Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 25 de abril de 2013

CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO (Parte 2/4) - Magos y Guerreros


          Fuera era de noche, de hecho había sido de noche durante el último mes, pero ahora, las luces que marcaban el paso del tiempo en la ciudad de los elfos estaban apagadas, así pues, era verdaderamente de noche.
          Escondido detrás de unos tapices, en una esquina de la habitación, Reda observaba la sombría estancia a la luz dorada de las lámparas. Aquel día había venido de visita la familia, que en su caso se reducía a los abuelos maternos, más concretamente a su abuela. Se quitó el pelo de la cara y frunció el entrecejo de forma desagradable: la anciana tenía toda su atención centrada en su hermano.

          —¡Oh! Mira al pequeño Sadreg. ¡Cómo ha crecido! Estas hecho todo un hombrecito —la mujer le sonreía con las manos apoyadas en las rodillas.
          Reda apretó los dientes. ¡No lo soportaba! Se suponía que él era el que tenía que ser el centro de atención de su familia; pero claro, su hermano era el mago, y por tanto más importante. A sus 40 años* no lo podía soportar, ahí, en el centro del salón, siendo atendido y mimado por todos... por la abuela.
          —¿No le vas a decir nada a tu abuela, pequeño Sadreg?
          El niño alzó el rostro con los ojos entrecerrados, muy serio.
          —Abuela, creo que deberías empezar a dirigirte a mí de otra forma, después de todo soy un mago, y superior a ti. Me debes un respeto.
          Tuvo que sofocar una carcajada con el tapiz, pero pese a todo, las lágrimas brotaron de sus ojos rojos. Con algo de miedo porque le dijeran algo, se sacó el tapiz de la boca y se escondió más. La anciana tenía una extraña expresión en el rostro surcado de arrugas, mitad sorprendida y mitad indignada. Él sabía que no le podían hacer nada a su hermano, por desgracia, pero aquella cara compensaba con creces todo lo que este le estaba haciendo pasar.
          «Aguántate, abuela —pensó—. Mira lo que te dice tu nieto favorito
          La risa de la anciana le pilló por sorpresa y asomó su menudo cuerpecito por el borde del tapiz. ¡Le estaba sacudiendo el cabello a Sadreg! Reda aspiró de forma sibilante.
          —Claro que sí, mi pequeño. Pero aún debes estudiar mucho para llegar a ser un mago. Y superior a mí.
          Eso último no lo dijo, pero Reda sintió que las palabras quedaban suspendidas en el aire. Tuvo que contener otra carcajada.
          «Que se fastidie mi hermano, la abuela es más lista.»
          —Por cierto, Sadreg. ¿Qué has hecho con tu bonito pelo largo?
          Reda dio un respingo y apartó un poco más la pesada tela. Sadreg le daba la espalda, pero podía ver la tensión de sus estrechos hombros en la forma en que estaba erguido, con la cabeza muy alta, claramente a la defensiva. Él, por su parte, sentía en su interior unas incontrolables ganas de echarse a reír.
          —Decidí cortarlo —le oyó decir con voz tensa.
          Ambos sabían que aquello era mentira. Él le había mentido, le había engañado y ofendido con sus palabras. Le había insultado sólo para sentirse superior, ahora que había recibido el colgante de la Escuela. Sus palabras habían sido crueles, dignas de su hermano mayor, pero crueles, le habían hecho verdadero daño. Pero eran mentira, como no tardó en descubrir. Y se había limitado a vengarse. ¡Dulce venganza la suya! Él no era ninguna lacra social, como Sadreg había dicho, sus padres no le habían adoptado porque nadie le quisiera, eran sus verdaderos padres, por mucho que al fanfarrón de Sadreg le fastidiara. Le había hecho daño, pero la venganza había calmado su dolor. Su hermano estaba sentado con las piernas cruzadas sobre la cama, estudiando uno de aquellos libros de estúpida magia, tenía su querido cabello largo recogido en la nuca. Todavía recordaba la frialdad de las tijeras en sus manitas y aquel sonido tan agradable al cortar...
          Incapaz de contenerse por más tiempo, estalló en agudas y chillonas carcajadas, que resonaron en las paredes de la sombría habitación, haciendo que la atención de todos cayera de pronto sobre él. Su hermano le fulminó con la mirada al verse desplazado, pero el gesto divirtió todavía más a Reda, que avanzó, tambaleándose de la risa, hacia el centro de la estancia. Sus ropas blancas parecían brillar en la penumbra reinante. Todos le observaron desconcertados por un rato, finalmente, la anciana sonrió y se arrodilló frente a él.
          —¡Pero si también está aquí Redilla!
          Parecía gratamente sorprendida por su aparición, y eso le hizo secarse los ojos y alzar la barbilla, mientras la incontrolable risa pugnaba por abrirse camino a través de sus apretados labios.
          —Bien —continuó la abuela con los ojos dorados verdosos brillantes—, ya sabemos que tu hermano, el pequeño Sadreg, va a ser mago. Pero ¿qué quieres ser tú de mayor, Redilla?
          El elfo se puso repentinamente serio y entrecerró sus inquietantes ojos rojos en una perversa y calculada mueca.
          —Quiero ser más que mi hermano.


          Reda se cubrió la boca con la mano, pero todo fue inútil, la risa estalló en su interior en sonoras carcajadas y tuvo que agarrarse con fuerza el estómago y a la silla para no caer del caballo.
          —¡¡Mmmffff!! ¡¡JA, JA, JA!!
          Se estaba ahogando, se estaba ahogando de la risa. El aire no le llegaba a los pulmones y las lágrimas volvían borrosa su visión. Con unas convulsas toses rayanas en la histeria, aspiró de forma jadeante, volvió a inclinarse sobre el cuello del corcel y siguió riendo incapaz de parar. ¿Se podía uno morir de risa?
          —¡¡¡SI!!! —Gritó a pleno pulmón, volviendo a carcajearse de nuevo.
          Todavía podía recordar la expresión del rostro de su abuela, muerta ya un siglo antes. En él se mezclaban la sorpresa y la satisfacción. Estaba seguro de que, de verlo ahora, se sentiría orgullosa de él, al igual que su madre. Después de todo, él siempre había sido el niño favorito de mamá. Había llegado muy alto. Mucho más de lo que su padre o su abuela nunca habían podido soñar. Se había entrenado con las armas, había luchado por cada ascenso con toda la fuerza de su alma. Hasta había ninguneado y ridiculizado a sus más acérrimos rivales en pos de su actual puesto. Se lo había ganado. Su hermano poco había tenido que ver en ello. Aunque le había brindado la protección que, de otro modo, le hubiera sido negada cuando cayeron sobre él ciertas acusaciones escabrosas que no había podido eludir.
          El joven elfo negro se secó las húmedas mejillas lo mejor que pudo, todavía estremecido de cuando en cuando por alguna suave risita, y tiró de las riendas de su montura para que descendiera poco a poco la pedregosa y abrupta pendiente, llena de rocas sueltas y matas secas. El aire tenía un intenso olor a humedad, proveniente de las nieblas del fondo del valle y del río que resonaba contra las laderas de las montañas levantando ecos sepulcrales y fríos. Seguramente habría una cascada.
          A su espalda, Erish le tocó el brazo a Gerath para captar su atención, sin que Reda se enterara, y torció el gesto. El helfshard enarcó las finas cejas y sus ojos azul cobalto relucieron con el encapotado sol. La otra maga suspiró y señaló con la barbilla al guerrero del clan Shays-shu que les precedía.
          —¡Déjale! —susurró Gerath sin apenas mover los labios—. Mientras no se desahogue con sus propios hombres... Así al menos se mantiene ocupado.
          —Lo sé, pero esa risa me hace sentir incómoda, me pone de los nervios.
          Erish se levantó ligeramente de la silla para mantener el equilibrio en medio de la peligrosa pendiente. Los cascos de su pardo corcel resbalaron en la gravilla y estuvo a punto de caer; el caballo piafó, sacudiendo la cabeza con los ollares dilatados y los ojos desorbitados. La joven maga tensó las riendas con fuerza, guiándolo en diagonal, detrás de Reda y Gerath, que se había adelantado. El elfo se giró ligeramente en la silla.
          —Como a todos —le respondió, tal vez demasiado alto, acompañando sus palabras de un gesto de la mano.
          —Lord Gerath, por favor, más bajo —siseó ella de forma imperiosa, apartándose el mojado flequillo de la cara, sin apartar los ojos verdes de la espalda de Reda. El intenso frío y la húmeda niebla acababan por dejarlo todo recubierto de una molesta pátina de agua. Las paredes cada vez más altas de las montañas se cernían sobre ellos, relucientes y oscuras, amplificando los sonidos. Aquel entorno la ponía nerviosa.
          —Erish, cálmate un poco ¿quieres? No es para tanto.
          La elfa le miró fijamente, incapaz de comprender cómo lograba mantenerse tan sereno, pero no le sorprendía; el joven mago siempre había sido muy severo y desapasionado, casi inexpresivo, desde que ella le conocía.
          —Ya estoy calmada, pero hablad más bajo, a no ser que queráis que os oiga. Esta situación me agrada tan poco como a vos, y no quisiera que se complicara más de lo nece...
          —¿Decíais algo, lady Erish? —inquirió Reda, volviéndose de pronto sobre la silla de montar con una suave y cínica sonrisa en los labios.
          La elfa inclinó la cabeza a un lado, ocultando su sorpresa y su furia. El muy desgraciado lo había estado escuchando todo. ¡Seguro!
          —Nada de lo que tengas que preocuparte, Reda, asuntos nuestros.
          El elfo entrecerró los ojos rojos con perversa diversión, deteniendo a su caballo en medio de la ladera
          —Me preocupa si ese asunto vuestro puede ser también asunto mío, mi señora.
          Erish apretó los dientes y los músculos de sus brazos se tensaron al asir con fuerza las riendas. No había el más mínimo atisbo de respeto en la voz de Reda. Es más, casi podía paladearse su desprecio. Su respiración se volvió entrecortada. Gerath acercó su caballo al de ella y posó una mano, cálida y suave, sobre la suya. Fulminó con sus ojos azules al otro elfo.
          —Reda —su profunda voz restalló como un látigo—, me veo obligado a recordarte que sólo estamos aquí porque lord Sadreg lo ordenó.
          —¡Oh, sí! Mi hermano.
          El tono amenazador del guerrero quedó suspendido largo rato entre ellos; Reda ensanchó su sonrisa con frialdad, los ojos transformados en meras rendijas, y dio media vuelta espoleando a su corcel.
La helfshard estaba lívida, temblaba de furia e indignación sobre la silla de montar, el aire siseaba entre sus apretados dientes. La mano de Gerath subió a lo largo de su brazo hasta su hombro y le acarició con dedos suaves la barbilla, apartando el cabello.
          —Tranquila, no es más que un bastardo. Si demuestras que te ha dolido, sólo conseguirás que disfrute.
          Muy cerca de ellos, unas piedras resbalaron por la pendiente, los elfos descendían hacia ellos en desordenadas filas, charlando animadamente o en taciturno silencio. El caballo del mago corcoveó alejándolo de ella, sus miradas se cruzaron por un instante. Erish apartó la suya con cierta brusquedad, las mejillas le ardían, en aquel momento la mirada de Gerath le resultaba demasiado violenta; no estaba acostumbrada aun a aquella calidez en los profundos ojos azules del elfo.
          —T... —vaciló— tenéis razón, será mejor que sigamos.
          Una vez más, azuzó a su corcel hacia el valle lleno de niebla.

  
* En cómputos humanos serían unos 6 o 7 años.



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