Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 1 de abril de 2013

CAPÍTULO DÉCIMO (Parte 1/2) - Un camino incierto hacia Orn


          El viajero se detuvo en el punto desde el cual el sendero que seguía empezaba a descender por la empinada ladera, a un lado quedaba la abrupta pared rocosa de las estribaciones sur de las montañas Lalse, salpicada de matas de hirsuta hierba y retorcidos arbustos, y del otro el vacío, el precipicio que caía hacia el sombrío valle envuelto en brumas. Se cubrió con una mano los ojos, protegiéndolos del sol de media tarde. Las montañas se sucedían hacia el Orn, sus cimas asomando entre las nubes bajas de aspecto algodonoso; los picachos brillabas grises y sombríos, negros y ligeramente dorados. En los valles más profundos, la niebla todavía tendía sus fríos y etéreos dedos en torno a las laderas, abrazándolas, cobijándolas bajo su manto. Los bosques asomaban como islotes verdes y áureos en medio de un mar albo, ceniciento, incluso negro en los lugares más sombríos, allí donde la curva de las montañas impedía la llegada de los rayos del sol. El viento estaba impregnado de un suave olor a hierba seca, a resina y a humedad. Más allá terminaba la cordillera en una suave extensión de colinas arboladas, luego, las llanuras recubiertas de hierba dorada, con la fina línea de los bosques apenas visible en el horizonte. El aire parecía brillar con una infinidad de puntitos argénteos, que hacían que los detalles resultaran imprecisos en la lejanía.

          Aunque no podía verlo, aunque no sabía dónde estaba, aunque nunca hubiera oído hablar de él, ni supiera exactamente cómo llegar, tenía la seguridad de que allí se encontraba su punto de destino. Más allá de aquellas llanuras y de los bosques, incluso más allá de las planicies que se extendían tras los mismos. Muy lejos y al mismo tiempo muy cerca, tal y como lo sentía en el corazón. Su destino, ¡qué raro le sonaba aquello! Pero sin embargo así era, de la misma forma en que lo había sido toda su vida; sólo que con alguna diferencia. Esta vez todo parecía estar de alguna forma claro. Su camino iba hacia allí, hacia el Orn, lejos hacia el Orn; nunca se había sentido tan seguro de algo. Ella le esperaba allí. ¿Ella? Parpadeó y sacudió la cabeza, aturdido. ¿Por qué había pensado aquello? Respiró hondo, se encogió de hombros, apartó el flequillo blanco de su frente y comenzó a descender.


          Detuvo al caballo horizontalmente en medio de la calzada, allí donde un brazo de agua cenagosa de color verde pálido la cruzaba de lado a lado y fluía hacia una de las cunetas cubierta de troncos podridos. Un suspiro estremeció sus hombros. Más allá, el camino continuaba, entre árboles desnudos y pinos de aspecto macilento, hacia una estrecha cañada que giraba a la derecha. Pronto anochecería entre la niebla.
          Derlan acarició el cuello del corcel, que piafó retrocediendo en diagonal, mientras sacudía la cabeza con los ollares dilatados.
          —Tú también puedes olerlo ¿verdad? —convino el joven, entrecerrando los ojos grises para mirar las altas y encrespadas montañas a través de la niebla—. Es... el aire, tiene algo. Tú también puedes sentirlo. No creo que debamos seguir.
          Pero no se movió de donde estaba, permaneció allí largo rato, con las manos crispadas sobre las riendas. Luego bajó la vista y espoleó a Harrow camino adelante; los cascos del animal chapotearon en las aguas estancadas y dejaron un rastro de limo sobre las losas.
          Detrás de la cañada la niebla era más densa, se extendía como un manto bajo, desgajado en múltiples jirones fantasmales, que ondeaban entre las ruinas de la ciudad y las altas paredes de roca de dos de las estribaciones de las montañas de Nairaba. Enclavada al fondo de la ancha cuña que era el desfiladero, parecía haber una antigua fortaleza, o al menos lo que quedaba de ella. Tan sólo los muros más gruesos y una de las torres habían resistido el paso de los años. Sobre ella se alzaban hacia el cielo, en el que empezaban a aparecer los tintes oscuros de la noche, dos picos gemelos de abrupta pendiente, algo más bajos que el resto de las montañas. La luz dorada del incipiente crepúsculo resbalaba sobre ellos. Ambos parecían cernirse de forma protectora sobre la ciudad, ocupando todo el campo de visión de Derlan.
          El joven se estremeció, aquello era sobrecogedor, el silencio, la niebla, la oscuridad... El valle ascendía en un suave declive desde el río hasta el castillo. Las murallas que antaño rodearan la ciudad, no eran ahora más que unos bajos montículos de hierba y musgo, entre los que asomaban algunas rocas sueltas de diferentes tamaños. La vieja calzada continuaba del otro lado al otro lado de la cañada, tras cruzar el puente semiderruido, entre los restos de los que en otro tiempo debieron ser hermosos edificios. Algunas paredes todavía permanecían en pie, sobre todo en la zona más alejada del viejo castillo, pero al fondo, entre la niebla, muy cerca de las alas de la fortaleza que se extendían en terrazas derruidas sobre el flanco derecho de la montaña, podía distinguirse una cúpula inclinada a un lado, pero aun intacta, de alguno de los viejos templos de la ciudad. Los árboles negros crecían por doquier, retorciendo sus ramas negras entre las fachadas desmoronadas y perforando el suelo con sus poderosas raíces. Todo estaba en el más absoluto silencio, excepto el suave rumor del regato, que parecía llenarlo todo con su sola presencia.
          Derlan lo contempló todo sobrecogido, sin atreverse a cruzar, el corazón le latía muy deprisa en el pecho. Gringa era una ciudad en ruinas, abandonada, muerta. ¿Desde hacía cuánto tiempo? No lo sabía, ni le importaba. Allí no iba a encontrar la esperada ayuda, allí no tenía nada que hacer. Tragó saliva con un temblor en los hombros y sacudió la cabeza, desalentado. ¡Cómo había podido ser tan estúpido! La calzada era poco más que un camino en relativo buen estado, las losas estaban desconchadas y los árboles invadían sus bordes. ¿Cómo había podido pensar que la ciudad estaba habitada? ¡Ni siquiera se había cruzado con alguien en todo el día! Se pasó una mano por el largo y despeinado cabello, el prendedor de plata colgaba de un mechón a la derecha, casi caído. Ya era demasiado tarde para retroceder y estaba demasiado cansado, no tendría más remedio que pasar allí la noche. Ahogó un bostezo y parpadeó para contener las lágrimas. La pierna herida todavía le dolía. Buscaría un lugar donde guarecerse del frío viento, tal vez entre las ruinas del castillo; allí podría encender un fuego donde calentarse.
          Desmontó con movimientos rígidos y guio a un reacio Harrow hacia los muros de la ciudad, a través del puente, ignorando el nerviosismo del animal y su propio instinto que, por alguna desconocida razón, le instaba a alejarse de allí. Él no podía verlo, pero a su espalda un suave fulgor plateado brotaba de la aljaba de las flechas.
          Excepto la calle principal, las otras eran meras sendas a ambos lados, entre los escombros y los cascotes caídos de las paredes y las torres. De vez en cuando, bajo la capa de tierra suelta y el musgo, asomaban antiguas tejas o delicados fragmentos de estatuas rotas mucho tiempo atrás, sus bordes y tallas suavizados y desgastados por el viento y la lluvia. El joven caminaba con la mirada perdida al frente, entre las sombras de las casas en ruinas; su pie tropezó con algo, que rodó con un ruido hueco sobre las piedras, y se tambaleó a un lado, apartándose maldiciendo en un susurro. Sus ojos desviaron al suelo unos segundos y retrocedió con un jadeo ahogado, soltando a Harrow. Pisó una piedra de gran tamaño que había tras él con el talón de la bota, perdió el equilibrio y cayó, conteniendo un grito, sobre unas zarzas muertas que había en un bajo sótano.
          Se incorporó con un gemido de dolor, el arco y las flechas se le habían clavado dolorosamente en la espalda, y, aun de rodillas, se asomó del otro lado de la pared. No podía haber visto lo que creía haber visto, pero allí estaba, podía verla entre las patas del caballo, junto a un montón de tierra. Cerró los ojos con angustia y se sentó en el suelo apoyando la frente contra el muro. ¡Le... le había dado una patada a una calavera rota! ¡A un trozo de mandíbula con algunos pequeños dientes amarillentos! Al lado, asomaban más fragmentos de huesos humanos del suelo. Con los dientes castañeándole, se aupó de nuevo a la carretera y tiró con fiereza de las riendas de su montura.
          —¡Vamos, vamos! ¡¡Vamos!! ¡Vámonos de aquí! No... no me gusta esto. ¡No tendríamos que haber venido! —Repetía una y otra vez, más para sí que para el animal—. ¡Vámonos! ¡Vámonos!
          El caballo le siguió dócilmente, sin comprender demasiado bien por qué su dueño se ponía gritar ahora de aquella forma, tirando de las riendas como si en ello le fuera la vida. Empezaron a retroceder, pero la niebla, cada vez más húmeda y espesa, lo cubrió todo pronto. Ya no veía el camino, pero si seguía todo recto, volvería a salir de la ciudad. Tras varios minutos caminando empezó a preocuparse, hacía ya rato que tendría que haber cruzado el puente. Cada vez más asustado, se detuvo en lo que parecía ser una plaza rodeada de edificios en ruinas que no recordaba haberse encontrado al adentrarse en la ciudad. La niebla se alzó, desgajándose en finos girones grises, y pudo ver que ahora se encontraba en el centro de la ciudad. ¿Cómo, en nombre de los Dioses, había llegado allí? La niebla terminó de levantar. Hacia el oeste, el cielo ardía con los colores del crepúsculo, y en medio de aquel rojo y anaranjado resplandor, refulgía una pequeña estrella plateada. Ante él sólo se extendía un patio alabeado con un irreconocible mosaico en su agrietada superficie, estaba rodeado por los restos de un muro bajo. En frente y a ambos lados, se podían ver en la incipiente oscuridad la negra silueta de los edificios del palacio en ruinas; la cúpula del templo ocupaba casi por completo la mitad derecha del patio.
          Estaba aterrado como nunca antes lo había estado, notaba una extraña opresión en el pecho y el corazón dolía a cada latido, obligándole a respirar de forma entrecortada. Un sudor frío le resbalaba por la nuca. ¿Cómo había extraviado tanto el camino? Se suponía que había avanzado en línea recta. Una ráfaga de viento sacudió sus largos cabellos castaños, produciéndole un estremecimiento que le hizo arroparse en la ajada capa azul. Derlan empezó a retroceder, asiendo las riendas en una mano y desenvainando la espada. Podía sentir claramente cómo algo le acechaba. Quería… no, tenía que salir de aquella ciudad cuanto antes. De pronto Harrow relinchó y sacudió la cabeza varias veces, tirando con insistencia de las riendas hacia atrás.
          —¡No! —Exclamó el joven, reteniendo al corcel—. ¡No, Harrow! ¡¡Quieto!!
        El caballo alzó el cuello y relinchó de nuevo espantado, mientras reculaba. Una de las patas traseras pisó las piedrecillas sueltas del borde de la plaza y resbaló.
          —¡Harrow! ¡NO!
          Derlan fijó los pies en el suelo, envainó la espada y tiró con una fuerza fruto de la desesperación de las riendas. Harrow relinchaba y seguía retrocediendo. Con un nuevo grito angustiado, intentó que el corcel avanzase; el animal tenía los ojos desorbitados y se sacudía violentamente, la espuma brillaba en su hocico. Tras un último y fuerte tirón, las riendas se le escaparon de las manos haciéndole caer de bruces al suelo. En esa posición, pudo ver entre el largo flequillo cómo Harrow resbalaba y caía de costado, sus cascos patearon el aire unos segundos, antes de ponerse de pie, tirando parte del equipaje al suelo, y huir al galope por las ruinas, en dirección a las murallas de la ciudad. El repiqueteo de las herraduras en las piedras se desvaneció en la distancia.
          El joven se puso de rodillas algo tembloroso y se miró, sin verlo, el rasguño que se había hecho en el canto de la mano derecha. Tragó saliva, intentando deshacer el nudo que tenía en la garganta, sólo, ahora estaba sólo. ¿Qué había podido ahuyentar a su caballo? Repentinamente, una ráfaga de viento helado le golpeó la espalda y un fulgor azulado perfiló su sombra ante él. Un soplo de frío sobrenatural le rozó la nuca debajo de los cabellos sueltos. Con un inaudible castañeo de dientes, se dio la vuelta muy despacio. La voz se le congeló en la garganta y palideció, su mano derecha buscó por instinto algo con lo que defenderse.

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