Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 4 de marzo de 2013

CAPÍTULO SÉPTIMO (Parte 2/3) - Bajo el estandarte del dragón


          —¿Creéis en verdad que tendría que hablar con él? —se extrañó la joven, manoseando la falda del vestido.
          Trión le apoyó una mano en el hombro y asintió con el rostro ensombrecido por la preocupación y la duda. Había desposado a Areshienne hacía menos de tres semanas y ya no podía posponer más aquello; en el caso de que su hijo no la aceptara...


          —Sí, la muerte de su madre en la epidemia le afectó mucho y temo que eso le impulse a odiaros. No tiene más que cuatro años, si hablarais con él e intentarais explicárselo todo, es posible que comprendiera cuanto os amo a ambos y que por eso me casé con vos. ¿Lo intentaréis? —preguntó inclinándose hacia ella por encima del respaldo de la silla en que se encontraba sentada.
          —Bien, Trión, lo haré —respondió la reina, levantándose de la silla y tendiéndole una mano a su esposo—. Mañana hablaré con él, os lo prometo. ¿Me acompañáis a mis aposentos? Necesito descansar.
          El rey apoyó la mano de su esposa en su propio brazo y la condujo fuera de la pequeña habitación, cuyas grandes ventanas se abrían sobre los jardines, las cortinas de seda roja se agitaban con la brisa de primavera que entraba a través de las ventanas y traía el olor dulce, fresco y húmedo de la vegetación de abajo. Tras la puerta de madera tallada, el pasillo se extendía a derecha e izquierda; las paredes las cubrían delicados tapices de escenas de caza y bélicas en su mayor parte. Una corona de oro blanco con la forma de un dragón ceñía los negros cabellos del hombre y una fina tiara de plata y zafiros los dorados de la joven que iba a su lado, ataviada con un vestido turquesa de bordados azules. Trión y Areshienne se cruzaron en las escaleras con un grupo de doncellas que reían alborozadas apoyadas contra la barandilla y que  callaron al aparecer la real pareja.
          —Majestades —sonrieron algunas con una reverencia, una de ellas, una chica alta y desgarbada de ojos claros y facciones toscas y severas, miró con desconfianza a la reina ciega, pero también se inclinó.
          Areshienne ya sabía, desde que había aceptado casarse con Trión, que todo sería muy duro los primeros meses, si bien le había sorprendido cómo la habían recibido la mayor parte de los habitantes del castillo, lo bien que la habían tratado. Sin embargo, aún le desconcertaban profundamente aquellas atenciones, las reverencias y las muestras de respeto; pero más aún los recelos, ciertas miradas y expresiones, que si bien no veía, si sentía. Nunca había imaginado ser el centro de tanta atención; sus temores de no ser aceptada se habían esfumado para dar paso a una creciente preocupación por no saber comportarse en aquel lugar, que tan distinto era del santuario de las videntes. Después de quince días allí, todavía sentía el impulso de inclinarse cada vez que alguien la saludaba de esa forma.
          —Estamos en las escaleras, Areshienne, tened cuidado —le dijo Trión al oído en voz baja.
          —Gracias —respondió ella en el mismo tono y, recogiéndose la larga falda con una mano, comenzó a subir, contando los peldaños.
          Los aposentos reales estaban dos pisos más arriba y ocupaban la mayor parte del ala este del castillo de Ossián. En la misma zona se encontraban las habitaciones destinadas a los nobles que se alojaran en el castillo. Trión se detuvo frente a una puerta doble, con dos dragones enfrentados alzando el vuelo grabado sobre su pulida superficie, y la abrió. La luz del sol entraba por las grandes  cristaleras que había del otro lado de la habitación, haciendo que el aire brillara dorado. Una gruesa alfombra azul oscuro cubría el suelo amortiguando los sonidos. A la derecha había una estantería repleta de pergaminos y libros encuadernados en cuero de diferentes colores, a su lado se abría una segunda puerta que conducía al estudio del rey Trión y a otras pequeñas habitaciones. Justo bajo las ventanas, la reina anterior había colocado varios sillones de madera tallada y una mesa larga; a Areshienne le gustaba sentarse allí a hablar con su doncella y que esta le contara lo que veía desde la ventana, describiéndole las calles y patios y la gente que paseaba por el castillo. A la izquierda, un tapiz de color verde, dorado y rojo pendía de las agarraderas de la pared mostrando el Sueño de un dragón: la cabeza alta y las fauces abiertas, prorrumpiendo en un agónico y furioso rugido.
          Areshienne se separó de su esposo y cruzó la estancia con paso seguro hacia la pequeña puerta que había a la izquierda, sus manos palparon con delicadeza la superficie de madera hasta dar con el picaporte.
          —¿Queréis que os ayude? —preguntó Trión a su espalda, mientras le acariciaba los cabellos, una sonrisa malévola adornaba sus labios.
          —No —rio la reina agarrando la mano del rey y frotándola enérgicamente con la yema de los dedos—. Tengo que descansar, Trión.
          El hombre también rio y besó a su esposa.
          —Os vendré a buscar a la hora de la cena. Descansad. Avisaré a vuestra doncella, Meyshi, de que nadie debe molestaros.
          Tras depositar un último beso en los dedos de la joven, Trión ar Erentyll abandonó los aposentos reales y Areshienne entró en el dormitorio cerrando la puerta a su espalda. La joven dejó escapar un tembloroso suspiro entre los labios y comenzó a quitarse el vestido; tanteando la pared, encontró la silla de alto respaldo tallado y, con sumo cuidado, dejó allí sus ropas. El largo camisón blanco de amplias mangas estaba sobre el respaldo; su doncella siempre lo dejaba allí para que ella pudiese encontrarlo con facilidad. Se lo pasó por la cabeza, sacudió fuera sus cabellos dorados y abrochó los botones de hueso de la pechera. Moviéndose con lentitud, avanzó hacia la cama con dosel que había a un lado de las ventanas, en frente de la puerta. Un armario de madera de palisandro tapaba la pared izquierda. El aire tenía una ligera fragancia a espliego y a pino.
          Areshienne acarició una de las columnas del lecho y, palpando las mantas, avanzó hasta la cabecera; sus pies descalzos no hacían el menor ruido al pisar la alfombra de color ocre y roja. Se sentó en el borde del lecho, ahuecó los almohadones y se metió bajo las cálidas sábanas, cerró los ojos.


          Un suave chirrido, seguido de un golpe suave, la sacó del sopor que la embargaba. Unos pasitos, cortos y presurosos, resonaron tras la puerta de la alcoba, algo cayó entonces pesadamente al suelo a escasa distancia con un grito agudo que fue silenciado con brusquedad. Areshienne se incorporó y permaneció sentada, en silencio, inclinando la cabeza a un lado con curiosidad. Los pasos se reanudaron a los pocos segundos, luego se oyó una tímida llamada en la puerta.
          —¿Eres tú, Meyshi? —Nadie contestó—. ¿Quién está ahí?
          Cuando sólo el silencio le respondió por segunda vez, la joven apartó las mantas a un lado, salió de la cama y avanzó hacia la puerta, contando cada paso. Palpó el picaporte un rato y la abrió. Una respiración apenas audible sonaba cerca del suelo.
          —¿Sí? ¿Quién eres? —preguntó de nuevo, con voz dura.
          —A... Areshienne —la vocecita aguda y temblorosa provenía de la altura de sus rodillas.
          —¿¡Selam!? —se sorprendió la reina.
          —¡Siiiiiiii! —Con un desconsolado sollozo, el niño se abalanzó sobre Areshienne y sus manitas se agarraron con fuerza a los faldones del camisón.
          La reina, aturdida, se arrodilló ante el príncipe y, tras unos segundos de buscar, pasó una mano de dedos largos y esbeltos por el corto cabello negro y las húmedas mejillas. La otra mano se la posó en el hombro.
          —¿Qué te ocurre? ¿Qué haces aquí, Selam?
          —¡¡Me he escapado de la nana!! —gritó, hundiendo la cabecita en el pecho de la reina.
          La joven no supo que responder y guardó silencio un rato. El niño había venido a ella por alguna razón, pero desconocía cual, y parecía tan abatido y triste, tan necesitado de afecto. Areshienne cerró los ojos con fuerza, conteniendo sus propias lágrimas, el príncipe la iba a hacer llorar; sentía el calor de Selam a través de la delgada tela del camisón y las húmedas lágrimas del niño contra su piel. Aspiró de forma entrecortada.
          —¿Quieres sentarte conmigo en la cama?
          Selam asintió, entonces, sus ojos de color azul oscuro se clavaron en el rostro de la reina recordando que era ciega y que no había visto su gesto.
          —Sí —repitió.
          —De acuerdo. ¿Me guías tú? —sonrió Areshienne.
          El príncipe se sorbió los mocos y se secó las lágrimas con el dorso de la mano, su carita brilló con determinación. Agarró a la reina de la mano y tiró de ella hacia la cama. Con ágiles movimientos trepó a ella, sin soltar a la joven en ningún momento.
          —Aquí —musitó metiéndose entre las mantas.
        Areshienne se sentó a su lado, apoyando la espalda en la pared, los cabellos de color miel cubriéndole los hombros. Selam pensó que eran muy bonitos, tan largos y brillantes; él sólo conocía a una persona de pelo rubio en el castillo, la nana, pero no era tan sedoso como el de la reina, estaba seguro.
          —¿Estás cómodo, Selam? —oyó que le preguntaba con aquella voz suave y dulce, no la había oído hablar hasta ahora.
          —Sí —respondió vacilante.
          —Bien, ¿me quieres contar algo? ¿Por qué llorabas?
          —Yo... —se le quebró la voz y las lágrimas resbalaron de nuevo por su rostro, los sollozos ahogaban sus palabras.
          Conmovida, Areshienne le rodeó con torpeza los hombros y lo apretó contra sí, era tan menudo; no pudo contener una tierna sonrisa. Nadie la había agarrado nunca de la forma en que lo hacía aquel niño, con esa necesidad de cariño. Acarició las manitas que aferraban la pechera del camisón como si en ello les fuera la vida, e intentó calmarle.
          —Selam, no...
          —¡¡Nana me ha dicho que mamá se ha muerto porque he sido un niño malo!! —aulló, jadeando en busca de aire.
          La reina dio un respingo, sorprendida, antes de abrazar al príncipe con más fuerza.
          —¡Oh, Selam! Eso no es cierto. Tu mamá murió en la epidemia porque se puso enferma, no por otra cosa. Los sanadores trataron de salvarla, pero no pudieron hacer nada. Créeme, no murió por tu culpa. Además —añadió, acariciándole el pelo—, estoy segura de que siempre has sido muy bueno ¿verdad?
          —En... en... entonces ¡la nana me ha mentido! —exclamó entre sollozos, con los ojos brillantes, después de un corto silencio. El dolor y la indignación se mezclaban en su voz.
          Areshienne volvió su rostro hacia la voz del príncipe, ella no había querido decir aquello... ¿o sí?
          —Selam, no creo que lo haya hecho a propósito. No debes decir esas cosas —le reprendió con amabilidad, todavía notaba las lágrimas en su expresión y temía que se echara a llorar de nuevo.
          —Pero es cierto, la nana me ha mentido —le oyó musitó contrariado.
          —Ven —dijo la reina, acercándose más al niño—. Te voy a contar una historia que oí cuando era casi tan pequeña como tú. ¿Quieres oírla?
          —¿Una historia? ¡Vale! —exclamó rodeando el brazo de la reina con los suyos.
          —Hace mucho tiempo —comenzó Areshienne—, cuando aún no había estrellas en el cielo y sólo la luna iluminaba los caminos de los mortales, una Diosa se enamoró de un hombre mortal. Entonces, pidió permiso a Sodmeth, el Señor de los Dioses, para que le permitiese bajar al mundo y vivir con aquel al que amaba. Su deseo le fue concedido, pero bajo unas condiciones: mientras estuviera allí, habitaría como una mujer mortal y envejecería como tal, hasta que el hombre muriera; entonces regresaría al mundo de los Dioses. No podría quedarse allí acompañando al alma de su amado, ni llevar su cuerpo al reino inmortal. La Diosa aceptó las duras condiciones de su señor y descendió entre los hombres mortales. Vivió varios años de felicidad, pero el humano acabó muriendo.
          »En aquellos días, el alma no se liberaba del cuerpo cuando este moría, permanecía allí atrapada. Por esa razón resultaba tan duro para la Diosa tener que volver a su mundo. Tras mucho reflexionar, tomó una decisión que no contrariaría las condiciones impuestas por Sodmeth. Así, liberó el alma del cuerpo de su amado y la transformó en una estrella que subió al firmamento; ésta fue la primera estrella del cielo. De ésta forma, si bien no estaría a su lado, el alma del hombre al que amaba estaría más cerca de ella. Luego, la Diosa volvió a su hogar. Pero con aquella acción todas las almas quedaron liberadas y desde entonces, cuando alguien muere, su alma se transforma en una estrella —terminó Areshienne sin ser consciente de la mirada de asombro del príncipe Selam, sus ojos azules estaban muy abiertos y contemplaban a la reina con fascinación.
          —Mi mamá... —vaciló, abrazando más a la joven—, mi mamá ¿es una estrella?
          —Sí —respondió sonriendo.
          —Pero... ¿no hay mucha gente que se muere y pocas estrellas en el cielo? —Selam rebulló y su voz adquirió de repente un tono inusitadamente serio.
          —¿Has visto alguna vez una especie de niebla, así —trazó un arco retorcido en el aire con la mano derecha—, que cruza todo el cielo?
          —Por el Norn, si, la he visto, es muy bonita, brilla mucho.
          —Pues bien, son muchas estrellas —el joven príncipe emitió un jadeo ahogado—, pero están muy lejos y por eso se ven tan pequeñas. Algunas incluso no se ven de lo lejos que están; pese a todo, aunque nosotros no las veamos, ellas sí que nos ven a nosotros. Tu mamá te ve desde ahí arriba y seguro que está muy orgullosa de lo bueno que eres, y como no quieres que se ponga triste, me vas a prometer que no vas a llorar más ¿vale?
          Areshienne le desordenó los negros cabellos sobre la frente y el príncipe rio acurrucándose más contra ella.
          —Sí, Areshienne. Oye ¿qué estrella es mi mamá?
          La reina dejó caer la mano sobre su regazo, no esperaba esa pregunta, y permaneció largo rato en silencio, incapaz de contestar; se empezaba a dar cuenta de que quería al niño y no quería defraudarle. Suspiró.
          —Hagamos una cosa, Selam. ¿Qué te parece si esta noche subimos tú y yo solos a la torre y la buscamos?
          El semblante del príncipe pareció brillar con luz propia a la luz de la tarde que entraba por las ventanas, sonreía. Areshienne podía notar su regocijo aun sin verlo.
          —¿De verdad puedo ir contigo? —se asombró, dando pequeños saltitos en la cama.
          —¡Claro! —rio la joven reina, también sorprendida—. Y cada vez que quieras ver a tu mamá, sólo tendrás que mirar al cielo, pues ella estará allí.
          Selam se estremeció. Sentía otra vez el picor de las lágrimas en los ojos, pero le había prometido a Areshienne que no lloraría. Apoyado contra el cabezal de la cama el príncipe se frotó furioso los ojos con el dorso de la mano, pero el dolor seguía allí. Un sollozo escapó de sus dientes apretados.
          —¿Te ocurre algo? —La mujer se inclinó preocupada sobre él.
          —¡Nooo! —gimió—. Mi... mi... mamá. No... podré abrazarla más, ni... ni... ni estar con ella, Areshienne. Se... se... se ha... ha muerto. Yo... T... tú —tartamudeó, la boca le sabía salada de las lágrimas—, ¿quieres ser mi mamá, Areshienne?


          Las lámparas y antorchas de los pasillos del castillo se habían encendido para desterrar las sombras de la noche que avanzaba, y su luz dorada y brillante bañaba las blancas piedras de Ossián, acariciando las pulidas baldosas, los arcos de mármol cincelado y los tapices que cubrían las paredes, y arrancando destellos albos de la corona que ceñía los cabellos azabache de Trión.
          El rey de Bakán suspiró, estaba hambriento y le zumbaba la cabeza, esperaba sinceramente que Areshienne hubiese descansado durante la tarde, él había tenido que soportar una agotadora audiencia. Primero había sido un emisario enano procedente de las minas del sur, que había venido a solicitar dinero a la corona para poder abrir un túnel, que se había derrumbado durante las últimas excavaciones, y para iniciar la explotación de una nueva veta de mineral que habían descubierto recientemente. A los pocos minutos, Trión tenía dolor de cabeza y el bronco murmullo del enano continuaba resonando en la sala del trono, alabando las ventajas que la nueva veta aportaría a la economía del reino y enumerando, con los ojos brillantes y la barba y bigotes erizados, los tipos de minerales que podrían extraer de las montañas gracias al dinero que amablemente solicitaba. Sólo su estricta educación y los años que llevaba en el trono le habían ayudado a mantener la expresión de interés en el rostro, durante las cerca de dos horas que había estado hablando el enano. Como era de esperar, le había concedido lo que pedía; para que los orgullosos enanos se hubieran decidido a mandar a uno de los suyos a la capital, la situación en las minas tenía que ser desesperada.
          Después de tan agotadora audiencia, Sryll, mago del Norn, había presentado en la corte a su joven discípulo: Zaryll, el primer niño nacido en el reino con el don de la magia después de más de quinientos años. A sus quince primaveras, el muchacho de negros cabellos y severas y adustas facciones, tenía, según su maestro, un prometedor futuro en el mundo de la magia, un poder como no se había conocido desde las Grandes Guerras. Zaryll, tras la presentación, había deleitado a todos los presentes con una exhibición de sus habilidades. No más que un espectáculo de luz y sonido, ilusiones. Pero él había estado a punto de desenvainar la espada cuando había aparecido el dragón.
          Realmente hermoso, pensaba ahora Trión mientras subía con paso cansado las escaleras. Estaba seguro de que Zaryll llegaría a convertirse en un buen mago. Incluso pensaba que sería una buena idea hacerle venir al castillo, cuando terminase sus estudios con el maestro Sryll, como consejero real; un mago en la corte sería sumamente útil. Los otros magos de Bakán se habían negado a vivir en la capital: Adryll, aseveraba una y otra vez que su hogar estaba en el Santuario; Clartyll, desde el Sorn, se excusaba diciendo que no quería apartarse tanto de su hermana, y que esta no soportaba las ciudades; Flyll, por su parte, hacía ya años que lo había dejado todo para irse a un lugar recóndito en los bosques de Eorn y nadie le había visto desde entonces. ¡Mira! Todos sus nombres acababan en “yll”. No sabía por qué todos ellos se empeñaban en cambiarse el nombre cuando empezaban su aprendizaje. Alguna tradición o algo, pero bien rara que era.
          Tan sumido se encontraba en sus pensamientos, que no oyó los pasos presurosos y la voz nerviosa de la mujer, que venía hacia él corriendo por el pasillo, hasta que estuvo a punto de tropezar con ella. La anciana manoseaba angustiada la falda azul.
          —¡Majestad! ¡Majestad! —gritó deteniéndose en seco junto al rey, su voz rozaba la histeria y había lágrimas en sus ojos—. Majestad, el príncipe Selam ha desaparecido.
Trión contempló incrédulo a la nana de su hijo que sollozaba parada en medio del pasillo, tenía despeinado el cabello dorado surcado de hebras blancas.
          —¿Cómo es posible? ¿Qué ha pasado, Lethan? —preguntó, agarrando a la mujer por los hombros y sacudiéndola con violencia cuando esta no fue capaz de contestar más que con unos balbuceos incoherentes—. ¡Lethan, cálmate!
          —N... no lo sé, Majestad. Estaba hablando con él y me giré un momento para guardar sus ropas en el armario, cuando volví a mirar Su Alteza ya no estaba. ¡Le hemos buscado por todo el castillo!
          —¿Por qué no me ha avisado nadie? —el rey había soltado a la anciana y la observaba con la cólera mal reprimida en los ojos azules.
          —Es... estabais ocupado con la audiencia —tartamudeó, volviendo a maltratar la ya arrugada falda—, y no quisimos molestaros, mi señor.
          —Y Areshienne ¿le has avisado de lo que ocurre?
          La mujer sacudió avergonzada la cabeza.
          —Su doncella nos dijo que descansaba y que no se la debía molestar —explicó con la tela enroscada entre los dedos.
          —Pues tiene que saberlo, ahora —terció el rey, el rostro ensombrecido por la preocupación, comenzando a caminar hacia las puertas de las habitaciones reales seguido por una temblorosa Lethan—. ¿Dónde se habrá metido ese niño? —masculló Trión para sus propias barbas mientras caminaba.
          Al no ver a la doncella de su esposa sentada en una silla junto a las dobles puertas, supuso que había salido en busca del príncipe; resopló. Sacudiendo incrédulo la cabeza, cruzó a grandes trancos la sala y abrió la puerta de la alcoba con delicadeza.
          —Areshienne... —musitó, y la voz se le congeló en la garganta: una figura oscura yacía acurrucada contra la reina, en medio de la penumbra. La luz  que entraba a través de la ventana que había junto al lecho perfilaba sus cuerpos entrelazados. Un gemido estrangulado escapó de los labios del rey, su mano tembló sobre el picaporte.
          El bulto que yacía al lado de Areshienne rebulló en la cama y se incorporó, una cabeza asomó entre las mantas y se volvió hacia el rey, mirándolo por encima de la dormida reina. Los ojos azules de su hijo le contemplaban desde las sombras de la habitación. Una radiante sonrisa iluminó la carita del príncipe.
          —¡Papá! ¡Papá! —gritó poniéndose en pie, pasando por encima de Areshienne y saltando al suelo para correr hacia Trión y abrazarse a sus piernas sin dejar de reír—. ¡Areshienne ha dicho que va a ser mi mamá! ¡Me lo ha dicho! ¡Me lo ha prometido!
          El rey miró desconcertado primero al joven príncipe y luego a su esposa, que se había despertado con los gritos de Selam y los miraba a ambos con una sonrisa turbada en los labios. Sus irises grises relucían plateados a la tenue claridad, unos iris grises sin pupila. Tras unos segundos, Trión dejó escapar una profunda  carcajada y apretó el hombro de su hijo. El niño se retorció hasta soltarse y se asomó fuera de la habitación y frunció el ceño al ver allí a su nana, parada en medio del cuarto contiguo.
          —Nana —sentenció con seriedad—, me has mentido.
          —Pero, alteza...
          —Nana —repitió sin darle tiempo a terminar—, me has mentido.
          Las carcajadas de los reyes resonaron largo rato en las paredes de mármol y granito del palacio de Ossián.


          Trión ar Erentyll sacudió la cabeza con una media sonrisa oculta tras la barba que ya griseaba. Aquellos habían sido tiempos más felices, sin duda. Habían pasado cerca de veinte años desde aquella noche tan especial y Selam había crecido hasta convertirse en un apuesto joven que ahora estaba lejos de allí, al mando de las tropas que aguardaban en Ossián. Era evidente que las cosas habían cambiado mucho, pero su esposa seguía conservando aquella sonrisa que lo cautivara entonces y que aún ahora lo hacía.
          «Supongo que hay cosas que nunca cambian —pensó, acostándose junto a Areshienne y rodeando su esbelto cuerpo con los brazos.»
          La reina murmuró algo en sueños y arqueó la espalda acoplándose a él. Arrullado por el suave rumor de las voces de algunos soldados que todavía permanecían despiertos, el sueño acabó venciéndole.


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2 comentarios:

  1. Buenas,
    ¿Un poco cruel la nana, no? ¡Podía haberle causado algún trauma infantil! jaja ;)
    Zaryll de aprendiz... Interesante

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    1. Siento haber tardado tanto en responder, he tenido problemas de conexión. Dado que soys pocos me gusta contestaros a todos lo más rápido que puedo :P

      La nana... la nana... bueno... como muchas nanas, severa y con más bien poco tacto, pero me daba pie a una escena que me gustó mucho escribir: la relación entre una muy joven reina Areshienne (tenía 20 años cuando se casó), con un pequeñísimo príncipe (hoy día es todo un mozo de buen ver :P).

      Y en cuanto a Zarylll. Sólo repetir lo que dije al actualizar el capítulo 9. Todos tienen un pasado, todos tienen secretos. Y sí, tengo diseñada gran parte de la historia personal de prácticamente todos los personajes de Bakán. Es una herramienta que me permite dar riqueza a la novela. Saber de dónde vienen para poder hacer coherente el "a dónde van"

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