Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 4 de abril de 2013

CAPÍTULO DÉCIMO (Parte 2/2) - Un camino incierto hacia Orn


          La criatura sin ojos le miraba con algo similar a la curiosidad, estaba seguro de que le miraba, pese a las hendiduras glaucas y apagadas de su inexpresivo rostro. Podía ver a su través, a través de los andrajos fantasmales que eran sus ropas, de sus largos cabellos de luz azulada y de su blanca carne translúcida. La única nota de color era el frío cilindro de oro que recogía su pelo. La aparición se acercó un poco a él, flotando a poca altura del suelo, y le tendió una etérea mano. Con el suave movimiento, los restos de la manga resbalaron sobre su brazo hasta la muñeca, dejando el hombro al descubierto. Derlan oyó lo que le pareció una voz dentro de su mente y sintió de pronto que todos sus temores desvanecían. Que todo estaba bien. Se puso en pie con lentitud. Había algo cálido y frío en aquella voz que susurraba de manera queda en su interior.

          La criatura cobró la forma de un hombre joven, atractivo. Sus ropas dejaron entonces de parecer andrajosas. Iba vestido de manera elegante, como un noble. El palacio se alzaba a su espalda, sobre sus cabezas, las luces brillaban en sus ventanas. La mano tendida, la sonrisa afable, la promesa de una cena caliente y de una chimenea, de un techo donde refugiarse esa noche…
          «Ven.»
          Algo cálido y frío en su voz, la promesa de algo... Derlan inclinó la cabeza a un lado y alargó su propia mano vacilante.
          «Ven.»
          La promesa de algo... cálido... La criatura se acercó más, sus dedos casi se rozaban.
          «Ven.»
          La promesa de... la muerte.
          El joven formó las palabras con los labios, la mano le tembló. Entonces dio un respingo con los ojos desorbitados y se hizo a un lado de un salto. La noche oscura, las ruinas, lo rodearon de nuevo. El frío, la muerte, la soledad. Su caballo huyendo, sus cosas tiradas en la pendiente de tierra.
          —¡¡Noooo!! —Gritó justo cuando el aparecido pasaba a su lado, envuelto en un silencio sepulcral, con los labios entreabiertos mostrando dos afilados colmillos blancos en una mueca de frustración.
          La horrible frialdad de su cercanía le dejó el brazo entumecido. Gritando de nuevo, retrocedió hasta encontrarse a espaldas de aquella cosa; andando hacia atrás, se adentró en la plaza. La criatura volvió a encararle con la misma mortal inexpresividad que antes. Un reguero de sudor frío resbaló por su cuello y entre los omoplatos hasta la espalda. Aquella “cosa” había estado a punto de... de embrujarle.
          «Ven.»
          Ropas nobles de nuevo, el castillo, las luces, el color, el calor de una chimenea y el olor de la comida recién hecha en las cocinas.
          —¡¡Nooo!! —aulló de nuevo, echando una ojeada sobre su hombro y retrocediendo otra vez. Intentó centrarse en el frío, en la noche, en la plaza en ruinas
          «Ven.»
          Ahora había bosques a su alrededor, frondosos, luminosos, como los de casa… Salvo que no eran los de casa. Estos bosques estaban podridos, podridos y llenos de árboles muertos. Derlan apretó los dientes en un angustiado gemido. La es... la espada.
          «Ven.»
          El espectro se le acercó, flotando a ras de suelo. Los últimos rayos, rojos y anaranjados, del sol brillaron entre las nubes tras la extraña criatura, antes de desvanecerse con un último y apagado destello. El muchacho jadeó en busca de aire, un aire que se negaba a llegar a sus pulmones. No podía concentrarse. Estaba perdiendo el tiempo, tenía que ir con aquel noble tan elegante y afable que lo invitaba a su mansión. ¡No! No era un noble, aquella cosa no era ningún noble, no era siquiera un hombre, era un monstruo.
          «VEN.»
          Derlan cayó de rodillas con un grito desgarrador, cubriéndose los oídos con las palmas de las manos. Ardientes lágrimas anegaron sus ojos. Esa voz estaba taladrando su mente como un cuchillo de hielo, fragmentando, resquebrajando poco a poco su resistencia. Algo le pesaba en la cadera...
          «VEN.»
          —¡Fuera...! —exclamó de nuevo, pero esta vez con la voz quebrada por el dolor.
          Le pesaba... La... la espada. Abrió los ojos en la oscuridad de la noche que caía y cerró los temblorosos dedos de la mano derecha en torno a la empuñadura del arma. Se puso en pie con inseguridad y la desenvainó. Durante unos segundos, el chirrido del metal contra el cuero reforzado, al abandonar el arma su funda, pareció reconfortarle. La irritada garganta le escoció al humedecerse los labios y tragar saliva.
          «¡VEN!»
          Con el último grito del espectro resonando en su interior, se abalanzó sobre él blandiendo la afilada hoja de acero con ambas manos en un amplio arco horizontal. La espada entró sin encontrar resistencia en la carne de la criatura. De inmediato, un latigazo de dolor helado golpeó su brazo, obligándole a soltar el arma con un quejido. La espada cayó al suelo a pocos ahs y se rompió por la mitad con un seco crujido, al chocar contra las losas.
          El joven ahogó un grito y retrocedió hasta una de las derruidas paredes del palacio; miraba, con los ojos desorbitados por el pánico y el asombro, la espada quebrada: se había congelado a tal velocidad al tocar a la criatura, que un sólo golpe había bastado para partirla. Tenía frío, mucho frío. Las manos le dolían llenas de ampollas, quemadas. Las visiones empezaron de nuevo. Ya no sabía qué era real. ¿El castillo? ¿La criatura? ¿Las ruinas? ¿El noble?
          La voz era de nuevo suave y sugerente. El espectro flotó hasta él, sus ojos quedaron más o menos a la misma altura. El apagado y nauseabundo fulgor blancuzco de los de aquel ser le hizo temblar violentamente, con unas débiles arcadas sacudiendo su estómago. La proximidad de la criatura iba acompañada del frío intenso de la muerte. Derlan ya no podía hablar, tenía la garganta contraída y seca, así que se limitó a sacudir la cabeza y a apartarse a un lado.
          «Ven.»
          La sangre le martilleaba en las sienes. Trató de gritar pero no pudo.
          «Ven.»
          La única luz en medio de las sombras, en medio de la noche, era el fulgor frío de las estrellas, que era oscurecido por las nubes que venían del Norn, y el resplandor de los ojos glaucos del Espectro y el blanco azulado de su etérea figura. Derlan gimió en voz baja, las lágrimas de dolor, el dolor que le causaba aquella voz en la mente, le hacían verlo todo borroso.
          «Ven.»
          —N... no —graznó.
          Su pie derecho no encontró apoyo al dar el siguiente paso hacia atrás y estuvo a punto de caer. Miró a su espalda y lo único que vio fue la oscuridad del hueco de unas escaleras con el agua brillando al fondo. Agua... Algo se reflejaba en ella, una luz mortecina, plateada...
          «Ven.»
          La criatura alargó de nuevo su mano, tendiéndosela con la palma abierta hacia el cielo. Algo cálido y frío en su voz, la promesa de...
          Había una luz plateada en las aguas. Cálida y reconfortante, una pr... una... un... un aviso... una llamada...
          «Ven.»
          A su espalda. La promesa de... cálido y frío... Una llamada... Mareado, Derlan entrecerró los ojos y sacudió los hombros. El reflejo se movió y quedó oculto unos segundos. Algo crujió débilmente.
          «Ven.»
          El joven vio por el rabillo del ojo la mano translúcida que se acercaba a su pecho... El reflejo de plata... ¡En su espalda!
          Derlan abrió mucho los ojos, descolgó el arco de su espalda y descendió varios peldaños resquebrajados de cara al Espectro. Con manos temblorosas extrajo una flecha de la aljaba. La luz plateada y cálida, la luz que le reconfortaba, brilló entre sus dedos de forma apagada. La punta metálica del largo dardo brillaba en la noche.
          Cuando enganchó la flecha en la cuerda, se desvaneció el dolor de aquella voz en su cabeza. Ya no podía escucharla, pero estaba cerca, muy cerca suyo, la podía sentir husmeando, buscando otra forma de volver a entrar. El ser alargó su mano y tocó su hombro. El joven gritó cuando un mortífero helor, peor que el que nunca había sentido, le atravesó de parte a parte. Su pie izquierdo resbaló sobre la gravilla suelta de uno de los peldaños y lo metió en las aguas que inundaban el sótano con un chapoteo. Al perder en equilibrio se lastimó la rodilla con el escalón de arriba; la herida del día anterior le latió con un dolor sordo a lo largo de toda la pierna, haciendo que las lágrimas se le saltaran de los ojos. Sin embargo, la caída había bastado para que el ser le soltara. Derlan encajó fuertemente las mandíbulas, conteniendo un gañido, y tensó el arco, pese al dolor de su brazo, pese al ardor en las manos quemadas.
          Tras un esfuerzo, logró ponerse en pie, centrando su atención en la brillante punta plateada. Posiblemente, la saeta también se congelaría, pero... no quedaba otra opción, era eso o morir.
          «Voy a morir.»
          La certeza le golpeó como un martillo entre las sienes. Estaba demasiado cansado, le dolía todo el cuerpo. No podía seguir luchando…
          —¡NOOO! —aulló, con las lágrimas resbalando por su rostro, mientras soltaba la cuerda. Estaba harto de las visiones, estaba harto de aquella voz en su cabeza.
          La flecha silbó, dejando una estela de suave luz tras ella, y se hundió en el espectro.
          Primero llegó el golpe de frío, seguido de un calor muy intenso, luego un ensordecedor rugido martilleó sus oídos, haciéndole gritar asustado y tirarse al suelo, cubriéndose la cabeza con los brazos. Entonces empezó el aullido, grave primero, volviéndose muy agudo después. Derlan gritó de dolor, aquel chillido le perforaba el cerebro como agujas al rojo.
          Al principio creyó que se había quedado sordo. No se oía el más mínimo ruido, ni el viento, ni el crujir de las llamas que ardían en lo alto de la escalera, ni el de las diminutas olas que se estrellaban contra su bota. Estaba empapado de sudor y respiraba de forma agitada, la cabeza le daba vueltas, como si se fuera a desmayar de un momento a otro. Tenía un rasponazo que le escocía en la mejilla y las costillas magulladas. El corazón le latía de forma acelerada. Lo primero que oyó fue el sonido de la propia respiración, luego el de las llamas de luz azul-verdosa sobre él.
          Temblando, se puso en pie con un castañeo de dientes, el largo cabello castaño enmarañado sobre la cara y los ojos grises oscuros. La criatura ya no estaba allí, sólo había una columna de fuego que crepitaba suavemente. Mientras el joven la miraba sorprendido, el arco todavía en la mano izquierda, se redujo poco a poco hasta desaparecer. Con un tintineo sordo, una flecha calcinada cayó al suelo y rodó escaleras abajo hasta sus pies, allí se convirtió en un polvo fino y gris. Temblando de frío, de miedo, de dolor, se secó las lágrimas del rostro con el dorso de la mano, al hacerlo notó como le temblaba. Un estremecimiento de debilidad le recorrió de arriba a abajo y se tuvo que apoyar pesadamente en la pared para no caer al suelo; todo daba vueltas a su alrededor. Cerró los ojos. Una tos seca, ahogada, sacudió sus hombros entremezclada con un aliviado sollozo entrecortado.
          Cuando se encontró con las fuerzas suficientes para ello, se apartó el cabello de la cara y subió tambaleante las escaleras. Ya no había niebla, la noche era fría entre las altas estribaciones montañosas y se empezaba a levantar un suave viento que removía el aire estancado y viciado que olía fuertemente a muerte. Se sorprendió de la agudeza de sus sentidos, podía captar el ligero tufo que cuando entró en la ciudad no había sido más que un cosquilleo en la nuca, una vaga sensación de peligro. Ahora podía identificarlo y lo sentía desvanecerse, poco a poco. Al mirar al suelo, vio el cerco gris-plateado que había en el último escalón, allí donde su flecha había hecho arder a aquella... cosa, a aquel espíritu... espectro. El recuerdo hizo que un escalofrío de horror le subiera por la espalda. No terminaba de entender muy bien qué era exactamente lo que había pasado. Las flechas... sus flechas brillaban. Acuciado por la duda, extrajo una de la aljaba, la punta aun relucía débilmente. Se la acercó al rostro y, antes de que se apagara, pudo ver la fina tracería de símbolos que recorría como ríos de luz toda su superficie, por ambas caras, empezando por los dos extremos puntiagudos hasta la afilada punta. ¡Magia...!
          Derlan miró a su alrededor, desconcertado y sorprendido. ¿Magia? No sabía que las flechas fuesen mágicas. Su padre no le había hablado nunca de aquello, a no ser... ¿Flyll? ¿El anciano maestro? El joven sacudió la cabeza, estaba demasiado cansado y aturdido como para pensar, además, tenía que irse de allí cuanto antes. Le dolía todo el cuerpo, sobre todo la pierna izquierda. Guardó la saeta y se colgó el arco a la espalda.
          Mientras cojeaba hacia la calzada y descendía del patio por la empinada cuestecilla, notó que algo había cambiado, no sólo en la ciudad, sino también… Incapaz de ubicar aquella sensación, entrecerró los ojos y se detuvo a recoger la parte del equipaje que se había caído antes de la grupa de Harrow. Estaba algo inquieto, aunque no lograba precisar en qué consistía aquella sensación, aquella impresión de cambio, había algo... Una cortina de cabello resbaló sobre su hombro y se la apartó detrás de la oreja, el pelo volvió a caer de nuevo. El joven resopló, tendría que buscar algo con lo que recogérselo, había perdido el prendedor.
          Se puso en pie con una camisa vieja y remendada, el retazo de cuero encerado que contenía el mapa y la pequeña bolsa con la yesca, el eslabón de acero y el pedernal entre los brazos. Una ráfaga de viento agitó su capa. Harrow, tenía que encontrarle. Conociendo a su caballo, seguramente estaría en las afueras de la ciudad, comiendo. Eso sí encontraba algo que comer en aquella ciudad. Derlan cruzó las ruinas con paso cansino, todo estaba oscuro, la única luz era la de las estrellas, que sólo alcanzaba a iluminar de forma vaga la calzada y los muros semiderruidos. La pierna le dolía cada vez más, en especial la rodilla que, al enfriarse, empezaba a sentir más y más rígida.
          Al llegar a los muros exteriores, meros montículos de oscuros de musgo hierba y roca, un crujido entre las ruinas de la derecha le hizo dar un grito, tirar las cosas al suelo y tratar de alcanzar su arco y las flechas. Harrow piafó saliendo de las sombras. El joven se llevó una mano al pecho, donde el corazón le latía de forma alocada, luego dejó escapar una risita histérica y se abrazó al cuello del corcel, enterrando el rostro en las cálidas crines para llenarse los pulmones con el aroma del animal.
        —Harrow, me has dado un susto de muerte ¿sabes? —jadeó con voz ronca y ahogada, sorprendiéndose de lo irritada y dolorida que tenía la garganta.
          Después se separó de él, agarró la cabeza del caballo y le miró afablemente a los grandes ojos castaños.
          —Me alegro de que no te haya pasado nada, animal estúpido.
          No pudo evitar reír, cuando el corcel le mostró los dientes.
          —No lo decía en serio —se excusó, rascándole detrás de las orejas—. Creo que te habría perdido si te llegas a quedar allí. Me alegro de que te fueras. No… no sé qué era aquella cosa...
          Harrow relinchó y sacudió la cabeza de arriba abajo, dándole un par de cariñosos topetazos con el hocico.
          —Hay veces en que creo que entiendes lo que te digo —musitó agachándose a recoger las cosas con un gemido de dolor.
          Lo guardó todo en el equipaje y, tras comprobar que la herida de la pierna no se hubiera abierto, montó en Harrow y lo condujo hacia el sur. Retrocedería por la calzada y la seguiría en dirección Orn, precisamente lo que tendría que haber hecho la noche anterior, hacia Lecig. Sólo le quedaba esperar no volver a encontrarse con los pintones.
          —He perdido mi espada ¿sabes? Se rompió ahí arriba, Harrow, cuando intenté matar con ella a esa cosa. Nunca había visto nada como eso, era horrible, pero hermoso al mismo tiempo, o eso creo. Las... las flechas le destruyeron. Creo que...
          Derlan suspiró, estaba balbuceando, notaba que el sueño comenzaba a vencerle y no quería quedarse dormido allí; ya pararía más tarde, cuando estuviese lejos de Gringa. Se apretó con los dedos el puente de la nariz y dio un respingo la rozarse con la manga el rasponazo de la mejilla.
          «Flyll... ¿es posible que las flechas…? ¿Que se las entregara a mi padre?»
          Se humedeció los labios, sacudiendo cansado la cabeza, y empezó a tararear una vieja canción de viaje que le enseñara el anciano mago, cuando era un niño que aprendía laboriosamente a escribir bajo la implacable tutela del, a veces, gruñón maestro.



 

2 comentarios:

  1. Buen capítulo, me ha gustado mucho el combate entre el espectro y Derlan. Bien descrito, con la magia del espectro intentando engañar al muchacho.
    Sólo tengo una duda, ¿no había más espectros? ¿Saldrán más adelante o no? ¿Debería callarme y seguir leyendo? (seguramente sí :P)

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    1. Se me había colado este comentario. Perdona. Aquí te respondo.

      Por los comentarios que estoy recibiendo de los lectores beta esta escena está gustando bastante. Lo que me alegra, no es un combate al uso y no estaba segura de si funcionaría o no.

      XD Sí, hay más Espectros, 3 más de hecho. Y sí, saldrán más adelante. No puedo contarte en qué capítulos --sé exactamente en cuales sacarlos-- pero sí, saldrán. Todos y cada uno de ellos. Y serán chungos.

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