Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 27 de mayo de 2013

CAPÍTULO DECIMOCUARTO (Parte 3/4) - Cruce de caminos


          Al anochecer Diedrith despertó. Tenía la boca pastosa y notaba la lengua hinchada y áspera. Había voces cerca. Voces que hablaban de modo ininteligible mientras ella flotaba en una marea ora cálida, ora fría. Trató de abrir los ojos, de centrarse en las voces, pero estaba demasiado cansada. Se sintió tentada de dejarse llevar de nuevo por la marea oscura y cálida al lugar donde no había dolor. Sentía dolor. La pierna le ardía, la cabeza le ardía. Apenas era capaz de centrar sus pensamientos más allá del dolor y la sed. Porque tenía sed. Mucha, mucha sed. Captó otro sonido: un gorgoteo muy, muy cerca, un gorgoteo áspero. De pronto movimiento, sombras tras sus párpados. Una voz.

          —Diedrith —conocía la voz, estaba tan confusa… pero podría jurar que conocía la voz—. Diedrith ¿me oyes? ¿Estás bien? ¿Cómo te sientes? ¿Puedes oírme?
          Una presión sobre su mano, piel fría contra la suya ardiente… y, de pronto, un contacto en su interior. De nuevo la voz, la voz que tiraba de ella.
          «Vamos, hermanita, vamos. Puedes hacerlo, abre los ojos, lucha. Escúchame, sigue mi voz, no la pierdas. Eso es, eso es. Sigue conmigo, Diedrith.»
          Era la voz de su hermano, de Frodrith, dentro de ella, dentro de su cabeza. No sólo era su voz, también era su presencia, como si todo él estuviera allí, a su lado, mirando por encima de su hombro, asiéndole la mano. Tirando de ella, impidiéndola hundirse en la oscuridad. Pugnó por abrir los ojos, pese al dolor, pese a lo cansada que estaba. De nuevo aquel gorgoteo… aquel gorgoteo… que era su propia voz, luchando por hablar, luchando por…
          —Agua… —quería balbucir, mas lo que brotó de sus labios no fue sino un gemido áspero, gutural, ininteligible.
          «¿Agua? ¿Quieres agua, Diedrith? Ahora mismo, ahora mismo te la traigo»
          La fría presión sobre su mano se esfumó.
          —Derlan, alcánzame la infusión de corteza de sauce, por favor.
          Las voces eran ahora más claras, menos confusas, ruido, sonido a su alrededor, movimiento, pies arrastrándose, ruido de agua. Una mano fría en su nuca la ayudó a incorporarse. Algo contra sus labios mientras luchaba por abrir los ojos. Un resquicio de luz en la oscuridad. Un resplandor suave, anaranjado. Sombras.
          —Toma, Di, bebe esto. Despacio. Te vendrá bien, bajará tu fiebre. Poco a poco, eso es…
          Tragó el líquido que golpeaba sus labios, mientras parpadeaba en la penumbra. Estaba amargo, muy amargo. Un trago, dos, tres. Tosió y le retiraron el cuenco. Trató de enfocar la vista en algo que no fueran siluetas borrosas y sombras confusas. Se sentía muy cansada, quería volver a dormir. Cabeceó y entrecerró los ojos. Había un rostro sobre ella. Cabello corto, cobrizo, ojos color miel.
          —Fro… Frodrith… —parpadeó, los ojos se le cerraban. Había otro rostro detrás de su hermano, uno desconocido, de largos cabellos castaños claros.
          —Chist, no digas nada, tranquila, estamos aquí. Te vas a poner bien. Ahora bebe un poco más y descansa.
          Diedrith terminó de beber aquella infusión amarga y dejó que su hermano la reclinara de nuevo en el suelo. Sus manos se cerraron de nuevo sobre las suyas y la cálida presencia inundó su mente, reconfortante, tarareando una nana que su madre solía cantarles cuando eran niños. Durmió.


          Cuando volvió a despertar estaba amaneciendo, podía escuchar el trino de los pájaros entre los árboles, el viento en las ramas sobre ella. Aún le dolían la cabeza y la pierna, pero se sentía más despejada. Se sentía mejor. Podía recordar vagamente la noche anterior, la voz de su hermano, la infusión amarga, el sueño… Pero antes de eso, lo último que podía recordar era ir caminando junto a Frodrith dirección Norn, con la pierna doliéndole como nunca. Luego nada más. Suspiró y dejó que la calma de la mañana la embargara. Pasándose la lengua por los labios abrió los ojos. Estaba tumbada debajo de un árbol de ramas desnudas, el cielo gris sobre ellas, una pared de roca a su izquierda, Frodrith a su lado, desmadejado contra el tronco el árbol, roncando levemente. Su mano aun cerca de la suya, como si la hubiera estado agarrando hasta caer rendido por el sueño. Un ruido de cascos a su derecha y el resoplar de un caballo. Volvió la cabeza hacia allí. Efectivamente, había un caballo bayo, mordisqueaba un matojo de hierbas de la vera del camino, sacudiendo la cola de vez en cuando.
          —Caballo —musitó entre los labios agrietados, tragó saliva—. Un caballo.
          —Ya estás despierta —la voz desconocida resonó en el claro, se volvió rápidamente hacia ella y un latigazo de dolor restalló en su espalda, en su pierna, en su cabeza, haciéndole ver todo moteado de oscuridad durante unos instantes.
          Gimió. Había alguien a poca distancia, un hombre joven, tal vez poco mayor que ella, pese al largo pelo enmarañado y la barba de varios días. Llevaba un pequeño pendiente de plata con forma lanceolada pendiendo de una oreja. Sonreía. Tenía ojos amables.
          —¿Quién —carraspeó— quién eres? Yo no… no te conozco.
          —Me llamo Derlan —el hombre seguía sonriendo, afanado intentando reanimar los rescoldos medio apagados de la hoguera—. Me alegra ver que estás mejor. Estábamos muy preocupados. Tu hermano y yo, quiero decir. Se ha quedado dormido hace poco, así que mejor no le despertamos. Lleva dos noches velándote. ¿Quieres algo más de infusión? Te vendrá bien para bajar la fiebre y quitar el dolor.
          Diedrith asintió. El hombre dejó el fuego que ya ardía con suavidad, se sacudió la suciedad de las manos y se acercó a ella, tras servir un poco líquido en un cuenco de un pequeño cazo que había entre las raíces del árbol. El viento seguía soplando en el claro e hizo aletear la capa del desconocido con quedos chasquidos. Se arrodilló a su lado y la ayudó a incorporarse, al tiempo que la arropaba con la manta que la cubría.
          —Ayer estuviste muy mal toda la tarde —le oyó comentar—, pero has ido mejorando durante la noche. La fiebre está bajando, al menos. Luego déjame que te vuelva a limpiar y vendar la pierna ¿de acuerdo? Tenemos que ver cómo va la herida.
          La sonrisa del hombre la tranquilizó. Tenía una bonita sonrisa. Terminó el cuenco y suspiró. Derlan la volvió a recostar.
          —¿Qué ha pasado? No… no recuerdo demasiado.
          —Tu hermano me contó que os atacaron unos kobolds hará unos días y que…
          —Sí, eso sí, después —musitó con voz débil, intentó mirarse la pierna, pero estaba bajo las mantas y no creía tener fuerzas para alzar siquiera un brazo y retirarla—. Me dolía mucho, me costaba andar. La limpiamos varias veces pero seguía doliendo.
          —Creo que te pusiste peor, la herida se infectó, te desmayaste y tu hermano te trajo hasta aquí. Cuando lo encontré ayer estaba… —Derlan sacudió una mano quitándole importancia al tema—. Bueno, digamos que tengo un ungüento que vale para estas cosas, una receta familiar. Parece que ha funcionado. Me alegra verte despierta.
          Una pausa, un silencio mientras el viento arreciaba, arremolinando las hojas secas en torno a ellos.
          —Gracias por ayudarnos —susurró finalmente Diedrith—. No tenías por qué y…
          —Tonterías. ¿Por qué no iba a hacerlo? —la interrumpió él con suavidad—. Además, vais a seguir necesitando mi ayuda para llegar a Ossián; y yo la vuestra. Parece que vamos en la misma dirección, yo también viajo para unirme al ejército de Trión. No podrás caminar durante unos días, así que irás sobre Harrow —señaló al caballo que rumiaba cerca—. Tu hermano y yo caminaremos. Vosotros me haréis compañía y yo os dejaré mi caballo. Me parece un trato justo.
          La muchacha no pudo evitar sonreírle en respuesta y fue entonces cuando las tripas le rugieron.
          —¿Unas gachas? —le preguntó Derlan enarcando una ceja—. Puedo prepararlas en un momento. Luego te miraré esa pierna.
          —Eso estaría bien, gracias —retuvo una mueca de dolor—. ¿Cómo está la herida?
          —Ayer no tenía buen aspecto, pero ya veremos cómo está hoy. El que te hayas despertado y tengas hambre es buena señal. Mi madre siempre dice que, si se tiene hambre, muy enfermo no se puede estar.
          Derlan se levantó y se dispuso a preparar unas gachas con avena y agua. El fuego ya ardía vivamente y el agua no tardó demasiado en calentar. No es que las gachas le entusiasmaran, siempre le habían parecido el alimento más soso, insípido y aburrido del mundo. Pero ahora, con sólo oler el suave aroma de la avena, la boca se le inundó de saliva y las tripas le rugieron reclamando su parte. Estaba realmente hambrienta. El olor también despertó a su hermano, que se removió, abrió los ojos y la miró de hito en hito, al verla despierta y sonriendo.
          El abrazo estuvo a punto de estrangularla e hizo que la pierna le latiera de dolor. Pero antes hubiera preferido morir que apartar a su hermano de su lado. Escuchó los latidos de su corazón contra su propio pecho, su voz empañada de lágrimas susurrándole, de modo ininteligible, cosas bonitas al oído. Ella también le abrazó, aspirando su olor, sintiéndose a salvo y reconfortada.
          —Estoy bien, estoy bien, Frodrith… —frunció el ceño y vaciló un segundo—. Bueno, estoy mejor, todavía duele pero estoy mejor.
          Su hermano la soltó y se miraron a los ojos a través de un brazo de distancia.
          —Creía que te perdía. Creía que… —se atragantó con las lágrimas, se las frotó con furia de los ojos y respiró hondo, tratando de calmarse—. ¿De verdad te sientes mejor?
          Ella asintió, sin soltarle las manos.
          —Estabas allí ¿verdad? Antes, anoche. Junto a mí, hablándome —se rozó la sien con las puntas de los dedos—. He escuchado tu voz. Me ha impedido caer.
          Frodrith sonrió ampliamente y asintió. Se giró de medio lado al escuchar ruido a su espalda y vio cómo Derlan se acercaba trayendo un par de cuencos en las manos y un tercero en el hueco del codo.
          —Gachas —señaló éste tendiéndoles uno a cada uno—. Es hora de desayunar.
          —¿Ya conoces a Derlan, Di? —el chico cogió su cuenco y comenzó a engullir—. Gracias —masculló con la boca llena.
          —Sí, ya nos hemos presentado —asintió en agradecimiento tomando su propias gachas y llevándose insegura una cucharada a la boca.
          —Si no llega a ser por él… Ese ungüento es maravilloso. No hay más que verte —la señaló con una cuchara chorreante sin dejar de engullir.
          Ella comió con más calma, observando cómo su hermano y el otro hombre charlaban animadamente de tonterías. Frodrith siempre había sido un chico desconfiado con los extraños, al menos al inicio, hasta que… usaba su don particular en ellos. Y, sin embargo, ahí estaba ahora, hablando con aquel casi completo desconocido como si fuera un hermano mayor, llegando más lejos de lo que había hecho nunca con nadie que no fuera ella. Esa actitud le confirmó lo que ella había podido percibir en el hombre de marcado acento eorniano desde que despertara: era una buena persona. Más que eso, puede que Derlan fuera lo que ambos necesitaban, alguien en quien apoyarse, alguien en quien confiar, alguien que les hiciera sentirse seguros. Sonriendo para sí, terminó de comerse las gachas.
          Después del desayuno, el eorniano lavó, curó y cambió de nuevo los vendajes de su pierna. Sonreía cuando acabó y su hermano también pareció animarse. Diedrith les devolvió la sonrisa y se dejó cuidar.


          Había empezado a llover poco después de que terminaran de comer. El encapotado cielo apenas dejaba pasar una trémula luz oscura, fría y gris que hacía impreciso el paisaje que les rodeaba. Las cortinas de lluvia oscilaban como gasas de seda con el ululante viento, crujiendo como cuero seco, empañándolo todo con un etéreo manto. Las mojadas ramas de los árboles se mecían sobre sus cabezas, rechinando lentamente, golpeando entre ellas con un sonido sordo y leve; las gotas de lluvia repicaban entre la maleza a ambos lados del camino y sobre las escasas hojas que aún pendían de los árboles. Regueros de agua enlodada corrían por encima de las losas de piedra arrastrando consigo las hojas secas.
          Los cascos de Harrow se hundían con gorgoteantes chasquidos en los charcos del camino, manchándose las patas hasta las huesudas rodillas y empapándole a ella los pantalones. Frodrith y Derlan caminaban delante con las cabezas gachas y paso inseguro, debido a lo resbaladizo del terreno, tirando de las riendas del caballo, ayudándolo a cruzar las torrenteras cuando estas caían con fuerza de las montañas. Habían reanudado el camino poco después del desayuno, cuándo quedó claro que la pierna estaba mejorando y tras insistir ella sobre el tema. Le había costado mucho convencer a su hermano. La capa, empapada y chorreante, se le pegaba a la cabeza y a la espalda, produciéndole una incómoda y fría sensación en el cuerpo. Las manos estaban mojadas y entumecidas, el agua escurría de ellas haciendo que le fuera difícil agarrarse al arzón de la silla.
          Diedrith apretó los dientes, ahogando un grito, cuando un escalofrío se deslizó, con dedos helados como el acero, todo a lo largo de su espalda. Se quitó el agua que le entraba en los ojos con el dorso de la mano y trató de enfocar la vista más allá de su hermano; pero fue inútil. El denso muro de lluvia, aquel maldito aguacero, lo volvía todo oscuro y lóbrego a pocos pasos de distancia. Lo llenaba de sombras negras y pardas y grises oscuras, verdes y, en algunos contados casos, doradas como el oro viejo sobre las hojas rojas y ocres del otoño. Deslizó lentamente una mano hacia su muslo derecho, donde, un poco más arriba de la rodilla, comenzaban los puntos. La verdad era que había tenido mucha suerte, podría haber muerto desangrada si el Cazador hubiera asido su pierna tan sólo un palmo más arriba. Era consciente de que aún no estaba fuera de peligro, el aguacero podía empeorar fácilmente el estado del corte, podía infectarse más al no cicatrizar bien por estar toda empapada.
          Conocía aquel tipo de heridas. Las había visto en más de una ocasión en los campos de batalla y, cuando no habían matado, siempre habían dejado un resto, un entumecimiento que, según decían los mercenarios de más edad, podía durar varios años, si es que desaparecía alguna vez. Recuerdos de guerra, las llamaba el bueno de Shorae, que prácticamente los había adoptado como hijos suyos durante aquel primer año después de que abandonaran su casa. Él había sido quien les había enseñado todo cuánto sabían. No sólo los había instruido en las armas, sino en cómo comportarse, en qué hacer y cuando, qué pedir y a quién hacerlo. Les había enseñado a quién servir y bajo qué circunstancias. Les había hablado sobre el honor y la lealtad, sobre cómo eso era mucho más importante que las meras ganancias. Les había enseñado a ser buenos combatientes, pero mejores personas. También había insistido en que no intimaran demasiado con nadie pues, si bien un día podían estar en tu bando, al siguiente bien podían estarlo en el contrario, intentando matarte. No tenía nada que ver con la confianza, ni con el honor, era un asunto de mera supervivencia, todos tenían que ganarse los cuartos para vivir.
          Shorae del Orn, Shorae de la Cañada del Lobo, había muerto una luna antes de que se cumpliera un año que se conocían, en una posta en las cercanías de Daruven. De una herida infectada, tras una semana de delirios y fiebres. Su hermano y ella habían estado a su lado durante sus últimas horas y luego habían enterrado su cadáver. Nadie más pareció darse siquiera cuenta de que faltaba y a nadie pareció importarle. Esa había sido la primera dura lección sobre la vida que les esperaba: cualquiera, incluso alguien tan valiente y noble como Shorae, podía morir y a nadie le importaría demasiado. Eso también los incluía a ello.
          —Diedrith.
          Levantaron el campamento al día siguiente y continuaron dirección Sorn hacia la siguiente campaña, donde muchos más morirían antes de acabar el verano.
          —¡Hermana!
          Ellos no habían podido descansar apenas, pensando en lo que había ocurrido, en que ahora estarían solos. En el olor de la sangre, de la herida infectada. En que sólo se tenían el uno al otro.
          Una mano se posó en su cadera izquierda y la sacudió con suavidad.
          —¡Hey, Diedrith!
          La muchacha dio un respingo, sobresaltada, y miró hacia el costado del caballo. Frodrith caminaba ahora a su lado con expresión preocupada en sus ojos de color miel, bajo de las sombras que tejía la capucha de su empapada capa sobre su rostro. Estaba dejando de llover y ni se había percatado.
          —¿Estás bien? —le preguntó su hermano con la voz entrecortada por el frío.
          —Sí —suspiró y sonrió por la comisura de los labios al tiempo que se frotaba los mojados brazos en un intento de entrar en calor—. Estaba pensando y no te había oído, Frodrith. ¿Qué ocurre?
          Ahora que lo miraba con detenimiento se dio cuenta de que su hermano había cambiado mucho en aquellos años. Su cuerpo se había hecho más fuerte y fibroso, sus hombros, antes parecidos a los de un enclenque pajarillo —como solía llamarlo Shorae—, se habían ensanchado. Su voz aún estaba cambiando, de vez en cuando se le escapaba algún que otro gallo y, ahora que se fijaba, le estaba empezando a salir barba. Claro que había cambiado, al igual que ella. Ya no era, estaba segura, aquella muchachita con aspecto de muñeca de cuatro años atrás, para empezar tenía más pecho y los pantalones le quedaban justos en las caderas. Por no mencionar otros cambios de los que no quería hablar con su hermano… y que pronto le tocaría sufrir de nuevo.
          —Nada —contestó el joven—, es sólo que, cuando he mirado atrás, tenías una expresión rara. ¿De verdad que estás bien? ¿No te duele más la pierna?
          —Sí. En serio —añadió al ver que el otro no parecía muy convencido.
          El cadencioso paso del corcel la meció adelante y atrás mientras avanzaban.
          —Me estaba acordando de Shorae —acabó confesando tras unos segundos de silencio, con una sonrisa triste—, de todo lo que nos enseñó, de cómo murió.
          Sin ser consciente de ello, volvió a llevarse la mano a la pierna herida.
          —Shorae de la Cañada del Lobo —secundó Frodrith, de pronto también abatido—. Hacía años que no escuchaba su nombre.
          Con movimientos lentos, como en medio de un sueño, el chico retiró el agua que resbalaba por sus mejillas y sacudió la cabeza con cierto pesar. Alzó el rostro y estuvo a punto de chocarse con la espalda de Derlan.
          El arquero se había detenido de pronto. Harrow sacudió las crines y también paró a su lado. Un poco más adelante, la calzada terminaba al borde de un abrupto risco y descendía serpenteando pegada a la empinada ladera. Las grandes losas estaban resquebrajadas en muchos lugares y apenas se distinguían de un amasijo de piedras rotas a ambos lados del camino, entre la maleza. Más allá del risco, este se reducía a una senda estrecha e insegura por la que el agua caía, en rápidas torrenteras, hacia el valle del fondo, con un ruido metálico, agudo, grave, gorgoteante, arrastrando piedras, lodo y ramitas en su camino descendente.
          Frodrith se agarró a las bridas del corcel y se situó al lado de Derlan, mirando hacia abajo. Al fondo, apenas visible entre la bruma, había un lago de aguas de color pizarra y tintes verdosos en los márgenes, largo y ancho, con dos brazos más estrechos extendiéndose hacia el Sorn. Del otro lado, justo al pie de las estribaciones montañosas que se extendían casi hasta la oscura orilla del agua, a unos dos días de distancia, se podían ver anidadas las ruinas de una fortaleza. Muros altos y grises y torres melladas recortadas contra las montañas. Pese al día que caía, pese a la lluvia, tenía que reconocer que era un espectáculo grandioso, que quitaba el aliento. Allí terminaba la Región de los Mil Lagos, en el estrecho valle cubierto de bosque que separaba las Nyuhe al Sorn de las Lalse al Norn.
          —¿Nos dará tiempo a llegar antes de que anochezca? —preguntó Derlan señalando el valle, justo a sus pies. Allí, en medio de un pequeño bosquecillo, se podían entrever luces y humo elevándose sobre los árboles.
          —Una aldea —murmuró Frodrith y Diedrith, a su espalda, se tendió sobre el cuello de Harrow en un vano intento de ver lo que ambos hombres comentaban—. No lo sé, es posible. Podríamos pasar allí la noche, parece un buen sitio. No nos vendría mal ni que fuera un pajar seco y caliente donde dormir.
          Poco a poco, con pasos lentos y cuidadosos, comenzaron a descender hacia el lago por la resbaladiza calzada embarrada y medio en ruinas. La noche los alcanzó al fondo del valle, pero no antes de que un amable pastor les prestara su establo a cambio de unas monedas. Esa noche durmieron entre el calor de las ovejas y el fragante olor de la paja.




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