Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 14 de marzo de 2013

CAPÍTULO OCTAVO (Parte 2/2) - La cacería negra


          Org estaba sentado en el suelo, a la sombra de una pared de roca gris. Sus manos ganchudas se cerraban una y otra vez sobre la empuñadura del cuchillo de hoja corta. Las garras de metal atadas a su mano derecha se clavaban ligeramente en la tierra.
          “Te será fácil acabar con él”, le había dicho lord Sadreg. Pero aquel humano estaba resultando más peligroso de lo que había pensado, mucho más. Con sólo dos flechas dos de los suyos habían muerto, y la primera de ellas casi lo mata a él. Hreg estaba a tan sólo un palmo de distancia a su espalda antes de morir, alcanzado por aquella flecha que el humano había disparado al galope. Dos flechas y dos muertos en sus filas... Y casi acaban con su vida. Org gruñó en voz baja y escupió a un lado, parte de la saliva, sin embargo, resbaló por su barbilla y cayó sobre la pechera de sus andrajosas y sucias ropas marrones. No estaba dispuesto a volver a atacar al prófugo, a arriesgarse a que esta vez su puntería fuera mejor y lo matara. No arriesgaría su vida de esa forma, pero tenía que cumplir las órdenes de lord Zaryll...

          Una sombra se interpuso en su campo de visión y alzó el rostro, para encontrarse con los ojos inyectados en sangre de uno de los pintones. Le miraba con una mezcla de odio y respeto.
          —¿Porg qué nos hemos grertirgrado? —Demandó en tono imperioso—. Le hargbríagmos matado de no serg porg...
          Con un alarido de furia, Org le golpeó con todas sus fuerzas con las cuchillas atadas a su mano y se las clavó profundamente en el rostro. La criatura aulló y cayó al suelo, cubriéndose la cara con las manos, sacudiéndose de dolor; la sangre resbalaba roja entre sus dedos. El pintón se retorció un rato más en el suelo hasta que dejó de moverse y sus ojos se vidriaron mirando al vacío.
          Org se puso en pie y recorrió con la vista a su reducida tropa, todos le miraban en silencio, con manifiesto odio en sus brillantes ojillos. Los pintones, a diferencia de los orcos o los Kobolds, no solían agruparse en clanes o reinos, pero no les había quedado más remedio que aceptarlo a él como líder.
          —¡En margcha! —Exclamó, señalando hacia el norte—. Pergro egsta vez no atargcargremos, le acosargremos prgra que vagya a Gringa. No le derjéis rergtrodederg —gruñó, mostrando sus amarillos colmillos, mientras se rascaba una mugrienta oreja.
          Siempre sedientos de sangre, los pintones se levantaron y alzaron sus broncas voces en protesta, batiendo sus armas con estruendo contra los cascos, los pequeños escudos o piedras. Org se limitó a gruñir y a señalar, con un indiferente gesto de las cuchillas, el cadáver desangrado del pintón que se había atrevido a poner en duda sus órdenes; las largas hojas de metal aún estaban húmedas. Luego alzó el pequeño espejo que colgaba de su cuello, mostrándoselo a todos, para que recordaran a quién se estaban enfrentando. Poco a poco, los gritos se fueron apagando hasta convertirse en un murmullo resentido. Con lentitud, las tropas de Org se adentraron de nuevo en el bosque. Al poco tiempo corrían entre los árboles, incansables.


          La tarde ya estaba cayendo y aún no había encontrado el camino a Lecig y al Cahir ar Lunn; nada, ni un desvío, ningún sendero que girara hacia el Orn, donde el cielo brillaba dorado y rojizo anunciando del crepúsculo. Estaba a punto de dar media vuelta, cuando vio algo entre los árboles un trecho más adelante. Entreabrió los labios con curiosidad y espoleó a Harrow, parecía... Derlan tiró de las riendas del corcel y lo detuvo al borde de una vieja calzada empedrada. Tiempo atrás debió de ser tan ancha como para que dos carros  pudieran cruzarse sin problemas, pero los árboles se adentraban ahora en sus orillas, invadiendo con sus raíces el camino y alzando en montículos las losas de piedra rotas y resquebrajadas, algunas se habían visto reducidas ya a polvo. La hierba asomaba entre las junturas de las grandes baldosas. Cerca del cruce, medio cubierto en parte por la maleza, había un dedo de piedra, redondeado y alto, con una inscripción desgastada y tapada por una fina capa de musgo verdoso que la volvía ilegible; era muy antigua. Derlan no perdió el tiempo intentando descifrar los arruinados caracteres rúnicos. El suave viento hacía que pequeños remolinos de hojas secas aletearan de un lado a otro con un ligero crepitar. A la derecha la calzada se prolongaba hacia el noreste, casi en línea recta, cubierto en parte por un manto de hojarasca; a la izquierda,  descendía en una suave curva hacia el Sorn, entre las sombras del incipiente ocaso.
          El joven sonrió. ¡No podía creerlo! ¡Un camino! ¡Un camino que posiblemente le llevaría al Cahir ar Lunn! O que al menos iba en esa dirección. —¡Vamos Harrow! ¡Vamos! —Rio Derlan, y condujo a su montura hacia la izquierda—. Después de todo, no ha salido tan mal ¿verdad, muchacho?
          El joven palmeó el cuello del caballo y dejó escapar una queda risita de alivio. Aquel camino era toda una providencia, empedrado y ancho tuvo que conducir a algún sitio en alguna época, a una ciudad importante con toda probabilidad. El joven volvió a reír, sin saber muy bien por qué, y enredó sus dedos en las crines de Harrow.
          Un repentino ruido entre la maleza del bosque hizo que diera un respingo, su mano se cerró de forma instintiva sobre el arco. Del borde del sendero surgieron bajas figuras con rojos capuchones, antes de que pudiera alcanzar las flechas que colgaban a su espalda. Uno de ellos era más grande y más feo que los demás, con unas horribles cuchillas pendiendo de su mano derecha. Sus arcos estaban tensos y sus flechas negras le apuntaban a él. Sólo tuvo unos segundos para hacer que Harrow volviera grupas y corriera camino atrás. Las saetas de las criaturas silbaron a su alrededor, cortando el aire con siseantes zumbidos.
          —¡Tyrsha! —gritó al ver cómo del cruce de caminos salían más pintones armados, impidiéndole retroceder por donde había venido—. ¡D... Dioses!
          Las flechas restallaban contra las piedras a su paso, una zumbó muy cerca de su mejilla y se inclinó a un lado con un jadeo aterrado. Un repentino helor laceró su pierna debajo de la rodilla izquierda, haciéndole apretar los dientes con una mueca de dolor. ¡Una flecha acababa de rozarle! Con el retumbar de la carrera en los oídos ensordeciendo todo lo demás, dejó que Harrow continuara hacia el Norn, alejándolo de allí. Rogó en silencio a los Dioses para que esta vez no lo persiguieran, ya no tenía fuerzas para seguir luchando. Apretó la curva del arco contra su pecho. Destrozado, cerró los ojos y, tendiéndose hacia adelante, se concentró únicamente en no caer de la grupa del caballo. Notaba la sangre manar de la herida y resbalar por su pierna mojando la tela del pantalón. Pero al menos, seguía vivo.


          Org estaba parado en mitad de la encrucijada, con el ceño fruncido. Pese a que ésta vez no había sido su intención matar, casi lo logra. Había faltado muy poco para que una de las flechas atravesara al joven. Dio un par de pasos al frente y se arrodilló junto a unas manchas rojas que había sobre las piedras grises de la calzada. Pasó un calloso dedo índice terminado en una larga uña por una de ellas y los chupó pensativo, antes de quitarse el gorro y untarlo en el resto de forma ceremoniosa. La sangre le dejó un regusto dulzón y metálico en la garganta.
          Se puso en pie y alzó una garra hacia el cielo al tiempo que silbaba. Los otros pintones retrocedieron en silencio, formando un círculo a su alrededor. Hubo un fuerte aleteo sobre sus cabezas, que levantó remolinos de polvo y hojas secas, y una bestia alada, similar a un dragón pero más pequeña, de piel coriácea y alas en lugar de patas delanteras, con el hocico más parecido al pico de un ave que al de un dragón, se posó en el camino ante él. La extraña criatura emitió un suave gorjeo chirriante y chasqueó el pico ante el olor de la sangre fresca que captó en el aire.
          —Morgarich —susurró Org acercándose a ella y acariciando su cuello, suave y cálido al tacto. Se encaramó a la silla de montar que había entre las alas—. ¡Sirgramos hacia el Sgorn!
          El wyrm alzó el vuelo con pesadez y aleteó sobre los bosques en dirección sur, mientras el resto de los pintones les seguía abajo, entre los árboles. Él había cumplido con su misión, más o menos, el prófugo iba a Gringa, no retrocedería, lo sabía, y allí encontraría la muerte, tal y como lord Sadreg le había dicho. Por otro lado, el joven estaba herido...


          El galope del corcel se había reducido hacía ya rato a un trote rápido. La herida de la pierna, justo bajo la articulación de la rodilla, le ardía. La sangre manchaba ya toda la pernera de los pantalones y el dolor iba en aumento, pese a que la flecha tan sólo le había rozado. Harrow también estaba herido, en el cuarto trasero, pero su corte era aún más superficial que el de su pierna. Lo único bueno en todo aquello era que no había señales de persecución a su espalda, los Dioses le habían escuchado. Derlan miró a su alrededor y, con un suspiro entrecortado, detuvo a Harrow. No podía continuar así, además de encontrarse algo mareado, el corte le dolía demasiado como para seguir cabalgando. Curaría la herida y luego continuaría hacia el norte, en busca de ayuda.
          El joven desmontó con esfuerzo y estuvo a punto de caer cuando su pierna herida cedió bajo su peso. Sus manos se cerraron con fuerza sobre la silla y apoyó la mejilla en el cuello del caballo. Lo primero que tenía que hacer era encontrar un lugar donde esconderse, así que, sin pensarlo demasiado, condujo a Harrow fuera de la calzada y se adentró en los bosques con andar inseguro y tambaleante. Dejó sobre las piedras un fino rastro de sangre.
          Cuando el camino quedó fuera de su vista, se paró y dejó caer todo su peso contra un árbol, la aljaba de las flechas se le clavó en la espalda, haciéndole soltar un débil gemido de dolor. Lentamente, se la quitó y la dejó en el suelo, junto al arco que había caído de la silla en cuanto se detuvo bajo las ramas entrelazadas de los árboles. Se desabrochó el cinturón de la espada con una mano; el arma tintineó al chocar contra una nudosa raíz. Cerró los ojos al tiempo que tragaba saliva para humedecer su reseca garganta, respirando de forma acelerada entre dientes. El ardor de la herida no tardó en remitir ligeramente, y aprovechó el momento para sacar de las alforjas el odre de agua y la pequeña bolsa de medicinas.
          Una vez sentado en el suelo, con la espalda contra el tronco, desenvainó el cuchillo que llevaba en la cadera derecha y cortó la tela del pantalón lo suficiente como para dejar al descubierto la herida. No tenía demasiado mal aspecto. A falta de otra cosa mejor, rasgó un trozo del bajo de la capa y, tras mojarlo en agua, limpió con él el corte. Derlan aspiró con los dientes apretados, le escocía de una forma horrible, pero, sin embargo, los bordes parecían estar como entumecidos. Durante unos instantes deseó el calor de un fuego en el que poder hervir el agua, pero no era algo que pudiera permitirse, a no ser que quisiera llamar la atención de algún posible enemigo. Dejó con un suspiro a un lado el paño manchado de sangre y sacó de la bolsa un rollo de venda y un tarro con pomada, que su madre le había preparado para el viaje. Rascó con el cuchillo la cera que sellaba el frasco y lo destapó; el olor acre, picante, le hizo arrugar la nariz y toser. Los ojos le lagrimeaban cuando metió los dedos en su interior. Extendió el ungüento amarillo sobre el corte. Tras vendar con manos hábiles la pierna, ciñendo el pantalón lejos de la herida, recogió las cosas antes de ponerse en pie. Ahora, al menos, podía andar sin demasiado dolor. Suspiró y cojeó hacia Harrow, también tenía que curar su herida. Era extraño, pero se sentía un poco mareado.
          Ignorando el malestar, sus dedos recorrieron la piel del caballo con suavidad, palpando el corte, era limpio, poco más que un rasguño, apenas sangraba.
          —No te preocupes, amigo, no es nada —le susurró al corcel, que giró la cabeza para mirarle con incomprensión—. Un poco de pomada de madre, y en dos días ni te acordarás de ella.
          Volviendo a destapar el frasco, aplicó una fina capa sobre la herida de Harrow. Una nublazón negra le oscureció la vista. Derlan parpadeó y se pasó una mano manchada de sangre y pomada por la frente; estaba... mareado... Se apresuró a guardar las cosas en el equipaje y retrocedió a trompicones hasta el árbol. Sacudió la cabeza, intentando despejarse, pero no lo consiguió. Tenía la mente confusa, notaba cómo una molesta neblina empañaba sus pensamientos. Las sienes le martilleaban, los troncos de los árboles se on... ondulaban. Parpadeó. Le costaba respirar, como si se estuviera ahogando.
          —Harrow... yo... creo que... en... necesito descansar —balbuceó, tragando saliva y pasándose la pastosa lengua por los resecos labios.
          Se dejó caer al suelo y apoyó con un ruido sordo la cabeza en el tronco del árbol.


          Le despertó el frío de la noche. Tenía la cabeza pesada y tardó unos segundos en recordar dónde se encontraba. Notaba la boca pastosa. Cuando las nieblas del sueño se dispersaron, dejándole una sensación extraña en el cuerpo, miró a su alrededor: Harrow, que mordisqueaba unas matas a su izquierda, apenas era visible entre las sombras. El cielo estaba despejado y, al alzar el rostro, vio la luna, que comenzaba a menguar, alta en el cielo. Faltaba menos de media noche para el amanecer.
          —¡Oh, mierda! —masculló con voz ronca y la garganta seca como una piedra. ¡No había tenido intención de quedarse dormido!
          Derlan apoyó las manos en el suelo trató de levantarse, en ese momento se percató de que no sentía la pierna izquierda de rodilla para abajo. Asustado, con un nudo atenazándole las entrañas, retiró la venda y apartó los andrajos del pantalón.
          —¡Dioses! —jadeó angustiado.
          Al tenue resplandor de la luna, que se filtraba entre las ramas de los árboles, pudo ver con claridad el color verdoso de los bordes de la herida y la roja hinchazón. Ahora lo entendía todo, el mareo y el desmayo, el dolor sordo. ¡Las flechas estaban envenenadas! Se había portado como un auténtico estúpido al no tener eso en cuenta. Podría haber muerto; por suerte, la saeta tan sólo lo había rozado. Después de todo los Dioses parecían cuidar de él.
          —¡¡Harrow!! —gritó sobresaltado, al acordarse de la herida del caballo.
          El animal se volvió hacia él con ojos brillantes, parecía estar bien. Recogió las vendas sucias en una mano y se puso en pie con dificultad, ayudándose del tronco. Como no podía apoyar la pierna, llegó a donde aguardaba Harrow dando pequeños saltitos. Una vez más, sacó las medicinas y volvió al árbol donde se dejó caer pesadamente al suelo.
          La herida tenía verdadero mal aspecto. Sabía lo que tenía que hacer, Flyll les había impartido a todos los niños de la aldea lecciones básicas de medicina por si alguna vez les mordía una serpiente. Aquello se le parecía ¿no? Pero... Derlan se mordió dubitativo el labio inferior. Suspiró con resignación y desenvainó el cuchillo. Ésta vez, sin embargo, apoyó el filo contra la carne. El estómago se le cayó a los pies, dejándole un nauseabundo vacío en las tripas. El frío que no sintió le hizo estremecer. El corazón le latía desbocado en el pecho cuando encajó las mandíbulas con fuerza y cortó. La sangre manó enseguida de un color negruzco, mezclada con una substancia verde-amarillenta algo más sólida y viscosa. Rápidamente, apretó las vendas sucias contra el corte, limpiando lo mejor que pudo la herida. No obstante, tuvo que presionar con los dedos hasta extraer todo el veneno y el pus que pudo. No sintió dolor alguno, la zona estaba insensibilizada. Tiró las vendas entre la maleza y cortó otro trozo de la capa, que empapó de agua para lavar de nuevo la pierna. La secó con la manga de la camisa y volvió a aplicar la pomada y a vendar. Sabía que aquello no era lo ideal, que tendría que haber hervido las telas para limpiarlas bien, pero no podía permitirse el lujo de encender un fuego. No con pintones cercas. Al cabo de un rato pudo suspirar de alivio, comenzaba a recuperar la sensibilidad; de momento era sólo un cosquilleo, pero sabía que luego llegaría el dolor, aun así no pudo evitar sentirse aliviado.
          Con manos temblorosas por el frío, recogió las cosas y enfundó el cuchillo. Ahora tenía que decidir a dónde ir. Recostándose más sobre el tronco, comprobó la posición de las estrellas. Quedaban unas cinco horas para el amanecer, y el camino que había tomado le llevaba directamente hacia el Norn, justo en la dirección opuesta a la que le interesaba ir en esos momentos. No podía retroceder, así que continuaría hacia el norte. Una calzada como aquella había tenido que ser construida con algún motivo, posiblemente como acceso a una ciudad. Él sabía que hacia el Sorn no había poblaciones importantes hasta pasada la Región de los Mil Lagos. Hacia el Orn quedaban Lecig y el cahir de la familia Lunn, éste último justo en el centro de la Región, pero ambas poblaciones se hallaban hacia el Sorn de donde se encontraba. El Cahir ar Enamayn estaba al norte de las montañas, más allá del Valle de los Dragones de Cristal, a las orillas del Mar de Sodmeth; pero el camino que llevaba allí, que él supiera, cruzaba las Lalse y el Valle de Tane. Por lo tanto, la ciudad debía encontrarse al norte de allí, en las estribaciones sur de las Nairaba. Lo malo era que nunca había oído hablar de ella. Derlan frunció el ceño, intentando recordar algún asentamiento importante entre las montañas; no lo consiguió. Pero si es que lo había, allí encontraría ayuda.
          Entonces se acordó del mapa que Flyll había insistido en que llevara. Lo tenía guardado entre la ropa. Era un mapa bastante antiguo, pero el mago le había dicho que le serviría para el viaje. Cogió el arco, las flechas y la espada que estaban a su lado y, sirviéndose del arco como muleta y arrastrando la espada y la aljaba, llegó hasta Harrow sin caerse. Ahogó un gemido de dolor al ceñirse el cinturón de la espada de nuevo; aunque le molestara en la herida, prefería ir armado. Se colgó también la aljaba de la espalda. Tras guardar las medicinas, rebuscó hasta dar con el viejo pergamino, envuelto en un paño encerado. Recostado contra la grupa del caballo, que olfateó sus cabellos con  curiosidad antes de volver a atacar al arbusto, desenvolvió el mapa y lo extendió de tal forma que la luz de la luna cayera de lleno sobre él. Se inclinó sobre el escrito para descifrar la letra pequeña e inclinada de Flyll.
          —Bosques de Kinsger... Montañas de... ¡Ah, aquí está! —Señalada con un fino trazo discontinuo, allí aparecía la calzada de piedra—. Hacia el norte —musitó con la lengua entre los dientes; Derlan se acercó más al mapa, había algo escrito en letra muy pequeña entre las montañas, al lado de un diminuto símbolo de castillo—. Gr... eh... Gringa.
          De modo que ese era el nombre de la fortaleza. Gringa. Y no debía de estar muy lejos de donde se encontraba ahora. A un día de viaje, más o menos. También se fijó en que, hacia el Sorn, la calzada no conducía directamente al Cahir ar Lunn, como había esperado, sino a Lecig; de hecho se unía al camino que tendría que haber tomado a media tarde en dirección a la Región de los Mil Lagos. Después de buscar ayuda en Gringa, retrocedería.
          Tras guardar el mapa en la bolsa y cruzar el arco a su espalda, montó a Harrow con un último esfuerzo y lo condujo de vuelta a la calzada. Esa noche ya había descansado demasiado, no quería arriesgarse a un nuevo encuentro con los pintones, que parecían haberse desvanecido. El resonar de los cascos del caballo contra las piedras, le hizo recordar, sin saber por qué, la misteriosa negrura que había visto esa mañana por el norte. Al mirar ahora, lo único que vio fue un cielo frío y sin una sola nube, tapizado de brillantes estrellas. El viento comenzaba a soplar de nuevo y el frío estaba arreciando. Se envolvió en la capa y, acurrucado sobre la silla, con la herida latiéndole molestamente, espoleó a Harrow hacia Gringa.
          Cuando las primeras luces del día, acompañadas por una fina capa de escarcha, asomaron en el este, Derlan se encontró rodeado de desolación. Los árboles a ambos lados de la calzada estaban muertos o moribundos, la maleza lo invadía todo. Raras plantas trepadoras de afiladas espinas asfixiaban cualquier otro rastro de vegetación, e incluso estas enredaderas tenían un color malsano, negro y verde purulento. Un légamo viscoso y grisáceo no tardó en extenderse entre las piedras y el linde del bosque, como una ciénaga pestilente. En algunos lugares había charcos de agua estancada en las orillas del camino, pero un limo verde enfermizo, espumoso, empañaba su superficie.
          Derlan miraba a ambos lados con asombro, asqueado ante toda aquella podredumbre y desolación. No podía evitar preguntarse quién viviría en medio de aquel oscuro paraje. Soldados, tal vez. A juzgar por el mapa, más que de una ciudad, se trataba de una fortaleza. No tardó en darse cuenta del tenue olor que tenía el aire, como el de un trozo de carne que llevara demasiado tiempo expuesto al sol.

Leer el capítulo 9 >     

2 comentarios:

  1. De este capítulo me ha gustado especialmente la escena de la persecución. Acción frenética bien descrita. También esta muy bien la descripción de las emociones de Derlan, asustado, sucumbiendo al pánico... aunque eso si, un maestro con el arco
    PD: ¿A Org le llamaban el inútil, no? Ya veo porque jeje

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    1. Una vez más, muchas gracias. Siempre me quedan dudas con las escenas de acción y combates. Trato de meterme en el personaje y de ver a través de sus ojos, las percepciones confusas, las sensaciones... me alegra muchísimo saber que logro transmitirlo.

      Derlan es el amo con el arco... aunque no sea excesivamente listo el chaval... tiene sus momentos :P

      De hecho, la descripción que hacían de Org era: cobarde e inútil. Pleno.

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