Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 18 de marzo de 2013

CAPÍTULO NOVENO (Parte 1/2) - Secretos del pasado


          La lluvia, fina y gris, resbalaba por los tejados y caía en temblorosas cascadas de los aleros de roca negra, mojando los cristales de las ventanas y anegando los canalones por los que corría el agua, turbulenta. Abajo, una figura embozada de negro cruzó chapoteando el pequeño patio encharcado, rodeado de altas columnas, y se refugió en la cálida penumbra del pórtico cerrado.

          Londar maldijo entre dientes a los Dioses, a lord Zaryll y a la maldita lluvia. Todos ellos tenían la culpa de su desgracia. Con un furioso resoplido, escupiendo agua, se quitó la empapada capucha y se pasó una mano por los mojados cabellos rubios, que llevaba recogidos en una cola de caballo. Tenía frío, estaba calado hasta los huesos y estaba harto de todo aquello, harto de la armería, de las malditas provisiones, del maldito tiempo y del maldito lord Zaryll. Dos días, llevaba dos días entre el olor del acero oxidado y de la comida enmohecida. Las provisiones eran más que suficientes para aguantar en Nardis, aquella horrenda, fría y maldita ciudad enorme y laberíntica, hasta mediado el invierno. Pero las armas... La remesa que hacía ya una luna tenía que estar en los almacenes, o bien había desaparecido o bien nunca había llegado. Londar se inclinaba más por lo segundo que por lo primero. Esa era la razón de que se encontrara allí a aquellas horas, cuando, se suponía, tenía que estar en sus aposentos, al calor de un buen fuego, con una copa de vino con especias sobre la mesa, redactando el maldito informe para lord Zaryll.
          El joven se asomó al patio y buscó, inútilmente, el sol. El cielo tenía un uniforme y oscuro color gris ceniza, que sólo dejaba pasar una mortecina luz que parecía venir de todas partes. Londar maldijo de nuevo a cualquier Dios que le estuviera escuchando. Del otro lado de la puerta cerrada, le llegaba el amortiguado resonar de los martillos en los yunques y el apagado fragor de las llamas de los hornos. Por lo menos ahí dentro no pasaría frío.
          Cuando abrió la puerta, una oleada de aire caliente le golpeó el rostro con fuerza, ahogándole la respiración y obligándole a volver la cabeza y toser. El intenso olor a acero fundido y a humo le quemaba la garganta. El estruendo de los yunques lo llenaba todo haciendo que se sintiera mareado. Londar entró, cerró la puerta a sus espaldas y se quitó la capa, que dejó colgada en un hierro que sobresalía de la pared, a la derecha de la puerta.
          En el interior, la luz apenas era un mortecino resplandor dorado y gris, que se filtraba por los grandes ventanales de la pared derecha, oscurecidos por el hollín y el polvo, al igual que los cristales de las lámparas de aceite que colgaban a intervalos regulares del techo y de las negras columnas. A la izquierda, los hornos rugían como un dragón furioso, mientras decenas de figuras embozadas se afanaban de un lado a otro de la inmensa estancia, trayendo agua del patio trasero, a través de una pequeña puerta abierta al fondo, golpeando con insistencia el hierro al rojo o llevando armas terminadas al piso de arriba por unas desgastadas escaleras de roca. Nadie se había dado cuenta de su  presencia.
          Londar apretó los dientes con fuerza hasta hacerlos rechinar y avanzó a grandes trancos por el pasillo central, al tiempo que se secaba las manos en los faldones de la túnica negra. Todo aquel ruido y el hedor a sudor y a humo, mezclado con el picante olor del acero, le estaba poniendo nervioso. Agarró por el hombro al primer hombre que se cruzó con él; llevaba un pesado cubo de agua en las manos y la cabeza envuelta en sucios paños de tela, para protegerse del calor. Sólo los ojos asomaban del embozo, surcados de diminutas arrugas.
          —¡Apártate! —le espetó el hombre con voz ronca, girándose hacia él, gritando para hacerse oír por encima del ruido—. No ves que estoy ocu...
          El general de los ejércitos de Zaryll contempló impasible cómo el hombre abría mucho los ojos y retrocedía asustado, el cubo resbaló de sus manos y cayó al suelo derramando el agua, que formó un charco a sus pies. La gente que les rodeaba se detuvo y se volvió para mirarles con curiosidad y asombro.
          —¡Lo... lord Londar! —balbuceó el hombre angustiado, con la voz ahogada por la gruesa tela—.           Perdonadme, no os había reconocido... Lo siento —gimió inclinándose ante el joven.
         —¿Dónde está el encargado? —preguntó con desprecio, estaba empezando a ahogarse allí dentro—. Quiero verle. ¡Ahora!
        Londar tuvo el placer de ver cómo aquel infeliz se inclinaba una vez más ante él y desaparecía corriendo entre la gente. Sin variar un ápice su expresión ceñuda, se volvió a mirar a quienes le rodeaban.
          —Y vosotros ¿qué es lo que queréis? ¡A trabajar!
          Uno tras otro, con las cabezas gachas, se apartaron del joven general, que se quedó allí solo, en medio del pasillo, con los brazos cruzados sobre el pecho.
          «¡Maldito lord Zaryll! —pensó dándole una patada al cubo vacío, que rodó errático debajo de una mesa llena de herramientas.»
          Londar suspiró y clavó la vista en el techo, quedaba poco tiempo para que terminara el plazo de dos días impuesto por el mago negro, para que entregara un informe que aún no había escrito; y a ese paso, como el encargado no se diera prisa en acudir, su cabeza podía acabar como la del pobre Herald.
          —¡Mi señor! —gritó el hombre que antes había estado a punto de empujarle, por encima del ruido de los martillos en los yunques. Se había quitado el embozo y una barba rala, grisácea, ocultaba ahora sus facciones surcadas de cicatrices—. El encargado os recibirá arriba, hace tres días tuvo un accidente y no puede bajar.
          «Lo que faltaba —suspiró.»
          El joven asintió y, tras apartar de un empujón al herrero, cruzó la habitación y subió al trote las escaleras. Arriba hacía menos calor, la lluvia entraba a través de las ventanas abiertas enfriando la cargada y enrarecida atmósfera, casi se podía decir que hacía frío. A su espalda, las vagonetas cargadas de armas abandonaban la estancia por un puente de roca negra, con un traqueteo metálico, hacia un edificio próximo. El acompasado resonar de los martillos sobre los yunques, moldeando el acero, llegaba amortiguado hasta él, el suelo, ligeramente caldeado, vibraba bajo sus pies. Justo a la izquierda de la escalera, tras las columnas, separada prudentemente de las ventanas, había una larga mesa de madera oscura, tallada a modo de troncos de enredadera entrelazados. Tras ella, casi oculto por una montaña de rollos de pergamino y libros de raída cubierta, una jarra de cerveza medio vacía y varios tinteros gastados, desparramados entre los papeles, con la cabeza inclinada sobre un escrito, estaba maese Lyrthall, el encargado de la herrería.
          Maese Lyrthall era un hombre bajito, rechoncho, de escaso cabello grasiento que se peinaba sobre la calva todas las mañanas, prominente papada y acuosos ojos castaños hundidos bajo las cejas, rodeados de cercos oscuros. Sus ropas, mal puestas y en perpetuo desorden, olían siempre a cerveza rancia. No era un hombre agradable de tratar. Un borracho, eso seguro, y probablemente también un inútil.
          Esperaba la llegada del general de los ejércitos de Zaryll, pero, cuando una sombra alta y negra apareció frente a él con un crujir de ropas mojadas, no pudo evitar dar un respingo y tirar con el codo el único tintero lleno que le quedaba; la tinta negra resbaló por la hoja que había estado leyendo y cayó sobre su regazo. Con un ronco grito de alarma, se puso en pie de un salto haciendo caer la silla hacia atrás con estruendo, tambaleándose hacia un lado, debido a su pierna herida, y sacudiendo la tinta con ademanes furiosos y apurados; una lluvia negra se derramó sobre la mesa, manchando libros y pergaminos. Londar observó con repugnancia cómo parte de ella caía en el interior de la jarra de cerveza.
          «El muy cerdo se la beberá pese a todo —pensó el joven, suspirando con suficiencia.»
          Lyrthall alzó el sudoroso rostro hacia él y se enjugó la frente con una manga mojada de tinta, tenía las manos empapadas.
        —Lo... lo...lo lo... ss... siento... l... lord Londar —tartamudeó, intentando limpiarse los dedos manchados de negro con los faldones de la túnica—. P... p... per... p... p... per...
          —¿Qué ha pasado con el cargamento de armas que tenía que estar hace una luna en la armería? —le increpó bruscamente, harto de sus tartamudeos sin sentido.
          —N... no... no... nosotros no t... te... tenemos l... la... culpa m... mi... mi... mi... señor. L... e... el ca... ca ca... carga... mento —parpadeó repetidas veces— d... de... de hi... hi... hi.. hierro ll... ll... lle... llegó con re... r... re... retraso, l... lord Lo... Lo... Lon... dar.
         El joven general se mordió el labio inferior con impaciencia y expresión hastiada. Con el último tartamudeo del hombre se cubrió los ojos con una mano, exasperado. ¡Cómo deseaba cruzar los pocos pasos que lo separaban del herrero, agarrarle por el cuello y...! Pero no, demasiado esfuerzo para tan poca satisfacción, y, además, luego tendría que darle explicaciones a lord Zaryll.
        —Bien, ¡¡basta!! —exigió entre dientes con voz áspera y seca. Lyrthall retrocedió con un imperceptible temblor en la papada y tragó saliva ruidosamente.
          —S... sí señor.
          —¡Basta! —repitió Londar, acercándose esta vez a la mesa y apoyando las manos en ella, después de buscar un espacio limpio de tinta.
        Clavó sus ojos azules y fríos en el abotargado rostro del encargado y sonrió. Una carreta pasó traqueteando con estruendo sobre las losas negras a su espalda, en dirección al puente, y una fría ráfaga de viento batió las ventanas abiertas contra los postigos, haciendo entrar la lluvia en la sala.
          —Si el cargamento llegó con retraso, tendrías que haberte encargado de que se trabajase más para que las armas llegaran a la armería en el plazo previsto, ¿no es así? —preguntó tras una breve pausa, con el tono de voz de quien ya sabe la respuesta, con malévola curiosidad.
          —Fue u... un... un... un e... e... —abrió la boca varias veces sin que ningún sonido saliera de ella, por último cerró los ojos y apretó las mandíbulas— ¡error! Lo... lo int... intenta... tamos, p... pero no... El ca... carga... cargam... cargame... mento lleg... gó ha... hace una semana, si... sir...sire.
          Lyrthall respiraba de manera entrecortada por el esfuerzo que le suponía hacerse entender, gruesos regueros de sudor resbalaban por su rostro y cuello. La mirada de Londar se había vuelto más despótica y fría que nunca, no había ahora en su rostro el menor atisbo de un sentimiento distinto al de la furia. Era su cuello el que estaba en juego. ¡Maldita sea! Si él caía se aseguraría de llevarse a aquel bastardo consigo. El hombre pareció darse cuenta, porque pudo ver cómo se estremecía.
          —Las... a... a... a... ar... ar... armas...
          El joven general esquivó la mesa con rapidez, agarró al encargado de la herrería por el cuello de la mugrosa túnica y lo empujó contra la pared con violencia, sosteniéndolo a un palmo del suelo. Estaba harto de aquel inútil.
          —Escúchame bien, bastardo de mierda, a mí tus excusas absurdas me traen sin cuidado —masculló entre dientes, lo alzó más y le golpeó de nuevo la espalda contra las rocas, el hombre jadeaba débilmente y temblaba bajo sus manos—, pero no creo que lord Zaryll las vaya a aceptar tan fácilmente. ¡Sí! —siseó, con mal fingido regodeo, al ver asomar el pánico a los ojos de Lyrthall—. No lo dudes, él lo sabrá antes de la caída de la noche. Yo se lo diré. Y ahora quiero que entiendas bien una cosa: dentro de una semana esas armas estarán donde tendrían que haber estado hace una luna. Si no es así, volveré y yo mismo te mataré antes de que lord Zaryll tenga tiempo de reaccionar siquiera. ¿Me has entendido, miserable gusano?
          Con el corazón batiéndole fuertemente en el pecho, soltó al encargado, que cayó a sus pies pesadamente, como un fardo sin vida, y, tras dirigirle una última mirada despectiva, descendió a la herrería. El estruendo de los martillos y el calor de los hornos golpeó con fuerza su mente, aturdiéndolo. Recogió su empapada capa del gancho de la puerta y salió al exterior. La lluvia resbaló sobre su cuerpo sin lograr aplacar con su frialdad su miedo y su furia.


          Había visto la tormenta a lo lejos, antes de llegar a las montañas; las nubes negras oscurecían el horizonte y las cortinas de lluvia se recortaban grises y brillantes contra unos furtivos rayos de sol que rasgaban el cielo en diagonal a su espalda y a su derecha. Muy abajo, la tierra parecía dividida en dos por la escarpada cordillera montañosa salpicada de oscuros bosques: a un lado, el sol bañaba las piedras, los campos y laderas recubiertas de árboles; del otro, los dorados del otoño se convertían en cobre deslustrado y los verdes en negros y azules, los grises se oscurecían y se tornaban mortecinos. La lluvia resbalaba en torrenteras pardas sobre la tierra.
          Seindra estaba empapada y entumecida, llevaba casi dos días sobrevolando Bakán, sentada en la misma postura sobre el lomo de Shyras. Hacía ya varias horas que había dejado de sentir la herida de las costillas, pero sabía que, en cuanto desmontara en la fortaleza, visible ya en el fondo del valle, el dolor volvería.
          La joven apartó las mojadas crines del caballo a un lado y tiró con suavidad de las riendas, para que el animal descendiera ligeramente y girara a la izquierda, planeando con las coriáceas alas extendidas entre dos de las altas torres de roca negra. Shyras siguió descendiendo, sorteando torres y altos edificios. Pequeñas figuras que se afanaban trabajando fuera, pese al mal tiempo, alzaban la vista cuando una sombra oscura surcaba el cielo sobre ellos, algunos se apresuraban a ocultarse temerosos de que fuera Asgreg que salía de caza, otros, sin embargo, saludaban a su señora al reconocer a la criatura alada que solía montar.
          Tras girar unos segundos en espiral sobre los patios de las prisiones, guio al corcel hacia una terraza semicircular que rodeaba por el este una de las torres más bajas de Nardis. A la derecha, del otro lado del muro tallado con bajorrelieves, las paredes caían varios metros, con una fina película de agua reluciendo mortecina sobre ellas, hasta un pequeño patio interior rodeado de arcos acolumnados. El caballo batió con fuerza las alas, curvándolas ligeramente hacia adelante, y aterrizó con en corto trote sobre las grandes losas negras, levantando ecos de los muros y pequeñas chispitas brillantes de los charcos de la terraza. Shyras piafó ruidosamente, recogió las alas y sacudió la cabeza con violencia. La lluvia tintineaba sobre las piedras con un rumor sordo y persistente.
          La puerta de la torre se abrió con un crujido, antes de que Seindra terminara de desmontar, y una muchacha joven, con los blancos cabellos muy cortos y una gruesa capa sobre los hombros, corrió hacia ella chapoteando entre los charcos, sosteniéndose la capucha sobre la cabeza con una mano.
          —¡Lady Seindra! —jadeó, agarrando la riendas del corcel y tirando con firmeza de él hacia la entrada—. Nos alegramos de que hayáis regresado, ya le hemos enviado un mensaje a Zaryll avisándole de vuestra llegada. ¿Hablaréis primero con lord Sadreg o...?
          La joven sacudió la cabeza para despejarse, apenas si podía tenerse en pie, y se palpó la herida del costado, frunció los labios en una mueca de dolor y suspiró.
          —No, primero veré a Zaryll. Está en su biblioteca ¿no?
          La muchacha asintió, dejando que Seindra entrara primero en la torre y siguiéndola luego con Shyras, los cascos del caballo alado levantaron ecos ominosos en el interior. A la izquierda había un pequeño establo y en frente unas anchas escaleras descendían de la torre en espiral. Las altas aspilleras derramaban una fría y mortecina luz gris en el vacío interior.
          —Pese a todo, dile a Sadreg que he llegado y que informe a mi madre de cómo van las cosas, que todo ha salido bien en la aldea. ¡Ah! Que un sanador me espere en mis aposentos.
          —Sí, mi señora —respondió la chica mientras desensillaba a Shyras.
          Seindra entrecerró los ojos en un gesto de cansancio y bajó las escaleras dejando un rastro de agua a su espalda.
          Los edificios de aquella zona de Nardis pertenecían exclusivamente a los elfos negros, detrás de ellos se abrían los patios de las prisiones, que terminaban bruscamente en el borde de la atalaya rocosa sobre la que estaba construida la ciudadela. Era un lugar silencioso pero en constante movimiento, cientos de elfos se afanaban de un lado a otro entre los altos muros y laberínticos pasillos, oscuros unos y profusamente iluminados otros; grandes salones, con grandes lámparas de aceite que se encendían al anochecer, eran lugar de frecuente reunión entre las tropas élficas. Tras meses de trabajo, habían logrado que el lugar se convirtiera en una réplica más o menos fiel del reino de los elfos, un lugar en el que poder sentirse a gusto.
          En cuanto Seindra llegó al gran recibidor que había bajo la torre y que comunicaba con el patio por una pequeña puerta tallada, un grupo de elfos se le acercaron solícitos portando paños para que se secara y una capa de color gris oscuro. La muchacha se secó lo mejor que pudo los empapados cabellos y los brazos, se quitó la capa y la cambió por la que le ofrecía uno de los jóvenes. Luego se despidió de ellos con un gesto y se encaminó, siguiendo un ancho corredor iluminado por los altos ventanales que había a la izquierda, hacia la baja torreta en la que se encontraban los aposentos del mago negro, ejerciendo de frontera, entre los edificios habitados por los humanos y los ocupados por los elfos, cerca de la torre de ébano.

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