Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 6 de mayo de 2013

CAPÍTULO DECIMOTERCERO (Parte 1/4) - La sombra del fénix

 

         El viajero se arropó en la capa de color verde oscuro y se echó la capucha todavía más sobre la frente, ensombreciendo sus severas facciones. Con los ojos entrecerrados, alzó el rostro hacia el cielo para ver las oscuras nubes que se deslizaban por encima del resplandor de la luna y las estrellas, que las orlaban de plata deslustrada. Soplaba viento del Norn, un viento suave, aunque frío y punzante, que se filtraba con facilidad entre sus ropas hasta morderle la carne con helados dientes. Una ráfaga más fuerte que las demás hizo que la gruesa capa se ciñera al contorno de sus fuertes hombros y espalda. El viajero se estremeció y se acercó más al pequeño fuego.

          Con movimientos deliberadamente lentos, cogió la enorme hacha que tenía a su lado en el suelo, y la acomodó en su regazo. Sus dedos se deslizaron con delicadeza y cariño a lo largo del mango de madera con refuerzos de hierro y pomo tallado, luego acarició la doble cuchilla de acero y la afilada punta que la remataba. Su superficie, antaño pulida y resplandeciente, tenía ahora innumerables muescas, testimonio de las muchas batallas en que lo había acompañado; pese a todo, aún eran visibles a lo largo de los mortíferos filos, las runas de protección, destinadas a proporcionarle la victoria en el combate. Inclinó el arma con mucha suavidad, ocultando la luz del fuego, hasta que su pálido rostro se reflejó en la doble hoja ligeramente distorsionado. Entre la oscuridad y las sombras, su blanco cabello resaltaba como un ramalazo de pálida luz plateada, las largas patillas que caían más allá de sus hombros y el flequillo que le tapaba los ojos.
          Sus rasgos eran duros y bien marcados, pero no exentos de cierta elegancia noble y afable, que sobre todo aparecía reflejada en sus ojos. El viajero sacudió la cabeza, apartando el pelo que los ocultaba; eran oscuros, muy oscuros, tanto que parecían negros, pero si movía un poco el hacha, para que la luz de las llamas incidiera sobre ellos, se revelarían verdes y profundos, tal vez demasiado, llenos de sabiduría y serenos. Los cerró y dejó el arma de nuevo a un lado.
          En algo más de una semana llegaría a su destino, a donde ella aguardaba. Cruzaría las llanuras de Lladhany, luego los bosques de... Aun no conocía su nombre, al igual que tampoco había sabido el de las llanuras hasta que las pisara esa misma mañana, pero ya lo sabría. Después ya estaría casi allí, en el refugio, en el lugar que había sido seguro pero que pronto dejaría de serlo.
          —Ser oscuro de alas nocturnas
          en aras del crepúsculo llega.
          Aliento de muerte...
          Su voz sonó apagada y muy suave. No sabía por qué había pronunciado aquellas palabras en ese preciso instante, pero... por alguna razón le habían parecido apropiadas. En ese momento se percató de que tenía que darse prisa por eso mismo, porque... El conocimiento que había estado a punto de rozar se desvaneció de su mente casi por completo, dejándole tan sólo una certeza: el que nunca se había ido descendería pronto del Norn. Tenía que darse prisa y encontrarla para ponerla a salvo, alejarla de allí hasta que ellos llegaran. ¿Ellos? Vendrían, lo sabía, aunque hasta entonces no hubiera sido consciente de su existencia. Estaban cerca de su destino, al igual que él del suyo propio. Sin embargo, por alguna razón que no alcanzaba a precisar, una parte de él, la más cercana a aquella vida, se estremecía de terror con sólo pensar en ello. Había algo que lo atemorizaba profundamente.
          Horas después, antes de que el sueño lo venciera, un pensamiento inquietante, pero al mismo tiempo tranquilizador, invadió su mente. Sólo faltaban cinco por despertar. Cuando llegó el amanecer, lo había olvidado.


          La lluvia caía con un monótono rumor sordo a su alrededor, en plúmbeas cortinas, martilleando la superficie gris pizarra del lago y ahogando cualquier otro sonido que pudiera haber en las inmediaciones. Más allá del mismo, entre las oscuras sombras de la tarde, apenas eran visibles los otros dos pequeños lagos que se extendían hasta las bajas estribaciones de las montañas Lalse; uno de ellos quedaba casi oculto por un repliegue del abrupto terreno y los húmedos bosques verdes oscuros.
          Ledren parpadeó molesto y volvió a concentrarse en la silla de montar. Sus dedos recorrieron el borde casi descosido de la cincha, allí ésta dónde se unía al armazón de cuero duro. El empapado cabello le caía sobre los ojos y la frente en desordenados mechones negros. El agua le picaba en los oscuros irises, obligándole a parpadear de continuo; escurría en pálidos y fríos regueros por su rostro y cuello, filtrándose entre su ropa y su piel. Soltó un fuerte exabrupto entre dientes, escupiendo el agua que le entraba en la boca. El joven apoyó irritado las mojadas manos en las rodillas manchadas de barro y fulminó con la mirada la pieza de cuero. ¡Tendría que haberlo notado aquella mañana al montar! Con dedos temblorosos por el frío, que tenía incrustado en los huesos, agarró el grueso hilo y tiró con fuerza de él. El cabo roto le cortó la carne profundamente en la primera articulación del corazón.
          —¡Mierda! —masculló, sacudiendo la mano un par de veces y llevándose a continuación el dedo sangrante a la boca; la herida le escoció y un sabor dulzón y cálido se extendió por su paladar.
          Tenía frío, estaba empapado hasta los huesos, la silla se iba a romper y ahora encima aquello. Ledren resopló y se apartó con furia el pelo mojado de la cara. Después de una horrenda noche de tormenta, que había tenido que pasar en un tosco refugio de ramas que no le había protegido en lo más mínimo de la lluvia, se encontraba dolorido, furioso y entumecido y, por si fuera poco, no había dejado de llover en todo el día, si bien la tormenta había cesado poco antes del amanecer. Con un hastiado gemido se frotó la cara enérgicamente, intentando templar sus heladas mejillas. Un acre olor, algo dulce tal vez, le hizo arrugar la nariz y mirarse las manos. La herida seguía sangrando, el líquido rojo intenso resbalaba hasta la enlodada calzada llena de charcos. El joven frunció los labios y se pasó la otra mano por la nariz, intentando secarse inútilmente, luego se miró el corte dubitativo. Le dolía. Aunque se trataba más bien de un cosquilleo adormecido que otra cosa. La sangre se diluía con rapidez en el agua.
          —Maldita sea —susurró con voz átona, se mordió la cara interna del labio inferior y rebuscó en sus bolsillos algo con lo que cortar la hemorragia.
           En uno del pantalón, convertido en una andrajosa pelotita sucia y mojada, encontró un retazo de tela. Tenía miguitas de queso de la comida pegadas a él. Era la banda con que se había recogido los cabellos antes de salir de casa. Casa… Conteniendo las súbitas lágrimas que afloraron a sus ojos ante el recuerdo, lo limpió lo mejor que pudo y se lo enrolló en el dedo con torpeza, ayudándose de los dientes. Respiró de forma entrecortada alzando el rostro hacia el cielo encapotado. Sus hombros se sacudieron con un ahogado sollozo, que hizo que todo su cuerpo temblara. Un nudo de angustia le constreñía la garganta, impidiéndole casi respirar. Cerró los ojos con un suave gemido y unas lágrimas amargas escaparon de entre sus párpados. Tras ser retenidas unos  instantes por las negras pestañas, resbalaron por sus mejillas hasta la base de la mandíbula quemándole la piel. Enfadado consigo mismo, se pasó el dorso de las manos con furia por la cara. No había llorado hasta el momento y no se permitiría hacerlo ahora. Clavándose las uñas en las palmas se puso en pie con inseguridad. Sin embargo el dolor seguía ahí, y, por mucho que se esforzara en alejarlo, no lo conseguiría. La opresión de su garganta se hizo mayor. Jadeó en busca de aire y apretó las mandíbulas con fuerza. El mundo se tornó borroso a su alrededor, diluido en una informe masa de colores oscuros y reflejos de plata. Seis días... ¡Habían pasado seis días!
          —Seis... Dioses... —sollozó en un susurró—. Dioses... ¿Por qué...?
          Las rodillas le fallaron ante un repentino acceso de debilidad y cayó sobre los charcos del camino con un amortiguado chapoteo. Incapaz de retener por más tiempo las lágrimas que le escocían en los ojos como gotas de fuego líquido, lloró largo rato en silencio, acurrucado sobre sí mismo bajo la lluvia. El dolor, la furia y el remordimiento que lo había atenazado durante todo el viaje, durante esos fríos e interminables días de marcha, fue barrido lentamente por el llanto que tanto precisaba. Poco a poco, la comezón de las lágrimas desapareció, dejándolo exhausto y con el estómago revuelto por la náusea. Sentía que había algo de alivio en ello pero, aun así, la pesadumbre que atenazaba sus entrañas distaba mucho de haberse desvanecido por completo, y tardaría todavía bastante tiempo en hacerlo. Pasándose las manos por el empapado rostro, se puso en pie de nuevo con temblorosa determinación. Un suave suspiro entrecortado brotó de sus labios, su vista se clavó en el suelo enlodado durante apenas unos segundos.
          No podía quedarse allí eternamente, tenía cosas importantes de las que ocuparse, como encontrar a Derlan y acompañarle a Ossián, vengarse... Pero, antes de nada, tenía que arreglar la maldita silla, aunque eso tendría que esperar hasta la noche por lo menos, hasta que llegara al Cahir ar Lunn.
          Un violento estornudo sacudió su cuerpo, acompañado a continuación de un incontrolado castañeo de dientes.
          —Jus... E... esto es ju... justo lo que necesitaba —Balbuceó desalentado. Frotándose los brazos chorreantes de agua con un escalofrío, se percató de que volvía a estar al borde del llanto.
          Ledren sacudió la cabeza con violencia, palmeó el cuello del corcel y montó sin dejar de temblar. La silla crujió de manera amenazadora cuando cargó todo su peso en el estribo, pero la correa aguanto sin romperse. El joven se retiró de la frente los apelmazados mechones antes de espolear al corcel y ponerlo a medio galope por las embarradas colinas de la Región de los Mil Lagos, en dirección a la ciudad amurallada de la familia Lunn. Esperaba poder llegar antes del anochecer.
          La lluvia continuó retumbando sobre la tierra y los bosques, anegando con su incansable torrente los campos y la vera del camino.


          Todo estaba sumido en densas sombras azabache a su alrededor, mas el sol aún tenía que estar ocultándose tras el horizonte, a la derecha del camino. Justo por encima de la lóbrega línea del bajo bosque, entre el denso manto de nubes negras, podía verse un mortecino fulgor anaranjado y amarillo pálido. El Cahir ar Lunn se extendía como una mole oscura frente a él, rodeado por tres de los lagos, a la vera de un riachuelo que descendía desde el norte de las Nyuhe. Sobre las altas murallas de la ciudad, ardían, a ambos lados de los portones de madera, dos antorchas embreadas. Su débil luz sólo alcanzaba a reflejarse tenuemente en los charcos del camino, antes de diluirse en una ligera bruma dorada que hacía brillar las diminutas gotitas de lluvia en el aire; la oscuridad se espesaba bajo el grueso arco de piedra gris ceniza. El resto de los altos muros negros eran tan solo una amenazadora sombra en la oscuridad, fríos y sin vida.
          Ledren refrenó a Shart y lo puso al paso, los cascos herrados levantaron una cortina de agua sucia a ambos lados, manchando de barro sus pantalones y el bajo de la capa. El joven respiró hondo con los hombros hundidos y alzó el pálido rostro, en el que se marcaban profundamente las huellas de la fatiga, en torno a los ojos y en las comisuras de los labios. La silla había aguantado sin romperse, aunque en más de una ocasión temió que sucediera. Soltando una mano de las riendas, se frotó los cansados ojos y parpadeó. Un quedo suspiro de alivio sacudió su cuerpo: el rastrillo no había caído aún, las puertas de la ciudad estaban abiertas.
          —¡ALTO! ¿Quién va? —La dura voz resonó contra las paredes de roca, levantando ecos ominosos.
          —Un viajero —masculló en voz baja, no tenía ganas de gritar, notaba la garganta dolorida e irritada.
        De una pequeña puerta que había en el contrafuerte de la derecha, y que no había visto hasta entonces, salió un soldado armado con una larga lanza y una espada envainada en la cadera. En la mano llevaba una lámpara. Se echó la capucha de la capa sobre la cabeza y, maldiciendo en voz baja al tiempo y la lluvia, se acercó a él, chapoteando en el enlodado camino. El hombre alzó la luz y le miró con manifiesta desconfianza de arriba a abajo. Cansado y abatido, Ledren le devolvió la mirada con frialdad; no tenía puesta la capucha, ya que, a esas alturas, la empapada prenda sólo le molestaba.
          —¿A qué vienes, extranjero?
          El joven frunció el ceño y apretó los dientes. ¡Por todos los Dioses! Lo único que quería era dormir y secarse durante toda la noche.
          —Voy de paso —respondió de forma lacónica, con bastante mal humor.
          —¿Qué es lo que buscas en la ciudad?
          Ledren se pasó una mano por la cara y respiró hondo varias veces. Todo el dolor, todo el cansancio y la tristeza que lo embargaban, la tensión a la que había estado sometido durante los últimos días, se transformó en furia.
       —Busco una posada —siseó colérico, bajando del caballo. El hombre retrocedió ante su impresionante estatura, la linterna tembló, proyectando su haz de luz de un lado a otro—, busco una cama caliente y seca donde dormir y poder comer bien por primera vez en una semana. Busco a alguien que me arregle la silla de montar antes del amanecer —sin darse cuenta siquiera había ido alzando el tono de voz, ahora casi gritaba—. Busco a mi amigo y quiero entrar en la maldita ciudad para conseguir lo que busco. ¿Es eso suficiente?
          El joven enmudeció con el resuello entrecortado. El guardia le miraba con manifiesto asombro, la mano cerrada con fuerza en torno al astil de la lanza, en guardia, inclinando el arma hacia él, como si quisiera mantenerlo a raya.
          —¡Sodmeth bendito! ¡No soy una amenaza para nadie! —añadió con desaliento, la voz quebrada.
          El hombre lo miró unos segundos más y asintió.
          —¡Abrid las puertas! —ordenó con voz resonante, mirando por encima del hombro.
          Un lacerante chirrido de cadenas llenó el silencio de la noche, mezclado con el quedo repiqueteo de la lluvia, y las dobles puertas de madera se abrieron hacia dentro con un crujido grave y retumbante. Ledren jadeó sorprendido con los ojos desorbitados. Era la primera vez que veía algo tan grande. Del otro lado de las murallas, la calle principal se extendía casi hasta donde alcanzaba la vista, y allí, en lo alto del todo, velado por las finas cortinas de agua que no dejaba de caer, el castillo de los Lunn se recortaba gris sobre negro contra el cielo; un halo dorado coronaba las almenas del bastión interior que lo rodeaba y brillaba el algunas de las ventanas de la inmensa fortaleza. De las casas que flanqueaban la empinada calzada como sombríos espíritus, se derramaba sobre las piedras el cálido resplandor del fuego. El agua corría por unos canales laterales y desaparecía bajo tierra, cerca de los muros, con un quedo gorgoteo. Suaves melodías se entrelazaba en el aire junto con risas y voces, provenientes del interior de algunos de los edificios.
          El joven se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración cuando el soldado carraspeó a su lado. Sacudió la cabeza, sobrecogido, y tomó aire con lentitud, instantes después se giró y condujo a Shart al interior del cahir, tirando de las riendas, pegajosas por el agua. Antes de que las puertas comenzaran a cerrarse a su espalda, se detuvo y se volvió hacia el guardián.
          —Por cierto, hay elfos negros al Eorn, cerca de la frontera con Vélsagar. Vengo huyendo de ellos. Están… —tragó saliva— están masacrando aldeas. Avisa a tus jefes, tal vez luego vengan hacia aquí. Hace seis días mataron a mi gente —la voz se le quebró y carraspeó—. Esto… ¿dónde está la posada más cercana? —Inquirió con un cansado parpadeo.
          —Si... siguiendo la calle principal, hacia el castillo, a la izquierda —señaló—. “El Buhonero” es su nombre. Los marcos de las ventanas son rojos y verdes, como el cartel. Dan buena comida. Gracias. Avisaré… Yo… lamento lo de tu gente.
          —Gracias —respondió Ledren, alejándose calle arriba.




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2 comentarios:

  1. Es curioso, porque normalmente no me gustan los personajes "lloricas", pero Ledren me está cayendo bien. Supongo que porque tiene motivos para deprimirse (vaya seis días ha pasado el pobre) y todas sus emociones están muy conseguidas.

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    1. Muchísimas gracias. Comentarios como este me animan mucho a seguir escribiendo, porque, en el momento en que consigo que un tipo de personaje que a priori no suele caer bien a un lector, le caiga bien y le guste, indica que estoy haciendo las cosas bien.

      Gracias de verdad. Ledren es un personaje con el que me está gustando mucho trabajar, es uno de los que más opción me da al "drama", junto con Nargor. Tengo unas escenas pensadas con él que espero me queden muy resultonas para el capítulo 19-20.

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