Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 25 de febrero de 2013

CAPÍTULO SEXTO (Parte 3/3) - Ledren


          La mayoría de los elfos negros estaban reunidos en la ribera del arroyo, habían traído también los caballos y las provisiones, así como las medicinas y equipajes dejados antes en el bosque. Ahora, los campos arbolados de este lado del río, entre la empalizada de la aldea y el inicio del bosque, estaban ocupados por los cerca de cien hombres y mujeres a las órdenes de Seindra. La mayoría de los heridos ya habían sido atendidos y conversaban con otros elfos bajo un grupo de delgados arbolillos. Cuatro de los sanadores estaban encargándose de extraer la flecha que una muchacha tenía alojada cerca del corazón.
          «El herido grave —se dijo Seindra.»
          —Permitid que os ayude a sentaros, mi señora —murmuró el mago.
          La joven miró a su alrededor y vio la piedra que Lhure le señalaba con un elegante ademán y una reverencia. Con el rostro algo pálido, asintió y dejó caer la lanza al suelo; el helfshard la agarró por el brazo delicadamente y la sostuvo con firmeza mientras se sentaba. Al hacerlo la herida del costado se le abrió, empezando a sangrar de nuevo. Seindra jadeó y se cubrió las costillas con una mano. Lhure se retiró con precipitación, se acercó a un clérigo de mediana edad y habló con él en voz baja y enérgica; el hombre abrió  mucho los ojos y llamó con un gesto a dos jóvenes que preparaban vendas y ungüento sobre una improvisada mesa de tablas rotas en el suelo. Pronto, los tres elfos rodeaban a la joven y lavaban y curaban sus heridas, la túnica violeta y la capa corta quedaron a su lado, al pie de la roca.
          —¿Dónde está Naresh? —inquirió, mientras uno de los sanadores limpiaba el corte con un paño húmedo—. ¡Cuidado!
          —Lo... lo siento, mi señora —se disculpó el muchacho, bajando la vista.
          —Está allí, con los caballos —respondió el elfo de mediana edad, con voz ausente, sacando unas hierbas de un saquillo de su cinturón y mezclándolas en un cuenco con ungüento.
          Una guerrera, con las ropas manchadas de sangre, limpiaba y afilaba su espada a poca distancia. Llevaba el cabello blanco corto y revuelto.
          —¡Arah, ven aquí! —llamó Seindra. La joven se levantó, se acercó y se inclinó en una rígida reverencia—. Trae a Naresh, tengo que hablar con él.
          La muchacha asintió con voz grave, seria, y se alejó deslizándose en con ligereza entre la gente, pronto Seindra la perdió de vista. Pertenecía a su mismo clan, el Shays-shu, de eso estaba segura, pero aquel temperamento, cortante como una navaja, peligrosa, fría, agresiva, ambiciosa... ¿De qué parte de su familia lo habría heredado? ¡Ah, claro! ¡La hija de Naritha! Ahora lo recordaba; y Naritha se había casado con aquel joven del clan Shays-ahn, de ahí había heredado esa ambición sin límites, ese afán por llegar a lo más alto. La elfa asintió para sí, pero frunció el ceño cuando el sanador aplicó sobre su brazo la fría pasta de hierbas y comenzó a vendarlo. Por el rabillo del ojo vio que Naresh se acercaba en compañía de Arah. La joven señaló hacia donde ellos estaban y se retiró, el elfo se inclinó ante ella y luego se acercó a Seindra; no estaba herido, pero su apuesto rostro de nariz aguileña lucía una vieja cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda, desde el rabillo del ojo a la barbilla.
          —Lady Arah ha dicho que deseabais hablar conmigo, mi señora —dijo llevándose la mano derecha al corazón y haciendo una reverencia, sin percatarse del peligroso brillo en los rasgados ojos de su señora, ni del rictus de sus labios, apretados en una fina línea recta—. ¿Ocurre algo?
          —Me han dicho que hoy ha habido muertos ¿cuántos, Naresh? —La voz de Seindra sonaba suave y seductora, demasiado. Un escalofrío recorrió la columna vertebral del oficial elfo. Tragó saliva.
          —Dos, mi señora —respondió, mirando fijamente al suelo.
          —Y en la luna que llevamos de viaje ¿cuántas bajas hemos tenido?
          La oscura tez de Naresh palideció, al notar cómo de pronto un sudor frío descendía por su espalda. Ahora sí que se percató de la expresión de los dorados ojos de su señora, la había visto en otras ocasiones, cuando alguno de los guerreros a sus órdenes había cometido un error y se enfrentaba a la cólera de la joven; pero él nunca había sido el blanco de aquellos dardos de oro líquido, de aquella belleza mortal, hasta el momento. Sólo había visto una vez a Zaryll, pero recordaba que tenía aquella misma mirada. Naresh respiró hondo y se armó de valor para responder.
          —Tres, mi señora. El primero en el asentamiento del norte que atacamos los primeros días y los otros dos aquí —su voz temblaba ligeramente.
          Seindra asintió y cambió de postura sobre la roca.
           —¡Se... señora! —exclamó reprobatorio el sanador, que en esos momentos extendía la pomada verdosa sobre las costillas de la joven, poco a poco se teñía de rojo pese a los puntos—. No os mováis, por favor, vamos a vendaros ahora.
          —¿Por qué crees, Naresh que una treintena de campesinos ha matado a dos de los nuestros y, sin embargo, en un pueblo más grande, que además tenía milicia propia, sólo perdimos a uno? —preguntó, ignorando al joven clérigo, pero alzando los brazos para facilitar su trabajo. El frescor de aquel ungüento empezaba a aliviar el dolor de la herida—. Eso suponiendo que ella no muera —con un imperioso ademán señaló a la muchacha herida de flecha, aun tendida en el suelo entre las mantas.
          —Lady Seindra, haced el favor de no moveros tanto —le reprendió el joven que la atendía, el sanador de mediana edad se ocupaba ahora de curar a  Lhure.
          —Disculpa —susurró al sanador—. Entonces tendríamos aquí tres muertos —continuó—. Dime, Naresh ¿qué crees que ha podido pasar?
          —Mi... yo... —vaciló el elfo intentando encontrar una respuesta—. Tenían la ayuda de un mago, mi señora.
          —Lhure mató al mago antes de que este nos atacara —terció Seindra sarcástica—. No, Naresh, esto ha ocurrido porque nos estaban esperando, no los atrapamos por sorpresa. Estaban armados, aguardando nuestro ataque —siseó con fiereza; la furia, el dolor de la herida y la inútil pérdida de vidas que habían sufrido, se mezclaban en su sangre haciéndola hervir—. Tú y tus hombres fuisteis enviados como avanzadilla con la única misión de explorar los alrededores y comprobar si alguien había huido. Parece que fuisteis demasiado imprudentes y os descubrieron.
          —Lady Seindra, no es posible, no vimos a nadie.
          —¡¡Silencio!! —estalló, mientras uno de los sanadores le ayudaba a ponerse la túnica—. Que vosotros no los vierais no significa que ellos no os vieran a vosotros. Son campesinos, leñadores, cazadores ¡podría haber sido cualquiera que estuviera en los bosques!
          —Pero tomamos todas las pre... —se excusó precipitadamente.
          —No vuelvas a interrumpirme, Naresh Shays-shu —musitó de forma apenas audible, con voz fría y cortante como el hielo; el elfo se estremeció y estuvo tentado de retroceder y arrodillarse, suplicar clemencia—. Alguien a tus órdenes cometió un error y os descubrieron, lo único que tuvo que hacer fue alertar a los suyos y aguardar nuestro ataque. ¡Tú imprudencia e incompetencia pudo habernos costado la batalla! Podríamos haber perdido a más de nuestra gente si ese mago entrometido llega a atacarnos en lugar de enfrentarse a Lhure en un combate. Como comprenderás, al no saber cuál de los tuyos nos delató, involuntariamente por supuesto, es justo que seas castigado, como responsable que eres de los actos de tus tropas.
          Los elfos habían abierto un semicírculo en torno a su señora y a Naresh, apartándose lo más posible sin llegar a parecer irrespetuosos o asustados. El elfo, que seguramente era mayor que Seindra, hincó una rodilla entre la hierba y agachó la cabeza, clavando sus ojos azulados en el suelo.
          —Mi señora, mi vida es vuestra, recibiré con honor el castigo que consideréis oportuno imponerme —dijo por último, desenvainando su espada y depositándola a los pies de la elfa; no le quedaba otra opción que aceptar su destino, aunque fuera la muerte.
          La joven escrutó detenidamente a su oficial, postrado todavía ante ella, y bufó. Era un buen rastreador y un buen guerrero. Moderación. Debes tener más moderación, hija mía. Le decía siempre su madre. La moderación te hará una mejor líder para tu gente, te hará ser respetada. Castiga sólo con la muerte cuando sea indispensable.
          —Comprendo —musitó Seindra para sí y suspiró—. Naresh, quedas relevado momentáneamente de tu cargo, hasta que el ejército llegue al Océano de Moses tus hombres quedarán al mando de tu inmediato subordinado, creo que es Erhyn ¿verdad? Ahora vete.
          —Os lo agradezco, mi señora. Lamento mis errores —respondió el elfo levantándose e inclinándose desde la cintura—, no volveré a fallaros, la próxima vez tomaré más precauciones.
          Naresh se alejó con paso lento, entre aliviado y asustado. Lady Seindra se había enfurecido al saber que los humanos los esperaban armados, listos para el combate, porque, dadas las circunstancias, ese era un peligro potencial para sus planes. Podría haber muerto allí mismo a manos de su señora, durante unos momentos había estado seguro de que no vería un nuevo amanecer. Fuera lo que fuera que hubiera detenido su mano, no podía sino estarle agradecido. Ahora sólo le quedaba rogar a Noidha porque todos los de la aldea estuviesen muertos. Un sólo fugado y no habría más clemencia.


          Seindra se puso en pie algo tambaleante y protegió con la capa sus esbeltos hombros del frescor del anochecer. El cielo parecía arder sobre los picos del Orn, rojo y anaranjado, índigo, púrpura y negro; diminutas estrellas empezaban a titilar débilmente en el manto azul profundo del firmamento, que desde el oeste se estaba cubriendo de nubes. Hacia el Sorn veía ascender la constelación del dragón verde y la estrella llamada de Noah, pequeña y brillante a su izquierda. Era todo tan hermoso. Los elfos eran ya sólo vagas siluetas que se movían a la orilla del arroyo, afanadas en establecer el campamento en el que pasarían la noche. Uno tras otro se encendieron los fuegos entre la hierba y los arbolillos, y su dorado resplandor llenó el aire, el humo se elevó en finas volutas sobre el valle. Los elfos se reunieron en pequeños grupos en torno a las hogueras y el sonido de sus conversaciones llenó el silencio.
          —Lhure, acércate. Escucha, Zaryll ha ordenado que vuelva a Nardis esta noche, tengo que partir ahora, y quiero que tú te quedes al mando. Seguiréis hacia el Sorn, hacia los pueblos costeros del Océano de Moses, y al llegar a Ladass regresareis a Nardis. Toma —le dijo, sacando del bolsillo de la capa el espejo que había usado para hablar con Sadreg y entregándoselo al mago elfo—, si surgiera algún problema te llamaríamos. ¿Sabes usarlo?
          —Sí, mi señora —respondió escondiendo el artilugio mágico entre los pliegues, aun húmedos, de sus ropas.
          —Por cierto, Lhure, encárgate de que los muertos sean enterrados con todos los honores. De ahora en adelante todo queda bajo tu responsabilidad.
          —Lo sé, lady Seindra, procuraré no defraudaros —y con esas palabras y los ojos aguamarina reluciendo de afecto a la luz de las hogueras, su piel de ébano brillando en una mágica tonalidad dorada, se inclinó ante la elfa negra—. Haré honor a la confianza depositada en mí.
          —¡Mi señora! ¡Mi señora! ¡Lady Seindra! —el sanador del clan Shays-ru que había estado atendiendo a la joven herida de flecha, se acercaba a ellos con paso rápido, limpiándose las ensangrentadas manos en un paño ya bastante sucio—. Hemos conseguido extraerle la flecha a lady Shunna, sanará, pero llevará tiempo, ha estado a punto de morir. Ahora descansa.
          —¿Podrá continuar el viaje mañana, aunque sea llevada en parihuelas? —quiso saber la elfa, mirando atentamente al clérigo de aspecto desgarbado y nervioso; el elfo asintió en silencio—. Está bien, Nath, puedes retirarte.
          —Mi señora —intervino Lhure con cortesía, mientras el otro elfo se alejaba presuroso, esquivando a los guerreros que caminaban entre las sombras—, se acerca Shyrra.
          Lady Shyrra era la guerrera más veterana de las filas de Seindra, una mujer madura, endurecida por los años de entrenamiento en el lejano reino de los elfos. Tenía una constitución atlética y musculosa que ocultaba bajo una amplias ropas de lana de un color negro ceniza, llevaba el cabello blanco muy corto en la nuca y peinado en dos gruesas y largas trenzas por delante de las puntiagudas orejas, sus ojos eran de un frío color verde blancuzco, casi transparentes. Su mera presencia hacía estremecer incluso a Seindra. Había sido su maestra.
          —¿Qué noticias traes, Shyrra?
          —Lord Lhure, Seindra, mi señora, hemos examinado todos los cadáveres y ninguno de ellos posee la marca del dragón.
          —¿Estás segura? —preguntó el helfshard con voz suave, la mujer se volvió hacia él y asintió solemne.
          —También hemos rastreado los alrededores y nadie ha abandonado la aldea; todos, excepto el que escapó hace cinco días, estaban tras la empalizada cuando atacamos. Han muerto.
          Su voz algo ronca resultaba difícil de entender entre el alboroto del campamento —de algunos lugares llegaba hasta ellos el olor de la carne que se asaba en los espetones y los elfos conversaban alegremente, reunidos en torno a las hogueras, el sonido de las armas al ser afiladas resonaba en el aire—, pese a todo, la fina y aviesa sonrisa que lucían las afiladas y enjutas facciones de la guerrera, hubiera bastado para comprender sus palabras. Seindra observó pensativa las ropas manchadas de sangre de la elfa antes de hablar.
          —Buen trabajo, Shyrra —murmuró ensimismada—. Lhure, mi lanza. Tengo que volver a Nardis y le he dejado a él al mando —explicó la elfa, recogiendo su  arma de manos del helfshard—, encárgate de que todos lo sepan.
          —Sí, lady Seindra —respondió la mujer, hizo una rígida reverencia y se  alejó con la luz del fuego reluciendo en sus blancos cabellos.
   

          El sol hacía ya rato que había desaparecido tras las montañas arrebatando sus bermejos tonos al cielo, que ahora lucía un hermoso color índigo salpicado de infinidad de pequeñas estrellas. La luna llena comenzaba a ascender en el este perfilando los bosques y los tejados de las casas con un suave halo gris plateado, cuando Seindra montó a Shyras a la orilla del río, que cantaba en su lecho de piedras descendiendo hacia los bosques de Vélsagar. El alado corcel corcoveó mostrando sus grandes colmillos. Lhure asió el ronzal y lo retuvo mientras su señora se acomodaba en la silla acolchada y enganchaba las trabillas del arnés, que la mantendrían sujeta sobre el lomo del caballo negro una vez remontado el vuelo; la larga lanza, ya limpia de sangre, quedó atada a la silla tras la elfa.
          —Lady Seindra, tened cuidado durante el viaje —dijo finalmente el joven mago y retrocedió soltando a Shyras, sus ojos aguamarina sumidos en las sombras y su albo cabello orlado por el resplandor de la luna—. Cuando lleguéis a Nardis, debierais ir a la enfermería a miraros la herida, mi señora.
          —Lo haré, Lhure, agradezco tu preocupación. Inshda, Shyras! Inshda! —gritó, agarrando con fuerza las riendas.
          Con un escalofriante grito, el caballo extendió las coriáceas alas azabaches y de un salto, haciendo que la hierba se desprendiera bajo sus cascos, remontó el vuelo aleteando con decisión, galopando en el aire frío de la noche. Una sombra que nublaba las estrellas, más oscura que la misma noche, con un destello argénteo y violeta sobre su grupa. Al poco rato no era más que un puntito negro contra las nubes que avanzaban desde el Orn cubriendo el cielo, una figura que el helfshard contemplaba alejarse en silencio.


          Tenía la mano ensangrentada, pero no sentía los diminutos cortes. Durante la corta batalla había creído oír los gritos de dolor de los habitantes de la aldea, de su hogar, según los elfos negros los masacraban. Ledren sabía que eran demasiado pocos y que no tenían armas para enfrentarse al enemigo; pese a todo, se dijo, habían luchado. Y él ¿qué había hecho? Escapar, huir como un... ¡No! Se recriminó sacudiendo vigorosamente la cabeza. Él ni siquiera sabía que las tropas de Zaryll estaban tan cerca y, de retroceder, tampoco hubiera llegado a tiempo de luchar. Ahora estaban todos muertos, y bajo el manto de la noche las riberas del río comenzaban a poblarse de rosas doradas; fuegos fatuos en honor a los muertos en la batalla, fuegos élficos que parecían, desde abajo, reírse de la desgracia del joven que los contemplaba con los ojos velados por las lágrimas. Ledren apoyó la frente en la roca y sus hombros se estremecieron con un desgarrado sollozo, que brotó de lo más profundo de su pecho levantando quedos ecos en el desfiladero que había a su espalda. Algo se rompió en su interior mientras lloraba, dejándolo vació, haciéndolo sentirse muerto. Lloró hasta que ya no hubo más lágrimas para verter. El mago del Norn, Zaryll, pagaría por aquello, iría hasta Nardis de ser preciso, pero lo mataría con sus propias manos. El traidor moriría.
          Cuando el grito resonó en el valle, alzó el rostro de la piedra y miró hacia el oeste, justo a tiempo de ver cómo un ser alado remontaba el vuelo bañado por la luz de la luna y el resplandor frío de las estrellas.
          Ledren se estremeció y se puso en pie, las rodillas le temblaron. Llevaba varias horas arrodillado en el suelo y el frío de la noche que avanzaba le había entrado en el cuerpo. Recogió las riendas de Shart del suelo —de forma inexplicable el caballo no se había alejado de él en todo ese tiempo— y de las alforjas sacó una gruesa capa de lana oscura que se abrochó al cuello. Montó sobre el corcel y, sin mirar atrás, lo condujo desfiladero arriba, quería alejarse de allí, de la devastación de su pueblo, quería venganza; y para ello había de encontrar primero a Derlan y acompañarle a Ossián, luego al Norn. Sólo así aplacaría su dolor. Con dedos temblorosos acarició la empuñadura de cuero del hacha que colgaba de su cintura; tenía un arma y sabía manejarla aunque sólo fuera para cortar leña y, por lo que había dicho Flyll, era mágica. ¿Marcado por el destino? Sí, tal vez, tal vez su destino fuera matar a Zaryll. Y Flyll sin duda lo sabía, ahora lo comprendía. «Vete —le había dicho—. Pase lo que pase, veas lo que veas y oigas lo que oigas, no regreses.» El viejo mago tenía que saber que los elfos atacarían, por eso le había sacado de la aldea, para que no muriera. Pero si de verdad lo sabía, había sacrificado a toda una aldea porque él viviera. Había sacrificado a sus padres, a sus hermanos, a la familia de Derlan. ¿En qué lugar dejaba aquello al viejo mago? ¿En qué lugar le dejaba a él? Fuera como fuese, esa noche no descansaría, se alejaría todo lo posible de los elfos mientras ellos durmieran, cumpliendo así la última voluntad de su maestro.
          Cuando poco después el rayo surcó zigzagueando el cielo, seguido del  bronco retumbar del trueno, la luna quedó cubierta por negras nubes y la lluvia lloró en la noche con lágrimas de plata y sangre. Ledren recordó entones que era la noche de Samhein. Funesto día para una funesta noche. Con la cabeza gacha, continuó su camino.


          En medio de la oscuridad más absoluta, Noah, dragón verde, alzó sus dos cabezas hacia el techo de la gruta; las ventanas de sus narices se dilataron al olfatear el aire, sus ojos anaranjados brillaron. Casi tres milenios de sueño y despertaba de nuevo en un sangriento atardecer para devolver la esperanza al mundo. Pero aún no, los otros dormían todavía. Resoplando suavemente, se acurrucó en el suelo de la caverna y cerró los ojos.

2 comentarios:

  1. Me ha gustado el capítulo, tanto las escenas de acción, como las reacciones de Ledren al darse cuenta de lo que ha pasado y los pensamientos de Sendra al ver la masacre. Se nota que los elfos no son malos "porque si".

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    1. Muchas, muchas gracias. Ledren tiene aun mucho que aportar, como ya se verá. En cuanto a las razones de los elfos negros para la guerra... se revelarán, eso lo puedo prometer :D

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