Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 13 de mayo de 2013

CAPÍTULO DECIMOTERCERO (Parte 3/4) - La sombra del fénix


          El viento silbaba en el oscuro atardecer por entre las ramas de los árboles que se entrelazaban en una densa cúpula sobre el camino cubierto de barro blando. Tan solo a unos pocos pasos de distancia, bajo el manto del bosque, el mundo se tornaba negro y lleno de sombras extrañas, las mayores de las cuales se perfilaban de plata deslustrada a la mortecina luz gris parduzca del crepúsculo. Pronto ya no podrían ver siquiera las crines de sus propias monturas.
          El más joven de los mensajeros suspiró y sus ojos recorrieron con aprensión los grandes pinos y abetos y el suelo tapizado de enlodadas agujas secas. El viento helado sacudió sus cabellos cobrizos en torno a su apuesto rostro y le enredó la humedecida capa en el brazo en que llevaba las riendas.

          —Odio esto —masculló, frotándose la mano en el pantalón—. Me pone los pelos de punta.
          Un suave estremecimiento azotó sus hombros. Pese al frío que hacía, tenía la espalda bañada en frío sudor.
          —Al menos ahora no llueve —replicó su compañero secamente, pero escrutó asimismo las tinieblas con incomodidad—. No te quejes tanto.
          El joven le miró con resentimiento, arrugando los labios en una mueca de amargura.
          —No pongas esa cara —le reprendió el mayor, sin mirarle siquiera—. A mí tampoco me gusta y me aguanto.
          —Sabes que no es eso —saltó, claramente a la defensiva—. Es... es... —vaciló, lanzando furtivas miradas a la techumbre de ramas y bajando el tono—. No puedo explicarlo, pero tengo una sensación rara, como si alguien nos estuviera vigilando.
          El hombre mayor rio, pero había una nota un tanto desazonada en su voz. ¡De modo que él también lo había notado!
          —No digas estupideces, Narem. Es el viento.
          Ranag se removió en la silla de montar y, de forma inconsciente, su mano izquierda aflojó la espada en la vaina. El gesto no pasó desapercibido para el joven, pero se abstuvo de hacer ningún comentario y le imitó con disimulo. El roce del arma en los dedos, sin embargo, no sirvió para que su corazón no se acelerase al menor crujido en la espesura.


          Nargor acarició el cálido cuello de su caballo, enredando los dedos en las sedosas crines negras, luego se colocó bien el borde de la venda, que se había doblado a la altura del pómulo izquierdo. No era que le molestara; después de tantos años de uso ya estaba más que acostumbrado a ella y no le producía la menor incomodidad. Era más bien un gesto inconsciente, reflejo de su nerviosismo. Al darse cuenta de lo que hacía, volvió a poner la mano en el regazo. Sus ojos ciegos se clavaron con paciencia en la cercana curva del camino y aguardó en silencio, sólo en medio de la senda flanqueada de altos y oscuros árboles, que se erguían a ambos lados como un impenetrable muro lúgubre y hostil.
          El joven general de los ejércitos de Nardis aspiró el frío aire que cortaba su rostro como afilados cristales de hielo, hasta que los pulmones le dolieron. Las pequeñas acículas de los pinos caían a su alrededor en una lluvia seca y ocre con cada ráfaga del fuerte y desapacible viento. La blanca pieza de tela que cubría sus ojos aleteaba a su espalda produciendo un suave chasquido. A su alrededor podía sentir la presencia de sus hombres, acechando ocultos entre las cada vez más densas sombras. Sus lentas respiraciones eran el contrapunto adecuado a los acelerados latidos de su propio corazón.
          Los hombres de Trión estaban cerca, podía sentirlos. Eran dos, a caballo, aunque aún tardarían un rato en aparecer.
          Sin poder evitar un cosquilleo de expectación en la boca del estómago, Nargor sonrió con cierto pesar. Tenía la impresión de que les conocía, si no a ambos, sí al menos a uno, aunque tal vez sólo los hubiera visto en alguna ocasión, quizá en Ossián. Nargor se retiró el flequillo de la frente con algo de inquietud, al tiempo que la sonrisa desaparecía de su rostro. Apartó la vista del camino, para volver a posarla en él al cabo de unos segundos. ¿Acaso aquello importaba? ¿Acaso si era cierto iba a actuar de una forma diferente a la que tenía pensada? No, ya era demasiado tarde para volverse atrás, para volver al principio del camino y tomar otra senda.
          «Quizá no lo sea aún.»
          La voz que resonó en el interior de su mente le sorprendió, confundiéndolo durante unos instantes. Sacudió la cabeza varias veces, antes de suspirar abatido.
          Tal vez no para otro Nargor, pero sí para él. Posiblemente, a aquel otro Nargor de años atrás, a aquel que existió una vez, sí le hubiera importado que los dos hombres fuesen conocidos, pero no a él. Hacía ya mucho tiempo que aquel Nargor había muerto, desangrado, quizá, en una oscura habitación, herido de muerte. Ahora sólo estaba él y, después de lo que se disponía a hacer, daría el paso definitivo, dejando...
          «... dejando el pacto sellado —pensó, mientras acariciaba el pomo de la espada.»


          Había una figura negra aguardando en medio del camino. Narem ahogó un grito, dando un bote en el asiento y detuvo al corcel con un fuerte tirón de riendas. Ranag escupió una maldición a su espalda y enmudeció al ver la razón por la que él se había parado, escuchó cómo desenvainaba a su espalda con un agudo chirrido metálico. Narem abrió mucho los ojos y emitió un ronco jadeo. Aquella venda...
          —Na... Lord Nargor... ¡DIOSES! —exclamó al ver la insignia de la flor de lis plateada que resaltaba sobre las negras ropas pese a la creciente oscuridad.
          El ciego esbozó una sonrisa desdeñosa. El bosque se llenó de crujidos a su alrededor. Una decena de hombres emboscados surgió de entre los altos árboles con los arcos tendidos.
          Narem oyó cómo Ragnar maldecía y su caballo piafaba. Respirando de forma acelerada, con la mirada febril, espoleó con un grito a su montura camino adelante, hacia el enlutado jinete. Su grito se transformó en un alarido de dolor cuando algo laceró su hombro, tirándole de la grupa del animal. El fuerte golpe en la espalda lo dejó sin aliento. La oscuridad giró en un confuso torbellino a su alrededor, la sangre le martilleaba en las sienes, en el cuello, de forma dolorosa. Los músculos del brazo le ardían hasta el codo. El mundo se llenó de gritos, chapoteos de cascos de caballos en el embarrado terreno, unas flechas silbaron sobre su cabeza. Un hiriente relincho de caballo cortó el crepúsculo. Alguien gritó. Luego el silencio, interrumpido tan sólo por un lastimoso gemido, que le traspasaba los oídos. Tardó en darse cuenta de que era él el que balbuceaba. Sus dedos estaban cerrados en torno al astil de la saeta que le atravesaba el hombro bajo la clavícula. La sangre resbalaba por su mano. Una sombra se movió sobre él y alcanzó a distinguir el fugaz brillo opaco de algo blanco o plateado.
          —Ra... Ranag... —murmuró.
          —... muerto —oyó que respondía alguien muy cerca suyo; no logró identificar la voz.
          La oscuridad le rodeaba, veía todo borroso.
          —Ranag...
          —No —el tono seco de esa palabra le hizo encogerse —. ¿... mensaje de Trión?
          El objeto plateado seguía encima de sus ojos. Lentamente su visión se aclaró: era una espada, una espada ensangrentada.
          —¿Dónde está el mensaje de Trión para la avanzadilla? —inquirió Nargor con excesiva amabilidad.
          El dolor era cada vez mayor, iba a perder el conocimiento.
          —N... —respiró de forma rápida y superficial— no... nunca...
          —Comprendo.
         La imprecisa silueta que volvía a ser el general de Nardis cambió de postura. Un destello argénteo segó su dolor.


          Zaryll se pasó una esbelta mano de largos dedos por el pelo que le acariciaba la huesuda mejilla a cada paso, y se lo retiró con elegancia del rostro, antes de rascarse la barba. Su mirada marrón se posó en la ornamentada barandilla cubierta de polvo, antes de apoyarse en ella con ademán cansado. La luz turquesa de la estancia subterránea serenó un poco sus alterados ánimos.
          —Saludos, Asgreg —dijo, esbozando una fugaz sonrisa. Su voz resonó en la cámara.
          El enorme dragón, de más de dos ahs de longitud, movió su atlético corpachón para que su testa quedara frente al hechicero, tenía la mitad izquierda del rostro quemada y surcada de antiquísimas cicatrices. Le faltaba el ojo.
          —Zsaludozs, humano.
          —Venía... —vaciló, sus dedos juguetearon con la empuñadura de la espada; no se le escapó el brillo de desconfianza que asomó al rostro de la bestia al posarlos en el arma—. Venía a hacerte una pregunta.
          —Adelante.
          —¿Có... cómo se siente uno siendo el último de su raza, Asgreg?
          La única pupila vertical del dragón se estrechó con desconcierto.
          —Lo dezsconozco, humano, olvidazs que yo nunca fui el último. Zsi azsí fuera, pozsiblemente tú nunca habríazs nacido.
          Zaryll estuvo a punto de reír. Cerró los ojos y asintió.
          —Claro, ni yo, ni Flyll, ni Adryll, ni Clartyll, posiblemente.
          —Exzsacto.
          —Hay algo más.
          Durante un momento, pareció que Asgreg se fuera a quedar adormilado una vez más, pero luego abrió de nuevo su enorme ojo.
          —¿Zsi?
          —Los dragones de fuera de Bakán. El resto. Este reino fue en un tiempo  famoso por sus dragones, pero ahora no hay quien ocupe su lugar en los cielos. Después de casi tres milenios ¿por qué no han venido algunos aquí, a por nuevos territorios?
          Las alas de la hermosa criatura se sacudieron con un espasmódico gruñido, que el mago interpretó, acertadamente, como su risa.
          —¿Acazso no lo hazs adivinado? ¿¡ que te vanagloriazs de zser —de pronto, la monstruosa cabeza del dragón se alzó sobre el esbelto cuello hasta que las ventanas de su hocico quedaron a su altura. El cálido y hediondo aliento le sacudió los cabellos y su mirada anaranjada lo traspasó— el mago mázs poderozso que jamázs haya exzsizstido!? ¿, que uzsazs la vedada magia de lozs elfozs?
          »Entoncezs —añadió bajando de nuevo la cabeza, cuando éste no le respondió— no erezs tan poderozso como te creezs, Zsaryll ar Yenner.
          »Aunque no lo parezsca, yo también me veo afectado por el Zsueño del Dragón; en menor medida, por zsupuezsto, ya que no me encontraba aquí cuando aquello ocurrió.
          Conmocionado, el hechicero de las sombras retrocedió un paso. ¿De modo que era por eso que no habían venido? Miedo a verse afectados por el Sueño. Miedo a dormir eternamente.
          Lentamente, Asgreg cerró su único ojo y acomodó la cabeza cuneiforme cerca del hombro. Zaryll lo observó largo rato sin articular palabra, luego retrocedió sobre sus propios pasos, en dirección a la larga escalera que conducía a la sala del trono. Con toda probabilidad, él sería el último mago de Bakán. Después, la magia se perdería para siempre, ya que, aun suponiendo que nacieran más niños con el don, no quedarían maestros para instruirles... salvo él. Y nunca haría tal cosa, por mucho que le doliera. Sería el último, sí, pero también el más grande.




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2 comentarios:

  1. Me ha gustado la parte de la emboscada y la parte en que Nagor duda por un momento, pero la parte del dragón me cuesta más de leer. Está bien escrita, pero me cansa un poco que el dragón hable tanto con la z. ¿No sería mejor describir cómo habla y no reflejarlo por escrito?

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    1. La verdad es que no lo sé. Es algo que me tendría que replantear. Al igual que con el maese de la herrería de Nardis que es tartaja, quería reflejar la forma de hablar aquí también. Muchas gracias por hacérmelo notar. Tal vez relaje un poco la grafía a ver cómo resulta. :)

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