba lugar a demasiadas dudas. Por una vez en la vida, pese a tratarse de un presente de Reda, lo había aceptado. Pese a la mancha de sangre que no había logrado quitar. Era hermoso, cálido al tacto. En un gesto pensativo se acarició los largos cabellos blancos que casi le llegaban, ondulados, a la cintura. Le gustaba el manto, le gustaba mucho. El tacto de su piel desnuda contra él, la suavidad, el peso sobre sus hombros… Cuando el viento arreció, arrastrándolo casi consigo al vacío, sus manos se cerraron con premura sobre él y se apresuró a ceñírselo al cuerpo. Sosteniéndolo con una mano en torno al cuello, la otra apoyada en la baranda de piedra, continuó mirando hacia el infinito.
          Durante los últimos meses aquello era lo único que la había calmado, en las interminables horas que se había visto obligada a pasar a solas con sus pensamientos, en aquella habitación. Una parte de ella insistía, sin embargo, en que no habían sido tantas, en medio de todo aquel ajetreo provocado por la guerra. Pero a otra parte de su mente así se lo parecían, interminables. No era capaz de recordar las veces que había contemplado aquel cielo, siempre inestable, siempre cambiante. Algunas veces, lunas atrás, con el dorado de los rayos de sol en los árboles y en las rocas. Otras con los colores turbios de los días de tormenta: barro y cenizas, amarillo sucio y gris pizarra, veteado de profundo negro o azul. Otras veces el azul se tornaba claro, hiriente, profundo, tanto que resultaba casi doloroso a la vista. Y las más como ahora, con el cielo encapotado, de un uniforme y átono color gris, de todos los grises imaginables para los que no tenía palabras. Pero el trasfondo siempre era el mismo, una y otra vez: el rumor de su mente, de sus pensamientos, de sus sentimientos a menudo contradictorios, de lucha entre el deber y el amor… Acudía allí cada vez que necesitaba pensar, cada vez que necesitaba reafirmar quién era ella. Cada vez que precisaba reafirmar la lealtad por su raza, por aquello que significaba más para ella en el mundo.
          Esta era una como tantas otras veces, pero al mismo tiempo diferente. Necesitaba estar allí, serena, arropada por el silencio. Necesitaba pensar. Más que nunca. Separó lentamente la mano de la baranda y la posó sobre su vientre. Vaya si necesitaba pensar. Pensar en qué hacer ahora, en a qué debía renunciar, si debía renunciar a algo. Se percató, de pronto, de que iban a ser muchas cosas, empezando por sus salidas de Nardis, por los combates de entrenamiento y terminando por… ¿qué? ¿Todo en lo que creía? ¿Parte de lo que amaba? ¿Parte de lo que deseaba? Por descontado que no iba a poner aquella decisión a los pies de su madre, pero no debía olvidar quién era ella, quién era su madre y en qué se convertiría…
          Seindra inhaló hondo y suspiró. El aire frio le cosquilleó en la nariz, en los pulmones. Había decisiones que era mejor posponer un tiempo, sobre todo aquellas en las que era mucho lo que estaba en juego; y aquella lo era. Nunca había pensado en que tendría que tomar una decisión así, siempre había supuesto que sería como lo de su madre: alguno de sus amantes, allá en casa, ninguna complicada decisión que afrontar, ninguna duda, ninguna extraña consecuencia.
          «Pero, muchas veces, las cosas no salen como las hemos planeado o como nos gustaría que fueran. Así es la vida, afróntalo. Una vez tomada la decisión no podrás echarte atrás. Afronta las consecuencias de tus actos, de lo que eliges hacer, de aquello en lo que eliges creer.»
          Cerró los ojos y dejó el frío viento la acunara un rato más. Tenía más cosas en las que pensar, más decisiones que tomar. Esa noche, poco después de la puesta del sol, Zaryll crearía las Sombras. Por desgracia no serían tantas como habrían necesitado, habían perdido algunos de los prisioneros de camino a Nardis, muertos de las heridas infringidas durante el combate. Ahora tan sólo quedaban veinte para que Sadreg eligiera y no todos serían aptos para la conversión, con suerte se quedarían en quince. Esperaba que fueran suficientes para la cacería.
          «Tienen que serlo —pensó entornando los ojos—. Perdí demasiadas vidas por hacerme con ellos.»
          Y entre ellos estaría ella, no podía permitir que la sacerdotisa de Tyrsha se librara, aun cuando, como solía decir el helfshard, no fuera apta —lo bastante fuerte para que naciera de su interior la brutal voracidad necesaria. Se lo debía a aquella mujer, por su arrogancia, por su valor, por la inquina que despertaba en ella. Por otro lado, tampoco estaba dispuesta a perdérselo.
          Unos suaves golpes en la puerta de la habitación la sacaron bruscamente de sus ensoñaciones. Dio un respingo y soltó el suave manto gris y soltó el suave manto gris, que cayó al suelo con un leve fru-fru. Lo recogió precipitadamente y se lo volvió a colocar sobre los hombros. Tras sacudirse el cabello fuera del mismo y pasarse la lengua por los labios, entró en la amplia habitación y cerró tras ella las grandes puertas acristaladas del balcón.
          —Adelante.
          Hubo una estudiada pausa y la puerta que daba a los pasillos se abrió con un crujido de los goznes. Sadreg se asomó por el resquicio.
          —¿Mi señora? —inquirió cortésmente, sin moverse de donde se encontraba. Sólo cuando la joven asintió, franqueó la entrada y volvió a cerrar la puerta de oscura madera a su espalda. Se inclinó en una profunda reverencia.
          «Respetuoso. Sadreg siempre tan respetuoso… al menos hasta que algo lo enfada o preocupa. Me parece que Reda y yo solemos sacarlo de quicio con cierta frecuencia. Pobre.»
          Seindra no pudo evitar que una sonrisa aflorara a sus labios.
          —Me dirigía a elegir los prisioneros cuando me habéis llamado, lady Seindra.
          La joven asintió en silencio, caminó hasta el sofá que había frente a las grandes ventanas, orientado hacia la puerta, y se dejó caer en él con un suave suspiro.
          —En las prisiones hay una mujer —comenzó, retirándose el largo flequillo de los ojos, que volvió a caer sobre ellos tan pronto apartó la mano, ensombreciéndolos otra vez—. Una sacerdotisa de Tyrsha de cabello cobrizo, rizado. Alta para ser humana, ojos azules. Quiero que la elijas para el ritual de esta noche.
          El elfo se envaró ante esas palabras.
          «¡Ah! Helo ahí, adiós sumisión y pose respetuosa.»
          —Cóm… —el helfshard vaciló y corrigió sus palabras sobre la marcha—. Comprendo, mi señora. Pero —se humedeció los labios, ganando tiempo para encontrar las palabras adecuadas—, es posible que no cumpla las condiciones necesarias.
          —Eso no me importa, Sadreg —le cortó en tono frío y meditado, enarcando las cejas—. La elegirás sea apta o no. Es mi última palabra. Es personal. Pero servirá, tenlo por seguro.
          —Sí, lady Seindra —se apresuró a convenir el joven, inclinándose una vez más y retrocediendo hacia la puerta.
          —Una última cosa, Sadreg. Esta noche asistiré a la creación de Sombras.
          El mago elfo se volvió desconcertado, las cejas enarcadas y los ojos violeta muy abiertos. Cerró la boca.
          —Como deseéis, mi señora. Hablaré con Zaryll después de…
          —Zaryll no tiene nada que decir al respecto, Sadreg Shays-shu —la mera mención del mago en labios de su subalterno la hizo enfurecer de repente. La violencia con que escupió las palabras, en un fiero susurro, la sorprendió incluso a ella—. Zaryll no tiene nada que decir respecto a nada de lo que yo decida hacer.
          Sentía su pulso muy alterado, al igual que su respiración. Intentando calmarse, se percató de que había cerrado el puño derecho con fuerza en torno a un extremo del manto gris, tanto que tenía los nudillos blancos. Respiró hondo, pero la furia siguió burbujeando en su interior. Su otra mano se cerró en torno a su vientre.
          Lo malo era que Zaryll sí tendría algo que decir al respecto. Los humanos eran así, no los elfos. Dependiendo qué eligiera al final, también estaría eligiendo aquello: su cultura, sus costumbres, la negación de su derecho básico como hija de su madre. ¿De verdad quería eso? ¿Podría soportarlo siquiera? Apretó los dientes con fuerza, apretó los puños, se abrazó a sí misma unos instantes y sintió que la decisión pospuesta encajaba en su sitio con un ruido seco, que sólo ella pudo oír.
          «No, no podría soportarlo. No podría renunciar a lo que soy, a quien soy. Soy la hija de mi madre, no me someto ante nadie, son los demás los que se someten a mí.»
          —Y no me digas tampoco ahora, Sadreg, que puede ser peligroso para mí —añadió, levantándose furibunda del sillón, el elfo retrocedió un paso—. ¡Porque sé de sobra que mi madre ha asistido a ese ritual en más de una ocasión!
          «Pero madre no estaba…»
          Sin darse cuenta siquiera, había ido alzando el tono según hablaba, hasta casi convertirlo en un grito agudo. Con el resuello entrecortado se sentó de nuevo, temblando un poco, estrujando la tela gris casi como si deseara estrangular a alguien. Aunque ni ella misma supiera a quién.
          Sadreg tragó saliva con un rápido parpadeo, sobrecogido por el súbito estallido de cólera, y se inclinó ante ella una vez más. Fue aquella una reverencia profunda, la diestra sobre el corazón.
          —Como gustéis lady Seindra —asintió con voz apenas audible.
          El helfshard vaciló largo rato junto a la puerta, mientras ella intentaba recobrar el aliento, mientras ella intentaba calmarse, mientras intentaba contener las lágrimas que sentía a punto de llenarle los ojos.
          —Si… si os encontráis mal, mi señora… —Sadreg tragó saliva, inhaló y siguió hablando con voz muy, muy suave—. Si os encontráis mal, puedo llamar a un sanador para que os atienda. Sólo tenéis que pedirlo.
          Se había dado cuenta de que algo le pasaba. El leal y fiel Sadreg había notado algo. Discreto, demasiado respetuoso para preguntar. Volvió la vista hacia la inmensidad de más allá de las cristaleras. Tal vez debiera decir que sí, tal vez debiera verla un sanador, tal vez era lo apropiado. Lentamente primero, pero con más firmeza después, acabó asintiendo sin palabras. Había más que su vida en juego allí, mucho más que su vida. Había llegado el momento de dejar el orgullo de lado.
          Cuando la puerta se hubo cerrado y se encontró de nuevo a solas, Seindra soltó el manto y se cubrió el rostro con las manos, apoyando los codos en las rodillas. El primer sollozo la pilló por sorpresa. Luego vinieron más. Las lágrimas resbalando brillantes por sus mejillas, se arropó en el manto gris, se acurrucó en el sillón y lloró largo rato.




Seguir leyendo este capítulo >     
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario