Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 28 de febrero de 2013

CAPÍTULO SÉPTIMO (Parte 1/3) - Bajo el estandarte del dragón


          Lauden ar Almenein se envolvió en la capa gris y alzó la vista hacia el cielo, la luna llena aparecía velada por un sudario de nubes oscuras, pero no parecía que fuera a llover esa noche. Soplaba un viento frío y punzante procedente del norte, las altas montañas se recortaban negras contra el cielo teñido de plata deslustrada. El hombre se detuvo, cansado, frente a la tienda real y se rascó la mejilla con gesto sombrío. Dos soldados armados con picas y espadas largas guardaban la entrada.

          —Decidle a Su Majestad que he vuelto —les ordenó con voz ronca.
          Uno de los jóvenes se inclinó y desapareció alzando la lona de la puerta, la luz de las lámparas de aceite fluyó hacia el exterior. Se oyó un rumor de voces y el soldado volvió a salir.
          —Podéis pasar, lord Almenein, Su Majestad os recibirá ahora —dijo apartando la tela a un lado.
          Lauden se lo agradeció con una inclinación de cabeza y entró en la tienda, la lona cayó a su espalda con un suave rumor. La luz del interior le hizo entrecerrar los ojos. La tienda era amplia, con una larga mesa en un extremo, llena de planos, informes, mensajes llegados de todos los confines del reino, pergaminos en blanco y varios tinteros con plumas; distribuidas por la estancia había incómodas sillas de campaña. Al fondo y a la derecha de la entrada, separada por una cortina roja, estaba la alcoba real. Justo delante, sentada en una de las sillas, la reina Areshienne, con las manos en el regazo del vestido turquesa, aguardaba en silencio. Sus cabellos largos y abundantes, de un hermoso color dorado oscuro, como el trigo maduro, caían en una refulgente cascada por su espalda casi hasta el suelo, dos trigueñas trenzas, sujetas con prendedores de plata y adornadas con cintas verdes, le pendían por delante de los hombros hasta la cintura. Tenía los ojos de un pálido color gris y sin pupila, Areshienne era ciega. Un suave rubor teñía sus pálidas mejillas. Era joven y podría haber pasado por la hermana menor de su esposo, el rey Trión que, sentado tras la mesa, leía un pergamino de apretada letra rúnica.
          —Majestad, mi reina —se presentó con una reverencia.
          Trión alzó la vista de la carta y señaló una silla que había frente a él, sin importarle que el general aun tuviera puestas las ropas de combate manchadas de sangre seca.
          —Sentaos, Lauden, ahora estoy con vos —el rey de Bakán tenía una voz profunda y severa, y unos ojos azules de mirada fría y dura.
          Lord Almenein se desabrochó la capa y la colgó del respaldo de la pequeña silla antes de sentarse y acomodar la larga espada que colgaba de su cadera izquierda.
          —¿Deseáis que os pida algo de vino caliente, lord Lauden? —preguntó la joven reina, y sonrió.
          —Os lo agradezco, lady Areshienne, pero no es necesario.
          —Bien, Lauden —Trión dejó el pergamino y se acodó en la mesa, apoyando la barbilla en los dedos entrelazados—. ¿Cómo ha ido todo?
          —Encontramos pronto el asentamiento y lo destruimos sin demasiadas bajas, aunque algunos elfos consiguieron huir a los bosques...  Pero mataron a Lenh ar Hearay-rha.
          La reina dio un respingo en la silla y se cubrió la boca con una mano, horrorizada. Trión cerró los ojos y suspiró, dejando caer las manos sobre la mesa. Sacudió la cabeza repetidas veces y sus negros cabellos, surcados de mechones blancos, cayeron sobre su frente.
          —Esposa y tres hijos... —murmuró dándose tironcitos de la corta barba—. Hay que mandar un mensaje a Ossián, su hijo Trush tiene que saberlo. Ahora es él el cabeza de la familia. Pobre chico. ¿Os encargaréis de ello, Lauden?
          —Es mi deber, mi señor. Le mandaré una paloma a mi hijo esta misma noche.
          —Hablando de vuestro hijo...
          —¿Laugan?
          —Creo que debierais tratar de inculcarle un poco más de disciplina.
        —Es como su madre, majestad —respondió Lauden con la cabeza gacha—. Llevo veintitrés años intentándolo. ¿Qué ha hecho esta vez?
          —Selam —señaló con un ademán la carta que había estado leyendo— dice que nos envía saludos. “Un respetuoso saludo a su Augusta Majestad y a papá” —repitió cogiendo el pergamino y mirando por encima del mismo a su general—. Disciplina, Lauden.
          Areshienne contuvo una sonrisa triste y Lauden ar Almenein se frotó una ceja sorprendido y aliviado, pero la angustia por la muerte de Lenh aún no había desaparecido.
          —Como su madre... —susurró—. ¡Ah! Mi señor, hemos traído el cuerpo de Lenh con nosotros. ¿Debo hacer que lo manden a Ossián, o...?
          —No, no podemos permitírnoslo. Su familia lo entenderá. Encargaros de que preparen un túmulo en... —ojeó un mapa de la  zona que tenía a un lado, entre dos montones de informes— las colinas del Eorn, cerca del bosque. Le enterraremos al amanecer.
          —Trión —intervino la reina—, esta noche es Samhein, no es el momento más oportuno para un entierro; es una noche peligrosa.
          —Lo sé, querida, pero no podemos esperar. Les diré a los sacerdotes de Sodmeth que protejan la zona.
      —Pero... ¿no hay ninguna forma de mandarle a sus tierras, con su familia? Tengo un mal presentimiento... —enmudeció cerrando los ojos y llevándose la mano al corazón.
          Trión se levantó con un crujido de la silla y se acercó a su esposa para rodearle los hombros con un brazo y besarla en la mejilla.
          —Es muy tarde y estáis cansada, Areshienne, tendríais que haberos acostado hace rato y no estar aquí, esperándome. Id, me reuniré con vos enseguida. Por desgracia no hay nada que podamos hacer para enviarle a Ossián.
          Diciendo eso la ayudó a levantarse y la condujo tras los cortinajes, luego volvió a tomar asiento con un gruñido de cansancio.
          —Entonces... ¿al amanecer, majestad? —preguntó Lauden poniéndose en pie y recogiendo su capa.
          —Sí. Una cosa más, Almenein —añadió, reordenando unos papeles y anudando algunos rollos con cintas de colores.
          —¿Mi señor?
          —¿Habéis encontrado algo?
          —Nada, sólo espejos rotos en una de las habitaciones —se encogió de hombros—, y unos viejos mapas de Nardis que confirman lo que ya sabíamos: sólo existe una entrada. También provisiones que hemos traído con nosotros.
          —Está bien, podéis retiraros; e intentad dormir un poco, os hará bien.
          —Sí, majestad.

          Fuera de la tienda hacía frío y el viento había arreciado, las llamas de la hoguera que había frente a la puerta, y que no aportaba calor alguno, oscilaban con violencia, luchando por no apagarse; chispas doradas y anaranjadas se alzaban en una brillante danza hacia el cielo. Lauden se detuvo y respiró hondo, antes de despedirse de los centinelas y alejarse con la capa azotándole los tobillos; la espada tintineaba en la vaina al golpear contra su cadera.
          Sin reflexionar apenas, encaminó sus pasos, a través del campamento, en dirección a la enfermería, que también se usaba para preparar a los muertos para su entierro. Los hombres del ejército conversaban apiñados en torno a los fuegos en quedos susurros, más de uno le saludó al pasar y él les devolvió el gesto de manera desganada. Lenh muerto... Pese a haber tenido lugar dos días atrás, pese a comprender que aquello era una guerra y que la gente moría en ella, no le deba crédito todavía a lo ocurrido. Había sido todo tan rápido, tan repentino. Aquel elfo negro, una mujer, o eso creía, demasiado rápido, se había abalanzado sobre ellos desde un lado como un perro rabioso; la espada de hoja curva se había clavado en su estómago desprotegido, justo bajo la coraza de cuero, antes de que Lenh hubiera tenido tiempo de alzar la espada. Luego había desaparecido en el fragor de la batalla sin dejar rastro. Él no había tenido tiempo de reaccionar siquiera y... Lenh estaba muerto cuando se arrodilló junto a él, sus ojos verdosos sin vida. Muerto, esa era la cruel verdad, pero...
          Lauden se detuvo en seco en una zona sombría y cerró los ojos, su mano  izquierda se crispó sobre la empuñadura de la espada. Notaba el picor de las lágrimas en los ojos. ¿Tan viejo estaba? ¿Tantos reflejos había perdido?. Esas preguntas torturaban su mente desde hacía dos noches impidiéndole dormir. De haber contraatacado con rapidez, el asesino estaría ahora muerto, como Lenh. Pero nada hubiera podido salvar ya a su amigo.
          —¿Estáis bien, sire?
          Ar Almenein abrió los ojos y miró a su alrededor, uno de los mozo encargado de los caballos le observaba preocupado, con un montón de heno entre los brazos.
          —Sí, sólo pensaba.
          La tienda blanca y alargada de la enfermería no estaba lejos, se alzaba rodeada de antorchas altas a la vera de un riachuelo de cristalinas aguas. Las lonas albas se agitaban, sujetas en sus cuerdas, con el fuerte viento. Lauden franqueó la entrada con paso enérgico y cruzó el barracón, flanqueado de estrechos catres, en dirección a la pequeña habitación separada del resto por unas cortinas blancas. Los clérigos de Elysis, dios de la curación, se afanaban en torno a él atendiendo a los pocos heridos. El aire olía hierbas medicinales, a sangre, a muerte y a hierro oxidado, y, de vez en cuando, brillaba aquí y allá la luz de un conjuro curativo mientras una voz suave entonaba el cántico. Apartando la cortina a un lado, entró en una zona más oscura; aquí no se escuchaban las voces y lamentos de los heridos ni hombres y mujeres ataviados de plata y gris se movían entre las camas, sólo el resplandor de dos lámparas de aceite y la claridad que se filtraba a través de la fina tela iluminaba la estancia. Aquí reinaba el silencio, el silencio y la paz de la muerte. A la derecha, sentado en un taburete de madera, dormitaba un anciano enjuto y arrugado.
          —Maestro Thena —sacudió con suavidad al hombre hasta que éste abrió dos ojos legañosos.
          —¿S... sí?
      —¿Dónde han puesto a Lenh ar Hearay-rha? —preguntó, recorriendo con la vista la pequeña habitación con formas cubiertas por blancos sudarios, que descansaban en pequeños lechos.
        —¿Qu... qué? Sí, sí, lord Lauden. Es el del fondo a la izquierda, el que tiene la espada junto al camastro; pensé que tal vez le gustaría ser enterrado con sus armas y no dejé que se la llevaran.
      —Gracias —sonrió Almenein apretando afablemente el hombro del anciano, antes de dejarle dormitando de nuevo.
          El hombre de mediana edad cruzó la habitación en silencio y se detuvo junto al catre que le había señalado el anciano clérigo; su mano tembló al acercarse a la sábana y retirarla. El apuesto rostro de angulosas facciones de Lenh quedó al descubierto. Su piel, en otros tiempos ligeramente dorada, tenía ahora una tonalidad azulada, casi translúcida. El cabello castaño le caía sobre la frente en largos mechones tachonados de hebras plateadas, dejando al descubierto unas orejas algo puntiagudas, casi como las de un elfo. Sangre élfica. La familia de Lenh tenía antepasados elfos, casi lo había olvidado, pero procedían del Sorn, de más allá de las fronteras de Bakán. Elfos de la luz que habitaban en bosques luminosos y no elfos negros de lejanos valles volcánicos del Norn. Criaturas de piel blanca y dorada y cabellos oscuros o claros, de hermosos ojos verdes y azules, con pupilas como gatos... Elfos negros de piel oscura y blanco pelo, ojos crueles y fríos. Sombras y luz. Tan diferentes mas de la misma raza. La ascendencia de Lenh nunca se había interpuesto entre ellos.
          —Lenh, ¿por qué habéis tenido que morir? —musitó para sí—. Mi compañero en la batalla, mi mejor amigo, ¿por qué os han tenido que matar?
          Cogió la espada de doble empuñadura y la colocó entre los dedos agarrotados de Lenh, después lo cubrió de nuevo con la sábana y abandonó la habitación. Tenía que mandarle un mensaje a su hijo para que le comunicara a Trush ar Hearay-rha la muerte de su padre en combate. Trush, con los rasgos élficos más acentuados todavía que su padre y ojos verdosos como el mar en la tormenta, un joven que de forma trágica se acababa de convertir en el cabeza de una de las familias nobles más importantes de Bakán, la Hearay-rha, la del  estandarte del cisne.


          Limpió la punta de la pluma en un trapo manchado de tinta y la dejó junto a un montón de pergaminos arrugados con un ligero chasquido. Cerró el tintero y se rascó la barbuda mejilla, pensativo. Trión suspiró, tenía la espalda dolorida, los músculos agarrotados.
          —¡Soldado! —llamó, uno de los guardias entró en la tienda, inclinándose ante el rey—. Comunícale al Sumo Sacerdote de Sodmeth que lord Lenh ha fallecido y que prepare un lugar en las colinas para enterrarle al amanecer.
         El joven había palidecido intensamente y sus dedos asían fláccidos el astil de la lanza, miraba incrédulo al rey, este no sabía si era por la muerte del general o porque esa noche fuera Samhein.
          —S... sí, majestad —asintió con voz quebrada y trémula, luego salió de la tienda.
Trión se levantó y recorrió la estancia apagando una tras otra las luces con un soplido, después entró en el dormitorio, se quitó la capa con sumo cuidado para no hacer ruido y se metió entre las cálidas mantas sin desvestirse siquiera. Su esposa se había acurrucado junto a la lona de la tienda y parecía dormir, sus dorados cabellos brillaban tenuemente en la penumbra. Unas horas de sueño le sentarían bien, hacía dos noches que no dormía. Areshienne rebulló a su lado y se giró, sus ojos grises sin pupila se clavaron en su rostro.
          —¿Estáis bien, Trión? —preguntó con voz soñolienta.
          —No quería despertaros, perdonad —musitó, besándola con ternura y acariciándole la mejilla.
          —No, no dormía, hay algo que me inquieta.
          —¿Qué ocurre? —repentinamente intrigado se acodó en la cama—. ¿Os ha molestado algo?
          —Tranquilizaos, por favor, no se trata de eso. Anoche tuve un sueño extraño —añadió después de un corto silencio, acariciando la pared—. Aparecía en él una fortaleza de torres altas, sobre ella avanzaban las sombras, y todo lo que tocaban se descomponía. La podredumbre caía en un estanque de aguas claras que se tornaban negras a su contacto. Había una luna llena brillando en lo alto, y lo que en principio creía que era su reflejo en el estanque, resultaba ser una figura humana agazapada bajo las aguas; no tenía ojos, pero me miraba, ¡sabía que yo estaba allí! Luego todo se oscurecía y una estrella de cinco puntas brillaba en la negrura hasta que una figura con una túnica lo cubría todo; tenía una espada negra entre las manos, de ella surgía la muerte en forma de niebla azabache.
          El rey Trión no dijo nada en mucho rato, permaneció allí, quieto, recostado en el lecho, con la vista fija en el vacío. Por último parpadeó, y, tras aclararse la garganta, asió la mano de largos y delicados dedos de Areshienne.
          —¿Habéis tenido entonces otra visión?
          —Eso creo, Trión, pero... no estoy segura. Desde que abandoné la orden son confusas, cada vez más. No he perdido el don, ya lo sabéis, aun así la clarividencia de Hyrthe me abandonó al casarme con vos. ¡No! —exclamó, soltando la mano del cálido contacto de su esposo para colocarla sobre sus labios, silenciándolo—. Esa fue la mejor decisión que he tomado nunca, no os lo reprochéis. Lo que sí sé de esa visión —continuó mientras Trión la agarraba de nuevo y depositaba un suave beso en sus dedos—, es que ocurrirá esta noche, la del Samhein, con la luna llena en el cielo. Algo horrible va a ocurrir, algo tenebroso, algo mágico, maligno.
          Un helado escalofrío la hizo estremecer y el hombre la atrajo más hacia sí, rodeándola con los brazos, acunándola contra su pecho.
          —Es mejor que durmamos, amor mío. Es posible que tengáis razón, pero, sin saber de qué se trata, no podemos hacer nada, si ha de ocurrir algo, ocurrirá. Calmaos —le susurró al oído.
          —Tenéis razón —suspiró la mujer y entrecerró los párpados, con los ojos aun fijos en el rey, grises entre las largas pestañas—. Lo único que siento de todo esto es no haber podido daros un hijo...
          Trión frunció el entrecejo y se incorporó con cierta brusquedad.
          —Areshienne, Selam os quiere como a una madre. ¡Habéis sido vos la que ha estado junto a él todos estos años! ¿No os dais cuenta?
          —Pe...
          —Nada de peros. Podría decir que no ha conocido otra madre más que a vos. Os ama, y yo también, no os preocupéis por eso, os lo ruego.
          Una vacilante sonrisa asomó a los labios de la reina ante el apurado tono de su esposo, el mismo que había empleado hacía tantos años para pedirle que hablara con su hijo, cuya madre había muerto seis meses atrás.
          —Intentaré haceros caso, mi señor —respondió en voz baja Areshienne y se arropó con las mantas, luego cerró sus ojos ciegos y al poco rato su respiración se volvió regular.
          Trión la contempló en silencio, acariciando con suavidad los largos cabellos dorados que cubrían la almohada y caían sobre su mano, mientras acudía a su mente un viejo recuerdo de otra noche.

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