Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

¿Eres nuevo? ¡Bienvenido! Empieza a leer "Sueños de Dragón" AQUÍ

¿Tines problemas para recordar quién es quién? ¡He aquí la solución! Mira el GLOSARIO

Y si tienes más problemas aquí están el MAPA y las TRADUCCIONES

Ya a la venta en papel y ebook "Sueños Rotos", relato corto de ciencia ficción: AQUÍ


lunes, 8 de abril de 2013

CAPÍTULO DECIMOPRIMERO (Parte 1/4) - Desterrado de la luz


          Zaryll se despertó con un grito en medio de la noche, bañado en sudor, jadeando en busca de aire. Abrió mucho los ojos castaños en la oscuridad y miró a su alrededor, en busca de algo que sabía que no encontraría allí. La única luz era la de la luna, que se filtraba en la habitación por un resquicio entre las cortinas de terciopelo. El fuego de la chimenea hacía ya tiempo que se había apagado, dejando unos rescoldos humeantes que no conseguían calentar la fría estancia. El mago negro cerró con fuerza el puño sobre las mantas y apretó los dientes para evitar un estremecimiento. ¿Una pesadilla? Apartando la ropa de cama a un lado con violencia, se levantó y se acercó a la ventana cerrada. Retiró las cortinas y apoyó las manos en los cristales.

          Más allá todo estaba en silencio, los tejados relucientes de humedad, que brillaban como de plata bajo la luz de la luna, se extendían de forma irregular bajo la torre, a ambos lados y al frente. La oscuridad impedía ver los patios de las prisiones, pero sabía que estaban allí. El mago recorrió incrédulo con la vista sus dominios. Habría jurado que algo andaba mal. Pero, sin embargo, allí todo parecía en calma; la ciudad, la negra ciudad, silenciosa, antigua, dormía. La mano le tembló en la ventana, tragó saliva y se pasó el dorso de la otra mano por los labios; su cálido aliento se condensaba sobre el frío cristal. Cerró los ojos. ¡No era posible que todo estuviera tan tranquilo en Nardis! Podía sentir que algo había ocurrido, lo notaba en los huesos, en la sangre misma circulando por sus venas. La comprensión lo golpeó como una oleada de viento gélido: la muerte, la frialdad, parte de su vida perdida, arrancada, la opresión en el alma... el silencio... Nada lo delataba allí, en Nardis, pero...
          Zaryll se tambaleó hacia atrás y, a punto de caer, tuvo que agarrarse a una de las columnas de madera del lecho, con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Las arcadas sacudieron su cuerpo con violencia, haciéndole doblarse sobre sí mismo, pero no había nada más que bilis en su estómago. Su corto grito áspero resonó en la habitación. La oscuridad, la noche... Dando tumbos se acercó al pequeño sillón que había del otro lado de la cama, cogió la túnica y se la pasó por la cabeza con celeridad, antes de precipitarse fuera de la habitación. Corrió escaleras abajo, descalzo, sin ceñirse siquiera la túnica en torno a la cintura. Abrió la puerta de la torre y salió al patio exterior, apenas sintió la frialdad del agua que mojaba sus pies y el bajo de la túnica al arrastrarla por el suelo lleno de charcos.
          El edificio de enfrente estaba envuelto en inmóviles y silenciosas sombras, que eran grises y negras en la noche punteada de estrellas. Cruzó el arco tallado en sinuosas y retorcidas formas y se detuvo en las tinieblas del otro lado a recuperar el aliento. Luego corrió pasillo adelante de nuevo.
          No había apenas luz en ningún corredor, sólo alguna que otra pequeña antorcha o lámpara de aceite cerca de las escalinatas o encrucijadas; así que el mago negro se limitó a recorrerlo guiándose por su memoria, subió hasta el cuarto piso por una de las escaleras, bordeó un pequeño jardín interior y descendió por un estrecho puente, que comunicaba dos de las alas del edificio. La puerta del otro extremo estaba cerrada, pero, tras debatirse unos segundos con el helado pomo metálico, consiguió abrirla.
          El pasillo estaba oscuro y caldeado, silencioso; despedía un tenue aroma acre y dulzón que, estaba seguro, nadie más podría percibir allí: magia. También olía a hierbas secas y a madera quemada. Zaryll cerró la puerta a su espalda, las tinieblas le arroparon con suavidad. Con paso enérgico pero algo más calmado se acercó a una de las puertas que había a la derecha del corredor, la abrió y la cerró de un portazo.
          —¡¡Sadreg!! —bramó en la penumbra del cuarto.
          Le respondió un gemido entre las sombras de la izquierda, proveniente de la cama con dosel de seda azul oscura, apenas visible en la oscuridad de la habitación.
          El mago apretó los dientes, respirando de forma alterada, y cruzó la estancia a grandes y enérgicos trancos. Retiró las cortinas del lecho con fiereza, antes de cerrar las manos sobre las mantas y tirar de ellas, dejando a un dormido elfo al descubierto.
          —¡Despertad, maldita sea! —gritó a punto de perder los nervios— ¡Ahora!
          El mago elfo dio un respingo y abrió lentamente los ojos, sacudió la cabeza, soñoliento; entre las pestañas y el pelo que le caía sobre la cara miró alrededor, con las manos apoyadas en el colchón, a medio incorporarse. Finalmente se detuvo confundido en la silueta que se recortaba al borde de la cama.
          —Tsi... q... Za... lo... lord Zaryll —balbuceó con voz pastosa—¿Qué ocurre?
          Los castaños iris del mago relucieron débilmente.
          —Está muerto —sentenció— ¡Ha muerto! ¡Lo han matado! Dijisteis que eran invencibles, que nada podía dañarlos, que nada podía destruirlos.
          El mago humano gritaba, alzó las manos por encima de la cabeza y bordeó la cama hasta la ventana, allí corrió las cortinas; la débil luz hizo parpadear a Sadreg, aún adormilado.
          —Ahora ha muerto, lo ha matado; ese infeliz, ese inútil, ese bastardo —Zaryll empezó a pasearse de un lado a otro de la habitación, entre la ventana y el lecho— ¡Está muerto! Maldita sea. Me dijisteis que su poder era inigualable y lo han destruido. ¡Lo sé! Lo sé, lo noto dentro de mí, el peso, el alma, estaba ahí y ya no lo está. ¡Se ha desvanecido! Su poder, su fuerza... ¿Creíais, Sadreg, que no lo sabría cuando ocurriera? ¿Qué no lo...?
          El elfo frunció el ceño y se sentó en el borde de la cama.
          —¡¡YA BASTA!! ¿Morir, quién? ¿Quién ha muerto? ¿Qué es lo que... —la furia ahogaba sus palabras— decirme? —El repentino grito del joven hizo que Zaryll se detuviera con brusquedad y clavara sus ojos, convertidos en meras rendijas oscuras, en el helfshard.
          —¡Lo han destruido! —siseó—. Ha destruido al Espectro, a Liftryn.
          Sadreg se quedó helado, incapaz de responder, una de sus manos resbaló, fláccida, de la rodilla en que la tenía apoyada. Aquello era... —su embotada mente luchó por encontrar la palabra adecuada— incomprensible. Un Espectro destruido... Pero... Eran... demasiado poderosos... aunque, que él recordara, su gente nunca había intentado destruirlos. No al menos más allá de algún ejercicio de magia teórica. Se llevó una mano a la frente y apartó el cabello blanco con un suave temblor. En más... en más de mil años, desde que fueran creados por su raza a partir de tres humanos y un elfo, nadie había sobrevivido a un ataque de las voraces criaturas. Finalmente, cuando quince siglos antes se estableció la Prohibición, siéndoles imposible mantener sometidos a los Espectros en sus ciudades, debido a la barrera mágica, habían tenido que dormirlos. Habían resultado ser demasiado poderosos. Ahora... Destruidos... Uno. Liftryn.
          —¡Dijisteis! ¡Me dijisteis que nada podía dañarlos, que eran demasiado poderosos! —la voz de Zaryll, entrecortada por la furia, la hizo volver en sí.
          Por primera vez en todo el tiempo que llevaba allí el mago humano, Sadreg se fijó en su aspecto, en lo alterado que estaba. Respiraba de forma irregular, tenía los ojos desorbitados, la mirada febril y demasiado brillante. Del cuello de la negra túnica sobresalía parte de la camisa de dormir que llevaba debajo. El dobladillo estaba empapado, chocaba, al ritmo de sus nerviosos pasos, contra sus pies descalzos y sus tobillos. Era la primera vez que lo veía sin la espada, si Easheyrt, la Negra. Tan fácil, tan sencillo, en ese momento sería tan fácil matarlo.
          —Nada podía dañarlos, hasta ahora —le indicó el elfo con voz suave, apartando aquella idea de su mente. Aún no había llegado el momento—. Mi raza los creó; mi raza, mis antepasados, descubrieron el secreto de su creación, de su dominio, de su poder... de cómo contener su insaciable sed de sangre, de vida. Descubrieron lo que hace posible su existencia y los crearon. Lo hicieron sin pararse a pensar en las consecuencias, y resultaron ser demasiado imprevisibles, demasiado... —vaciló con la vista clavada en el vacío que había más allá de la ventana— fuertes. Su poder crecía a medida que se alimentaban de la sangre de sus presas, y cuanto mayor se hacía este, más grande era su territorio, su coto de caza. Mis antepasados se vieron obligados a mantener una vigilancia constante para mantenerlos anclados en sus ciudades... La magia los creó, la magia élfica, la magia espiritual. Ni siquiera sabíamos que hubiera algo que pudiera destruirlos, tampoco es que nos interesara hacerlo. Lord Zaryll, os dije lo que sabía mi raza, los secretos de siglos de estudio, de siglos de investigación. No sabíamos que se los pudiera destruir.
          El mago humano se había detenido frente a Sadreg y lo observaba desconcertado y aturdido. El mago elfo, siempre parco en palabras, siempre moderado en la información que revelaba, jamás había hablado tanto delante de él. La cólera burbujeó de nuevo en su interior.
          —Entonces... ¿cómo ha ocurrido esto? —señaló con un imperioso ademán lo que le rodeaba, pero sin referirse a ello— ¿Cómo es que lo han destruido? —silencio¬—. Un guerrero —dijo de repente—. Tiene que ser uno de los seis guerreros de la Profecía.
          —No necesariamente —acotó Sadreg tras un corto silencio, frotándose el rostro, todavía algo confuso por la noticia—. Magia, la magia los creó y la magia, una magia lo suficientemente poderosa, tal vez, podría destruirlos. Un mago o un objeto de poder*.
          —Flyll está muerto —puntualizó Zaryll, despectivo, entre dientes.
          —Creo que hay otros magos en Bakán ¿verdad? —intervino el elfo.
          Zaryll entrecerró furibundo los ojos.
          —Adryll o Clartyll, entonces. Pero uno es un viejo senil y, según nuestros espías, el otro está demasiado lejos al Sorn. No pueden haber sido ellos.
          Sadreg se encogió de hombros, estaba cansado, tenía ganas de dormir, y, aunque a la mañana siguiente pensaba dedicarse a aclarar el condenado asunto, ahora deseaba estar sólo. Sin embargo, Zaryll no parecía tener ninguna prisa en volver a su torre.
          —Un guerrero, el que ha huido tiene que ser uno de los seis elegidos. ¡Malditos sean los Dioses! ¡Tiene que haber sido culpa de ese inútil de Org! —Zaryll golpeó con furia la pared—. ¡Ha tenido que fallar!
El hechicero humano se volvió hacia la ventana y contempló la ciudad en sombras. Sus dedos recorrieron las finas líneas de plomo de los cristales. Algo empezó a rondarle en el fondo de la mente. Tapeó los cristales con una mano. Una idea, unas palabras... Un vago recuerdo de su pasado más reciente, uno relacionado con... Desde allí se veían los patios de las prisiones con claridad, bañados por la pálida luna decreciente, había sombras negras y plateadas en las losas de piedra... Ssss...
          Zaryll sonrió y una risita desagradable sacudió sus hombros. Sadreg enarcó las cejas intrigado a su espalda. Cuando el humano lo encaró, sus ojos brillaban de forma aterradora, iluminados por una especie de horrendo fulgor interior.
          —Sombras —susurró con bronca satisfacción el mago—. Necesitamos Sombras.


* Objeto de poder: término que se utiliza para aludir a cualquier objeto que pueda almacenar una gran cantidad de magia en su interior, o bien uno al que se le haya aplicado un conjuro de algún tipo.



Seguir leyendo este capítulo >     
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario