Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 20 de mayo de 2013

CAPÍTULO DECIMOCUARTO (Parte 1/4) - Cruce de caminos


        Ella estaba allí de nuevo, sentada sobre una alta roca con la pierna derecha recogida y la mano izquierda reposando lánguidamente en la rodilla de la otra. Sus ojos verdes le sonreían desde arriba, pero en sus finos labios, ligeramente teñidos de rojo, había una impecable y desconcertante seriedad. Iba vestida de blanco plateado y azul oscuro, la larga falda abierta por los costados, que llevaba encima de los amplios pantalones, colgaba entre sus piernas oscilando con el viento. La capa de color índigo aleteaba ligeramente a su espalda. Sus cortos cabellos eran de un pálido color rubio ceniza; los revolvía el aire en torno a su delicado rostro. Ciñéndole la frente, lucía una tiara de oro blanco con esmeraldas engarzadas en finas hileras.
Él nunca había sido capaz, hasta el momento, de apartar los ojos de ella cuando aparecía. Era realmente hermosa, de ella emanaba una sensación de serena majestad que le impulsaba a arrodillarse, pero, la única vez que había intentado hacerlo, algo en el brillo de sus verdes iris le había disuadido de ello. De algún modo, a él le había sido otorgado aquel privilegio.
          La joven alzó la mano izquierda muy despacio, con el puño suavemente cerrado, al tiempo que una cálida sonrisa empezaba a despuntar en sus labios. Abrió los dedos poco a poco y una luz ascendió de su palma hacia el cielo, el resplandor se volvió muy intenso a su alrededor, hiriéndole en los ojos...
          ...cuando el sol asomó en el este, por encima de las llanuras de Lladhany doradas por el otoño. El viajero se incorporó en el suelo y parpadeó varias veces cegado por los oblicuos rayos del sol que cortaban las brumosas praderas como dardos de oro plateado; el cielo por encima del astro estaba cubierto de nubes  grises. La escarcha refulgía como cuentas de cristal sobre las arqueadas briznas de hierba y, de vez en cuando, una pequeña gotita de agua que se acumulaba en la punta caía al suelo con un apenas audible rumor cristalino. El viajero suspiró, ahogando un bostezo, y se frotó el rostro enérgicamente.
          —Amanece —musitó con voz suave, al tiempo que se levantaba y recogía la manta mojada de rocío y cristales de hielo.
          Ella había aparecido una vez más en sus sueños, tal y como lo venía haciendo las últimas noches. No había sabido qué aspecto tenía ella hasta ese momento, y no la esperaba así, tal frágil, tan joven... Tenía la sensación de que tenía que protegerla, que cuidar de ella hasta que ellos llegaran. Le necesitaba, al igual que él la necesitaba a ella para... algo. Parpadeó y frunció el ceño dubitativo. No estaba seguro de la razón, pero lo sentía en su interior, muy dentro del pecho, como un perturbador cosquilleo en la mente, justo al borde del recuerdo. Necesitaba de ella porque...
          —Una parte de mí... —sus dedos acariciaron la manta que tenía doblada sobre el brazo con ademán ausente.
          ...formaba parte de ella. Su espíritu...
          El viajero jadeó de dolor, soltando la manta, y se llevó ambas manos a la cabeza, con la respiración entrecortada y un desgarrado sollozo sin lágrimas sacudiendo sus hombros. Agujas al rojo perforaron sus ojos, su cráneo, abriéndose paso hasta su espalda, destrozándole por dentro, quemando, consumiendo todo lo que él era. ¡Era demasiado grande! No podía recordar, no allí y no de esa forma. La cabeza le dolía en las sienes y detrás de los ojos como si le fuera a estallar de un momento a otro. Cayó de rodillas al suelo, cerca de las frías cenizas de la hoguera, apoyó las manos en la húmeda tierra tratando de normalizar su acelerada respiración y los violentos latidos de su corazón. Lo único que pudo oír durante largo rato fue el tumultuoso estruendo de la sangre en sus venas, como una feroz riada que amenazara con arrasarlo todo en una de sus oleadas. Pese a tener los ojos cerrados, sentía cómo el mundo giraba a su alrededor, el terreno oscilaba bajo su cuerpo, ora a un lado, ora al otro; el cielo y la tierra se confundían en el horizonte de su percepción, de igual forma que si se estuviera tambaleando. El mundo dio un vuelco en torno a él y sintió que caía hacia atrás, a la más absoluta negrura... Abrió aterrado los ojos y se encontró arrodillado entre la hierba, de cara al sol que había asomado ya, y brillaba como una bola anaranjada y roja entre las nubes.
          Con un temblor en la mandíbula, tragó saliva y se puso en pie algo inseguro. Se rozó la sien izquierda con la yema de los dedos, al tiempo que suspiraba con tristeza. No podía recordar, no su vida y los lugares a los que había viajado, el sitio en que discurriera su lejana infancia —todos ellos, recuerdos difuminados por el paso de los interminables años—, sino una oscura parte de él, algo sobre su origen, que bien podía remontarse a mucho antes de su... ¿qué? ¿De su nacimiento? Pero eso no era posible. Sin embargo, sabía que en su mente existían recuerdos a los que le era imposible acceder, una memoria, otra memoria, que muchas veces le había guiado. Conocía cosas que nunca antes viera, recordaba lugares en los que nunca había estado y gentes a las nunca había visto. Como aquella montaña de abruptas y rocosas laderas, tapizada de hirsutas matas de brezo blanco que florecía a finales de verano, y la gruta que había junto al bosquecillo de pinos en la cara Orn del pico.
          Lentamente se volvió en aquella dirección, hacia los bosques llenos de sombras negras, ocres y verdes oscuras; el olor a humedad, a hojas en descomposición, flotaba en el aire. Allí no había senderos que condujeran a su destino, pero debía cruzarlo si quería llegar a donde ella estaba, y debía hacerlo rápido, antes de que ellos se decidiesen a actuar; luego aguardaría hasta que los otros llegaran. Pero, hasta entonces, tendría que encontrar otro lugar seguro, ella necesitaba permanecer a salvo. Eso era todo lo que necesitaba saber.
Recogió sus cosas con lentitud y, tras abrocharse el grueso cinturón de cuero, del que colgaba el hacha, en diagonal alrededor del torso, se dirigió con paso decidido hacia la línea lóbrega de los cercanos árboles, altos y silenciosos; el sol, a su espalda, derramaba su luz sobre los rugosos troncos, creando reflejos dorados, argénteos y azabache en sus irregulares superficies. Se detuvo en el linde de la espesura y atisbó las húmedas tinieblas, pobladas de maleza, que había entre los grandes árboles de retorcidas ramas bajas. El suelo estaba cubierto por un grueso manto de hojarasca y más allá de unos pocos pasos reinaba la oscuridad. Esbozando una fugaz sonrisa, se adentró en los bosques que rodeaban, por el Sorn y el Orn, el lugar al que se dirigía; un lugar sagrado, en lugar santo en el que le franquearían la entrada en cuanto preguntara por él, por el pequeño anciano, y por ella, por la chica de cabello claro.
          Unos rayos de sol se filtraron por entre el manto de nubes tras él e incidieron en su pelo blanco, justo cuando su alta figura desaparecía entre las densas sombras de los Bosques de Yshaunn, acompañada por el amortiguado y  húmedo crujir de las hojas y ramas medio podridas bajo su peso.


          El mago negro cerró los ojos con lentitud y se reclinó en el trono de huesos, sus dedos se deslizaron con suma suavidad sobre el pulido marfil, trazando dibujos invisibles. La gran espada de hoja azabache le pesaba un poco en las rodillas, podía notar su frialdad incluso a través de la gruesa tela de la túnica, sentir su presencia aun con los ojos cerrados, percibir su increíble poder. Con una sonrisa despuntando en los labios, acercó la mano izquierda a la oscura hoja y la acarició con un estremecimiento recorriendo su columna vertebral. Aspiró hondo entre dientes y luego dejó escapar el frío aire que le entumecía la garganta muy despacio, en un quedo suspiro que resonó en el silencio de la sala del trono. Zaryll abrió los ojos de nuevo y los clavó en la gris inmensidad que se extendía más allá del pequeño balcón de roca negra, perfilado de gris y plata por un furtivo rayo de sol que, rasgando el manto de nubes, hendía el cielo. Aquella luz desdibujaba las delicadas tallas de la barandilla de piedra y arrancaba lacerantes destellos del suelo mármol negro. Proyectaba reflejos blancos, brillantes, donde las sombras de la mesa y las altas sillas cortaban, como cuchillos del más oscuro azabache, la claridad que entraba a través de la balconada. Levemente cegado por el resplandor que hería sus ojos castaños, se acurrucó más en las sombras del dosel del trono.
          Podía sentir el roce de Easheyrt en su mente, su voz suave y sugerente en los límites de su consciencia, tanto más fuerte cuando dormía que estando despierto. Ahora la podía escuchar claramente en sus sueños, llamándole, tentándole, cuando antes no eran más que susurros que se desvanecían en la vigilia. Percibía su deseo estando incluso despierto, como en aquel preciso momento, un deseo imperioso, frío y ardiente, de sangre, de almas, de carne… Cerró la mano derecha en torno a la empuñadura de cuero y entreabrió los labios con placer al notar la conciencia del arma introduciéndose en él. Sintió cómo se excitaba con sólo pensar en el poder que le otorgaba, en lo que podrían llegar a hacer juntos si tan sólo la alimentara con cada vida, con cada alma, presente en la fortaleza. Cada vez que mataba con ella sentía el placer de la espada crecer en su interior en cálidas oleadas que le hacían olvidarse de todo lo demás: de la guerra, de sus sueños, de sus ambiciones… de quien era en realidad.
          Su mano se apartó del arma como si esta le hubiera quemado y el brillo rojizo que instantes antes tuvieran sus ojos se extinguió, dejando nada más que un negro vacío en su mirada. Con un estremecimiento, Zaryll se pasó una mano por los labios, forzándose a sí mismo a alejar de su mente aquellos pensamientos de sangre, de almas consumidas, de muerte… Pensamientos que no le pertenecían y que, sin embargo, cada vez llenaban más su horas de vigilia y sus sueños. Era consciente de que tenía que luchar contra ellos, que no debía permitir que la espada se apoderase de él, pero cada vez le resultaba más difícil resistirse a aquella sensación de poder, de control, a las oleadas de placer que la espada le proporcionaba. Era como el buen vino, como el sexo, como la magia… Así que tenía que esforzarse en recordar el dolor, el dolor de la magia élfica en su cuerpo, el dolor de las víctimas con cuya vida alimentaba a Easheyrt y que también podía sentir, junto con el placer que aquella arma le proporcionaba. Tenía que recordar el dolor, centrarse en él. Combatir el resto. Cada vez le resultaba más y más difícil.
          La puerta de la sala del trono se abrió poco a poco con un ruido sordo, haciéndole volver súbitamente a la realidad. Alguien carraspeó un par de veces al otro lado.
          —L… lord Zaryll… —Londar se asomó por el resquicio, intentando no llamar demasiado la atención. Si el mago no estaba allí, o peor aún, si lo estaba pero no sólo y estaba reunido con aquella furcia elfa o con Sadreg…
          El hechicero humano colocó las manos lo más lejos posible de la espada con movimientos mesurados, seguros de sí mismo. Aquellas manos, de dedos largos y elegantes, eran lo único que el general de Nardis podía ver desde la entrada. El etéreo dosel de seda azabache, raída en los ligeros bordes, oscilaba con la brisa proveniente del exterior, ocultando todo lo demás.
          —Pasad, lord Londar. Sentaos.
          Los reacios pasos del joven levantaron ecos contra las altas paredes de piedra al adentrarse, con manifiesto temor, en la tenebrosa estancia sumida, por lo demás, en un espectral silencio. Allí había sombras que nunca terminaban de esfumarse, rincones oscuros y muertos que sólo evocaban lejanos y tristes recuerdos de otra vida, de otro tiempo, de otro lugar. De una era oscura y olvidada siglos atrás. Con un nudo de angustia atenazándole la garganta, y el vello de los brazos y la nuca erizados, recorrió despacio la distancia que lo separaba de la mesa con forma de herradura. Durante un breve instante, su mirada se posó sobre el vertiginoso barranco de negrura sin fondo que era la espada de lord Zaryll. Las tinieblas parecían girar en el interior de la hoja orladas de sangre. Tragó saliva y apartó los ojos sin poder contener un jadeo entrecortado impregnado de pánico. Su mano izquierda se cerró con un pequeño temblor sobre el respaldo de la silla más alejada del mago, la apartó muy despacio con un chirrido y se sentó, conteniendo un escalofrío. Sus ojos se posaron en la seguridad que representaba el liso borde de la mesa, ocultó las manos en su regazo durante unos segundos hasta que el temblor cesó y luego alzó una lentamente hasta ponerla sobre la fría superficie.
          —Tengo una misión para vos, Londar —comenzó lord Zaryll—. Una de suma importancia, tanto para mí como para vos —añadió esbozando una leve sonrisa que no llegó a reflejarse en sus ojos—. Entendéis lo que quiero decir ¿verdad? Sí, claro que lo hacéis —continuó sin darle tiempo a responder siquiera—. No sois tan imbécil, después de todo. Quiero que todo se haga de forma rápida, eficaz, sin disputas. No quiero fallos ni rivalidad alguna, Londar ar Nur, de ningún tipo.
          »Dentro de poco llegará Reda a Nardis, dos días después, vos y él atacaréis la avanzadilla de Trión, que para entonces estará ya en el valle. No me interesa demasiado que causéis bajas —su mano derecha dio pequeños golpecitos en el brazo del trono, mientras su sonrisa se esfumaba por completo—. Quiero en cambio que causéis el mayor daño posible a sus suministros. Incendiadlos, envenenadlos, lo que os plazca. Comida, agua, medicinas, armas, tiendas, caballos… destruid la infraestructura de su campamento. También quiero —inclinó la cabeza ligeramente a un lado y entornó los ojos marrones, la luz del día reflejándose en ellos hasta que las nubes cubrieron el sol de nuevo—, prisioneros, el mayor número posible de ellos. Quiero que minéis su moral, que teman combatirnos, que pasen hambre, frío, que sus heridos no puedan ser atendidos en condiciones, que la enfermedad se cebe en sus tropas. Matad a tantos clérigos de Elysis como podáis. ¿Habéis entendido?
          Londar ar Nur alzó poco a poco la vista y miró, por vez primera, al hechicero. El desprecio que había en sus ojos le quemó, trató de desviar los suyos de nuevo pero algo se lo impidió. Cuándo un ramalazo de dolor convulsionó sus entrañas, robándole el aliento, apretó los dientes, tratando de contener las lágrimas, de no orinarse encima, de evitar que el grito que pugnaba por salir de sus labios brotara descontrolado. Justo en el límite de su campo de visión, el mago aferraba la negra espada.
          —Habéis entendido ¿verdad? —Zaryll decidió presionar un poco más y sus dedos recorrieron la hoja de la espada—. Comprendéis lo que podría haceros si fracasáis ¿no es así? ¿Sentís el dolor?
          El joven general asintió con un gemido, encorvado sobre la mesa, asiéndose el vientre con ambas manos. Una arcada sacudió su cuerpo y se estremeció mientras vomitaba sobre el suelo negro, manchándose los pantalones. Había sangre.
          —S… sí… sí —gimió en un desgarrado susurro—, mi señor… por favor…
          Tan pronto como había aparecido el dolor cesó. Londar alzó el rostro perlado de sudor, los labios manchados de sangre, tembloroso, tratando de recobrar el aliento. Zaryll lo estaba mirando fijamente, evaluándole, sin el más mínimo atisbo de emoción, como quien mira a un gusano, a un ratón, que ha entrado en su cuarto. Le dolía el vientre, le temblaban las manos, la boca le sabía a sangre y a bilis.
          —No quiero errores, ni disputas con el elfo ¿me oís? No quiero competitividad por ver quién me trae a más prisioneros, ni por ver quién causa más estragos en los ejércitos de Trión. Sé que él y vos no os lleváis precisamente bien. No quiero tampoco vendettas personales —añadió mientras su tono de voz se enfriaba aún más, si cabe—. El hombre que envió Lord Nargor me ha informado de que hay al menos dos centenares de hombres del clan Lynaitha en la avanzadilla.
          —Lynaitha —durante unos breves instantes el odio se sobrepuso al dolor y al pavor que sentía, se limpió la sangre de la boca con la manga de la túnica y escupió una maldición entre dientes. Entonces la comprensión lo golpeó como una maza, al darse cuenta de lo insinuaban las palabras de Zaryll. Se quedó muy quieto inmóvil, mirando fijamente al hechicero.
          —Lord Londar ¿acaso de verdad creíais —le espetó con cinismo— que desconocía las razones que os impulsaron a uniros a mí? —Zaryll dejó escapar una seca carcajada ante el manifiesto asombro que reflejaban las facciones de su general—. ¡Por todos los Dioses! Sois tan ingenuo… Mucho antes de hablar con vos, en Ossián, ya sabía qué tendría que ofreceros para que me juraseis lealtad y traicionarais a Trión. Tendréis que reconocer que vuestra enemistad con el heredero de los Lynaitha no era precisamente un secreto, no al menos desde que Trión decidiera otorgarle a él el puesto de general en lugar de a vos. Pese a su manifiesta desventaja física, pese a ser tuerto, Trión lo eligió a él antes que a vos.
          »Ahora tenéis una misión que cumplir, Londar, olvidaos de vuestra vendetta personal. Cuando el mismísimo Shordish llegue a Nardis tendréis vuestra oportunidad, entonces no os detendré. Pero ahora recordad: no quiero errores, ni intereses personales en esto. Espero que seáis capaz de hacer algo tan sencillo como eso. Podéis retiraros.
          Durante unos momentos, Londar ar Nur no se movió de la silla, lo veía todo como a través de una neblina etérea y gris. Parpadeó un par de veces, intentando despejarse, se humedeció los labios, tragó saliva y, poco a poco, se puso en pie. Las piernas le temblaron pero logro mantenerse erguido.
          —Mi… mi señor—balbuceó al tiempo que se inclinaba en una reverencia para luego retroceder presuroso hacia la puerta y abandonar la estancia como si la muerte misma le persiguiera.




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2 comentarios:

  1. Enigmática primera parte. En cuanto a la segunda, me ha gustado mucho como describes el tono amenazador de Zaryll. Realmente impresiona.
    Por otra parte, no acabará bien con la espada...

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    1. Muchas muchas gracias. El enigma del Viajero se desvela a la altura del capítulo 17. Ya no queda mucho, así que un poco de paciencia y al menos una parte de este personaje verá la luz.

      En cuanto a Zaryll... es un personaje que nació con la idea del malo de turno, simple, sencillo y todo eso, pero ha ido adquiriendo profundidad según lo he ido desarroyando. Me alegra ver que logro el objetivo de hacer ver que lo de la Espada no acabará bien. Pero todo eso está por venir, ya veréis hasta qué punto puede influir.

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