Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 7 de marzo de 2013

CAPÍTULO SÉPTIMO (Parte 3/3) - Bajo el estandarte del dragón


          Una ráfaga de viento helado hizo entrar la lluvia en la sala, el restallido de un rayo, seguido por el bramar hueco y grave del trueno, destacó contra el fondo gris plata de la noche el balcón que se abría al vacío. La tormenta se estaba desatando con toda su furia sobre Nardis. De nuevo el rayo hendió la noche, cayendo a poca distancia de la torre y dejando un olor metálico en el aire; las piedras vibraron cuando el trueno rugió largo rato en las alturas.
          Zaryll abrió los ojos en medio de la oscuridad, un nuevo resplandor plateado hizo brillar la espada que tenía en el regazo con una luz fría, espeluznante. Impulsadas por el fuerte viento, gotas de agua se posaron en su túnica negra. El aliento del mago se condensaba en nubecillas de vapor frente a su rostro. Presintiendo que la media noche se acercaba, Zaryll se levantó del trono de huesos y abandonó en el más absoluto silencio la sala fría y húmeda. Antes incluso de llegar a las escaleras que descendían en espiral hacia la Sala de Invocaciones, percibió el cosquilleo de la magia en la piel, tenía el vello de los brazos erizado. El aire estaba cargado de energía, de poder, un ligero olor a óxido lo impregnaba todo. Las sombras danzaban en el corredor con el resplandor de cada rayo al entrar su luz por las acristaladas ventanas de la pared de la derecha. Una noche propicia para lo que se proponía realizar, pensaba el mago humano mientras emprendía el descenso en la oscuridad, acompañado del suave crujir de su túnica portando la espada Easheyrt entre ambas manos, dado que era demasiado grande como para que la pudiera llevar a la cintura.
          Cuando sus ojos se acostumbraron a las tinieblas de la escalera, se dio cuenta de que había un mortecino brillo grisáceo en el aire. Tanta era la magia que se estaba condensando en torno a la torre, que esta refulgía pequeños puntitos de luz allí donde mirara. No tardó en darse cuenta del apagado zumbido, como un extraño canturreo, que empezaba a emitir su espada, cada vez más intenso a medida que descendía.
          La puerta al final de la estrecha escalera de caracol estaba recubierta por una fina capa de escarcha, y Zaryll tuvo problemas para que la llave encajara y saltara el pestillo; una lluvia de fino polvo blanco se derramó sobre su mano cuando empujó con fuerza y la puerta giró con un ominoso crujido sobre sus goznes. Un soplo de viento helado le congeló hasta la médula en cuanto puso un pie dentro de la habitación, una película de hielo crujió bajo su peso. Con  cuidado de no resbalar, avanzó hacia el lugar del que provenían la magia y el frío: la puerta sellada de la Sala de Invocaciones, cuya estrella de cinco puntas brillaba en medio de la intensa oscuridad, sólo desterrada de vez en cuando por el cegador resplandor de los rayos. Los truenos continuaban retumbando fuera, emulando la cólera de los Dioses. La lluvia golpeaba persistente los cristales de la ventana. La túnica negra de Zaryll eclipsó la luz de la estrella, cuando el mago se detuvo ante la puerta, agarrando la espada con ambas manos por la empuñadura, los brazos en alto, con la punta dirigida hacia el suelo. Su respiración era jadeante y superficial debido al frío intenso de la habitación, y su aliento formaba nubecillas en el aire. El mago negro cerró los ojos y repitió con sumo cuidado las palabras de magia espiritual que Sadreg le había enseñado para abrir la puerta sellada, un sólo error en la pronunciación o en la cadencia del conjuro y estaría acabado; la magia de los elfos no había sido creada para los hombres. Pero gracias a la espada negra él podía usarla.
          La estrella grabada en la madera parpadeó y se apagó con un último destello brillante; la puerta estaba abierta. Zaryll suspiró y se adentró en la Sala de Invocaciones con paso decidido. La puerta volvió a cerrarse, sellando el recinto de nuevo.
          Dentro todo estaba oscuro, tenebroso y frío, la niebla no se había disipado y la pegajosa bruma le llegaba a Zaryll casi a la cintura. Las columnas estriadas, los candelabros de plata, las paredes y el suelo estaban tapizados por una frágil y blanca capa de escarcha, que destellaba como un manto de diamantes al suave y pálido fulgor proveniente del sello tallado en el suelo de roca negra. El canturreo de la espada era ahora claramente audible en el silencio, una melodía exultante de poder que llenaba la mente del mago, seduciéndolo, atrayéndolo hacia las profundas tinieblas...
          Zaryll se sustrajo del embrujo de la espada, sacudiendo la cabeza a un lado y a otro con brusquedad, justo antes de que fuera demasiado tarde. Todo poder tenía un precio. La noche de Samhein estaba llegando a su apogeo, había llegado el momento de empezar con el ritual. Deslizándose entre la niebla, ocupó su puesto sobre una de las cinco puntas de la estrella tallada; la túnica negra ondeó en torno a sus tobillos. Agarró la empuñadura de Easheyrt con ambas manos, una empuñadura con la cruz en forma de dragón, y alzó la espada azabache hasta que tuvo la hoja a la altura de los ojos, los clavó en su interior, en el resplandor rojizo que albergaba en su negro corazón facetado. La sangre, el alma y la carne de Herald habían alimentado bien a la espada, no cabía duda alguna. La magia espiritual entró en él como fuego líquido, abrasador, produciéndole un lacerante dolor en el pecho. Zaryll echó la cabeza hacia atrás con los ojos convertidos en meras rendijas y respiró hondo el aire helado que olía a hierro oxidado, el negro cabello resbaló sobre sus hombros y calló a su espalda. El dolor se hizo más intenso en su interior e invadió su cabeza, el fuego le quemaba, las llamas reducían su alma a cenizas. Sobreponiéndose a la agonía, dejó escapar el poder dándole, con palabras, la forma del conjuro. Hubo un estallido de luz y la niebla se desvaneció con un sonido sibilante. La Sala de Invocaciones quedó iluminada solamente por la luminiscencia que despedía la delicada tracería que ocupaba el centro de la habitación; haces de luz plateada que se alzaban hacia el alto techo.
          El mago bajó los brazos boqueando en busca de aire, según el ardor del fuego le abandonaba. La frialdad le oprimió los pulmones entonces, robándole el aliento y haciéndole jadear en busca de aire. Se estaba asfixiando. Luchando por volver a respirar, calló de rodillas sobre el sello y la espada golpeó la roca con estruendo. Con un gruñido, la vista nublada por el dolor y la falta de aire, el semblante contraído por la furia, se puso de nuevo en pie. Le costó mantenerse erguido pero, poco a poco, logró volver a hacer que sus pulmones funcionaran y clavó sus crueles ojos castaños en las cuatro puntas restantes de la estrella tallada: estaban vacías...
          Hubo un estremecimiento en el aire y una sombra translúcida se materializó en frente y a su derecha. Su forma recordaba vagamente a la de un ser humano, una mujer de largos cabellos de luz azulada. Provocando una ondulación similar, las otras puntas fueron ocupadas por tres criaturas parecidas, uno de ellos podría haber pasado por un elfo debido a sus orejas puntiagudas. Ninguno tenía ojos, pero miraban con malévola atención a Zaryll. Tres hombres y una mujer: los cuatro Espectros de Bakán.
       No bien hubieron aparecido, el mago túnica negra sintió el peso sobre su espíritu. Sintió cómo intentaban devorarle, absorber su calor, el aire mismo que respiraba. Apretó las mandíbulas, se agachó, cerró con fuerza los dedos alrededor de la empuñadura del arma mágica y alzó con evidente esfuerzo la espada. Los Espectros no emitieron sonido alguno, permanecieron en silencio, aguardando, oscilando ligeramente, los andrajos de sus ropas fantasmales y sus etéreos cabellos flotando en torno a sus cuerpos transparentes como en medio de una corriente de aire. Sus miradas frías, carentes de expresión, escrutaban el rostro vivo del hechicero, olían su sangre, la cálida sangre viva que corría por sus venas, oían los latidos de su corazón vivo, impulsando la vida por su cuerpo.
          Le llamaron en silencio como una sola voz, directamente a su mente, a lo más profundo de su ser. Todas sus dudas prometían ser disipadas, todo su dolor desaparecería. Sólo tenía que acercarse… Probarían su sangre y serían libres. Voraces como la noche, ebrios de poder.
          —¡Doblegaos ante mí! —bramó Zaryll con voz áspera, ignorando las sugerentes voces que llegaban a su mente, hipnóticas, anulando su voluntad—. Yo os lo ordeno. ¡Someteos, criaturas de la oscuridad!
          Los Espectros gritaron en el interior de su cabeza, un silbido agudo más que palabras. Lacerante como el hielo. Sintió la cálida sangre manar de su nariz, de sus oídos. El mago humano emitió un bronco jadeo y se cubrió un oído con una mano, sin dejar de sostener Easheyrt con la otra, si la soltaba, sabía que moriría.
          —¡Someteos! —aulló por encima de aquel vendaval de voces que perforaba su cerebro, levantando la espada, interponiéndola entre él y los Espectros. Estos comenzaron a avanzar hacia él, abandonando sus lugares sobre el sello, que empezó a parpadear, perdido el equilibrio.
          —¡Atrás! —reiteró el hechicero de las sombras; no había creído que los Espectros tuvieran el poder suficiente como para sustraerse de la atracción de la estrella—. ¡Retroceded! ¡Arrodillaos ante vuestro señor!
          Las criaturas se detuvieron y vacilaron unos instantes antes de continuar su camino. El sello cada vez se desestabilizaba más, ahora despedía un brillo parpadeante y mortecino, pronto se apagaría de forma definitiva.
          —Mierda —masculló Zaryll, y apoyó la mano izquierda, manchada de sangre, en la hoja de la espada alzada frente a su rostro anguloso—. Ligh a Noidha.
          El siseo del mago paralizó a los Espectros. Una niebla negra brotó de la cruz de la empuñadura y palpitó en la fría estancia, expandiéndose a cada latido, cercando a los seres fantasmales. El que había adquirido la forma de un elfo volvió a avanzar, dejando atrás a los demás. En cuanto el humo tocó su carne transparente, aulló de dolor y retrocedió encogiéndose sobre sí mismo; clavada su mirada vacua en el mago, le mostró en un feroz y mudo siseo los largos y puntiagudos colmillos blancos. Empujados por el conjuro de Zaryll, no tuvieron más opción que volver a sus lugares a equilibrar el sello.
          —Os lo ordeno una vez más, criaturas de las sombras. ¡Doblegaos! Yo os he despertado y yo os puedo destruir. ¡Obedeced! —Gritó, concentrando todas sus fuerzas en el siguiente conjuro espiritual que se proponía realizar.
          Con un último atisbo de rebeldía, el Espectro elfo se abalanzó, con las garras extendidas, sobre el mago. La niebla negra lo envolvió antes de que hubiese podido llegar al pentágono central. Su alarido angustiado resonó en la mente de Zaryll; el hechicero sabía que, si bien aquella neblina no podía en modo alguno destruirle, sí que le hacía el daño suficiente como para obligarle a retroceder. El aire rieló en la punta de la estrella que había a la izquierda y en frente suyo, y el Espectro reapareció más transparente que antes, su fulgor apagado, su torva mirada clavada en el mago humano. Los cuatro seres agacharon la cabeza. Zaryll sonrió y pronunció el hechizo;  esta vez el dolor estuvo a punto de hacerle perder el conocimiento.


        Un trozo de argamasa se desprendió del techo de escombros, cayó saltando por las oscuras y resquebrajadas escaleras y se hundió con un suave chapoteo en el agua. Un montoncito de piedras sueltas y polvo le siguieron en medio de la oscuridad, levantando extraños ecos antes de ir a parar al agua. Más piedras, esta vez de gran tamaño, crujieron y cayeron sobre las escaleras con un grave estruendo, levantando nubes de polvo asfixiaste que brillaron como la plata a la luz de la luna llena. Esa misma luz, ahora que el techo se había derrumbado, reverberó en la ondulante superficie de la laguna que inundaba las catacumbas de la antigua ciudad de Gringa. Columnas enmohecidas asomaban de las oscuras aguas y sostenían el techo; algunas se habían desmoronado mucho tiempo atrás, y sus melladas y descarnadas cimas sobresalían de las aguas como dientes afilados, lamidos por el frío lago.
          Algo brillaba bajo la gélida superficie. La trémula luz de la luna hacía destellar entre las negras aguas una esfera de cristal de gran tamaño; pese a la oscuridad, se podía distinguir una figura humana durmiendo en su interior, envuelta en translúcidas nieblas fluctuantes. Sus cabellos azulados flotaban en torno al hermoso rostro de un hombre joven... muerto. Su piel tenía el color cerúleo de los cadáveres y, poco a poco, se fue transparentando hasta que se pudieron ver a su través las nieblas que llenaban la esfera. El ser abrió con lentitud unos ojos sin pupila, que desprendieron un nauseabundo fulgor blancuzco bajo las aguas.


          El amanecer reveló un día gris y frío, el sol estaba cubierto por un manto de nubes oscuras y brillaba mortecino en el este, tras las bajas colinas. Soplaba un viento suave desde el norte que hacía hondear el estandarte anaranjado con el dragón negro rampante. El muchacho, arropado en la gruesa capa gris, lo sostenía en alto con expresión severa en el joven rostro. A su lado, un hombre joven, que había estado a las órdenes de Lenh y que había acudido en representación del resto del ejército, portaba una lanza con la punta envuelta en trapos en señal de luto. Tenía la vista baja y los ojos entrecerrados, el largo cabello, que empezaba a necesitar un corte, le caía sobre la cara, sus dedos se cerraban con firmeza sobre el astil de madera oscura.
          El cuerpo de Lenh ar Hearay-rha yacía en una fosa poco profunda, cubierto hasta los hombros por el estandarte blanco y dorado del cisne, el emblema de su casa. Lauden, arrodillado junto a la tumba, tenía los ojos cerrados; la espada que pendía de su cadera izquierda había sido atada a la vaina y envuelta en un paño blanco mediante cintas negras entrelazadas. Su manto gris perla, que caía sobre el suelo húmedo, estaba manchado de sangre y barro, deslustrado por el uso. Todavía llevaba puestas las ropas de la noche anterior, pues apenas había podido dormir unas pocas horas antes de que le despertaran para el funeral, y no se había desvestido siquiera. Los cinco días de viaje y la muerte de su amigo lo habían dejado exhausto; tenía profundos cercos oscuros bajo los ojos.
          Lauden se pasó una mano por los ojos, tratando de contener las ardientes lágrimas que le picaban bajo los párpados, un entrecortado suspiro, que casi era un sollozo, escapó de entre sus labios.
          —Lord Lauden...
          Aquella voz profunda y bondadosa lo alejó del precipicio de dolor en que amenazaba con hundirse y abrió los ojos. El Sumo Sacerdote de Sodmeth le miraba apenado desde el otro lado de la tumba, su túnica azul oscura relucía a la pálida luz del amanecer si bien el sol aún no sobrepasaba las colinas de la izquierda.
          —Vamos a empezar la ceremonia, ¿deseáis poneros en pie?
          —No —musitó el hombre con voz quebrada—, lo prefiero así.
          El sacerdote asintió con una triste sonrisa en el ancho rostro.
          —Con el permiso de Sus Majestades, comenzaré con el ritual —anunció inclinándose ante Trión y Areshienne, ambos ataviados ya para el viaje. El rey asintió con una seca inclinación de cabeza, rodeando los hombros de su esposa con un brazo.
          Dunala extendió ambas manos sobre el cuerpo de Lenh y cerró los ojos, los otros sacerdotes, que formaban un círculo protector en torno al claro, comenzaron a cantar quedamente.
          —Sodmeth —entonó con voz grave—, Dios del Cielo, del Frío y del Hielo: Tu temperamento lo guio en la batalla para hacer frente a sus enemigos.
          »Yshaunn, Diosa del Fuego, Señora de la Llama: Tu calor le dio fuerzas para seguir luchando cuando la esperanza estaba perdida.
          »Tyrsha, Diosa de la Guerra: Tu mano guio la suya hasta el final, impartiendo justicia.
          »Arey, Diosa de las Artes, Soberana del Conocimiento: Tu luz fue su faro en medio de la tempestad, conduciéndole siempre por la senda del bien.
          »Moses, Dios de la Aguas: Tu presencia le dio la vida.
          »¡Oh, Dioses de la Luz! Su cuerpo ha muerto, pero su espíritu será liberado ahora. Acoged su alma más allá del Cielo Inmortal, más allá de las Lejanas Estrellas. Que el descanso final le sea otorgado.
          El Sumo Sacerdote juntó las manos a la altura de pecho con delicadeza, un poco ahuecadas, como si sostuviera el alma de Lenh entre los dedos, y luego las alzó al tiempo que las separaba lentamente. Los sacerdotes dejaron de cantar y guardaron silencio con las cabezas gachas. El único sonido era el del viento que hacía aletear el estandarte de Bakán sobre ellos.
          El cuerpo de Lenh ar Hearay-rha fue cubierto con tierra, y luego colocaron piedras sobre él, formando un bajo túmulo albo y gris en medio de la hierba arrancada y la tierra revuelta. Pocas horas después, el ejército de Trión, más de treinta mil hombres y mujeres, reemprendía el viaje por los escabrosos pasos de montaña, hacia Nardis, la Ciudad de las Sombras. Atrás quedó pronto un sólo guerrero, sumido en el sueño eterno bajo el estandarte del dragón.


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