Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 30 de mayo de 2013

CAPITULO DECIMOCUARTO (Parte 4/4) - Cruce de caminos


         Una puerta restalló contra su marco de madera. Al fondo del pasillo, dos jóvenes soldados dieron un respingo sobresaltado y se apresuraron escaleras abajo, hacia el puente de roca negra que cruzaba el vacío, uniendo aquel edificio con la baja torreta más cercana. El golpe provenía de los aposentos de lord Londar y, cuando el general se encontraba de aquel humor, lo más prudente solía ser desaparecer lo más rápido posible de las inmediaciones.

          Un segundo portazo, más apagado que el anterior, resonó a través de los largos pasillos iluminados a intervalos por las altas y estrechas ventanas de la fortaleza.
          Lord Nur cruzó a grandes trancos su habitación, en dirección a las dobles ventanas que había ante la puerta interior. A medio camino se detuvo y, con el rostro congestionado por la furia, se quitó violentamente la gruesa capa, la arrugó hasta convertirla en una pelota deforme y la lanzó con un grito áspero contra la pared más alejada de la estancia, encima de la cama. Respirando de forma rápida y superficial, los dientes encajados hasta hacerlos rechinar, se giró de nuevo hacia la puerta. La volvió a abrir de un brusco bandazo, sobresaltando al soldado que hacía guardia en la antesala. Londar apretó con más fuerza las mandíbulas, hasta que una gruesa vena se le marcó en el cuello.
          —¡Que venga Arlen! —bramó con el rostro rojo y sofocado—. ¡Ahora!
          Ni siquiera aguardó una respuesta, volvió a cerrar la puerta con violencia mientras el soldado abandonaba la habitación contigua a la carrera. La madera restalló de nuevo contra el marco. Todavía furioso, le dio una patada a la silla que había frente al escritorio, debajo de la ventana. Tenía ganas de matar, de estrangular a alguien; y ese alguien tenía el cabello largo y rubio como el suyo, aunque más claro, recogido en una trenza, ojos pálidos de color gris… y era tuerto.
          —¡Maldito Lynaitha! —escupió al silencio. Como si el mero hecho de pronunciar su nombre pudiera conjurarlo a Nardis, por arte de magia, para que él pudiera ejecutarlo—. Shordish ar Lynaitha, algún día te mataré, te mataré. ¡Te mataré!
          Durante los últimos días, su ira no había hecho sino ir en aumento, al mismo tiempo que lo hacían su impaciencia y su miedo a desobedecer a Zaryll. Reda estaba tardando demasiado en volver y, aquella tardanza, unida al creciente deseo de venganza que ahogaba sus noches, amenazaban con volverle loco. Si existía alguien a quien odiara más que al primogénito de los Lynaitha, ese era el elfo negro. No soportaba sus malditas risitas, sus malditos aires de superioridad racial, la forma en que se burlaba de él, la forma en que lo humillaba y lo ridiculizaba. ¡A él! ¡Ni más ni menos que a él! ¡Heredero de la casa Nur! ¡Una de las más antiguas de Bakán! ¡Una de las más poderosas familias nobles del reino! Y el maldito lord Zaryll, aquel advenedizo tercer hijo de la pequeña casa Yenner, no sólo le había prohibido vengarse, sin que, además, había tenido que asignarle la maldita misión con el maldito Reda. Los magos, los malditos mago; aquella era otra peligrosa lacra, una peligrosa reliquia de tiempos pasados. Si no fuera por eso, si no fuera por el miedo que atenazaba sus entrañas cada vez que veía al hechicero…
          —No quiero errores, Londar —imitó en un bronco siseo, mirando a través de la ventana, con los ojos transformados en iracundas rendijas, los edificios de la ciudadela que se recortaban más allá de los cristales, contra el cielo gris plomizo—. No se trata de asuntos personales, Londar —alzando el tono, sus labios se curvaron con repugnancia al escupir cada palabra—. ¡Ya sabéis lo que os pasará si no lo hacéis, Londar!
          Claro que lo entendía, claro que lo sabía. Aún recordaba el dolor, la sangre que había vomitado, el frío en sus entrañas como cientos de agujas de hielo. Pasándose las manos temblorosas por el cabello que le caía sobre los ojos, apoyó la frente sobre el escritorio. Si esa vez cometía un solo error, por nimio que fuera, Zaryll lo mataría como a Herald. Tal vez fuera mejor entonces provocar a Reda hasta que le clavara un palmo de acero en la espalda. Sí, aquello sería sin duda mejor. Londar se estremeció.
          —Por Sodmeth que no lo haré, por Sodmeth que no dejaré que Zaryll me haga lo que a Herald.
          Unos golpes en la puerta le hicieron girarse con brusquedad.
          —¡Adelante! —gritó en un ladrido apenas inteligible, mientras recogía la silla volcada en el suelo y se sentaba sobre ella.
          La puerta se abrió lentamente y una mujer de cabello negro, que caía en suaves hondas sobre sus hombros, entró en la habitación. Era de mediana altura y muy esbelta, tal vez un poco demasiado delgada para sus gustos, pero a veces en Nardis no se podía elegir y uno acababa quedándose con lo que podía. Los huesos de sus altos pómulos se marcaban bajo la fina piel ligeramente tostada; del mismo modo que los largos arcos de la clavícula quedaban claramente al descubierto bajo el cuello de su camisa. La barbilla, estrecha y delicada, le otorgaba cierto aire zorruno junto a aquellos grandes ojos marrones de expresión triste, a los que asomaba un brillo de temor. Se inclinó ante él en una profunda reverencia con un rumor de sus ropas oscuras.
          —Lady Arlen —saludó Londar. Seguidamente carraspeó al darse cuenta de la ronquera de su voz—.           Me alegro de que hayáis acudido tan rápido a mi llamada.
          El frío tono mordaz de sus palabras hizo retroceder a la mujer un paso hacia la puerta, los ojos muy abiertos, con un más que perceptible temblor en las manos. Tragó saliva con visible esfuerzo, nadie le había advertido de que lord Londar estuviera de aquel humor.
          —Mi se… —tomó aire, armándose de valor para continuar—. Mi señor, habréis de disculparme, pero me ha sido imposible venir antes.
          Sabía que su voz sonaba apagada, sin fuerzas, tensa, atenazada por el pánico. Pero no lograba reunir las fuerzas suficientes para calmarse. Todavía le dolía la herida que cruzaba su espalda, fruto de su última entrevista con lord Nur. De la vez en que él la había golpeado y luego violado salvajemente en aquella misma habitación, después de que mencionara por error al heredero del clan Lynaitha. Le había hecho aquel corte en la espalda después de someterla, como lección, como aviso de que podría hacer con ella lo que quisiera. Luego la había vuelto a violar. Ninguno de los soldados que hacían guardia fuera había entrado a ayudarla. Tampoco habían entrado para unirse a su señor… eso al menos tenía que agradecérselo. A veces te aferras a lo que puedes, a lo que te queda.
          —El mensajero ha tardado en encontrarme porque estaba en la armería, preparándolo todo para el ataque a las tropas de Trión —se mordió los labios y bajó la vista.
          Podía sentir su fría mirada sobre ella, evaluándola ¿tal vez pensando en volver a hacerle lo mismo que la última vez? Conteniendo un gemido deslizó levemente un pie más cerca de la puerta. Llegado el caso saldría corriendo, gritando, no la volvería a agarrar, no la volvería a golpear, no la volvería a poseer sobre aquel frío suelo.
          —Reda vendrá con nosotros, lady Arlen.
          Cuando su mano rozó el picaporte se detuvo en seco. ¿Reda? El recuerdo de una figura mucho más alta que ella, ataviada de blanco, caminando como si fuera el amo por los pasillos de la ciudadela, hizo que su estómago se transformara en una pesada bola de hielo y bilis amarga. Había oído rumores sobre lo que le había pasado a un prisionero que habían capturado hacía casi medio año. Según se decía, Reda se había encargado de él. Los gritos del hombre se habían escuchado durante toda una noche, constantes, sin descanso, hora tras hora, como provenientes del mismísimo reino de las Sombras de Hurd. Algunos afirmaban que nunca se había llegado a encontrar el cadáver, en voz más baja aún comentaban que el elfo lo había devorado, pedazo a pedazo, durante aquella larga e interminable noche, mientras aún estaba vivo. Ella había llegado a Nardis después de aquello y no había estado segura de qué creer hasta que, un día, se lo cruzara en los pasillos y viera aquellos ojos suyos, rojos como la sangre. Aquellos ojos no tenían nada de humanos.
          —No quiero que haya problemas con los elfos que vendrán con él —siguió diciendo lord Londar—. Son órdenes directas de lord Zaryll. Así que vos, lady Arlen, os encargaréis personalmente de ello. Si algo ocurriera vos seríais la única responsable.
          La mujer dio un respingo, asustada al oír sus palabras. ¡Aquello la sentenciaba prácticamente a muerte! ¿Que se encargara de qué? ¿De que entre ellos y los elfos no hubiera trifulcas? Tomó aire un par de veces para responder, pero las palabras se negaron a brotar de su garganta. Sacudió la cabeza sin resuello. Tenía la espalda empapada en un sudor frío.
          —Mi señor, lord Londar —añadió para ganar tiempo, mientras rebuscaba en su interior el valor necesario para continuar. A muerte, la estaba condenando a muerte—. Vos ¿queréis decir acaso que… debo…? ¿Qué queréis que m…?
          —Sé muy bien lo que quiero decir —la cortó con un seco movimiento de la mano—. Encargaos de eso, nada más. Y ahora, largaos. ¡Fuera de mi vista! ¿O acaso deseáis hoy un trato especial? ¿Especial como el de nuestra última conversación? Porque si es así…
          Londar se levantó, llevándose la mano al cinturón y Arlen retrocedió a trompicones, chocando contra la puerta. Sus dedos se enredaron en el pomo con precipitación pero, finalmente, consiguieron hacerlo girar y abandonó los aposentos del general a la carrera.
          El general de Nardis se dejó caer en la silla de nuevo y esbozó una mueca amarga. Si moría tras la misión, al menos no lo haría sólo. Se llevaría a aquella pequeña putita con él. Aún recordaba cómo se había resistido, cómo había llorado, cómo había suplicado, la muy zorra. Como si no le gustara lo que le hacía cuando estaba más que claro que había disfrutado cada segundo. Sí, de morir no pensaba hacerlo sólo, pero tenía que vivir… para matar a Shordish ar Lynaitha con sus propias manos. Para vengarse.




 

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