Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 16 de mayo de 2013

CAPÍTULO DECIMOTERCERO (Parte 4/4) - La sombra del fénix


          Su mano se deslizó un corto tramo sobre la rugosa superficie de la pared de roca, tachonada por los grises, dorados y verdes de los musgos y líquenes que se adherían a ella fuertemente, y se detuvo cerca del borde. Su pie se movió medio paso en la abrupta pendiente, desprendiendo una piedra del tamaño de su puño, que cayó chocando contra las otras con un ruido seco y fuerte que se perdió entre el resonar de los cascos de los cientos de caballos que avanzaban por el desfiladero. Sobresaltada, contuvo el aliento, que se condensaba en plateadas nubes en el aire debido al intenso frío. El viento traía un intenso olor a humedad, que anunciaba la pronta llegada de las primeras nieves. El suelo crujía de vez en cuando bajo ella por la escarcha de la mañana que aún permanecía en los lugares más sombríos.
          Seindra se agachó al borde del talud, cerca de unas zarzas y matas de hirsuto brezo medio seco, y observó en silencio la ancha quebrada. A juzgar por el sonido, la avanzadilla de Trión no tardaría en llegar al lugar elegido para la emboscada. La joven suspiró cubriéndose los labios con el borde de la capa verde oscuro, para evitar que el vapor de su respiración la delatara. A su alrededor, el bosque que cubría aquella ladera de la montaña estaba sumido en un anormal silencio. Sólo le quedaba esperar que el ejército humano no se percatara de ello. Del otro lado del camino, una rama tembló dos veces, como si un pájaro se hubiera posado en ella y reemprendido el vuelo de nuevo.
          La joven elfa toqueteó el pendiente de olivina que pendía de su puntiaguda oreja derecha y asintió para sí. Se giró ligeramente sobre las grandes rocas, hasta que sus ojos se encontraron con los de un elfo mayor que ella, que aguardaba en pie a su espalda envuelto en una larga capa gris piedra. Con un gesto de la barbilla, le indicó que recorriera el linde del bosque y avisara a los que no hubiesen visto la señal. El elfo parpadeó una vez en un silencioso asentimiento y se alejó sin mover apenas las ramas a su paso. Seindra sonrió, intentando contener el nerviosismo anterior a la batalla, y luego volvió a clavar la vista en el camino; tenía que reconocer que Dara era uno de los mejores espías que tenía su clan, uno de los mejores del reino de hecho: silencioso, sereno en todo momento, rápido y ligero como el viento al caminar. La pequeña sonrisa de sus labios se ensanchó, al sentir el ardiente agarrotamiento de la expectación en las entrañas, la tensión de los músculos de los hombros y piernas, sobre todo encima de las rodillas. El corazón le empezó a latir a mayor velocidad, obligándola a respirar con celeridad. El aire pareció hacerse más ligero en sus pulmones. El cosquilleo de la sangre se extendió, desde su cuello y espalda, a las palmas de las manos, haciendo que se volvieran más sensibles. Todo su cuerpo vibraba. ¡Por todos los Dioses, cómo lo adoraba! Ese cúmulo de sensaciones que recorrían su cuerpo de arriba a abajo en violentas oleadas, ora frías ora cálidas, la hacían sentirse más viva que nunca. Era casi mejor que el sexo. Casi. Se humedeció ligeramente los labios con el resuello entrecortado, tragó saliva y se apartó un suelto mechón de fino cabello blanco de delante de los ojos; la trenza se le estaba deshaciendo, pero ahora eso no importaba.
          Un jinete, ataviado con la capa azul oscura de los ejércitos de Ossián, apareció en su campo de visión, las piedras del camino crujieron bajo los cascos del corcel. La joven se tendió más cerca del suelo y observó, entre los oscuros y ásperos tallos de las matas, al solitario soldado que pasaba en ese momento frente a donde se ocultaba. Seindra parpadeó sorprendida, conteniendo la respiración, al percatarse de que era una mujer la que iba a caballo. Bajo la gruesa prenda, vestía una ligera sobrevesta blanca, larga hasta las rodillas, que la identificaba como sacerdotisa de Tyrsha. Por debajo llevaba una túnica de color oscuro y con amplias mangas. Los pantalones negros estaban manchados de barro hasta las rodillas, al igual que la larga vaina de la espada que pendía de su cadera y el borde inferior de la capa. Tenía el cabello castaño muy corto y las facciones casi ocultas por el alto cuello del manto. Su mano izquierda reposaba sobre uno de los muslos, cerca de la empuñadura del arma.
          La elfa la observó alejarse mirando con desconfianza a ambos lados de la quebrada, atenta a cualquier movimiento extraño. Los ojos de la sacerdotisa pasaron por encima suyo en más de una ocasión, sin que esta la viera.
          «Una guerrera de Tyrsha... —sonrió, moviendo su propia mano con suma lentitud hacia la funda de su espada—. ¡En nombre de Noidha! Sacerdotisas. Esto va a ser interesante, muy interesante.»
          Más caballos y soldados de a pie comenzaron a pasar ante las emboscadas tropas elfas en ordenadas filas. Viajaban en un silencio casi total, tan solo un reducido grupo de jóvenes del centro de la avanzadilla, cuatro hombres y una mujer, cantaban una suave balada con voz queda. De vez en cuando, alguno de los que les rodeaba se les unía en el estribillo. Desde donde se encontraba no podía comprender la letra. Muy pronto, estuvieron demasiado lejos como para poder oírles.
          El plan que había trazado era sencillo: atacarían rápidamente a la retaguardia, cogerían unos cuantos prisioneros y desaparecerían de nuevo en las montañas. Pese a todo, el combate sería inevitable en cuanto la avanzadilla de Trión se diera cuenta de lo que ocurría. Si el informe del hombre que Nargor había enviado era correcto —y ella no tenía la menor duda al respecto—, allí, pasando ante sus ojos, tenía que haber aproximadamente unos tres mil hombres. Ellos eran poco más de cien, así pues, toda su ventaja residía en la sorpresa y en la rapidez con que atacaran. Podría haber traído consigo a un mayor número de elfos de Nardis, pero un grupo tan grande se hubiera movido con demasiada lentitud en las montañas y Zaryll necesitaba las Sombras con la mayor celeridad posible; era por eso que había optado por una tropa reducida y formada por los mejores guerreros que había encontrado.
          Seindra se removió con impaciencia. La humedad del suelo le estaba entrando a través de las ropas. Empezaba a sentir la mordedura del frío. Al final, las últimas filas de humanos rebasaron su posición. La joven se acuclilló e hizo un gesto a su espalda sin mirar siquiera. Las ramas de un pino cercano oscilaron ligeramente y un joven elfo se arrodilló en silencio a su lado, llevaba un arco entre las manos con una larga flecha a medio tender; él también respiraba de forma irregular. Sus ojos, de pálido color azul verdoso, relucían de excitación bajo el blanco flequillo revuelto. Alzó el arco y lo tensó. Una ligera ráfaga de viento agitó los cabellos de ambos, al resbalar entre las ramas de los árboles con un suave siseo, dejando caer una lluvia de hojas secas sobre ellos. Segundos después, apareció otro soldado a caballo, cerrando la marcha; cabalgaba muy cerca de donde ellos estaban. Los dedos de Seindra juguetearon nerviosos con un pequeño montón de agujas de pino que había sobre la resquebrajada piedra. La elfa se preparó para saltar. El joven que había a su lado entrecerró los ojos y apuntó. El arco chasqueó, la saeta silbó en el aire, cortándolo con precisión, y se hundió a la altura de la cadera del jinete, que cayó del corcel con un grito de dolor en el que se entremezclaban la sorpresa y la alarma.
          Seindra se puso en pie y saltó por el terraplén al tiempo que desenvainaba la espada con un agudo chirrido. Sus pies resbalaron un poco en la tierra y rocas sueltas, levantando una baja nube de polvo ocre y gris tras ella. Más elfos surgieron del bosque a ambos lados de la garganta, abalanzándose sobre las tropas humanas, justo cuando estas se volvían desconcertadas. Muy pronto, el espacio entre los taludes se llenó de gritos y del entrechocar de armas.
          El soldado herido por la flecha, un hombre de mediana edad y barba y cabellos oscuros, se retorcía en el suelo con el astil sobresaliendo entre sus dedos, intentando apartarse de los cascos de su aterrado corcel, que corcoveaba a su alrededor. Seindra Shays-shu agarró al animal de las riendas y lo apartó. Uno de sus hombres se arrodilló ante el soldado caído, le propinó un golpe seco en la nuca con el pomo de su espada y lo dejó inconsciente. Dos elfos más acudieron entonces y se lo llevaron hacia los bosques. La joven se adentró en el fragor del combate, soltando al caballo.
          Una mujer, ataviada con una sobre túnica blanca, se lanzó contra ella enarbolando una larga espada. Sus armas entrechocaron a la altura de su pecho con un chirrido metálico, al resbalar una hoja sobre otra. La humana retrocedió un paso con agilidad, zafó su espada con un hábil giro de muñeca, agachándose para esquivar la de la elfa, y, en el mismo movimiento, arremetió de nuevo en una rápida combinación de ataque y defensa. Seindra jadeó cuando la punta de la espada de la humana rebasó su muñeca produciéndole un corte superficial en el antebrazo. Tuvo problemas para parar el siguiente golpe. La sacerdotisa era buena en verdad, muy rápida; pero no lo suficiente. La elfa entrecerró los ojos y se dejó caer al suelo de costado; amortiguando el golpe con el herido brazo izquierdo. Introdujo su pie entre las piernas de la mujer y la tiró de espaldas sobre el camino.
          La humana emitió un grito entrecortado por la sorpresa y rodó sobre sí misma, hacia atrás, colocando la parte plana de la espada contra su estómago, para no herirse a sí misma. Paró en seco y se incorporó sobre una rodilla, con el rojizo cabello revuelto y la ropa manchada de tierra. Sus ojos azules miraron con rapidez a ambos lados, intentando recobrar el aliento, los hombros y los riñones le dolían por el fuerte golpe. ¡La maldita elfa había desaparecido! Uno de los hombres de su ejército trastabilló a su lado a punto de pisarla y se derrumbó a poca distancia. Ante sus atónitos ojos, dos elfos negros se lanzaron sobre él y se lo llevaron arrastras.
          —¿Pero qué...? —masculló girando sobre sí misma, aun sin acabar de levantarse—. Y esa elfa... ¿Dónde se ha...?
          Los combatientes la rodeaban, se encontraba en medio de una isla en el mar de gritos, sangre y chirriar de las armas. El vello de la nuca se le erizó al oír de pronto el leve crujido de unas piedras tras ella.
          —Yets min, shoura a-Tyrsha.
          Aquella voz, suave como el rumor del viento, siseó muy cerca de su oído, sintió su cálido aliento en la base del cuello, luego, un golpe seco en la nuca la sumió en las tinieblas.


          Seindra se apartó el cabello de los ojos dorados con el dorso de la mano empapada en sangre fresca, dejando un rojo rastro sobre la frente. Cuando se había incorporado, uno de aquellos apestosos humanos la había estado a punto de atravesar con su arma. Ahora yacía muerto con el cuerpo atravesado de parte a parte. Alguien chocó contra su espalda, haciéndola trastabillar y casi caer sobre la sacerdotisa. Se giró bruscamente dispuesta a matar, pero el atisbo de unos cabellos blancos y una piel oscura detuvieron su mano en el último momento. El elfo, un muchacho muy joven todavía, peleaba con una shedaar contra un soldado evidentemente más fuerte que él, que le estaba haciendo retroceder. El muchacho se apartó a un lado, parando con el astil la afilada espada de su oponente y echándose a un lado. A continuación, hizo girar la lanza doble y la asió con ambas manos, de una forma que cualquier entrenador hubiera considerado improcedente, para hundirla profundamente en el estómago desprotegido de su adversario, aprovechando una momentánea bajada de guardia por parte de este. El hombre ahogó un grito, al tiempo que dejaba caer la espada entre sus pies. Con los rasgos desfigurados por una salvaje mueca de triunfo, el joven giró el arma medio palmo, clavándola más en el cuerpo del guerrero, luego la extrajo junto a los blancos intestinos, que cayeron en un sanguinolento amasijo sobre el suelo. El humano contempló horrorizado cómo su sangre manchaba de rojo intenso sus pantalones y manos, antes de derrumbarse en el camino con un jadeo entrecortado.
          —Improcedente pero eficaz —murmuró Seindra, agarrando al chico por el brazo, que dio un respingo asustado, para hacer que se diera la vuelta—. ¡Ayúdame con ella! —le ordenó, indicándole el bulto inconsciente que era la mujer. La joven elfa envainó la espada y se agachó.
          El gemebundo sonido de un cuerno resonó de pronto en el desfiladero, levantando ecos contra las paredes de roca, en el aire que hedía a sangre y a acero. ¡La señal! Seindra y el joven recogieron el cuerpo de la guerrera y se alejaron a toda velocidad del aturdido ejército de los humanos, demasiado confundidos por la repentina retirada de los elfos negros como para seguirles. El cuerno enmudeció segundos después y el bosque y la cañada quedaron sumidos en un espeluznante silencio, roto sólo por los lamentos de los moribundos.


          Seindra se retiró los cabellos sueltos de la cara mientras observaba la abatida fila de humanos, atados y amordazados, que estaba siendo supervisada por varios elfos; comprobaban las cuerdas que los unían entre sí, tirando de ellas con fuerza, y revisaban los nudos. Eran cerca de veinticinco, algunos estaban heridos y no podía asegurar su supervivencia hasta Nardis.
          Suspiró y, con los brazos en jarras, recorrió el valle en que se habían refugiado con la vista. Las cimas de las escarpadas montañas coronadas de nieve aparecían cubiertas de espesas nubes grises y blancas, cuyos brumosos dedos reptaban por las laderas tapizadas de árboles en las zonas más bajas. El aire era cada vez más frío, punzante en ocasiones, cuando el viento ululaba entre los retorcidos pinos y hacía ondular la rala hierba reseca, que tapizaba el suelo en torno a ella. La joven se mordió el labio inferior con los ojos cerrados, aspirando el aroma de las cumbres. La sangre olía incluso allí, proveniente de los zarrapastrosos humanos y de las heridas de sus propias tropas; era un olor suave y dulzón que se le colaba con facilidad en la garganta. Resultaba extraño que, cuando hacía ya varias horas que la batalla había concluido, y se hallaban lejos del lugar del combate, todo siguiera impregnado de aquel tufo ligeramente metálico. Pero siempre había sido así desde que ella podía recordar y había matado por primera vez. El hedor del campo de batalla siempre permanecía en sus ropas, en su piel, más que la propia sangre.
          Seindra se estremeció y se acercó al único sanador que había traído consigo, y que, en esos momentos, intentaba restañar el muñón cortado de uno de los elfos, que había perdido la mano durante la emboscada. El soldado yacía inconsciente en el suelo, atendido también por otros dos elfos; uno de ellos calentaba en un pequeño fuego una barra de hierro. El líquido vital manchaba la tierra a su alrededor de color carmín. Había perdido mucha sangre. No queriendo interrumpir, la joven aguardó a cierta distancia.
          El anciano sanador desvió la vista unos segundos hacia ella y asintió un par de veces, acompañando el gesto de un movimiento de la mano empapada, para pedirle un poco de paciencia, luego se volvió hacia el fuego.
          —Eso ya está, tráelo aquí —ordenó con voz áspera y tensa.
          El muchacho sacó la barra al rojo de entre las brasas y le tendió el extremo envuelto en grueso cuero.
          —Tú agárrale bien la cabeza y el otro brazo, cuida de que no se muerda la lengua; métele ese trapo en la boca —el otro elfo obedeció en el acto—. Y tú agárrale las piernas.
          —Sí, maestro.
          El sanador elfo frunció el ceño, respiró hondo y apretó la barra contra el muñón ensangrentado. Acompañado de un siseo gorgoteante, el olor a carne quemada se extendió por el valle. El soldado abrió los ojos. Tensando de pronto todo el cuerpo, se debatió entre los que le sujetaban con fuerza, con los irises llenos de lágrimas y gritó de forma ahogada a través de la mordaza. Tras un último estremecimiento, quedó inmóvil, respirando de forma acelerada. El sanador tiró el hierro a un lado y, después de pasarse una mano por la frente perlada de sudor, procedió a vendar la muñeca.
          —No tenéis de qué preocuparos, mi señora —añadió a continuación, todavía de rodillas, sin mirarla siquiera—, sobrevivirá si no hay podredumbre de la sangre pero, a no ser que aprenda a manejar la espada con la zurda, no podrá volver a luchar.
          La joven asintió con los ojos dorados clavados en el elfo herido. Estaba muy pálido y tenía el rostro bañado en sudor y lágrimas, su cabello blanco estaba embadurnado de sangre y barro, con decenas de hojitas y ramitas prendidas en él.
          —Lo importante es que esté vivo, siempre habrá algo que pueda hacer en vez de luchar. ¿Cuál es su clan... —vaciló, volviéndose hacia el anciano con los ojos entrecerrados, intentando recordar el nombre del sanador—, Enor?
          —Es el hijo menor de la helfdam de los Shays-thar, lady Seindra.
          La joven enarcó las cejas con manifiesta sorpresa. ¿Cómo no lo había reconocido? Inclinó la cabeza a un lado y le miró detenidamente una vez más. Si quitaba toda aquella sangre... tal vez... Con un cansado resoplido, se frotó los ojos. Sí, era él, sólo que había crecido desde que lo viera por última vez, cerca de cien años atrás; ella todavía le recordaba como el tímido adolescente que era entonces. Tendría que avisar a su familia en cuanto llegara a Nardis. Por ser varón e hijo menor, no tenía ningún derecho sobre el matriarcado o el clan, era un simple soldado más, pero, pese a todo, su madre tenía derecho a saberlo.
          ¡Un momento! La matriarca de los Shays-thar había muerto hacía dos semanas, con lo que... ahora reinaría la joven Shirey, la esposa del hermano. En cualquier caso eran familia y tenían que saberlo.
          —Bien, Enor, cuida de él hasta llegar a Nardis. Saldremos dentro de poco. ¿Hay algún otro herido grave?
          —No, mi señora. Sólo leves, pero hemos perdido a unas dos veintenas —respondió, limpiándose las manos con un paño ya bastante sucio, se las miró, arrugó los labios y prendió el inútil trapo de su cinturón—. ¿Deseáis que haga una lista de las bajas, lady Seindra?
          —Sí —convino ella—, entrégamela cuando esté terminada.
          Dos veintenas, casi la mitad de la gente que había traído consigo. Un precio muy alto para poco más de veinte prisioneros. Esperaba que aquello mereciera las vidas élficas que había sacrificado. La joven se volvió hacia los prisioneros y asintió al ver que ya estaba todo preparado para partir. Dentro de un par de horas, en cuanto enterrasen a los muertos, emprenderían de nuevo el camino hacia la ciudadela.
          La mujer contra la que había combatido, la sacerdotisa de la Diosa de la Guerra, la miraba con repugnancia y odio desde la fila, sus ojos azules entrecerrados y la cabeza alta, orgullosa pese a estar atada. Las comisuras de los labios de Seindra se tensaron ligeramente hacia arriba. Con paso mesurado, se acercó a la humana al tiempo que a su rostro asomaba una sonrisa carente de humor. Necesitaba algo con lo que desahogarse y aquella mujer serviría.


          Llewlyn ar Ghênn intentó contener los acelerados latidos de su corazón y su rápida respiración superficial. La mordaza estaba empapada de saliva y le hacía daño en la boca, también le apretaba la dolorida y, seguramente, amoratada nuca. Sacudió la cabeza, apartando un rizado mechón de cabello que le caía sobre el ojo, enredándosele en las pestañas, y alzó la barbilla desafiante; el cabello volvió a caer obligándola a parpadear. La furcia elfa estaba frente a ella, un poco encorvada para que sus ojos quedaran más o menos a la misma altura. Se debatió con las cuerdas que ataban sus muñecas, pero estas no cedieron y le desgarraron la piel produciéndole sangre.
          —No lo conseguirás, humana —le oyó decir en voz baja, en un perfecto bakanés pero con extraño acento—. Esos nudos no se sueltan con facilidad.
          —Asftarda —escupió a través de la mordaza.
          La bofetada de la elfa estuvo a punto de tirarla al suelo. Luego su mano se cerró como una garra en su pelo, sacudiéndole violentamente la cabeza.
          —No he entendido bien lo que me has dicho —siseó con furia contenida, llevándose la mano a la cadera y desenfundando el cuchillo que llevaba allí.
          La sacerdotisa jadeó asustada.
          Por el rabillo del ojo, Llewlyn vio cómo el hombre que había a su izquierda se lanzaba contra la elfa, en un desesperado intento de apartarla de ella. La cuerda que les unía se tensó de forma dolorosa, haciéndola girar sobre sí misma y provocándole un lacerante tirón en el cabello. La elfa negra la soltó quedándose con unos cobrizos mechones entre los dedos. El acero brilló en el aire y el hombre se retiró con un aullido ahogado y un profundo corte cruzándole la mejilla. La sacerdotisa ahogó un grito al caer al suelo, siéndole imposible mantener el equilibrio. Las luces, el valle que empezaba a llenarse de niebla... giraron a su alrededor en un torbellino de color. El dolor trepó en ardientes oleadas desde el coxis hasta los hombros.
          Una mano fina, de esbeltos dedos, se cerró en torno a la mordaza y tiró de ella con fuerza hacia arriba, hasta ponerla en pie. Al aclararse su vista, se encontró frente a frente con los crueles ojos áureos de la elfa, le sonreía de forma cáustica. La hoja de la daga se introdujo entre la venda y su mejilla, provocando en su piel un helado estremecimiento. No gritó cuando la afilada cuchilla se deslizó bruscamente, cortando la tela con limpieza. Sorprendida, Llewlyn abrió mucho los ojos.
          —¿Qué has dicho antes? No lo he entendido —aclaró con voz suave, mientras la punta de la daga se deslizaba por su cuello, sin llegar a cortar, contradiciendo hasta cierto punto la engañosa amabilidad que destilaban sus palabras.
          Llewlyn abrió y cerró la boca varias veces, para aliviar en algo el dolor de las comisuras de sus labios, que tenía casi en carne viva. Respiró hondo varias veces. Un reguero de saliva resbaló por su barbilla sin que pudiera evitarlo, hasta caer sobre la mordaza que había quedado colgando de su hombro.
          —Bastarda —repitió entre dientes, de modo que sólo la elfa pudiera oírla, luego se encogió esperando el golpe.
          Para su sorpresa, la joven se limitó a soltar una queda risita. El viento hizo que el largo cabello blanco velara aquel afilado rostro unos instantes, ocultándole su despectiva mirada.
          —Es posible —convino la elfa negra, apartándose el pelo de la cara—, mi madre nunca ha sabido decirme quién fue mi padre.
          Alzó la mano para golpearla de nuevo, pero pareció pensárselo mejor y la agarró de la nuca en su lugar. Acercó su rostro al de ella hasta que sintió el olor y la calidez de su aliento en la cara. La maldita elfa parecía disfrutar con todo aquello y a ella ya no le quedaban fuerzas para seguir luchando. La mejilla donde la había abofeteado le ardía, y sentía la viscosidad de la pegajosa sangre procedente de los cortes de sus muñecas resbalar entre sus ateridos dedos.
          —No —suspiró—. Yo no te haré nada. Prefiero esperar a ver tu destino una vez lleguemos a Nardis. Y, créeme, no será agradable. Disfrutaré enormemente con ello, sacerdotisa, puedes estar segura de eso. ¡¡Amordazadla!! —Gritó, hablando aun en bakanés, tras soltarla y alzar la mano por encima de su cabeza. Mientras uno de los soldados obedecía la orden, la joven acercó los labios al oído de la humana—. Adiós, shoura a-Tyrsha.




 

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