Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 21 de marzo de 2013

CAPÍTULO NOVENO (Parte 2/2) - Secretos del pasado


          Zaryll mojó de nuevo la pluma en el tintero y se apartó detrás de la oreja izquierda el mechón de negro cabello que le cosquilleaba en el mentón, impidiéndole concentrarse. Tenía ante él el pergamino todavía inacabado, sólo le faltaba transcribir los últimos símbolos del libro abierto sobre la mesa, a su izquierda. Recorrió con el dedo índice los tres caracteres del último símbolo y retiró de la punta de la pluma la tinta sobrante. Con lentitud trazó una tras otra las finas líneas: un sólo trazo mal hecho y tendría que destruir el pergamino y volver a empezar. Volviendo a mojar la pluma, rasgó el pergamino con firmeza dibujando la última runa, que serviría para sellar el conjuro cuando lo leyera y que produciría la inevitable destrucción del escrito. Con un suspiro de alivio, y con la mano algo temblorosa, dejó la pluma a un lado tras limpiarla y espolvoreó arena sobre el manuscrito para que la tinta secara antes.
          El mago tragó saliva y se secó el sudor de la frente con la manga de la túnica negra, luego cerró el libro de conjuros y se levantó de la silla para guardarlo en la estantería, que ocupaba toda la pared de detrás; al hacerlo rozó con una de las largas mangas un segundo libro que tenía en el borde de la mesa y lo tiró al suelo accidentalmente. El tomo se abrió al chocar contra las piedras con un ruido sordo y una hoja salió de su interior y resbaló hasta cerca de la puerta. Zaryll maldijo entre dientes, dejó el libro de hechizos en una de las baldas y se arrodilló a coger el caído en el suelo. No se había estropeado. Lo puso de nuevo en la mesa sin levantarse y se acercó a recoger la hoja. Todavía en cuclillas le dio la vuelta y enarcó sorprendido una ceja, dejó escapar una risita entre dientes y se incorporó con la mirada perdida en el vacío.
          Casi como si soñara volvió a sentarse en la silla y rio de nuevo para sí de forma desagradable. ¡La Profecía! Sí... Había llegado a matar por ella, cuando él le descubrió, cuando él se negó a revelarle el secreto, cuando se dio cuenta de que él siempre había sospechado, cuando no tuvo más remedio que matar para que el viejo no arruinara sus planes... Pero había sido un accidente, todo el mundo lo sabía, un desgraciado “accidente” en la gran biblioteca de Nardis, un accidente sin testigos, él ya estaba muerto cuando Zaryll llegó. Los otros magos se habían apiadado de aquel joven mago de veinticuatro años, solo en la fortaleza del norte, hasta que viajó a la capital. Y aunque luego las cosas cambiaron, los otros no sabían todavía todo lo que había llegado a hacer por aquella Profecía, ni lo sabrían nunca si en su mano estaba impedirlo.
          Habían pasado casi diez años desde aquel día en que tuvo que hacerlo. Llevaba ya cerca de dos años en contacto con los elfos negros del Norn, aislados tras las fronteras de Bakán debido a la Prohibición que levantaran los magos humanos quince siglos antes, al terminar la Guerra de la Sombra. Aquellas criaturas habían saciado su sed de conocimientos, le habían instruido, le habían mostrado más cosas de las que él nunca le enseñara. Y entonces había descubierto la Profecía, justo cuando empezaba a fraguar sus planes, y se había  dado cuenta de que algo se interponía en su camino. Él, una y otra vez, se había negado a revelarle el secreto que discutía con los otros durante largas horas, a solas en sus aposentos, el secreto que también le impedía dormir. Luego habían empezado las sospechas, había sido un estúpido al no darse cuenta; de ser así, él no lo hubiera descubierto, y tal vez... Pero no, hubiera tenido que matarlo de todas formas para que el viejo no se lo dijera a los demás.
          Todavía recordaba cuándo ocurrió. Estaban a solas en la gran biblioteca cuando él, por fin, dio voz a sus sospechas, a su certeza de los contactos que mantenía con los elfos desde hacía tiempo. Le amenazó, llegó a decir que antes le recluiría en los sótanos que dejarle seguir adelante con sus planes. Había dicho que se lo diría a los otros, que no vencería, que no se lo permitirían. Él había escuchado estoico desde lo alto de la escalera, sin variar un ápice su expresión, hasta que él se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta. Se había sentido furioso, ultrajado, pero no le daría a él la satisfacción de verlo. Sus planes, todos sus esfuerzos... parecían perdidos. Fue entonces cuando cogió el libro, un libro enorme, uno de aquellos gruesos tomos de conjuros primarios, y bajó en silencio de la escalera. Aun recordaba el sonido del cuello de él al partirse cuando le golpeó con el canto del libro en la nuca y cayó pesadamente al suelo, sin vida, a sus pies. Había contemplado el cadáver largo rato, con el arma aun entre las manos, sin remordimientos por lo que acababa de hacer. Les había dicho a los otros que, cuando él entró allí, el viejo ya estaba muerto, con el libro al lado de la cabeza; sin duda, el grueso volumen habría caído de la estantería cuando el anciano pasaba por debajo. Un desgraciado accidente. Aun recordaba cómo le habían mirado ellos, creyendo su mentira. Aun recordaba el día en que aquello había ocurrido, aun recordaba el día en que, con sus propias manos, había matado a su maestro, Sryll.
          — “El espíritu del dragón...” —leyó con lentitud, reflexivo, y suspiró—. El espíritu del dragón, sí, seis guerreros con el espíritu de un dragón ¡con la marca del dragón! Pero ¿quiénes? ¿Quiénes son?
          Había matado por ese secreto, pero no había logrado descifrar del todo aquel maldito acertijo. Y...
Unos golpes en la puerta le devolvieron a la realidad de aquella habitación, y se apresuró a guardar la hoja de la Profecía en el libro.
          —Adelante.
          La puerta se abrió girando en silencio sobre sus goznes y entró Seindra, envuelta en una capa gris oscuro y el cabello húmedo suelto sobre los esbeltos hombros y cayendo a su espalda como una cascada blanca. La joven sonrió e hizo una elegante reverencia, sin dejar en ningún momento de mirarle a los ojos.
          —Mi señor.
       —Lady Seindra —respondió el hechicero con una inclinación de cabeza y las manos entrelazadas sobre la mesa—, sentaos, por favor.
          La joven apartó la silla que había del otro lado del escritorio y se sentó en ella con movimientos algo rígidos, que no pasaron desapercibidos para Zaryll; pero el mago no dijo nada y la miró en silencio. Era muy alta, pero no tanto como Sadreg, hermosa y salvaje como un corcel y, al  mismo tiempo, delicada, con una elegancia de movimientos que no tenían las mujeres humanas. Su forma de caminar y sus gestos, recordaban mucho a los de un felino... o una serpiente; silenciosos y mortales, rápidos cuando era necesario.
          —Hemos arrasado la aldea del mago —empezó la elfa—. Ahora están todos muertos, incluido su shard; Lhure acabó con él.
          —Así que Flyll está... muerto. ¡Bien! —se encogió de hombros—. ¿Encontrasteis algo?
          —Revisamos todos los cuerpos, incluso los de los niños más pequeños, pero no encontramos a nadie con la marca. Si había alguien, tuvo que salir de la aldea mucho antes de nuestra llegada...
          —Me han dicho —intervino Zaryll con suavidad— que alguien abandonó la aldea hace una semana.
          —Lo sé —respondió la muchacha, sacudiendo la cabeza para apartar el cabello del rostro, y lanzándole a continuación una sonrisa enigmática al humano con los ojos ligeramente entrecerrados.
          Zaryll estuvo a punto de reír, pero se limitó a enarcar una ceja en una muda interrogación, con una media sonrisa brillando en los ojos oscuros. Ella no le temía. Sus conversaciones siempre eran así, un toma y daca constante que le excitaba. Sabía que a ella también, después de todo, de no ser así, no hubieran acabado tantas veces en la cama después de una reunión como aquella.
          —Supongo que ya habréis hecho que alguien se encargue de eso ¿verdad, Zaryll? —murmuró seductora.
          —Por supuesto —contestó el joven mago, luego apartó la vista durante unos segundos del hermoso rostro de Seindra y la posó en la larga espada que permanecía apoyada en una esquina de la habitación, a su espalda.
          —¿Todavía os llama? —preguntó entonces ella sorprendida, frunciendo levemente el ceño y alzando el tono susurrante que había empleado hasta el momento.
          —Ya no, ahora yo estoy al mando.
          —Claro —secundó Seindra—. ¡Ah! Hay algo más que tenéis que saber, mi señor. Cuando volvía, vi cerca de Nardis una avanzadilla de los ejércitos de Trión, a pocos días. Puede darnos problemas.
          Zaryll se mordió el labio inferior pensativo y se puso en pie con un crujido de la silla, recogió de la mesa el libro que antes había tirado al suelo y se volvió de espaldas para guardarlo en el estante. Seindra inclinó la cabeza a un lado y, con un leve rubor asomando a sus mejillas, observó detenidamente la silueta de los fornidos hombros del mago, que se marcaban bajo la negra tela de la túnica. Cuando el hechicero se dio la vuelta y se sentó, la elfa desvió recatadamente la vista hacia un rincón de la biblioteca. No quería provocarle hoy, le dolían demasiado las heridas como para hacer algo más que dormir esta noche. Sin embargo vio cómo el mago sonreía, la había pillado mirando, estaba segura.
          —Haré volver a Reda —anunció entonces el humano.
         —¿¡Qué!? —jadeó la joven apoyando una mano en la mesa, con suma incredulidad—. ¿Volver? No es necesario, puedo encargarme yo de ello —añadió cortante tras unos segundos de vacilación, casi sin pensar—. No lo necesitamos aquí...
          —Va a volver, lady Seindra; Nargor ha ido al encuentro de Trión y sólo os tengo en Nardis a Londar y a vos, eso sin contar a Sadreg, por supuesto. Como comprenderéis —explicó con un gesto ambiguo de la mano, señalando la habitación—, no puedo contar con Londar, así que volverá Reda. Os guste o no.
          La joven entrecerró los ojos y tensó la mandíbula, su mano izquierda se crispó sobre la capa y apartó el largo flequillo mojado de los ojos con la derecha, antes de bajar la vista y mirarse las rodillas. Adiós a sus días de tranquilidad, adiós a su paz.
        —Sí —musitó por toda respuesta, llamándose estúpida a sí misma; había ocasiones en que no comprendía cómo podía desear, amar, lo que fuera aquello que sentía, a aquel hombre.
          —¿Alguna otra cosa, lady Seindra?
          La elfa dio un respingo, sorprendida, y sacudió la cabeza un par de veces.
          —No, lord Zaryll. ¿Puedo retirarme? Me hirieron en la aldea y tengo que hacer que me vea un sanador.
          —Podéis ir. Por cierto, si encontráis a Londar decidle que llevo todo el día esperando el informe y que el tiempo se le acaba.
          —Lo haré.
          Seindra se inclinó de nuevo con una elegante, aunque algo rígida, reverencia y abandonó la estancia, molesta todavía por el inminente retorno de Reda a la ciudadela. Tener a su examante por allí no mejoraría su humor, eso desde luego.


          Londar se sacudió el agua de la capa un poco irritado y apretó los dientes cuando un escalofrío recorrió su columna vertebral, erizándole el vello de la nuca. Se apartó a continuación la prenda mojada sobre los hombros y sacó del bolsillo interior de la túnica corta el informe para lord Zaryll. Estaba en la parte inferior de la torre en la que se encontraban los aposentos del mago negro, junto a las estrechas escaleras que subían en espiral. Tres pisos más arriba se hallaba la biblioteca privada del hechicero.
          El general de los ejércitos de Nardis resopló y corrió escaleras arriba, llegaba con el tiempo muy justo. Cuando salió de la oscuridad de la escalera, la mortecina luz grisácea del día, que entraba a través de las altas ventanas emplomadas, no le supuso consuelo alguno; la lluvia seguía cayendo fuera y la oía repiquetear en los cristales. A la derecha del pequeño descansillo había una puerta de madera oscura, sobria, lisa, sin ningún tipo de talla o dibujo visible, salvo un extraño símbolo, de algo más de un centímetro, justo encima del picaporte, a la misma altura que uno idéntico labrado en el marco. Londar tragó saliva —no le gustaban las cosas de hechiceros— y carraspeó antes de llamar. Tras un corto silencio, la voz de Zaryll le hizo pasar.
          La habitación era pequeña, con un ventanuco a la derecha, muy cerca del techo. La pared que había en frente de la puerta estaba completamente cubierta por una alta estantería de madera, repleta de libros de magia con extrañas inscripciones en el lomo encuadernados en piel. Delante había un pequeño escritorio con dos sillas, y sentado en una, con el ceño fruncido y la mirada inexpresiva, estaba Zaryll; tenía a Easheyrt apoyada en la mesa, al lado de su mano derecha. Londar hubiera dado cualquier cosa por encontrarse lejos de allí, pero no tenía otra opción. Casi temía más aquella aparente inexpresividad, que la habitual mueca mordaz solían lucir sus facciones.
          —Bien, Londar, llegáis un poco tarde, ¿no os parece? —observó el mago inclinándose hacia él por encima de la mesa.
          Luego no recordaría cómo, pero de algún modo consiguió que la voz no le temblara al hablar.
          —Ha habido problemas en la herrería, sire, pero he estado allí esta mañana y ya los he solucionado. Aquí tenéis el informe, mi señor —dejó dos hojas de pergamino, anudadas con una cinta oscura y raída, de forma insegura sobre la mesa y retrocedió un paso.
          Zaryll se recostó en la silla y clavó sus ojos castaños en el rubio general, que permanecía de pie ante él. Con un elegante movimiento recogió el pequeño rollo y lo contempló largo rato sin abrirlo, luego lo dejó a un lado y una de las comisuras de sus labios, se disparó hacia arriba en un sardónico esbozo de sonrisa.
          —Lady Seindra ha vuelto a Nardis hace poco, y me ha informado de que hay tropas de Trión a pocos días de aquí. Espero, por vuestro bien, que todo esté preparado en caso de que tengamos que atacar —sentenció el mago negro, entrecerrando los ojos. Londar tragó saliva—. Más vale que todo esté bien, como me habéis dicho. ¿Comprendéis lo que quiero decir, Londar?
          El hechicero alargó distraídamente la mano derecha y pasó un largo dedo por la cruz de la gran espada negra, siguiendo el espinazo del dragón forjado sobre ella. La temperatura de la habitación pareció descender bruscamente.
          —S... sí, mi señor —carraspeó Londar asustado, sin poder apartar la vista de la ominosa arma—. No... no habrá ningún problema.
          —Eso espero —dijo, y sonrió con malévola satisfacción, acariciándose la barba—. Podéis retiraros.
          Haciendo una reverencia, el joven general retrocedió de espaldas con un sudor frío en las palmas de las manos y resbalando por su cuello. Una vez fuera, cerró los ojos con fuerza y tragó saliva con un temblor en la mandíbula, tenía la boca seca y el estómago agarrotado; un suave gemido de alivio escapó de su garganta, por un momento había creído que él... que él... Y la joven elfa había vuelto a Nardis; esperaba de todo corazón no tener que encontrársela por los pasillos. Había oído rumores, comentarios que se hacían a escondidas, cuando nadie parecía estar escuchando, que afirmaban que la mujer era tan peligrosa o más que Zaryll. Y él, personalmente, estaba más que dispuesto a creerlo.


          A solas en su biblioteca, Zaryll se echó a reír de la reacción del joven. Cogió el informe, soltó la cinta negra y observó con desagrado la letra inclinada de Londar, alargada y angulosa. Las runas parecían deformarse bajo su pluma. Había más de una mancha de tinta salpicando las hojas y algunos bordes aparecían corridos y borrosos por el agua.
          —Decididamente, es un incompetente —masculló girando el cuerpo para que la luz de la ventana cayera de lleno sobre el pergamino y poder leer mejor. Luego haría enviar mensaje a Reda; en cuanto a Nargor, de camino hacia las tropas, estaba seguro de que no tenía de que preocuparse. El cabeza de familia de la casa Saharey era un hombre en el que podía confiar.
          Todo iba según lo previsto; ahora sólo quedaba un pequeño, gran, inconveniente por superar: los seis guerreros que, según había deducido de la Profecía de Rielle, tenían que destruirle. Pero, de momento, estaban resultando más esquivos de lo que había creído en un principio. La destrucción de la aldea no había servido de nada, uno había escapado, y él tenía la certeza de que era uno de ellos, uno de los seis con la marca del dragón. Dónde encontrarles y quienes podían ser los otros cinco, lo ignoraba. Sólo esperaba poder descubrirlos a tiempo. Para poder matarlos.


          Sombras doradas oscilaban sobre la pared de color rojizo que no reflejaba la luz, sombras doradas que perfilaban la mitad de un rostro altivo, severo y anciano, surcado de una red de diminutas arrugas, sobre todo en torno a los rasgados ojos verdes con chispitas áureas formando una estrella de muchas puntas alrededor de la pupila. La piel oscura también parecía dorada en lo altos pómulos y en la fina línea de la barbilla, los labios estaban apretados en una severa línea. Las puntiagudas orejas asomaban entre el cabello blanco, recogido sobre la cabeza en un elaborado y antiguo peinado, que había estado de moda entre los elfos unos seis siglos antes. Pese a su edad ya avanzada, Sadreg, que había visto alguno de los viejos retratos de la mujer, creía que aún conservaba parte de aquella deslumbrante belleza que poseyera en su juventud. La misma que podía apreciarse reflejada en su hija. El helfshard sonrió cortésmente ante el espejo y se inclinó hasta casi tocar el suelo con la frente.
          —Helf...
          —¿Cómo está mi hija? —le cortó con sequedad la mujer, con un imperioso movimiento de la barbilla.
          —Acaba de llegar de un viaje y aún no he tenido oportunidad de hablar con ella, mi...
          —Te he preguntado cómo está, no si la has visto, helfshard —la mujer enarcó las cejas y sus ojos resplandecieron casi con luz propia por unos instantes, bajo las delicadas cejas blancas—. Yo no tengo tanto tiempo ni tanta paciencia como Seindra, responde.
          Sadreg asintió con un gesto de la cabeza y retrocedió de forma imperceptible, un poco acobardado; había olvidado lo diferentes que eran la madre y la hija.
          —Se encuentra bien, mi señora —musitó por fin—, pero creo que está herida, aunque no parece ser nada grave —se apresuró a aclarar, haciendo un gesto de paciencia con las manos al ver la línea vertical que apareció súbitamente en la frente de la elfa.
          —Y ese mago... humano... ¿cómo se llama?
          —Zaryll.
          —Sí, Zaryll. ¿Qué tal van las cosas con él?
          El mago elfo se permitió una gran sonrisa con un leve atisbo de crueldad, e inclinó la cabeza a un lado, mientras sus dedos jugueteaban con el cristal lechoso que colgaba de su cuello.
          —Todo según lo planeado —contestó Sadreg sin dejar de sonreír—. La espada hace su trabajo, como suponíamos. Lo malo es que, aunque no sospecha nada todavía, no baja la guardia; le he estado observando y va a ser difícil, pero creo que con el tiempo... —se encogió expresivamente de hombros.
          —Al final todo se reduce a eso, ¿no Sadreg? —comentó la mujer algo abatida—: tiempo...
          —Sin embargo, esta vez será diferente —sentenció el joven con fervor, alzando una mano y apretándola en un puño ante el espejo—. No como las otras, mi señora.
          —¿Tan seguro estás? —inquirió la elfa, suavizando por primera vez sus palabras con una pequeña sonrisa.
          Sadreg la miró con franca devoción en sus ojos violetas y asintió en silencio.
          —El momento ha llegado, mi señora, nadie puede oponerse ahora —añadió después en un quedo susurro.
          La mujer rió sin ganas y luego sacudió la cabeza. ¡Jóvenes!
          —Menos los seis guerreros de la Profecía —puntualizó a continuación.
          La mirada del helfshard se ensombreció ante las palabras de la anciana elfa, sus ojos se clavaron en la oscura pared del otro lado del espejo, sin verla.
          —Por cierto, Sadreg. ¿Ha descubierto el mago algo más de la Profecía? ¿Sabe algo? —la madre de Seindra se recogió un mechón de cabello que se  había soltado, cayendo sobre su mejilla, y lo volvió a prender de la aguja dorada que sostenía su pelo blanco sobre la cabeza.
          —No más de lo que nos interesa —matizó el mago elfo rascándose pensativo la puntiaguda oreja derecha antes de encogerse de hombros—. Está siendo útil, tal y como vos pensabais, pero hay que tener mucho cuidado con él... Algunas de sus últimas decisiones...
          Sadreg frunció los labios en una mueca de desagrado y resignación.
          —¿Acaso empieza a albergar ideas peligrosas...? —inquirió ella girando la cabeza a un lado con un asomo de duda en la voz.
          —¡No! —rió Sadreg—. Bueno... podrían complicar las cosas. —Vaciló pasándose la lengua por los labios—. Ha despertado a los Espectros.
          Los ojos de la elfa relucieron mortíferos unos instantes y el joven vio cómo apretaba las mandíbulas con fuerza. Tuvo que respirar hondo un par de veces antes de seguir hablando.
          —Sois cinco los helfshard que quedáis en nuestra raza —afirmó la mujer, más para sí que para su interlocutor—, supongo que podréis dormir a esos seres de nuevo cuando todo acabe ¿no?
          —Lady Seindra también me lo preguntó, mi señora, y creo que se podría; o al menos, someterlos de nuevo, sí.
          La mujer asintió.
          —¿Y los seis guerreros?
          —Uno, como sabéis, sigue bajo la protección de la Diosa y no podemos acercarnos. En cuanto a los otros, sólo creemos haber localizado a uno, en una aldea en la frontera del Eorn. Vuestra hija la arrasó hace dos días, pero no encontró al guerrero, ya había salido del poblado. Ahora Org anda tras él. 
          —¿¡Org!? —se sorprendió la anciana, mirando incrédula al joven parado ante el espejo—. ¿Te refieres a esa criatura estúpida?
          —Zaryll lo ordenó —se apresuró a puntualizar Sadreg, temeroso de enfurecer a la elfa negra.
          —Org... Pero ¿qué es lo que está pasando ahí, Sadreg? —gritó alzando una octava su voz, habitualmente algo profunda—. ¿¡Qué es lo que está haciendo mi hija!? ¿¡Cómo ha permitido que Org se encargue de eso!?
          El helfshard retrocedió y tragó saliva, las manos le temblaban, así que las ocultó en el faldón de la túnica para que ella no viera su miedo. Estaba realmente furiosa.
          —E... es... es por eso que Zaryll ha despertado a los Espectros —explicó, respirando de forma agitada, y luego le contó los planes del mago humano, lo que este le había contado a él en la sala del trono unos días antes.
          La elfa cerró los ojos unos segundos y a continuación asintió, algo más calmada; no había ocurrido nada malo, o al menos, nada irreparable.
          —Muy bien —suspiró—, espero que os encarguéis de que todas las cosas sigan como hasta ahora. Encontradles, Sadreg, a los seis. Esa profecía no debe cumplirse. ¿Me has entendido? Llámame cuando haya noticias.
          —Así se hará, mi señora —convino, inclinándose ante el espejo antes de pasar una mano sobre él y anular el conjuro de comunicación, oscureciendo su superficie—. Así se hará.
          Sólo las tinieblas de la habitación oyeron sus últimas palabras.
 
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