Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

¿Eres nuevo? ¡Bienvenido! Empieza a leer "Sueños de Dragón" AQUÍ

¿Tines problemas para recordar quién es quién? ¡He aquí la solución! Mira el GLOSARIO

Y si tienes más problemas aquí están el MAPA y las TRADUCCIONES

Ya a la venta en papel y ebook "Sueños Rotos", relato corto de ciencia ficción: AQUÍ


lunes, 29 de abril de 2013

CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO (Parte 3/4) - Magos y Guerreros


          La cascada rugía a la izquierda de la estrecha senda, en frente de ellos. La oscura agua caía en una laguna de color verde ceniciento y desaparecía posteriormente en la garganta, en dirección a las grutas que horadaban aquella zona y que los llevarían en poco tiempo hasta las cercanías de Ossián. Los árboles, altos pinos y abetos que se vislumbraban como sombras negras y azules entre la pegajosa bruma, rezumaban humedad; de sus ramas colgantes verdes oscuras pendían hileras de pequeñas gotitas de agua, que brillaban como diminutas cuentas de plata.

          Erish estornudó y se secó la nariz con el borde de la capa roja oscura, allí abajo hacía más frío, su aliento se condensaba frente a ella en blancas nubecillas que se confundían con la niebla. Todo a su alrededor parecía estar empapado: la fina hierba, la tierra del camino, las crines de su corcel... La maldita bruma se adhería a cualquier cosa dejándola mojada en poco tiempo, a sus manos, a su ropa, a todo. Su mirada vagó aprensiva de un lado a otro de la ancha garganta, pero, más allá de unos pasos, el mundo se reducía a un fulgor blancuzco y nebuloso veteado de negro. Reda había desaparecido hacía ya largo rato y no habían vuelto a saber nada de él, así que, por primera vez en muchos días, estaba tranquila, en paz, sin tener que soportar sus constantes risitas. Bastante tenía ya con la humedad. Odiaba la humedad. El joven guerrero la sacaba de sus casillas con absurda facilidad. Solamente estaba allí porque se lo habían ordenado, como bien había dicho Gerath, y no estaba dispuesta a soportar de nuevo aquel maldito aire de superioridad. Por desgracia tendría que hacerlo, a no ser que quisiera meterse en líos; además, en ningún momento había dado el maldito bastardo claras muestras de falta de respeto, ni hacia Gerath ni hacia ella, por lo que no había nada que pudiera hacer al respecto. ¡Si al menos no fuera el hermano del hechicero más poderoso de los Shays-shu! En ese caso, haría ya tiempo que hubiera podido...
          La risa de Reda la devolvió bruscamente a la realidad, al acompasado balanceo del andar de su montura. Sonaba muy cerca, a su derecha, entre los húmedos árboles. Respiró hondo un par de veces y desmontó. Un suave gemido brotó de sus labios, se masajeó los riñones con dedos algo agarrotados estirando los tensos músculos. Pese a que estaba habituada a montar, sentía los muslos irritados; el descenso al valle le había obligado a apretar mucho las piernas contra los flancos del corcel.
          —¿Cansada?
          La hechicera acarició con las puntas de los dedos en cristal lechoso que colgaba de su cuello y alzó el rostro para mirar a Gerath con los labios fruncidos en un gesto ambiguo.
          —Un poco.
          Las carcajadas de Reda seguían resonando de forma molesta entre la niebla. El resto de los elfos negros se había detenido tras ellos y murmuraba impaciente. El helfshard desmontó a su lado y su mirada azul se perdió en el infinito. La joven tenía que reconocer que era muy atractivo, demasiado frío, tal vez, pero... Llevaba el cabello blanco un poco largo, lo justo para que algunos mechones le rozaran los hombros, de su nuca pendía una estrecha trenza que le llegaba casi a la cintura. En contraste con el pelo, su piel era muy oscura, bastante más que la suya, había reflejos de ébano en sus altos pómulos, los tendones se su cuello se marcaban claramente bajo aquella piel de ébano, sus labios se le antojaban invitadores y aquellos hombros anchos… Erish se humedeció los labios, notaba la sangre en el rostro y comenzaba a fallarle la respiración. Tragó saliva con cierta dificultad y apartó la vista de las severas facciones del otro helfshard y de su musculosa espalda, para posarla, bastante azorada, en una de las ramas que colgaban sobre el sendero. La humedad relucía en sus finas agujas.
          —Ahí vuelve.
          Gerath señaló con un despectivo gesto de la barbilla el linde del bosque, donde una alta sombra negra se empezaba a perfilar entre la niebla, acompañada de un crujido de ramas pisadas y unas pequeñas cascadas de agua procedentes de los árboles. El mago estaba claramente molesto y disgustado, por una vez no se esforzaba siquiera en mostrar su habitual frialdad. Erish le entendía, demasiado bien de hecho. Reda surgió a caballo de las sombras blancas, luciendo una enorme sonrisa en los labios y con un claro brillo de satisfacción en los ojos rojos. A la elfa le repugnó descubrir que estaba a punto de echarse a reír otra vez.
          —¿Qué hacías? —inquirió asqueada.
          La sonrisa de Reda se ensanchó más todavía, cuando se inclinó sobre el cuello de su montura hacia ellos.
          —Asuntos míos, lady Erish —se limitó a responder, rio muy bajito y les dio la espalda. Con la mano izquierda palmeó la espada que colgaba de su cadera, luego hizo un gesto para que el pequeño ejército le siguiera.
          Erish apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas de las manos hasta casi hacerse sangre.
          —¡Ah! Por cierto, lord Gerath —Reda hizo girar a su caballo—, mañana regreso a Nardis. Órdenes de Zaryll. Vos quedáis al mando.
          Estaba segura, le odiaba.


          Sadreg se dejó caer pesadamente en uno de los bancos corridos del gigantesco comedor, apoyó la espalda y los codos en la mesa y se dejó arrastrar por las voces de un reducido grupo de humanos, que conversaban en el otro extremo de la habitación. Por lo demás, el comedor estaba desierto. Las altas ventanas ocupaban toda la pared de enfrente y la luz del sol entraba a raudales a su través, los gruesos cristales estaban cubiertos por una fina película de humedad. A su espalda, calentándolo todo, ardían las tres grandes chimeneas. El aire olía a humo, a cerveza rancia que manchaba las mesas y bancos con grandes cercos y a comida demasiado grasienta.
       —¡Y tú que sabrás, listillo! —decía en esos momentos uno de los hombres con voz pastosa, probablemente debido al exceso de bebida.
          Uno de sus compañeros, menudo y con cara de comadreja, le propinó un codazo en las costillas. El hombretón le miró de reojo de manera amenazadora y le ignoró.
          —Las cosas no siempre ocu... ocurren como uno cree. Te lo digo yo. Eso que has dicho —soltó un sonoro eructo que hizo que Sadreg torciera el gesto asqueado— no puede ser cierto.
       —¡Oh, cal-llate, Lurenn! —El otro hombre se levantó de su banco, del otro lado de la mesa, tambaleándose de un lado a otro y se inclinó, hacia el que había hablado primero, con el ceño fruncido y los ojos inyectados en alcohol—. Teee repito que she muy bien lo que vhi.
          —No tienes idea —el hombretón también se levantó.
          —¡Shí lo she!
        Ambos soldados se miraron con odio por encima de la mesa en un furibundo silencio. El cuarto hombre sentado a la mesa posó una ancha y callosa mano sobre el hombro del más borracho y le hizo sentarse.
          —Ya está bien, Rush.
          —Pero she lo que vi —farfulló, sirviéndose otra copa y apurándola de un trago, la mitad le calló en la pechera de la camisa—. Ella estaba allí, con ll... lord Zaruyll.
          Lurenn se dejó caer pesadamente en el banco, bufando despectivo. El hombrecillo con cara de rata se rascó la afilada nariz y apuró su jarra.
          —¿Seguro? —le oyó preguntar Sadreg con voz muy suave, algo áspera y ronca.
          El otro entrecerró los ojos.
          —Sí. Losh vi, en la thorre. Eshtaba de guardia esa noche y l... la vhi salir.
          Lurenn hizo un ruido grosero con los labios antes de echarse a reír de forma ostentosa.
          —Claro... de guardia c... con una jarra de cerveza.
          —¡Bastardo! —bramó Rush.
          Las copas que había sobre la mesa rodaron y cayeron con un sordo estruendo al suelo, cuando Rush se puso en pie con los ojos desorbitados y se lanzó hacia delante, intentando estrangular al otro hombretón. El compañero sentado a su lado lo agarró de los brazos y tiró de él hacia atrás, intentando inmovilizarle. El hombrecillo con cara de comadreja retrocedió de un salto, con un cuchillo en sus manos surgido al parecer de la nada.
          —¡Quieto, Rush! Déjalo, estáis los dos demasiado borrachos —sus ojos de un frío color gris pálido se desviaron hacia Sadreg, que siguió mirando sin darse por aludido.
          —¡Suélthamme, Thare! —El guerrero se debatió con fuerza, pero no logró soltarse—. ¡Vi a esa sucia elfa en la thorre de lord Zaruyll!
          El helfshard dio un respingo, pero no se movió. Aquellos malditos humanos...
          Nars suspiró y guardó la daga entre los pliegues de su sucia y arrugada túnica.
          —Sácalo de aquí, Thare, ha bebido demasiado. Lurenn también. No saben lo que dicen.
          —Yo no... —apostilló el hombretón, a su lado.
          —Déjalo, Lurenn.
          El guerrero gruñó por lo bajo y se sentó, mientras Thare se llevaba a Rush fuera del comedor medio a rastras. El hombrecillo recogió las copas caídas y las volvió a llenar, antes de sumirse en el silencio y seguir bebiendo.
          Sadreg lo observó todo sin decir palabra, luego cerró los ojos; un suspiro cansado escapó de sus labios. Antes de acudir allí, había estado hablando con su hermano; el mago humano quería que volviera a Nardis. Como de costumbre, Reda estaba insoportable y había acabado por agotarle. Durante toda la conversación no había dejado de reír ni un momento, haciendo que le martillearan las sienes. No había podido evitar preguntarse qué estaría tramando, o si acaso simplemente estaba contento por algo que había hecho; con Reda nunca se podía saber. Tampoco entendía las prisas de Zaryll por hacer que su querido hermano regresara a la ciudadela, pero creía que tenía algo que ver con las noticias traídas por lady Seindra. Ahora que lo pensaba, tendría que hablar con ella, había cosas que su señora necesitaba saber.
          Todavía le daba vueltas en la cabeza lo de hacía dos noches, la muerte del Espectro y la orden del mago negro de crear Sombras. No había logrado entenderlo, por más que lo había pensado. ¿Cómo era posible que hubiera destruido al Espectro? ¿Un simple prófugo de una aldea remota, o acaso...? Se veía tentado de darle la razón a Zaryll: un Elegido, uno de los seis guerreros. Pese a todo, había una pregunta que seguía ahí. ¿Cómo lo había hecho? Por desgracia, lo único que, tal vez, lo explicara era la existencia de un objeto de poder y, de ser así, ¿de dónde lo había obtenido? Cabía esperar que hubiera pertenecido al mago de Eshainne, al menos si el que había matado al Espectro ere el prófugo de la aldea, claro. Seguía habiendo demasiadas incógnitas, demasiados puntos negros en toda la historia. Demasiadas suposiciones.
          Empezaba a creer que todo aquello de los seis guerreros se les había escapado de las manos. Sólo uno localizado en veinte años, y no podía olvidar que había sido gracias al libro. Lo malo era que en el libro sólo había menciones, a menudo indescifrables o imposibles, sobre los otros cinco. En ocasiones, resultaba difícil saber dónde empezaban las predicciones y donde terminaban los desvaríos de la locura de Rielle, la Sacerdotisa Negra. Rielle, Rielle, Sacerdotisa Negra, loca, proscrita, hereje... Tantos nombres para una misma humana, y de todos ellos sólo uno era el correcto: profetisa.
          Tendrían que haber actuado con mayor rapidez desde el principio. Atacar y arrasar las ciudades de los magos, mandar más Sombras... Pero primero la Prohibición les había impedido salir del Norn y habían tenido que actuar de modo indirecto, luego una excesiva prudencia les había disuadido de actuar así.
          —El espíritu del Dragón —susurró ensimismado— vendrá del perdido Orn, reino oculto en nieblas.
          Sólo tenían a ese, y estaba fuera de su alcance, protegido por una Diosa guerrera; fuera de su alcance, maldita fuera. Sin embargo, habían estado tan cerca en el pasado. Más cerca que de ningún otro.
          Ahora las cosas se habían complicado, si el prófugo de Eshainne era uno de los seis, en esos momentos tendría que estar en algún lugar de los alrededores de Gringa, dirigiéndose hacia el Orn probablemente, y no había forma de localizarlo. ¡Si Zaryll le hubiera mandado a él en lugar de confiar en el inútil de Org! Demasiados errores, habían cometido demasiados errores.
          «Uno de Orn —el mago se levantó del banco y se dirigió con paso lento hacia la puerta—, uno del Norn, dos del Sorn... Tal vez uno de la aldea y el sexto también de algún lugar del Eorn.»
          Tal vez la solución, como el mago negro había dicho, estuviera en las Sombras. Necesitaban cierto imprescindible ingrediente para ello y dudaba que el mago negro fuera a querer usar el de la otra vez. Lady Seindra, ella sabría cómo conseguirlo. Sadreg esbozó una lenta sonrisa y encaminó sus pasos hacia el patio de entrenamientos.


          La piedra negra de Nardis relucía de forma mortecina con el frío sol que brillaba en un cielo sin nubes, pálido y claro. Desde lo alto de las escaleras, se podía oír el rechinar del acero contra el acero proveniente del patio de abajo. Sadreg se detuvo al final de la estrecha y empinada escalera, enclavada entre dos altas paredes, y se apoyó en la baranda de roca labrada, que estaba desportillada y resquebrajada en muchos lugares. Una fina cinta de polvo de roca se desprendió de ella con un suave rumor y cayó en el patio que había debajo. En él, un grupo de elfos negros luchaba con largas espadas, lanzas y shedaar*. Pese al frío, que a él le obligaba a frotarse las manos y echar su aliento sobre ellas para desentumecerlas cada cierto tiempo, los guerreros tenían los brazos bañados en sudor.
          Un grito de mujer atrajo su atención hacia el fondo del patio. Uno de los elfos, un guerrero bastante veterano, estaba arrinconado en el suelo contra la esquina de una de las altas paredes. Tenía apoyada en la base de la garganta la afilada punta de una espada; la suya estaba caída a bastante distancia, entre las piernas de dos combatientes que la esquivaban con habilidad, sin dejar de luchar en ningún momento. La mujer le daba la espalda al mago, llevaba el largo cabello blanco recogido sobre la cabeza con una fina redecilla dorada; vestía una amplia túnica de oscuro color rojo y unos pantalones a juego. Sadreg la reconoció de inmediato, era lady Seindra. La joven bajó el arma y se apartó con delicadeza un mechón de cabello suelto detrás de la puntiaguda oreja derecha. El guerrero se puso en pie, se inclinó respetuosamente ante la elfa y se alejó a recoger su espada. Sadreg sacudió la cabeza un par de veces, apartándose el flequillo de los ojos violeta.
          —¡Lady Seindra, mi señora!
          Su voz levantó ecos en el patio, el ruido de armas cesó de repente. Decenas de rostros de piel oscura se volvieron hacia él. La joven le miró con un gesto de fastidio. Al reconocer al helfshard, sin embargo, una expresión de asombro asomó a sus ojos, pestañeó y envainó la espada en la cadera. Cruzó con paso decidido el patio de grandes baldosas y subió al trote las escaleras que llevaban a donde el elfo se encontraba. Cuando llegó a su lado, el mago se fijó en que la túnica de manga larga se le pegaba a los hombros, al pecho y a los costados, mojada por el sudor. A su través se podía distinguir el contorno de la venda que le cubría las costillas. Respiraba de forma algo irregular.
          —¿Cómo estáis, mi señora? —inquirió cortésmente con una reverencia.
          —¿Qué? —Sadreg le señaló la herida vendada—. ¡Ah! Bien, no era muy profunda y casi ha cicatrizado por completo. ¿Qué ocurre, Sadreg? Estaba entrenando —sus ojos dorados relucían como el oro líquido entre las largas pestañas.
          El elfo hizo una reverencia más profunda aun que la anterior, llevándose la mano al corazón.
          —Lamento haberos interrumpido, lady Seindra, pero necesito hablar con vos.
          La joven retocó la redecilla y suspiró. El estruendo de las armas volvía a llenar el aire, haciendo que fuera difícil oír algo más.
          —Está bien, Sadreg, pasearemos.
          —Como gustéis, mi señora.



*Arma semejante a una lanza pero más larga, con una doble cuchilla en cada extremo y un asidero parecido al de una guadaña. Se maneja con una sola mano, mientras que en la otra se suele llevar un pequeño escudo




Seguir leyendo este capítulo >     
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario