Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 28 de enero de 2013

CAPÍTULO TERCERO - Zaryll


          Nardis, vórtice del Mal, centro de tinieblas, fortaleza de sombras... Capital del terror en el lejano norte. Guarida de Zaryll, mago negro, traidor de la esperanza. Yugo de los seres oscuros... Fuente de diabólicos pactos. Fortaleza de negra roca encumbrada sobre el mundo. El reino de la Muerte.


          Los dedos del mago resonaron una vez más sobre el brazo del trono; los fríos ecos, al extenderse como una ola por la sala, comenzaban a crispar los nervios de los cuatro generales. Demasiado silencio, demasiada calma en la gélida atmósfera.
          Zaryll clavó sus ojos rojizos en la espada de hoja azabache que tenía sobre las rodillas, como buscando una respuesta, pero su impenetrable negrura no le devolvió reflejo alguno ni tampoco pareció encontrar lo que buscaba.

          —¿Insinuáis acaso, mi buen Herald —susurró, alzando ligeramente la vista, con voz cortante y desapasionada—, que no voy a ser capaz de contener a las tropas del rey Trión sólo con los guerreros que poseo en el castillo? ¿Que debiera hacer volver —un músculo de su mejilla se contrajo, anticipándose a la furia del mago— a las hordas al mando de Org y Seindra, de los confines Eorn del reino, sólo por que vos —la voz del hechicero negro restalló como un látigo en el silencio y su malévola mirada se clavó de lleno en el general sentado ante él; Herald se encogió más en la silla— no creéis que seamos capaces de vencer a treinta mil estúpidos, comandados por un viejo y su esposa?
          Herald respiró de forma entrecortada, y sus dedos trazaron nerviosos dibujos sobre la pulida superficie de la mesa de roca oscura. Defenderse, justificar sus palabras, aplacar de alguna forma la cólera desatada del hechicero de las sombras... pero, en lo más profundo, sabía que todo lo que dijera para intentar hacer cambiar de opinión al mago negro sería inútil.
          Buscó, frenético, el apoyo en los rostros de sus compañeros, algún indicio que le indicara que no era el único en pensar que la decisión de lord Zaryll de enviar tropas al Eorn no tenía lógica alguna. Reda, el elfo negro, sentado a su diestra, se reclinó en la silla y le sonrió socarronamente. Por su parte, Londar, el general de largos cabellos rubios, rehuyó su mirada, avergonzado o asustado. Su última esperanza se esfumó cuándo Nargor, el joven ciego, no se dio por aludido y permaneció estoico e impasible a su izquierda.
          Herald tragó saliva, nadie le iba a apoyar. Estaba claro que allí cada uno sólo miraba por su pellejo. Se dio cuenta de que hacía frío, la sofocante oscuridad de la sala del trono lo estaba helando hasta los huesos, y la oscilante luz de las antorchas, con su mortecino resplandor dorado, no hacía sino alargar densas sombras en la sala. No podía ver bien al mago, pues el dosel azabache de raída seda proyectaba su negrura sobre la figura sentada en el trono de huesos de color marfil; pese a todo, sentía los rojizos ojos de su señor en él, taladrándolo, perforando su alma, leyendo en ella su miedo y nutriéndose de él. De no creerlo imposible, hubiera jurado que la espada de Zaryll estaba absorbiendo su calor, que su negrura que nunca reflejaba la luz, lo estaba devorando lentamente, acabando con su vida. Pero eran claramente imaginaciones suyas, tan sólo eso, se dijo. Aunque muchas veces pareciera viva, no era más que una espada ¿verdad?
          —¡Responded, maldita sea! ¡Os he hecho una pregunta! —gritó el hechicero de pronto, descargando con furia el puño sobre el brazo del trono.
          Sobresaltado por el repentino estallido, el general de las fuerzas de Nardis se envaró en la silla con el corazón latiendo fuertemente en el pecho. El aire comenzaba a faltarle en los pulmones y un sudor frío bañaba su espalda.
          —Mi señor, yo no... —aspiró de forma entrecortada.
          «El frío... no me deja respirar»
          —... Yo, sólo pensaba que, tal vez, sería mejor asegurarnos la victoria... —el ominoso silencio de Zaryll lo hizo enmudecer—. S... sí, lo sé, sé que podéis derrotar a... Trión con las tropas del castillo, pero yo... creía que no estaba de más... asegurarnos. Su... su experiencia en combate es...
          El volumen de su voz había ido decreciendo a medida que hablaba, hasta no ser más que un trémulo susurro apenas audible. El joven mago permaneció largo rato en silencio, oculto en las sombras del trono, negrura sobre blanco, tinieblas sobre sombras, con su desdeñosa mirada fija en el esbelto general de cortos cabellos oscuros; aunque nadie pudiera verla, una diminuta media sonrisa despectiva asomaba a sus finos labios. Con una lentitud meticulosamente calculada, su mano derecha se separó del brazo del trono y sus largos dedos se cerraron sobre la empuñadura de la espada azabache. Herald se echó hacia atrás en la silla, los ojos desorbitados por el terror, un ligero temblor se había adueñado de sus manos apoyadas en la mesa. Las cerró una sobre otra en un puño apretado en un vano intento de que cesara el temblor. Vio cómo la impenetrable oscuridad de la hoja se alzaba muy despacio y giraba hasta que la punta del arma quedó orientada hacia él. El general trató de tragar saliva, pero tenía la garganta demasiado seca. El corazón golpeaba con fuerza sus costillas y una extraña neblina comenzaba a empañar su visión.
          —Herald —susurró Zaryll. Su voz se había suavizado hasta parecer casi amable y comprensiva —, mi buen y fiel Herald —la casi invisible sonrisa se ensanchó en sus angulosas facciones—, siempre habéis sido demasiado precavido. Incluso en Ossián, incluso a las órdenes de Trión. Por eso no llegasteis más lejos bajo su mando. Por eso os unisteis a mí, para obtener el puesto de general que tantas veces él os había negado. ¿No es así? —Zaryll suspiró, aparentemente cansado—. Ahora veo que me equivoqué, y eso es algo que voy a rectificar.
          El joven trató de levantarse, de huir, pero algo lo mantuvo pegado a la silla. Su cuerpo no respondía. No podía moverse, ni siquiera podía girar la cabeza para apartar la mirada de la espada, ni siquiera lograba mover las manos.
          —Si siguiera tolerando a gente como vos bajo mis órdenes ¿creéis en verdad que podría conquistar Bakán sin poner mi vida... y la vida del resto de mis hombres en peligro? Puede que Trión sea un gran rey, puede que sea un gran estratega. Hasta puede que yo no tenga la experiencia en combate que vos decís. Pero tampoco Trión ha visto guerra alguna durante sus años de reinado. Tengo buenos hombres a mi servicio, Herald, y la lealtad de otros seres, seres con los que el viejo rey no puede rivalizar.
          La negra Easheyrt resplandeció con una fría luminiscencia oscura que envolvió la habitación en pocos segundos. La luz de las antorchas osciló y menguó ante el furibundo embate de las tinieblas. Cuando la oleada de negrura se retiró de nuevo al interior de la espada del mago, y los generales pudieron ver otra vez, en la silla donde antes se sentara Herald tan sólo quedaban unos despojos consumidos de piel y ropas, entre los que asomaba algún que otro pulido hueso, y un fino polvo grisáceo que se esparcía en el aire con un insustancial viento cálido.
          Lord Zaryll volvió a apoyar el arma en sus rodillas, el brazo temblándole del esfuerzo, y se reclinó en el trono, sumiéndose en las sombras. La hoja de la espada parecía despedir un tenue brillo rojizo, como de sangre, y estar secretamente satisfecha.
          —Bien —suspiró el mago, cerrando agotado los ojos unos segundos— ¿alguien más desea compartir las dudas de Herald?
          Tan sólo obtuvo un sobrecogido silencio cómo respuesta. Reda había palidecido intensamente, tanto que era apreciable pese a su oscura tez; de alguna forma se las arregló para mantener una apariencia relajada en el interior de sus curiosos ropajes blancos. A su derecha, el elfo captó el rostro perlado de sudor de Londar y la anormal tensión de su mandíbula; con la vista baja, permanecía rígido en su asiento. El único que no parecía afectado por lo ocurrido era el estoico e impasible Nargor, se mantenía indiferente, imbuido de una serenidad absurda en un lugar como aquel. De no saber que había visto lo ocurrido tan bien como el resto de los presentes, Reda hubiera jurado que su inmutabilidad se debía a su ceguera.
          —Ya que no parece haber nada más que objetar, terminemos —el joven mago acarició pensativo los brazos de marfil del trono—. Reda, reunid a los elfos negros de los clanes que consideréis oportuno y prepararos para el combate. Quiero que dentro de veinticuatro horas partáis hacia Ossián, a través de las grutas y los túneles; antes de veinte días quiero ver la capital arrasada, destruida —Zaryll dejó escapar una seca carcajada, como un ladrido, carente de humor—. No creo que os cueste demasiado, Trión sólo ha dejado una pequeña guarnición y no creo que esperen un ataque a la ciudad desde esa posición. Creen controlar todos los pasos que conducen al Norn. De ese modo cortaremos su línea de suministros.
          »Londar, id a la armería y haced un inventario de lo que pueda ser útil; si faltara algo, dirigíos a la herrería y encargaos de que esos inútiles trabajen como es debido. Revisad también los suministros, no quiero tener que soportar un asedio, pero nunca se sabe. Puede que Trión trate de jugar esa baza. Quiero el informe en dos días.
          »Nargor, vos reunid a los mejores rastreadores y dirigios al encuentro del ejército de Trión. Quiero saber con exactitud cuántos hombres, cuántos caballos, las armas que poseen, los canales de suministros y cualquier información referente a sus planes de combate, si podéis conseguir algo, en un plazo de quince días. Espero que sea en menos.
          Zaryll recorrió con la mirada a sus tres generales, regodeándose en su miedo, satisfecho.
          —Podéis retiraros —susurró desde las sombras del trono.
          Uno tras otro, los hombres salieron de la lóbrega sala, pobremente iluminada con antorchas. Los pesados portones de madera semi-fosilizada se cerraron con estruendo a sus espaldas. El mago negro se quedó en silencio, acompañado tan sólo por los restos, ya pulverizados, del que en vida fue Herald.
          —Sadreg —llamó, cuando estuvo seguro de que nadie podía oírle.
          De los negros cortinajes de terciopelo, que había tras el trono de huesos, surgió una alta y esbelta figura vestida con ropas oscuras, una túnica corta con capucha y unos amplios pantalones con un fino cinturón de cuero negro.
          —Mi señor —saludó el elfo negro, realizando una empalagosa reverencia, con una media sonrisa en los rasgados ojos violáceos.
          —Sadreg, dejad de hacer el idiota, haced el favor; se de sobra lo que pensáis, y que no me profesáis ninguna... llamémosle, lealtad.
          El tono de voz frío y bajo del mago no hizo mella en el sonriente elfo, que cogió una silla y se sentó en un extremo de la mesa en forma de herradura, cerca del hechicero.
          —Creo que os equivocáis conmigo, mi señor —terció el joven con una ligera inclinación de cabeza.
          La amarga carcajada que brotó de las sombras del dosel y que resonó unos segundos en la sala del trono, no denotaba el más mínimo asomo de humor.
          —Haced el favor, no seáis hipócrita.
          El elfo se apoyó con ademanes relajados en la mesa y miró fijamente a Zaryll.
          —¿Para qué me habéis llamado, mi señor? —inquirió ignorando el último comentario del mago.
         El hechicero se removió en el trono y se inclinó hacia adelante, para permitir que la luz de las antorchas perfilara sus angulosas facciones y reflejara su anaranjado resplandor en su negro cabello, largo hasta los hombros.
          —¿Qué noticias hay de Seindra y Org? Supongo que ya habrán localizado a quienes les pedí.
          Sadreg sonrió socarronamente y se pasó una esbelta mano por el corto pelo blanco.
          —No muchas, mi señor. No han localizado a nadie, todavía. Seindra está cerca de la frontera Eorn del reino, a menos de medio día de la aldea del mago. Si alguno de los elegidos se encuentra allí...
          —No lo dudéis, Sadreg —corrigió Zaryll—, no lo dudéis.
          —Si alguno de los elegidos se encuentra allí, ella lo matará. No creo que quede nada de la aldea tras su paso, Lhure está con ella. Pero hay un problema, mi señor —las cejas del mago se juntaron bruscamente sobre el puente de la nariz y su mano derecha se crispó en el brazo del trono. El elfo negro apenas se dio por aludido—. Una avanzadilla de exploradores ha localizado un rastro que se aleja de la aldea pero que no regresa. De unos cinco días. Alguien ha salido del poblado.
          —¿Y... ?
          —Seindra no lo considera de mucha importancia. Pero ya sabéis, mi señor, que yo suelo ser, en estos casos, de otra opinión. Creo que hay que matar a ese que ha salido... sea quien sea. No podemos permitirnos el lujo de que alguien que pueda ser uno... de ellos, siga con vida. Bueno —una media sonrisa se dibujó en sus atractivas facciones oscuras—, al menos eso es lo que yo haría, mi señor.
          El mago negro se sumió en un largo silencio, con la mirada ligeramente ausente. Por último, se levantó del trono de hueso y, cargando la espada entre las manos, atravesó la sala hasta un pequeño balcón semicircular que se abría al vacío. Dejó la espada a su lado y, apoyándose en la barandilla, contempló el paisaje que se extendía bajo él. A su izquierda, pero en un plano inferior, se alzaba la Torre de Ébano, con el puente de roca negra ascendente que la unía con su propia aguja de mármol. Y al fondo, unos veinte ahs* bajo él, podía ver el patio interior, empequeñecido por la distancia, con sus estatuas y columnas talladas. Sobre las grandes baldosas se movían diminutas figuras que organizaban las armas y los hombres del ejército.
          «¡Como insectos hacinados! —pensó Zaryll con una mueca amarga en los labios»
          Dejó vagar la vista por sus dominios, sin fijarse en nada en concreto; las torres de piedra, los oscuros edificios cuyas ventanas se abrían a una negrura absoluta como ojos ciegos, o bien a un resplandor rojizo o blancuzco; la cúpula de la Antigua Biblioteca, con sus cristales rotos mucho tiempo atrás, por los que entraba la lluvia y el viento... Finalmente el vacío, el blanco azulado cielo del Norn con algunas insinuaciones verdosas y negras en el horizonte. Nardis se elevaba en una inexpugnable atalaya rocosa, a cientos de metros sobre el suelo; una única entrada y una única salida: los enormes portones de hierro, por los que podía salir un pequeño ejército, flanqueados por las columnas de los Dragones. Claro que, sonrió reflexivo para sí Zaryll, sería estúpido no tener otra “salida” de emergencia. Pero eso sólo lo sabían Sadreg y él. Y nadie se acercaría nunca lo suficiente a la fortaleza como para descubrir la entrada oculta.
          «Resistiremos aunque haya un asedio. Nardis resistirá. De hecho, podría encerrarme aquí arriba y esperar a que el invierno acabara con el viejo»
          Sin embargo, los ejércitos de Trión llegarían presumiblemente a Nardis bastante antes de las primeras nieves. Si no lograba eliminar a los seis Elegidos antes de eso, tendría que combatir, no podría permitirse el lujo de dejar que tramaran contra él durante todo el invierno.
          —Muy pronto, todo lo que alcanzáis a ver, y más, será vuestro, mi señor —afirmó Sadreg a su espalda, interrumpiendo sus pensamientos—. Bakán se inclinará ante vos.
          —¿Recordáis la Profecía, Sadreg? —Inquirió el mago sin esperar respuesta, en voz baja y pensativa—. Seis, serán seis... —el silencio lo envolvió, pesado como una losa, perturbador—. Eso quiere decir que hay seis guerreros en Bakán con la marca del Dragón; seis guerreros que han de ser destruidos.
          Una ráfaga de viento frío hizo hondear sus cabellos azabache y su larga túnica de hechicero. Del patio le llegaron, amortiguados por la distancia, unos gritos y maldiciones: al parecer, unas de las carretas que transportaban armas viejas y rotas a la herrería, había volcado por culpa de un pequeño grupo de humanos encargado de las provisiones. Ahora, estos gritaban a los elfos que guiaban la carreta y ellos, a su vez, a los humanos. Zaryll podía distinguir a ambos bandos desde el balcón, los elfos negros, claramente visibles por sus blancos cabellos, a la derecha, y los humanos a la izquierda. Una seca risa sacudió sus delgados hombros.
          —Escuchad, Sadreg. Tenéis razón, sea quien sea el que ha huido, no hay duda de que existen muchas posibilidades de que sea uno de ellos. Ha vivido en la aldea del mago y en plena época de guerras la abandona... Quiero verlo muerto —susurró.
          El elfo se inclinó ligeramente a espaldas del mago, con la mano derecha  sobre el pecho.
          —Me encargaré de ello personalmente, mi señor. No llegará vivo a su destino.
          —No, Sadreg —una fina sonrisa cargada de cinismo asomó al rostro del hechicero—, vos no. Os necesito en el castillo. Tampoco haré perder el tiempo a Lady Seindra, dado que ella lo ha considerado insignificante —resopló—. Org. ¿Dónde está?
          Sadreg dio un respingo, su buen humor evaporado de pronto. Tomo aire y avanzó un paso, con el rostro contraído por la cólera, incrédulo ante lo que escuchaba. Esa rastrera y cobarde criatura no merecía semejante honor. Su mano se deslizó de forma inconsciente hacia el cuchillo dentado que guardaba bajo el faldón de la túnica, cerró los dedos sobre la empuñadura de marfil...
          —Si yo fuera vos no lo haría, elfo —aconsejó Zaryll con voz pausada y sin volverse; la espada relucía tenuemente a su lado—. Sería provechoso para todos que dejaseis ese cuchillo donde está.
       Sadreg se detuvo en seco, respiró hondo unas cuantas veces. Ten paciencia, le había dicho ella. Contrólate o todos nuestros esfuerzos habrán sido inútiles. Recuerda a quien debes lealtad. Así que, de forma deliberadamente lenta, apartó la mano del arma.
          —Está al sur de Gringa —respondió con frialdad—. Ha arrasado y saqueado las poblaciones del norte y ahora se dirige a la Región de los Mil Lagos, mi señor —añadió tras una significativa pausa.
          —Estupendo, Sadreg, magnífico, veo que ahora sí recordáis a quién debéis lealtad y a quién no. También a quién temer —el viento comenzaba a hacerse molesto en el balcón, Zaryll apartó de un manotazo el cabello que latigueaba su rostro—. Hablaréis con él y le encargaréis que elimine al prófugo. Ya sabéis que disfrutará con ello.
          —Sí, mi señor —el elfo hizo una pequeña reverencia cargada de ironía, las mandíbulas apretadas, y comenzó a retroceder—. Se hará como ordenáis, mi señor.
          —Una cosa más, Sadreg —el mago se volvió y, asiendo la espada negra, avanzó hacia el elfo—. Preparad la Sala de Invocaciones.
          —¿La Sala de Invocaciones, mi señor? —se extrañó el joven. ¿Qué planearía aquel humano? Hacía mucho tiempo que no se usaba el recinto, desde que habían creado las últimas Sombras siete meses atrás.
          El mago pasó ante él; la luz de las antorchas, al mezclarse con la claridad exterior, hizo de Zaryll una silueta imprecisa en la habitación.
          —Así es, Sadreg, después de todo Org es un cobarde, aunque un cobarde útil —añadió al tiempo que se acercaba de nuevo al trono, acariciando distraído la superficie de la mesa—, y puede fallar. No podemos permitirnos fallar. La Región de los Mil Lagos es una zona muy extensa, los bosques del Eorn son densos y oscuros y los caminos… escasos en las mejores circunstancias. Puede que tengamos problemas para encontrar a un prófugo. Creo que es el momento de despertar a los Espectros.
          —¿¡A... a los Espectros!? —Sadreg se precipitó con movimientos rápidos y silenciosos tras el humano. Alargó el brazo con intención de asir a Zaryll por el hombro pero, cuando ya casi podía sentir el calor del mago a través de la tela de la túnica negra, se detuvo—. ¿Estáis seguro? Os recuerdo que puede ser muy peligroso despertarlos. Quedaréis vinculado a ellos y…
          El hechicero dejó escapar una queda risa antes de sentarse en el trono y apoyar la espada en sus rodillas. Bajo el raído dosel de seda alzó el rostro para mirar al elfo.
          —¡Vamos, Sadreg! No seáis aprensivo. ¿Peligroso? Sí, puede, pero para todo aquel que se adentre en sus tierras. Si Org fallara, Liftryn se encargaría de él, o ella, que todo puede ser —una mueca viperina desfiguró sus facciones—. Y el Espectro no fallará. Lo sabéis mejor que yo. Vos mismo me dijisteis que nada puede destruirlos.
          »Por otro lado, el resto de los Espectros protegerán los accesos al norte, no hay forma de llegar a Nardis sin pasar por sus “cotos de caza”. Y así, si se aproximan a mí, uno tras otro, serán eliminados los seis guerreros... Y Bakán será mío.
          —Mi señor. Creo que os olvidáis de algo —objetó Sadreg.
          Zaryll clavó en los ojos azulados del elfo su venenosa mirada castaña, retándole a exponer sus dudas;           Sadreg no se dio por aludido y continuó hablando.
          —El ejército de Trión; puede que algún guerrero se encuentre entre sus hombres y Trión hace ya tiempo que rebasó los cotos de los Espectros.
          —¡Hummpf! ¡Por favor! Si uno solo de esos indeseables viniera hacia mí, lo sabría. No, Sadreg. Están en camino, pero no tan cerca, no con Trión.
          Sadreg frunció levemente el ceño. Él no estaba tan seguro. Zaryll se sumió en el reconfortante silencio de la sala del trono, roto solamente por tenue ulular del viento y el crepitar de las antorchas. Las sombras se adueñaron una vez más del delgado mago túnica negra y la espada que descansaba en su regazo pareció oscurecerse, retraerse en su negrura, hasta no ser más que una sombra azabache en la que no se reflejaba la luz.
          —Podéis retiraros —susurró—. ¡Ah! Casi se me olvida. Hablad también con Seindra; cuando termine en la aldea quiero que vuelva al castillo, la necesito aquí. La Sala de Invocaciones para esta tarde, Sadreg, que no se os olvide.
          —Todo se hará cómo deseáis, mi señor.
          El elfo se inclinó ante Zaryll una vez más y se marchó; los cortinajes de  terciopelo negro que había tras el trono cayeron a su espalda. Zaryll, mago negro, traidor de la esperanza, yugo de los seres oscuros, se frotó la suave barba negra que cubría sus mejillas y sonrió en la oscuridad. 



* Medida bakanesa de distancia. Un ahs equivale aproximadamente a unos diez metros.

Leer el capítulo 4 > 

4 comentarios:

  1. Presentación de los malos... Me ha gustado, especialmente como describes el poder del mago y su espada, y las reacciones y maquinaciones de Sadreg.
    Ahora tengo curiosidad por saber como sera "Org el cobarde"!

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    1. Pues me alegro de que siga gustando. Easheyrt tiene su cosa, como ya se verá. Y un chivatazo, Org entra en escena (una muy, muy corta) mañana mismo.

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  2. Hey, esa foto que has puesto de Nardis me suena, jeje... ;)
    Es curioso, me ha quedado clarísimo quién es quién ahora, y recuerdo que cuando lo leí la primera vez tuve que hacerlo dos veces. ¡Bien hecho!

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    1. Me alegro de que haya cambiado tanto y además para bien. Cualquier crítica que tengas es bienvenida, ya lo sabes. ¡AH! y además hay secciones interactivas :P Está la Guia de Viaje, que te encontrarás según vayas subiendo en el Blog, donde hay un mapa actualizable de dónde están los personajes al final de cada capítulo. Además de esto está el Archivo, donde podrás encontrar info gratis de las cosas de la novela y donde podrás votar qué quieres que cuente el sabado que viene :D

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