Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

¿Eres nuevo? ¡Bienvenido! Empieza a leer "Sueños de Dragón" AQUÍ

¿Tines problemas para recordar quién es quién? ¡He aquí la solución! Mira el GLOSARIO

Y si tienes más problemas aquí están el MAPA y las TRADUCCIONES

Ya a la venta en papel y ebook "Sueños Rotos", relato corto de ciencia ficción: AQUÍ


jueves, 24 de enero de 2013

CAPÍTULO SEGUNDO (Parte 2) - Derlan

         Un helado sudor empapaba su cuerpo haciéndolo estremecer. Los escalofríos se sucedían de continuo por su espina dorsal. Su propio alarido lo había despertado para ver que había amanecido y que el templado sol se filtraba entre la niebla iluminando el bosque. Derlan se pasó una mano temblorosa por los cabellos y trató de controlar su entrecortada respiración. Durante unos minutos permaneció ahí inmóvil, abrazándose las rodillas, intentando entrar en calor con la húmeda manta sobre los hombros. En el linde del bosque Harrow piafó reclamando atención. Por fin el joven reunió el valor para levantarse y, con paso tambaleante, se acercó al caballo; acarició su suave piel y se abrazó a su cuello buscando el consuelo que sólo otro ser vivo podía dar. La calidez y el olor del animal entraron en él reconfortándolo. Sólo un sueño, sólo había sido un sueño.
          —Mi buen Harrow, no sabes lo que es tener pesadillas ¿verdad? Eres afortunado, amigo —musitó antes de separarse de él, palmeándole los ijares. El caballo le dio unos suaves topetazos en el hombro buscando los terrones de azúcar, que sabía que Derlan guardaba en los bolsillos. El muchacho rio sin ganas y le ofreció uno, que el corcel recogió acariciándole la mano con los sedosos belfos.
           Recogió el campamento con rapidez y, tras ensillar a Harrow y reordenar su equipaje de forma que la empuñadura de la corta espada, que también llevaba, quedara al alcance de su mano, salió del claro sin mirar atrás, deseoso de alejarse de allí. Al cabo de un rato de cabalgar a paso rápido, refrenó a su montura y se permitió comer algo de las alforjas. Tan sólo pudo mordisquear un poco una manzana antes de tener que bajar a vomitar.
          «Evidentemente no es mi mejor momento —se dijo montando de nuevo en el caballo, mientras se limpiaba los labios con la manga de la túnica»
          La fría mañana dio paso a otro templado día de mediados de otoño, y las sombras de la noche se esfumaron con la luz del sol como si nunca hubiesen existido. Al mediodía se detuvo a comer algo y a que Harrow bebiera en uno de los pequeños arroyos de los bosques de Kinsger. Estaba  muerto de hambre y esta vez, al menos, la comida le sentó bien. Después sacó de una funda de cuero duro su pequeña lira y, con los ojos cerrados, se recostó en el nudoso  tronco de un castaño ya casi sin hojas. No era demasiado bueno con la música, pero tocar serenaba su espíritu. Si su padre le había instruido en el arte de la guerra, su madre había sido su maestra en otras artes diferentes. Con suma delicadeza sus largos dedos rasgaron las plateadas cuerdas; la melodía que brotó del hermoso instrumento se extendió por el bosque cual dorado manto de evocadores recuerdos... recuerdos.


          Llevaba toda la mañana tratando de apoderarse de alguno de los pastelillos de mermelada de frutas que había hecho su madre, pero cada vez que  asomaba sus grises ojitos y su rostro enmarcado por unos cortos cabellos  castaños por la puerta de la cocina, Dayna le golpeaba con el gran cucharón de madera y le obligaba a salir, diciendo que los pastelillos eran para después de comer. Había rogado, había pedido por favor, pero su madre no se había ablandado. Enfurruñado, se encontraba ahora sentado en una silla con las  piernas recogidas en la misma y los ojos entrecerrados.
          Unos suaves golpes en la puerta sacaron a Derlan de su ensimismamiento; bajó de la silla y se plantó en la cocina.
          —Madre, llaman a la puerta —el dulce olor de pastelillos recién horneados llegaba hasta él haciendo que sus tripas protestasen.
La alta mujer de largos cabellos castaños le miró con desconfianza enarbolando el cucharón en una mano.
          —¡Es cierto, madre! —protestó Derlan a la defensiva, con los brazos cruzados sobre el pecho.
          Dayna suspiró y, limpiándose las manos en el delantal que llevaba sobre la larga falda marrón, salió de la cocina. Derlan la siguió. Tras cruzar la sala principal de la pequeña casa su madre abrió la puerta. Un niño de unos cuatro o cinco años sonreía en el umbral, llevaba los negros cabellos muy cortos e iba ataviado con unos cómodos pantalones de lana y una camisa con jubón.
          —¿Puede salir Derlan? —preguntó con voz aguda al tiempo que saludaba a su amigo con un gesto de la manita.
          —Claro que sí —asintió la joven mujer—. Pero no os acerquéis al río, no quiero que Derlan se moje, y tampoco creo que a tu madre le guste que te mojes. Ya no es verano y podéis resfriaros —añadió mientras su hijo se escurría y se reunía con el otro muchacho.
          —Sí, madre.
Dayna observó cómo los dos niños se alejaban corriendo calle abajo y sacudió la cabeza resignada. Tendría que vigilarles: iban al río.
          —¡Derlan! ¿A dónde vamos? —preguntó el muchacho de cabellos negros mientras corrían.
          —Al río.
          —Pero... ¡pero tu madre ha dicho que no nos acerquemos!
          —Eso es, Oso. No nos vamos a acercar, vamos a ir.
          Sin dejar de correr torcieron a la izquierda entre dos casas y enfilaron la calle estrecha que llevaba al río. Abrieron la puerta que había en la valla de madera que rodeaba el poblado y salieron al exterior. El riachuelo rodeaba la aldea y había crecido con las últimas lluvias hasta llegar casi a la empalizada. Allí las mujeres habían despejado una zona de juncos y hierbas acuáticas para poder lavar la ropa. Las cantarinas aguas del río resbalaban sobre una playa de cantos rodados y luego se perdían a la izquierda en las enmarañadas  orillas de espadañas y berros acuáticos. A la derecha crecía un bosquecillo de pinos escuálidos y álamos de delgados troncos blanquecinos.
          Derlan se aproximó a la orilla y contempló maravillado algo que había en el lecho del río.
          —¡Ven, Oso! ¡Mira! —exclamó, el otro muchacho se le acercó y miró donde su amigo señalaba con un ansioso dedo, sólo vio un guijarro totalmente redondo de un raro color azulado— Lo voy a coger —anunció entonces.
          —Derlan, te vas a mojar y luego tu madre se va a enfadar mucho y te va a castigar.
          —No me voy a mojar, ya verás. Apártate.
          Oso obedeció y vio cómo su amigo se acuclillaba lo más cerca posible de la orilla y alargaba el brazo. No llegaba.
          —Te vas a caer —repitió, pero el otro no le hizo caso.
          —Deja de protestar y dame la mano, quiero coger esa piedra. Ya verás cómo así la alcanzo. A madre le va a encantar, le gusta el color azul.
          —No, que luego mi madre me riñe y la tuya también por haberte ayudado. Quítate de ahí, te vas a mojar —rogó estrujando entre los dedos el borde de su túnica corta de lana—. Nos han dicho que no viniéramos y aquí estamos... quiero irme.
          —No me voy sin la piedra —murmuró Derlan tozudo. Con cuidado, se adentró un poco en el río y se agarró a la rama de un pequeño arbolillo que se inclinaba sobre las aguas. Agachándose todo lo que pudo y estirando al máximo el brazo, cargó su peso en el árbol, este crujió amenazadoramente. Derlan se estiró más...
          —¡¡Derlan, cui...!! —Oso entrecerró los ojos con preocupación.
          Una de las piedras que había bajo el pie de Derlan estaba recubierta de verdín y resbaló, todo el peso cayó sobre la rama que aprovechó ese preciso momento para romperse con un seco chasquido. El chico se tambaleó, agitó los brazos como aspas de molino y se derrumbó con un sonoro chapoteo en el río.
          —¡¡Ugh!! —exclamó el otro muchacho girando la cabeza. Una suave lluvia también se derramó sobre él— ¡Te lo dije! —le reprendió a punto de reír—. Ahora estás todo mojado. ¡Pareces un perro mojado! —la risa ya se le escapaba, espasmódica, aun cuando intentaba con todas sus fuerzas contenerla.
          Derlan se hallaba sentado en el río, con las piernas dobladas y la rama del árbol todavía en la mano. Los cabellos le caían mojados sobre el rostro. Apartándoselos con un brusco movimiento dirigió la vista a la orilla, donde Oso reía ya a carcajadas muy poco disimuladas; unas botas de piel habían aparecido junto a su amigo.
          «¡Oh, oh!»
          Poco a poco fue alzando la vista, una falda marrón, una blusa de lana sin teñir...el miedo atenazó su garganta. Desde lo alto los azules ojos de su madre le miraban furioso y severos. Era tan hermosa cuando se enfadaba.
          —Hola, madre —susurró—. Había una piedra bonita.


          Las últimas notas de música se desvanecieron con un suave arpegio final en la tranquilidad del bosque. Ahora Derlan sonreía. Le sorprendía haber podido recordar aquello. Cuántos años hacía ¿veinte?. Pese a todo aun lo conservaba en la memoria. Aquel día, además de acabar calado hasta los huesos y aunque su madre no lo pegó, se había quedado sin la piedra y sin los ricos pastelillos de mermelada.
          Con los ánimos notablemente mejorados, guardó el arpa, ensilló a Harrow y siguió su camino, ahora hacia el norte, hacia la Región de los Mil Lagos; y de allí, dirección Orn, hasta Lecig.

Leer el capítulo 3 >     

2 comentarios:

  1. Jaja!... Muy bueno lo de terminar la primera parte donde lo has hecho. Qué jodía...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. A las muchas gracias y bienvenida por aquí. Notarás varios cambios en la novela respecto a cuando tú la leiste. Le he dado un buen repaso a ciertos personajes y he quitado algunas cosas. A rasgos generales la he aligerado un poco a nivel narrativo y descriptivo. Ahora es más fácil y cómoda de leer.

      Y sí, hay que cortar las partes donde duele. Espera a ver lo que he hecho con el capítulo 10 XD.

      Eliminar