Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 18 de abril de 2013

CAPÍTULO DECIMOPRIMERO (Parte 4/4) - Desterrado de la luz


          Nargor alzó la mano y, ordenando a la columna que se detuviera, desmontó con un suspiro cansado. El alto caballo negro sacudió las crines y retrocedió unos pasos piafando; el joven le palmeó el cuello.
          Dos días antes se habían cruzado con una avanzadilla de los ejércitos de Trión. Tres mil hombres y doscientos cincuenta caballos: ochocientos arqueros, dos mil guerreros de a pie y doscientos de caballería; cincuenta caballos para el transporte de alimentos y para los mensajeros. Los habían observado desde lo alto de un farallón rocoso, que se alzaba sobre el valle en que estaban acampados. No representaban una amenaza para lord Zaryll, pero, pese a todo, había mandado a uno de sus hombres de vuelta a Nardis.
          Se volvió hacia la decena de hombres que esperaban a su espalda.
          —Acampamos en aquel bosque, cerca del farallón —anunció y, tras enganchar las riendas en un arbolillo cercano, se alejó entre la maleza del borde del camino.
          No muy lejos había un río, lo había sentido en cuanto empezaron a descender hacia la ancha garganta; ahora lo podía oír con claridad corriendo en su lecho de rocas. Apartó a un lado una rama baja y se acercó a la orilla. Podía notar en el rostro el impacto suave de un aire frío y húmedo. Se arrodilló y contempló las aguas turbulentas sin verlas. A la derecha había una pequeña cascada que caía en una plácida poza y sobre su cristalina superficie se deslizaban en silencio una especie de horribles insectos de seis patas. El joven estaba sorprendido por la claridad con que percibía el mundo desde hacía unas semanas. Antes “hubiera sabido” que había insectos en el río, habría notado las diminutas perturbaciones que producían en el flujo del agua con sus patitas, al saltar bruscamente de un lugar a otro en aquella especie de caótica danza. Ahora, en cambio, podía asegurar que tenían seis patas y dos antenas largas, y que eran bastante repugnantes.
          Desde que se quedara ciego, a menudo, se había sentido sobrecogido por su capacidad de percibir las cosas que le rodeaban, pero aquella nitidez, aquella perfección... sencillamente, lo asustaba un poco. Introdujo una mano en el río y movió las aguas en círculos, los insectos se alejaron. Se inclinó sobre la corriente y bebió con avidez; la frialdad del líquido lo despejó, provocándole un delicioso estremecimiento en la nuca. Detrás de él oía a sus hombres montar el pequeño campamento, recorrer el cercano bosque en busca de madera para el fuego; apenas hablaban. Los hombres que él considerara oportuno, le había dicho lord Zaryll, y aquellos diez eran más que suficientes. Diez para rodear el ejército de Trión y contar los hombres que lo formaban y los caballos que poseían. Diez para conseguir alguna información sobre sus planes de batalla, aunque esto último iba a ser más difícil, tendría que infiltrarse en el campamento, en la misma tienda del rey, tal vez, y salir sin que le descubrieran. Difícil, mas no imposible.
          «Y sus planes de batalla, si es que los conseguís» Le había dicho el mago negro, sonriendo cínico, cinco días antes, en la fría y muerta sala del trono, después de matar a Herald. ¡Pobre imbécil! Durante el viaje, había tenido tiempo de reflexionar sobre lo ocurrido, y había llegado a la conclusión de que podía no haber sido tan casual como parecía. Se trataba, así pues, de una advertencia: no hacerse preguntas, eso estaba claro, pero... Tenía la oscura impresión de que también había algo más, algo inquietante. Sadreg estaba escondido detrás de las cortinas en ese momento, le había sentido allí, respirando de forma acelerada cuando la oscuridad se había apoderado de la sala; aquello bastado para delatarlo ante él. Tal vez, después de todo, Herald hubiese muerto aun si no hubiera llegado a hacerse preguntas, sólo para satisfacer al mago humano, o a la espada. Tal vez era ahí donde residía aquello que lo inquietaba. Cada vez que se encontraba en presencia de la negra y ominosa arma, percibía la presencia de una conciencia fría y sedienta en la habitación, en ocasiones parecía satisfecha, pero siempre fría.
          Sin embargo, todas estas conclusiones no aplacaban su malestar, sólo lo incrementaban. Si Zaryll no sólo buscaba advertirles de que no se preguntaran lo que no debían, ¿qué más podía querer? El miedo, como bien sabía, podía ser un poderoso aliado, te mantenía alerta. Se humedeció los labios, por ese camino no llegaría a ninguna parte. Allí había algo, pero, de momento, no contaba con detalles suficientes para poder sacar conclusión alguna.
          «Será mejor que lo dejes —se dijo a sí mismo en silencio—, es lo mejor que puedes hacer. A veces es más conveniente ignorar las cosas, el conocimiento sólo... sólo acarrea dolor. Luz, también trae luz, una luz que te ciega y que te puede sumir en las tinieblas para siempre. El conocimiento, muchas veces, sólo te destierra de...»
          Se dejó caer abatido al suelo, sentado a orillas del riachuelo, y alzó el rostro hacia el cielo. Hacía tiempo que Arey, Diosa del Conocimiento y de las Artes, le había abandonado; quizá fue aquella noche de desesperación, de oscuridad, en la que había estado a punto de acabar con su vida de una vez por todas, antes de decidir emborracharse en su lugar.


          La puerta de la casa de la familia Saharey, en Ossián, se abrió con un suave chirrido, al girar sobre los goznes ligeramente oxidados. Una figura oscura se deslizó al interior del sombrío recibidor, cerrando con cuidado la puerta tras de sí. En el piso de arriba, Nargor dio un respingo, movió la cabeza a ambos lados, y dejó sobre la mesilla la copa de vino con especias. Había alguien abajo. Se puso en pie con inquietud, escuchando el silencio de la noche; mediaba el verano y una brisa cálida, suave, con la fragancia de las altas cumbres del Norn de la ciudad, entraba por la ventana abierta de par en par del estudio. Algo crujió muy levemente, tanto que creyó dudar de sus sentidos. No podía ser uno de los sirvientes, hacía horas que se habían retirado todos, y de tratarse de uno de ellos, no tendría por qué haber entrado de la calle. De nuevo llegó hasta él el peculiar crujido, subía las escaleras. Había algo familiar en el intruso... tenía la sensación de que debiera reconocerlo. ¡Lo conocía! Estaba seguro, pero...
          Nargor se pasó la lengua por los labios y tragó saliva. Con rapidez, movió el sillón de sitio, colocándolo cerca de la puerta, en un rincón sombrío de la sala. Tenía en su favor el no necesitar de la luz para moverse, el estudio estaba a oscuras, solamente iluminado por el resplandor de las estrellas que entraba por la ventana y que no perfilaba más que los muebles de mayor tamaño. A continuación, se acercó a uno de los armarios y sacó una daga larga de uno de los cajones. Sentó de cara a la puerta y aguardó. Los pasos resonaron al fondo del pasillo. El corazón se le aceleró. Lo cono... Ya estaba cerca de la puerta. Su presencia le era familiar, percibía algo confuso a su alrededor, una alteración en el aire... El joven se envaró en el asiento. ¡Lord Zaryll! El consejero del rey.
          Se levantó de un salto, abalanzándose hacia la puerta, y la abrió antes de que el mago hubiera tenido tiempo de llamar. El hechicero estaba frente a él y sintió cómo alzaba el rostro para mirarlo a los ojos vendados.
          —Lord Nargor —le saludó con una pequeña reverencia.
          El joven se apartó aturdido del vano e hizo un gesto con la mano.
          —Zaryll. Entrad, por favor, pero ¿qué estáis...?
          —Lamento molestaros a estas horas de la noche, lord Nargor —le interrumpió cortésmente, pasando ante él—, pero necesito hablar con vos de algo importante.
          —Eh... sí, claro —vaciló cerrando la puerta, luego se acercó a una mesa que había en un extremo de la habitación y encendió con manos torpes una vela. Su luz cálida y dorada se extendió por la sala, desplazando las sombras y creando otras nuevas.
          Zaryll avanzó hasta la mesilla que había junto a la ventana y contempló la copa de vino medio vacía en silencio. Tenía un bonito diseño estilizado, alta, de pie delicado, cristal labrado en un intrincado y complicado dibujo, que relucía a la luz de la llama de la pequeña vela. Nargor la dejó sobre la mesa y el mago sonrió.
          —¿Tenéis vino? —le preguntó, sentándose en uno de los sillones.
          El joven estaba demasiado desconcertado como para contestar. Se limitó a asentir y sacó otra copa de uno de los armarios con vitrina de cristal, de otro cercano, cogió una pequeña botella también de cristal, y dejó ambos objetos sobre la mesa. Mientras colocaba de nuevo el sillón en su sitio, oyó cómo el mago llenaba las copas con el claro líquido rosado. Se sentó frente a él y fue entonces cuando se percató de que el hechicero parecía demasiado confiado, demasiado tranquilo, sobre todo para alguien que se acababa de infiltrar en una casa ajena en medio de la noche. De pronto, la brisa que entraba por la ventana, jugueteando en sus cabellos y en la venda blanca, se le antojó muy fría. La daga que antes cogiera estaba en el suelo y deseó no haberla tirado cuando abrió la puerta. Pero ¿qué estaba pensando? Después de todo, no era más que el consejero de Su Majestad el rey Trión, no un enemigo del que había de protegerse.
          El hechicero había humedecido sus labios en el vino y miraba por la ventana, hacia la ciudad en sombras.
          —Muy pronto cambiará —le dijo con voz suave, refiriéndose a Ossián—. ¿No os gustaría que ocurriera, Nargor? —rio bajito ante el silencio del joven noble—. Sí, creo que sí. Un cambio siempre es para bien, a la larga, claro, pero para bien. El... reino lleva demasiado tiempo inmóvil, demasiados años atrapado en la misma red tejida por alguna gorda araña. Y su hijo no cambiará las cosas, todo seguirá igual. No se dan cuenta, ninguno de ellos, de que hay más cosas en el mundo de las que sus mentes puedan concebir. Poderes que sobrepasan su comprensión. Hace años que me di cuenta de ello, Nargor. Bakán necesita sangre nueva, un cambio. ¿No estáis de acuerdo? Esta —señaló vagamente por la ventana, sin encontrar la palabra que buscaba—, vive una realidad falsa y mezquina, hipócrita, si así lo deseáis, donde la verdad, en ocasiones, no es lo que uno esperaría sino una mera fachada de mentiras.
          Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Nargor, erizándole el vello de la nuca y provocándole un sudor frío en las palmas de las manos. ¡Él no podía saber...! Tenía la garganta seca. Sorbió un poco de vino, pero le supo cómo el vinagre. ¿Estaba hablando de traición?
          —Os ofrezco la oportunidad de formar parte de ese cambio, Nargor. De acabar con esa fachada. Trión no es más que un viejo débil, sentado en un trono de egoísmo, y su hijo nunca será rey.
          La mano le tembló al joven ciego, y estuvo a punto de derramar el contenido de la copa sobre la mesa. Aquello era, sin duda, traición. Sin ambages. Abiertamente planteada. Abiertamente expresada ante él. ¿Por qué? Sin embargo, se sentía incapaz de dejar de escuchar al mago y aquello que prometía. Un cambio, un realidad falsa. Tragó saliva.
          —Habrán de morir, los dos —continuó Zaryll—, pero no antes de que llegue el momento apropiado. Y aún no lo es, aunque falte poco. Tengo poderosos aliados en el Norn, muy poderosos, que esperan mis órdenes, que me apoyarán. Ya hemos hecho un pacto. También aquí, en Ossián, más cerca de lo que creéis, hay quien me apoya.
          Un cambio, la verdad oculta tras una fachada de mentiras, la soledad, la desesperación, el cuchillo con el que había estado a punto de acabar con todo, la oscuridad, viento, noche, estrellas, magia, aliados, Norn, egoísmo, muerte. Cambio. Traición.
          —¿Quiénes? —Preguntó por último con voz estrangulada.
          La risa de Zaryll le pilló por sorpresa, tenía un toque escalofriante, pavoroso, como el crujir de huesos secos sobre la arena.
          —¿Os uniréis a mí, como aliado, como general de mis tropas?
          Un cambio. Una luz.
          —¿Quiénes? —Inquirió de nuevo. El vacío se abrió ante él como un precipicio sin fondo y sin horizonte. Le provocaba una sensación de mareo y aturdimiento en el estómago.
          —Elfos negros. Kobolds, trolls. Orcos. Londar ar Nur.
          La oscuridad lo engulló, asfixiándole, y cayó por el precipicio.
          Un cambio.
          —¿Os uniréis a mí, lord Nargor?
          Tardó largo rato en responder. Por último, logró salir de las tinieblas nebulosas en las que se había transformado su cabeza y miró sin ver al mago “negro”.
          —¿Y si me negara? —la voz le tembló un poco—. Ahora que lo sé ¿qué os hace pensar que mantendré en secreto vuestra traición? ¿Que no se lo diré a Su Majestad?
          —¡Oh! No lo haréis —susurró inclinándose hacia él por encima de la mesa—. Eso lo sabéis vos tan bien como yo —luego, se echó hacia atrás en la silla y le sonrió con sorna, alzando su copa de vino en un mudo brindis antes de beber —. Os conozco bien, Lord Nargor. Sé cómo pensáis.
          —¿Cuándo? —dijo finalmente, apartando la vista con indiferencia y volviéndose hacia la ventana, hacia la ciudad dormida, ajena a todo.
          —Lo sabréis en su momento.
          Zaryll ar Yenner se puso en pie y abandonó el estudio. Un rato después, sintió como se cerraba la puerta de la casa. La del estudio estaba abierta y veía el pasillo sin verlo. Por fin, ahora, tenía un ¿qué? Eso era, asintió el heredero de la casa del estandarte del Fénix, ahora tenía un motivo para seguir  adelante. Un objetivo.
          Estuvo allí, largo rato en silencio, con la copa vacía entre los dedos. Ahora estaba definitivamente sólo. Viviría.


          Unos pasos a su espalda le hicieron dar un respingo y volverse. Urish estaba allí, de pie, y le miraba con preocupación.
          —¿Estáis bien, señor? Os he llamado varias veces y...
          —Sí, Urish. ¿Qué ocurre?
          —Eh... el campamento ya está instalado, sire —el joven estaba visiblemente turbado.
          —Bien.
          Sin decir nada más, se levantó del suelo, sacudió los trozos de musgo pegados a sus ropas negras y pasó al lado del hombre en un total silencio, algo más hosco de lo habitual, tal vez.
          Sí, cumpliría las órdenes de lord Zaryll, conseguiría lo que le habían pedido; todo formaba parte del cambio. Habría un cambio, una conquista, y muertes necesarias. Lealtad, por encima de todo lealtad, si había algo a lo que todavía quería aferrarse era aquello. Aunque sonara extraño incluso a sus propios oídos teniendo en cuenta a quién había traicionado. La verdad, oculta tras un muro de mentiras, era como la luz, fría, despiadada en ocasiones, te podía sumir en las tinieblas y desterrarte de la luz.



 

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