Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 2 de mayo de 2013

CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO (Parte4/4) - Magos y Guerreros


          El cielo del Norn, por detrás de las afiladas montañas de la cordillera Breyrk, tenía un color ceniciento; dedos de nubes oscuras se extendían entre sus rocosas cimas nevadas hacia las torres de Nardis, intentando darles alcance. El viento traía un intenso olor a tierra húmeda y a bosque, y su frío cortaba la carne de sus manos y caras. Seindra se envolvió en la capa negra, cerró los ojos y aspiró hondo aquel dulce aroma. Le recordaba vagamente al de las montañas que rodeaban Yshierd-dhan, allá en el norte, con sus cimas cubiertas siempre de nieve. Las calles eran allí anchas y oscuras, con delicadas tallas en el suelo y en las paredes de pálida piedra de las casas. Rocas volcánicas de color verde, rojo o ámbar, esquisto y cristal de olivina en sinuosas vetas en los muros, en los marcos de las ventanas. En los meses de sol, cuando la mayor parte de la piedra no reflejaba la luz, los brillantes cristales refulgían en las fachadas, levantando destellos verdes, dorados y blancos. Altas torres que se elevaban como agujas hacia el cielo, intentando herirlo con sus afiladas puntas, talladas en toda su extensión; puentes de piedra de frágil apariencia, finos como el cristal, que unían diferentes edificios, entrecruzándose a diferentes alturas por encima de las calles y plazas. En ocasiones como aquella, echaba tanto de menos su hogar...

          —¿De qué querías hablarme, Sadreg? —inquirió por fin, cruzando los brazos sobre el muro y mirando con expresión ausente los patios de las prisiones y los bajos edificios del fondo.
          El viento sacudió su capa y los mechones sueltos de su cabello hacia la espalda, despejándole el rostro y enfriando la película de sudor que lo cubría.
          —De la destrucción del Espectro, mi señora. Ha complicado las cosas. El que escapó de la aldea podría tener un objeto de poder y, además, no hay forma de saber dónde se encuentra ahora. Zaryll está seguro de que se trata de uno de los elegidos.
          —¿Y tú que piensas?
          —No puedo ni negarlo ni asegurarlo, lady Seindra.
          El abatimiento que dejaban translucir sus palabras hizo que la joven se volviera hacia él. Estaba de pie a su izquierda, muy erguido, con la mirada perdida en algún lugar entre el cielo y las montañas; una de sus manos se apoyaba suavemente en la piedra. Sus ropas de color índigo crujían con el viento. Era más alto que ella, más incluso que la mayoría de los elfos, y muy delgado. Algunas de las elfas que conocía le consideraban atractivo, y se veía obligada a reconocer que lo era. Pese a su delgadez, a diferencia de Lhure, era de hombros y brazos fuertes. Sus manos, de dedos largos y delicados, eran de gestos elegantes y mesurados, siempre firmes. En aquel momento tenía una belleza casi salvaje, con el cabello blanco aleteando en torno a su rostro y un brillo claro de ébano en las oscuras mejillas. Sus ojos violetas destellaban azulados entre sombras pardas. Sin embargo, no era el tipo de hombre que a ella le atraía.
          La joven se mordisqueó pensativa un dedo antes de hablar.
          —¿Hay noticias de Org?
          —Bueno —el mago resopló—. Él dice que le hirió, que la flecha envenenada tendría que haberle matado. También dice que lo dejó camino de Gringa. Según parece llegó a Gringa y allí mató a Liftryn; con un arco o una espada posiblemente. Org afirma que llevaba ambas armas. Creo que alguno de esos podría ser el objeto de poder, lady Seindra.
          La joven elfa suspiró, su expresión se quebró repentinamente en una mueca de dolor y se llevó la mano al costado. Cerró los ojos y respiró de forma superficial y acompasada durante unos segundos. Sadreg se inclinó preocupado sobre ella.
          —¿Deseáis que llame a un sanador, mi señora?
          —No —jadeó ella con voz débil, sacudiendo un par de veces la cabeza—. Estoy bien, sólo ha sido un pinchazo. De vez en cuando todavía duele.
          El mago le miró con una expresión ceñuda en el rostro.
          —No creo que sea conveniente que os esforcéis en la forma en que lo hacéis, mi señora. Debierais dejar los entrenamientos por un tiempo.
          La guerrera le fulminó con los ojos dorados, haciéndole dar un respingo y casi retroceder.
          —No me vuelvas a decir lo que tengo y no tengo que hacer, Sadreg Shays-shu. No ere quién para ello —dijo en un fiero susurro, mientras se apartaba el molesto cabello que le cosquilleaba en el rabillo del ojo.
          —S... sí, mi señora —balbuceó el joven helfshard, haciendo una temblorosa reverencia.
          Seindra se pasó la lengua por los labios, algo más calmada.
          —¿Podrías localizar con tu magia ese objeto de poder?
          —Por... por desgracia no, lady Seindra, pero creo que trata de ir hacia el Orn. Según Org, intentaba retroceder por la calzada de la Región de los Mil Lagos cuando le hirieron —Se frotó las manos y echó su aliento sobre ellas—. Si es así, es posible que vaya a Ossián, o alguno de los cahir de la zona. Si fuera al Sorn, hubiera bordeado la Región de los Mil Lagos en lugar de atravesarla.
          —Bien —la joven se sumió en un meditabundo silencio, su aliento formaba nubecillas de vapor en el frío aire, que de deshilachaban hasta desaparecer; sus dedos acariciaron la vaina de cuero de la espada—. Sabemos —continuó— que uno de los elegidos está demasiado protegido como para atacarle, le perdimos hace veinte años por culpa de la maldita Prohibición...
          —Pero no olvidéis que casi lo logramos, mi señora —le interrumpió cortesmente Sadreg.
          —Un “casi” no es un éxito —puntualizó Seindra, mirándole de reojo con cinismo—. Uno, que es posiblemente el segundo, está perdido en la Región de los Mil Lagos porque Org fue un cobarde y permitió que escapara. Demasiados errores —añadió por último, sus ojos dorados fríos como el acero.
          —Lady Seindra, si Zaryll lo hubiera autorizado, yo mismo me hubiera encargado del prófugo, bien lo sabéis; y os aseguro que no hubiera sobrevivido —respondió a la defensiva.
          La risa de la elfa le sobresaltó.
          —O tú no hubieras sobrevivido, Sadreg —replicó mordaz—. Ya hablamos de esto hace días. No lo olvides nunca, nos eres más útil vivo que muerto. Si ha destruido al Espectro, posiblemente también a ti te hubiera matado. Por lo que intuyo, Org cree estar vivo porque escapó.
          —Sí, lady Seindra —el mago agachó la cabeza en actitud contrita—. Tenéis razón, el que ha escapado es peligroso. Pero como vos habéis dicho, estamos cometiendo demasiados errores. Aún faltan cuatro guerreros, y el tiempo se acaba. He estado investigando al mago humano del Sorn, dos guerreros tienen que ser de allí, pero no he encontrado nada. Zaryll dice que tiene una hermana, pero que no sabe si ellos protegieron o no a alguien en el pasado. Pero poco importa eso ahora, mi señora. Han muerto ambos esta misma noche y no hemos encontrado rastro de ningún Elegido con ellos.
          Seindra se separó del muro y se dirigió hacia las escalinatas que llevaban a los grandes patios, Sadreg la siguió en silencio. La elfa se detuvo en uno de los bajos y anchos peldaños y se volvió.
          —¿Tenemos tropas en Nalis y Silga? —preguntó con curiosidad.
          —Sí, mi señora. Trolls, orcos y pintones de las Nyuhe, en su mayoría, humanos de las prisiones de Setianne a las órdenes de un hombre de Nargor, y es posible que una o dos decenas de kobolds.
          La elfa asintió y continuó descendiendo. La capa negra aleteaba crujiendo a su espalda, reflejando y absorbiendo el resplandor del sol. La redecilla se había soltado casi por completo y el blanco cabello caía en revueltos mechones sobre sus hombros, cosquilleándole en el cuello. Seindra se frotó la nuca, luego intentó en vano recomponer el peinado; por último suspiró, desprendió las largas y fina agujas de plata y guardó la redecilla dorada y las lancetas en el bolsillo del pantalón.
          —Lhars está todavía en Nardis ¿verdad?
          —Así es.
          —Bien. Mándale a Silga en un wyrm, que allí tome el mando de la mitad de las tropas y cruce las Nyuhe hacia la Región de los Mil Lagos. La otra mitad rastreará la lengua de tierra. Habla con el hombre de Nargor y que él y sus hombres, y la mitad de las tropas de Nalis, crucen luego el Océano de Moses hacia el Orn, la otra mitad hacia Eorn. Que rastreen todo el sur.
          —Mi señora.
          —¿Sí?
          —¿He de decirle al humano que busque a gente con una marca?
          Seindra maldijo entre dientes y se mordió el labio.
          —No —respondió por fin—, que mate a todo el que encuentre, sólo eso. Habla de nuevo con Org y Lhure. Que Lhure abandone la costa y se interne en la Región de los Mil Lagos, a Org dile que retroceda y rastree los bosques de nuevo. Quiero que entre Lhars, Org y Lhure rastreen toda la Región, árbol por árbol si hace falta, pero que encuentren a ese escurridizo bastardo y lo maten. Esto es demasiado importante como para permitirnos más errores, Sadreg.
          El mago asintió con solemnidad.
          —¿He de informar a Zaryll, lady Seindra? —inquirió con la cabeza inclina-da ligeramente a un lado.
          —No, pero las órdenes serán suyas.
          —Entiendo, mi señora. Aunque aún hay un problema en el Sorn. El cahir de los Lynaitha no ha caído. Lo están asediando.
          Seindra se detuvo en medio de los patios, atenta al silbido del viento en sus oídos, el resto del mundo parecía sumido en un completo y sepulcral silencio. El aire brillaba gris y blanco perla más allá del precipicio con que limitaba la ciudadela. Las nubes ya les habían alcanzado, trayendo olor a lluvia, y se deslizaban a gran velocidad sobre ellos, proyectando su etérea sombra en las losas negras del patio.
          —¿Disponemos de más tropas?
          Sadreg no dijo nada, se limitó a sacudir la cabeza.
          —Mierda —musitó la elfa, demasiadas complicaciones, demasiados pocos hombres en quienes confiar—. La mitad de las tropas de Silga, que no rastreen la península, que sigan sitiando el cahir, sigue siendo posible que los guerreros estén allí. Lhars se tendrá que encargar de ello.
          —Lady Seindra —Sadreg frunció el ceño—, puede que haya algo que podamos hacer. Zaryll quiere crear Sombras.
          La joven se acarició los labios con un dedo y asintió pensativa.
          —Podrían ser útiles... Pero —dijo de repente, volviéndose hacia el mago—, ¿no les afectará también el objeto mágico que creemos que tiene el que ha escapado?
          —Sin saber la naturaleza del objeto de poder es difícil saberlo, lady Seindra, pero no lo creo. Su forma de existencia es diferente a la de los Espectros.
          Seindra se rascó dubitativa una ceja, la seguridad de las palabras del helfshard no terminaba de convencerla. Una súbita ráfaga de viento la obligó a protegerse los ojos con el antebrazo.
          —¿Ya tiene con qué crearlas?
          —Tener sí —el mago se encogió de hombros—, pero dudo que esta vez quiera hacerlo como la anterior, mi señora.
          Aquello era justo lo que les faltaba. Nunca había sido una mujer paciente, su madre bien lo sabía, pero últimamente se sentía más irritable de lo normal. Cerró con fuerza los puños con los brazos estirarlos a lo largo del cuerpo, las uñas se le clavaron en la sensible carne de las palmas. Respiró hondo entre dientes, intentando serenarse, encontrar una salida a todo aquello. Después de más de mil años de espera, no podían permitir que, justo en ese momento, cuando estaban tan cerca, la Profecía se cumpliera. Pero a veces, la frustración resultaba tan grande... Lo que más deseaba en ese momento era volver al patio de entrenamientos y enfrentarse a alguien hasta quedar totalmente exhausta; o ir a las prisiones, agarrar a uno de aquellos miserables humanos y matarlo con sus propias manos. Pero las prisiones hacía tiempo que estaban vacías...
          —Un momento —susurró de pronto, aflojando los puños y girándose hacia Sadreg—. Prisioneros, Sadreg. La avanzadilla de Trión no está muy lejos. Si reúno algunos elfos y ataco, podré estar de vuelta en unos cinco días. Se puede enviar parte de las Sombras al Norn en busca de ese guerrero —las palabras brotaban con asombrosa facilidad de sus labios a medida que se iban formando en su mente—. Otras se pueden enviar a sustituir a las que se destruyeron a vigilar al protegido por la Diosa, y unas más a la Región de los Mil Lagos a por el fugitivo. Lhars se encargará de buscar a los del Sorn en la península y de concluir el asedio al cahir de los Lynaitha. Tal vez no esté todo perdido, Sadreg —sonrió de forma desagradable, tamborileando con los dedos sobre la empuñadura de la espada.
          Sadreg también sonrió, contagiado por el entusiasmo de su señora.
          —Informaré hoy mismo a Zaryll, mi señora. Por cierto, lady Seindra, todo va según lo planeado con él, cada vez mejor. Con la muerte del Espectro estuvo a punto de perder el control.
          La elfa frunció los labios, pero asintió.
          —Lo sé.
          El momentáneo buen humor de antes se estaba esfumando, en ocasiones se odiaba a sí misma; aunque parte de lo que le ocurría era en realidad culpa suya. Se había enfrentado a muchas cosas a lo largo de aquel último año, incluso a sí misma durante varios meses, pero por encima de todo, incluso por encima de lo que ella pudiera sentir, estaba la lealtad hacia su clan y su raza. Todo aquello era infinitamente más importante y, llegado el momento, haría lo que debiera hacer, aunque supusiera ir en contra de su corazón.
          —¿Algo más, Sadreg? —inquirió con hastío.
          —Nada de lo que debáis preocuparos, lady Seindra, me encargaré de que todo vaya bien aquí.
          La elfa parpadeó un par de veces y entreabrió los labios con desconcierto. Frunció el ceño y entrecerró los ojos modo amenazador.
          —¿Qué me estás ocultando, Sadreg Shays-shu? —siseó con voz peligrosamente fría y baja.
          El mago retrocedió unos pasos con la respiración entrecortada.
          —Mi... No quería disgustaros, lady Seindra. Mi hermano regresa a Nardis. Estará aquí dentro de una semana.
          La joven le miró a través de una clara hostilidad que le heló hasta la médula, luego le dio la espalda y se alejó con paso majestuoso en dirección a los negros edificios y altas torres de Nardis.


          La maldita correa se había aflojado de nuevo. Llevaba luchando con ella desde que se había levantado y todo había sido en vano.
          —Tendré que pedirle al herrero que la arregle, Areshienne —protestó Trión, intentando alcanzar la trabilla; retorció los brazos, sacudió los hombros, pero sólo consiguió rozarla con la punta de los dedos.
          —Dejad que lo haga yo, Trión.
          La joven reina se levantó de la piedra en que estaba sentada, sacudió el polvo de la raída y manchada falda de su vestido y se acercó al rey con una pequeña sonrisa. Tras encontrarle palpando el aire con los brazos extendidos, sus manos recorrieron con suavidad la espalda de Trión, hasta dar con la correa de la coraza de cuero duro reforzada con placas de acero. La trabilla metálica parecía estar deformada. Los dedos le temblaron un poco debido al frío.
          —¿Lo podéis hacer sin ayuda?
          Sintió el retumbar de la voz de su esposo a través de la palma de las manos.
          —Sí, pero tenéis que hacer que os lo arreglen, no quiero que os pase nada por llevar una armadura en mal estado, amor mío —respondió tensando la correa con habilidad.
          Trión no pudo evitar reír, se dio la vuelta y la estrechó entre sus brazos. ¡Era tan menuda!
          Areshienne enterró el rostro en el pecho de su esposo y se dejó embargar por aquella calidez tan familiar, por el reconfortante contacto de sus fuertes manos al acariciarle la espalda y los costados, la cintura y los hombros, por debajo de la gruesa capa. Ella también le rodeó con sus brazos y suspiró, sin importarle el olor a aceite y óxido que emanaba del cuerpo de Trión, ni la frialdad de las placas de acero en la mejilla derecha. Le sentía respirar contra su pecho y su estómago. Una mano del rey se introdujo por debajo del largo cabello y sus dedos, ásperos por el manejo de la espada, pero suaves a la vez, acariciaron su cuello y nuca, y se deslizaron por el nacimiento del pelo hasta la base de la mandíbula, haciéndola estremecer. Por último, se cerraron sobre su barbilla y la hicieron alzar el rostro con delicadeza y cariño. La joven sonrió antes de sentir el suave roce de los labios de su esposo sobre los suyos y acariciarle tiernamente la barbada cara. Su boca se deslizó luego hacia el arco de la clavícula, haciéndola jadear de placer.
          Un par de toses secas la sobresaltaron, pegó un gritito y se separó de Trión, mirando, sin poder ver, a su alrededor. La mano del rey le apretó el hombro con suavidad.
          —Eh... S... Ma... majestad —la voz era la de un hombre joven. La vergüenza que sintió en sus palabras la hizo olvidarse de la suya propia, al pensar en lo mal que lo tenía que estar pasando el soldado, casi podía imaginar su rubor. Le oyó tragar saliva—. M... Majestad, mi compañero y yo ya estamos listos para partir, señor.
          Trión carraspeó, llevándose el puño a la boca. Luego extrajo un rollo de pergamino de uno de los bolsillos de la capa y se lo entregó al hombre.
          —Tomad, son las instrucciones que debe seguir la avanzadilla hasta que nosotros lleguemos a Nardis, después de la luna nueva. Decidles que el resto se decidirá después, una vez estemos instalados en el valle. Protegedlos con vuestras vidas. ¿Habéis entendido?
          —Sí, majestad.
          Diciendo esto, se llevó la mano al corazón y asintió. Luego se dio la vuelta y desapareció entre el resto de los hombres del ejército. Cuando estuvo seguro de que no le podría oír, el rey se echó a reír.
          —No seáis cruel, Trión —le reprendió su esposa, pero el monarca se fijó en que ella también sonreía.
          —No soy cruel. Por cierto, ¿dónde lo habíamos dejado antes de que nos interrumpieran? —inquirió con una sonrisa perversa que Areshienne no podía ver, pero sí sentir, mientras le volvía a rodear la cintura con los brazos.
          Muy cerca suyo, un soldado vestido de marrón muy oscuro se alejó en silencio, cruzó el campamento y se deslizó sin ser visto fuera del perímetro de los guardias. Su ágil silueta desapareció entre los sombríos pinos para no volver.




 

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