Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 11 de febrero de 2013

CAPÍTULO QUINTO (Parte 1) - Dos Hermanos


          Diedrith rebulló entre las cálidas mantas tratando de eludir un molesto rayo de sol que, filtrado seguramente por las contraventanas de tablillas de madera verdes, caía directamente sobre sus ojos cerrados. La joven maldijo entre dientes medio dormida y alzó un poco las largas pestañas: la luz del amanecer incidió sobre sus irises de color miel, haciéndolos brillar en la cristalina penumbra de la habitación de la posada “La Flor de Yshaunn”. Suspirando resignada, y con un mohín de disgusto en los labios, se sentó en el borde del estrecho catre y apoyó los pies en el suelo. La frialdad de la piedra trepó en rápidas oleadas por sus piernas, haciendo que los últimos vestigios del sueño la abandonasen y que un escalofrío recorriera su columna vertebral, erizándole el vello de la nuca. Diedrith bostezó ruidosamente y se desperezó, arqueando la espalda con movimientos de una elegancia casi felina; luego  suspiró y centró su atención en la figura que yacía, roncando levemente, en el camastro de enfrente, tan sólo era visible entre las mantas una revuelta mata de cabello cobrizo.
          La muchacha esbozó una divertida media sonrisa al caer en la cuenta de que, una vez más, su hermano gemelo se las había arreglado para apropiarse de la mejor cama de la habitación. Allí no había peligro de que la luz del sol  naciente le despertara. Así mismo, se reprendió por no haberse dado cuenta de aquello en la semana que llevaban en Lasena. Con los largos brazos apoyados en las rodillas, le dirigió una maliciosa mirada, al tiempo que la sonrisa se ensanchaba en su rostro, medio cubierto por el largo y revuelto cabello marrón-rojizo, adquiriendo cierto atisbo de crueldad.
          Procurando no meter ruido, se levantó y caminó de puntillas hacia la  puerta, reprimiendo quedos gemidos por el frío de la piedra en sus pies descalzos. Con suma lentitud, alargó la mano hasta el picaporte y, cuidando que los goznes no chirriaran, delatándola, abrió la puerta. Entonces, con una  mueca de triunfo y un brillo desafiante en sus ojos claros, la cerró con todas sus fuerzas; la madera restalló violentamente al chocar contra el vano.
          —¡¡AAAAHHH!! ¡¡Diedrith!! —Frodrith se incorporó de un salto, los ojos a punto de salírsele de las órbitas y sin una pizca de color en las jóvenes facciones.
          Pese a la respiración agitada, no tardó en percatarse de que allí estaba su hermana, apoyada en la blanca pared, con el cabello ligeramente ondulado cayendo en desorden sobre sus hombros, riendo descaradamente mientras resbalaba poco a poco hasta el suelo.
          —Encima te parecerá divertido —siseó Frodrith con las mandíbulas apretadas, cáustico y resentido, desembarazándose de las sábanas a patadas—, ¿no?
          Incapaz de articular palabra alguna, Diedrith se limitó a asentir, con las mejillas surcadas por las lágrimas. Tratando de recobrar el aliento.
          —Pues entérate, hermanita —aquella última palabra destilaba veneno cuando la murmuró entre dientes—, de que yo no le veo la gracia.
          Todavía congestionado por la furia, tratando de que su corazón dejara de latir desbocado, se levantó y hundió las manos en la jofaina llena de agua helada que había sobre la mesa, debajo de la ventana y entre ambas camas. Diedrith seguía riendo a su espalda, ahora algo más calmada.
          —¡Ten... tendrías... que haber visto la cara que has puesto, Frodrith! —La oyó farfullar aun sofocada por la risa.
          Con deliberada lentitud, Frodrith se frotó vigorosamente la cara con la fría agua y luego se secó con un paño de algodón que había junto a la jarra de barro cocido; lo dejó arrugado sobre la mesa y sonrió de cara a la ventana. Resopló por la nariz, donde las dan, las toman. Cogiendo la jofaina entre las manos, se giró y, antes de que su hermana pudiese reaccionar, le lanzó el helado contenido a la cara.
          Diedrith se levantó de un salto, emitiendo un jadeo agudo y sobresaltado. El agua escurría por su rostro de afiladas facciones y por sus mojados cabellos, empapando la pechera de su larga camisola de lana, marcando sus pechos. A través del revuelto pelo mojado, con los ojos convertidos en meras rendijas, miró primero indignada, y luego con una sonrisa pujando por asomar a sus labios, a su sonriente hermano, cuya silueta se recortaba a la luz que entraba por la ventana en la sombría habitación.
          —Frodrith, yo... tú —vaciló con un dedo alzado en señal de protesta—. Eso no ha estado bien.
          —Donde las dan, las toman —replicó el joven en voz alta esta vez, con  franco regodeo—, hermanita.
          Ambos permanecieron un rato así, en silencio, mirándose el uno al otro, cada uno prácticamente el reflejo del otro en un espejo. Diedrith media cabeza más baja que su hermano, el cabello, del color de las agujas de pino secas, largo hasta los hombros y algo ondulado. Él lo llevaba más corto, pero dos  mechones más largos le caían desde las sienes sobre los hombros, enmarcando sus juveniles facciones, en las que aún no había rastro de barba. Finalmente, Diedrith estalló en argénteas carcajadas, a las que no tardó en unirse su hermano con su suave voz de tenor, aun a medio camino entre la adolescencia y la madurez.
          —Eres... eres... a veces eres insoportable, Frodrith.
          El muchacho se limitó a sonreírle de oreja a oreja antes de girarse para abrir las contraventanas. La luz del sol entró a raudales en la pequeña habitación, haciendo precisos los detalles antes borrosos y desplazando las sombras. La brisa matutina arrastraba el olor a heno y a caballo de las cuadras de la posada. El amanecer teñía el cielo de un azul frío y pálido al asomar el sol, a su derecha, sobre los tejados del pueblo. Pero Frodrith se percató de que aún no estaba lo suficientemente alto como para iluminar el patio trasero de la posada, bajo las ventanas del segundo piso, con su sobria valla de tablones blancos. El pequeño pozo de pulido brocal de granito gris a la izquierda, cerca de las cocinas; una ordenada pila de leña, cubierta por una gran piel encerada, ocupaba por completo el otro extremo del patio; y un cobertizo de madera adosado a la verja enfrente del edificio, que hacía las veces de excusado. Todo ello estaba sumido todavía en las sombras del amanecer, colores marrones, negros y grises, salpicados en algunas zonas de relucientes retazos dorados, allí donde el reflejo del sol en las ventanas caía en el suelo de tierra apisonada del patio.
          —Es todavía muy temprano, Diedrith. —Su hermana había avanzado hasta situarse a su lado y ahora se secaba con el paño de algodón lo mejor que podía— ¿Por qué hemos madrugado hoy tanto?
          La joven le miró desconcertada con el trapo entre las manos, antes de dejarlo de nuevo en la mesa y encararlo con los brazos cruzados.
          —Porque nos vamos, al norte, a la guerra. Hablamos anoche ¿ya no te  acuerdas?
          Frodrith frunció el ceño tratando de hacer memoria. La noche anterior, la cena a la luz de las lámparas de aceite, la taberna atestada de gente, su hermana diciéndole algo sobre el dinero, un mago y una traición, y Norha de una mesa a otra, con la bandeja entre las manos, más hermosa que nunca. Sus caderas oscilando de lado a lado bajo la larga falda, sus pequeños pechos… El joven dejó escapar una risita resignada y se encogió de hombros.
          —Ya veo —replicó Diedrith con algo de mordacidad en la voz.
          —Pero ¿por qué? —protestó Frodrith, dejándose caer pesadamente sobre la cama, tratando de ganar tiempo para encontrar una buena excusa que convenciera a su hermana de quedarse—. Eh... ¡Pero esta noche es Samhein, Diedrith! Habrá fiesta y baile y música. ¡Y además bailará Norha! Le prometí que la vería bailar en el festival. ¿No podemos quedarnos un día más, sólo hasta mañana?
          —Tenemos que irnos, Frodrith, no podemos quedarnos.   
          La muchacha se arrodilló junto a la cama y sacó la bolsa de debajo, la dejó sobre el colchón y sus cosas se desperdigaron entre las mantas.
          —¡Pero Diedrith!
          —Nada de peros, nos vamos —su voz sonaba ahogada debido a la empapada camisola que se sacaba en esos momentos por la cabeza.
          —No lo entiendo ¿por qué tan pronto?
          —Porque apenas nos queda dinero —replicó mientras cogía los pantalones  de color ocre oscuro, casi rojo, y se los ponía encima de la ropa interior. Luego la túnica corta, más oscura que los pantalones, que se ciñó con un sencillo cinturón de cuero—. Tenemos lo justo para pagar la habitación, comprar comida para el viaje y poco más —sacudió el cabello fuera de la túnica y ató los botones de hueso antes de colocar bien el cuello bordado en ocre—. Ya siento que no nos podamos quedar, pero...
          Frodrith miró resentido a su hermana, siempre habían estado unidos, en lo bueno y en lo malo, siempre habían cuidado el uno del otro; si ella decía que tenían que irse, tendría razón. Pero no por ello dejaba de disgustarle la idea.
          —Diedrith, nos pagaron hace apenas dos meses —se agachó y sacó su propio equipaje de debajo de la cama, comenzó a vestirse —. Aun tendría que quedarnos dinero para una temporada.
          Diedrith se giró cepillándose el pelo con enérgicos movimientos.
          —¿Ya se te ha olvidado? La última campaña fue más corta que de costumbre. Lord Imyer se rindió antes de lo esperado; de hecho, ni siquiera esperaban que se rindiera. Y ya sabes, a menos campaña, menos servicio, menos combates —enumeró, marcando cada idea con un pequeño golpecito en los dedos de la mano izquierda—, menos riesgo y menos dinero que podemos reclamar. La guerra del norte, imagino. No es tiempo para andar con rencillas personales a cuestas.
          Se encogió expresivamente de hombros y le lanzó el peine de cerdas a su hermano. Alargando el brazo hacia atrás, se inclinó para recoger un par de anillos de metal forrados en cuero, que usó para recogerse el cabello en dos coletas a ambos lados de la cabeza. El metal encajó con un inaudible chasquido y la muchacha sacudió ambas colas de caballo, haciendo que cayesen con naturalidad enmarcando su rostro de suaves facciones en una aureola castaño-rojiza. Luego se sentó en el catre y se calzó; el bulto que había tras ella, envuelto en su capa verde oscuro, tintineó de forma apenas audible.
          —¡Como para olvidarlo! —Exclamó Frodrith guardando, tras peinarse, el cepillo en su bolsa—. Si estuvimos tres días regateando con ese rácano de lord Aerith —«¡Habrase visto tipo más desgraciado!»—, y todo para conseguir sólo cinco wyrms* más.
          El muchacho se agachó para ponerse las botas con el ceño fruncido.
          —Aun así tendría que quedarnos dinero para otra luna.
          —Lo gastamos en tus botas nuevas, las últimas semanas no hacías más que quejarte de los agujeros y de las piedras en el camino y de las ampollas en tus pies —terció Diedrith, girándose para desenvolver el extraño objeto que guardaba en la capa—, y en mi nueva capa. Aunque parezca que no, ahí se nos fue la mitad del dinero. Ya puede durarnos la nueva ropa, al precio que la pagamos.
          —La verdad es que tú necesitabas otra capa —convino el joven—, la otra tenía más agujeros que lana.
          —También está —prosiguió su hermana mientras dejaba al descubierto sobre la cama unas largas cadenas de plata, cuyos eslabones no serían más anchos que una de sus uñas, y unos brazaletes del mismo material unidos a ellas— la semana que llevamos aquí, “La Flor de Yshaunn” no es precisamente barata. Necesitábamos información, vale, pero ha sido a costa de los ahorros.
          Diedrith contempló en silencio entonces su arma en el combate: las cadenas bendecidas y consagradas a la Diosa Tyrsha, la Diosa de la Guerra y la Sabiduría. No siendo ella una de sus sacerdotisas, era todo un honor que poseyera un arma bendecida por la Dama. Uno de los extremos de la cadena tenía una afilada punta de un palmo de largo, cuyos bordes relucían mortíferos, y el otro una arandela fina y circular. Los dos brazaletes eran pequeños y planos, hechos con delgadas láminas argénteas. Los enemigos normalmente no la tomaban en serio la primera vez que la veían entrar en combate... pero muy pronto cambiaban de idea ante el mortal poder de aquel objeto arcano.
          —Lo sé, Diedrith, pero por un día que perdamos aquí... El dinero nos llega, y la guerra del Norn puede esperar unas horas. Yo quiero quedarme al Samhein, ver bailar a Norha, tocar en la tarima de los músicos —musitó en voz baja, levantándose a mirar por la ventana.
          Con una sonrisa comprensiva y tierna en los labios recogió las cadenas, se colocó los brazaletes en torno a las muñecas y los cerró con un chasquido. Entonces, parecieron encogerse mágicamente adaptándose a sus movimientos. Contempló las cadenas asombrada, la verdad era que ni ella misma tenía demasiado claro porqué conseguía hacerlas funcionar, ni cómo. Respondían a su instinto, a sus pensamientos, a sus reflejos, como una extensión más de su cuerpo.
          —Lo siento, hermanito, pero no podemos. Sí, el dinero nos llegaría, pero no hasta Ossián. En cuanto a la guerra, eso es lo único que no puede esperar —Diedrith se puso la capa sobre los hombros y guardó todo lo que quedaba sobre la cama: una bolsa de dinero, otra de hierbas medicinales y su camisola de dormir mojada y que tendría que secar antes de la noche. La plata que colgaba de sus muñecas acompañaba, con un dulce tintineo, cada uno de sus movimientos—. Mientras tú cortejabas a la hija del posadero y disfrutabas de unos días de vacaciones, yo me he informado. Hace ya más de una luna que el rey Trión partió hacia Nardis; las tropas de ese mago... como se llame, traidor,  no terminan de avanzar hacia el Sorn, parece que ahí ya cuenta con algunas divisiones propias, traidores dicen. Pese a todo, la gente comenta que el encuentro decisivo será en la fortaleza del Norn.
          »No, Frodrith, no podemos esperar. Si queremos unirnos al ejército antes del combate, tenemos que partir hoy; y pese a todo, tal vez lleguemos tarde. Con suerte podremos alcanzar a la retaguardia que queda en la capital y que se encargará de conducir los suministros. Recuerda que por eso hicimos un alto aquí, para informarnos, y ahora tenemos que continuar el viaje.
          —Sí —suspiró el joven algo absorto en los claroscuros del patio, en los juegos de luces y sombras que el sol producía al derramar su albor por encima de la valla y los edificios circundantes. Entonces la vio, saliendo de las cocinas con su falda verde hierba, larga hasta los tobillos, y sus rizados cabellos castaños cayéndole a la espalda, sobre la blusa crema, hasta la cintura. Los llevaba sueltos y hondeaban con la suave brisa que debía soplar fuera—. Norha...
          Llevaba en las manos un cubo de agua y se dirigía al pozo con movimientos suaves y llenos de gracia; su delicada silueta cimbreando como un junco. Recordó sus ojos, grandes y luminosos, de un raro color gris verdoso, como una piedra cubierta de musgo en la corriente de un río de montaña, con los dulces rayos del sol resbalando sobre ella, que, cuando lo miraban, tenían a  veces un brillo malévolo y secreto. Su sonrisa, siempre con ese destello de malicia, de broma secreta, que tanto le fascinaba. Y deseó con toda su alma poder quedarse a verla danzar en el festival del Samhein, con aquella túnica de color índigo de la que tanto le había hablado, y poder tocar para ella la flauta en alguno de los bailes. Luego, tal vez, acariciar sus caderas y sus seguramente suaves pechos y, quizá, reclamar un beso.
          —Vamos, Frodrith.
          El joven guerrero se giró justo a tiempo de ver como su hermana salía de la habitación y cerraba la puerta tras ella. Frodrith se apresuró a sacar de la bolsa su espada corta y su daga, de más de un palmo de fina hoja, y a guardarlas en las fundas del cinturón. Se aseguró de tenerlo todo, incluido el estuche de su flauta, cerró las correas del petate antes de colgárselo al hombro y salir corriendo detrás de su hermana.


          Desde el pasillo del segundo piso podía verse el salón de la posada justo debajo, tras la barandilla tallada. A la derecha, la barra con la puerta que daba a las cocinas, y a la izquierda, la enorme chimenea de piedra oscura y sin pulimentar con el crepitante fuego recién encendido. Junto a ella descendía la escalera de madera de las habitaciones.
          A esas horas de la mañana, cuando los dos hermanos bajaron a desayunar, la posada estaba casi desierta; tan sólo había unos pocos parroquianos, habituales del lugar, desperdigados en las mesas dispuestas entre las vigas de oscuro roble que sostenían el techo. Sheâdegall se afanaba en sacar brillo al mostrador con un trapo blanco y limpio. Era un hombre grueso, de prominente barriga bajo el inmaculado delantal, mejillas sonrosadas y afable sonrisa en un rostro de facciones joviales, que vibraban visiblemente cuando reía. La suya era una risa profunda que parecía brotar directamente del fondo aquel inmenso corpachón. Tenía ojillos pequeños y hundidos tras los pómulos, de un pálido color gris, en torno a los que se marcaban las arrugas de años de inconfundible felicidad. Hacía ya tiempo que el cabello le había comenzado a escasear en la coronilla, pero ahora mantenía aquella calva orgullosamente brillante, rodeada por una orla de fino pelo salpicado de canas.
          Frodrith y Diedrith avanzaron sorteando las mesas y el joven se sentó en una cercana a la barra, junto a las columnas de madera que sostenían el segundo piso. Desde allí podía verse toda la posada. La madre de Norha, subida en una alta escalera, decoraba los ventanales más inaccesibles y las vigas de madera con las guirnaldas de hojas secas y frutos ocres, bermejos y dorados, para el festival del Samhein que se celebraba aquella noche. De la mayor parte de las paredes pendían ya las cintas rojas y los ramos de flores recolectados la primavera anterior expresamente para ese día. A la luz del fuego y la claridad que entraba por las ventanas, arropada por el silencio del amanecer otoñal, la posada emanaba un ambiente hogareño que hacía más difícil la partida de los jóvenes.
          Sheâdegall se acercó a los muchachos con una sonrisa enorme en el ancho rostro, moviéndose con una agilidad extraña para alguien de su corpulencia. Se inclinó sobre la barra y cruzó los brazos, grandes como troncos, sobre la superficie que mantenía siempre limpia y brillante. Todavía con el paño entre los gruesos dedos de la manaza derecha.
          —¿Cómo tan pronto hoy por aquí, chicos? El sol no está alto en el cielo. Al menos no lo suficiente para algunos
          El posadero entrecerró los porcinos ojos y miró con fijeza a Frodrith, que normalmente no solía bajar hasta algo entrada la mañana. El chico sonrió  azorado antes de señalar con un gesto de la barbilla a su hermana y recostarse en la silla.
          —Claro —Sheâdegall le guiñó un ojo de forma cómplice al muchacho, sacudida su barriga por un espasmo de risa contenida.
          —Hoy seguimos camino, Sheâdegall —Diedrith colgó su petate del respaldo de la silla y alzó una mano, en la que tintinearon las cadenas, para saludar a Yoren, la mujer del posadero, que se acercaba a ellos recomponiendo enérgicamente el semi-desecho moño en que llevaba recogidos los oscuros cabellos—. Hacia Ossián. No podemos quedarnos más, aunque crean que nos  gustaría. Habéis sido muy amables con nosotros.
          —¿Iros? —inquirió la mujer apoyando una mano en la mesa —. ¿Hoy? Pero si celebramos el Samhein.
          Su esposo asintió con expresión aturdida y Frodrith miró a su hermana  con cierto reproche.
          —Lo sé —se excusó la joven con expresión levemente culpable y avergonzada—, pero nos hemos enterado de que el rey  Trión está ya cerca de Nardis, y si queremos unirnos a las tropas antes de la batalla tenemos que partir hoy.
          —Comprendo —Sheâdegall frotaba ensimismado una invisible mancha de la barra, parecía que algo lo perturbara, algo de lo que no se atrevía a hablarles, pero al mismo tiempo de algo importante que quizá debieran saber. Les miró de soslayo y, durante un momento, pareció que fuera a hablar; titubeó, lanzó el paño debajo de la barra y se inclinó más hacia ellos—. Corren rumores extraños en el Norn; antes de que llegarais pasó por aquí un viajero del norte, un comerciante de telas que venía desde Vélsagar, y me dijo que había visto un dragón. Un dragón negro.
          Diedrith intercambió una sombría mirada con su hermano al tiempo que se sentaba. ¿Un dragón?
          —Sobrevoló su caravana hace dos lunas al sur del estrecho del Mar de  Sodmeth —continuó tras un corto e incómodo silencio—, al anochecer. Iba en dirección noreste. Pero no es sólo eso —añadió con premura—. Me contó que gentes del Norn con las que había hablado también afirmaban haberlo visto últimamente.
          —Los dragones llevan dormidos desde el principio de la era —objetó Frodrith sin atreverse a alzar la voz—; no es posible que viera uno.
          —Le conozco bien —replicó Sheâdegall—, pasa por aquí todos los años: sube al norte al comenzar la primavera y vuelve al sur, cargado de pieles, con el otoño. Si él dice que ha visto un dragón, es que lo ha hecho.
          —No creo que mi hermano se refiera a eso —se apresuró a intervenir la joven en tono conciliador—, pudo haber sido un águila de las montañas, las nubes pueden deformar las cosas haciendo que parezcan más grandes de lo que son.
          —No —prosiguió el posadero—. Dijo que era una criatura enorme y de alas membranosas y negras, como las de un murciélago, una cola como un látigo y un cuello largo. Le calcularon dos ahs de envergadura.
          —¡Sheâd, por favor! No asustes con esas cosas a los chicos —protestó Yoren, mirando con severidad a su esposo y los brazos en jarras—. Y vosotros, no vayáis a creer todo lo que este viejo y gordo gruñón os cuente, tiene demasiada imaginación. Os traeré el desayuno.
          La mujer se alejó con paso rápido y, tras pasar al otro lado de la barra, desapareció por la puerta doble que daba a las cocinas, pero no sin antes lanzar una mirada recriminatoria al posadero, acompañada de un sonoro bufido.  El hombretón puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza.
          —Sheâdegall ¿cómo es que no hemos oído hablar de eso hasta ahora? Ni en la posada ni en la ciudad —inquirió Frodrith—; y un dragón... ¡Vamos, que no creo que la gente haya podido pasar por alto una historia como esa! No es de las que se olvidan.
          —Nerha, el comerciante, ordenó a todos los de su caravana que guardaran silencio; él mismo no hubiera hablado si no llega a ser porque somos viejos conocidos. No quería que le tomaran por loco. Además, después de todas las leyendas del Norn que se comienzan a recordar estos días, lo único que falta es que la gente se preocupe por la existencia de un dragón despierto sobrevolando Bakán al anochecer. Pero vosotros vais hacia allí, hacia el Norn. Es mejor saberlo ¿no?
          Los dos hermanos asintieron en silencio. Conocían la leyenda del dragón negro del Norn, pero no era más que eso, una leyenda; al menos hasta el momento. También comprendían las razones para ocultar aquel hecho: si la gente oía que un dragón volaba por el norte, pensarían que nada impediría que viajara hacia el sur. El pánico correría como el fuego y, posiblemente, la gente huiría al Sorn, los campos quedarían desatendidos, sin cultivar, habría disturbios en los pueblos y en las ciudades donde la gente buscara esconderse. Saqueos, refugiados.
          Pese a todo, existía otra posibilidad, muy pequeña, sí, pero...
          —¿Y si...? —Diedrith titubeó—. ¿No podrían estar despertando los dragones? ¿Qué pasaría entonces?
          Las palabras de la muchacha, pronunciadas en un quedo susurro, les sumieron en un angustioso silencio. Un silencio en el que los pensamientos de todos se centraron por un instante en esa inquietante probabilidad. Un futuro con dragones en el cielo, gigantescos seres feroces sedientos, tal vez, de sangre. Voraces criaturas. Las leyendas hablaban de un lejano pasado en que los dragones dominaban el cielo, un tiempo en que ayudaron al hombre a expulsar a los elfos negros de Bakán. Muy pocas historias, sin embargo, hablaban de cómo subsistían, de qué comían. Eso era lo más inquietante de todo. Fue Frodrith el que rompió finalmente la tensión, cuando se echó a reír a carcajadas y se lanzó hacia adelante para palmear el hombro de su hermana. Los clientes sentados en otras mesas se volvieron con curiosidad.
          —¡Tú sí que tienes demasiada imaginación, hermanita! ¿¡Despertar los  dragones!? —se mofó con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Vamos...!
          Las comisuras de los labios de Sheâdegall se curvaron espasmódicamente hacia arriba sin llegar a formar más que un atisbo de sonrisa. Yoren volvió en esos momentos cargada con una bandeja llena de comida, que depositó en la mesa. Había una jarra con zumo de frutas, queso, pan y un par de manzanas de reluciente piel verde.
          —Gracias, Yoren —dijo Diedrith.
          Ésta respondió con una sonrisa y dejó al lado de la bandeja una bolsa de cuero que la muchacha no había visto que trajera hasta ese momento.
          —Unas provisiones para el viaje —explicó la mujer—, será largo y cansado, y ya sé que no tenéis demasiado dinero... No hace falta que las paguéis —añadió al ver la expresión desconcertada de los rostros de los jóvenes—, son un regalo. Sólo es un poco de queso y manzanas.
          Tanto Frodrith como su hermana se sonrojaron sin poder evitarlo.
          —Mu... muchas gracias —tartamudeó el muchacho—, pero no tendríais que haberos molestado, Yoren. Podemos pagaros ¿No, Diedrith?
          La joven se limitó a asentir con la cabeza.
          —Nada de eso —les reprochó Sheâdegall—, son un regalo y basta. No tenéis que pagar nada.
          —Pero...
          —Nada de peros —secundó su esposa.
          —Está bien —cedió Diedrith sonriendo con suavidad, todavía algo turbada.


 * Pequeña moneda de plata bakanesa. Diez wyrms hacen un dragón de oro.

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2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Pues Diedrith es uno de los personajes que también he cambiado un poco desde que tú leyeras Bakán por primera vez. Espera a verlo más adelante. Y en este capítulo mismo he eliminado una escena completa (ya no llevan brazaletes, por ejemplo, ahora llevan manga larga directamente). Además Frodrith está algo más hormonado que antes. Asi me parece que queda más natural todo :D

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