Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 4 de febrero de 2013

CAPÍTULO CUARTO (Parte 1) - Más allá de las sombras

 

          Después de cerrar la pequeña puerta de madera de cedro, que se escondía tras los negros cortinajes de terciopelo, el elfo se permitió una malévola sonrisa. Despertar a los Espectros... Aquello era una locura, pero tenía que reconocer que el caos que eso desataría sería muy útil para sus planes. Había merecido la pena fingirse asustado e incómodo.
          Con un suave suspiro, alisó unas inexistentes arrugas de su túnica y se adentró en la oscura habitación. La luz entraba a su izquierda, en finos haces oblicuos, por unas altas y estrechas ventanas cerca de la bóveda del techo; una luz mortecina, opaca, grisácea y sin brillo, como el cielo que se veía a través de las aspilleras. La pared de la derecha, en cambio, permanecía en sombras, su superficie recubierta por enormes tapices antiguos con oscuros cercos de humedad; desgastados, raídos y carcomidos en muchos lugares, su esplendoroso dibujo de hilos dorados y rojos perdido mucho tiempo atrás, desaparecido. La sala estaba atestada de viejos objetos de una era remota: armaduras, bellos muebles de madera delicadamente tallada, estandartes recubiertos de polvo que pendían fláccidos en sus agarraderas de la pared... Todo estaba impregnado de un inequívoco aire de abandono, de melancolía. Olía a moho, a cuero viejo y a acero oxidado, a maderas de cedro y pino y a oscuridad. Pero, aquel esplendor, no era más que un conjunto de vagas siluetas en la penumbra de una habitación olvidada incluso por el tiempo. Una espesa capa de polvo recubría toda superficie, empañándola, ahogando su antigua hermosura y sofocando el recuerdo, como una gris mortaja. Sólo en los lugares donde la sesgada luz del día desgarraba las sombras, podía apreciarse con claridad lo que aquel lugar había sido en el pasado; retazos de oro, plata y cristal, destellos fugaces de rubíes, esmeraldas y zafiros, retratos de otra gente y otra época, bordados de heroicas gestas difuminadas por la leyenda...
          Sadreg avanzó entre aquellos objetos con una suave sonrisa bailándole en los labios. De vez en cuando, la luz de las ventanas se reflejaba en sus albos cabellos o en sus ojos ligeramente violáceos, dotando de falsa vida aquel lugar de sueños eternos. El joven elfo negro no podía dejar de preguntarse, cada vez que cruzaba la sala, quienes habrían vivido allí y cómo habrían desaparecido. Sabía que en una época más o menos reciente, los magos de Bakán se habían apropiado de la fortaleza. Pero antes de las Grandes Guerras, ¿quiénes? A juzgar por el contenido de la habitación, Nardis tenía que haber sido un importante centro cultural y comercial en el pasado... que se había desvanecido sin dejar tras de sí nada más que un viejo castillo de roca encumbrado sobre el mundo. Tenía la certeza de que, en su vanidad, los habitantes de Nardis creyeron ser una gran potencia, que la ciudad de roca, sus tesoros y su sabiduría, así como sus grandes conquistas, no se perderían en el tiempo. Debieron de estar seguros de que su recuerdo, la importancia de sus acciones, nunca se olvidaría. Pero todo se había perdido: los antiguos registros, sus heroicas hazañas y gestas, sus majestuosos tesoros... La duración de la vida humana, que no es más que un rápido parpadeo en el fluir del tiempo, no había sido lo suficientemente larga cómo para retener un mísero recuerdo.
          «Hay reinos que se olvidan en muerte —se dijo el elfo— y reinos que se olvidan en vida, como el de Orn, oculto en sus propias sombras, unas sombras tejidas voluntariamente. Recluido en sí mismo, aislándose hasta morir»
          Por alguna extraña razón, los humanos mantenían la estúpida creencia de que eran el centro del mundo; perpetuaban su gloria y sus actos con el único fin de que otros supieran de ellos, que los veneraran y admirasen. Vivían sumidos en recuerdos de tiempos pasados, en lugar de mirar hacia el futuro, cuando la decadencia asomaba a sus puertas. Se limitaban a buscar el éxito momentáneo y la fugaz fama del poder; pero al mismo tiempo, clara muestra de la dualidad humana, trataban, por todos los medios, de que las generaciones futuras les recordaran como grandes héroes. Todo ello sin tener en cuenta que el tiempo lo borra todo, que nada es eterno. Que los héroes no existen. Así, los lugares que antaño fueran centro de toda gloria y honor, languidecían ahora entre el polvo, sombríos y olvidados. Y por encima de sus tumbas, en el futuro, pasearían otros, preguntándose, tal vez, quienes fueron los que allí habitaron. La raza humana, con su corta vida, nunca llegaría a comprender aquello, nunca llegaría a entender lo pequeña que era frente al mundo, lo nimio de su existencia. Sin embargo los elfos negros lo entendían, su larga vida les había enseñado eso y más, habían aprendido, a un alto coste, a tener paciencia, y la paciencia suele recompensarse con el éxito. Puede que no eterno, pero sí lo suficientemente largo.
          Sus dedos se posaron levemente en un esbelto jarrón de cristal verde y  acariciaron su fría superficie, dejando un rastro limpio de polvo tras de sí. Sadreg contempló su distorsionado reflejo sobre el cristal y suspiró; tanta riqueza, tanta belleza, tanta gloria, y todo ello para nada, para que nadie les recordara. Vestigios de una civilización desaparecida. A su raza, se juró, no le ocurriría eso; aunque tuviera que sacrificar su propia vida para lograrlo.
          Tras cruzar la habitación, el elfo rebuscó en uno de los bolsillos de la túnica, hasta dar con una diminuta llave de plata, con la que abrió la puerta que había en aquel extremo de la sala, la cruzó y la cerró tras de sí; la llave desapareció entre sus ropas.
          —¡Vaya, pero si es la mascota de Zaryll! —exclamó una sarcástica voz aguda a su espalda.
          Sadreg se giró sobre sus talones para encontrarse con unos ojos rojos clavados en su rostro. El otro elfo estaba apoyado en la pared, bajo los enormes ventanales de cristal del pasillo, con los brazos cruzados y sonriendo socarronamente; sus blancas ropas destacaban con el oscuro color de su piel.
          —Reda —resopló—. Cierra la boca ¿quieres?
          —¡Pero mírale! —Reda se separó de la pared y se le acercó a paso lento, si dejar en ningún momento de sonreír—. Ahora resulta que me da órdenes. ¿Desde cuando eres mi superior, Sadreg?
          —Supongo que desde que nací —gruñó—. Y tú ¿qué haces aquí? Tendrías que estar preparándote para partir hacia Ossián, y no metiendo las narices donde no te llaman.
          —Sadreg —rio el otro—, tú siempre tan alegre. Sabes muy bien que el ejército lleva meses preparado para esto, y que, de quererlo, podría salir hoy mismo. Es sólo que disfruto viendo cómo Zaryll se impacienta y se enfada; le favorece.
          Las carcajadas de Reda resonaron en el pasillo, sin embargo, el rostro del otro se ensombreció y sus ojos parecieron brillar como ascuas encendidas al clavarse en su compañero.
          —Más vale entonces que tengas cuidado con lo que haces —susurró con frialdad Sadreg—, ya has visto cómo ha acabado Herald. Nunca te olvides de eso.
          —¡Oh, Dioses, que Hurd me proteja! —gimoteó el joven agitando las manos ante el entrecejo fruncido del otro—. ¡Sálvame de su cólera, hermano!
          De un golpe seco Sadreg apartó las manos de Reda de su rostro; este se las miró dolido y las cruzó en la nuca.
          —No seas estúpido, Reda; Zaryll puede llegar a ser muy peligroso, y la espada le da un poder con el que tú no podrías ni soñar. Harías bien en mantenerte lejos de él. Te lo digo muy en serio, hermanito. Su locura sólo irá a peor, ya lo sabes.
          Un escalofrío sacudió entonces al elfo y la sonrisa se esfumó de su rostro, para ser sustituida por una mueca de preocupación.
          —Ya, bien, sí. La espada... ¿Crees que hicimos bien en entregársela? Tanto poder en manos de un... humano.
          Sadreg chasqueó los labios y apretó afable el hombro de su hermano menor, más bajo y robusto que él.
          —Sabes tan bien como yo que nosotros no somos nadie para cuestionar sus órdenes, unas órdenes directas por si lo has olvidado.
          —Lo sé, lo sé, pero... —quiso objetar el joven.
          —Además —Sadreg alzó la mano derecha, pidiéndole silencio—, Easheyrt, la Negra no sirve para nada en manos de mi gente, a él en cambio le da poder; y de momento, eso conviene a nuestros propósitos. Recuérdalo.
          —Bien, pero...
          —Recuérdalo, Reda. Ahora tengo que irme, y más vale que tú vayas a preparar el viaje. Por cierto, lleva contigo a Erish y a Gerath, te ayudarán a terminar con lo de Ossián en el plazo previsto.
          El elfo negro se dio la vuelta y se alejó por el pasillo, que rodeaba la torre, con paso rápido, intentando dejar atrás a su hermano. Reda lo siguió con las manos enlazadas aún en la nuca.
          —¿A dónde vas?
          —A preparar la Sala de Invocaciones. Y antes de que me preguntes para qué —añadió presintiendo que el joven ya abría la boca, más que dispuesto a seguir indagando—, te diré que Zaryll va a despertar a los Espectros.
          Reda se detuvo en mitad del corredor, la pálida luz que entraba por las  ventanas derramándose de lleno sobre él, pero, pese a todo, el frío le atenazó las entrañas. El estómago le dio un vuelco y sintió cómo la bilis le subía a la garganta. Un estremecimiento recorrió su columna vertebral.
          —Se ha vuelto loco ¿verdad? Del todo —musitó con voz ahogada. Le pareció que incluso sus palabras morían al salir de sus labios.
          —Algo de eso sí que tiene —asintió, lanzando una fugaz mirada a Reda por encima del hombro.
          El guerrero corrió tras Sadreg, lo adelantó y lo obligó a detenerse empujándolo contra la pared con fuerza. Un latigazo de dolor surcó el rostro del helfshard* al golpearse la espalda contra la piedra.
          —¿Crees que podrá controlarlos? —Reda se pasó una mano de largos dedos por el cabello, apartando el flequillo de los ojos. Parecía nervioso.
          —Es un mago muy poderoso —respondió Sadreg mirándole fijamente a los ojos— y, con la espada a su lado, la verdad es que tiene poder más que suficiente para dominar a los Espectros. Aun así, esto me gusta tan poco como a ti, hermano, aunque pueda sernos útil a la larga —suspiró.
          —¡Vamos, Sadreg! —replicó el joven—. No mientas, nos conocemos. El despertar de los Espectros no te preocupa tanto, ni a mí tampoco —añadió en un vano intento de convencerse a sí mismo—. Después de todo siempre se les puede volver a dormir ¿verdad?
          Resultaba evidente que Reda estaba mucho más preocupado de lo que jamás se atrevería a admitir. El elfo de ojos violáceos miró fijamente a su interlocutor, tratando de hacerse una idea de hasta qué punto podía fiarse de lo que su hermano dejaba entrever. Aquellos ojos rojos, como la sangre, le inquietaban, demasiado profundos, demasiado transparentes, tan raros en su raza, que generalmente los tenía azulados, dorados o verdosos. La enigmática sonrisa secreta que lucía siempre en sus atractivas facciones. La verdad era que todo en él inducía a la desconfianza. Por no hablar de que siempre había estado algo perturbado; ya de niños Reda había sido diferente.
          —¡Apártate! —replicó con sequedad, empujándolo—. Tengo cosas más importantes que hacer que perder el tiempo contigo, ya te he contado bastante. He de hablar con lady Seindra y Org antes de preparar la Sala de Invocaciones, y Zaryll la quiere para esta tarde.
          Reda retrocedió a trompicones hasta apoyarse en los ventanales y estalló en eufóricas carcajadas.
          —¡Lady Seindra! ¿Así que vas a hablar con ella? Salúdala de mi parte, entonces.
          Sadreg se dio media vuelta, sorprendido, con una incrédula expresión plasmada en el duro semblante.
          —Si lo hago sólo lograré enfadarla.
          —¡Oh, vamos! Ya sabes lo mucho que me aprecia —sonriendo de oreja a oreja, le guiñó un ojo al otro elfo—, y no quiero que se olvide de mí.
          Sacudiendo la cabeza resignadamente, Sadreg se alejó pasillo adelante.
          —Eres incorregible, Reda —dijo mientras oía como el joven se alejaba a su espalda con paso leve—, no sé ni cómo te soporto.
          —¡¡Es porque no te queda otro remedio —le oyó gritar a lo lejos, a punto de desaparecer en la esquina del corredor—, te guste o no soy tu hermano!!
«Es casi como si me leyera el pensamiento —se dijo Sadreg».


          Londar cerró la puerta de la sala del trono y se dejó caer pesadamente  contra la pared. Si cerraba los ojos, aún podía ver a Herald consumirse,  transformarse en polvo sobre la mesa, mientras aquella oscuridad... El joven de largo cabello rubio aspiró de forma entrecortada y tragó saliva. Tenía que alejar los recuerdos de su mente, olvidarlo; se había encontrado muchas veces cara a cara con la muerte, pero aquello…
          Una queda risita burlona le hizo alzar con brusquedad la vista. Reda estaba frente a él, risueño, aunque algo tenso, con los brazos en jarras y ligeramente inclinado hacia adelante.
          —¡Oh! La nenita está asustada; pobrecita. ¿Quieres que llame a tu mami, pequeña? Anda, díselo a tito Reda.
          —¡¡Apártate de mí, cerdo bastardo!! —rugió con el ceño fruncido, empujando con furia al elfo y avanzando hacia las escaleras principales—. Vámonos Nargor, tenemos trabajo.
          El ciego, con una breve inclinación de cabeza hacia Reda, siguió a su compañero por las escaleras.
          —Maldito elfo —siseó Londar con las mandíbulas fuertemente encajadas mientras descendía. En el primer rellano se volvió a mirar, pero Reda había desaparecido.
          Viendo que Nargor se alejaba ya con paso rápido, se apresuró a seguirle. Pese a ser ciego, no parecía necesitar ayuda alguna, caminaba con firmeza delante suyo, rozando suavemente el pasamanos con las yemas de los dedos. En múltiples ocasiones, no había podido evitar preguntarse si estaba ciego de verdad y todo aquello no era sino un truco para sacar ventaja frente a un enemigo. Pero tenía pruebas de sobra, no cabía duda alguna. Habían crecido juntos. Un día les comunicaron a todos en la Academia que Nargor había sufrido algún tipo de accidente y que estaba siendo atendido por los clérigos de Elysis. Cuando Londar le volvió a ver, estaba más pálido y delgado de lo que recordaba, y ya se cubría los ojos con una venda blanca; también había cambiado. Se negaba a hablar de lo ocurrido con nadie y nunca se quitaba el blanco lienzo. De eso hacía más de diez años, quince tenían entonces.
          Al principio parecía desorientado, necesitaba ayuda para casi todo, pero muy pronto desarrolló una especie de sexto sentido que le permitía desenvolverse como si viera a la perfección. Ni siquiera había perdido habilidad en la lucha, seguía siendo un magnífico guerrero. Magia, dijeron algunos, pero ninguno de los escasos magos de Bakán había acudido a reclamar el tutelaje de Nargor. Ni siquiera el mismísimo Zaryll, que vivía en Ossián en aquel entonces.
          —¡Nargor, esperad! —Londar bajó las escaleras de dos en dos para dar alcance a su amigo, que estaba ya dos pisos más abajo. Su mano se posó sobre el hombro de Nargor.
          —No me toquéis —siseó este, desasiéndose con violencia y retrocediendo hasta la pared—, ¿cuántas veces os lo tengo que decir? —una pausa, un suspiro— ¿Qué es lo que queréis?
          —Lord Zaryll ha matado a Herald.
          —Lo sé —replicó con patente desprecio en su voz de tenor—. ¿Y? Era un completo inútil, no se merecía otra cosa.
          Londar contempló incrédulo a su compañero. ¿Cómo podía ser tan... frío y despiadado?
          —¡Maldita sea, Nargor! —aquel era uno de los cambios, desde que se había quedado ciego se había vuelto más frío y distante; nada parecía sacarlo de ese desinterés, nada excepto servir a lord Zaryll—. Era uno de los nuestros. Si lo ha matado a él, los siguientes podemos ser nosotros.
          —Uno de los nuestros —repitió el joven reemprendiendo el descenso—. No me hagáis reír. Él se ha buscado su propia muerte, por hablar demasiado. En cuanto a ser nosotros los próximos —Nargor se detuvo en el rellano y se giró para “mirar” a Londar a los ojos. Esto siempre desconcertaba a la gente y el joven ciego disfrutaba con ello—, permitidme tener mis dudas si servimos a lord Zaryll y mantenemos la boca cerrada. Sobre todo si mantenemos la boca cerrada. No sé lo que pensáis hacer vos, pero yo dispongo de quince días para cumplir sus órdenes y no tengo la más mínima intención de perder el tiempo. 
          —Vale, no pienso permitir que me destruya por eso —convino siguiendo a Nargor—, pero reconoceréis que Herald tenía razón en lo de enviar tropas al Eorn. Carece de sentido; apenas hay plazas fuertes, tan sólo pequeñas aldeas y pueblos de campesinos. No representan ninguna amenaza para nosotros.
          —Tened cuidado con lo que decís —le advirtió el joven general, pasándose  una mano por los cortos cabellos negros, sin detenerse—, por eso ha muerto Herald, por hablar demasiado, por pensar demasiado, por hacerlo en voz alta, además. Respecto a eso último, yo no soy quien para discutir las acciones de lord Zaryll; ni vos tampoco. Estoy convencido de que tiene buenos motivos para hacer lo que hace, motivos que nos oculta, pero que no nos incumben. Haríais bien en recordarlo.
          Pero Londar tenía razón, allí había algo que no encajaba. Tropas al Eorn, a masacrar campesinos indefensos, sin armas; y por si fuera poco al mando de Seindra y de Org. ¿Qué esperaba ganar lord Zaryll con todo aquello? Dividir tanto el ejército en época de guerra no era sensato. Era una mala, muy mala estrategia. Cualquier niño que hubiera pasado por la Academia Militar en Ossián lo sabría. Y Zaryll no era ningún estúpido. Ensimismado, recordó la conversación que había oído a hurtadillas y por casualidad entre Reda y Sadreg dos semanas antes.

          Atravesaba los desiertos y polvorientos pasillos de la Antigua Biblioteca, en dirección a la Torre de Ébano, cuando el apenas audible frufrú de la ropa le advirtió de la presencia de los dos elfos negros. Estaban en una de las salas de la biblioteca, a diez ahs de distancia.
          Deslizándose en completo silencio, pegado a la pared, se acercó a la puerta entreabierta. Era muy extraño que hubiera gente en aquella zona de Nardis; su espectral silencio y negrura, así como su frialdad y cierto ambiente nostálgico, inquietaba tanto a elfos como a humanos, ninguno se sentía a gusto entre las viejas paredes llenas de humedad de la vieja biblioteca. Pero no a él; mientras otros eludían el edificio, a Nargor le agradaba pasear por él, arropado en la paz del lugar, y respirar su añejo aroma.
          Por eso decidió que no lo vieran; si Reda y Sadreg estaban allí, lejos de los oídos de todos, tenían que tener alguna oscura razón. La puerta de madera de la habitación, hinchada y combada por los años que llevaba expuesta a la humedad, no cerraba y mantenía la abertura justa como para poder oír lo que ocurría en el interior de la sala. Los dos elfos negros, Reda y Sadreg, como Nargor sabía desde un principio, conversaban quedamente en élfico. De recién llegado a Nardis, había decidido aprender un poco de aquel idioma; ahora no podía sino alegrarse del esfuerzo invertido.
          —¿...ento anunciado en la Profecía? —decía Reda en esos momentos— ¿El resurgir de los dragones? Estarás seguro ¿no?
          —Por desgracia sí —el suspiro del elfo fue claramente audible desde el corredor—. ¿Recuerdas lo ocurrido hace veinte años?
          En el silencio que siguió a las palabras de Sadreg, Nargor percibió que Reda asentía.
          —Nació con la marca del dragón, lo comprobamos más tarde. Pero se encuentra bajo la protección de la Diosa, logró escapar de las Sombras que enviamos entonces. No podemos llegar hasta allí, de momento.
          —¿Y los otros cinco? Buscamos a seis ¿no es cierto?
          —Ya caminan por el mundo; lo sé, lo noto aquí —aseveró Sadreg llevándose la diestra al corazón, el joven general ciego lo supo—. Y ya sabes que donde hay magos...
          Nargor sintió que los elfos caminaban hacia la puerta y retrocedió hasta ocultarse en la habitación de al lado. No pudo escuchar nada más, pues muy pronto sus voces se perdieron en la distancia. Cuando estuvo seguro de que no lo verían, salió de su escondite y se quedó largo rato parado en el pasillo,  reflexionando sobre lo que había escuchado.  


          Aquella conversación no le había aclarado muchas cosas en su momento, pero ahora… Ahora todo parecía cobrar cierto sentido. Todos en Bakán sabían que los dragones dormían, desde hacía casi tres milenios, en sus grutas. Como decían los ancianos y los bardos: bajo cada montaña y en cada cueva descansa un dragón. Pero lo de una Profecía que anunciase su despertar y seis personas relacionadas con ello... Eso ya no era tan conocido a nivel popular, a ningún nivel, de hecho. Empezaba a sospechar que con eso podría estar relacionado el envío de tropas al Eorn un mes antes. Pero ¿por qué? ¿Qué se escondía tras la misteriosa predicción del despertar de los grandes dragones y los seis elegidos? ¿Elegidos por quién? Y sobre todo ¿qué Profecía? ¿Hasta qué punto estaba lord Zaryll implicado? ¿Sabría lo de la Profecía, o los elfos negros se lo habrían ocultado? Y lo más inquietante de todo ¿de verdad se había predicho el despertar de los grandes dragones?
          Después de oír la conversación entre Reda y Sadreg, se había encontrado con más preguntas que respuestas. Por eso mismo se cuidaría mucho de decir nada; acataría las órdenes de lord Zaryll y guardaría silencio respecto a sus opiniones. Era evidente que Herald se había hecho preguntas que no debía, y le habían costado la vida. Él no terminaría así.
          Habían llegado a la base de la torre y se percató de que Londar lo miraba fijamente; según parecía llevaba allí, quieto y en silencio, un buen rato. En su eterna oscuridad le ocurría aquello con frecuencia, comenzaba a caminar sumido en sus pensamientos y luego “despertaba” en un lugar al que no tenía planeado ir. Estaba acostumbrado.
          —¿Qué estáis mirando? De estar en vuestro lugar me iría a la armería; disponéis de dos días, si no me equivoco. Un tiempo muy ajustado, en mi opinión. Yo pienso partir esta misma tarde, así que no me interesa perder ni un segundo. Que os vaya bien —añadió con frialdad, dando media vuelta y encaminando sus pasos hacia la puerta que daba al patio, donde los gritos y el tumulto indicaban una de las frecuentes peleas—. Os veré dentro de quince días, si seguís vivo cuando regrese, por supuesto.
          Londar permaneció mirando como Nargor se alejaba por el pulido suelo de mármol negro, con su corto cabello azabache y sus ropas del mismo color, las blancas cintas de la venda caían a su espalda. La luz del día entraba a raudales por el vano de madera de la puerta haciendo borrosa su esbelta silueta. El general de los ejércitos de Nardis se preguntó cuándo había cambiado tanto su compañero de armas de la infancia. Cómo habría pasado de ser un adolescente arrogante y algo soberbio, a esa cruel frialdad e indiferencia de ahora y por qué. La verdad era que no se fiaba demasiado de él, sabía más de lo que decía, de eso estaba seguro, pero Nargor era un humano y en Nardis la raza tenía una clara prevalencia.


          Reda dobló la esquina del pasillo, medio sofocado por la risa, las lágrimas brillando en sus ojos y apoyándose en la pared para no caer. Su querido hermano mayor siempre tan serio y taciturno. ¿Acaso no podía ser más optimista y alegre, ver la vida de otra forma?
          —¡Según parece no! —se respondió a sí mismo estallando de nuevo en carcajadas.
          Entonces dejó de reír, se irguió, alisó sus blancas ropas, colocó bien el pañuelo violeta que llevaba al cuello, se secó las húmedas mejillas y echó a andar por el corredor con paso elegante. Al llegar frente a las dobles puertas de la sala del trono, no pudo reprimir una secreta sonrisa. La gris luz del día entraba por los altos ventanales que había en la escalera, otorgando un misterioso aire de paz y belleza a las negras piedras de Nardis. Tenía que reconocer que era una hermosa ciudad, lóbrega, oscura, llena de secretos y recuerdos de otras eras... pero hermosa en su esencia. A él le gustaba, adoraba la ciudadela, disfrutaba paseando por sus lugares más recónditos, asomándose a las delicadas balconadas que pendían, como piezas de encaje, sobre el vacío; acariciando sus antiguas y frías piedras.
          Sacudiendo resignadamente la cabeza, comenzó a bajar de la torre con las manos enlazadas en la nuca. Recordó entonces el altercado que habían tenido allí mismo él y Londar hacía apenas media hora.
          «Humanos, siempre tan violentos e impulsivos —se dijo chasqueando la lengua un par de veces».
          Claro que, no es que su vida fuera lo suficientemente larga cómo para que aprendieran. En todo el tiempo que llevaba en Nardis tan solo dos humanos se habían granjeado su respeto: Zaryll y Nargor. El primero porque era sumamente peligroso, poseía gran poder y no dudaba en usarlo para alcanzar sus metas, aun si tenía que matar para lograrlo. El segundo por ser inteligente y calculador en extremo, no daría  nunca un paso en falso, además era un gran guerrero. De recién llegado a Nardis, había dudado de la ceguera de Nargor y le había retado a un combate con el fin de desenmascararlo. Durante el altercado pudo comprobar que el joven humano no se valía de la vista para luchar, sino del oído y un sexto sentido muy desarrollado. Algo especial, algo casi mágico. No había sido capaz de vencer, pero el ciego tampoco había ganado. Desde ese instante se ganó su más profundo respeto.
          Tanto el uno como el otro eran dignos enemigos a tener en cuenta, ya que podían volverse muy peligrosos. Como solía decir su pueblo: “mantén cerca de ti y respeta a tus amigos, pero más aún a tus enemigos, pues si los desprecias, la muerte puede ser tu destino”. Sabias palabras, se dijo, y comenzó a tararear una sencilla melodía. Después de todo tal vez partiera hacia Ossián en el plazo sugerido por Zaryll y no más tarde. Como decía él mismo: “cuando lejos del enemigo te hallas es cuando su daga descansa”.


* Término con el que los elfos se refieren a sus magos. Significa literalmente “hechicero elfo”

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8 comentarios:

  1. Un gran capítulo, los elfos pintan majetes a mi ver, pero tengo un par de cosas que decir:

    La primera es que creo que hay una errata al final del capítulo (último párrafo) pues dice ''la muerte puedO ser tu destino'' y la segunda es más una duda: ¿cuanto mide la ciudad, más o menos?, pues muchos ahs de distancia veo entre todo xD

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    1. Gracias por detectar la errata :D sí, se me siguen colando pese a las interminables revisiones y los lectores beta-tester que tengo.

      La ciudad de Nardis es GIGANTESCA. Es, efectivamente, enorme. Muy, muy, muy grande. Sobre todo a lo alto. Es una ciudad construída prácticamente entera en vertical. La torre de la sala del trono de Zaryll es la más alta de todas con diferencia, sólo le hace sombra la Torre de Ebano que es algo más de la mitad de alta.

      La ciudad fue construída hace muchísimo tiempo y se desconoce cómo se hizo, qué se usó para poder levantarla. Obviamente hay magia de por medio, porque la Fortaleza ha aguantado en pie durante milenios, pero no es la magia que dominan ahora los magos, ni humanos ni elfos. De hecho fue uno de los mayores centros culturales de una Era anterior, antes de que determinados acontecimientos (entre ellos un cambio climático a gran escala) obligaran a todos sus habitantes a abandonar Nardis.

      Por similitudes arquitectónicas, se piensa que la ciudadela interior de Ossián (el castillo del Rey Trión) y el Santuario de Tyrsha que hay al Orn, fueron construidas por los mismos arquitectos y siguiendo las mismas técnicas. Pero como te digo, hoy día en Bakán se han perdido esos conocimientos.

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  2. Tópicos encadenados, todos los elementos clásicos de una novela fantástica, esperemos a ver si tiene la chispa que lo haga resaltar.

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    1. Lo he intentado, eso es todo lo que puedo decir en mi defensa :) Gracias por leer.

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  3. Yo encuentro que sí bien la novela "parece" tener todos los tópicos (aún es muy pronto para estar seguro), está muy bien escrita y resulta interesante. El tener los tópicos no es malo, si luego la historia sabe tener su propia voz.
    PD: Personaje favorito hasta ahora: Reda (me encantan este tipo de personajes)

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    1. Los tópicos empiezan a diluirse en el capitulo 5 o 6, espero :D

      Asi que Redilla. Jejejeje. Es un personaje que ha cogido mucho empaque a partir del capítulo 16. Espero que guste también cuando empiece a profundizar en él.

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  4. Siempre me resultó muy interesante el personaje de Reda...
    Por cierto, yo también he detectado una errata, en la última frase: "cuando lejos del enemigo te hallas", y no te hayas, ya que es del verbo hallar. ;)

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    1. En fins... y las que voy detectando según voy colgando los capis. Ale a corregir.

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