Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 15 de abril de 2013

CAPÍTULO DECIMOPRIMERO (Parte 3/4) - Desterrado de la luz


          Más allá de la cercana línea de los árboles todo estaba en silencio e inmóvil. El único ruido era el de su agitada respiración; el único movimiento la ondulación que el suave viento provocaba en las escasas hojas y la rala yerba. No había ojos rojos que los acecharan en las tinieblas. Pero estaban allí, les podían oler. Era el hedor almizclado y sofocante del pelo mojado de un animal salvaje, mezclado con el tufo dulzón de la sangre fresca o la carne en descomposición; el olor de un kobold, de un semi-lobo, de un asesino. Y los kobolds cazan en manada.

          Una sombra se deslizó en la periferia del campo de visión de Frodrith, a su diestra. Se giró hacia allí con rapidez, pero el ataque le llegó por la izquierda. Con un gruñido proveniente de lo más profundo del pecho, un cuerpo grande y peludo saltó sobre él, haciéndole caer de espaldas al suelo. Su hermana gritó, las cadenas crujieron, pero por desgracia no en su ayuda. Unas garras gruesas y fuertes le aplastaron los hombros y unas brillantes fauces que olían a muerte le buscaron el cuello. La saliva de la criatura le cayó cálida en la garganta, pero logró mantener aquella enorme cabeza lejos de él. Su mano derecha se cerró con fuerza en torno a la empuñadura de la espada y la clavó entre las costillas de la criatura, rezando por atravesarle el corazón. La sangre, tibia y viscosa, se derramó sobre su pecho, empapándole el jersey. De unas fuertes patadas, apartó el cuerpo muerto de encima de él y se incorporó, justo cuando otro kobold se lanzaba hacia él desde la derecha. Frodrith se tiró al suelo de espaldas y pateó con fuerza la entrepierna del semi-lobo, que aulló de dolor. De otro golpe le lanzó por el precipicio.
          Diedrith había visto fugazmente a la criatura que atacaba a su hermano, gritó, pero varios kobolds surgieron de las sombras y se lanzaron hacia ella. Volteó las cadenas, enganchó con ellas a uno de ellos por el cuello, giró en un semicírculo tirando de ellas. El kobold cayó por el precipicio. Algo pesado se estrelló en su espalda, robándole el aliento y haciéndola caer de bruces al suelo. Unas garras afiladas, o acaso unos colmillos, rasgaron su capa y sus ropas hasta herirla en el costado. La joven sintió una mórbida calidez pegajosa en la nuca y se debatió inútilmente intentando levantarse. Sus dedos acariciaron los eslabones de plata, con un grito desgarrado lanzó el extremo de la cuchilla de sus cadenas hacia atrás, a ciegas. El peso que la inmovilizaba se desvaneció con un agudo gañido. Diedrith se dio la vuelta sentada en el suelo, al borde del barranco. Otro kobold se acercaba a ella, caminando a cuatro patas, medio encorvado. La miraba con sus ojillos rojos entrecerrados, sopesando sus reacciones y movimientos con una frialdad y carencia de emociones que le provocó un sentimiento de terror en el estómago. Gruñó. Diedrith se puso en pie muy despacio, con una mano agarró la cuchilla, con la otra soltó uno de los brazaletes y alargó las cadenas, girando junto a la criatura, sin dejar de mirarla y, en la medida de lo posible, tratando de no dejar de prestar atención a su espalda. Cambió la afilada punta de mano, a la izquierda, y sostuvo con la otra la arandela del otro extremo.
          En ese momento, el kobold se irguió a medias, saltó por encima de ella dispuesto a atacarla por la espalda, otro más surgió de las sombras frente a ella y se lanzó a su garganta. La cuchilla zumbó en el aire en espiral, cortándole un ojo a la segunda criatura, la primera se lanzó sobre su espalda, tirándola al suelo de nuevo. Diedrith rodó esta vez sobre sí misma. Apoyó una mano para incorporarse, pero sus dedos sólo encontraron el vacío, el borde del precipicio.
          Frodrith trataba inútilmente de incorporarse, había perdido su espada entre la maleza, el cuerpo muerto de un kobold le aprisionaba la mano derecha, y la daga que allí tenía estaba trabada entre los omoplatos del animal. Cinco criaturas avanzaban hacia él de frente y una más, con un ojo sangrante, se acercaba ahora hacia ellos. El joven empujó el cadáver pero no logró moverlo más que unos milímetros. Buscó a su hermana con la vista, pero ella estaba al borde del barranco, conteniendo con el tramo central de la cadena las fauces de un kobold. Tenía casi medio cuerpo fuera del precipicio. La criatura mordía con ferocidad las cadenas de plata y sus cuartos traseros desgarraban la tierra empujando lentamente a Diedrith. Nada podía hacer para ayudarla. El joven se volvió hacia sus propios problemas con angustia. Los ojos rojos le rodeaban. Se debatió de nuevo con el cuerpo muerto. Uno de los semi-lobos retrocedió unos pasos, y Frodrith vio horrorizado como tensaba los músculos. Saltó. Algo zumbó en el aire por encima de su cabeza y el kobold se estremeció y cayó al suelo pesadamente, se convulsionó unos segundos y luego quedó inmóvil. Los otros aullaron. Finalmente, el muchacho logró sacar el brazo de debajo del cadáver y se puso en pie, temblando.
          Un grito escalofriante resonó en la noche, un alarido que nada tenía de humano ni de animal. Frodrith se volvió hacia allí y vio a su hermana en pie en el borde del barranco, un kobold estaba muerto a sus pies, pero otro tipo de criatura había salido del bosque. Era más alto que ellos, de miembros negros, enjutos y nudosos, fuertes, terminados en garras afiladas. Caminaba erguido sobre las combadas patas traseras, semejantes a los cuartos traseros de un animal. Los músculos se marcaban a lo largo de todo el cuerpo sobre los huesos, tensos como cuerdas de arco. Incluso a aquella distancia y pese a la oscuridad reinante, podía apreciar que su rostro no era humano; tampoco animal. Una especie de hocico, a medio camino entre el de un lobo y un hombre, sobresalía de las afiladas y toscas facciones. Unos colmillos brillaron blancos a la luz de la luna cuando aulló. El lacerante y largo ulular hizo que le rechinaran los dientes y que el vello de la nuca se le erizara. De un ágil salto, demasiado para una criatura que tenía el aspecto de ser bastante pesada, se abalanzó sobre su hermana.
          —¡¡Cuidado, chico!!
          El súbito grito le hizo dar un respingo y girarse justo cuando un kobold se lanzaba hacia él. El pesado cuerpo le derribó al suelo, una piedra se le clavó en los riñones, pero había logrado atravesar con la daga la garganta del semi-lobo. Frodrith se desembarazó del cadáver con cierta dificultad. Algo silbó a su lado y mató a otro kobold. Los que quedaban se lanzaron sobre el joven, a uno consiguió lanzarlo por el precipicio con un corte profundo en la ingle. El resto ya había muerto antes de que lograra incorporarse. Unos claros astiles de madera sobresalían de sus cuerpos. Respirando de forma acelerada se volvió hacia donde luchaba su hermana y corrió hacia ella.
          El Cazador le lanzó un zarpazo a la cara y sus garras se enredaron en las cadenas que surgieron de pronto ante ella. Diedrith sintió un dolor punzante en el estómago cuando, pese a todo, las afiladas uñas de la criatura desgarraron sus ropas, en un intento de abrirla en canal. El hediondo aliento le golpeaba en cálidas oleadas la cara, haciendo que los ojos le lagrimearan e impidiéndole casi respirar. Las fauces chasquearon cerca de su cuello y su saliva le salpicó la cara. Intentó apartarse a un lado, pero el cazador era demasiado fuerte y el agotamiento empezaba a apoderarse de ella. Retrocedió un paso y su pie resbaló al borde de la cañada. Jadeó angustiada. Hizo girar las cadenas y su mano se cerró unos instantes sobre el peludo brazo de la criatura, duro como la piedra. El ser gruñó y le lanzó una dentellada al rostro. Algo zumbó entonces cerca de él, notó el impacto a través del musculoso cuerpo que se apretaba contra el suyo. El golpe la lanzó hacia atrás, sus talones resbalaron en la tierra suelta del borde y ambos cayeron hacia la fría y densa oscuridad.
          —¡¡Nooooo!! —gritó Frodrith.
          Las cadenas brillaron por encima del barranco. Un lúgubre aullido vibró contra las paredes de roca, acompañado por un grito humano de terror. Una sombra surgió de las sombras y una mano se cerró sobre las cadenas.
          Frodrith se dejó caer al suelo al lado de la figura oscura y se inclinó sobre el precipicio. Su hermana colgaba de las cadenas pálida como la cera, tenía un largo corte a lo largo de la cara interna de una de las piernas, allí donde el Cazador había intentado agarrarse en el último momento, antes de perderse en las profundidades. Respiraba de forma entrecortada y había lágrimas en sus ojos.
          Al joven le temblaban las manos cuando agarró las cadenas y tiró de ellas, con la ayuda de aquellas otras manos grandes y callosas que no eran las suyas. Una vez a salvo, Diedrith se estremeció, un aliviado sollozo sacudió sus hombros, se abrazó a sí misma, acunando el hombro que había estado a punto de dislocarse con el fuerte tirón. Frodrith alzó la vista y miró fijamente a la figura que estaba arrodillada cerca de él. Era un hombre de mediana edad, de anchas espaldas, cabello de oscuro color gris que caía en revueltos rizos hasta sus hombros y barba espesa e hirsuta. Sus ojos eran del color del mar en la tormenta. De su espalda asomaban unas emplumadas flechas y tenía un arco a un lado, no muy lejos. Al salvar a su hermana se había cortado la palma de la mano con las finas cadenas de plata y la sangre le manchaba los pantalones oscuros. Él también le miraba con atención.
          —¿Quién eres? —demandó con voz entrecortada.
          El hombretón se limitó a esbozar una aviesa sonrisa y miró a su hermana.
          —¿Estás bien, chica? —Su tono resultó sorprendentemente amable.
          Diedrith alzó el rostro y asintió mientras se frotaba el hombro derecho; luego añadió:
          —Gracias por ayudarnos.
          —¿Quién… cómo…? —preguntó de nuevo Frodrith, poniéndose en pie, la daga aun desenfundada en la mano.
          El desconocido también se puso en pie.
          —Guarda esa daga antes de que hagas daño a alguien, chico. Mi nombre es Evlan, Evlan Drakners. Soy pastor. Y vosotros ¿quiénes sois?
          Frodrith miró desconcertado la daga en su mano antes de guardarla con rapidez en su funda. El hombretón le tendió entonces la mano ensangrentada al muchacho y este la observó unos segundos antes de estrecharle el brazo con una media sonrisa en los labios.
          —Estás herido —le dijo.
          —Bah, no es nada. Cortes peores me habré hecho, vaya que sí.
          —Yo soy Frodrith, y ella es mi hermana Diedrith.
          Evlan enarcó las pobladas cejas en una muda interrogación.
          —Frodrith...
          —Sólo Frodrith —le respondió el joven.
          El hombre volvió a sonreír de forma enigmática pero amable.
          —Bien, como quieras. Por cierto, ¿dónde aprendisteis a luchar así? Sois muy jóvenes y ¿qué hacéis aquí en medio de la noche? Últimamente los bosques se han vuelto peligrosos para viajar de noche.
          Diedrith se levantó y se acercó cojeando a su hermano con una mano sobre la herida del costado, se tambaleaba al caminar.
          —Somos mercenarios y vamos a Ossián, a unirnos a la guerra.
          —¡Diedrith! —la reprendió Frodrith en un susurro.
          —Tenemos que viajar rápido si queremos llegar allí antes de que abandonen la capital —prosiguió ella, ignorándole—. Y tú, Evlan ¿qué haces a estas horas de la noche en el bosque?
          Evlan Drakners asintió sorprendido, luego se agachó a recoger su arco y rio en voz baja. Les miró, asintiendo para sí.
          —Ya os lo he dicho, soy pastor. Hace una semana los kobolds acabaron con la mitad de mi rebaño y los cazo desde entonces. Son muy listos, bueno, eran. Los sigo y los mato cuando puedo. Pero con la lluvia de la tarde perdí su rastro. Luego os oí gritar y vine a ver qué pasaba. No sólo cazan rebecos, los muy bastardos, según parece. Habéis tenido suerte de que llegara a tiempo.
          —Los dirigía un Cazador ¿verdad? —le interrumpió Frodrith, la herida del brazo le dolía y le quemaba, empezaba a sentirse mareado; por suerte, la tela había detenido la hemorragia.
          El hombre de cabellos grises le miró con atención, escupió en el suelo y asintió.
          —Pero ahora el escurridizo cabrón está muerto, y me alegro.


          Tras buscar un rato entre las zarzas y los cadáveres, Frodrith encontró su espada perdida y la guardó en su funda. Su bolsa también estaba intacta, un poco mojada y sucia, pero entera. Diedrith también recuperó la suya. Allí mismo curaron sus heridas provisionalmente. La de la pierna de la joven tenía mal aspecto pero no estaba desgarrada, el corte había sido limpio y más mal que bien podría caminar. Después siguieron a Evlan y cruzaron el puente de cuerdas.
          Caminaron en silencio un largo tramo, estaban demasiado cansados como para hacer otra cosa. Al cabo de un rato, llegaron a una encrucijada, un sendero se desviaba hacia las montañas de la izquierda.
          —Bueno, chicos —suspiró Evlan, frotándose la barbuda mejilla—. Aquí os dejo. Me alegro de haberos ayudado —les guiñó un ojo y sonrió de aquella forma tan peculiar—. Que tengáis suerte, y descansad algo esta noche, tenéis cara de estar agotados.
          —Gracias por tu ayuda, Evlan —respondió Diedrith con un gesto de despedida. Frodrith, tras ella, alzó la mano.
          Se habían girado y dado sólo unos pasos, cuando el hombre les llamó.
          —Eh... esto... ¡Chicos! Mi casa no está lejos. Podéis venir a descansar allí, estará caliente y podréis curar bien esos cortes. Si nos damos prisa, llegaremos antes del amanecer.
          Frodrith y Diedrith intercambiaron una fugaz mirada, luego miraron a Evlan y volvieron a mirarse.
          —No queremos molestar —señaló Frodrith.
          El pastor les sonrió con un encogimiento de hombros.
          —No os preocupéis por eso, me vendrá bien tener compañía.


          El sendero bordeaba uno de los abruptos picos de las montañas por su ladera sur, cruzando un bosque de hayas y robles, ya con los dorados y rojos del otoño en sus retorcidas ramas. Las hojas caídas tapizaban la tierra húmeda. No muy lejos de allí, se podía oír el rumor de un regato, entre las sombras. El mortecino fulgor de la luna, que caía ya hacia el oeste, proporcionaba luz suficiente como para caminar.
          Al salir del hayedo se encontraron encumbrados a gran altura sobre un profundo valle, enclavado entre cinco de los picos de las Nyuhe; el camino que seguían descendía pegado a una de las abruptas paredes. Del otro lado del valle les llegaba el apagado rugir de una cascada, que apenas era una fina cinta argéntea en la oscuridad. Sus aguas caían en un lago alargado y pequeño sumido parcialmente en las sombras del fondo. Cerca de su orilla más próxima se veía una luz dorada, proveniente de una cabaña de reducido tamaño.
          —Allí es —señaló Evlan, con un gesto de la mano—. Aquella es mi casa.
          Diedrith frunció el entrecejo y observó de reojo al robusto hombre.
          —Hay luz, ¿no vives solo?
          Evlan Drakners se volvió hacia ellos y les sonrió de con un guiño.
          —No exactamente —respondió, empezando a bajar.
          Frodrith retuvo a su hermana por el brazo, con un gesto de la cabeza le señaló los hombros del hombre y asintió con un ademán, sin apartar los ojos de él.
          —¿De fiar, entonces? —dijo ella por la comisura de la boca.
          —Por lo que puedo sentir, sí. Pero estoy demasiado cansado para mirar a mayor profundidad. No puedo estar del todo seguro.
          Siguieron a Evlan con paso rápido, intentando no perderle de vista en medio de la noche. Su hermana cada vez cojeaba más.
          —¿Estás bien? —El joven le tocó el hombro a Diedrith con suavidad.
          —Lo peor es la pierna, lo del costado no es más que un arañazo. ¿Y tú? —siseó.
          —Bien, pero el hombro derecho me duele; me clavaron bien las garras.
          La joven asintió.
          En cuanto llegaron abajo, el viento cambió y el hedor les golpeó en una cálida oleada. Los jóvenes jadearon en busca de aire. El olor era penetrante, acre y dulzón, dejaba una sensación pegajosa en la base de la garganta, y un sabor metálico en la boca del estómago.
          —Ese... olor... —balbuceó Frodrith, tapándose la boca para contener las arcadas—. ¿Qué... es?
          El hombre se volvió hacia ellos con una radiante sonrisa. El muchacho se llevó una mano a la nariz y trató de respirar sólo por la boca. Su hermana boqueaba también, conteniendo las arcadas.
          —Apesta ¿eh? Pero es abono del bueno.
          Al sobrepasar unos escuálidos arbolillos y girar en una curva del sendero, la fuente del hedor quedó a la vista. Los dos jóvenes se pararon en seco. En frente de una cabaña, de techo de dos aguas muy empinadas, había un redil enorme lleno de robustas cabras montesas de poderosos cuernos rizados. El suelo estaba lleno de excrementos marrones. Los animales permanecían inmóviles, apretados los unos contra los otros en busca de calor.
          —Qué, chicos. ¿Qué os parecen mis muchachos? Ahora sólo me queda una treintena. Esos bastardos —añadió refiriéndose a los kobolds— me mataron a casi la mitad.
          Frodrith y Diedrith apenas le escuchaban. El hedor era ahora peor que antes. Mucho peor. Eso que había Evlan decía haber perdido a la mitad de aquellos apestosos seres.
          —Son buenos animales, dan carne, leche, lana; resisten bien el clima de montaña. También hay hembras, pero yo les llamo a todos “muchachos”, ellos me comprenden. Los cuernos se los vendo, cuando mueren, a una curandera de una aldea cercana y también vendo los quesos, claro. Como ahora tengo pocos, será un invierno duro, siempre muere alguno en invierno. Esas malditas criaturas me han fastidiado.
          Evlan se rascó la cabeza pensativo, luego pareció volver en sí.
          —Eh... creo que os estoy aburriendo, chicos, perdonadme. Vamos dentro de la casa.
          Ambos jóvenes se miraron y se apresuraron hacia la cabaña, esperando que dentro el olor no fuera tan intenso. La luz se derramaba, a través de una ventana del primer piso, sobre la tierra apisonada. Una sombra negra se movía tras el cristal.
          —Hay alguien dentro de la casa, Evlan —señaló Frodrith.
          —Lo sé —les sonrió por encima del hombro—, me estará esperando.
          —¿Quién? —quiso saber Diedrith con la voz algo más aguda de lo normal.
          —La mejor amiga del mundo.
          El hombre abrió la puerta y desapareció en el interior. Dos sombras se proyectaron hacia fuera por el vano de la puerta, una era más pequeña que la otra.
          —¡Hey, hola! —le oyeron exclamar—. ¿Me has echado de menos, preciosa? —rio—. Por cierto, no te molestará que te presente a unos amigos ¿verdad? Les he traído conmigo, están fuera, son buena gente, hermanos, un chico y una chica.
          Evlan asomó fuera medio cuerpo y les sonrió, haciéndoles un gesto.
          —¡No os quedéis ahí fuera! Entrad, vamos.
          La luz del interior de la casa les hizo parpadear. Cuando sus ojos se acostumbraron, se encontraron con una “cosa” del tamaño de una jarra grande de cerveza, de color blanco, sobre una de las sillas. Dos grandes ojos dorados les miraban con suma atención. La criatura se movió sobre el respaldo y ululó girando el cuello hasta casi volver la cabeza del revés; sacudió las plumosas alas. Era una pequeña lechuza.
          —Se llama Ret —les dijo con una radiante sonrisa—. La encontré cerca de aquí cuando apenas era un polluelo desplumado, tenía un ala rota, así que la traje a casa y vive aquí desde entonces. Cuando yo no estoy, le gusta que le deje la lámpara de aceite encendida —les susurró en tono confidencial, luego se echó a reír.
          —Ah... es... —vaciló Diedrith— es... muy bonita.
          ¡Una lechuza! ¡Evlan vivía solo en el bosque con una lechuza y un montón de apestosas cabras como única compañía! La joven se apartó el sucio cabello de la cara con un gesto cansado y se dejó caer en una silla. Su hermano se había limitado a sentarse en el suelo.
          —Si queréis dormir, podéis hacerlo arriba, hay paja y mantas, puede que huelan un poco a animal, pero... Encenderé el fuego, si os parece bien. No puedo calentar agua, pero en la parte de atrás hay una poza del rio. Podréis lavaros mañana, o cuando queráis. Luego yo también dormiré un rato.
          Dejó el arco y las flechas en una esquina de la pequeña habitación y les dejó a solas. Frodrith y Diedrith se miraron a través de los primeros velos del sueño y se echaron a reír. Cuando Evlan volvió, con un montón de troncos entre los brazos, todavía reían.


          Poco antes del mediodía, se despidieron de Evlan Drakners en lo alto del valle y continuaron su lento camino hacia el Norn. El hombre los siguió largo rato con la vista, hasta que desaparecieron en el bosque. Más allá de las montañas vivía gente verdaderamente extraña, como aquellos dos jóvenes: una muchacha que luchaba con unas cadenas y un chico rápido como el viento con sus armas. Gente extraña en verdad. Suspiró y acarició a Ret, que estaba posada en su hombro, en la suave cabeza; luego se dio la vuelta y descendió de nuevo hacia su hogar, en lo profundo de un pequeño valle, en algún lugar de las montañas Nyuhe.



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2 comentarios:

  1. Hola,
    Mucho mejor estos kobolds que los típicos del dungeons, y tanto. Terroríficos y peligrosos, en vez de ser simple carne de cañón. Además, me ha entrado curiosidad por su relación con el Cazador.
    Me ha parecido demasiada coincidencia la aparición de Evlan cuando peor lo tenían (super pastor, aunque el personaje en sí me ha resultado gracioso)

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    1. A las muchas gracias. La idea era esa, que fueran terroríficos, más hombres lobo que perritos carne de cañón. Que si te pillaba una jauría lo tuvieras negro para escapar. Y el Cazador... una bestia bien chunga.

      Lo de Evlan la verdad es que sí, pero quería transmitir eso de que por muy protas que sean no son poderosos que pueden sobrevivir a todo. A veces se puede tener suerte. Evlan es un personaje cuyo concepto me gustó al diseñarlo y ahora puedo decir que volverá a salir. En un capítulo que aún no he escrito pero que tengo planeado.

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