Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 7 de febrero de 2013

CAPÍTULO CUARTO (Parte 2) - Más allá de las sombras


          Las escaleras de caracol que se extendían al fondo del pasillo eran estrechas; de sus pequeños peldaños resbaladizos por el uso, que descendían hacia las tinieblas, parecía emanar un aire frío como la misma muerte. Nunca, nadie, había osado adentrarse sin permiso en los dominios de Sadreg, nadie excepto Zaryll.

          El elfo bajó las escaleras, acompañado del tenue susurrar de sus ropas de seda, sin importarle en lo más mínimo la ausencia de luz. Conocía cada piedra, cada irregularidad del mármol que se deslizaba bajo sus pies. Había descendido por aquellas escaleras cientos de veces en el tiempo que llevaba en  Nardis, tantas que la luz sólo entorpecía sus pasos. Finalmente se detuvo en la oscuridad y, tras rebuscar entre sus ropas, volvió a sacar la pequeña llave de plata. Con un ligero chasquido, la puerta se abrió y la luz del exterior entró a raudales desde unas grandes ventanas al fondo de la elegante sala circular. La puerta se cerró sola a sus espaldas y Sadreg caminó hacia una de las otras dos que había a su derecha. La llave de plata encajó una vez más en la cerradura y el elfo se adentró en la oscuridad del otro lado.
          A una orden suya, un globo de luz dorada se materializó sobre su cabeza. Las tinieblas se retiraron revelando una habitación pequeña, sin ventanas, y con un espejo apoyado en un trípode en el mismo centro por todo mobiliario. El espejo era sencillo, con un delicado marco de madera, vulgar, sin ningún adorno. Pero había algo raro en él, algo fuera de lugar. Allí donde tendrían que reflejarse Sadreg y la esfera luminosa no había nada, sólo negrura. El elfo se acercó al espejo y clavó sus ojos sesgados en las sombrías profundidades, nada de movimiento, ningún reflejo. Con suma lentitud, alzó la diestra y trazó unas cuidadosas espirales ante el cristal al tiempo que de sus labios surgían las palabras mágicas:
          —Noidha, lido näs hu dheo har hal-mai hu ligh. Noidha, lido näs hu dheo har hal-mai hu ligh.
          E hu ligh nodo mai-si berh har ele-mai tha u pithe ah dergh, e sai luo u shin-re.
          Igh, Noidha! muno mai-si cala.
          Un frío resplandor gris plateado comenzó a brotar de las lóbregas sombras del objeto mágico y una niebla cambiante, de un blanco cerúleo, empañó la superficie del espejo poco a poco. Diminutas descargas de energía recorrieron las nubes y una luz brillante, cegadora, surgió del marco de madera; Sadreg se vio obligado a apartar la vista. Cuando volvió a mirar, un hermoso rostro femenino, de delicadas facciones, lo contemplaba desde el espejo. Su tez era ligeramente más clara que la de Sadreg y sus rasgados ojos dorados. Pómulos altos y orejas puntiagudas que asomaban entre el largo cabello blanco, recogido en una elaborada trenza medio suelta. Pero su belleza se veía empañada por el leve atisbo de crueldad de sus finos labios y el inquisitivo destello de fastidio que asomaba a sus ojos.
          —Sadreg —su voz, suave y melodiosa, sonaba lejana, como si hablara a través de un largo túnel—, ¿por qué llamas? ¿Ha ocurrido algo?
          —Lady Seindra, mi señora, he hablado con Zaryll tal y como deseabais; ya ha sido informado de la existencia del prófugo.
          La elfa negra frunció el ceño y apartó el cabello de la cara con una esbelta mano de largos dedos. Sadreg se dijo que era realmente hermosa, hermosa pero mortal, como una serpiente.
          —Y bien ¿qué piensa hacer?
          Sadreg frunció los labios en una mueca agria al acordarse de la reciente conversación con el mago humano.
          —Zaryll ha dispuesto que Org se encargue del trabajo —murmuró entre dientes tratando de contener la cólera que amenazaba con ahogarlo de nuevo. La había creído controlada y ahí estaba de nuevo, a flor de piel.
          —¿De matar al prófugo? Sí —admitió pensativa—, lo hará bien. Es una bestia y un salvaje y, aunque no es muy inteligente, le gusta cumplir ese tipo de órdenes —súbitamente la joven entrecerró los ojos hasta reducirlos a meras rendijas doradas, su voz se volvió dura y seca—. ¿Qué problema ves...? ¡Ah!, ya... Creías que ibas a ser tú el encargado ¿verdad? Perdiste la calma.
          Aquel estallido, en un tono bajo y cavernoso, le hizo retroceder en la oscuridad de la sala, la esfera de luz parpadeó ligeramente y el elfo se obligó a sí mismo a mantener la concentración.
          —Mi señora, yo...
          —No intentes justificarte, Sadreg Shays-shu, conozco de sobra tu temperamento un poco... digamos difícil, tu poca paciencia con este tipo de asuntos. Según parece he de recordarte, una vez más, tus lealtades, y que eres más útil vivo que muerto. Zaryll bien podría haberte matado. 
          —Lo siento, mi señora —murmuró el helfshard—, pero he podido evitarlo, ha sido...
          —Haz el favor de no interrumpirme cuando hablo.
          —Sí, mi señora —Sadreg agachó la cabeza, avergonzado. Aquella mujer lo hacía sentirse a veces pequeño e insignificante. Avergonzado de sí mismo.
          Seindra suspiró un poco más tranquila y miró al turbado elfo.
          —Tranquilo, Sadreg; no creo que Zaryll se hubiera atrevido a matarte, hay demasiado en juego, hasta para él, pero aun así... La próxima vez contrólate. Se de sobra que es consciente de dónde están tus lealtades, que no se cree tu servilismo, pero es mejor no restregarle ese hecho por la cara demasiado a menudo —entonces esbozó una fugaz sonrisa—. Tampoco creo que hayas tenido en cuenta ciertas cosas. ¿Creías que si matabas a uno de los seis guerreros serías recompensado por mi madre? ¿Cómo, por el amor de Noidha? Ni siquiera contrayendo matrimonio conmigo mejoraría tu estatus social. Además, olvidas que puede no ser uno de los elegidos —su voz era ahora suave y embrujadora, una cadencia musical que disipaba las dudas y recelos—. Supón que lo matas y que resulta ser uno de ellos, no podrías esperar más que unas palabras de agradecimiento. ¿Y si acabas con él, o ella, y sólo se trata de un viajero? ¡Oh, vaya! Sadreg se ha precipitado, ha cometido un error... Tienes muchos enemigos, tanto dentro del clan cómo fuera, que esperan un sólo fallo por tu parte para pedir tu cabeza o hacerte caer en desgracia. Y piensa en qué ocurriría si fallaras y fuera uno de los guerreros —Seindra estalló en argénteas carcajadas y el rostro del elfo se oscureció ante la burla—, te sería más grato el suicidio que volver vivo a Nardis; eso si no murieras en la lucha. Por no mencionar lo que te pasaría si perdieras y no fuera alguien con la marca del dragón.
          »Mira, en cambio, a Org. Si el prófugo le vence y le mata, la mayor parte de la gente se alegrará, Org siempre causa problemas. Si huye, sólo se dirá que era de esperar, después de todo es un cobarde. Y si cumple con éxito la misión, independientemente de que se trate o no de un elegido, las cosas seguirán como hasta ahora.
          La elfa miró comprensiva al joven y suspiró.
          —Sadreg —sacudió la cabeza, haciendo que la trenza se le soltara definitivamente—, con todo esto tenías mucho que perder y nada que ganar. Nos eres más útil vivo y donde te encuentras ahora. Dime, ¿en quién más podría confiar para que se encargara de lo que tú haces en Nardis? No hay nadie más, Sadreg, nadie.
          El helfshard asintió y se inclinó ante el espejo, conmovido por el calor y el afecto en la voz de su señora.
          —No volverá a ocurrir, mi señora. Lo comprendo, pero no es sólo por esto por lo que os he llamado.
          —Habla —una suave brisa, que Sadreg no podía sentir, hizo ondear el blanco cabello de la muchacha, sus ojos se desviaron más allá del espejo, parecía inquieta por algo que ocurría a su alrededor.
          —Zaryll —el elfo aspiró profundamente y se humedeció los labios antes de contestar— quie... va a despertar a los Espectros.
          Seindra, que no parecía haber prestado mucha atención a su interlocutor, pegó un respingo al oír la última palabra y se inclinó hacia el espejo, su imagen apareció súbitamente agrandada.
          —Dime que no has dicho lo que he creído oír —siseó con la voz crispada por la ansiedad.
          —Yo...
          —¿Por qué?
          —Cómo no confía plenamente en el éxito de Org, quiere asegurarse el éxito. Siempre cabe la posibilidad de que sea un guerrero, y en ese caso representa un peligro potencial. Además de encargarse del prófugo, los Espectros protegerían el acceso a Nardis.
          —Buenos argumentos —replicó sarcástica la chica, sus dorados ojos relucían peligrosos, mortales—. ¿Te los has aprendido de memoria? —silencio—. Lo siento, Sadreg, perdona —añadió valorar la dolida mirada del elfo. Seindra inhaló con lentitud y luego expulsó el aire—. Es sólo que... —vaciló—. No me gusta la idea. Las antiguas historias, lo que se cuenta de ellos. Aunque pensándolo detenidamente tenga su lógica, sigue suponiendo un gran riesgo. Puede que Zaryll sea lo suficientemente poderoso para mantenerlos bajo control, pero, pese a todo, en caso de que perdiera el dominio ¿podríais volver a dormirlos tú y los tuyos?
          El elfo negro contempló largo rato la imagen de Seindra en la oscura superficie del espejo, sopesando las posibilidades de que cinco hechiceros elfos sumieran en un sueño eterno a los poderosos seres espectrales. Según las crónicas, la otra vez que lo hicieron habían sido varias decenas, ahora ya no quedaban tantos magos entre su gente. Perdido, tantísimo poder perdido…
          —Podríamos hacerlo —contestó por último—, pero sería arriesgado, alguien podría quedar atrapado en el sello.
          —Tú no, desde luego —no pudo evitar matizar la joven con un asomo de cinismo.
          Sadreg se encogió de hombros
          —Está bien, que los despierte. Pero mantenle vigilado y si algo sucediera avísame cuanto antes. Ahora tengo que dejarte, Sadreg. Ya estamos casi listos para avanzar sobre la aldea y no puedo retrasarlo más, están esperando que dé la orden. ¿Hay algo más?
          —Seindra, mi señora, Zaryll desea que tras terminar vuestro trabajo regreséis a Nardis. Además, ha enviado a Reda a sitiar y arrasar Ossián, quiere cortar la ruta de suministros del ejército de Trión. Me he tomado la libertad de enviar a Erish y a Gerath con él.
          —No es mala idea —la elfa asintió y su imagen comenzó a desvanecerse en una suave neblina.
          —¡Ah, mi señora! Reda os envía recuerdos —sonrió Sadreg en el último  momento.
          Mientras las sombras se adueñaban del espejo, pudo ver la mueca de desprecio y furia que asomó a las delicadas facciones de la elfa.
          «Una pequeña victoria de este tu humilde siervo, mi señora» 


          Seindra miró el diminuto espejo de plata y estuvo a punto de arrojarlo entre los cascos de su negra montura, Shyras. El caballo de alas coriáceas y endemoniados ojos de pupila vertical, dorados como el fuego, la miró con curiosidad y piafó ruidosamente, mostrando sus afilados colmillos.
          —¡Estúpido insolente! —siseó con los dientes apretados al tiempo que  guardaba el espejo en un bolsillo de la capa—. ¿¡Cómo se atreve ese malnacido de Reda a...!? —resopló—. ¡¡Lhure!!
          De la protectora sombra de los pinos que había en la ladera de la montaña, surgió una enlutada figura envuelta en una capa azabache. El blanco cabello lo llevaba recogido, mediante unos finos cordeles de plata, en una larga coleta que caía sobre su hombro hasta la cintura. Se trataba de un elfo atractivo que apenas había salido de la adolescencia, el más joven de todos los helfshard de su pueblo, facciones muy angulosas, incluso para tratarse de alguien de su raza, y apacibles ojos aguamarina. De una cadena de cuentas de plata, que le rodeaba el cuello, pendía un alargado cristal de un extraño color lechoso.
          —¿Qué deseáis, mi señora? —musitó con voz sumamente suave y una apacible media sonrisa—. Os veo disgustada.
          —No es nada —respondió Seindra, haciendo un despreocupado gesto con la mano. Le caía bien Lhure, siempre calmado, sereno, atento; tenerlo cerca la ayudaba a tranquilizarse—. Da la orden de ataque, quiero ver la aldea destruida antes de que caiga la noche.
          De un ágil salto, se encaramó a la grupa de su caballo y miró con los ojos entrecerrados el valle cubierto de árboles y los penachos de humo que se elevaban desde el fondo en oscuras espirales.
          —Pero id con precaución y en silencio. Hay que atraparlos por sorpresa, nadie debe escapar ni sobrevivir.
          —Sí, mi señora —el mago elfo sacó de entre los árboles su elegante corcel albo, montó y, alzando una mano por encima de la cabeza, pronunció en un quedo susurro el hechizo. Una fina columna de luz negra brotó de su palma, brillo unos segundos en el fresco aire del mediodía y se extinguió en una refulgente cascada de chispas oscuras.
          A esa orden, las tropas que aguardaban pacientemente en el bosque, comenzaron a descender hacia Eshainne en ordenadas filas silenciosas. Nadie que no estuviera mirando con suma atención al norte, hubiera podido ver cómo las sombras se desplazaban entre los árboles, ni la estrecha franja negra que había cortado el cielo poco antes.


          Sadreg suspiró molesto, la sonrisa de diversión borrándose por momentos de sus labios, y se dispuso a emprender la tarea menos agradable de contactar con Org. Volvió a situarse frente al espejo y repitió el ritual mágico una vez más, pero esta vez no apareció en su pulida superficie el rostro de delicadas facciones de un elfo o las más bastas de un humano, sino algo mucho más grotesco y deforme.
          El elfo nunca había logrado descubrir a qué raza pertenecía Org. Había quien aseveraba que era un pintón, pero su tamaño era considerablemente superior al de los Nur*. Otros decían que era un orco, pero sus orejas grandes y puntiagudas desmentían este hecho. Algunos, incluso, habían llegado a afirmar que se trataba de un extraño humano o de un troll de la montañas; estos últimos solían ser los elfos. Aunque nadie sabía con certeza el origen de Org a todos les desagradaba profundamente su presencia, sobre todo por el olor.
          Ahora Sadreg lo tenía ante él. Su chato rostro estaba recubierto en su totalidad por un áspero e hirsuto vello negro y, desde las hundidas cuencas, lo miraban unos diminutos ojillos ámbar inyectados en sangre. Tenía una nariz bulbosa que se curvaba sobre la prominente mandíbula inferior. De ella sobresalían unos grandes colmillos curvos con una gruesa costra de mugre, que alcanzaban casi sus huesudas mejillas. Llevaba el cabello sucio y enredado, cubriendo parcialmente sus grandes orejas, algunos de los pelos, tiesos y duros, aparecían manchados de amarillenta cera.
          El elfo negro frunció los labios en una mueca de infinita repugnancia antes de reunir el ánimo suficiente para hablar con aquella bestia.
          —Sergñorr —gruño la criatura con rasposa voz gutural.
          —Org, lord Zaryll tiene una nueva misión para ti. Es algo importante — puntualizó al advertir el progresivo desinterés en los crueles ojos del ser—.  Cerca de tu posición hay un fugitivo de la aldea de Eshainne, va a caballo y es muy posible que esté armado. Viaja en dirección Orn. Tienes que matarlo. Puede que sea difícil encontrar a un viajero solitario en una región como esa, pero sé que cuentas con buenos rastreadores. Espero recibir en breve la noticia de que ha muerto.
          —¿Puegde que surgfrirr?
          —¡Haz lo que quieras! —le espetó Sadreg, despectivo—, pero acaba con él. En el caso de que no logres matarle tienes que arreglártelas para que vaya a las ruinas de Gringa, al norte. Más vale que no cometas errores ¿has entendido?
          —Gsí. Morigrrá.
          El mago aspiró profundamente y pasó la mano derecha sobre el espejo;   brillantes cintas de luz blanca recorrieron el cristal, luego las sombras se adueñaron del mágico artilugio. Sadreg se encontró mirando la impenetrable negrura que, en un espejo normal, le hubiera devuelto su propia imagen.
          —Esto ya está —murmuró entre dientes y abandonó la habitación.
          Fuera hacía calor, el sol había conseguido abrirse paso entre el gris manto de nubes y ahora el cielo lucía un hermoso color azul zafiro, que contrastaba con las negras piedras de la torre. Pero no por mucho tiempo, se dijo el elfo, pronto la luz del sol volvería a ser un suave resplandor y el cielo se tornaría gris de nuevo.
          —¡Derag! —exclamó, chasqueando los dedos, y la esfera de luz se esfumó.
          Sadreg cerró con llave la puerta de madera y, caminando con tanta calma como si dispusiera de todo el día para cumplir las órdenes de Zaryll, se acercó a los grandes ventanales que daban a la parte más oscura y siniestra de Nardis: los patios de mármol y granito, pulidos hasta semejar espejos, y los bajos edificios de las prisiones. Apoyó ambas manos en los finos travesaños de cedro, decorados con tallas de diminutas flores y estilizadas hojas, que se entrelazaban en complejos motivos vegetales y, empujando con suavidad, abrió una de las ventanas. Un viento suave y fresco acarició su rostro y agitó sus blancos cabellos, llenándolo de serenidad. Empujadas por él, las sedosas nubes pasaron frente al sol proyectando su alargada sombra sobre los edificios de abajo. Sadreg inhaló profundamente aquel aire impregnado del aroma de los pinos y abetos de las cumbres montañosas que rodeaban la ciudadela, y sonrió. Y la suya fue una sonrisa sin el más mínimo atisbo de hipocresía, una sonrisa cargada de nostalgia y añoranza. Allí lejos, en el Norn, en la dirección de la que soplaba el viento, tras las montañas, estaba su hogar, el reino de los elfos; y hacía ya demasiado tiempo que faltaba de allí. ¿Cuántos meses habrían transcurrido? La sonrisa se borró bruscamente de sus labios y sus ojos violáceos se convirtieron en meras rendijas que miraban al infinito.
          —Samhein**... —musitó—. Por supuesto...
          ¡Aquella noche era Samhein! Una noche en la que el mundo de los dioses se aproximaba al de los mortales, una noche llena de fuerzas mágicas y de poder, una noche en la que podían ocurrir tanto portentos como desdichas.
          Ahora todo tenía sentido, por eso Zaryll quería la sala de invocaciones para la tarde; en una noche como aquella tendría que recurrir a menos de su poder para someter a los Espectros. La habitación acumularía para la hora prevista una enorme cantidad de energía mágica, facilitando así la labor del mago humano. No era estúpido el hechicero, siempre era bueno que hechos como aquel se lo recordaran. Efectivamente, aquella sería una noche de desgracias.
          Cerró las ventanas y avanzó con paso ligero hacia la puerta que se habría junto a la sala del espejo. Tan sólo se diferenciaba de la anterior en que sobre su superficie se podía apreciar con claridad una delicada talla de una estrella de cinco puntas, y en que no parecía tener ninguna cerradura. El elfo se detuvo frente a ella, introdujo la mano bajo el cuello de la camisa azul oscuro y, tirando de una fina cadena de eslabones de plata, extrajo un pequeño colgante: un cristal lechoso y alargado de múltiples facetas, que parecía absorber la luz del sol. La piedra era su talismán de poder, el objeto que lo señalaba a los ojos de los otros elfos negros como mago, y que lo colocaba por encima de ellos. Tras encerrarlo en el cuenco de sus manos, cerró los ojos tratando de concentrarse. Las afiladas aristas del cristal se clavaron en sus sensibles palmas, produciéndole un penetrante dolor que le hizo tensar los músculos de la mandíbula, pese a todo siguió sosteniéndolo. El calor de la magia lo invadió, embargándolo, arrastrando su alma hacia las profundidades del subconsciente. Aquel poder lo hacía sentirse vivo, en paz consigo mismo, era toda su existencia y lo reconfortaba. No había nada que se le pudiera comparar.
          Entonces todo terminó, el poder retrocedió en frías oleadas alejándose de él, y se sintió como una solitaria playa cuando baja la marea, rasgada por los surcos que dejan las conchas y piedrecillas en su arrastre hacia aguas más profundas, dejándolo hueco, vacío, con una indefinible sensación de pérdida que se acrecentaba cada vez que usaba la magia. Día tras día tenía que enfrentarse a aquel dolor agudo y lacerante, tenía que luchar para volver a ejecutar los familiares conjuros y poder soportar el desamparo que sentía luego dentro de sí, cuando la magia lo abandonaba. Aquello no era como la sencilla magia del espejo, era más, mucho más.
          Soltando el talismán, que cayó inerte sobre la pechera de su túnica azul, alzó lentamente los párpados para encontrarse con que la puerta se había abierto. De la estrella de cinco puntas grabada sobre ella emanaba un mortecino resplandor plateado. Sadreg franqueó el umbral con decisión y, sin que nadie interviniera, la puerta se selló a sus espaldas.
          —Noidha, lido näs hu dheo har hal-mai hu ligh. Noidha, lido näs hu dheo har hal-mai hu ligh.
          E shuo u pithe a ligh.
          Igh, Noidha! muno mai-si cala —susurró en la densa oscuridad de la Sala de Invocaciones, con la diestra extendida frente a él.
          Un fuerte fogonazo levantó ecos siseantes en la habitación y los grandes cirios blancos, que había sobre los antiguos candelabros de plata oscurecida por el tiempo, comenzaron a arder con diminuta llama dorada de inusitado brillo. Había ocho candelabros en total, con tres velas cada uno, alternándose con las estriadas columnas de la sala cuya parte superior se perdía en las sombras del alto techo. A aquella trémula luz, Sadreg pudo apreciar la vastedad de la Sala de Invocaciones, cerca de diez naar*** de ancha y casi el doble de profunda, sombría, oscura y fría como la muerte, ninguna ventana, sólo lisas paredes de reluciente mármol negro. En el mismo centro de la habitación, grabada en el suelo, se podía distinguir vagamente una estrella de cinco puntas inscrita en un anillo de arcanos símbolos.
          El mago se deslizó sigiloso hasta situarse en el pentágono central, su respiración formaba pequeñas nubecillas de vapor frente a su rostro, dentro del símbolo hacía frío. Una vez allí giró lentamente cerciorándose de que todo estuviera preparado para el complejo ritual: el sendero de luz de los cirios sin alteraciones, llameando uniforme, ningún retazo de antiguos hechizos, el cincelado suelo sin resquebrajaduras o desconchados, con todas las runas y líneas en perfecto estado.
          Sadreg se percató de que la atmósfera parecía vibrar de poder, pero aquello era lógico dada la proximidad del Samhein, nada indicaba que no pudiera comenzar. Respiró profundamente un par de veces para calmar los desbocados latidos de su corazón e, introduciendo la mano bajo los faldones de su túnica, sacó la daga de larga hoja curva, con el filo peligrosamente dentado, que siempre llevaba consigo. Su empuñadura era de hueso pulido y tallado, de un desvaído color amarillento. Sadreg inspeccionó detalladamente la afilada hoja, ninguna mancha o imperfección empañaba su reluciente superficie. Seguidamente rodeó con decisión la cuchilla con sus esbeltos dedos, encerrándola en la mano izquierda, mientras sostenía el cuchillo en la diestra. De un brusco y rápido movimiento, tirando con fuerza, deslizó la daga hacia abajo. El joven elfo encajó las mandíbulas con fuerza hasta hacer visibles los tendones del cuello, cuando los dientes del arma mordieron su carne, desgarrándola, y la hoja pasó a través de su fina piel casi hasta en hueso.
          El cuchillo surgió húmedo y relució rojo a la luz de los cirios. La sangre  manó de inmediato del profundo corte, escurrió entre los entumecidos dedos de su puño cerrado, cálida y viscosa, y cayó en bermejas cintas sobre el símbolo del pentágono central. La respiración de helfshard era ahora rápida y superficial, el dolor y el intenso frío de la Sala de Invocaciones comenzaban a afectarle, pero sabía que a esas alturas del ritual ya no podría detenerse aunque quisiera, y la temperatura de la habitación seguiría descendiendo.
          —Noidha, lido näs hu dheo har hal-mai hu ligh —musitó entre dientes con la voz enronquecida por el dolor—. Noidha, lido näs hu dheo har hal-mai hu ligh —cada palabra se condensaba ante él en una nubecilla de vapor—. E hal thea ish-lan sai horo a enha thrath, e mai-si ala phao a enha-la.
          Igh, Noidha! muno mai-si cala.
          De la misma forma en que la magia entró en él, tañendo las cuerdas de su alma, lo abandonó para adquirir la forma del hechizo. Del charco de sangre que había a sus pies, brotó una suave luz plateada que recorrió los grabados y líneas del suelo uno tras otro; refulgían unos segundos antes de apagarse y volver a brillar de nuevo. A medida que el resplandor tocaba cada runa tallada, espectrales hilos de grisácea neblina se alargaban y fluctuaban sobre la delicada tracería, cubriendo poco a poco toda superficie y alzándose hacia el sombrío techo. La pequeña llama de los albos cirios fue extinguiéndose según la bruma los tocaba, hasta que la sala quedó sumida en una oscuridad opresiva y sofocante que nublaba los sentidos. El frío era sumamente intenso ahora. Sadreg comenzó a estremecerse, a temblar de modo incontrolable.
          Cuando conjuró una esfera de luz, se encontró sumergido hasta las rodillas en un humo gris, espeso y húmedo, cuyo contacto dejaba la piel entumecida e insensible y que se arremolinaba en torno a él tratando de asirle con sus helados dedos, sedienta de más de su sangre. Estremecido por el asco y el frío, el mago elfo se apresuró a abandonar la lóbrega estancia con paso inseguro por los temblores que sacudían su cuerpo. La niebla se desgajó en aleteantes jirones a su espalda antes de volver a unirse. Una vez fuera, la puerta se cerró sellando la sala y Sadreg se dejó caer, agotado, contra la pared hasta quedar sentado.
          La luz del sol, tamizada por las nubes, entraba a través de las ventanas, bañando las negras piedras, cegando y calentando al aterido elfo. Con los dedos agarrotados por el frío helor, guardó la daga en su vaina y miró su mano izquierda, en la que ya no había el más mínimo rastro del profundo corte. Tardó mucho tiempo en dejar de temblar. Sadreg cerró los ojos y dejó escapar un quedo suspiro, le costaría una semana reponerse del desgaste mágico, y no creía disponer de tanto tiempo. Sus esbeltos dedos acariciaron distraídamente la roca que tenía a la espalda, preguntándose si todo aquello valdría la pena.


          Nardis, vórtice del Mal, centro de tinieblas, fortaleza de sombras... Capital del terror en el lejano norte. Guarida de Asgreg, dragón negro, traidor de las Grandes Guerras, repudiado. Aliado de los seres oscuros. Fuente de diabólicos pactos. Fortaleza de negra roca encumbrada sobre el  mundo. El reino de la Muerte.


          En la parte más oscura de la sala del trono de Zaryll, lejos de las dobles puertas de madera, oculta entre las densas sombras proyectadas por unas antiguas columnas y polvorientos estandartes olvidados, había una pequeña puerta apenas visible en el muro de negra roca. Muy pocos conocían su existencia y, los que lo hacía, rara vez se aventuraban cerca de ella; cualquiera podía percibir el tenue hálito de escalofriante terror que emanaba a través de sus imperceptibles fisuras, el inequívoco tufo a malevolencia.
          Si alguien reunía el suficiente valor para abrirla y descender por los estrechos y resbaladizos peldaños de la empinada escalera de altísimo techo, que se perdía enseguida en el sombrío suelo, no tardaría en sentir sobre él el  opresivo peso de toneladas de roca fría y sin vida. El camino se le haría interminable a medida que la claustrofóbica atmósfera de las escaleras socavara su determinación, notaría como el aire iba enrareciéndose, oprimiendo su pecho y dificultando su ya jadeante respiración. Y finalmente, cuando, en medio de la impenetrable oscuridad, sus doloridos pies no encontraran el siguiente escalón, podría distinguir vagamente el regular contorno de las paredes a una tenue claridad que provenía de un cercano recodo. Entonces, el pánico se adueñaría de él y correría de nuevo escaleras arriba, hacia el reino de la luz.
          El pasillo continuaba al final de las escaleras en línea recta, algo más de un ahs, antes de girar a la derecha. El techo era bastante más bajo ahora y las paredes se hallaban más separadas, aliviando hasta cierto punto la inquietante sensación de estar a muchos metros de la superficie. A la pálida luz verdosa, las finas tallas en forma de hojas y ramas frondosas, el delicado y bello trabajo de la roca, quedaban oscuramente perfiladas por inmóviles sombras. En el suelo podían apreciarse, entre el polvo y los cascotes que habían caído de las paredes y el techo, restos de antiquísimas baldosas negras salpicadas de blancos trazos ondulantes. Todo ello vestigios de una civilización desaparecida.
          Al girar a la derecha, la fuente de la luz quedaba a la vista. El corredor terminaba bruscamente en una pequeña balconada de ornamentada barandilla, desde la que descendía una escalera a la izquierda, pegada a la pared de la gruta. Flotando en el aire de la enorme caverna, y con sus rayos turquesa brillante fragmentándose en el fondo sobre una reluciente masa escamosa de color azabache, había un gran globo de luz.
          Las coriáceas alas se agitaban levemente con cada siseante inspiración, la monstruosa cabeza cuneiforme descansaba sobre las frías losas a la altura del hombro y la larga cola se enroscaba en los musculosos cuartos traseros. En medio de las sombras, Asgreg abrió con lentitud un ojo del tamaño de un bebé humano, su pupila vertical brillando malévolamente en un campo amarillo-rojizo.


* Clan de pintones que se caracteriza por su tamaño, superior al del resto de su raza: 1’50m.
** Festividad celta que en el calendario cristiano corresponde al primero de noviembre.
*** Medida Bakanesa de longitud. Un naar equivale a unos sesenta cm.

Leer el capítulo 5 > 

3 comentarios:

  1. Me encanta ver cuánto cariño se profesan Reda y Seindra... bueno, todos los elfos en general; se nota que los clanes están muy unidos... (fin de la ironia)

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    1. Bueno, ya sabes que Redilla es especial, que se hace querer y todo eso.

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  2. Dios mio! estoy amando tu novela! y definitivamente te felicito tu narrativa es muy buena, me recuerda a alunos autores pero aun asi es buenisima! tiene un fan aqui en Republica Dominicana.

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