Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 11 de marzo de 2013

CAPÍTULO OCTAVO (Parte 1/2) - La cacería negra


          Una sombra se abrió paso a través de la maleza por entre las sombras que preceden al amanecer. Las desnudas ramas de los árboles crujían de manera ominosa con el fuerte viento. La oscura figura, que caminaba encorvada, como un anciano, se detuvo ante la boca de una cueva medio oculta por colgantes y tupidas enredaderas. Su mano ganchuda las apartó con violencia a un lado y se adentró en las hediondas tinieblas, que olían a humo y a carne muerta. Un gruñido gutural resonó en las paredes de roca y una voz áspera murmuró algo en la bronca lengua de los seres del Norn. La criatura recién llegada respondió de la misma forma, señalando con un imperioso ademán más allá de la salida de la gruta, y añadiendo luego otra corta frase despectiva. Hubo un breve silencio, al que le siguieron unas secas carcajadas, como una tos.
          Org se reclinó contra la mugrienta pared, con sus diminutos ojillos entrecerrados, y acarició las largas cuchillas que llevaba atadas a la mano derecha, sobre los nudillos. Ya le tenían, ¡había llegado la hora de cazar!



          Derlan detuvo a Harrow y desmontó con un gemido de dolor. ¡Tenía todo el cuerpo entumecido! La humedad, dormir en el suelo, y los cinco días de viaje a caballo comenzaban a hacer estragos en sus músculos, sobre todo en la espalda. Suspiró y se arrebujó en la vieja y raída capa azul. El día de Samhein había amanecido frío y gris, con unas nubes ligeras, como retazos de seda plateada, velando el sol. Según parecía ya habían quedado atrás los últimos días cálidos del año, un año con un verano inusitadamente largo. El joven se estremeció bajo la capa y se volvió hacia Norn, donde unas nubes negras cubrían el  horizonte bajo la línea de las montañas. Frunció el ceño, no parecían de tormenta, estaban demasiado estáticas pese al viento que soplaba, y no se extendían como un manto gris oscuro hacia él como sería de esperar, simplemente empezaban y terminaban allí, lejos, donde los bosques comenzaban a trepar sobre las abruptas laderas rocosas. Era muy extraño, pero tal vez fuera sólo un raro efecto óptico debido a la distancia y a los grandes bosques que se extendían hasta las montañas de Nairaba.
          El joven se encogió de hombros algo incómodo; fuera lo que fuese se hallaba todavía lejos, y antes de la caída del día tomaría el camino que cruzaba la Región de los Mil Lagos y que lo llevaría hacia el Orn, alejándolo de allí. Pese a todo... había algo raro en aquellas nubes, algo nefasto; con sólo mirarlas se le erizaba el vello de la nuca. Le provocaban una inquietud que no lograba precisar.
          Derlan se pasó una mano por el largo cabello, apartándoselo del rostro, y se rascó la barbuda mejilla.
         «Estás empezando a imaginar cosas. Tantos días solo en el bosque, sin nadie con quien hablar, te están afectando. ¡Ya lo verás! Pronto empezarás a hablar contigo mismo y eso significará que te has vuelto loco.»
          Suspiró y sacudió la cabeza, lo único que ocurría era que estaba harto del viaje, demasiado largo para una persona que viaja sola.
          —Harto —se estiró, frotándose los riñones— y con el trasero dolorido. ¡Y eso que aún es mediodía! Esta noche puedes estar hecho polvo, muchacho. Nadie te dijo que el viaje fuera a ser fácil.
          Con una resignada sonrisa en los labios se volvió hacia Harrow y revolvió en el equipaje hasta dar con la comida: una bolsa de grano para el caballo y otra de cuero encerado con sus provisiones. Cuando el corcel de abalanzó sobre él venteando con la nariz y los belfos estirados, Derlan estalló en carcajadas y, colocándole ambas manos en el hocico, lo apartó con suavidad.
          —¡Calma, Harrow, calma! Ahora te doy de comer, ten un poco de paciencia, amigo.
          El animal relinchó y le miró expectante con uno de sus grandes ojos acuosos, moviendo las orejas de un lado a otro. El joven volvió a reír y le colocó la bolsa en la cabeza con unos puñados de avena en su interior, luego se dejó caer bajo un grupo de delgados arbolillos que crecían al borde del sendero.
          «¡Fantástico! —pensó con desaliento al abrir su propia bolsa y mirar el contenido—. Con esto no tengo comida ni para quince días. Es evidente que esta mañana estaba demasiado dormido como para darme cuenta. Igual que ayer y anteayer y el día anterior —resopló.»
          Sacando un trozo de pan seco y duro y un poco de carne salada —lo único que le quedaba aparte de unas manzanas arrugadas—, tomó la decisión de empezar a racionar la comida, al menos hasta llegar al Cahir ar Lunn y comprar algo más allí. Se metió una tira de tasajo en la boca y la mastico con fruición para ablandarla un poco. El sabor era francamente desagradable, pero no tenía otra cosa.
          —¡Lo que daría por un buen trozo de queso! —Farfulló.


          La mayor parte de las nubes habían desaparecido hacia el Sorn, y ahora sólo unos cedazos de un suave color gris ceniza flotaban en el cielo, como una neblina translúcida. El viento frío no era más que una ligera brisa entre los árboles coronados de oro, que hacía caer cascadas de hojas secas sobre la tierra del camino.
          Derlan cabalgaba en silencio, sumido en sus propios pensamientos. Echaba de menos su hogar, a sus padres, a Oso, a Flyll... No sabía cuánto tiempo iba a durar la guerra, ni siquiera sabía si iba a regresar con vida de ella —esta última era una posibilidad que lo aterraba—, pero, por lo menos, intentaría volver a la aldea en el menor tiempo posible, volver a casa. Desde la pesadilla que había sufrido el día anterior, el viaje se le estaba haciendo muy duro, incluso había pensado en volver a Eshainne; la guerra se le antojaba demasiado grande, demasiado peligrosa, pero no podía defraudar a su padre y debía lealtad a la corona. Eran muchas cosas a tener en cuenta y, la mayoría, le impulsaban a seguir adelante, pese a sus recelos y a sus miedos. Si al menos Oso le hubiese acompañado... Sin embargo su amigo no era un guerrero, no le habían entrenado en las armas, como lo había hecho su padre con él, si bien sabía manejar un poco el arco; además tenía que cuidar de su madre y sus hermanos.
          El chasquido entre los árboles de la margen izquierda del camino, que precedió al tenue silbido en el aire, estuvo a punto de hacerle caer del caballo, pero lo alertó del peligro. En el último momento, tiró de las riendas con fuerza deteniendo a Harrow y obligándolo a retroceder. La flecha se clavó con un golpe seco en un árbol del otro lado del sendero, apenas a un palmo de distancia del pecho de Derlan. ¡Bandidos!
          Con un jadeo ahogado y los ojos desorbitados, clavó los talones en los flancos del corcel lanzándolo al galope camino adelante, entre los oscuros troncos de los árboles, que proyectaban las sombras del atardecer sobre la tierra. A su espalda, más flechas emplumadas en negro se clavaron en el sendero.
        —¡Mierda! ¡Mierda! —gritó, inclinándose sobre el cuello del corcel con los ojos cerrados y las riendas clavándosele en la piel de las manos. Las crines cosquilleaban en su mejilla y se vio obligado a alzar ligeramente la cabeza, mientras oía cómo, entre la maleza del bosque, alguien le perseguía y disparaba contra él.
          De pronto, vislumbró algo entre las revueltas crines del corcel y su propio flequillo, algo grande y oscuro caído en mitad del camino tras una curva cerrada. Tardó unos segundos en darse cuenta de lo que eran los penachos verdes que lo adornaban.
          —¡¡¡AAAAAHHHH!!! ¡MIERDA! —se incorporó y contempló aterrado el árbol que estaba caído en mitad del camino y que Harrow saltó antes de que tuviera tiempo de terminar la frase—. ¡Mierda, mierda, mierda!
          El estruendo de la persecución a su espalda parecía ir en aumento, en lugar de quedarse atrás, sus atacantes estaban cada vez más cerca. ¡Pero aquello no era posible! Él iba al galope, y en un caballo. ¿Cómo alguien a pie, por muy ágil que fuera, podía correr entre la maleza del bosque a la misma velocidad que un caballo?
          «No puede ser, no puede ser, los bandidos no corren así —pensó mirando atrás con creciente angustia; el viento lanzó contra su rostro la coleta en que llevaba recogido el largo cabello, impidiéndole ver durante unos segundos: muchas sombras de pequeño tamaño se movían entre las sombras más oscuras del linde del bosque—. A ver, Derlan, piensa, piensa.»
          Alguien se detuvo en seco casi en frente suyo, a la izquierda, y un dardo negro se clavó entre los cascos de Harrow.
          —¡Mierda!
          «Esa casi me da. ¿Quiénes son? ¿Qué quieren?»
         —¡¡Matarte, idiota, eso está claro ¿no?!! —Se gritó a sí mismo, para hacerse oír entre el fuerte silbido del viento y el hueco repiqueteo de los cascos del corcel contra el suelo, y que las cosas le quedaran claras a su mente de una vez por todas—. ¡Piensa algo, maldita sea! ¡Piensa algo!
          Una rama baja pasó a gran velocidad a su lado rozándole con un crujido de hojas secas el hombro derecho. Bajo las piernas notaba la acelerada respiración del animal, y bastaba con ver la espuma que salpicaba su cuello para saber que no podría galopar mucho más, no a aquella velocidad. En cuanto Harrow cayera al suelo, reventado, le matarían.
          «Tienes que pensar algo, Derlan. Tienes que pensar algo y rápido —notaba el picor de las lágrimas de furia y de miedo en los ojos.»
          El recuerdo le sacudió el cuerpo, provocándole un escalofrío repentino. ¡El arco de su padre! ¡Su arco! Tenía un arma. ¡Tenía un arma! Pero no tendría más remedio que disparar al galope... y eso implicaba soltar las riendas. Además, no estaba encordado.
          —¡Mierda! ¿Por qué a mí? ¿Por qué? —Masculló entre dientes—. ¡Oh, Dioses! De esta no salgo. Harrow, no te pares, por favor, necesito ayuda.
          Asiendo las riendas con la diestra, apartó la capa a un lado, tragó saliva y desató a ciegas las cintas que mantenían el arco de su padre sujeto a la parte trasera de la silla de montar. Con un ágil movimiento, volteándolo en el aire, lo colocó en su regazo. Un gemido desesperado recorrió su cuerpo y se mordió el labio inferior con frustración. ¡Tener que tensar un arco al galope! ¡Aquello era de locos!
          —¡Oh, no! Esto no me puede estar pasando —se dijo con desaliento en voz tan baja que hasta dudó de haber hablado—. N... no es posible.
          Sus perseguidores habían llegado ya a su altura, si miraba a la izquierda, podía verles correr y saltar entre los troncos recubiertos de musgo y los helechos que comenzaban a secarse: vagas siluetas negras entre el gris y ocre oscuro salpicado de verde. Si se concentraba, estaba seguro de poder oír su bronca respiración jadeante y sentir su inmundo aliento en la nuca... Se estremeció horrorizado ante sus propios pensamientos y se instó a preparar el arco, antes de que aquellos seres decidieran disparar de nuevo los suyos.
          Sosteniendo el arco largo con la mano izquierda sobre su regazo, enrolló las riendas en el pomo de la silla. Tragó saliva antes de soltarse y coger el arma con ambas manos; apretó las rodillas contra los flancos del corcel, trabando el arco, y rogó a los Dioses que no le dejaran caer. Harrow, libre ahora por completo, corría a mayor velocidad, levantando estelas de polvo tras de sí. La cuerda del arco se clavó en las yemas de sus dedos haciéndole tensar la mandíbula. El movimiento le hizo soltar en varias ocasiones la cuerda y agarrarse tambaleante al pomo de la silla, pero por último logró tensar el arma a costa de cortarse ligeramente.
          Flechas, flechas, flechas... Las malditas flechas estaban atrás, entre el resto de las cosas. Derlan miró a su espalda y cerró los ojos al ver el brillo metálico del acero entre la espesura. Un dardo zumbó muy cerca de su brazo y atravesó un extremo de la capa; rasgando limpiamente la tela con un ruido sordo, desapareció a continuación entre la maleza del otro lado.
          «No... —jadeó sobresaltado con la respiración entrecortada—. L... las flechas, busca las flechas de una vez.»
          Agarrándose a la silla con la mano en la que sostenía el arco, rebuscó con la otra en el equipaje la aljaba de las flechas. Cuando sus temblorosos dedos rozaron las sedosas plumas de águila, a saltos entre dos baches del camino, estuvo a punto de echares a reír de alivio. Cogió una, y la punta metálica relució unos segundos a la mortecina luz del día. Apretó con fuerza los flancos del caballo con las rodillas, tragó saliva y la tendió con determinación en el arco largo, girando el cuerpo a la izquierda para poder disparar. Entrecerró los ojos y se llevó la cuerda hasta la oreja. Una figura corría más o menos a su altura, bajo las ramas de una haya que había perdido casi todas sus hojas doradas. El largo cabello castaño claro batía picándole el rostro y enredaba entre sus dedos y la cuerda del arco, tenía un mechón cosquilleándole de forma molesta en el rabillo del ojo. Sacudió la cabeza intentando apartar inútilmente el molesto mechón, contuvo la respiración y soltó la cuerda. La saeta silbó en el aire, perdiéndose entre los árboles y dándole un fuerte tirón de pelo en la sien, que le hizo lagrimear los ojos; antes de que Harrow girara de nuevo a la derecha, siguiendo la curva del camino, pudo ver cómo la criatura era lanzada a varios naar de distancia, con los pulmones atravesados limpiamente por la flecha.
          Derlan sonrió sorprendido y aspiró de forma irregular, asiéndose con ambas manos al pomo de la silla, a punto de perder el equilibrio y caer. El arco le golpeaba con fuerza el muslo izquierdo. El rumor de la persecución parecía haber disminuido cuando soltó la temblorosa mano derecha en busca de la segunda flecha. Esta vez, tras tender el arco, miró a su alrededor con cautela. Un poco a su espalda, una de aquellas criaturas corría muy cerca del linde del bosque, entre los troncos de la margen del camino, algo apartada de las demás. El joven apretó las mandíbulas y se giró hacia atrás todo lo que pudo, intentó normalizar su respiración y tensó al máximo el arma de su padre, hasta que sintió un punzante dolor acalambrado en los músculos del brazo. Disparó.
          Sonó un chasquido. Una flecha pasó silbando frente al hocico de Harrow, cortando el aire con un zumbido agudo. El caballo frenó en seco relinchando asustado y alzándose sobre los cuartos traseros, justo cuando el joven conseguía agarrar las riendas evitando por poco la caída. Los cascos del aterrado corcel patearon el aire con violencia. Derlan gritó, y de alguna forma se las arregló para no soltar el arco mientras tiraba con fuerza de las riendas. La aljaba de flechas resbaló de la grupa de Harrow y cayó al suelo, desparramando el contenido entre la tierra y las hojas secas. El animal corcoveó nervioso, girando en círculos, con los belfos dilatados y el cuello y los flancos salpicados de blanca espuma. El joven cerró los ojos, agachó la cabeza y esperó la muerte.
          El viento le revolvió los cabellos con suavidad y enfrió el sudor de su rostro. Con cada respiración notaba el lacerante ardor de la fatiga en los pulmones. Las manos le temblaban sobre el pomo de la silla. Tardó un rato en percatarse de que seguía vivo y estaba completamente solo, la esperada flecha no llegaba. Lentamente, alzó el pálido rostro, conteniendo un castañeo de dientes, y miró a su alrededor con asombro. Tragó saliva con esfuerzo y se humedeció los labios.
          El camino estaba desierto, se extendía a derecha e izquierda flanqueado por los nudosos árboles oscuros, dorados y verdes; la tarde se estaba acercando. Un par de ahs a su espalda, tirado en el linde del bosque sobre un charco de sangre, estaba el cadáver del que, por suerte, había matado con su segunda flecha. Por lo demás estaba solo, los otros perseguidores parecían haberse desvanecido. Un pájaro empezó a cantar no muy lejos, en algún lugar entre las ramas.
          Acuciado por la duda, desmontó con el corazón latiéndole desbocado en el pecho. Las piernas le temblaron y se apoyó contra el lomo del caballo hasta que el mareo y las náuseas remitieron. Dejó el arco cruzado en la silla, extrajo la espada de entre el equipaje y la desenvainó; el cinturón lo colgó de la perilla. Se acercó al cuerpo con suma precaución. Yacía con las piernas entre la maleza, boca abajo, y con la flecha clavada en el costado izquierdo, entre las costillas. Muy cerca de su mano derecha recubierta de vello había una maza de gran tamaño. La sangre roja manchaba la tierra y empapaba las negras y andrajosa ropas de la criatura. Era bastante más pequeña que un hombre, pero de miembros más robustos, brazos hasta las rodillas y piernas cortas y fuertes. Un gorro marrón rojizo estaba medio oculto entre la maleza.
          Unas violentas arcadas sacudieron el cuerpo del joven, se volvió hacia un árbol próximo y se apoyó en él para vomitar. Se incorporó jadeante, con los ojos llorosos, secándose la boca con la manga.
          «U... un pintón. Un pintón, Dioses. M... me pe... perseguían los pintones — pensó horrorizado con un temblor en los labios—. Sss... sangre, hay sangre por todos lados. ¡Dioses! ¡Está todo lleno de sangre!»
          Cerró los ojos con fuerza unos segundos, aguantando otra arcada, e hizo un esfuerzo para agacharse junto al cadáver. Entre la nublazón en que se habían convertido sus pensamientos, al menos una cosa veía clara: no podía dejar allí aquella flecha, ya había perdido una y no tenía demasiadas. Respiró hondo y tragó saliva, tosió un poco al atragantarse con un acceso de bilis. Se pasó el dorso de la mano derecha, en la que sostenía la espada, por la frente y asió con la izquierda el astil. Estaba húmedo y pegajoso, y tentado estuvo de soltarlo.
          «Es como un ciervo, como un ciervo. No es humano, es como un animal. Ya has matado antes animales, Derlan. No… no es más que un animal.»
          Con una mueca de asco tiró de él con fuerza; la sangre manó a borbotones del agujero dejado por la flecha. El joven retrocedió a trompicones, miró con un gemido de angustia la saeta manchada y se apresuró a frotarla contra las zarzas, una y otra vez, hasta dejarla aceptablemente limpia. Cuando volvió junto a su montura de manera precipitada, recogió las flechas y la aljaba caídas en el suelo y se ciñó el cinturón de la espada, la envainó y a continuación se cruzó a la espalda el arco largo y el carcaj. El peso de las armas le hizo sentirse un poco más seguro, aunque no mucho.
          —Tranquilo, Harrow, todo ha pasado ya —le dijo al caballo en lo que esperaba fuera un tranquilizador susurro, mientras ponía el pie en el estribo y se disponía a montar de nuevo.
          A mitad del gesto se detuvo y se dejó caer al suelo con un desconcertado parpadeo. El camino... ¡El camino que tendría que haber tomado hacía rato para ir a la Región de los Mil Lagos! ¿Lo había pasado o...?
          —¡Oh, mierda! ¡Oh, Dioses!
          Un escalofrío recorrió su columna vertebral al pensar en la sola idea de retroceder. Era más que probable que los pintones le estuvieran esperando allí atrás. Si retrocedía... Así pues sólo podía seguir adelante, pero ¿y si el camino había quedado atrás? Derlan suspiró abatido y miró hacia el cielo, no sabía hacia dónde iba aquel sendero, sólo que seguía hacia el Norn. Continuaría adelante y, en caso de que al anochecer no hubiese encontrado el desvío, retrocedería.
          Montó de nuevo sobre el caballo y lo espoleó chasqueando la lengua un par de veces. Se quitó el arco de la espalda y lo aseguró en su regazo. Mejor llevarlo a mano de ahora en adelante.
          —Vamos, Harrow —Derlan acarició el húmedo cuello del animal con cariñosa suavidad, intentando calmarse a sí mismo más que al corcel.
          El camino se extendía frente a él, silencioso y solitario, envuelto en lo que se le antojaron sombras invisibles. El repicar sordo de los cascos del corcel sobre la tierra fue el único sonido que acompañó su partida.


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