Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 18 de febrero de 2013

CAPÍTULO SEXTO (Parte 1/3) - Ledren

         

          El gorrión estaba posado en lo alto del poste e, inclinando su pequeña cabeza a un lado y a otro, gorjeaba con suavidad. Flyll, de pie en el camino, con la pipa humeante entre los dientes, le observaba en silencio. Al poco rato el pajarillo miró inquieto a su alrededor y alzó el vuelo, dirigiéndose hacia el sur, tras sobrevolar brevemente al viejo mago. El anciano se volvió entonces al norte y escrutó el despejado cielo por encima del tejado de su casa; su penetrante vista se clavó en un punto a la derecha de las laderas grises del pico Yery. Un tembloroso suspiro sacudió sus delgados hombros cuando vio por fin una fina línea negra elevándose sobre los bosques. El momento que tanto había temido durante los últimos meses ya estaba cerca, demasiado cerca de hecho, y antes de lo que esperaba. Hubiera deseado poder disponer de siquiera de dos días más, ahora sólo le quedaba confiar en el destino.
          —Maestro.
          Flyll dio un respingo y se volvió hacia la voz.
          —Ah, Ledren, eres tú —susurró quitándose la pipa de la boca y expulsando el humo en grises nubes.
          Ledren estaba parado en el camino con las riendas de un caballo de pelaje oscuro en la mano. Era un joven de ojos y cabellos como el carbón, de algo más de tres naar de altura y constitución robusta. Tenía veinticuatro años, la misma edad que Derlan, y un rostro de afables facciones. Su carácter bondadoso y reflexivo podía hacer pensar en alguien de escasa inteligencia, pero Flyll sabía que no había nada más lejos de la verdad. Conocía al muchacho desde niño, y había comprobado que, detrás de aquellos ojos amables y serenos, se escondía una mente terriblemente perspicaz; a diferencia de lo que ocurría con el otro muchacho. El joven iba vestido con unos pantalones marrones oscuros y una camisa gruesa de lana de un color algo más claro. El mago se fijó en que se había puesto en torno a la frente, ciñéndose los cortos cabellos, una banda de tela blanca.
          —Ya estoy listo, abuelo —dijo tirando de las riendas y acercándose al anciano—, pero sigo sin comprender por qué tengo que irme.
          —Te lo expliqué hace dos días —gruñó Flyll con los bigotes y la barba erizados, a veces lo exasperaba su empeño en analizarlo todo antes de actuar—; tienes que encontrar a Derlan y acompañarle a Ossián.
          —Lo sé, pero ¿por qué tengo que ir a buscarle? Yo no tengo nada que hacer en esa guerra, mi padre no fue antiguo soldado ni nada parecido, ni siquiera soy un buen guerrero como él, abuelo. Sólo se manejar el hacha y para nada más que para cortar leña.
          Los ojos grises del mago destellaron con violencia bajo las hirsutas cejas blancas y la sombra del ala del sombrero. Flyll pareció crecer cuando se acercó a Ledren con un rechinar de dientes y la pipa en la mano izquierda, apagándose. Estaba realmente furioso, furioso y asustado. El destino... ¡Bah! Si él no hacía nada con el muchacho, nadie lo haría. Alzó la diestra, se puso de puntillas para poder verlo mejor y clavó sus ojos en los del muchacho.
          —Es más importante de lo que crees, muchacho. Debes ir. No debes hacer preguntas que no puedo responder —barbotó el mago entre dientes, con la voz ahogada—. ¿Entiendes? Hay algo en ti... marcado por el destino... Derlan te necesita.
          La incomprensión y suspicacia que reflejaban los oscuros irises del muchacho hizo que Flyll se encogiese sobre sí mismo, al borde del llanto, de la desesperación, antes de darse media vuelta y desaparecer en su casa.
          —Maestro... abuelo, yo... ¡Espera! —exclamó, pero el anciano no tardó en salir con un objeto envuelto en tela entre las manos. Grande, ancho ¿una espada? Él no sabía manejar una espada. No, no era una espada.
          —Ten, muchacho —le dijo.
          Ledren tomó el paquete que el mago le tendía y lo desenvolvió. Al retirar el paño encontró un hacha, mejor que la de un leñador. Mejor que la que usaba en casa para cortar la leña para el fuego. Un hacha de combate, hoja plateada, brillante, con runas inscritas. La acompañaba un cinturón de cuero engrasado y también una funda de cuero para la cabeza del arma.
          —¿Un hacha? —inquirió con el ceño fruncido.
          —Sí —respondió Flyll—. Es para ti, es mágica. Hecha por los enanos. Forjada por ellos. Es todo lo mágica que puede ser un arma hoy día.
          —Abuelo, yo... gracias, pero...
          —He dicho que es para ti, la necesitarás —repitió el anciano sonriéndole con tristeza—. Derlan te necesita —repitió, jugándoselo todo a la única carta que, intuía, podría funcionar: la amistad entre ambos muchachos.
          Ledren le miró pensativo largo rato, durante unos segundos pareció que  fuera a hablar, luego agachó la cabeza y suspiró.
          —¿Cómo puedo encontrar a Derlan? —preguntó entonces guardando el hacha en su funda y ciñéndose el cinturón.
          —Primero ve a Lecig, luego a Ossián; tienes que intentar alcanzarle antes de que llegue a Lecig. Ve recto hacia el Orn, cruzando la Región de los Mil Lagos lo más rápido que puedas. Él sigue ese camino. Sólo estará a cinco días de aquí, no más. Sal del valle por el camino de cazadores, por el Sorn.
          —¿El Sorn? ¡Pero si el mejor camino para ir a Lecig es el principal!
          —Hazme caso —prosiguió el viejo mago—, el sorn es más seguro. Y ahora vete, te lo ruego, vete ahora mismo —suspiró con el rostro ensombrecido, mirándole a los ojos—. Sal por esa puerta y no regreses. Por lo que más quieras, pase lo que pase, oigas lo que oigas y veas lo que veas, no regreses. Vete.
          Fue tal el abatimiento y tristeza con que pronunció la última orden, que  Ledren no replicó. Subió a lomos del caballo y cruzó lentamente, con reticencia, la puerta del poblado. A su espalda, Flyll se encasquetó el gran sombrero hasta las cejas y desapareció en el interior de la casa. No volvería a ver a Ledren... y lo sabía.
          Una vez fuera, el muchacho acarició el cuello de Shart y luego lo hizo girar a la izquierda para que cruzara el río. No sabía por qué, pero tenía un mal presentimiento; había algo que le rondaba en la mente pero que no lograba precisar, algo inquietante. Flyll parecía desear con demasiado ahínco que se fuera de Eshainne. En cuanto a sus últimas palabras ¿de qué tenía miedo el anciano? Además ¿qué le había llamado Flyll? Marcado por el destino, creía recordar. Pero ¿qué significaba? Distraídamente se frotó el brazo izquierdo por debajo del hombro justo donde tenía una marca de nacimiento con la forma de la cabeza de un dragón.


          Seindra detuvo a Shyras bajo las retorcidas ramas de un viejo pino y Lhure se paró a su lado.
          —¿Ocurre algo, mi señora?
          —No. ¿Cuánto falta para llegar a la aldea? —musitó observando como sus elfos negros se deslizaban en un silencio casi total a su alrededor.
          —No más de unos minutos —respondió el helfshard en el mismo tono bajo.
          —Bien, adelante, acabemos con esto. ¿Podrás vencer al mago, Lhure?
          Un leve atisbo de soberbia resplandeció unos segundos en los entrecerrados ojos aguamarina del mago.
          —Eso espero, mi señora —asintió.
          Los árboles terminaban unos pasos más adelante y, a través de los troncos rojizos, podía verse la empalizada que rodeaba Eshainne. El humo de las chimeneas se alzaba sobre los afilados postes y, del otro lado, podían oírse voces y ruidos que indicaban la actividad de la aldea; en algún lugar una madre llamó a su hijo, el crujido de la rueda de un molino se escuchaba en la distancia, así como los ladridos de un perro. Los elfos comandados por Seindra acechaban en el linde del bosque. Esta, acompañada por Lhure y habiendo dejado sus caballos en manos de una muchacha, recorrió las filas silenciosas hasta situarse frente a la puerta de la aldea, en el extremo Orn de la empalizada. Era una población pequeña, de no más de una treintena de habitantes. No creía que fuera a ofrecer demasiada resistencia.
          Las comisuras de los labios de Seindra se tensaron hacia arriba en lo que quería ser una sonrisa, sus dedos acariciaron ansiosos el astil de su larga  lanza de punta dentada. Agazapada junto al tronco de un pino retorcido y oculta tras una mata de altos helechos, con la lanza a su lado en el suelo, observó la entrada. En el camino de la aldea no había nadie excepto un viejo  vestido de gris sentado a la puerta de su casa. La elfa miró de reojo a Lhure, acuclillado del otro lado del tronco, casi invisible debido a sus ropas negras; cuando captó su atención le señaló con la barbilla al anciano. El helfshard siguió la mirada de su señora antes de asentir con la cabeza. Entonces el mago humano se levantó con movimientos lentos y caminó hasta la puerta; unos ojos que los elfos no podían ver rastrearon la zona y se detuvieron en el macizo de helechos tras el que se escondían. Seindra se envaró y sus dedos se cerraron con fuerza en torno a la lanza, no les podía haber visto, ¡ni siquiera podía saber que se encontraran allí!
          —¡Sé que estáis ahí! —le oyeron gritar entonces, su voz resonó en el valle, llegando a todos los elfos—. ¡Salid de una vez! Es inútil que os escondáis, os estamos esperando.
          La elfa se puso en pie con agilidad.
          —¡Maldito humano! ¡Mierda! —gruñó en voz baja—. Lhure, quédate aquí, cúbreme las espaldas.
          Seindra abandonó su escondrijo y se adentró unos pasos en el camino que conducía a la puerta, su corta capa púrpura se agitó a su espalda.
          —Yerinsh rhith! —ordenó con un imperioso ademán al ver como el resto de los elfos se apresuraba a seguirla—. ¿Qué es lo que quieres? —demandó, esta vez en Bakanés, con un marcado acento musical en las vocales.
          —Una lucha “justa”, sin emboscadas —declaró Flyll. Detrás suyo los hombres y mujeres de Eshainne llenaron la calle armados con horcas y guadañas, incluso había una o dos espadas y algún que otro arco.
          La elfa le respondió con una seca carcajada.
          —Si preferís morir luchando, que así sea —la elfa negra hizo un gesto con la lanza a su espalda.
          Flyll retrocedió, se agachó y cogió un puñado de tierra del suelo. Miró al frente y vio salir de las sombras de los árboles a un elfo alto y sumamente   delgado, supo al instante que se trataba de un mago, lo que ellos denominaban un “helfshard”: portaba una de aquellas extrañas piedras blancas, sobre las que tanto había leído, colgada del cuello.
          —Hom barië daryon neri-yasha —entonó con suavidad, trazando a su alrededor un círculo con la tierra que tenía en la mano, luego alzó los brazos y los separó con lentitud—. Hom barië daryon neri-yasha. Shar-karyë non-adher-ah kadheymanak rei. Hom dherynaika shar-nei-thor neri-yasha.
          El círculo que había a sus pies refulgió y se expandió rodeando la aldea, el aire chisporroteó antes de adquirir una tonalidad irisada, como una pompa de jabón. El anciano mago esbozó una sonrisa amarga tras la barba. Observó cómo el helfshard asentía pensativo.
          —Bonita barrera, anciano, pero no te va a servir de nada —se mofó Lhure en un bakanés correcto pero con mucho acento—. Ríndete y seré rápido. Soy más joven y mucho más poderoso que tú. Puedo destruir tu insignificante conjuro cuando quiera.
          —Antes morir que rendirme, niño —replicó Flyll con frialdad.
          El helfshard le respondió con una sonrisa mordaz y, alzando la mano derecha por encima de la cabeza, musitó el hechizo. El mago humano retrocedió y rebuscó en uno de los saquillos de su túnica un cristal azul pálido, que asió entre las manos. El aire se llenó de los cánticos entrelazados de los dos hechiceros. Detrás de la barrera, Seindra y los elfos negros aguardaban en silencio, y en la plaza de la aldea, los hombres y mujeres de Eshainne esperaban temerosos el desenlace de la lucha entre las dos fuerzas mágicas. Ambos bandos sabían que, si bien la batalla no se decidiría con aquel enfrentamiento, la muerte o victoria de uno de los magos podría ser fatal. Para los humanos, Flyll era su única esperanza.
          De los dedos de Lhure brotaron cegadores rayos de luz que se estrellaron contra la barrera provocando unas simples ondulaciones. El helfshard sólo tuvo tiempo de hacer una mueca de furia antes de que el conjuro de Flyll lo atrapara en una luz azul y facetada, que se condensó en un cristal. El anciano sonrió, no esperaba que fuera tan fácil; entonces la sonrisa se borró de sus labios cuando, a través del cristal, se filtró un resplandor lechoso y la celda azulada cayó hecha añicos a los pies del mago elfo. Lhure contraatacó antes de que Flyll pudiera completar su siguiente conjuro. Sobre él se formó una gran esfera de luz anaranjada que golpeó fuertemente la barrera irisada. El mago humano se vio obligado a alzar los brazos y reforzar la zona de impacto; rayos de brillantes colores pasaron siseando a su lado para golpear el suelo con estremecedores crujidos. El anciano retrocedió bajando las manos, sacó unas diminutas esferas de resina de un bolsillo y las lanzó al aire al tiempo que murmuraba el hechizo, luego se agachó y clavó una cuchilla afilada en el suelo sin dejar de recitar el ensalmo mágico. Lhure había reconocido el primer conjuro y se hallaba preparado para contrarrestar la mortal lluvia corrosiva que se precipitó sobre él desde las alturas; un hechizo de viento conjugado con uno de protección detuvo el ataque. A su alrededor, sin embargo, la hierba y el suelo se descompusieron en un viscoso líquido parduzco. Supo que había cometido un error cuando la tierra se abrió bajo sus pies, haciéndole perder el equilibrio y caer de espaldas, un fuerte dolor laceró su columna, robándole el aire de los pulmones. El siguiente ataque del mago —un conjuro de agua lanzado con una fuerza aterradora sobre él— estuvo a punto de pillarlo por sorpresa y matarlo. Recurriendo al poder almacenado en su colgante, que logró asir en el último momento con los dedos agarrotados, levantó un escudo extendiendo la zurda en un amplio arco. El impacto en la barrera de luz le hizo apretar los dientes con fuerza, el líquido mágico estalló encima de su cuerpo yacente en una nube de vapor que olía a óxido.
          Lhure se incorporó jadeante, con el brazo izquierdo insensibilizado y un dolor sordo latiéndole en las sienes. Maldijo entre dientes, el mago humano era más poderoso de lo que había pensado. Por suerte, sabía que tras ese despliegue de magia tendría que estar forzosamente agotado; al menos eso era lo que decían los viejos tratados de magia humana. Además, mantener aquella barrera en torno al poblado estaría consumiendo la mayor parte de su energía. El helfshard se dijo que había llegado el momento de atacar con todas sus fuerzas, no tenía más opción que destruir la barrera; si lo lograba, esa destrucción repercutiría directamente en la magia del humano*, en ese momento el mago estaría a su merced... y podría matarle. El principal problema era que ahora él también estaba quedándose sin fuerzas.
          Consiguió ponerse en pie sobre unas piernas temblorosas y miró, a través de la pared irisada, al mago arrodillado en el camino, que lo observaba con ojos febriles, el sombrero caído a su lado recubierto de polvo, la cabeza de blancos cabellos al descubierto. Lentamente Flyll se levantó algo tambaleante. Lhure extendió las manos al frente, seguro de que aquel miserable humano desconocía el conjuro que se proponía realizar. Cerró los ojos y se concentró.
          —Noidha lido näs hu dheo har hal-mai hu ligh... —el sonido de fondo de sus pensamientos fue el ensalmo que Flyll pronunciaba con voz seca y quebradiza.


          No podría aguantar mucho más y lo sabía; seguro de que aquel golpe de agua acabaría con el helfshard, se había sorprendido al ver cómo lo detenía, con qué facilidad. Estaba cansado, tan cansado... Era ya un anciano, incluso para ser un mago —tenía ya más de tres siglos de vida a sus espaldas— no podía negarlo, los años no habían pasado en vano; de ser más joven tal vez... pero no, a él nunca le habían instruido para un combate de magia, ya que había nacido después de todas las grandes guerras. Aquel jovenzuelo tampoco podía haberse enfrentado nunca a otro mago, sin embargo... Flyll respiró hondo y rescató de las profundidades de su túnica un frasco pequeño que contenía un líquido dorado: su arma mágica más poderosa. Tenía que seguir ganando tiempo. Tiempo para que Ledren lograra escapar del valle, cada segundo que entretuviera al mago elfo, cada instante que retuviera a las tropas enemigas, era un segundo ganado para Ledren. Su oponente tenía ahora los ojos cerrados y pronunciaba el conjuro, un largo y complicado, según parecía; uno que no pudo reconocer. Eso era una mala señal. Flyll arrancó el tapón con los dientes y lo escupió, delante suyo vertió en el suelo el dorado contenido, trazando un semicírculo.
          —¡Retroceded! ¡Retroceded! —les gritó a los hombres y mujeres de Eshainne por encima del hombro—. ¡Detrás de las casas! ¡Rápido!
          El brillo, cada vez más intenso, de la piedra que colgaba del cuello de Lhure le alertó de que le quedaba muy poco tiempo. Lanzó la botella lejos de sí y extendió las manos, con las palmas hacia el suelo, sobre la franja de tierra mojada. El sudor comenzó a caer en regueros por el rostro del mago tan pronto como empezó a pronunciar el hechizo, su respiración se hizo entrecortada.
          El suelo tembló bajo él y un bronco retumbar, demasiado grave para ser oído, surgió de las profundidades de la tierra. Flyll volvió las palmas hacia el cielo y alzó los brazos por encima de su cabeza con un enérgico movimiento. Una cortina de fuego desgarró el suelo, elevándose hasta una altura tres veces superior a la del mago; la luz del sol brillaba apagada, moribunda, en medio de aquella claridad anaranjada y dorada. Las siluetas de los elfos negros ondulaban tras la pantalla de sofocante calor, al mago humano el sudor le entraba en los ojos, haciéndole lagrimear. La luz blanca del otro lado de la barrera se veteó de franjas negras que giraban en una temblorosa espiral de oscuridad; el resplandor era tan intenso alrededor del helfshard que Flyll se veía obligado a entrecerrar los ojos; los otros elfos se cubrían el rostro con los brazos, intentando en vano distinguir lo que ocurría. El rugido del fuego ahogaba el cántico de los dos magos.
          —¡Hom dherynaika shar-nei-thor neri-yasha! —aulló, pronunciando así la última fase de su hechizo y lanzó los brazos hacia adelante con las palmas extendidas.
          La barrera de llamas desgajó la tierra a su paso cuando se abalanzó sobre el mago elfo que estaba en medio del camino. Por desgracia, este había finalizado su conjuro unos segundos antes y su onda de energía golpeó en ese preciso instante la barrera irisada. Un crujido, similar al de un cristal al resquebrajarse, se oyó en toda la aldea; su eco resonó largo rato en el valle. Con un grito de dolor, Flyll cayó de rodillas al suelo, llevándose una mano a la cabeza y la otra clavándose en la tierra; la pared de fuego se desvaneció con un estallido que levantó nubes de polvo y cenizas negras. Bajo la opresión de la luz blanca y azabache del conjuro de Lhure, la grieta de la barrera que rodeaba la aldea se ensanchó con otro ominoso chasquido. Flyll gritó de nuevo. Estremecido por fuertes dolores, su mente lacerada por las candentes fibras del hechizo del helfshard, consiguió alzar el brazo derecho por encima de su cabeza; la amplia manga de la túnica gris resbaló hasta su codo.
          —NERAK! —gritó con todas sus fuerzas, trazando con los dedos un espasmódico símbolo en el aire. La barrera irisada desapareció, y con ella la opresión del conjuro del mago elfo.
          Cuando el polvo se asentó y la luz volvió a ser la del sol del atardecer, Lhure avanzó entre la tierra desgarrada, quemada y agrietada; la puerta, junto con parte de la empalizada y la fachada más occidental de la casa de Flyll, había ardido y ahora sólo era un montón de cenizas y rescoldos humeantes. El mago humano estaba de pie en medio de aquella desolación, con la barba y el cabello cubiertos de polvo.
          Lhure miró a su adversario y sonrió burlón, el humano le respondió con la misma mueca, pero en la suya había amargura. El cordel plateado que ceñía los blancos cabellos del helfshard se soltó y cayó ondeando sobre el camino, dejándolos sueltos, el viento suave del norte los agitó en torno a su anguloso rostro.
          —Tu última oportunidad, humano —dijo el elfo—. Ríndete o muere.
          —S... seguiré luchando, gracias —tartamudeó el mago, pero no había firmeza en su voz, al fin y al cabo sabía que las dos opciones del elfo se reducían a la misma: morir.
          Lhure se encogió de hombros, trazó un signo en el aire, musitó una orden y un rayo de luz negra brotó de su dedo índice extendido. Flyll alzó la mano de forma imperiosa, al tiempo que desmenuzaba un pétalo de flor seca en el aire. Hubo una turbulencia frente al mago contra la que se estrelló el conjuro del helfshard, destruyéndose. El siguiente ataque del mago sorprendió a Flyll. Se trataba de un conjuro de aire en forma de torbellino pardo, que se retorcía, danzando al son de una melodía que no podían oír. Remolinos de polvo se elevaron de la tierra del camino girando en una cegadora espiral. Podía ver claramente cómo diminutos cristales, afilados como cuchillas, centelleaban entre el polvo. El anciano mago retrocedió, el tornado avanzaba inexorablemente hacia él. ¿Cómo detener un conjuro de aire de aquel tipo? No lo sabía, no podía recordarlo. ¿Cómo? ¿Cómo era? Algo… había leído algo, estaba seguro. Hacía muchos, muchos años…
          «Para detener un conjuro de aire que gira sobre sí mismo —recordó entonces haber visto escrito en un libro, muchos siglos atrás, cuando aún era un niño, en casa de su maestro—, utiliza uno de agua y congélalo.»
          Las cejas de Flyll se erizaron sobre el puente de la nariz y sus ojos grises brillaron con fiereza. Una vez más lanzó un golpe de agua, pero esta vez no contra el elfo, y mientras lo hacía comprendió que el helfshard estaba jugando con él: podía haberlo atacado cuando no supo responder a su torbellino, en cambio había elegido esperar. Mala elección, muy mala elección. Con la rapidez de una serpiente, el humano tejió el conjuro de frío y lo enlazó con el tornado de agua que giraba ahora frente a él. Sin perder un segundo, antes incluso de que se terminase de formar el pilar de hielo, sus ágiles manos y su voz áspera formularon el hechizo de la bola de fuego, usando como foco una cerilla apagada que extrajo de un bolsillo. Su mano derecha la lanzó girando en el aire y, con un atronador siseo, atravesó el remolino congelado, para luego estrellarse en la falda de la pendiente, que estalló en llamas. Lhure había desaparecido.
          Flyll captó un destello blanco y negro por el rabillo del ojo y se volvió, pero ya era demasiado tarde, unos finos hilos de plata le rodearon el cuello y cayó al suelo de rodillas. Pudo sentir claramente, cómo se abrían camino a través de su piel, de su carne, cortando, llegando al hueso. Dejó de sentir su cuerpo de cuello para abajo, cayó al suelo desmadejado, pero tampoco sintió dolor. Todo había acabado. Iba a morir. El mago elfo le sonreía desde lo alto, su figura delgada y esbelta envuelta en sus negras ropas y el cabello albo desordenado sobre los hombros. En sus ojos aguamarina, en medio de aquel rostro anguloso, de barbilla afilada, orejas puntiagudas y tez oscura; en aquella minúscula sonrisa de triunfo que asomaba a sus labios, Flyll vio lo inevitable. Justo antes de sumirse en la negra y fría oscuridad, vio entre los dedos de Lhure los filamentos de luz que acababan con su vida, un conjuro que ni siquiera había oído pronunciar.


* Si un hechizo se anula, se lleva a cabo o se detiene (como ha hecho Lhure con el golpe de agua), no le ocurre nada al mago que lo ha realizado. Sin embargo, si se destruye, la “onda” de magia provocada por dicha acción recae sobre el mago que lo ha lanzado, pudiendo llegar incluso a provocarle la muerte. Esa es la razón de que muy pocos magos se atrevan a levantar barreras permanentes (la que ha creado el helfshard es de un tipo que se desvanece en cuanto el hechicero deja de concentrarse en ella), dado que la única forma que tiene otro mago de levantarla, incluso tras la muerte del mago que la ha hecho aparecer, es destruirla.


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2 comentarios:

  1. Buen combate entre magos. Me ha parecido muy chulito Lhure después de todo lo que le ha costado ganar, pero bueno, es un elfo negro, va con él jeje
    He visto un fallo al principio, con "A diferencia de lo que ocurría con el otro muchacho El joven", donde parece que falta algo.

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    1. Gracias por el comentario. Y sí, hay una errata, de comas y puntos. Gracias por notarlo. Ahora la corrijo. Y sí, Lhure es un poco gallito, pero es que tiene que hacer méritos delante de la chica que le mola :D

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