Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 21 de febrero de 2013

CAPÍTULO SEXTO (Parte 2/3) - Ledren


          La senda de los cazadores era en realidad un conjunto de caminos que se adentraban en las escarpadas montañas al Sorn de Eshainne, una maraña de senderos entre los altos pinos de troncos rojizos. Algunos de esos caminos,  estrechos y empinados, atravesaban la cordillera montañosa por profundos desfiladeros y gargantas oscuras, y se dirigían hacia el sur, hacia los puertos del Océano de Moses y Ladass. Era una de estas sendas la que seguía Ledren.
          Desde hacía varias horas, el mal estado del camino, pedregoso, estrecho y empinado, le había obligado a desmontar y ahora llevaba a Shart de las riendas. A ambos lados del sendero, los árboles se elevaban altos y nudosos,  ocultando el valle a la derecha y cubriendo la escarpada ladera montañosa a la izquierda. Todo estaba en silencio, menos el suave rumor del viento que soplaba desde el norte entre los árboles. Era un viento frío y lacerante que enfriaba el sudor de su rostro. Ledren se detuvo tras una última pendiente y se volvió hacia el norte. Se encontraba en un espolón rocoso que terminaba en un barranco sobre el bosque. El joven aspiró aquel aire frío impregnado del olor a pino y resina, a humedad y a niebla, a tierra... Desde allí podía ver el valle y las altas cumbres oscuras del otro lado, las estribaciones boscosas que se prolongaban en redondeadas colinas hacia el Eorn y la muralla sombría que era el extremo Orn del valle. Si se acercaba más al borde del precipicio, podría ver la aldea, agazapada en el manto esmeralda y rodeada por la cinta plateada del arroyo.
          Ledren se secó el sudor del rostro con la manga de la túnica y se acercó a mirar Eshainne por última vez, a su espalda se abría entre altas paredes un angosto desfiladero que subía hacia el sur para luego descender de las montañas. El joven sonrió al ver los tejados de paja dorada y la empalizada de  madera. Había pasado allí toda su vida, en las calles de tierra apisonada, en el bosque y el río. Excepto uno o dos viajes a las cercanas aldeas, aquella era la primera vez que abandonaba el poblado, además, hasta el momento, siempre había ido alguien con él, y nunca habían sido viajes largos.
          Una figura salió del bosque y se adentró en el camino. Ledren entrecerró los ojos y se los cubrió con una mano, protegiéndolos del resplandor del sol de media tarde. ¿Un viajero? ¿Alguien de la aldea? La luz brilló sobre una cabellera blanca, haciéndola relucir ligeramente dorada. El desconocido esgrimió algo haciendo un gesto a su espalda y otra figura diminuta abandonó la protección de los árboles. El joven vio sus albos cabellos y que iba vestida de negro. Un soplo de aire frío heló sus entrañas y un gemido de incredulidad brotó de sus labios, las riendas de Shart resbalaron de sus fláccidos dedos y cayeron al suelo con un suave rumor.
          —No...
          Blancos cabellos reluciendo a la luz de la tarde. Era así cómo las viejas historias los describían, elfos negros, allí, a las puertas de Eshainne, dispuestos, seguro, a atacar la aldea y arrasarla. No era posible, tan al Eorn y al Sorn, tan lejos de Nardis. Las piernas le temblaron y cayó al suelo, lastimándose las rodillas contra la roca. Sentía el picor de las lágrimas en los ojos y ganas de gritar, pero no logró que le saliera la voz. Apretó con fuerza las mandíbulas y se agarró al saliente rocoso, contemplando conmocionado el valle. No podía moverse, el pánico le atenazaba, pero quería correr, quería gritar. ¿Volver a la aldea? ¿Ayudar a los suyos? ¡Estaban demasiado lejos! ¡Maldita sea! ¡Medio día de viaje! Sólo pudo quedarse ahí, inmóvil, horrorizado.
          Hubo un resplandor en el aire y la aldea quedó cubierta por una cúpula iridiscente. Flyll... seguro que tenía que ver con él. El segundo elfo negro lanzó rayos contra la barrera, seguidos de una bola de luz anaranjada, pero Ledren vio que aquella cúpula de aire soportaba el ataque. Hasta las montañas no la llegaba sonido alguno, pero las luces eran intensas. Cuando el elfo cayó al suelo, el joven estuvo a punto de gritar, pero el júbilo se congeló en su garganta cuando una columna de vapor se elevó hacia el cielo y el mago, como Ledren no había dudado en identificarlo, se levantó de nuevo. Entonces, una luz blanca veteada de negro rodeó al elfo. Al poco rato, de las calles de la aldea surgió una pared de llamas. El crujido que resonó en el valle llegó hasta él, así como el estallido del muro de fuego, el segundo chasquido le hizo golpear repetidamente el espolón de roca con el puño cerrado. Estaba pasando algo malo, seguro, ese ruido no podía ser normal. La cúpula que protegía la aldea se desvaneció ante su horrorizada mirada. ¡No entendía nada! ¿Qué estaba ocurriendo? Acaso Flyll... ¿muerto...?
          —No, no, no, no…
          El mago elfo se adentró en la aldea desapareciendo de su vista. Al poco rato una bola de fuego se estrelló contra la ladera de la montaña, los árboles comenzaron a arder y el humo subió en negras espirales hacia lo alto. Luego sólo el silencio.
          Ledren, arrodillado, impotente, reprimió un ahogado sollozo y trató de contener las lágrimas, no lloraría. Tenía ganas de retroceder, de esconderse, de apartar la vista de aquella devastación, de volver a casa. Y así, con el rostro demudado por el horror, se obligó a sí mismo a seguir mirando cómo los elfos avanzaban hacia la aldea, surgiendo del bosque como una marea blanca y negra, y el fuego se extendía por el pinar. 


          En medio del ominoso silencio, Lhure se acercó al bulto informe y gris que yacía en medio de la calle y le dio una patada, al no obtener respuesta se acuclilló y examinó el rostro del mago contraído en una mueca de dolor; el humano estaba muerto. Se puso en pie y avanzó hacia los restos calcinados de la puerta; Seindra esperaba no muy lejos, con su esbelta figura perfilada a la oscilante luz de las llamas. Apenas era capaz de mantenerse en pie, pero continuó avanzando, sin importarle siquiera si algún humano de la aldea le asaeteaba por la espalda. Estaba demasiado cansado para preocuparse.
          —Mi señora —dijo por encima del crepitar del fuego, intentando hacer una reverencia, sólo consiguió inclinarse hacia un lado y casi caer.
          La elfa negra movió su lanza en círculos sobre su cabeza y las tropas ocultas bajo los árboles se precipitaron hacia la aldea.
          —Lhure, apaga ese fuego —ordenó Seindra con desinterés, mientras caminaba para unirse a la batalla—, no quiero que el fuego nos bloquee la única salida del valle. ¡Ah! —exclamó girándose antes de entrar a la aldea, la luz de las llamas y los rayos del sol del atardecer hacían brillar sus ojos dorados como ascuas—. Buen trabajo.
          El mago se limitó a asentir con un suspiro. Volviéndose de cara a la montaña en llamas, lanzó al aire un fragmento de cristal oscuro y entonó el hechizo. No tenía magia suficiente para hacer nada, así que no le quedó más remedio que recurrir a la acumulada en aquel cristal, su pequeña reserva para emergencias. Mientras una densa llovizna se derramaba sobre el bosque y sus aledaños, apagando el fuego y mojando sus cabellos y rostro, Lhure se dejó caer pesadamente al suelo y se cubrió la cara con las manos. El corazón le latía demasiado rápido en el pecho, como si fuera a estallar, notaba un persistente escozor en la mejilla derecha. Tenía el frío incrustado en los huesos y le costaba un poco respirar, pero la lluvia parecía aliviarle, calmaba el dolor de sus músculos tensos y acalambrados y le relajaba, aunque no sirviera para paliar el frío. Pero nada serviría, sólo días y días de descanso. Al poco rato la lluvia apagó por completo las llamas, anegando el suelo; regueros de cenizas y lodo descendían por la pendiente salpicada de negros pilares relucientes. El helfshard alzó la mano derecha y, con un movimiento y una palabra susurrada, desterró las bajas nubes oscuras; la lluvia dejó de caer.
          Estaba empapado, las ropas negras se le pegaban al cuerpo como una segunda piel, el largo flequillo mojado le cubría los ojos, tenía los pantalones y las mangas de la túnica manchados de barro. Apoyando una mano en el suelo, se levantó, al hacerlo le sobrevino un mareo y un repentino ataque de debilidad, se tambaleó, dio un par de pasos vacilantes —lo veía todo borroso— y volvió a sentarse en el suelo; los árboles, la empalizada y las casas se balanceaban en medio de una neblina a su alrededor. Lhure se cubrió la boca con una mano, tenía nauseas. Respirando hondo, cerró los ojos y concentró las pocas energías que le quedaban en relajarse.
          «Ese humano era más poderoso de lo que había pensado —se dijo, apartándose con una mano manchada de lodo el pelo del rostro—. Casi me mata. No tendría que haber usado ese conjuro para obligarle a retirar la barrera, me ha agotado; uno más sencillo también hubiera servido. Seguro.»
          Cerró los ojos y se tumbó en el suelo. Demasiado cansado para pensar, demasiado cansado para culparse.


          Seindra se abrió camino, entre grupos de combatientes, hacia el fondo de la aldea; los gritos de los humanos moribundos la rodeaban: eran demasiado pocos y débiles ante el acoso de las más numerosas tropas elfas. Cruzó la plaza a grandes trancos, enarbolando la lanza en la mano derecha, y se detuvo en seco al percibir movimiento por el rabillo del ojo. Aquello le salvó la vida, cuando una flecha silbó en el aire frente a ella, a punto de atravesarle el pecho. Miró rápidamente a un lado y pudo ver al hombre entrecano y de ojos grises que aprestaba otra saeta. Seindra maldijo entre dientes y cruzó de una carrera el trecho que le separaba del humano; el acero centelleó rojizo a la luz del atardecer y luego la sangre resbaló por la vara de madera hasta las manos de la elfa negra. El cadáver de Aoreth colgaba a un palmo del suelo, con el cuello atravesado por el arma de la joven; Seindra ni siquiera la había dado tiempo a disparar de nuevo el arco
          Suerte, había tenido suerte. Bajó la lanza, depositando el cuerpo en el suelo y, de un violento tirón, extrajo la punta dentada. Una ahogada exclamación, proveniente de la calle que había a su derecha, llamó su atención. Se volvió con rapidez y sus ojos dorados se clavaron en una figura agazapada entre las sombras de dos de las casas. Era una mujer de castaños cabellos y rostro atractivo de suaves facciones, que la miraba fijamente con horror e incredulidad, retrocediendo asustada. Se lanzó hacia ella con un grito y casi no vio a un hombre joven, de unos treinta años y cabello trigueño, que la atacó entonces por la derecha empuñando una horca, las púas de metal pasaron a su lado rasgando la tela de su túnica sin mangas y rozando su piel oscura. Seindra se volvió colérica, el cabello blanco aleteando en torno a su rostro, apartó la horca del humano a un lado y agarró su lanza con ambas manos, como si de una vara se tratara. Moviéndola con rapidez, golpeó al joven en la barbilla con el extremo inferior y lo lanzó a más de un naar de distancia. El hombre cayó pesadamente al suelo y la rudimentaria arma se le escapó de las manos, quedando fuera de su alcance. Cuando alzó la vista, la elfa estaba sobre él, no le veía los ojos, ocultos bajo el largo flequillo blanco, pero se fijó en el rictus de repugnancia y odio de sus labios y en que llevaba un pequeño pendiente de cristal verde brillante en la puntiaguda oreja derecha. Lo último que vio fue descender sobre su rostro la afilada punta dentada de la lanza; luego un velo rojo lo cubrió todo, seguido de una impenetrable oscuridad.
          Seindra extrajo el arma y le dio una sacudida en el aire para limpiarla de los fragmentos de hueso y sangre, así como de los trozos de carne y cerebro que se habían quedado enganchados en los grandes dientes de la lanza. Seguidamente se volvió calle arriba, justo cuando la mujer desaparecía en el interior de una de las casas; furiosa, y con la herida del costado sangrando y manchando sus ropas, corrió tras ella. Al llegar frente a la puerta se detuvo a observar. La habitación estaba oscura, la única luz proveniente de la puerta abierta de la cocina, al fondo a la izquierda, sólo alcanzaba a perfilar los muebles más grandes; todo estaba en silencio, la mujer parecía haberse desvanecido. Con cuidado, mirando a izquierda y derecha, entró en la casa sin hacer ruido, con la lanza preparada para atacar o defenderse. En el último momento dio un paso atrás y el cuchillo de cocina pasó frente a su pecho seguido de la humana, que había perdido el equilibrio al no encontrar resistencia. Seindra asió el astil con ambas manos y golpeó a la mujer en las costillas, debajo del hombro, arrojándola al suelo; el cuchillo de hoja larga resbaló, girando sobre sí mismo, hasta la puerta de la cocina. Pese a todo, la mujer apretó las mandíbulas y sacudió la cabeza apartando el largo cabello del rostro, miró con odio a la elfa mientras su mano izquierda, oculta bajo la amplia falda marrón, se deslizaba hacia su cintura. La elfa negra vio el destello plateado en el aire justo antes de que un segundo cuchillo pasara silbando junto a su brazo izquierdo y se clavara a su espalda, en el vano de la puerta, con un golpe sordo. La cálida sangre manó del corte bajo el hombro y resbaló hasta el codo, sobre la piel oscura. Con un furioso gruñido golpeó el rostro de aquella mujer con la lanza, pero ella, pese al hilillo de roja sangre que resbalaba por su barbilla, aferró con todas sus fuerzas la vara de madera y tiró de ella tratando de arrebatársela. Una fuerte patada en los riñones le hizo soltarla con un grito ahogado, haciendo que se acurrucara en posición fetal y que su mano quedara aprisionada entre el suelo y la bota de Seindra, la punta de la lanza se posó en la base de su cuello, casi con delicadeza. Afianzó mejor la lanza, dispuesta a atravesarle el cráneo de parte a parte… Entonces se detuvo en seco. La mujer había sido valiente, mucho más que algunos hombres con los que había luchado. Merecía algo mejor que aquello.
          La elfa guardó silencio unos segundos, fuera habían cesado los ruidos de lucha, todo estaba en calma. Sus dorados ojos se posaron en el cuchillo tirado en el suelo, luego en la mujer.
          —¡Levántate!
          La mujer no se movió, miraba a la elfa con los ojos desorbitados por el pánico, su garganta estaba agarrotada y no hubiera podido gritar aun si hubiera  sabido que alguien acudiría en su ayuda.
          —¡Levántate, he dicho! —aulló la joven, pinchando el costado de la humana con la lanza. Esta se levantó temblorosa, pese a ser alta sólo le llegaba a Seindra a la altura del hombro.
          La joven elfa del clan Shays-shu, sin dejar en ningún momento de apuntar a su prisionera con la lanza. Clavó sus ojos dorados en los castaños de la mujer.
          —Mereces morir de pie, mirando cara a cara a la muerte, no acuchillada en el suelo como un vulgar animal —sin mediar una palabra más, empuñó la lanza con ambas manos y la hundió con fuerza en el pecho de Dayna—. Es lo único que puedo ofrecerte, humana —susurró Seindra al cadáver.


          Cuando salió de la casa un joven elfo se acercaba corriendo desde la plaza del pueblo. Se detuvo ante ella y se inclinó desde la cintura.
          —La estábamos buscando, mi señora. Todo... ¡Estáis herida! —se asustó, al ver la sangre que manchaba el costado derecho de la túnica y los pantalones, así como el corte del brazo izquierdo. Se acercó precipitadamente para ayudarla a caminar.
          —No es nada grave —Seindra alzó la mano para detenerle—. ¿Hemos sufrido alguna baja?
          —Dos, mi señora, tenemos, además, trece heridos con cortes sin importancia y golpes, y uno grave por herida de flecha. ¡Pero todos los humanos han muerto! —añadió con orgullo.
          —Dos muertos y catorce heridos... —repitió la elfa.
          Hubo un momento de tenso silencio. El joven dejó de sonreír, vacilante. El rostro de Seindra se contrajo en una mueca de dolor, se llevó la mano a las costillas, ahora que el corte empezaba a enfriarse le dolía; por suerte, la tela había detenido la hemorragia al pegarse a la piel.
          —Bueno, quince heridos. He de reconocer que esos cerdos humanos se han defendido bien, pese a ser unos simples campesinos —su rostro se crispó de cólera—. ¡Nunca habíamos sufrido un fracaso como este a manos de un puñado de campesinos! —gritó, señalando con la lanza el poblado; un latigazo de dolor, que le subió hasta el hombro, le obligó a bajar el arma y a apoyarse pesadamente en ella con la respiración entrecortada—. ¡No sois más que unos inútiles! —siseó jadeante—. Estábamos en una clara superioridad numérica y han logrado matar a dos de los nuestros. ¡Tendría que haber sido un maldito paseo por el campo!.
          —Pe... pero, señora —repuso el joven retrocediendo asustado.
          —Hablaré con Naresh sobre esto —replicó con sequedad, ignorando la turbación del elfo—. ¿Dónde está?
          —He... hemos instalado a los heridos fuera de la aldea, a la orilla del río. Estará allí.
          Seindra asintió, entrecerrando sus hermosos ojos rasgados del color del oro fundido, la furia y el dolor destellando en ellos.


          La pequeña batalla se había desarrollado casi en su totalidad en la plaza central y el suelo estaba alfombrado de cadáveres, encharcado de sangre. Las tropas elfas no se habían limitado a matar a los combatientes, habían registrado también las casas y ahora menudos cuerpos de niños, no lo suficiente mayores como para empuñar un arma, yacían degollados en los umbrales; estaba segura de que antes de matarles, les habían mostrado los cadáveres ensangrentados de sus familiares y amigos. El horror y el miedo estaban congelados en aquellos pequeños rostros que, antes de morir, habían perdido la inocencia.
          La crueldad innecesaria formaba en verdad parte de la guerra y el odio. No por primera vez, se preguntó qué habría pensado su gente de haber sido los humanos quienes perpetraran semejantes atrocidades contra algún poblado elfo. Pero lo hecho, hecho estaba, era inútil sentir ahora piedad por aquellos cachorros humanos. La piedad no les iba a devolver la vida. Ni a ellos ni a sus padres. Grupos de elfos recorrían aun las calles en busca de posibles supervivientes y examinaban detenidamente los cadáveres, para luego ir colocándolos en una pila en el centro de la plaza, que posteriormente dejarían allí como alimento para los cuervos. La joven cruzó con paso tambaleante los restos calcinados de la puerta y sorteó las grietas y cascotes del suelo, aquella zona había quedado devastada tras el combate mágic. Le costaba caminar, el costado le ardía con cada inspiración. Un intenso olor a humo flotaba en el aire. Cuando dejó atrás el poblado, y se adentró en la herbosa ladera que conducía al río siguiendo un sendero marcado por el reciente paso de sus tropas, el tenue susurro de unos pasos a su espalda la hizo girarse. Lhure ya casi la había alcanzado, caminaba lentamente, rígido, sin ningún movimiento innecesario, estaba empapado, tenía el hermoso cabello blanco manchado de barro y la mejilla derecha recubierta de sangre coagulada. Parecía estar exhausto. Al ver la mirada preocupada de los ojos aguamarina del helfshard, Seindra esbozó una suave sonrisa y tranquilizó al joven con un gesto de la mano. Lhure siempre se preocupaba por ella. Sabía que él la amaba, habría que estar ciego para no haberse dado cuenta de cómo la miraba siempre que andaba cerca. Ella lo toleraba así, le hacía sentirse bien, como tener un cachorrito fiel y leal a tus pies, siempre buscando una caricia o una palabra amable y no requiriendo nada más a cambio de su completa adoración.
          —Estoy bien, sólo necesito que me atienda un sanador, pero no es nada grave. Tú también necesitarías que te miraran eso.
          —¿Mi señora? —inquirió el mago desconcertado, caminando despacio a su lado.
          —Tu mejilla derecha —le indicó esta.
          Lhure se llevó los dedos al rostro y los retiró manchados de sangre. Uno de los cristales de hielo, que habían salido disparados con el último conjuro del mago humano, tenía que haberle cortado. Lhure suspiró y se encogió de hombros.
          —No es más que un pequeño corte, mi señora, unos puntos y no creo que me quede ni cicatriz.  

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