Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 14 de febrero de 2013

CAPÍTULO QUINTO (Parte 2) - Dos Hermanos


          A media mañana se levantó un viento frío procedente de la Región de los Mil Lagos, que silbó entre las altas hierbas que crecían a ambos lados del camino. Los campos cercados y pulcramente desbrozados se encontraban ya tras ellos. El paisaje se había convertido en una sucesión de colinas doradas por el otoño. En algunos lugares se erguían pequeños bosquecillos de árboles que se apretaban unos contra otros. Poco a poco, según avanzaban hacia el Norn, se fueron haciendo más abundantes las arboledas y las colinas fueron sustituidas por abruptas pendientes cada vez más rocosas. El aire tenía ahora un ligero aroma a resina y hojas secas, y el inconfundible olor de la tierra húmeda de un bosque sombrío se hizo muy intenso. El camino, que hasta entonces había sido ancho y parecía muy transitado, se estrechó y la hierba comenzó a invadir sus orillas. El viento se volvió más frío e intenso y, de vez en cuando, los árboles, hayas y robles, dejaban caer una lluvia de hojas sobre la tierra oscura del camino. Los bosques no eran, sin embargo, muy abundantes todavía, y grandes claros rocosos, y alguna que otra zona llana, flanqueaban con frecuencia el sendero que seguían los dos hermanos.
          Atravesaban un bosque de empinadas laderas, cuyos nudosos árboles se adentraban parcialmente en el camino, cuando Frodrith dio un par de pasos vacilantes y se detuvo bajo las desnudas ramas de un negro roble que casi tocaban el suelo. El viento hacía ondear la capa entre sus piernas y la sacudía en el aire a su espalda, el largo cabello aleteaba cubriendo a ratos los ojos de Frodrith. El muchacho posó la mano derecha sobre su estómago y jugueteó con la camisa, alzó la vista hacia el cielo y lo contempló con los ojos entrecerrados antes de mirarse la mano y volver a mirar al sol. Un remolino de hojas secas se encrespó entre el polvo del camino.
          —¡Diedrith! —exclamó con voz lastimera y un mohín en los labios; la muchacha, que ya se encontraba un trecho más adelante, se detuvo y se giró a medias agarrando con una mano la correa de la bolsa que pendía de su hombro. Las cadenas captaron los rayos de sol y refulgieron entre los pliegues de la capa de la chica—. ¡Tengo hambre!
          Diedrith suspiró y regresó junto a su hermano, que para entonces se había sentado con la espalda apoyada en el tronco del roble. Tenía una pequeña sonrisita sardónica bailándole en los labios.
          —¿Comemos? —inquirió con el dedo índice alzado hacia las ramas del árbol, su hermana sabía que lo que en realidad señalaba era el sol de mediodía.
          —Supongo que sí —respondió, dejándose caer junto a Frodrith y soltando las correas de cuero que mantenían cerrada su bolsa.
          —¿Tienes tú el queso?
          Diedrith asintió tendiéndole un bulto blanco. El joven lo desenvolvió y cortó con su daga un par de lonchas blandas y lechosas. Una de ellas, junto con el resto del queso, se la entregó a su hermana y esta le pasó un trozo de pan de corteza dura y crujiente. El muchacho masticó distraído un trozo de bocadillo con la vista clavada en la nada.
          —Di —dijo Frodrith con la boca llena—. ¿Qué sabes del príncipe  Selam? Quiero decir, no vamos a presentarnos en Ossián, llamar a la puerta y decir: queremos ver a Su Alteza el príncipe Selam, somos mercenarios ¿nos contratan? Espero que tengas pensado algo mejor que eso.
          —De momento no, pero ya se me ocurrirá algo —contestó con un encogimiento de hombros, el viento lanzó contra su rostro una de las colas de cabello y se la echó a la espalda con un gesto delicado—. Pero piensa tú también algo ¿de acuerdo?
          Frodrith asintió y le dio otro mordisco al bocadillo.
          —Lo que me preguntaba —continuó—, es cómo será Su Alteza. ¿Será de los que contratan mercenarios, o no? No sé, para tener la garantía de no hacer un viaje inútil hasta Ossián. ¿Me entiendes?
          —He oído que es un general muy severo —terció su hermana—, algo arrogante y orgulloso. Dicen que sabe cómo mantener el orden y la seriedad en sus tropas, y que no tolera la insubordinación. No sé si será cierto o no, pero da ciertas garantías de éxito, lo que no se puede permitir un ejército durante una guerra es la incompetencia. Por lo menos todos los que me han hablado del príncipe coinciden en una cosa: es muy competente en su trabajo. Al menos parece que no le han dado el puesto por ser el hijo de su padre… o no sólo por eso.
          —Bien, muchas gracias por tu lección de política interna, hermanita. Lo que tratas de decir es que tenemos alguna posibilidad de que nos contrate ¿no?   
          —Eso mismo —convino Diedrith rebuscando en la bolsa y sacando una manzana de tersa piel verde, tras haber terminado con el pan y el queso— ¿Quieres una? —Frodrith le miró dubitativo antes de negar con un gesto de la mano.
          »Después de todo —prosiguió dándole un mordisco a la fruta y masticándola con deleite—, no creo que seamos los únicos que van hacia Ossián con la intención de unirse al ejército.
          —Diedrith, yo no he visto que ninguno de los mercenarios del sur haya  querido venir al norte, todos se negaron a venir con nosotros.
          —Frodrith, no es lo mismo una batalla entre dos nobles por un pedazo de tierra o algo similar, que una guerra que afecta al país entero. Sobre todo si es contra los elfos y contra otras criaturas de esas de los cuentos. Muy pocos en el Sorn se los toman en serio. Nosotros no lo haríamos si no fuera por las lecciones de Hilda y Clartyll.
          El muchacho se sacudió las migas de pan de la túnica y miró a su hermana en silencio mientras ella comía la manzana.
          —Esta vez el pago provendrá de las arcas reales ¿verdad? y estas   mantienen también el ejército, con lo que no pueden permitirse el lujo de pagar demasiado a los mercenarios.
          —Y estos, generalmente, se unen al mejor postor —terminó asintiendo Diedrith.
          —La lealtad —sentenció Frodrith, arropándose con la capa frente al penetrante viento frío del noreste—. Nunca se puede estar seguro de la completa  lealtad de un mercenario... ¡Está bien! ¡Está bien! ¡No me mires así! Por encima de todo eso está el honor, lo sé, pero reconoce que no todos los compañeros que hemos conocido tenían principios.
          La joven hizo un mohín con los labios, se puso en pie y se sacudió de las ropas las briznas de hierba que se le habían pegado de estar sentada en el  suelo. Frodrith la imitó, colgándose del hombro el petate, y esbozó una sonrisa divertida. Parecía haber olvidado que horas antes se resistía a abandonar Lasena; ahora el hechizo de los caminos lo tenía atrapado por completo. Los espacios abiertos y los bosques, los ríos y montañas, todo esto le llamaba,  ejerciendo una poderosa atracción sobre él, mayor a la de cualquier fiesta o celebración de la ciudad. Ya de niño su hermano había sido así. Diedrith lo miraba ahora y lo veía feliz, su ansia viajera reflejándose en sus claros ojos castaños. La muchacha le respondió con otra sonrisa y juntos reemprendieron el camino hacia la montañas Nyuhe, cada vez más cercanas; en breve llegarían a los bosques que cubrían las estribaciones montañosas y al desfiladero que las cruzaba hacia el Norn.


          Frodrith caminaba unos pasos por delante de su hermana, entre las sombras que los árboles proyectaban sobre el sendero. Ante él se extendía el estrecho camino en línea recta hacia el desfiladero de altas paredes verticales de roca gris. Las sombras eran más densas entre los muros, las enredaderas resbalaban por las rocosas laderas como un sudario verde y oscuro, la cañada emanaba un intenso olor a humedad y a hojas muertas. No muy lejos se oía el rumor de un riachuelo.
          Estaban a punto de entrar en el desfiladero, cuando el joven se paró en seco y detuvo a su hermana con un gesto de la mano, se arrodilló y hurgó en la caña de la bota.
          —¿Frodrith? ¿Estás bien?
          —Creo que tengo algo en la bota —dijo en voz alta, luego musitó por la comisura de los labios: medio ahs pared arriba a la derecha, en ese saliente de roca bajo el pino retorcido, de donde caen las enredaderas. Siento que ahí hay alguien.
          Diedrith no tardó en localizar el lugar al que se refería su hermano y fijó disimuladamente la vista en el espacio entre las rocas. No veía nada. Sólo sombras. Pero si ella tenía el don de usar aquellas extrañas cadenas mágicas como una extensión de sus pensamientos, su hermano tenía otro tipo de habilidades. La chica parpadeó y se acercó a Frodrith hasta rozarle el hombro con los dedos a través de la tela de la capa; en todo momento las cadenas permanecieron ocultas bajo la amplia prenda. Tapeó dos veces con los dedos el hombro de su hermano. El muchacho se levantó y asintió con un imperceptible gesto. Diedrith encogió las cadenas bajo la capa y asió con el pulgar y el índice de la mano derecha la larga cuchilla. Avanzaron unos pasos por el desfiladero y súbitamente Frodrith, dejando caer su petate al suelo, giró sobre sí mismo, colocándose espalda contra espalda su hermana. En unos segundos, la joven se echó la capa hacia atrás, sobre el hombro, y alzó el brazo en un veloz y ondulante movimiento; la punta metálica surcó el aire como un rayo plateado, arrastrando tras de sí las cadenas, que se alargaron de forma inesperada en medio de un resplandor de luz. Con un seco golpe y un leve estremecimiento, la cuchilla atravesó de parte a parte la figura acurrucada en el saliente de la pared. Diedrith tiró con fuerza de las cadenas y el cuerpo cayó de su puesto para estrellarse a pocos metros de la muchacha. De la arboleda y de grietas en las paredes, que hasta entonces no habían visto, surgieron cuatro figuras humanoides que se abalanzaron sobre ellos.
          Las armas de Frodrith silbaron en el aire y, con un quiebro de muñeca, su daga eludió la guardia del enemigo más cercano rajándole el estómago desprotegido y desparramando los blancos intestinos sobre el camino, en medio de una lluvia de sangre negra. Mientras, con la diestra, apenas tuvo tiempo de parar la estocada propinada por otra oscura forma envuelta en un andrajo negro. Retrocedió un paso intentando mantener el equilibrio, parando más estocadas que trataban de desarmarle. La espada se abrió finalmente camino por debajo del arma de su contrincante, pero sólo logró hacerle un corte superficial en el hombro cuando este retrocedió; la sangre, negra como la pez, resbaló por su muñeca. Un cadáver cayó a los pies de Frodrith, su hermana parecía estar apañándoselas bien. Distraído se agachó justo en el momento en que una espada pasaba sobre su cabeza y el extraño ser al que combatía se abalanzaba sobre él gritando como un loco. Dientes amarillos, afilados y enormes, rostro peludo. ¡Orcos! Eran orcos. Deteniendo un nuevo ataque con la daga ropera, se abalanzó, presionando, sobre aquella cosa hasta lograr un buen ángulo para clavarle la espada en el cuello. Retrocedió de un salto y contempló como el orco se asía la garganta intentando detener la hemorragia y luego caía gorgoteando al suelo, donde se contorsionó hasta morir.
          Diedrith apenas parecía haber tenido problemas para deshacerse de los dos orcos que la habían atacado. Tenía la pechera de la túnica empapada en sangre y respiraba de forma entrecortada, pero parecía estar ilesa. De las cadenas con las que combatía escurría también la sangre negra y estaba tratando de limpiarlas con un extremo de su nueva capa. Con una mueca de asco, la muchacha extrajo un par de dedos cortados de entre los eslabones plateados y los tiró entre la maleza.
          Todo estaba ahora en silencio incluso el viento que los había acosado durante todo el día había dejado de soplar. Entre las paredes del desfiladero, sin embargo, hacía frío, al menos para los dos hermanos, ahora que el sudor y el calor de la batalla comenzaban a disiparse en el atardecer. Frodrith se acercó a Diedrith limpiando las dagas con el borde de su propia capa, tenía los antebrazos manchados de negro, al igual que los pantalones.
          —¿Diedrith? —inquirió con el ceño fruncido y voz severa, él también respiraba de manera entrecortada, señalando los cadáveres
          —Orcos, sí —respondió su hermana con una mueca de asco, frotándose el dolorido brazo derecho— Mira ver si hay que rematar a alguno, Fro.
          La muchacha avanzó hacia el vigilante, al que había matado en el saliente y yacía entre los arbustos, y, de una patada, le dio la vuelta. Frodrith arrugó la nariz cuando vio los huesos destrozados del esternón, que asomaban del boquete que le había hecho su hermana con las cadenas. Estaba rodeado por un charco de sangre y tenía las ropas empapadas, pero era claramente visible la insignia bordada en plata sobre la pechera: una estilizada flor de lis.
          —No la reconozco —señaló el joven, enfundando las armas y tratando de limpiarse los brazos—. ¿Tú?
          Diedrith se limitó a negar con ademán desconcertado.
          —¿Nardis?
          —Es posible —concedió su hermana—, pero ¿tan al sur?
          El joven se encogió de hombros.
          —Será mejor que nos alejemos de aquí, no me gusta este sitio, hermana, me da escalofríos.
          —Sí, será mejor, creo que tienes razón.
          Acomodando las bolsas a la espalda cruzaron con paso rápido el desfiladero. Tras ellos hubo un aleteo lóbrego y un cuervo de mirada malévola se posó en las ramas del árbol retorcido, graznó y los ecos de su grito vibraron en las paredes de roca. Luego descendió en un elegante planeo para aterrizar sobre uno de los cadáveres y picotear desganado un ojo vidriado por la muerte.

Leer el capítulo 6 >   

2 comentarios:

  1. Como prometiste hay acción y sangre, bien bien :). Bien descrita la escena.
    A parte de eso, me gusta la relación entre los hermanos, y, como no, la cadena mágica y el toque final del cuervo, que le da un tono más lugubre a todo lo sucedido.

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    1. Muchas gracias, lo de narrar bien los combates es una duda que siempre se me queda clavada. Nunca estoy del todo segura de estar haciéndolo bien. Asi que me alegra cuando gusta.

      ¡AH! Y más sangre en el capítulo siguiente. Ahí empieza el drama.

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