Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 22 de abril de 2013

CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO (Parte 1/4) - Magos y Guerreros


          —No, por favor, ten piedad, no quiero...
          Naresh sonrió con desprecio y le hundió la daga en el ojo. El cuerpo cayó desangrándose en las aguas del puerto y quedó flotando boca abajo a la deriva, rodeado por una aureola rojiza cada vez más grande. No muy lejos, una de las naves todavía ardía.

          El elfo negro se rascó la cicatriz de la mejilla y miró al sol que ascendía sobre la faz de las aguas del Océano de Moses, lo hacía entre unas nubes oscuras y las densas columnas de humo negro de los barcos incendiados. La marea mecía suavemente los restos calcinados de madera, cuerdas y algún que otro miembro humano seccionado y de piel llena de ampollas negruzcas. Las olas que lamían la dársena tenían una irisada tonalidad aceitosa, brillaban rojizas y anaranjadas, verdes y pardas, a la luz del fuego y del sol naciente. El aire olía a cenizas y a sangre, a carne quemada, cenizas y sangre que también flotaban en el mar, empañándolo como un gris sudario, mecidas rítmicamente por la marea. A su espalda, en el pueblo, aún se oían gritos en las calles, pero eran cada vez más escasos; los supervivientes, si es que los había, seguramente tan sólo pensaban en salir de allí en silencio, sin llamar la atención de sus atacantes, y en huir que la devastación y de la muerte lo más rápido posible. La verdad era que nada de eso le importaba a él en ese momento: quería ver cómo el amanecer se extendía por otro pueblo muerto, por sus calles sembradas de cadáveres, y entraba en las casas de suelos ensangrentados por ventanas abiertas como ojos ciegos. Aquello se había convertido en una especie de ritual para el elfo desde hacía semanas. Con cada pueblo que habían arrasado en su camino hacia el Sorn, había hecho lo mismo. Al amanecer o al atardecer —aunque le gustaba mucho más el amanecer, era más... simbólico— se acercaba a las calles abandonadas y las miraba sin poder evitar una sonrisa orgullosa, satisfecha: aquello era obra de su raza y él había formado parte de ello.
          El sol terminó de asomar por detrás del horizonte, como una gran bola roja, obligándole a entrecerrar los ojos ante el fuerte embate del resplandor. Con un chisporroteante crujido, el mástil del barco que había a su derecha se derrumbó mitad en el puerto y mitad en el mar, alzando una blanca columna de vapor siseante. El cadáver del hombre que había en el puesto de vigía rebotó en el suelo, acariciado por las llamas, con un sonido blando y húmedo. Los restos de piel y carne de una de sus piernas se engancharon en el astillado borde del mástil que sobresalía del muelle, dejándolo colgado sobre las oleaginosas aguas con la boca abierta en un negro e informe agujero quemado.
          Naresh escupió al mar y le dio la espalda. Su sombra se extendía ante él casi hasta la primera línea de casas. En uno de los callejones se movió una figura y un famélico perro de pelaje sucio, lleno de garrapatas, gordas como sus uñas, salió de él y corrió por el puerto hasta desaparecer detrás de una carreta de pescado volcada. Con un encogimiento de hombros, acompañado de una fina sonrisa, abandonó el muelle y se adentró en la pequeña ciudad. Era feliz, ese día recuperaría por fin el mando de su grupo de exploradores. Volteó la daga manchada de sesos y sangre en el aire, la recogió a la tercera vuelta y, después de limpiarla en el cadáver de un niño, que alguno de los suyos había ahorcado con un mantel bordado del tercer piso, la guardó en la funda de su cadera.
          —Verdaderamente apropiado —musitó con complacencia, mirando el pequeño rostro amoratado—. Una ruidosa sabandija menos.
          Le dio un empujón con el brazo y rio al ver cómo se balanceaba. Sí, era feliz.


          Ella lo retuvo con mucha suavidad del brazo, haciendo que se volviera. Se fijó en que los ojos color índigo de su hermana rebosaban preocupación, pero era consciente de que no podía decir ni hacer nada que sirviera para consolarla.
          —Pregúntale por los chicos, hermano —oyó que le decía con la voz un poco ronca.
          —Si supiera algo de ellos significaría que las cosas no van bien, Hilda.
          —Aun así.
          El anciano asintió y se caló el sombrero hasta las cejas. Desde debajo de las sombras del ala la miró y le lanzó una tibia sonrisa, acentuada por los largos bigotes blancos, que era un vano intento de calmarla, y, por desgracia, eso lo sabían los dos. Luego se giró y empezó a subir las empinadas escaleras de la torreta. Sentía dejarla atrás, pero lo que se disponía a hacer... Ella no podía participar, su poder era demasiado escaso y la distancia demasiado grande.
          Se detuvo en lo alto de las escaleras, frente a la puerta de aspecto vulgar; tras tirarse indeciso de la luenga barba, entró en la habitación. No era más que una pequeña y polvorienta biblioteca, llena de viejos volúmenes encuadernados en cuero, que se alzaban hacia el bajo techo en precarias y desordenadas pilas. Olía a pergamino viejo y a aceite, a piel encerada y a tinta seca. La luz que entraba por la pequeña ventana de la izquierda hacía que las motas de polvo que flotaban en el aire brillaran como una neblina dorada y pálida. Tanto conocimiento acumulado, tantos años de estudio… Solo esperaba que, a su muerte, no se perdiera. Pero sabía que aquella era una esperanza vana. La más vana de las esperanzas teniendo en cuenta el ejército que, seguramente, se aproximaba a la ciudad.
          Cerró la puerta a su espalda y dejó que el silencio lo embargara. De uno de los bolsillos, extrajo una bolsita con una arena blanca muy fina que extendió en un círculo a su alrededor y frotó en sus manos, también en el cuello, a lo largo de la yugular. Respiró hondo de forma regular, cerró los ojos y dijo algo en voz muy baja, apenas audible. La oscuridad le rodeó y sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies, le invadió la familiar sensación de mareo y le asaltó la tentación de abrir los ojos, pero se contuvo. Esa era una de las primeras lecciones que había aprendido de joven. Luego todo cesó. Abrió los ojos.
          La habitación no parecía haber cambiado, pero era diferente al mismo tiempo, los contornos eran menos definidos y las paredes se combaban de manera extraña en la lejanía, más cerca de él y más lejos. La luz no parecía venir de ninguna parte y el polvo había desaparecido; la ventana se abría a un vacío gris e infinito. En un rincón había aparecido una mesa con una silla pequeña y alta, las paredes de atrás eran de un blanco puro y brillante, en contraste con las del resto de la biblioteca, grises y de madera. Él estaba sentado en la silla. Enseguida se dio cuenta de lo forzada que resultaba la sonrisa de su viejo amigo.
          —Hacía tiempo que no hablábamos, Clartyll —le oyó decir desde muy lejos, a modo de saludo.
          —Lo sé. ¿Qué tal te van las cosas a ti?
          El anciano sentado tras la mesa se encogió de hombros y suspiró.
          —Se han complicado un poco desde la muerte de Flyll. No lo voy a negar.
          No le quedó más remedio que darle la razón con un triste asentimiento. Por ser lo que era, dada la larga vida de la que disfrutaban los magos, estaba acostumbrado a la muerte, y sabía que, tarde o temprano, acababa por llegar, de una forma u otra.
          —¿Todavía está ella contigo? —le preguntó entonces.
          —Ya sabes que sí. No sé qué hacer, su caso siempre ha sido diferente. Ellos ya saben quién es y dónde está —añadió con suma seriedad mientras se arrellenaba en la silla—. Este siempre ha sido un lugar seguro, el más seguro de todo Bakán, pero ahora tengo miedo de que se atrevan a atacarnos. Si vinieran con sus magos no podríamos oponer mucha resistencia y el Santuario acabaría cayendo. La Diosa puede impedir que entren sus Sombras y sus otros esbirros, hasta cierto punto al menos, pero no que lo destruyan en un asedio si se lo proponen. Además, si hay lucha, sé muy bien que saldría delante de todos, a la cabeza, a pelear, y entonces estaría a merced de ellos. No habría nada que yo pudiera hacer por evitarlo. Es muy cabezota.
          La amarga resignación que impregnaba las palabras del otro anciano le provocó un estremecimiento. Se mesó la barba blanca.
          —No creo que las cosas vayan a ponerse tan mal —replicó—. Antes de eso...
         —Sí, sí, me las arreglaría para que escapara, de esa forma existiría una posibilidad de que sobreviviera, aunque creo que vigilan la zona. Sombras... lo que sea, pero me parece que están ahí fuera, aguardando.
          —¿Y qué piensas hacer? El tiempo se acaba. Además, no puedes mantenerla encerrada para siempre, ni siquiera sabemos que tienen que hacer para cumplir con la Profecía.
          El otro guardó silencio largo rato. En un par de ocasiones pareció que fuera a hablar, pero acabó por clavar la vista en los dibujos que formaban las vetas de madera de la mesa. A Clartyll le pareció más menudo que de costumbre; parecía como si portara un peso demasiado grande sobre sus hombros, uno que se negaba a compartir con alguien y que, poco a poco, lo estuviera aplastando. Abrumado, esa era la palabra: parecía abrumado por la preocupación y la duda. ¿Pero acaso todos ellos —Sryll, Flyll, Adryll y él— no habían tenido que sobrellevar esa misma carga durante los últimos tres siglos? Pero claro, las cosas eran diferentes ahora, Sryll y Flyll estaban muertos y, tal vez, muy pronto también él lo estaría. El momento de la Profecía parecía haber llegado al fin y ninguno de ellos hubiera podido imaginar siquiera que sería tan doloroso.
          —Tal vez creas que estoy loco —Adryll finalmente había alzado la vista de la mesa y ahora le miraba con decisión en sus ojos claros—, pero me parece que  espero una señal.
Ante esas palabras no pudo sino reír sin ganas y sacudir la cabeza varias veces antes de responder.
          —¿No es eso en lo que nos hemos apoyado toda la vida? ¿En una señal, en una marca? ¿En esperar a que apareciera? En ese caso, es posible que todos estemos locos. El tiempo se nos acaba, así que no creo que todo eso tenga demasiada importancia, viejo amigo. Ya hemos visto en más de una ocasión actuar al destino de forma extraña —sonrió con triste franqueza.
          —Sí, el destino —el profundo suspiro pareció aliviarle en parte de la carga—, siempre el destino. Extraño en verdad el que nos ha metido en este lío.
          De nuevo se apoderó de ellos un reflexivo silencio. El anciano sabía qué era lo que tenía que decir, preguntar más bien, pero, ahora que se encontraba frente a él, se resistía a hacerlo. Tenía miedo, un miedo horrible que le paralizaba las entrañas. El problema era que se lo había prometido a su hermana y tenía que hacerlo. Sin embargo...
          —¿Sabes algo de mis chicos? —preguntó por fin, mirando al vacío, intentando que las piernas no le fallaran.
          El otro anciano parpadeó.
          —¿Por qué crees que tendría que saber algo de ellos?
          El alivio estuvo a punto de hacerle caer al suelo, cerró los ojos y esperó a que la repentina debilidad que atenazaba todos sus músculos remitiera.
          —... nada?
          Se dio cuenta de que el otro había seguido hablando y se apresuró a volver a la realidad de aquella habitación.
          —¿Qué? —inquirió confuso.
          —Que si tú tampoco tienes noticias de ellos.
          —No, no desde que se fueran. Nada en cuatro años. Ya sé que ni a Flyll ni a ti os gustó la decisión que tomamos —añadió cuando el otro se disponía a interrumpirle, quizá con más fiereza de la que deseaba—, pero aquí, en el Sorn, eran un blanco demasiado fácil. Sería el primer sitio donde buscarían, conmigo, en Nalis, o donde mi hermana vivía. Mira lo que ha pasado ahora con Flyll.
          —Tienes razón —secundó el otro para su sorpresa—. El tiempo ha demostrado que fuiste el más sabio.
          Adryll parecía abatido de nuevo. El arrepentimiento por tan duras palabras le mordisqueó las entrañas, no tendría que haber dicho aquello de esa forma.
          —No te lo reproches —murmuró suavemente, intentando animarle, pero el peso de su alma también era duro de llevar—. Cada uno en su estilo, pero les preparamos para esto, para que lucharan llegado el momento. Sus padres nos dieron permiso para que hiciéramos lo correcto ¿recuerdas? Incluso a ti.
          —Sí, sobre todo ellos. Cuando pienso en el dolor que causé hace veinte años. ¿Y sabes qué? Se limitaron a mirarme como nunca lo ha hecho nadie desde entonces. Dijeron que si yo lo consideraba adecuado no se negarían, que era lo correcto. No sé si sabrás que ese día perdieron su única esperanza.
          —Lo sé. Hemos causado mucho dolor a mucha gente.
          Parpadeó, se empezaba a sentir muy cansado. No había pensado que la conversación fuera a durar tanto y no estaba en absoluto preparado. Se humedeció los labios antes de continuar hablando.
          —Y Flyll. ¿Crees que antes de morir logró...?
          —¿... hacer lo que tenía que hacer? —le interrumpió el otro con un gesto ambiguo de la mano, él también parecía cansado—. Sí, o eso espero. Después de Sryll era el que más sabía de la Profecía.
          —¿Y el sexto? ¿Has podido encontrarlo? —le preguntó por último, masajeándose el tenso cuello.
          —No, ni yo ni Flyll lo logramos. Tampoco Sryll, como bien sabes. Tu tampoco, por lo que veo —puntualizó Adryll.
          —¿Ellos?
          —No sabría que responderte. Si hay alguien que sepa más que Sryll de la Profecía, esos son ellos —se encogió de hombros—. De momento, parecen estar muy interesados en nosotros, así que cabe esperar que ellos tampoco lo sepan.
          —Eso es bueno —susurró—. Creo que será mejor que lo dejemos ya, no creo que pueda mantener el contacto mucho más tiempo. Cuida bien de quien tú sabes, y si vieras a mis chicos... Hay rumores de que se acercan tropas de pintones, trolls y orcos a Nalis —añadió entonces de repente, acuciado por el dolor, por su propio y desesperado dolor—. Voy a salir a luchar, y mi hermana también. Seguramente...
          El otro alzó una mano, pequeña y regordeta, impidiéndole continuar.
          —Lo haré. Que Tyrsha te proteja. Espero que alguno de nosotros pueda presenciar el resurgir de la magia.
          —Que nos proteja a todos —añadió él en un bronco susurro.
          Trazó a continuación un signo en el aire y cerró los ojos. Cuando el mareo se desvaneció y volvió a sentir el suelo de verdad bajo sus pies, un tembloroso suspiro escapó de entre sus labios. Se sacudió el polvillo de las manos en las ropas y salió de la habitación. Su hermana no se había movido del pie de las escaleras; la abrazó con una fuerza casi desesperada.
          —Tal vez estén bien, tal vez ahora se dirijan al encuentro de los otros, tal vez ya hayan cumplido con el destino. No lo sé, Hilda, no lo sé. Me siento tan viejo, tan débil.
          La mujer se dio cuenta de que su hermano lloraba, cuentas de agua salada resbalaban por su cuello.



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