Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 9 de mayo de 2013

CAPÍTULO DECIMOTERCERO (Parte 2/4) - La sombra del fénix


          La posada estaba un poco más adelante, tal y como el hombre le había dicho. El agua escurría en cintas plateadas del cartel descolorido de un hombre que tiraba de una carreta llena de toda suerte de cosas extrañas, en otro tiempo, sus ropas a cuadros debieron ser rojas y verdes. Ledren alzó el rostro con los ojos entrecerrados para protegerlos de la lluvia y se detuvo sobre un rectángulo de luz dorada, que fluía, cálida y acogedora, a través de una de las ventanas de cristales esmerilados de varios colores. De su puerta cerrada le llegaba el reconfortante sonido de voces que charlaban animadamente y una rítmica música de flauta y tambores, todo ello entremezclado con un dulce aroma a carne recién asada y peras en salsa, que hizo que el estómago se le encogiera. El joven tragó compulsivamente la saliva que le llenó de pronto la boca. Suspiró, se sorbió la goteante nariz y llevó a su caballo a los establos que había a un lado del edificio, allí le quitó los arreos y cogió su equipaje; la silla se la echó a la espalda y abandonó las húmedas y cálidas cuadras que olían a pelo mojado de animales y a paja sucia.

          En cuanto abrió la puerta de la posada, el tenue tufo a humo, a comida, el calor del fuego y el fragor de las conversaciones de la gente, le envolvieron como un espeso manto haciendo que se sintiera mareado y aturdido. Parpadeó, con los ojos convertidos en meras rendijas por la luz que lo deslumbraba, y escupió parte del agua que tenía en la boca. La habitación estaba abarrotada; tendría suerte si quedaban habitaciones libres. Pero ¡por todos los Dioses! ¡Si tan sólo en aquella estancia ya había más gente que habitantes tenía su aldea! En el centro, se erguía una gran chimenea sobre la que se asaban, girando lentamente sobre los espetones, dos corderos y un cochinillo de piel deliciosamente dorada. A uno de los corderos le faltaba ya una pata. Al fondo, se podía entrever la escalera que conducía al segundo piso. La gente que se había vuelto para mirarle dejó rápidamente de prestarle atención. Las tripas le rugieron de forma alarmante.
          —Lo... lo primero es la silla —balbuceó, con los ojos velados por el cansancio, cerró la puerta y se encaminó con paso cansino hacia la barra, donde se apiñaban un grupo de parroquianos.
          Ledren dejó caer el empapado equipaje y la silla de montar a sus pies, y buscó al posadero con la vista. Cerca del extremo opuesto, junto a un pequeño grupo de hombres que reían ostentosamente, había uno grande y corpulento ataviado con un delantal de color blanco bastante sucio, que limpiaba una jarra, mientras sacudía divertido la calva cabeza. Aprovechando un momento en que se giró hacia él, le hizo un gesto con la mano. El posadero dejó el trapo y la jarra en una desvencijada mesa que había a su espalda y se le acercó, contoneando su inmensa mole. Su rollizo rostro sonrosado estaba cubierto de una fina película de sudor.
          —Buenas noches, señor —preguntó con una sonrisa, que casi desapareció de sus labios al ver el charco que se estaba formando a los pies del joven. Sin lograr contener con demasiado éxito una mueca desdeñosa, le miró de arriba a abajo con desconfianza—. ¿En qué puedo ayudaros?
          —Habitación para una noche —respondió en un susurro aturdido. Allí había demasiada gente y el ambiente estaba muy cargado—. Mi caballo está en el establo. A propósito, ¿dónde podría encontrar un herrero o un sastre o alguien que cosa cuero?
          El hombretón parpadeó y se frotó la papada con manifiesta incomodidad.
          —Aún nos quedan habitaciones libres, pero... —carraspeó— me temo que todos los comercios han cerrado ya, señor. Tendréis que esperar a mañana.
          —Parto al amanecer —el humo que flotaba en el aire le estaba mareando, posó una mano en el borde de la barra—, necesito arreglar mi silla ahora.
          —Pe... pero, señor, eso es impo...
          —¿¡Dónde puedo encontrar a un herrero!? —repitió, tal vez un poco más alto de lo que tenía pensado.
          El fiero tono de sus palabras hizo que más de uno se volviera hacia ellos y que las conversaciones se acallaran a su alrededor. Una silla chirrió contra el suelo de madera. Ledren vislumbró por el rabillo del ojo cómo alguien se movía tras él.
          —¿Algún problema, Var?
          El que se había levantado dio un paso al frente con las manos apoyadas en la hebilla del cinturón. La música cesó y los que les rodeaban se retiraron hacia atrás moviendo los pies con nerviosismo. Algunos de los que estaban al fondo de la sala, se pusieron en pie sobre sus sillas, para ver con claridad lo que ocurría. Una voz femenina preguntó algo y fue silenciada bruscamente.
          Ledren suspiró con los músculos en tensión, se giró con lentitud y miró al hombre que tenía detrás a los ojos. Le sacaba casi una cabeza, así que tuvo que bajar la vista. Los ojos de aquel tipo eran de color azul pálido y aparecían vidriados por el alcohol. ¡Justo lo que siempre había deseado encontrar! Un borracho fanfarrón dándose aires de grandeza frente a los amigotes.
          —No, Var no tiene problemas —replicó con fría calma, fulminándole con la mirada.
          Tras unos segundos de angustioso silencio, el hombre tragó saliva y asintió presuroso, volviéndose a sentar, procurando no cruzar otra vez sus ojos con los de él. La música volvió a sonar, más suave esta vez, y la gente reanudó sus conversaciones en voz baja. Los más cercanos, no apartaron la vista del extranjero acodado en la barra. El joven encaró una vez más al posadero.
          —Mirad, estoy dispuesto a pagar dos wyrms de plata por el arreglo —explicó, separando las manos en un gesto tranquilo—. ¿Sabéis dónde puedo encontrar a alguien que me cosa la cincha de la silla, o no?
       Var resolló sobresaltado. ¡Dos wyrms! Eso era como mínimo cuatro veces lo que costaría la reparación. Se tuvo que enjugar la frente con el delantal para mantener la compostura. Aquel joven con aspecto de mercenario tenía que tener verdadera prisa si iba a pagas semejante cantidad. Llevándose el puño a la boca, carraspeó y se pasó la lengua por los cuarteados labios. Recorrió nervioso con la vista la posada, por si alguien más había prestado atención a las palabras del chico, pero, tras el breve enfrentamiento con Led, se había formado una amplia zona vacía a su alrededor. Él era un hombre decente, los Dioses podían atestiguarlo, pero no podía decirse lo mismo de la mitad de su clientela.
          —El... el curtidor —se le quebró la voz en una nota aguda, volvió a toser— suele hacer ese tipo de trabajos. A estas horas estará en la taberna “La Piedra del Troll”.
          —¿Dónde queda eso? —preguntó Ledren parpadeando de cansancio, el calor le estaba sumiendo poco a poco en un agradable sopor... Sacudió la cabeza y se frotó los ojos.
          —Subid hasta la plaza, y allí tomad la tercera calle de la derecha, al fondo hay una puerta sin adornos con una ventana a cada lado; no hay cartel. Preguntad por Alak.
         —Gracias. Guardadme esa habitación, volveré pronto —el joven ahogó un bostezo en las últimas palabras, se agachó a coger la silla y se la colgó al hombro junto al resto del equipaje.
          El tabernero observó cómo salía de la posada, de nuevo al encuentro de la lluviosa noche, y se preguntó quién sería, con aquellos profundos ojos negros y aquel rostro sin afeitar, su extraño acento y aspecto peligroso. Evidentemente, no era del tipo de persona con la que a uno le gustaría encontrarse en un callejón oscuro; aunque se llevara una espada y el joven pareciera ir desarmado… tanto menos armado con aquella hacha que llevaba a la cintura.


          Ledren resbaló sobre una de las piedras y soltó una maldición entre dientes, mientras se bamboleaba para mantener el equilibrio. Alzó el rostro, intentando ver algo a través de la oscuridad y de la lluvia, y masculló un nuevo exabrupto.
          —¿Quién me habrá mandado... ?
          La puerta cerrada de lo que tenía que ser “La Piedra del Troll” se encontraba ante él. Era pequeña, y la madera pintada de un indefinido color oscuro estaba cuarteada y alabeada ligeramente en el marco, su superficie surcada por grandes desconchones, que dejaban a la vista los tablones rectangulares perlados de astillas. A ambos lados del marco, había dos diminutas ventanas de mugrientos cristales oscurecidos por el polvo y el humo, que seguramente no habían visto un cubo de agua en generaciones. El joven resopló, y tras quitarse con la empapada manga el agua que le caía en los ojos, abrió la puerta con cierta inseguridad.
          El olor a cerveza rancia y a humo lo envolvió en un sofocante manto en cuanto franqueó el umbral. El calor lo golpeó como un mazo en pleno rostro haciéndole boquear en busca de aire fresco. Entremezclada en la viciada atmósfera, había una extraña fragancia dulce y empalagosa que no logró identificar. Mirando desconcertado a su alrededor, se encontró en lo alto de una escalera que descendía en dos largos tramos hasta un sótano lleno de gente.  Justo sobre su cabeza, entrelazada en las gruesas vigas de madera que sostenían el techo, hondeaba una densa nube de humo gris. Sin salir de su asombro, su vista se clavó en una especie de balconada que rodeaba la taberna por tres de sus lados un poco más abajo de donde él se encontraba; varias escaleras de precario aspecto subían desde el fondo hasta ella y pequeñas cortinas oscuras servían como puertas a varias habitaciones que había allí. Un nutrido grupo de hombres se apoyaba en la barandilla y miraba hacia abajo, algunos aguardaban sentados en las escaleras con jarras de bebida en las manos, charlando animadamente. De los reservados brotaban extraños sonidos y risas de hombres y mujeres, que se perdían en el resto de la algarabía. Ledren frunció el entrecejo con desconcierto unos segundos; luego no pudo evitar  sonrojarse intensamente, con el corazón saltándole en el pecho y el estómago anudado en la garganta. Apartó azorado la vista.
          Bajó de forma precipitada las escaleras, tropezando casi con sus propios pies y dejando un rastro de agua sobre los peldaños. Al llegar al fondo, se abrió paso con dificultad entre la gente que abarrotaba el sótano hasta un tosco mostrador hecho con tablas apoyadas sobre una hilera de viejos y grandes barriles. Muy a su pesar, continuó lanzando fugaces miradas de turbación a la balconada. Se quitó la silla del hombro y la dejó junto a él en el suelo. Allí no había nadie. Ledren se rascó dubitativo la mejilla, buscando con la vista al tabernero.
          —Bienvenido a “La Piedra”, joven —la voz chillona y cascada provenía de detrás de la barra. El eorniano dio un respingo y se volvió sobresaltado. De pronto, un rostro pequeño salpicado de viruelas asomó por encima de la tabla, el hombrecillo se acababa de subir a una caja casi de su misma altura y le sonreía, acodado en la pringosa superficie de madera—. Tú eres nuevo por aquí, ¿verdad?
          —Yo...
          —Déjame adivinar —continuó sin darle tiempo a contestar—. Quieres algo fuerte para calentarte el estómago ¿o tal vez algo para todo el cuerpo mientras esas ropas se secan?
          El repugnante hombrecillo le guiño un ojo con picardía, ensanchando más aun la horrible sonrisa. Ledren entreabrió los labios para responder, pero la sangre que afluyó a su rostro en violentas oleadas, al comprender el auténtico significado de sus palabras, se lo impidió.
          —Y... yo... la verd... —intentó hablar, mas el tabernero le volvió a interrumpir.
          —No te preocupes, muchacho —el hombre le estudió detenidamente con la mirada, de una forma que le incomodó—. No creo que mis chicas le fueran a hacer ascos a un joven con tu aspecto, aunque no tuvieras una sola moneda de cobre. Pareces bien pertrechado ahí abajo, je, je. Tengo una chica a la que le gustan bien grandes, ya me entiendes. Hace maravillas con la lengua. Así que tranquilo —añadió tras un corto silencio—. ¿Cómo la prefieres: rubia, morena, pelirroja...?
          —¡¡No es eso!! —Barbotó en un jadeo. Notaba cómo le ardían las mejillas, se empezaba a sentir violento y algo más también—. N... no quiero nada —enfatizó medio desesperado con un gesto de la mano—. Busco a un hombre, me han dicho que puedo encontrarlo aquí.
          El tabernero le miró sorprendido.
          —¡Oh! —el extraño personaje se irguió y se colocó bien la túnica mugrosa con algo semejante al fastidio en la voz—. Y ¿de quién se trata?
          —Alak, el curtidor.
          —Claro, es aquel del fondo —señaló con un suspiro—, el rubio. Y ya sabes —añadió alzando el tono, cuando Ledren se alejaba con sus cosas colgadas del hombro—, si luego cambias de idea, sólo tienes que llamarme.
          »Extranjeros —masculló a la espalda de Ledren, sacudiendo la cabeza.


          El curtidor estaba sentado en un banco, en uno de los rincones más oscuros del sótano, con un vaso casi vacío entre las manos y una jarra sobre la mesa; solo. El joven se detuvo frente a él.
          —¿Sois vos Alak?
          El hombre alzó lentamente el rostro y le miró con curiosidad, estudiándole. No parecía estar borracho, pero sí un poco aturdido, como el que quiere emborracharse y no termina de decidirse a tomar la tercera copa. Ahora que estaba tan cerca de él podía oler el tufo a tenería que desprendía. Tragó saliva de forma ruidosa. La intensidad de su mirada le ponía algo nervioso.
          —Sí —respondió con voz áspera el curtidor, dejó el vaso a un lado y le indicó la jarra—. ¿Gustáis?
          —No, gracias. Necesito hablar con vos, pediros algo.
          Alak frunció el ceño y se pasó la lengua por los labios, luego se acarició el bigote y la barba.
          —¿De qué se trata?
          Ledren bajó la silla de su hombro, la dejó sobre la mesa y le mostró la cincha descosida. Alak enarcó las cejas sorprendido, en una muda pregunta.
          —Me han dicho —el gesto sorprendido del hombre se acentuó al oírle— que arregláis este tipo de cosas. ¿Podríais hacerlo para mañana? Antes del amanecer, a ser posible. No puedo esperar, partiré en cuanto abran las puertas.
          El curtidor arrugó los labios, formando casi una sonrisa, y se rascó la cabeza. Después le miró de reojo con sorna.
          —He terminado mi trabajo —se limitó a señalar—. Lo lamento, pero...
        —Pagaré dos wyrms —le cortó con brusquedad, apoyando ambas manos sobre la mesa e inclinándose hacia él.
          Alak se congestionó con los ojos desorbitados y empezó a toser. Su mano tembló buscando a tientas el vaso y bebió con avidez lo poco que quedaba en su interior. Se sirvió de nuevo con pulso inseguro, derramando gran parte de la cerveza fuera, y volvió a apurarlo sin respirar. Luego se secó la boca con la manga de la camisa. Se puso en pie.
          —Vamos a mi taller —anunció con voz estrangulada.

          Ahogando un bostezo, se cubrió la boca con la mano. Las lágrimas anegaron sus ojos, obligándole a detenerse en medio de las escaleras y a apoyar un hombro en la pared. Con la vista nublada por el agotamiento, continuó subiendo.
          Para arreglar la silla, habían tenido que cruzar el cahir de extremo a extremo, hasta el edificio que Alak poseía cerca de las murallas. El hombre había resultado ser un hombre afable y sonriente, demasiado cínico quizá; con un sentido del humor un tanto peculiar, que sólo le había cobrado un wyrm por el trabajo, negándose a aceptar la otra moneda.
          —Mirad, Ledren —le había dicho al respecto, sentado en una banqueta alta, mientras expulsaba el humo de la pipa en lentos anillos hacia el techo—, si andáis buscando a ese amigo vuestro, vais a necesitar todo el dinero que podáis conseguir, si no más, para llegar a la capital. El camino es largo y las provisiones no duran para siempre. Además —añadió mordiendo la caña con una cáustica sonrisa—, con eso de la guerra, los negocios como el mío van bien estos últimos meses. Siempre hay alguien dispuesto a pagar por un buen cuero, y esta pequeña preciosidad —volteó la moneda de plata entre los hábiles dedos— basta para pagar esa estupidez de la cincha con creces. No os apuréis por ello. Si aceptara la otra, me sentiría como un vulgar ladrón, creedme. Eso sí, joven, un consejo, mejor no volváis a alardear de dinero delante de desconocidos. Hacedme caso ¿de acuerdo? Vais armado, creo que eso os ha salvado hoy de un buen palo en los callejones, pero sigue sin ser una buena idea.
          El joven volvió a bostezar de tal forma que estuvo a punto de desencajarse la mandíbula. Ahora, después de cenar en “El Buhonero”, lo único que deseaba era meterse en la cama y dormir hasta el amanecer. De hecho, había estado a punto de caer rendido sobre el plato de asado en más de una ocasión mientras comía. Recostándose contra la esquina del pasillo, se frotó el tenso cuello; una mueca de desagrado afloró a sus labios al rozar sus dedos la fría y  húmeda tela de sus ropas. Tambaleándose, recorrió el tibio y sombrío pasillo. Abrió la puerta del fondo, la cerró y se dejó caer pesadamente contra ella. A continuación, soltando un suave gemido, colgó la bolsa del respaldo de la silla coja que había en una esquina y se sentó en el borde del lecho. Un fuerte crujido le hizo temer que la cama fuera a ceder bajo su peso.
          De mala gana, soltó los botones de madera del cuello de la túnica corta y se la sacó por la cabeza junto a la camisa de gruesa lana que llevaba debajo. La tela se le pegó unos instantes a la piel de forma desagradable. Mirando las empapadas prendas con repugnancia, las extendió a los pies del catre para que se secaran durante la noche, luego terminó de desvestirse. Apoyó los brazos en las rodillas desnudas y clavó la vista en el vacío.
          Cada vez tenía más dudas sobre si sería capaz de encontrar a Derlan. Había interrogado al posadero al respecto y este no sabía nada de un viajero que se pareciera a su amigo. Aquello le remitía una vez más a las huellas con las que se había cruzado hacía tres días. Durante un tiempo creyó que eran las de Derlan, pero luego se habían desviado hacia el Norn, en lugar de tomar el camino de la Región de los Mil Lagos. Antes de eso, había podido ver las rotas flechas que sembraban el sendero, todas ellas empenachadas de negro. Por un instante, había estado a punto de seguirlas él también en dirección norte, pero entonces había empezado a llover, borrando aquel rastro podía no ser el de Derlan. De modo que, acuciado por serias dudas, había decidido seguir el camino que tenía marcado desde un principio: Cahir ar Lunn y Lecig. Pese a todo...
          Las cosas no estaban resultando tan sencillas como le habían parecido en un principio. Había cabalgado la mayor parte de las noches desde... desde... Incapaz siquiera de formular en palabras el recuerdo, se cubrió el rostro con las manos. Respirando rápido y de forma superficial, se miró los largos dedos. Nunca en su vida se había sentido tan inútil como entonces... y como ahora. De qué le valía tener la fuerza que tenía si no era capaz de proteger a nadie con ella, si había permitido que todos sus seres queridos muriesen, incapaz de hacer algo por evitarlo. Se consolaba diciéndose a sí mismo que no hubiera servido de nada retroceder, que hubiera llegado tarde pese a todo. Pero, cuanto más se lo repetía, más vacías le parecían las palabras, más cobardes. Tendría que haber intentado hacer algo siquiera; algo, por mínimo que fuera. Y, en su lugar, había decidido permanecer allí, mirando, y luego se había ido sin más. Él también tendría que haber muerto ese día.
          “Vete... no regreses... por lo que más quieras... al Orn... encontrarte con... Vete.”
          El recuerdo de la voz del anciano mago hizo que las manos le temblaran de forma violenta y tuviera que apoyarlas en las piernas. ¿Por qué razón no le había dejado él morir con los suyos? ¿Por qué se lo había impedido? La única palabra que le venía a la mente era “destino”, pero eso carecía de lógica alguna. Lo que verdaderamente importaba, era que todos menos él habían sido asesinados por los elfos, incluido Flyll. Todos menos Derlan.
          —Y es posible que Derlan también... —musitó, y seguidamente sacudió la cabeza a ambos lados con desesperada furia—. No, él no, él también no... Tiene que estar vivo ¡maldita sea! Tiene que estarlo.
          Lo malo era que, después de cabalgar sin descansar apenas durante casi una semana, no había ni rastro del otro joven. Una insidiosa vocecita en su interior le insistía en que ya tendría que haberle alcanzado, en que si no lo había hecho era porque estaba muerto. Insistía también en que el rastro que había abandonado era el de su amigo. Pero no. Derlan tenía que estar por delante suyo, a un día de distancia a lo sumo, tal vez incluso en la misma ciudad, en otra posada.
          Tras decidir preguntar a los guardias de las puertas a la mañana siguiente por él, se apartó el pelo húmedo de la cara y se metió entre las mantas. Atenazado todavía por el dolor y el remordimiento, pensando en vengarse, cerró los ojos y el sueño no tardó en vencerle.




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