Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 11 de abril de 2013

CAPÍTULO DECIMOPRIMERO (Parte 2/4) - Desterrado de la luz


          El bosque estaba silencioso y frío, la humedad gorgoteaba en las orillas del camino, entre el musgo y las hojas secas, y resbalaba sobre los troncos de los árboles. Pese a todo, estaban sudando. Aquella parte de las montañas Nyuhe era escarpada, recubierta de árboles nudosos y retorcidos, con múltiples regatos que bajaban desde las altas cumbres, y llevaban caminando más de medio día. Apenas se habían detenido a comer algo hacía un par de horas. Frodrith se paró en lo alto de una pequeña cuesta y se volvió hacia el Sorn.
          —Diedrith.
          Su hermana se detuvo a su lado con la respiración entrecortada, y se acomodó la bolsa con el equipaje a la espalda.
          —¿Qué pasa?
          El joven señaló hacia el valle en forma de u del que subían. Diedrith se dio media vuelta.
          —¡Oh, Moses! No... —suspiró la joven, apartándose el flequillo de la cara.
          Unas nubes de un ominoso color negro ceniza cubrían el cielo por el sur, de este a oeste. Por debajo de ellas se podía ver una fina línea amarilla parduzca, rozando las copas de los árboles.
          —Vamos —le increpó su hermano, dándole la espalda y reemprendiendo el camino, que ahora descendía hacia una profunda garganta, entre dos flancos de las montañas.
          —Es una tormenta, Frodrith —respondió la joven con voz tensa.
          Un trueno retumbó a lo lejos y la joven pegó un gritito asustado.
          —¡Maldita sea, Frodrith! Es una maldita tormenta —gritó, antes de correr cuesta abajo, saltando entre las piedras y los arbustos.
          —¡Eh! ¡Espera!
          El joven se lanzó tras su hermana a la carrera, resbalando un poco en la tierra húmeda. La alcanzó donde los árboles se apretaban  los unos contra los otros y formaban con sus ramas una oscura techumbre. El camino se estrechaba y trepaba por una ladera algo abrupta, inclinada peligrosamente a la derecha.
          —Diedrith, cálmate un poco, ve más desp...
          —¿¡Despacio!? No, no pienso quedarme aquí mientras se acerca “eso” —farfulló la joven señalando hacia atrás—. Si nos pilla al descubierto esto se convertirá en una torrentera. No quiero que una colada de barro vuelva… vuelva…
          Una ráfaga de viento frío sacudió sus cabellos cobrizos, apartándoselos del rostro. Las negras nubes sobrepasaban ya la colina que acababan de dejar. Empezó a llover y un rayo rasgó el cielo a poca distancia. La muchacha gritó y retrocedió unos pasos con los ojos desorbitados. El trueno rugió.
          —Frodrith... te... tenemos que encontrar un sitio para guarecernos.
          El joven le apoyó una mano en el brazo, en un fútil intento de calmarla. Aquella tormenta de hacía años, allá en el Sorn, había estado a punto de enterrar viva a su hermana cuando una ladera de tierra y rocas había cedido, desprendiéndose de las montañas. Diedrith se volvió hacia él a través de la lluvia y tragó saliva con un temblor en los labios.
          —Di, Creo que si subimos hacia las rocas encontraremos un sitio donde refugiarnos —le dijo en voz baja y serena, antes de avanzar camino adelante tirando de ella.
          Pronto los dos corrían entre los árboles, chapoteando en los charcos que se iban formando a su alrededor, en la tierra del camino. Una vez más un rayo zigzagueó entre el cielo y la tierra con un ruido sordo y lacerante, dejando un olor amargo en el aire, a electricidad. Diedrith se tambaleó, perdió pie y resbaló en el lodo de la senda por la que trepaban hacia la pared rocosa. Cuando empezaba a deslizarse hacia abajo, su hermano logró agarrarla por la muñeca y tiró de ella hasta ponerla en pie. Un trueno rugió largo rato en las alturas, levantando ecos en el valle. La joven gritó y se precipitó hacia la escasa protección que presentaba un saliente rocoso; allí se agazapó contra la pared del fondo, jadeando angustiada. El cabello empapado y manchado de lodo le caía en lacios mechones en torno al rostro. Frodrith la alcanzó segundos después y se sentó a su lado en el suelo, con las piernas recogidas.
          —¿Estás bien? —jadeó—. Aquí estaremos a salvo ¿vale? Mírame ¿me oyes? Tú mírame a mí, sólo a mi ¿vale?
          La muchacha sacudió repetidamente la cabeza pero no dijo nada ni se movió, se limitó a abrazarse las rodillas y a hundir a continuación el rostro en los brazos; temblaba de modo incontrolable. Cuando volvió a tronar, Diedrith gimió e intentó retroceder más hacia la pared. El joven suspiró y le rodeó los hombros con suavidad, la chica dio un respingo aterrado.
          —Chisst, calma, yo estoy aquí ¿recuerdas, hermanita? —le susurró al oído al tiempo que la arropaba con su capa, apretándola contra su costado; notaba que se estaba encerrando en sí misma, como cuando la habían sacado de debajo de aquellas piedras y el barro, medio asfixiada, con una pierna y varias costillas rotas, empapada como un pollito—. Estás aquí, con tu querido hermano que nada teme de la cruel tormenta.
          En un gesto teatral y jactancioso, apoyó la diestra en la empuñadura de la espada y sonrió con lo que esperaba fuera satisfacción. Diedrith alzó un poco el pálido rostro y le miró de soslayo a través del sucio cabello, pero no consiguió reunir el valor suficiente como para reír.
          El resplandor de un rayo volvió a hacer vibrar las sombras. El grito de la joven se vio ahogado por el repentino trueno.
          —La odio, la odio, la odio, la odio... —la oyó repetir Frodrith una y otra vez con voz llorosa y ahogada.
          El agua estaba empezando a resbalar en sucios regueros por debajo del saliente, mojando la tierra en la que se encontraban sentados. Frodrith se levantó y se puso en cuclillas, con la espalda apoyada en la pared. Hacía frío, y, de vez en cuando, el viento empujaba una ráfaga de lluvia hacia ellos. Al mirar ahora a su alrededor, el joven se dio cuenta de que tenían muy poco espacio para moverse, la roca que les servía de protección no estaba tan alta como para poder ponerse en pie debajo de ella. El agua seguía anegando el suelo bajo ellos, pero al menos aquí no corrían el riesgo de ser sepultados por un corrimiento de tierras.
          —Vamos, Diedrith, levántate, no puedes quedarte ahí. Levanta, vamos.
          La muchacha se incorporó algo temblorosa y le rodeó con los brazos. Frodrith sintió sus cabellos mojados y las cadenas de plata fríos en el cuello, pero no dijo nada.
          Más allá de la sombra que les brindaba la fría piedra, el bosque se veía borroso, oculto tras la etérea cortina gris, gris como el cielo y gris como el aire de la tarde. Mientras contemplaba la lluvia, Frodrith sintió que lo embargaba la nostalgia, nostalgia de las tierras del Sorn, nostalgia de un hogar que habían abandonado cuatro años antes. Una dulce nostalgia que le producía un quedo dolor en el pecho. Y recordó a Hilda, la bruja del pueblo, de pie ante las puertas de la muralla de roca, mirándoles con tristeza en sus ojos de color índigo, profundos como el mar. Entonces tenían doce años. Ella iba vestida de violeta y negro, con dos brazaletes dorados, desde la muñeca hasta el codo, que brillaban al sol. Su cabello blanco y largo recogido en una trenza floja.
          —Cuidad siempre el uno del otro y…
          Una voz anciana del pasado que se fundía con el silencio de sus padres, de pie detrás de Hilda. Era curioso, pero a ellos no les podía recordar con claridad. A su madre más, pero a su padre... Él era un hombre muy alto, con barba y voz amable. Ella menuda y regordeta, con el cabello de color cobrizo peinado en dos trenzas en torno al rostro, tenía manos pequeñas y su sonrisa bastaba para iluminar el día, sus ojos eran... No se acordaba, pero tenía la impresión de que su hermana se le parecía en algunas ocasiones.
          El trueno retumbó de nuevo con voz grave, esta vez hacia el oeste; la tormenta se estaba alejando en dirección a la Región de los Mil Lagos. La luz se hizo más intensa cuando las nubes se retiraron parcialmente, pero el cielo siguió cubierto por un manto ceniciento que ocultaba el sol. Todo a su alrededor estaba envuelto en un resplandor amarillento. Al poco rato dejó de llover.
          —¿Frodrith? —inquirió Diedrith mirando en torno suyo, todavía un poco conmocionada.
          —Sí, ya se ha ido. Vamos, sal de ahí.
          Su hermano estaba fuera del refugio estirando los ateridos músculos de la espalda, entonces se inclinó y le sonrió, tendiéndole la mano. Ella alargó la suya vacilante y se arrastró fuera. Estremecida por un escalofrío se arropó en la mojada capa, cerró los ojos y aspiró con fuerza; el aire era frío y casi cortaba la respiración, olía a humedad, a tierra y a pino. Suspiró y se giró hacia Frodrith. Tenía un aspecto horrible, el cabello empapado le caía despeinado en torno al rostro, sus ropas y manos estaban manchadas de barro y, durante la carrera, se le debía de haber enganchado la capa en una rama baja, pues estaba rasgada a lo largo de toda una esquina. Soltó una risita vacilante.
          —Estás horrible, Frodrith.
          El joven se volvió sorprendido, miró fijamente a su hermana largo rato y luego estalló en carcajadas.
          —Yo... yo, al menos —dijo entre dos ataques de risa—, no tengo el pelo lleno de barro.
          Diedrith le miró desconcertada y se llevó la mano al largo flequillo, al retirarla estaba manchada de lodo medio seco. Frunció los labios con desagrado.
          —Yiagh —masculló intentando fútilmente limpiarse en el pantalón, que también estaba sucio—. Tienes razón. Por cierto —añadió tras un corto silencio—, lo siento, lo de —señaló con un gesto azorado el cielo—; ya sabes que yo...
          Frodrith le sonrió con ternura y le sacudió el cabello, lanzando pequeñas gotitas de lodo hacia todos lados.
          —No te preocupes, ya sabes lo que me gusta hacer de hermano mayor — enarcó una ceja con sorna.
          La joven resopló y se colgó la mochila de la espalda con un suave tintineo de sus cadenas.
          —A veces eres demasiado fanfarrón ¿lo sabías?
          Sí, aquella era su hermana, de nuevo ella, con su retorcido humor de siempre, fingiendo que su miedo se había esfumado junto con la tormenta. Pero por mucho que intentara ocultarlo, las manos aún le temblaban.
          —Yo también te quiero, Diedrith.
          La muchacha se estremeció y se abrazó a sí misma, frotándose los brazos con las palmas de las manos; se había girado hacia Orn para mirar con creciente aprensión las nubes que aún asomaban oscuras sobre los árboles y los picos de las montañas. De vez en cuando retumbaba un trueno a lo lejos.
          —Frodrith, ¿crees que...? —No pudo terminar la frase.
          —No, ya se ha ido.
          Él también se había girado hacia la pendiente que descendía hacia el camino, apenas visible entre los árboles. Señaló el cielo con la diestra.
          —¿Ves? Cada vez está más lejos —le sonrió.
          —Tienes razón —secundó ella algo turbada—. Mi... miedo... creo que es un poco estúpido, pero...
          —No es estúpido tener miedo —le cortó, golpeándole el brazo con un dedo.
          Diedrith se lo apartó de un manotazo y se echó a reír.
          —¿¡Qué!? —algo molesto, pero conteniendo él también una sonrisa, se puso delante de su hermana con los brazos cruzados sobre el pecho.
          —¡¡Nada!! —rio ella—. Es sólo que me recuerdas a padre. Él me decía lo mismo.
          La sonrisa se borró de los labios de Frodrith.
          —Te... ¿Te acuerdas de él?
          La mirada inquisitiva de su hermano la hizo sentirse incómoda por la pregunta, sobre todo su tono vacilante al hacerla. Se miró los pies y luego clavó sus ojos de color miel en los de él.
          —No mucho. Él... él me... también protegía cuando tenía miedo con las tormentas, como tú lo haces, y... decía que Moses, el Dios de las Aguas, lloraba así por el destino de su madre, que se apiadaba así de su maldad.


          Después de una rápida cena al abrigo de un bosquecillo de bajos pinos, decidieron continuar caminando parte de la noche. Habían perdido la tarde refugiados de la lluvia y no estaban demasiado cansados; además, el cielo estaba casi despejado y pronto saldría la luna para iluminar sus pasos. El tiempo apremiaba si querían llegar a Ossián antes de que el príncipe Selam dejara la capital.
          Con la caída del sol había refrescado, pero sus ropas ya estaban secas, aunque aún llenas de barro seco, gracias al pequeño fuego que habían encendido para cenar. Pese a todo, Diedrith había sacado otra túnica de manga larga de la bolsa y se había ceñido más la capa sobre las prendas; su hermano se había puesto el grueso jersey de lana, que ya estaba bastante ajado y desteñido por un invierno de constante uso, y le quedaba algo pequeño. Cuando ella lo había mirado con un gesto de ligera sorpresa, él se había limitado a encogerse de hombros y a sonreír: «Es mejor que nada ¿no?»
          Desde entonces no habían hablado, se limitaban a seguir el camino cubierto de ramitas y hojas secas. De vez en cuando, a ambos lados, entre la maleza, se veía el apagado brillo verdoso de una luciérnaga. Por lo demás el bosque estaba en silencio, en un silencio que resultaba ligeramente opresivo. Diedrith alzó el rostro hacia el cielo y vio entre las copas de los árboles una pequeña estrella de color rojizo, que destellaba débilmente. A su lado, tres estrellas formaban una fina línea recta imaginaria, girándose un poco vio otras tres. Era la constelación de Hurd, Diosa de la Putrefacción, la de los dos cuervos y el hueso entre sus garras, luchando por él o acaso sosteniéndolo como una grotesca ofrenda. Un helado estremecimiento recorrió la espalda de la joven, era una formación de estrellas hermosa pero aterradora, fascinante, pero ejercía sobre ella la misma fascinación que sobre otros pueden tener las serpientes; era horrible, pero no podía dejar de mirarla. Una Diosa cruel y perversa, como Noidha, Diosa de la Oscuridad y madre de Moses, una Diosa por la que un hijo lloraba, pero ¿era Noidha una madre que mereciera ser llorada?
          Diedrith trastabilló al tropezar con una piedra que sobresalía del suelo y volvió bruscamente a la realidad.
          —¿Estás bien?
          La joven miró a su hermano y asintió, pero no pudo evitar lanzar una última mirada al cielo y a la estrella roja que brillaba cerca de los cuervos.
          Detrás de ellos unos ojos rojos relucieron en la espesura, inyectados en sangre, entre las sombras de la noche. Luego algo se movió bajo la mortecina luz gris de la luna y los ojos desaparecieron.
Frodrith sintió una oscura comezón en la nuca y se dio media vuelta, escrutó las sombras entre los árboles con atención y parpadeó.
          —¿Pasa algo? —inquirió su hermana, deteniéndose a su lado.
          —No lo... No, nada. Me ha parecido sentir algo, eso es todo —pero había algo más que un asomo de duda en su voz.
          Un gruñido suave, lento y profundo retumbó a espaldas de la muchacha. Se giró sobresaltada con el corazón latiéndole en la garganta. Su mano derecha se cerró en torno a la cuchilla de las cadenas. El hedor dulzón de la sangre y de la carne putrefacta la envolvió como un sudario. A su alrededor, entre la maleza del bosque, las tinieblas se llenaron de ojos rojos. Retrocedió un paso y algo grande, pesado, se movió por entre los árboles.
          —¡¡Corre, Diedrith!! ¡¡CORRE!! —Su hermano la empujó por la espalda, luego se lanzó a la carrera camino adelante.
          La joven tuvo el tiempo justo de seguir a Frodrith, antes de que algo saltara del linde del bosque y cayera con un gañido sordo sobre la tierra del camino. El olor resultaba inconfundible: kobolds.
Frodrith trastabilló, apoyó una mano fugazmente en el suelo y continuó corriendo. Las sombras se cernían sobre ellos. Un destello rojo a la izquierda le alertó en el último segundo y le hizo apartarse de un salto hasta chocar con su hermana, a la que estuvo a punto de tirar al suelo. Un cuerpo peludo y robusto le golpeó la pierna y unos colmillos invisibles centellearon cerca de su tobillo. Agarró a Diedrith por el brazo y tiró de ella, empujándola hacia adelante. Durante unos segundos sus ojos se cruzaron y vio miedo en ellos. Eran demasiados como para combatir con ellos.
          —¡Frodrith, derecha!
          El kobold surgió de la maleza con un gruñido, sus garras se cerraron sobre el hombro del muchacho, produciéndole un dolor agudo y lacerante. Algo plateado le rozó el cabello —las cadenas de su hermana— y el kobold cayó muerto a sus pies mientras corría tambaleante, la sangre mojándole la ropa. Al mirar a su hermana, esta le señaló el bosque con un ademán y giraron a la izquierda, abandonando el camino, donde eran presa fácil. Tal vez lograran despistarles entre la maleza o pudieran encontrar algún sitio donde trepar para que no les alcanzaran.
          Notaba los latidos del corazón en las sienes, en la garganta, el aire se negaba a llegar a sus pulmones, que le ardían a causa del esfuerzo. Un molesto cosquilleo le recorría las piernas de las rodillas a la cadera, la herida del brazo le quemaba. Tropezó con una rama baja, que le golpeó el pecho, y se tambaleó hacia la izquierda a punto de caer. Con un jadeo aterrado, el muchacho, se arriesgó a echar un vistazo a su espalda. Los ojos rojos habían desaparecido... No, unos se acercaban a ellos desde las sombras de la derecha, corriendo en diagonal. Frodrith tuvo la fugaz visión de un cuerpo enjuto y fibroso, músculo y hueso, que corría sobre dos poderosas piernas a gran velocidad. De un movimiento brusco desapareció, para reaparecer luego a bastante distancia, justo tras él. El joven comprendió vagamente que había saltado. En medio de la carrera, la criatura alzó el rostro hacia el cielo y aulló lúgubremente. Más aullidos le respondieron de entre las sombras y más ojos rojos, rojos como la sangre fresca y fríos, se unieron a la persecución. Frodrith se volvió hacia adelante y, sin importarle los puntitos de colores que comenzaban a aparecer ante sus ojos, alcanzó a su hermana.
          —Cazador —siseó en un bronco jadeo al pasar junto a ella. Esta abrió mucho los ojos y se tambaleó a su lado.
          La respiración de ambos formaba nubecillas de vapor en el aire, que se veían albas en la oscuridad. Los árboles se empezaban a distanciar; ante ellos la noche aparecía despejada tan sólo un poco más adelante. Diedrith saltó por encima de un pequeño arbusto sin hojas, con la capa ondeando a su espalda, y se detuvo en seco a punto de caer por el precipicio. Su hermano también se frenó en seco a su lado, los ojos desorbitados por el terror. Estaban acorralados. No había dónde escapar.
          Las paredes de roca descendían en picado hacia la oscuridad, sombrías y mojadas por la lluvia de la tarde. Había sobre ellas destellos de plata en medio de la negrura. La joven miró repetidamente de derecha a izquierda; a su diestra, reluciendo débilmente en la noche, vio el puente de madera y cuerdas entretejidas que cruzaba el barranco. Demasiado lejos, al apartarse del camino se habían alejado también de la única vía de escape.
          Intercambió una fugaz mirada asustada con su hermano, respirando de forma entrecortada, y ambos se volvieron hacia el bosque. Diedrith se apartó la capa sobre los hombros y dejó caer la bolsa al suelo, de una suave patada la lanzó a un lado, donde no la molestara. Frodrith dejó la suya entre la maleza y desenfundó sus armas, dobló ligeramente las rodillas y afianzó los pies en el suelo.



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