Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

¿Eres nuevo? ¡Bienvenido! Empieza a leer "Sueños de Dragón" AQUÍ

¿Tines problemas para recordar quién es quién? ¡He aquí la solución! Mira el GLOSARIO

Y si tienes más problemas aquí están el MAPA y las TRADUCCIONES

Ya a la venta en papel y ebook "Sueños Rotos", relato corto de ciencia ficción: AQUÍ


jueves, 23 de mayo de 2013

CAPÍTULO DECIMOCUARTO (Parte 2/4) - Cruce de caminos


           Las altas estribaciones de las Lalse se alzaban por encima de la cúpula de árboles entrelazados, apenas visibles sus cumbres entre las bajas nubes de apagado color blanco. Zarcillos de niebla descendían por las boscosas laderas, enredando sus etéreos dedos en las desnudas copas de las hayas y los robles y en las verdes de los pinos y tejos. Algunos jirones de color gris translúcido cruzaban el sendero de parte a parte, reptando entre las resquebrajadas losas de piedra y la rala hierba que crecía entre ellas, perdiéndose a ambos lados de la vieja calzada entre marañas de helechos y bajos arbustos. El viento soplaba del Orn, frío y punzante, entumeciendo sus manos y enrojeciéndole las mejillas. Con un escalofrío, intentó hundirse más en la capa, pero el viento se colaba por los más mínimos resquicios de las ropas hasta morder su carne. El rostro le ardía y la barba de una semana le producía una molesta comezón en el cuello. Había perdido la daga en algún lugar de Gringa, así que no había podido afeitarse desde entonces. Derlan soltó las riendas y se frotó la cara fuertemente, con un desesperado chillido a media voz.
           —¡Ya no aguanto más! ¡No lo soporto, Harrow! Odio esto —exclamó separando los brazos del cuerpo, los dedos de las manos estirados, apretando los dientes—. ¡Lo odio! Lo odio mucho. Quiero lavarme, quiero afeitarme ¡quiero descansar! Quiero… —su tono de voz se fue apagando hasta no ser más que un murmullo mascullado entre dientes— quiero volver a casa.
           Encorvándose sobre la silla, se abrazó al cuello del corcel; el pelo, sucio y enredado, le cosquilleó en la nariz. Olía mal, todo él olía mal, no se había atrevido a bañarse en días. Las quemaduras de su encuentro con la criatura de Gringa se habían acabado agrietando y despellejando, llegando incluso a sangrar. La peor parte se la había llevado el hombro, donde ahora lucía una herida, que no terminaba de cicatrizar, con forma de mano humana. El ungüento de su madre, que había funcionado con las heridas más superficiales de las palmas, no lo había hecho tan bien ahí. Había tenido miedo de que llegara a infectarse. Aún lo tenía, pero al menos esta mañana la costra ya parecía tener mejor aspecto.
           El caballo resopló y sacudió la cabeza de arriba abajo, al tiempo que el joven suspiraba sonoramente. Derlan frunció molesto los labios y volvió a incorporarse.
           —Está bien, está bien, ya me aparto. No sé qué te ocurre estos días, Harrow —protestó en voz alta mientras cruzaban una zona más despejada del bosque, donde el camino comenzaba a descender—. Bien, vale, comprendo que tú también estés cansado, pero esa no es ninguna razón para que me trates así…
           Se paró en seco y alzó bruscamente la cabeza, deteniendo al corcel. Parpadeó varias veces, atento al ruido del viento entre las montañas. Tan sólo escuchó su respiración y la del caballo.
           —Harrow, no has… No ¿verdad?
           Resopló frotándose la mejilla con abatimiento y espoleando de nuevo a su montura. Todo estaba en silencio salvo por el crujir de las ramas y el rumor del viento entre los árboles.
           —Déjalo —el joven se masajeó el tenso cuello con los ojos entrecerrados y expresión ausente—, me lo habré imagina…
           Pero ahí estaba de nuevo. Tiró con fuerza de las riendas. Harrow piafó en protesta, corcoveando y haciendo resonar los cascos contra las piedras.
           —Sshhh —replicó Derlan, molesto, palmeándole el cuello al animal.
           Hilvanado en el viento había otro sonido, muy, muy suave, apenas audible. Parecían… voces. El joven arquero se estremeció, desmontó, cogió el arco de la parte trasera de la silla de montar, lo encordó con rapidez, se colgó el carcaj a la espalda y separó un poco las flechas para que fuera más fácil cogerlas. Volvió a montar.
           Los árboles empezaron a clarear y la luz se volvió más intensa. La niebla levantó finalmente, revelando un claro un poco más adelante en una encrucijada del camino. La calzada que seguía lo atravesaba de parte a parte, entre un manto de hojas secas, dejando a la diestra, junto a una pared de roca gris oscura, donde crecía el musgo, un haya de gran tamaño y gruesas ramas verdosas. A la izquierda un puente cruzaba un profundo desfiladero y se perdía en dirección Sorn. Las raíces del árbol se enroscaban entre las piedras, alzando el suelo en irregulares montículos en torno al ancho tronco. Justo ahí, entre las grandes raíces, había dos jóvenes pelirrojos: un chico y una chica, apenas unos adolescentes. La muchacha estaba tumbada en el suelo, envuelta en una manta, el rostro perlado de sudor, gimiendo levemente. El chico estaba sentado a su lado y hablaba en voz baja con ella, en tono preocupado y con la voz quebrada. Le secaba el sudor del rostro con el borde de su capa. Tenía las ropas manchadas de sangre y parecía estar al borde del llanto. Derlan carraspeó. El chico dio un respingo y se volvió hacia él, la mano derecha en la espada que portaba a la cadera y una daga súbitamente en la zurda.
           —Tranquilo —exclamó Derlan soltando el arco en su regazo y alzando las manos lo más lejos posible del arma—. No… no voy a haceros daño ¿ves? Sólo soy un viajero camino de Ossián. ¿Estáis bien? —miró alternativamente a los dos adolescentes; se parecían mucho, como dos gotas de agua—. ¿Sois familia? ¿Es tu hermana? —aventuró—. ¿Necesitáis ayuda?
           El joven vaciló. Entreabrió los labios un par de veces, como si quisiera hablar, pero siguió en silencio, luchando, tal vez, por encontrar las palabras adecuadas. Finalmente sacudió la cabeza afirmativamente, enfundó la daga y se arrodilló de nuevo junto a la chica.
           —Es… —murmuró por fin— es mi hermana. Está… —tragó saliva mientras las lágrimas se acumulaban en sus ojos y resbalaban por sus mejillas— está mal. Nos… nos atacaron los kobolds hace más o menos una semana. Iban con un Cazador —la voz se le quebró mientras apartaba con cariño el cabello empapado en sudor de la frente de la chica—. La hirieron, nos hirieron. Pero creímos que no sería nada. Pero luego su pierna… su… su pierna empezó a dolerle más y más. Se infectó. Esta mañana ya no ha podido levantarse. Tiene fiebre… creo… creo que voy a tener que cortarle la pierna.
           Estremecido de pronto por una oleada de sollozos, el chico se giró para que no lo viera llorar y apoyó la frente contra el tronco del árbol. Sus hombros temblaban con cada inhalación, sacudidos por el llanto. Derlan aspiró hondo y bajó del caballo. Ató las riendas de Harrow a una rama baja del haya y soltó el petate de la silla de montar.
           —Deja que le eche un vistazo. Me llamo Derlan, por cierto. No soy curandero —añadió con una mueca, mientras sacaba de la bolsa las cosas que pensaba podrían servir—, pero tengo algo que tal vez sirva. Es un ungüento que hace mi madre. Sirve para las infecciones de la sangre. ¿Puedes ayudarme con ella, chico?
            —Frodrith, me llamo Frodrith. Ella es, Diedrith —musitó secándose los ojos, el llanto aún en su voz. Volviéndose hacia su hermana, alzó la manta que la cubría.
           La muchacha tenía los ojos cerrados y a penas se movía, sólo murmuraba de cuando en cuando algo ininteligible entre dientes. Tenía la pierna derecha envuelta en vendas ensangrentadas. La herida olía mal, pero no a podredumbre, aún. El chaval había cortado el pantalón desde la rodilla al tobillo, para poder vendar sin tener que desnudarla cada vez que tuviera que atenderla. Derlan asintió y comenzó a retirar las vendas viejas para poder limpiar de nuevo la herida antes aplicar la pomada de su madre, ya le había salvado la vida un par de veces desde que saliera de Eshainne. Nunca podría agradecérselo lo suficiente, pero sí, tal vez, pedirle un milagro más.


           La última semana había sido un infierno. Su hermana había cojeado durante los primeros días tras el combate, nada fuera de lo normal. Luego el corte de las garras del cazador en su pierna empezó a supurar. Los puntos se infectaron, hubo de quitárselos, lavar la herida y volver a coser. No sirvió de nada. La pierna continuó hinchándosele e inflamándose. Apenas pudo caminar al día siguiente antes de desmayarse en el camino. Llegó la fiebre. Intermitente primero, sólo al anochecer, luego durante cada vez más horas. Todo el último día la había llevado prácticamente en brazos, avanzando unos pocos cientos de metros cada vez, antes de tener que detenerse a descansar. Anoche la fiebre empezó a subir más y más. La herida tenía mal aspecto cuando la limpió y la curó, ardía, la piel estaba roja y tensa sobre los puntos, había pus. Había probado con ajo de los osos y nogal, pero nada había funcionado. Había intentado bajarle la fiebre con corteza de sauce, pero tampoco había servido. Luego la noche en vela a su lado, refrescando su frente con paños de agua fría, agarrándole la mano cuando se debatía en medio de los delirios y las pesadillas. Esta mañana ya no había despertado. El corte había empezado a oler mal y no había tenido más remedio que afrontarlo en aquel momento: tal vez tendría que cortarle la pierna a su hermana. Lo había visto pasar otras veces. Soldados heridos en las guerras del Sorn. Infecciones que llegaban a la sangre y que no se podían curar. Era mejor cortar antes de que la carne empezara a pudrirse. El problema serían las condiciones. Allí, en el bosque, en medio de la nada, era probable que su hermana muriera si lo intentaba. Pero también moriría si no lo intentaba.
           Entonces aquel hombre había aparecido en el camino. Parecía un vagabundo, tenía barba de varios días, ropa desgarrada y sucia, y le hubiera tomado por tal de no ser por el caballo y el arco que portaba en la mano. Llevaba el largo cabello, de oscuro color arena, enredado y revuelto sobre los hombros, en un sucio amasijo lleno de hojas y ramitas. Sus ojos, grises como las nubes antes de la tormenta, estaban fijos en el trabajo que realizaban sus manos, intentando ayudar a su hermana. Al principio se había asustado de él, pensando que podría ser un bandido. Nada parecía ahora más lejos de la verdad; le había visto llorar como una niña cuando, incapaz de aguantar más la tensión, se había derrumbado y no había hecho comentario alguno. Parecía un buen hombre, aunque no es que se fiara del todo, pero estaba demasiado agotado como para indagar en su mente, para hurgar un poco en busca de quién era de verdad y qué hacía en medio de estas tierras desoladas, proveniente del Eorn. El camino por el que había aparecido no conducía a ninguna parte, según los mapas que él conocía, sólo a las tierras salvajes de las montañas de Nairaba. Se le cerraban los ojos, tenía sueño. Sacudió la cabeza para obligarse a sí mismo a seguir despierto, a ayudar aquel extraño con su hermana.
           —¿Qué…? —tosió para aclararse la garganta— ¿Qué tiene tu ungüento?
           —Principalmente oruga y laurel, creo, un remedio que mi madre heredó de su abuela —respondió Derlan mientras extendía la pomada sobre la pierna de Diedrith tras haber limpiado los puntos con agua fresca—. Espero que baje la inflamación y evite la podredumbre de la sangre. Me imagino que en unas horas lo sabremos.
           El hombre se dejó caer hacia atrás, hasta acabar sentado en el suelo, cerca de su hermana, y comenzó a vendar la pierna con manos algo torpes. Frodrith se fijó en que tenía todas las palmas cuarteadas y llenas de ampollas a medio cicatrizar.
           —¿Qué te ha pasado en las manos? —inquirió mientras se acercaba a él para mirarlas más de cerca, ahora que se fijaba también parecía tener una herida en la pierna izquierda, encima de la rodilla, el pantalón estaba roto y asomaba un vendaje.
           —¿Esto? —Derlan hizo una momentánea pausa para alzar ambas manos con las palmas hacia arriba—. Me atacaron unos pintones pocos días después de salir de casa y acabé perdido hacia el Norn en lugar de coger el camino que cruza la Región de los Mil Lagos. Me desvié mucho hacia las montañas Nairaba y acabé en una ciudad en ruinas llamada Gringa. Mi mapa es viejo y no ponía nada de eso —tras suspirar con cansancio y frotarse una ceja, siguió vendando—. Allí me atacó una especie de espíritu, un espectro o algo así. Estaba muy frío. Rompió mi espada como si fuera hielo, me quemó las manos. También el hombro —añadió, señalando con la barbilla—. Todavía no han cicatrizado. ¿No me crees?
           Frodrith cerró de golpe la boca y apartó la vista sintiéndose violento.
           —Eh… bueno… yo… Nunca había oído hablar de nada así.
           —Yo tampoco.
           Derlan terminó de vendar, se limpió las manos en la capa y se sacó el jersey por encima de la cabeza, luego hizo lo mismo con la túnica, dejando al descubierto una herida a medio cicatrizar en su hombro izquierdo. Tenía forma de mano, cuatro dedos hacia la espalda y un pulgar en la base del cuello. Justo debajo parecía haber una marca de nacimiento, pero estaba ulcerada y no se podía apreciar apenas. Frodrith tragó saliva. El arquero volvió a vestirse.
           —Casi me mata ¿sabes? Tuve suerte. Parece que las viejas flechas que me dio mi padre, antes de irme, tenían una especie de magia o algo similar. Se pusieron a brillar cuando me atacó, gracias a eso lo pude destruir. Bien —resopló, dando una palmada en sus muslos seguida de una mueca de dolor—. Esto ya está. Ahora a esperar.
           El hombre se levantó, estiró la espalda y se acercó de nuevo a su caballo, le palmeó el cuello con afecto, cogió el arco y lo desencordó para guardarlo. Luego volvió a sentarse cerca, mientras él velaba a su hermana. Una súbita ráfaga de viento frío, procedente del este, revolvió sus cobrizos cabellos, cosquilleó en su nuca y se deslizó a su lado, haciendo aletear las hojas secas del camino en ocres remolinos en torno al árbol. Frodrith se estremeció y se ciñó más la capa al cuello. Derlan le imitó con un escalofrío. Hacía un día desapacible, el aire olía a lluvia.
           —¿Hacia dónde ibais tu hermana y tú? No te ofendas, pero parecéis muy jóvenes para estar viajando solos con los tiempos que corren. A vosotros os han atacado los kobolds, a mí los pintones, pare que los caminos se han vuelto muy peligrosos… —el hombre de cabellos castaños vaciló—. Bueno, no es que yo sepa mucho del tema, es la primera vez que salgo de mi aldea, pero nunca había oído historias de ataques así a ningún comerciante.
           Frodrith se encogió de hombros.
           —No me ofendo. Nos lo ha dicho mucha gente. No nos suelen creer al principio, pero luego cambian de opinión —miró de reojo al eorniano mientras agarraba la mano de Diedrith entre las suyas—. Somos… somos mercenarios. Desde hace cuatro años, más o menos. Nos fuimos de casa pronto. Ahora vamos a Ossián, a unirnos al ejército del Rey. Ya sabes, la guerra del Norn.
           Derlan parpadeó con incredulidad. ¡Si no eran más que unos niños! ¡Por todos los Dioses, al chaval ni siquiera le estaba creciendo la barba todavía! Al menos no en serio, aquellos cuatro pelillos de sus mejillas no podían ni empezar a considerarse barba. ¿Mercenarios? ¿Soldados a sueldo? Había escuchado cosas sobre gente como ellos: que si dudosa lealtad, que si escaso valor en batalla, que si sólo los movía el dinero y no tenían honor, ni piedad, ni decencia… Frodrith apenas le llegaba a él a la altura del hombro y su hermana parecía más bajita aun. No encajaban con aquella idea de hombres rudos, altivos, despreciables y peligrosos qué él tenía de los mercenarios.
           —¿Cuántos años tenéis? —inquirió desconcertado.
           —Cumpliremos diecisiete después de los Días de los Dragones* —objetó el chico, claramente a la defensiva—. Tuvimos que irnos muy jóvenes de casa y en el Sorn hay siempre muchas rencillas entre nobles… es una buena forma de ganarse la vida. Menos peligroso de lo que piensas —añadió tras un instante de silencio.
           —¿Entonces por qué no la milicia regular? —Derlan frunció el ceño—. Mi padre decía que hace años reclutaban a gente.
           El chico enarcó las cejas y se echó a reír con cierta amargura.
           —Nunca la hubieran aceptado a ella. Es una chica. Nos decían que si quería aprender a luchar que se metiera en un templo de Tyrsha —la vieja amargura volvió a él de nuevo, la vieja historia llena de desprecio y frustraciones—. Como si una mujer no pudiera luchar sin ser sacerdotisa. Nos hubiéramos tenido que separar. No queríamos eso. Así que no quedaron muchas más opciones. Fue o mercenarios o nada. Prueba a seguir intentando entrar en la milicia cuando llevas dos semanas sin comer más que sobras. Por muy bueno que seas luchando, si no te dejan demostrarlo… —Frodrith frunció los labios en una mueca de asco y pareció a punto de escupir—. La primera campaña a mí me pagaron, pero a ella no, y en la segunda mi hermana tuvo que matar a un bastardo que quiso… —sacudió la cabeza—, da igual. Hasta que no la vieron matar a un hombre que la doblaba en tamaño no empezaron a pagarla. ¡Y no me mires con condescendencia o piedad! —le espetó a Derlan de pronto, con mal contenida furia, poniéndose en pie—. ¡No te atrevas a hacerlo! ¡No lo soporto!
           Derlan alzó las manos conciliador, pero no había podido evitarlo. En Eshainne, a esa edad, los mayores líos en que se metían los chavales era ir a cazar al bosque o que el hijo del molinero se pillara la mano en las muelas al trabajar. Una vida más dura, una vida muy diferente a la que él mismo había llevado. A la que Oso había llevado.
           —Lo siento, es sólo que… —vaciló, tratando de expresar lo que pensaba sin ofender más al pobre chico—. Bueno… en mi aldea las cosas son diferentes. Los que soñábamos con unirnos al ejército… bueno, al final nunca llegamos a alejarnos más de un día de viaje del valle. Me… sorprende que vosotros tan jóvenes…
           —Sí, claro, es la… costumbre, lo siento yo también —resopló Frodrith, interrumpiéndole—. Siempre pasa lo mismo. La gente nos mira como si no lo hubiéramos elegido nosotros. ¿Y qué hay de ti? Antes has dicho que ibas a Ossián ¿verdad? Entonces podemos viajar juntos, nosotros también vamos para allí. Con… —vaciló, sentándose de nuevo y retirando el cabello sudado de la frente de su hermana—, con Di así no nos vendría mal tu caballo, la verdad. No creo que pueda andar aunque…
           Las manos le volvían a temblar, así que las apartó de la chica yacente y cerró con fuerza los puños, tratando de contener una vez más las lágrimas que le brillaban en los ojos.
           —Y a mí no me vendrá mal compañía —escuchó cómo contestaba Derlan, en voz baja—. Llevo casi dos semanas viajando sólo y, si te soy sincero, me he cansado de hablar con mi caballo —sonrió lanzándole una afectuosa mirada a su montura.
           Frodrith también sonrió.
           —¿Por qué vas tú a Ossián, Derlan?
           —También voy a unirme al ejército —respondió riendo—. Mi padre luchó a las órdenes de Arstión y yo haré lo mismo con Trión. Una especie de… tradición familiar, si quieres llamarla así. Quiero unirme a sus tropas de arqueros. También sé manejar la espada, pero no soy tan bueno con ella como con el arco. Además, ya no tengo espada —se encogió de hombros.
           —Por cierto ¿tienes hambre? No tenemos mucha comida, vamos mal de dinero, pero no creo que a mi hermana le importe que comparta el queso contigo.
           —¿Has dicho queso? —Derlan sonreía de lado a lado, los ojos brillantes, la boca hecha agua—. Llevo días soñando con queso, sólo he comido carne seca desde que salí de casa.
           —¿Tú tienes carne? —replicó Frodrith, abalanzándose casi a gatas hacia Derlan—. ¡Oh, Dioses! ¡Gracias por escuchar mi plegaria! Queso y manzanas, manzanas y queso. Nada más que eso durante más de una semana. La carne es demasiado cara —acotó.
           Hizo una mueca mientras hurgaba en su petate y sacaba un trozo de queso para lanzárselo a Derlan. El hombre hizo lo propio con un pequeño paquete de cecina seca y unas manzanas arrugadas rodaron fuera de su bolsa por el suelo.
           —Entonces, asumo que no quieres mis manzanas ¿verdad? —comentó observándolas con desagrado.
           Frodrith y Derlan se miraron unos segundos y después prorrumpieron en sonoras carcajadas, que levantaron ecos contra las montañas. Por primera vez en días, ambos tenían un motivo para reír.





         * Últimos días del año Bakanés. Sirven de transición entre el invierno y la primavera, llamados así en honor a los Seis Grandes Reyes Dragones de la antigüedad.




Seguir leyendo este capítulo >     
 
 

2 comentarios:

  1. Hola,
    Siempre resulta emocionante un encuentro entre protagonistas, tengo curiosidad por ver como interaccionan entre ellos.
    Ha sido toda una sorpresa que Frodith y su hermana fuesen tan jóvenes, ¿se mencionaba en la historia antes?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Lo insinuaba muy por encima en alguno de los capítulos, creo recordar. Pero la idea con ellos era que parecieran mayores, por el estilo de vida que han llevado, desde muy jóvenes en un mundo duro de mercenarios. Así que mola que el efecto sea precisamente el que describes. Muchas gracias por el apoyo y los comentarios constantes, me ayudan mucho a ver si estoy narrando y enfocando bien o no. :)

      Eliminar